Las tres muertes
de Sofía Casanova
I.
BABUNITA
Así la llamábamos. ¿De dónde este nombre tan
extraño? Es como una amalgama de lo polaco con lo
español -como todo en la vida de mi amada abuela-. En
polaco «abuela» es «babcia» (se lee «babcha») o a
veces también «babunia». Con el diminutivo español
«ita», la palabra polaca babunia ha dado el nombre que
en el lenguaje de toda nuestra familia ha sido siempre el
nombre de mi abuela. Nosotros, siendo niños, usábamos
todavía otro nombre. Añadiendo el diminutivo polaco
«-ka» al diminutivo español, llamábamos a nuestra
abuela «Babunitka». De estas amalgamas existían más
en nuestra familia. Para la generación de mi abuela,
para sus cuñados y cuñadas, mi abuela era Sofitina,
para las amistades Pani Sofitina (es decir, Doña
Sofitina). Las tres hijas tenían también
nombres-amalgama. La mayor, María, la segunda, Isabel.
Mi madre, la más joven, tenía un nombre eslavo, Halina.
Mi madre y mis tías llamaban a mi abuela Madrecita.
II. INFANCIA
Nací el año 1927.
Antes de la guerra, Babunita vivía en Varsovia, en la
casa de su hija María, casada con un periodista,
Mieczyslaw Niklewicz. Mis tíos tenían cinco niños,
Cristina -después lectora de español en la Universidad
de Varsovia-, Andrés, María -que todos llamaban Nena,
hoy superiora general de las Hermanas de la Visitación
en Polonia (orden de S. Francisco de Sales, fundada por
Sta. Juana de Chantal)-, Ricardo y Conrado.
Babunita pasaba con nosotros sólo los dos meses de
verano, en Kozieglowy, que era una finca pequeña cerca
de Poznan, comprada por mis padres para pasar allí
(éramos cinco hermanos) las vacaciones. Nos gustaba
muchísimo cuando venía. Cada tarde, después de la
cena, Babunita daba un paseo hacia una gran cruz puesta
al lado del camino, al borde de la aldea, como se ve en
tantos lugares de Polonia. Nos gustaba mucho ir con ella.
Cogía entonces su bastón y, tomando nuestro brazo de
niños que le daba más seguridad, como veía muy mal,
iba adelante con un paso enérgico.
En nuestra casa en Kozieglowy, Babunita tenía su cuarto
en el primer piso con un gran balcón que daba al
occidente. Cerca del balcón tenía preparada una mesa
donde escribía. Lo que me acuerdo de aquel tiempo es que
escribía bien en su cuarto o, a veces, en la veranda.
Aunque nos quería mucho, y lo sa-bíamos, no le gustaba
que se la estorbara cuando trabajaba.
Creo que pocas personas se dan cuenta de la gran
dificultad que tenía Babunita para escribir. Era casi
ciega. Sufría de una miopía muy avanzada, pero no
quería usar las gafas. Las tenía, claro, pero sólo se
las ponía a veces cuando iba a pasear. Durante la
guerra, las usaba cuando iba cada día a la iglesia y
tenía que ir sola por las calles. Nunca se dejó
retratar con gafas. Nunca escribía con gafas. Me había
dicho que antes veía mejor. Recuerdo un retrato suyo
hecho en Rusia durante la primera guerra; estaba sentada
junto a un escritorio lleno de papeles. Entonces debía
tener la posibilidad de escribir normalmente. Pero
durante la revolución del año 1917, que pasó en San
Petersburgo, fue una vez a la calle para ver lo que
pasaba, y en un momento perdió la vista. Inmediatamente
visitó a un médico oculista que le ordenó una cura
rigurosa y, poco a poco, volvió a ver, aunque muy
débilmente.
Como era escritora y corresponsal del «ABC», tuvo que
organizar de otra manera su técnica de escribir. No
podía hacerlo sobre una mesa. Eso era para ella
absolutamente imposible. Tenía, pues, preparado un
cartoncito, como lo llamaba, que era un cartón grueso de
formato A5, sobre el cuál estaba pegado un papel
secante. ¡Cuántas veces me pedía que cambiara el papel
secante sobre el cartoncito! Sobre este cartoncito ponía
una hoja de papel, que debía tener un formato especial.
Muchas veces yo tenía que cortar el papel en el formato
que necesitaba.
