Editorial:
Razón y felicidad
La
felicidad es el sentimiento de equilibrio entre lo que se
desea y lo que se posee. Lo deseable es infinito,
mientras que lo factible es limitado. Luego la
pretensión de ser feliz sólo mediante la satisfacción
de irrestrictos deseos es imposible, y necesariamente
desemboca en frustración. De ahí que los sabios
orientales y los estoicos griegos aconsejaran la
disciplina del ánimo o control de los anhelos como la
fórmula más eficaz para lograr momentos dichosos. Esa
es la ley de oro de la sabiduría, una norma frecuente y
fácilmente transgredida, pero no impunemente porque
ansiar demasiado es condenarse a la desdicha.
¿Cómo se ordenan felicitariamente los apetitos?
Mediante el cálculo de su viabilidad y de sus efectos.
¿Hay probabilidad de éxito y, una vez obtenido,
resultará satisfactorio? Estas son las dos cuestiones
básicas para cuyo análisis y respuesta sólo hay un
instrumento, la razón. Conocer en su estructura y en sus
potencialidades la realidad circundante sobre la que
vamos a actuar es una operación lógica. Ciertas
desgracias tienen su origen en errores sobre la
naturaleza y sobre las posibilidades, ya de la cosa, ya
de la persona objeto de nuestra acción: la playa o la
mujer que consideramos ideal y que no lo es
Determinar si algo va a sernos grato y si, a plazo, no
nos causará más pena que satisfacción (un déficit
felicitario) es otra operación lógica. No pocas
desventuras nacen de una equivocada estimación de las
consecuencias inmediatas y mediatas de una conducta.
Medir las probabilidades de que un deseo pueda ser
satisfecho no es menos racional que resolver una
ecuación de resistencia de materiales para tender un
puente o levantar una torre. Prevenir si la consecución
de un objeto será agradable y no tendrá consecuencias
negativas es tan racional como proyectar una sonda
interplanetaria.
El caracter primario de muchos anhelos, su dependencia de
ocasiones coyunturales, y la premura ante la fugacidad de
la vida y el dinamismo del mundo suelen mover a una
búsqueda de la felicidad escasamente racional. Son
numerosos y potentes los factores que conspiran para
precipitar a los individuos hacia comportamientos que, al
cabo, no resultan compensatorios. Es comprensible que los
hombres yerren por nulo o insuficiente cálculo de su
economía felicitaria. No se trata de condenar tan
explicable debilidad, sino simplemente de advertir contra
la falsedad de suponer que la consecución de la
felicidad es una actividad ilógica.
Es inexcusable la intervención del logos para satisfacer
deseos; pero es aún más imprescindible para
eliminarlos. ¿Por qué motivo habríamos de
constreñirnos y de renunciar? Dominarse requiere aún
más raciocinios que planificar logros porque va a
contracorriente del dinamismo humano, sea voluntario, sea
instintivo. Tanta energía es necesaria que suele
asociarse la ascesis a una fe trascendental, es decir, al
más potente recurso del ánimo. Hay un primer nivel de
renuncia que es el sereno desistimiento ante una
situación concreta; pero hay un segundo nivel genérico,
el de quienes, como Séneca, entienden que la mayor
riqueza es no desear, o, como el budista, aspiran a no
de-sear absolutamente nada. La razón ha de llegar a
muchas conclusiones sobre la vanidad del mundo y sobre la
flaqueza humana para dictaminar renuncias fundamentales.
La supresión global de apetencias y aspiraciones
requiere gran densidad racional.
Hay, en fin, otro frente felicitario, no el de obtener,
sino el de evitar. La existencia humana está amenazada
por la enfermedad, por los obstáculos naturales, y por
la competencia y aún la hostilidad del vecino. Hay
factores de dolor independientes de nuestros deseos
determinados. ¿Cómo eludir o eliminar tales agresiones?
Algunas veces, con un simple reflejo de huida; pero,
otras muchas, se requiere una sistemática
contraofensiva. Tal estrategia es básicamente lógica.
Curar nuestras dolencias, acondicionar nuestro entorno, y
regular la convivencia figuran entre las operaciones más
típicamente racionales. El logos es imperativo para
atenuar o suprimir los atentados exteriores contra
nuestro bienestar.
La razón no es un lujo del hombre; es un útil
imprescindible para la vida y también para la felicidad.
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