CRONICA: La diplomacia. Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia. nº 85

Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia

En Madrid, la Otan. Conviene recordar cómo nació y en qué consiste. Su génesis y funcionamiento ayudarán a comprender su actualidad. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los vencedores estaban convencidos de la buena voluntad de la URSS, a pesar de las muestras que ya había dado durante la propia contienda de sus ambiciones desmedidas: Rumania, Polonia, los Estados Bálticos eran pruebas concluyentes. Pero calladas las armas, la URSS dio claras pruebas de su voluntad expansiva en Bulgaria, Grecia, Yugoslavia y, sobre todo, mediante la imposición de regímenes comunistas en Checoslovaquia, Hungría y Alemania Oriental que demostraban cuáles eran las apetencias de Moscú.

Un primer conato de resistencia occidental tuvo a Grecia por escenario. Un clarividente embajador de Estados Unidos consiguió hacer que Washington se diera, por fin, cuenta del peligro de una victoria comunista en la guerra que alimentaba la vecina Yugoslavia bajo la presión de Moscú, que buscaba obtener una salida directa terrestre al Mediterráneo, esquivando el problema de los estrechos de Turquía. Atenas recibió ayuda de Estados Unidos. Y Yugoslavia, cansada de hacer la guerra en beneficio ajeno, abandonó a su suerte a las guerrillas comunistas griegas. Había sido toda una demostración de cuál era el lenguaje que los gobernantes de la URSS y sus satélites entendían.

Habían pasado solamente cuatro años del fin de la guerra, pero ya estaba demostrado que la URSS no se sentía obligada con sus aliados occidentales que tanto la habían ayudado a conseguir la victoria. Se imponía revisar las ideas que empujaron a la desigual alianza con la Unión Soviética. Fue en aquel momento cuando se cayó en la idea de que era imprescindible poner un freno al expansionismo comunista. Y así surgieron el Plan Marshall y el tratado de Bruselas por el que Francia, el Reino Unido, Holanda, Bélgica y Luxemburgo se comprometían a estrechar sus lazos de cooperación dentro de un sistema de defensa común. Defensa que sólo podía apuntar a la URSS, la cual aprovechó el momento para intentar ahogar a Berlín occidental mediante un riguroso bloqueo que duró casi un año, poniendo a prueba la perfecta logística de los occidentales y su firme decisión de no dejarse arrollar, como hasta entonces, por las apetencias soviéticas. El acuerdo de Bruselas fue también suscrito por Estados Unidos y Canadá. El bloque Occidental quedaba configurado, y a él fueron uniéndose Italia, Noruega, Islandia, Dinamarca y Portugal, seguidas de Grecia y Turquía y, más tarde, Alemania Federal. La consolidación del Tratado de Washington -la OTAN- llegó por vía de la guerra de Corea, que puso a prueba la solidez de un organismo destinado a marcar el límite del expansionismo en Europa de la URSS, que decidió, por su parte, construir el muro de Berlín, divisoria de dos mundos enfrentados. La OTAN fue el símbolo del mundo libre y, no sin momentos de crisis, se mantuvo incólume hasta dar paso a la Iniciativa de Defensa Estratégica de Regan, que acabó haciendo doblar la rodilla a la URSS. Cayó el muro de Berlín, se disolvió el Pacto de Varsovia, se retiró el Ejército Rojo de Afganistán, y se hundió la Unión Soviética. Con ella desaparecía el enemigo, realmente el único, de la OTAN. Ante tal circunstancia, ¿qué razón de existencia tenía la OTAN? ¿Para que servía, qué cabía hacer con ella?

La salida se ha buscado dándole un objetivo nuevo: el reforzamiento de la cooperación entre sus integrantes para mantener la paz, sin apuntar contra nadie. Ya no hay adversario a quien disuadir de emprender acciones ofensivas, sino que se intenta atraerlo para que colabore en el loable objetivo de mantener la paz, algo que hasta hace poco se hacía dependiente del temor a la guerra. Ya no hay tal temor: todos los pueblos, antaño enfrentados, pueden y deben aportar su contribución al bienestar general, generándose un clima de confianza en el que nadie sea enemigo.