Teniendo el cartoncito con el papel en su mano izquierda
delante de sus ojos casi ciegos, escribía cartas,
artículos, versos, correspondencia, libros. Escribiendo
prácticamente en el aire ponía letras grandes,
deformadas. Era una escritura difícil de leer y
completamente extraña para quien no sabía con qué
dificultad estaba hecha. Nunca podía ver toda la
página. Pasaba delante de sus ojos casi ciegos letra por
letra y palabra por palabra. Y, por lo tanto, no había
correcciones. Escribía con un orden de pensamiento y una
organización de lenguaje admirables. Hoy veo que sólo
su gran fuerza intelectual, disciplina en los
pensamientos y un carácter inquebrantable hacían que en
tales condiciones pudiera escribir.
Durante la guerra, cuando vivía con nosotros en Varsovia
(calle Piusa XI, 4 -en una casa que ya no existe-) y
cuando me gustaba ayudarla copiando a máquina sus
manuscritos, me vino una vez la idea de probar a escribir
con su misma técnica. Era difícil. La mano izquierda se
cansaba pronto, la mano derecha teniendo la pluma en el
aire ponía letras con gran dificultad. La tinta, claro,
no quería subir hacia arriba. Y, sin embargo ella
escribía así horas enteras.
Escribía con una pluma de madera decorada preciosamente
según el arte de la población rutena de Huculi (se lee
Jutsuli) que antes de la guerra habitaba el sur de
Polonia, en la parte este de los Cárpatos. Parece, que
de esta cultura magnífica nada ha quedado, después de
50 años de régimen soviético. La tinta debía ser la
mejor posible. Recuerdo que era siempre la tinta
azul-negra de Pelikan. Tenía también una pluma
estilográfica que escribía letras más gruesas.
Sabía que escribía cartas, correspondencia y un libro.
Entonces conocí solamente el título: Juanito
República. Años después, durante la guerra, cuando
pude hablar con Babunita mucho más y pude comprender
mejor los grandes problemas de su vida, supe que se
trataba de escritos muy importantes para ella.
III. JUANITO REPUBLICA
Esta obra perdida tenía para ella una importancia muy
grande. Lo que yo sé sobre este libro son sólo migas
cogidas de lo que me decía. Era una novela de
costumbres, en la que los problemas políticos tenían un
lugar importante. Quisiera esbozar la atmósfera
política de la vida de mi abuela antes de la guerra, que
daba carácter a la obra.
El tema del libro tocaba el problema de la caída de la
monarquía en España, y, de otra parte, el problema de
que los españoles en libres elecciones habían preferido
el sistema republicano con todas las consecuencias, que
eran para ella un horror. En el título, eso me acuerdo
de antes de la guerra, la palabra República tenía algo
de amenazador.
Mi abuela, educada por su padrino el conde de Andino,
tutor del joven Alfonso XIII desde sus infantiles años,
vivía en una atmósfera de amor hacia la corte y la
Familia Real. Su presencia en la corte ¿era porque su
padre tenía derecho al título de conde de Eguía? O
¿era que un cierto estilo de la corte de Madrid admitía
a una niña pobre, aunque educada en una casa noble como
amiga de las princesas reales? Durante la guerra estaba
en correspondencia epistolar con la Infanta Paz, entonces
Princesa de Baviera. En los días de la guerra, las dos
españolas, una en la ocupada Varsovia, la otra en
Munich, intercambiaban cartas en las que se referían sus
dolores y tristezas. La Princesa de Baviera escribía a
Babunita sobre un hijo, movilizado en el ejército
alemán y -si no me equivoco- fallecido en el frente de
Rusia.
Un ejemplo de sus relaciones con la corte se puede ver en
la anécdota que, con risa, me contó varias veces. El
rey Alfonso XII, muy joven entonces, invitó a mi abuela,
cuatro años más joven, para que le recitara unos
versos. La joven poetisa veía muy bien los problemas
sociales, la suerte de los trabajadores. Entre otros
versos declamaba una poesía que exaltaba la grandeza y
dignidad del esfuerzo y del trabajo humano. El rey, bajo
la impresión que le hizo el poema, quería oirlo otra
vez. Pero en ese momento entró el ayudante con el recado
de que esperaba don Antonio Cánovas del Castillo,
entonces primer ministro, muy respetado por el joven rey.
Sin embargo el monarca pidió a mi abuela que no
interrumpiera la recitación. Un momento después el
ayudante entró otra vez con el mismo recado. Y de nuevo
el rey pidió a mi abuela que siguiera con su
declamación. Por tercera vez el ayudante entrando
anunció: «El señor primer ministro espera». Entonces
el rey, extendiendo los brazos, dijo a mi abuela
quejándose: «Ni siquiera me dejan escuchar versos.»
