Alcalá Galiano, conservador

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Alcalá Galiano, conservador

Por F. Torres

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Alcalá Galiano, conservador

I. EL REALISMO DE LA DESCONFIANZA



Las Lecciones de Derecho político que Antonio Alcalá Galiano dictó en el Ateneo de Madrid en 1838, representan la elaboración detallada de una teoría del Estado constitucional, por el análisis sistemático y realista de los fenómenos sociales y de sus correlatos de psicología colectiva en interdependencia con los mecanismos de poder y representación que los enmarcan, y con los principios éticos.

Lejos del formalismo de Platón (República); Cicerón (De Legibus) o de Aristóteles, que aunque en su Política apela a una amplia base empírica, en realidad sigue preso, como afirmó Werner Jaeger, en su teoría política del canon de la naturaleza misma que es el ser de las ideas como normas absolutas. Alcalá Galiano será capaz de desentrañar, separando y diseccionando, el espíritu de las construcciones políticas de las cuales se sirve y a las cuales da sentido y valor, ya que tanto el diseño apriorístico como el peso empírico de las estructuras del Estado en sí mismas tendrían un valor secundario frente al espíritu que en ellas se vierte para darles vida, que sería la expresión práctica de la utilidad colectiva, concibiendo la ley como instrumento para alcanzar objetivos necesarios.

El realismo tenaz e incisivo con el cual Alcalá Galiano reinterpretará toda estructura política y todo principo dogmático que la fundamente en un método que podríamos calificar como «filosofía política de la sospecha», y que le llevará a negar el principio de soberanía popular concebido como criterio axiológico que pondría en manos de las masas el medio para abrir y cerrar incesantemente el abanico de las posibles formas políticas.





II. CRITICA DE LA SOBERANIA NACIONAL



Sirviéndose de su inteligente desconfianza conservadora, Alcalá Galiano afirmó: «Si por soberanía nacional se entiende que la voluntad de todos debe preponderar a la de uno solo, que la voluntad de los muchos ha de sobreponerse a la de los pocos: esto será quizá una máxima justa, pero considerando el mundo tal cual es, y casi siempre ha sido, duéleme decir que, como hecho, es una mentira» 1.

Por otra parte, sus observaciones y deducciones en relación con la psicología de las masas le impulsaron a creer que, además, en la práctica el citado principio de la soberanía popular era un imposible absoluto que contradecía el mecanismo gregario que rige las actitudes y actuaciones del pueblo. Así escribirá: «… Y es que para decir no o sí, es difícil poner de acuerdo a los hombres, sucediendo cuando unos pocos osados se ponen de acuerdo para decir sí o no que todos cuantos piensan otra cosa aunque sea la contraria, callan, obedecen, siguen».

Es decir, los propios círculos concéntricos generados como ondas en el gran estanque del colectivo social por los grupos organizados vendrían a dominar toda la superficie cívica sometiéndola como si de la imposición de una voluntad monárquica absoluta se tratara, pero con la agravante de tratarse de voluntades variadas y contrapuestas, según intereses zizagueantes.

La práctica política chocaba con la doctrina, y para rescatar tanto a aquélla como a ésta de la contradicción y llevarlas a un ámbito que es el propio de la coherencia exigida por la razón, Alcalá Galiano se dejará arrastrar por un realismo de consecuencias necesariamente conservadoras: «No debe hablarse de otra soberanía que la determinada e instituida por las leyes en cada Estado; la que existe ya en los parlamentos, con los reyes sobre ellas. Y sin embargo, obrando con ellas donde hay parlamentos, y donde no los hay únicamente en región más encumbrada. La soberanía que debe estar reconocida en las constituciones es la que está en ejercicio constante rigiendo con poder supremo el Estado» 2.

En el fondo, Alcalá Galiano llegará casi a confundir la legitimidad con el ejercicio de la soberanía. No existe legitimidad sin soberanía y ésta está muy lejos de arraigarse, según el jurista gaditano, en los idílicos y utópicos deseos revolucionarios.