La OTAN fue un proyecto de defensa común. Ahora pasará a ser el banderín de enganche de un proyecto de vida en común. Además, la vieja limitación geográfica de la OTAN da paso a la globalidad de su misión, que tampoco necesita armas propiamente dichas, sino deseo de cooperación entre los aliados, que son Estados soberanos y, como tales, disponen de sus propios ejércitos puestos a disposición de la Alianza. La OTAN hoy no es tanto un instrumento militar como una tarea política plasmada en una serie de compromisos que van desde el intercambio de información a la realización conjunta de maniobras militares o la estructuración de em presas comunes, como ha sido la creación de SFOR para imponer la estabilidad en Bosnia, operación muy significativa por cuanto se lleva a cabo fuera de las fronteras tradicionales de la OTAN.

La cumbre de Madrid se ha caracterizado por la espectacularidad. Porque no sólo han hecho acto de presencia los Jefes de Estado de los países aliados, sino que han llegado todos los representantes de los que fueron satélites de la URSS en petición de beneplácito para ser admitidos como miembros de pleno derecho. Todos exhibiendo sus credenciales más o menos democráticas, su tradicional pertenencia al mundo Occidental, su abandono de sistemas económicos caducos y su aceptación del libre mercado. Todos dispuestos a pasar el examen. Ahí, sin embargo, es donde han flaqueado: unos no han dado aún muestras de estabilidad interna, otros no inspiran suficiente confianza de que podrán resolver sus problemas para ser dignos de aceptación en la OTAN. Los Estados Unidos han puesto muy alto el listón y sólo tres Estados han superado las pruebas que se les exigieron. Otros se quedaron en la puerta, a pesar -o quizá, por culpa- de ser apoyados por Francia, cuyos problemas propios (la cohabitación) la descalificaron para sacar adelante a sus patrocinados.Otros, porque su aceptación a esta hora podía ser considerada como un acto hostil hacia Rusia, cosa que se trata de evitar a todo trance.

A la hora de valorar el resultado de la reunión de Madrid, quizá lo más sobresaliente ha sido la firma de unas bases para una «relación cualificada» entre la OTAN y Ucrania que durante decenios y hasta siglos ha sido el más sólido puntal del gran bloque eslavo con capitalidad en Moscú. El gesto del gobierno de Kiev y el modo como ha sido aceptado por Moscú hablan de la significación de lo rubricado.

Para España y su Gobierno, la reunión de Madrid, por la altura de los reunidos, el alcance de lo logrado y las perspectivas de futuro deben considerarse un triunfo. Después de las muchas insensateces que han jalonado el largo camino de Madrid hacia la OTAN, el papel que ahora desempeña España en la Alianza debe ser motivo de satisfacción. Lo que no quiere decir que todos nuestros problemas en el seno de la OTAN hayan quedado resueltos.



La Unión Europea. El camino de la integración europea está lleno de escollos. Navegar entre ellos es un ejercicio de habilidad marinera y de exacto conocimiento de la cartografía. Los gobiernos europeos, de un modo general, son partidarios de dar sensación de cohesión. Creen que, de ese modo, van a poder hacer frente con mayor capacidad a lo que consideran como amenaza -o, al menos, acoso- el embate de las economías de Estados Unidos y de los dragones asiáticos. Pero no tienen fe alguna en el logro de la buscada cohesión europea entregada a las elucubraciones de técnicos con prisa. Con prisa, con pretensiones aceleradas, pero sin la reflexión histórica que la empresa exige. Conseguir la cohesióin entre países que llevan muchos años de existencia independiente no se puede lograr de la noche a la mañana. Son centenares los obstáculos que surgen en el caminar, pero no son menos los grandes que, como el Guadiana, aparecen y desaparecen cruzándose en el camino en forma de barreras imposibles de soslayar. Hacer eso que se llama Europa no puede ser ni un capricho ni un logro inmediato. Sólo el tiempo y la paciencia podrán alcanzar el objetivo.

Todavía no está claro para qué se reunió la conferencia de Amsterdam, pues no es de pensar que se reuniera para demostrar el desconcierto que reina entre sus participantes. Para empezar, la oposición cerrada de los países pequeños a las condiciones de sus relaciones con los «grandes». Todo lo que se consiguió en la materia fue aplazar el estudio de las modificaciones que será preciso adoptar para que, ante el voto mayoritario de los «pequeños» se pueda compensar a los «grandes» con votos de calidad, en atención a su mayor población. Y esto aunque vaya en contra de la idea democrática que, en principio, debe presidir los actos de la Unión. El tema se presenta complicado. Tanto, que ya se habla de convocar una nueva conferencia para superar este tropiezo. El logrado desacuerdo de Amsterdam sólo se podrá borrar con un nuevo acuerdo.