Todo lo que pasaba en la corte interesaba a mi abuela. Me
acuerdo de su tristeza después de la muerte del
príncipe de Asturias en un accidente de automóvil. Se
hablaba con condolencia del sordo-mudo Infante Don Jaime,
de los casos de hemofilia heredados por la familia real
de España de la reina Victoria Eugenia. Vivíamos todos
en una atmósfera de amor hacia los miembros de la corte
y de gran preocupación por todo lo que se refería a
ella.
La caída de la monarquía tocó a mi abuela
profundamente. Recuerdo que se hablaba de cartas escritas
al rey con palabras de lealtad y expresando sentimientos
de dolor por lo que había pasado.
¿Qué tiene que ver todo esto con la novela perdida de
mi abuela?
Como probablemente en muchos hogares españoles, las
disputas políticas entre los republicanos y los
monárquicas dividían a los miembros de la familia. Hijo
de su hermano Juan, el muy querido Joaquín Pérez
Madrigal, era republicano. Babunita contaba con gran risa
algunos humorísticos momentos de la acción política de
Joaquín. Tenía un loro que le enseñó a gritar: «Viva
la República». Durante una fiesta o un desfile puso el
loro en el balcón que daba a la calle. El pájaro
empezó a gritar «Viva la República». Los policías
entraron en la casa buscando al responsable. Mi tío
Joaquín, riéndose, les mostró al republicano. El
sistema republicano no dejaba sitio para bromear. Poco a
poco, viendo todo lo que pasaba, es decir, el terror de
la dictadura del proletariado (dictadura idéntica a la
que oprimía al pueblo ruso después de la Revolución de
Octubre, dictadura ejercida en nombre de los
trabajadores, pero no por ellos y no en su interés,
dictadura que según Lenin es el ejercicio del poder sin
ley alguna), Joaquín cambió de una manera radical su
orientación política.
Después del alzamiento de 1936 Joaquín trabajó en la
radio nacional emitiendo contra el régimen rojo. Parece
que se servía de un estilo satírico mordaz y que sus
emisiones tenían repercusión. Pero su mujer y su hijo
vivían entonces en Madrid. Oyó una vez una respuesta en
la radio roja; alguien decía: «Pérez Madrigal debe
darse cuenta del hecho de que a su mujer y su hijo los
tenemos en nuestras manos.» La amenaza era muy seria.
Joaquín contó todo esto a mi abuela llorando, cuando
ella lo vió la última vez en su viaje a España,
durante la guerra civil. Pero Joaquín no cesó de emitir
sus programas.
Toda esta atmósfera encontró su sitio en la perdida
novela Juanito República. «República» en el título
de la novela era una palabra clave de la filosofía del
libro. Mi abuela trabajaba todavía sobre la novela
durante la guerra, viviendo con nosotros en la calle Pío
XI, 4. El manuscrito, ya acabado, tenía para ella un
gran valor y lo guardó durante toda la guerra escondido
en la «valija verde», un sólido baúl que contenía
todo su archivo.
El manuscrito fue salvado de los escombros de la casa de
la calle Chmielna, 2, bombardeada en septiembre de 1939,
donde vivía mi abuela antes de la guerra con la familia
de su hija Manita Niklewicz. La novela pasó otra vez por
un incendio que devastó nuestra casa en los primeros
días de la insurrección de Varsovia en agosto de 1944 y
fue salvado del sótano de la casa por mi madre. Pero en
los primeros días de Octubre, después de la rendición
de la ciudad en ruinas, tuvimos que abandonar Varsovia:
mi madre, con la población civil, queriendo naturalmente
encontrar a tres de sus hijos, que con Babunita y mi
padre pasaban el verano cerca de Varsovia, en Konstancin,
y yo siendo conducido a un campo de prisioneros de
guerra. Dejamos la valija verde, con todo lo que Babunita
tanto quería, en el sótano de la casa de Aleje
Ujazdowskie 38, que no estaba muy lejos de la calle Pío
XI, mientras yo, herido, convalecía en un pequeño
hospital del frente. Esta casa, incendiada por los
alemanes después de la insurrección, ardió
completamente. Aún en el sótano el calor era tan grande
que no se podía ni entrar. Así perecieron el manuscrito
Juanito República y todo el archivo.
