CRONICA: La
diplomacia
En
Madrid, la Otan. Conviene recordar cómo nació y en qué
consiste. Su génesis y funcionamiento ayudarán a
comprender su actualidad. Al final de la Segunda Guerra
Mundial, los vencedores estaban convencidos de la buena
voluntad de la URSS, a pesar de las muestras que ya
había dado durante la propia contienda de sus ambiciones
desmedidas: Rumania, Polonia, los Estados Bálticos eran
pruebas concluyentes. Pero calladas las armas, la URSS
dio claras pruebas de su voluntad expansiva en Bulgaria,
Grecia, Yugoslavia y, sobre todo, mediante la imposición
de regímenes comunistas en Checoslovaquia, Hungría y
Alemania Oriental que demostraban cuáles eran las
apetencias de Moscú.
Un primer conato de resistencia occidental tuvo a Grecia
por escenario. Un clarividente embajador de Estados
Unidos consiguió hacer que Washington se diera, por fin,
cuenta del peligro de una victoria comunista en la guerra
que alimentaba la vecina Yugoslavia bajo la presión de
Moscú, que buscaba obtener una salida directa terrestre
al Mediterráneo, esquivando el problema de los estrechos
de Turquía. Atenas recibió ayuda de Estados Unidos. Y
Yugoslavia, cansada de hacer la guerra en beneficio
ajeno, abandonó a su suerte a las guerrillas comunistas
griegas. Había sido toda una demostración de cuál era
el lenguaje que los gobernantes de la URSS y sus
satélites entendían.
Habían pasado solamente cuatro años del fin de la
guerra, pero ya estaba demostrado que la URSS no se
sentía obligada con sus aliados occidentales que tanto
la habían ayudado a conseguir la victoria. Se imponía
revisar las ideas que empujaron a la desigual alianza con
la Unión Soviética. Fue en aquel momento cuando se
cayó en la idea de que era imprescindible poner un freno
al expansionismo comunista. Y así surgieron el Plan
Marshall y el tratado de Bruselas por el que Francia, el
Reino Unido, Holanda, Bélgica y Luxemburgo se
comprometían a estrechar sus lazos de cooperación
dentro de un sistema de defensa común. Defensa que sólo
podía apuntar a la URSS, la cual aprovechó el momento
para intentar ahogar a Berlín occidental mediante un
riguroso bloqueo que duró casi un año, poniendo a
prueba la perfecta logística de los occidentales y su
firme decisión de no dejarse arrollar, como hasta
entonces, por las apetencias soviéticas. El acuerdo de
Bruselas fue también suscrito por Estados Unidos y
Canadá. El bloque Occidental quedaba configurado, y a
él fueron uniéndose Italia, Noruega, Islandia,
Dinamarca y Portugal, seguidas de Grecia y Turquía y,
más tarde, Alemania Federal. La consolidación del
Tratado de Washington -la OTAN- llegó por vía de la
guerra de Corea, que puso a prueba la solidez de un
organismo destinado a marcar el límite del expansionismo
en Europa de la URSS, que decidió, por su parte,
construir el muro de Berlín, divisoria de dos mundos
enfrentados. La OTAN fue el símbolo del mundo libre y,
no sin momentos de crisis, se mantuvo incólume hasta dar
paso a la Iniciativa de Defensa Estratégica de Regan,
que acabó haciendo doblar la rodilla a la URSS. Cayó el
muro de Berlín, se disolvió el Pacto de Varsovia, se
retiró el Ejército Rojo de Afganistán, y se hundió la
Unión Soviética. Con ella desaparecía el enemigo,
realmente el único, de la OTAN. Ante tal circunstancia,
¿qué razón de existencia tenía la OTAN? ¿Para que
servía, qué cabía hacer con ella?
La salida se ha buscado dándole un objetivo nuevo: el
reforzamiento de la cooperación entre sus integrantes
para mantener la paz, sin apuntar contra nadie. Ya no hay
adversario a quien disuadir de emprender acciones
ofensivas, sino que se intenta atraerlo para que colabore
en el loable objetivo de mantener la paz, algo que hasta
hace poco se hacía dependiente del temor a la guerra. Ya
no hay tal temor: todos los pueblos, antaño enfrentados,
pueden y deben aportar su contribución al bienestar
general, generándose un clima de confianza en el que
nadie sea enemigo.