III. REPUDIO DE LA REVOLUCION



Los razonamientos de Alcalá Galiano están escorados hacia el conservadurismo que atenaza y constriñe su liberalismo, talante que se manifiesta claramente en la siguiente afirmación respecto a la Revolución francesa: «De ahí el extravío de aquella revolución el cual llegó a ser tal que de ella sólo pertenecen a la historia o a la ciencia del derecho político constitucional, y sólo debe aquí examinarse la primera parte o época; pues en las posteriores, rotos los vínculos que unen a los hombres en la sociedad, menospreciada la historia, olvidada o execrada la tradición, hecho pedazos por las ideas llamadas filosóficas el freno poderoso y sublime de la religión santa, naciendo de todo ello resistencias furiosas, agresiones no justas, defensas que llegaron a injustas por lo desesperadas y feroces: las clases medias después de haber destronado y pisado a los antes prepotentes, cayeron a su vez vencidas y fueron oprimidas con atroz tiranía por la plebe ignorante y desatada» 3.

Efectivamente, para Alcalá Galiano la acción revolucionaria, especialmente la de la «plebe» está al margen del Derecho Constitucional, es mera historia y, por consiguiente, es una casuística social inspirada por ideologias o por el egoísmo que, en el caso de la Revolución francesa, fueron a buscar modelos políticos en la antigüedad clásica sin pararse a analizar cuál era la realidad y las necesidades de la sociedad francesa del momento. El rechazo que genera en Alcalá Galiano la fase de la Convención de la Revolución francesa y su adhesión al sistema inglés, que supuestamente buscaba la libertad concreta en la resolución práctica de los problemas cotidianos sin moldes teóricos distorsionadores, vendría a coincidir plenamente con las tesis del contrarrevolucionario E. Burke quien escribió respecto a las convulsiones de la Revolución francesa que: «Todas las dificultades, todas las disensiones han surgido después, por haber preferido una democracia despótica a un Gobierno de control recíproco. El triunfo del partido victorioso fue un triunfo sobre los principios de la Constitución inglesa» 4.

En la convergencia de las críticas de Alcalá Galiano con las de Burke a la Convención, se manifiesta el tipo de conservadurismo que da consistencia lógica a los razonamientos que elevan sus Lecciones de Derecho Político a una bien trabada sintaxis de las relaciones formales donde la validez de las conclusiones es la consecuencia necesaria de unas premisas modeladas según sus apriorísticos conceptos, en ocasiones no menos cargados de dogmatismo que los de los liberales radicales. Alcalá Galiano construye sutiles conceptos que se sostienen entre sí, tiene la habilidad de trasmitir los valores en los que cree al introducirlos en el vehículo jurídico que es un constructivismo que les otorga existencia suficiente en el debate racional, como diría Alain Desroisières 5.





IV. DERECHOS DEL HOMBRE



Otro rasgo característico del pensamiento político de Alcalá Galiano será su escepticismo respecto al reconocimiento constitucional de los derechos del hombre. Frente a la proclamación abstracta de éstos por parte de la Ilustración, Alcalá Galiano, inspirándose en el utilitarismo de Bentham, considera que la Justicia, lejos de afianzarse en hipótesis intangibles, resplandece por su propia acción benéfica al impulsar la verdadera utilidad de los ciudadanos. Pero Alcalá Galiano corregirá la posible desviación individualista de utilidad del filósofo inglés al injertar la utilidad de las mayorías en la necesidad de mantener el vínculo social de las colectividades humanas. La mayor cantidad posible de felicidad para el mayor número de individuos se verá desarrollada en el sentido de no contraponer el interés individual con el interés social. No obstante, Alcalá Galiano considerará que la utilidad es el mejor fundamento de las leyes, pero no el de la moral misma, que estaría en buena medida al margen de lo simplemente provechoso, como un metaprincipio de raigambre religiosa cuya encarnación política no es siempre posible.