Durante la guerra, yo copiaba a máquina varios
manuscritos suyos: poesías, el diario titulado Polvo de
escombros (escrito en los primeros meses de la guerra con
un título que resultó profético). Quería empezar a
copiar también el manuscrito de Juanito República, pero
Babunita no quería dármelo. Así nunca sabremos
exactamente qué contenía la novela y qué quería mi
abuela decir a los lectores.
IV. LAS TRES MUERTES
Mi abuela murió en el año 1958. Sin embargo, su
fallecimiento fue antecedido por sucesos que se pueden
llamar sucesivas muertes. Fui testigo de estos
acontecimientos y quisiera que después de cuarenta años
fueran revelados, aunque sean penosos.
El período de las operaciones militares de la guerra en
1939, lo pasó con nosotros en una finca de mi tío, no
lejos de Varsovia. Creo que lo contó en la obra Polvo de
escombros. Volvimos a Varsovia en octubre o noviembre de
1939. Mi abuela no tenía ninguna posibilidad de entrar
en contacto con España, y, por lo mismo, tampoco con
«ABC», del que se sentía corresponsal. Tomaba notas.
Cuando en Varsovia, arruinada por el sitio de Septiembre
de 1939, mi abuela poco a poco encontró a la familia, a
los conocidos y amigos, se abrió una posibilidad de
enviar crónicas a España. En esto, como en otros
asuntos durante la guerra, la ayudaba D. Casimiro
Granzow, duque de Parcent. Kazito (a leer Casyito), como
se decía de él en nuestra casa, pues era antiguo amigo
de la familia, era hijo de un fabricante emigrado ruso,
casado con la hija de una gran familia española y
heredera de un título de grandes de España. Hablaba
perfectamente el español, el francés, el polaco, el
alemán y el ruso. Era entonces encargado de negocios de
España en Varsovia. Vivía en la residencia de la
Embajada de España. Desde su puesto diplomático tenía
la posibilidad de enviar cartas de Babunita para España
y, a pesar de las dificultades, lo hizo varias veces. Y
así pudo Babunita enviar al «ABC» su primera
correspondencia de guerra. Es posible que fuera el diario
titulado «Polvo de escombros».
Mi abuela contaba todo lo que vió. Y aquí se encontró
con algo que constituyó para ella un choque. Recibió
una carta del director de «ABC», el Sr. Luca de Tena,
advirtiendo de que podía enviar crónicas como antes,
pero que no podía decir nada contra los alemanes. Esta
carta hirió profundamente a mi abuela. «Siempre
escribía la verdad», me dijo. El amado «ABC» la
desilusionó de una manera radical. Creo que este fue un
punto crucial en la vida de mi abuela, que entonces
tenía 80 años. La carta impuso a mi abuela el silencio.
Iba cada mañana a misa en la Iglesia de San Alejandro,
que distaba un kilómetro de nuestra casa. Rezaba
frecuentemente el rosario. En ese tiempo escribió un
ciclo titulado Las Joyas. Hoy comprendo mejor el
simbolismo de estas poesías.
De la noche inverniza un pedazo ha caído
y de la luna el rayo su fondo penetró
y en el cerco de oro de tu anillo promesa
el príncipe de ensueño tu mano engalanó.
y todo es azul en esta noche inverniza,
y azules son las horas en las que va a llevarte
a su reino del sol
el príncipe amoroso de los ojos azules,
el lejano y ya tuyo príncipe encantador.
El azul se oscurece de la joya en tu mano.
¿Por qué triste y convulsa tu mano la arrojó?
El príncipe se ha ido desdeñoso y perjuro;
el príncipe se ha ido, se ha ido y te olvidó.
Los días no son nunca iguales a los días
y torna otro zafiro en tu mano a brillar.
El zafiro es la joya de la vida y el olvido,
y del olvido surge la esperanza de amar.
Lo dijo Rosalía en su eterna canción
que es verbo y sangre de nuestro corazón:
a un batido - outro batido;
a un delor - outro delor.
Para un olvido - outro olvido;
para un amor - outro amor.
¿Quién era el príncipe de ensueño desdeñoso y
perjuro? ¿Quién era el príncipe que se olvidó? Aquí
se ve todavía una esperanza. Pero en esta otra poesía
titulada La perla aparece la muerte incomprensible y
absurda.
Esa perla dormida en tu mano callada
es cual un epitafio que el destino escribió.
Nube blanca de luto sin contornos.
El ángel esperado no viene,
en tu seno murió.
No llores, no preguntes lo que nunca sabrás.
