nº 85 Editorial. Razón y felicidad

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Razón y felicidad

Editorial. nº 85

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Editorial: Razón y felicidad

La felicidad es el sentimiento de equilibrio entre lo que se desea y lo que se posee. Lo deseable es infinito, mientras que lo factible es limitado. Luego la pretensión de ser feliz sólo mediante la satisfacción de irrestrictos deseos es imposible, y necesariamente desemboca en frustración. De ahí que los sabios orientales y los estoicos griegos aconsejaran la disciplina del ánimo o control de los anhelos como la fórmula más eficaz para lograr momentos dichosos. Esa es la ley de oro de la sabiduría, una norma frecuente y fácilmente transgredida, pero no impunemente porque ansiar demasiado es condenarse a la desdicha.



¿Cómo se ordenan felicitariamente los apetitos? Mediante el cálculo de su viabilidad y de sus efectos. ¿Hay probabilidad de éxito y, una vez obtenido, resultará satisfactorio? Estas son las dos cuestiones básicas para cuyo análisis y respuesta sólo hay un instrumento, la razón. Conocer en su estructura y en sus potencialidades la realidad circundante sobre la que vamos a actuar es una operación lógica. Ciertas desgracias tienen su origen en errores sobre la naturaleza y sobre las posibilidades, ya de la cosa, ya de la persona objeto de nuestra acción: la playa o la mujer que consideramos ideal y que no lo es… Determinar si algo va a sernos grato y si, a plazo, no nos causará más pena que satisfacción (un déficit felicitario) es otra operación lógica. No pocas desventuras nacen de una equivocada estimación de las consecuencias inmediatas y mediatas de una conducta.



Medir las probabilidades de que un deseo pueda ser satisfecho no es menos racional que resolver una ecuación de resistencia de materiales para tender un puente o levantar una torre. Prevenir si la consecución de un objeto será agradable y no tendrá consecuencias negativas es tan racional como proyectar una sonda interplanetaria.



El caracter primario de muchos anhelos, su dependencia de ocasiones coyunturales, y la premura ante la fugacidad de la vida y el dinamismo del mundo suelen mover a una búsqueda de la felicidad escasamente racional. Son numerosos y potentes los factores que conspiran para precipitar a los individuos hacia comportamientos que, al cabo, no resultan compensatorios. Es comprensible que los hombres yerren por nulo o insuficiente cálculo de su economía felicitaria. No se trata de condenar tan explicable debilidad, sino simplemente de advertir contra la falsedad de suponer que la consecución de la felicidad es una actividad ilógica.



Es inexcusable la intervención del logos para satisfacer deseos; pero es aún más imprescindible para eliminarlos. ¿Por qué motivo habríamos de constreñirnos y de renunciar? Dominarse requiere aún más raciocinios que planificar logros porque va a contracorriente del dinamismo humano, sea voluntario, sea instintivo. Tanta energía es necesaria que suele asociarse la ascesis a una fe trascendental, es decir, al más potente recurso del ánimo. Hay un primer nivel de renuncia que es el sereno desistimiento ante una situación concreta; pero hay un segundo nivel genérico, el de quienes, como Séneca, entienden que la mayor riqueza es no desear, o, como el budista, aspiran a no de-sear absolutamente nada. La razón ha de llegar a muchas conclusiones sobre la vanidad del mundo y sobre la flaqueza humana para dictaminar renuncias fundamentales. La supresión global de apetencias y aspiraciones requiere gran densidad racional.



Hay, en fin, otro frente felicitario, no el de obtener, sino el de evitar. La existencia humana está amenazada por la enfermedad, por los obstáculos naturales, y por la competencia y aún la hostilidad del vecino. Hay factores de dolor independientes de nuestros deseos determinados. ¿Cómo eludir o eliminar tales agresiones? Algunas veces, con un simple reflejo de huida; pero, otras muchas, se requiere una sistemática contraofensiva. Tal estrategia es básicamente lógica. Curar nuestras dolencias, acondicionar nuestro entorno, y regular la convivencia figuran entre las operaciones más típicamente racionales. El logos es imperativo para atenuar o suprimir los atentados exteriores contra nuestro bienestar.



La razón no es un lujo del hombre; es un útil imprescindible para la vida y también para la felicidad.



 

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