Si los derechos del hombre no pueden ser el fundamento de las Constituciones es porque el máximo interés del ciudadano es el derecho a ser gobernado con equilibrio, justicia y eficacia antes que el ser halagado por la Ley.
V. MAS ALLA DEL UTILITARISMO



Otro principio original de Alcalá Galiano, que matizará la filosofía social de Bentham, es su insistencia en que los bienes dignos de ser anhelados no son los puramente materiales, sino los del espíritu que son los que configuran plenamente a una sociedad civilizada. También Alcalá Galiano rompe la posible coraza ultraconservadora en la interpretación de Bentham al no identificar el mayor bien individual con una simple aspiración mínima vital que, en el fondo, no estaría muy lejana del principal axioma racional de la ética estoica. Alcalá Galiano creerá que la desigualdad social no debe impedir la promoción social o la circulación de las élites de las que hablaría W. Pareto un siglo después. Así afirma: «El movimiento de la sociedad en estos nuestros días hacia la igualdad va, aunque no a la igualdad completa. Siéntese, pues, en una constitución y sírvales de fundamento, entre otros, que no al azar del nacimiento ha de deber el hombre el privilegio de tener alguna parte en la gobernación del cuerpo político de que es miembro, sino a ciertas condiciones que él mismo, aun cuando no las posea, pueda proporcionarse a fuerza de trabajo, adquiriendo y poniendo en ejercicio sus virtudes» 6.

La influencia del utilitarismo de Bentham fue decisiva como elemento inspirador y como reactivo para la elaboración del pensamiento político y social de Alcalá Galiano, y no sólo en nuestro autor ya que también había influido sobre algunos de los redactores de la Constitución de Cádiz de 1812. Incluso el coetáneo proyecto de Código Penal del conde de Toreno tuvo una cierta inspiración en Bentham. Alcalá Galiano también apelará a la teoría de la conveniencia del arcediano Paley como un correlato más del utilitarismo, pero desarrollado dentro de un más amplio planteamiento religioso, e incluso invocará el doctrinarismo republicano francés de Buchez para afianzar sus ideas rechazando los derechos individuales abstractos como fundamento de la sociedad y de la legitimidad del gobierno.





VI. LIBERALISMO MODERADO



Podríamos hablar de dos liberalismos, el clásico nacido en el siglo XVIII y sustento ideológico de la revolución, edificado sobre un concepto de humanidad recreado en los términos abstractos de la voluntad y los derechos de los individuos; y, por otra parte, el considerado por G.Gentile como el único liberalismo consecuente, que sería el derivado del renacimiento espiritualista del siglo XIX que revalorizaría la libertad dentro del Estado y al propio Estado concebido como realidad ética universal donde la individualidad no desaparece, sino que se revalorizaría en un destino superior y objetivo, mostrándose en su pura radicalidad como síntesis de voluntad y ley 7.

Podemos incluir a Alcalá Galiano dentro de este liberalismo moderno frente a aquel liberalismo revolucionario que se arrogaba el papel de nodriza del hombre nuevo, restituido en sus derechos en nombre de su libertad originaria y que habría producido, en palabras de Benjamin Constant, leyes atroces no muy distintas de las de Lacedemonia y Esparta, que eran, por otra parte, modelos a imitar según el pensamiento de los representantes de la Convención francesa, Robespierre o Saint Just.

La comunidad, segun Bentham, es: «Un cuerpo ficticio, compuesto por las personas individuales que se consideran como miembros suyos. Entonces ¿qué es el interés de la comunidad?: La suma de los intereses de los diversos individuos que la componen» 8.