Quizá la culpa inmediata de todo la tenga el hecho de que los «grandes» no se entienden entre sí. Mejor dicho: dejaron de entenderse en cuanto Alemania y Francia -los motores de la Unión- se vieron empujados al desacuerdo porque sus intereses particulares entraban en contradicción con los programas colectivos que ellos mismos habían contribuido a formular. De nuevo se ha puesto de manifiesto que nadie está dispuesto a transigir cuando están en juego sus intereses básicos, como también lo ha demostrado la Gran Bretaña cuando se ha tratado de la integración de la Unión Europea Occidental (UEO) en la Unión Europea. Ni Londres, Austria, Finlandia, Suecia o Dinamarca quieren perder sus condiciones actuales de Estados neutrales o de estrecha vinculación con otro organismo -la OTAN- que les inspira mayor confianza. Y ya lo han anunciado: ni aceptan hoy la integración ni están dispuestos a aceptarla en el futuro por muchos condicionamientos que se logren.

Por este camino tampoco se va a la creación de esa Europa en la que estamos embarcados. Porque sin una política común en los terrenos de defensa o de relaciones exteriores no existirá Europa, por más que se logren avances en política agraria, de pesca, de vías de comunicación o de moneda única, ese eurofantasma que, pese a su atractivo
para los que lo ven- empieza a ser cada día más una moneda para unos pocos países, pero sin esperanzas de llegarlo a ser de todos los integrados en la UE, que pueden llegar a ser nada menos que veintiséis.

En Amsterdam España ha conseguido una limitación del derecho de asilo. Pero no ha logrado la supresión total de dicho derecho. España ha tenido malas experiencias en esta materia con Francia, Bélgica e incluso Alemania e Italia. En el caso de que un Estado considere necesario pedir una extradición deberá comunicarlo a los demás miembros de la UE. Con otras palabras, ningún Estado podrá libremente reclamar a un evadido de la justicia sin someter su caso a todos los miembros de la UE. Y, en cuanto uno de ellos levante objecciones, poco podrá hacer para lograr la extradición. Todo dependerá de lo que cada país interprete como delito político, terreno resbaladizo como todo lo relativo a la concreción de los derechos humanos.

Algo ha caracterizado a esta conferencia, y es la multitud de temas que ha querido abarcar. Quizá por eso mismo nadie se atreve ni atreverá a hacer un balance definitivo de sus logros, aunque justo será reconocer que la voluntad de los reunidos ha sido buena, pero impotente para salir airosa de la navegación entre tanto bajío. Teniendo además que hacer frente a la volubilidad de muchos países que llenan de confusionismo. Porque los hay que buscan con gran entusiasmo integrarse en la UE para, a partir de su ingreso, comenzar a presentar problemas. La cohesión europea precisa de enormes sacrificios, pero nadie va a ella para sacrificarse, sino para obtener pretendidos o supuestos beneficios, incluyendo los procedentes de los llamados Fondos Estructurales. Siempre que se crea una empresa común los socios deben poner su esfuerzo particular y, al propio tiempo, hacerse cargo de los factores negativos que puedan aportar sus socios. Y viceversa. Ignorar esto cuando se pretende crear algo tan complicado como la Unión Europea es grave.

La Europa de Bruselas quiere llegar a una cohesión internacional entre naciones muy resabiadas, con siglos de vida independiente, con monedas diferentes y, sobre todo, con concepciones de la vida distintas. Dar una unidad a lo vario, hacer que la suma de heterogéneos dé un número homogéneo es una empresa muy árdua. La Europa en que hemos vivido, las monedas que hemos padecido son productos de historia y de siglos. Las reuniones de 24 o 48 horas no son instrumentos adecuados para las transformaciones que ahora se quiere llevar a cabo.

Pero sobre qué es y debe ser Europa ya hemos vertido mucha tinta que puede sintetizarse en el convencimiento de que la unidad continental no puede hacerse por decreto: sólo se conseguirá un día, quizá, cuando las conciencias de los europeos dejen de sentir sobre bases particulares nacionales y estén dispuestos a sentir Europa como patria común. Pero eso va para largo.


Emilio Beladíez

Embajador de España.




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