La OTAN fue un proyecto de defensa común. Ahora pasará
a ser el banderín de enganche de un proyecto de vida en
común. Además, la vieja limitación geográfica de la
OTAN da paso a la globalidad de su misión, que tampoco
necesita armas propiamente dichas, sino deseo de
cooperación entre los aliados, que son Estados soberanos
y, como tales, disponen de sus propios ejércitos puestos
a disposición de la Alianza. La OTAN hoy no es tanto un
instrumento militar como una tarea política plasmada en
una serie de compromisos que van desde el intercambio de
información a la realización conjunta de maniobras
militares o la estructuración de em presas comunes, como
ha sido la creación de SFOR para imponer la estabilidad
en Bosnia, operación muy significativa por cuanto se
lleva a cabo fuera de las fronteras tradicionales de la
OTAN.
La cumbre de Madrid se ha caracterizado por la
espectacularidad. Porque no sólo han hecho acto de
presencia los Jefes de Estado de los países aliados,
sino que han llegado todos los representantes de los que
fueron satélites de la URSS en petición de beneplácito
para ser admitidos como miembros de pleno derecho. Todos
exhibiendo sus credenciales más o menos democráticas,
su tradicional pertenencia al mundo Occidental, su
abandono de sistemas económicos caducos y su aceptación
del libre mercado. Todos dispuestos a pasar el examen.
Ahí, sin embargo, es donde han flaqueado: unos no han
dado aún muestras de estabilidad interna, otros no
inspiran suficiente confianza de que podrán resolver sus
problemas para ser dignos de aceptación en la OTAN. Los
Estados Unidos han puesto muy alto el listón y sólo
tres Estados han superado las pruebas que se les
exigieron. Otros se quedaron en la puerta, a pesar -o
quizá, por culpa- de ser apoyados por Francia, cuyos
problemas propios (la cohabitación) la descalificaron
para sacar adelante a sus patrocinados.Otros, porque su
aceptación a esta hora podía ser considerada como un
acto hostil hacia Rusia, cosa que se trata de evitar a
todo trance.
A la hora de valorar el resultado de la reunión de
Madrid, quizá lo más sobresaliente ha sido la firma de
unas bases para una «relación cualificada» entre la
OTAN y Ucrania que durante decenios y hasta siglos ha
sido el más sólido puntal del gran bloque eslavo con
capitalidad en Moscú. El gesto del gobierno de Kiev y el
modo como ha sido aceptado por Moscú hablan de la
significación de lo rubricado.
Para España y su Gobierno, la reunión de Madrid, por la
altura de los reunidos, el alcance de lo logrado y las
perspectivas de futuro deben considerarse un triunfo.
Después de las muchas insensateces que han jalonado el
largo camino de Madrid hacia la OTAN, el papel que ahora
desempeña España en la Alianza debe ser motivo de
satisfacción. Lo que no quiere decir que todos nuestros
problemas en el seno de la OTAN hayan quedado resueltos.
La Unión Europea. El camino de la integración europea
está lleno de escollos. Navegar entre ellos es un
ejercicio de habilidad marinera y de exacto conocimiento
de la cartografía. Los gobiernos europeos, de un modo
general, son partidarios de dar sensación de cohesión.
Creen que, de ese modo, van a poder hacer frente con
mayor capacidad a lo que consideran como amenaza -o, al
menos, acoso- el embate de las economías de Estados
Unidos y de los dragones asiáticos. Pero no tienen fe
alguna en el logro de la buscada cohesión europea
entregada a las elucubraciones de técnicos con prisa.
Con prisa, con pretensiones aceleradas, pero sin la
reflexión histórica que la empresa exige. Conseguir la
cohesióin entre países que llevan muchos años de
existencia independiente no se puede lograr de la noche a
la mañana. Son centenares los obstáculos que surgen en
el caminar, pero no son menos los grandes que, como el
Guadiana, aparecen y desaparecen cruzándose en el camino
en forma de barreras imposibles de soslayar. Hacer eso
que se llama Europa no puede ser ni un capricho ni un
logro inmediato. Sólo el tiempo y la paciencia podrán
alcanzar el objetivo.
Todavía no está claro para qué se reunió la
conferencia de Amsterdam, pues no es de pensar que se
reuniera para demostrar el desconcierto que reina entre
sus participantes. Para empezar, la oposición cerrada de
los países pequeños a las condiciones de sus relaciones
con los «grandes». Todo lo que se consiguió en la
materia fue aplazar el estudio de las modificaciones que
será preciso adoptar para que, ante el voto mayoritario
de los «pequeños» se pueda compensar a los «grandes»
con votos de calidad, en atención a su mayor población.