Alcalá Galiano aporta un concepto más fuerte y realista en el cual el destino y la plenitud del individuo están determinados en parte por la sociedad misma, donde el individuo desarrolla sus posibilidades. También llegará a criticar la definición positiva de libertad política de Constant: «La libertad es el derecho del hombre de obedecer no a los mandamientos de otro, sino a las leyes, con tal que éstas no sean opuestas a los principios de la moral, etc…» y la sustituye por acercamientos esclarecedores, que no definitorios, de una libertad real, disfrutada como libertad positiva en contraste con la opresión, el cautiverio, la esclavitud; la libertad de imprenta frente a censura previa etc. La libertad es apreciada cuando se sufre su carencia. Para Alcalá Galiano, la teórica libertad absoluta es imposible en un Estado organizado ya que el imperio de la ley siempre será restrictivo y represor de la pura voluntad individual, y es la condición de la libertad genéricamente entendida. Si la libertad no puede ser el fundamento del Estado que es más bien por definición su limitación, sí que deberá ser el impulso para ennoblecer las actuaciones del ciudadano convirtiéndolas en dignas y meritorias. El Estado garantiza derechos, pero con los propios mecanismos de la ley; ampara, pero siempre imponiendo su propia autoridad soberana 9.





VII SEGURIDAD Y RESISTENCIA



El Estado debe garantizar la seguridad personal y la propiedad, concebida por Alcalá Galiano no como un derecho creado por la sociedad, sino como un derecho sobrevenido derivado de «la prohibición impuesta a unos de tocar lo que a otros pertenece». La razón de ser del gobierno y sus prerrogativas es: «asegurar mejor a cada cual lo suyo». Alcalá Galiano, fiel a su equilibrado liberalismo, afirmará que será preciso amparar bien al ciudadano contra la tiranía del gobierno o de los gobernados, respetando la libertad de pensamiento y el libre albedrío y que incluso en ocasiones: «conviene impedir a la autoridad gubernativa sus excesos sensibles, privándola de la fuerza excesiva que sobre los súbditos podría emplear malamente, y al revés cuando está ella débil e incapaz de cumplir con los altos empeños a que está destinada es necesario darle vigor y tono». El gobierno fuerte impide la tiranía del hombre sobre el hombre.

Respecto a la resistencia popular armada, Alcalá Galiano será contrario a los levantamientos que le parecerán no una resistencia contra la opresión estatal, sino un medio violento para imitar las fórmulas de tiranía que se estaba sufriendo y «dejarla caer con doblado peso sobre el enemigo». El jurista gaditano ofrecerá como modelo de resistencia contra el gobierno tiránico el protagonizado por el político irlandés O' Connell sometido a los procedimientos legales y rechazando los procedimientos violentos e insurreccionales.





VIII. LA RELIGION



Alcalá Galiano creerá que, en el pasado, la religión había sido el mejor y más estable fundamento para la legislación de las naciones por medio de la cual los EE. UU. en su siglo, los judíos a través de los tiempos, y los ingleses durante la república de Cromwell, habían mantenido su identidad como pueblos, preservando importantes valores de la dignidad humana que no habrían sido afianzables por otros procedimientos. Pero nuestro autor es consciente de la diferencia cualitativa que existe entre los preceptos divinos y la legislación civil, y considerará que no sería lícito utilizar la religión como instrumento político. Alcalá Galiano cree que lo deseable es el entroncamiento religioso de las leyes, aunque para su época ello ya era imposible, puesto que el supuesto equilibrio religión-legislación se habría perdido. Su postura es, por lo tanto, divergente de aquella defendida por los tradicionalistas como Aparisi Guijarro o Vázquez de Mella. Este último al hablar del fundamento de la sociedad, en contra del pensamiento de Alcalá Galiano, escribió: «El vínculo religioso, el vínculo moral, el vínculo jurídico, y después el que marca el interés económico y la coacción. Pero la coacción, si no representa un principio, si no tiene detrás de sí más que un interés, es cosa frágil y quebradiza; y el interés es siempre divergente, porque cada pasión tiene el suyo,y es necesario que haya unas normas y una fórmula jurídica sobre él. Pero la norma, el derecho, si no existe antes el deber moral a que está subordinado, es una palabra vana; y el deber moral, si no existieran esas relaciones de dependencia y de finalidad, no tendría punto de apoyo» 10.