Y esto aunque vaya en contra de la idea democrática que,
en principio, debe presidir los actos de la Unión. El
tema se presenta complicado. Tanto, que ya se habla de
convocar una nueva conferencia para superar este
tropiezo. El logrado desacuerdo de Amsterdam sólo se
podrá borrar con un nuevo acuerdo.
Quizá la culpa inmediata de todo la tenga el hecho de
que los «grandes» no se entienden entre sí. Mejor
dicho: dejaron de entenderse en cuanto Alemania y Francia
-los motores de la Unión- se vieron empujados al
desacuerdo porque sus intereses particulares entraban en
contradicción con los programas colectivos que ellos
mismos habían contribuido a formular. De nuevo se ha
puesto de manifiesto que nadie está dispuesto a
transigir cuando están en juego sus intereses básicos,
como también lo ha demostrado la Gran Bretaña cuando se
ha tratado de la integración de la Unión Europea
Occidental (UEO) en la Unión Europea. Ni Londres,
Austria, Finlandia, Suecia o Dinamarca quieren perder sus
condiciones actuales de Estados neutrales o de estrecha
vinculación con otro organismo -la OTAN- que les inspira
mayor confianza. Y ya lo han anunciado: ni aceptan hoy la
integración ni están dispuestos a aceptarla en el
futuro por muchos condicionamientos que se logren.
Por este camino tampoco se va a la creación de esa
Europa en la que estamos embarcados. Porque sin una
política común en los terrenos de defensa o de
relaciones exteriores no existirá Europa, por más que
se logren avances en política agraria, de pesca, de
vías de comunicación o de moneda única, ese
eurofantasma que, pese a su atractivo
para los que lo ven- empieza a ser cada día más una
moneda para unos pocos países, pero sin esperanzas de
llegarlo a ser de todos los integrados en la UE, que
pueden llegar a ser nada menos que veintiséis.
En Amsterdam España ha conseguido una limitación del
derecho de asilo. Pero no ha logrado la supresión total
de dicho derecho. España ha tenido malas experiencias en
esta materia con Francia, Bélgica e incluso Alemania e
Italia. En el caso de que un Estado considere necesario
pedir una extradición deberá comunicarlo a los demás
miembros de la UE. Con otras palabras, ningún Estado
podrá libremente reclamar a un evadido de la justicia
sin someter su caso a todos los miembros de la UE. Y, en
cuanto uno de ellos levante objecciones, poco podrá
hacer para lograr la extradición. Todo dependerá de lo
que cada país interprete como delito político, terreno
resbaladizo como todo lo relativo a la concreción de los
derechos humanos.
Algo ha caracterizado a esta conferencia, y es la
multitud de temas que ha querido abarcar. Quizá por eso
mismo nadie se atreve ni atreverá a hacer un balance
definitivo de sus logros, aunque justo será reconocer
que la voluntad de los reunidos ha sido buena, pero
impotente para salir airosa de la navegación entre tanto
bajío. Teniendo además que hacer frente a la
volubilidad de muchos países que llenan de
confusionismo. Porque los hay que buscan con gran
entusiasmo integrarse en la UE para, a partir de su
ingreso, comenzar a presentar problemas. La cohesión
europea precisa de enormes sacrificios, pero nadie va a
ella para sacrificarse, sino para obtener pretendidos o
supuestos beneficios, incluyendo los procedentes de los
llamados Fondos Estructurales. Siempre que se crea una
empresa común los socios deben poner su esfuerzo
particular y, al propio tiempo, hacerse cargo de los
factores negativos que puedan aportar sus socios. Y
viceversa. Ignorar esto cuando se pretende crear algo tan
complicado como la Unión Europea es grave.
La Europa de Bruselas quiere llegar a una cohesión
internacional entre naciones muy resabiadas, con siglos
de vida independiente, con monedas diferentes y, sobre
todo, con concepciones de la vida distintas. Dar una
unidad a lo vario, hacer que la suma de heterogéneos dé
un número homogéneo es una empresa muy árdua. La
Europa en que hemos vivido, las monedas que hemos
padecido son productos de historia y de siglos. Las
reuniones de 24 o 48 horas no son instrumentos adecuados
para las transformaciones que ahora se quiere llevar a
cabo.
Pero sobre qué es y debe ser Europa ya hemos vertido
mucha tinta que puede sintetizarse en el convencimiento
de que la unidad continental no puede hacerse por
decreto: sólo se conseguirá un día, quizá, cuando las
conciencias de los europeos dejen de sentir sobre bases
particulares nacionales y estén dispuestos a sentir
Europa como patria común. Pero eso va para largo.
Emilio Beladíez
Embajador de España.
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