IX. PRUDENCIALISMO METODICO



El sentido práctico, pactista y utilitario que tiñe y da carácter a la teoría constitucional de Alcalá Galiano hará que la virtud cívica de la prudencia se vea elevada a la cúspide de la praxis política y que, desde este vértice de la reflexión política, rechace todo planteamiento radical, ya se trate del absolutismo monárquico, ya del principio de la soberanía popular. Nuestro autor eludirá discutir el problema abstracto del origen del poder para no «lastimar opiniones o intereses».

El posibilismo sería la única forma de enfrentarse con los problemas generados por las diferentes circunstancias, por lo tanto, las adaptaciones en la teoría del Estado, son la única estrategia que hace eficaz una acción política.

El método que pretende aplicar Alcalá Galiano podríamos relacionarlo, desde la lejanía de los fundamentos conceptuales, con la moderna teoría de los juegos estratégicos o «ciencia de los conflictos» donde los motivos psicológicos variables de los contendientes llegan a ser formalizables en una deducción lógica a pesar de las situaciones condicionantes 11, 12.

Esta flexibilidad razonadora es imprescindible para que la teoría sea tan dúctil como lo requiera la realidad para evitar tanto la tiranía estatal como el despotismo popular ya que ambas voluntades de poder se enmascaran detrás de constructos teóricos hechos a medida. Alcalá Galiano considera que el intéres de los particulares es un riesgo mayor que la tiranía de los gobiernos para «detener o extraviar al linaje humano en su carrera», es decir el progreso social tendrá un adversario más temible en la envidia, prepotencia, egoísmo y violencia populares que en la ineficacia de los gobiernos aunque, como si de dos vasos comunicantes se tratara, ésta implicará el auge del primero.

Alcalá Galiano es crítico con la tipología, clasificaciones y definiciones de las formas estatales. Su escepticismo llega a poner en tela de juicio el valor de la clasificación de Linneo en botánica. Cree en la permanente perfectibilidad de la práctica del gobierno y de los estudios teóricos que generará.

Las reflexiones de Alcalá Galiano no sólo expresan algunos principios todavía valiosos para la ciencia política, sino que se le puede llegar a considerar como un filósofo político cuando intenta demostrar que muchos problemas tradicionales de la teoría del Estado son espurio fruto del empecinamiento dogmático o de la defensa de intereses sectoriales. En cierto sentido podríamos considerar a Alcalá Galiano como un pensador que llega a entender la actuación del político práctico mejor que éste mismo. Su obra rescata al teórico de las confusiones y de las incoherencias. Aquí encontraríamos la justificación y el valor de su estudio del Derecho político de todas las épocas y de su adecuación a las circunstancias de su tiempo. Siguiendo a John Plamenatz podríamos considerar que la función de la teoría política sería la de eliminar pseudo-problemas que no contribuyen a racionalizar ni a agilizar la crítica en torno a los sistemas doctrinales clásicos 13.

Si los partidarios de Rousseau o de Hegel no siguen hoy al pie de la letra sus respectivos conceptos de «la voluntad general» o del «Estado como encarnación máxima del espíritu» se debe, en parte, a la aguda crítica de razón práctica llevada a cabo por estudiosos realistas de la política como Alcalá Galiano, o como Macías Picavea que consideró el ideologismo como unos de los estigmas que impedían remediar la atrofia de las instituciones 14.

Alcalá Galiano siempre exigirá la viabilidad práctica, según el criterio de utilidad social, para juzgar cualquier Constitución y, parapetado en esta su desconfianza conservadora-reformista, se atreverá a recelar del puro democratismo de los Estados Unidos, magistralmente reflejado en el relato de La democracia en América de Tocqueville. El paternalismo burgués de Alcalá Galiano, alegando la preservación del «bien común», exigirá el emplazamiento de las clases populares al margen del protagonismo político para evitar el clientelismo, la manipulación electoral y el caciquismo. Los sectores sociales marginales deberían estar bajo «una ilustrada protección y una generosa tutela estatal» hasta un punto en el que puedan obtener un cierto grado de independencia material, moral e intelectual que les permitirá «ir menguando el universo de los excluidos». Lógicamente, en esta democracia ilustrada el sufragio universal no es posible, en todo caso una lenta integración de los desheredados en la condición plena de la ciudadanía.





X. IDEOLOGO DE CLASES MEDIAS



Alcalá Galiano es el ideólogo de las clases medias ascendentes, y contrapondrá las monarquías burguesas, constitucionales y representativas a las populares, democráticas o al cesarismo republicano como representantes de «las clases más pobres y numerosas».

Según Alcalá Galiano, la monarquía democrática española en 1808 o en 1824, heredando rasgos de la monarquía tradicional, protegía más a los proletarios que a los propietarios: «Por eso amparaba y aún favorecía nuestra legislación a los inquisitivos de casos contra los dueños, y la legislación y la costumbre a los cazadores contra los señores de las tierras. En las cosas tocantes al alimento y a la habitación, objetos ambos de importancia primera; en España bajo sus reyes, disfrutaban de ventajas los pobres que vivían de su trabajo respecto a los dueños de las tierras y de las casas: ¡muestra insigne de cuánto favorecía el trono aquí al interés de la plebe» 15.

Los tiranos de Grecia, los césares de Roma, el protectorado de Cromwell, el Imperio de Napoleón o el caudillaje fascista en pleno siglo XX nos ofrecen ejemplos de la continuidad histórica de una tipología política, constante cultural o «eón» como diría E. D'Ors, donde las clases humildes adquieren protagonismo social. El pueblo o no quiere rey o lo quiere fuerte y poderoso, el poder absoluto obtiene en buena medida su apoyo social de los sectores ciudadanos más desplazados.

Alcalá Galiano creía que, al abogar por los intereses de las nuevas clases medias, estaba haciendo un servicio al bien general de la sociedad por medio de su modelo político de monarquía representativa, liberal-constitucional, modelo que arrastraba un déficit democrático. En estos aspectos el conservadurismo liberal de Alcalá Galiano contrasta plenamente con otros liberalismos radicales o filosocialistas como el avanzado por Alvaro Flórez en su En defensa de las Cortes (Londres, 1818). Efectivamente, la teoría política de Alcalá Galiano está al servicio de una mentalidad y una cosmovisión plenamente burguesas y, para garantizar a éstas sus propios intereses, construye un sistema político donde todos los mecanismos jurídicos e institucionales se subordinan al empuje emprendedor de las clases medias.

XI. CONCLUSION



El principio de razón analítica, según Alcalá Galiano, se impone un límite para su actuación crítica ya que, llevado a sus últimas consecuencias:«Todo gobierno parecería una mentira, una ficción». Por otro lado, dos afirmaciones contrapuestas pueden ser un filón para la inteligencia ya que:«En ambas, señores, descubro lo falso o lo verdadero según el aspecto al cual lo considere». Escribe Feyerabend: «La evidencia experimental no consta sólo de hechos puros y simples, sino también de hechos analizados, modelados y construidos de acuerdo con alguna teoría» 16. Por eso el enfoque de los problemas sociales y de organización política es asumido por Alcalá Galiano no sólo dentro de la propia circustancia histórica, sino también de su apriorismo ideológico de clase.

Cuando el «horror» amenaza su mente Alcalá Galiano entorna sus ojos para defender el orden heredado como el único bien tangible; más allá o más acá se encuentra o el reino diabólico o el dominio angélico; la naturaleza humana exige naturalidad. «vistas a un microscopio aparecen diferentes que contempladas con los ojos naturales, pero de esta última manera es como han de contemplarse» 17. La visión microscópica es para Alcalá Galiano la razón revolucionaria, y cerrar los ojos es la razón reaccionaria. El parpadeará siendo supuestamente fiel a la naturalidad de las cosas para preservarlas del desorden y conservar el bien posible.

Fernando Torres



 

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