Sigue. Tu ruta es larga.
Y al final
al final
Cuando copiaba yo a máquina estos versos, ella me decía
con insistencia que los puntos suspensivos eran muy
importantes. Hoy ¿nos hemos acercado a un momento
esperado y previsto en este verso por una escritora
condenada a guardar silencio?
Creo no equivocarme cuando pienso que la carta del
director del ABC asestó un golpe mortal a mi abuela.
* * *
Pasemos a la segunda muerte.
En la vida de mi abuela había una paradoja. Claro que no
era la única. Las leyes españolas no dejaban a la mujer
de un extranjero conservar la ciudadanía española.
Babunita era española, se sentía española y era un
personaje que contaba en su país como condecorada con
las grandes cruces de Beneficencia y de Alfonso XII, y,
sin embargo, por ser mujer de un polaco no tenía la
ciudadanía española.
Conociendo la situación en la que vivía mi abuela y
toda su familia en Varsovia durante la ocupación del
ejército alemán, el embajador de España en Berlín (si
no me equivoco era
D. Antonio Magaz, muy amigo de Babunita), concedió a mi
abuela un pasaporte español. Además, a todos sus nietos
polacos nos dio un documento, con retrato, certificando
que éramos nietos de Sofía Casanova, célebre escritora
española, y que estábamos bajo la protección de la
Embajada de España en Berlín. Claro que tal documento
no tendría ningún valor en caso de arresto, pero podía
ayudar en caso de una «razzia» de calle que los
alemanes practicaban a menudo en Varsovia, como un medio
de terror.
Después de la guerra fueron los bolcheviques quienes se
apoderaron de Polonia, con el consentimiento de
Inglaterra y de los Estados Unidos. El terror rojo nos
trabó. Una de las leyes de este régimen consistía en
que los extranjeros debían exiliarse de Polonia. Se les
dejaba quedarse sólo a condición de que aceptaran la
ciudadanía polaca. Esa ley permitio a las autoridades
evitar complicaciones en caso de arresto de un
extranjero.
Ese momento fue muy difícil para Babunita. Viendo el
amor de Babunita hacia su patria, su nostalgia, su
«morriña», como solía decir, conociendo su odio hacia
el comunismo, me parecía que debía irse a España. Pero
ella quería quedarse con nosotros en Poznan. ¿Se daba
cuenta de que no podría volver? Su hermano querido
-Vicente- ya no vivía. La amarga decepción con el
«ABC», tan querido y que se hizo inesperadamente tan
ajeno, le causaba un presentimiento de no ser comprendida
habiendo visto todo lo que había visto durante la
guerra. En consecuencia decidió quedarse, renunciando a
la ciudadanía española. Su pasaporte español, tan
profundamente querido, lo guardó. Creo que tengo razón
cuando trato este hecho como la segunda muerte.
* * *
Le esperaba todavía la tercera muerte. Ya la carta del
Sr. Luca de Tena y las dificultades que tenía su hermano
Vicente cuando quería publicar el texto de Polvo de
Escombros dio a mi abuela mucho que pensar. Algo había
cambiado en España. La situación de Babunita en nuestro
país, incomunicado por el telón de acero, se había
hecho todavía más triste. Forzada a guardar silencio,
recibía de tiempo en tiempo noticias de España por las
que veía que algunos compatriotas tenían objeciones
contra el general Franco, y por lo mismo la previnieron
que no se hiciera «franquista». Se daba cuenta de que
su entusiasmo hacia el general Franco y hacia el
Movimiento Nacional causaban ojeriza entre los suyos y,
consecuentemente, el olvido. Cuántas veces repetía
durante los últimos años «¡Me han olvidado!» Claro
que durante este tiempo, que debía ser muy amargo para
ella, tuvo buenos momentos. Uno de tales momentos, que
apreciaba muchísimo, fue cuando sus amigos en Galicia
lograron que fuera elegida miembro de la Academia
Gallega. Pero eran chispas de luz en una noche de
abandono y de soledad. Sin embargo, con su imponente
fuerza moral, no se quejaba.
Siento el deber de aclarar a los críticos algunos hechos
de los que con toda seguridad no se dan cuenta. El
porqué de su modo de tratar el Movimiento Nacional
durante la Guerra Civil exige una explicación, y creo
que puedo darla.
Mi abuela odiaba el comunismo. Era esto para ella un
problema moral. Me decía que se confesaba de odio. Los
sacerdotes en España trataban este odio como pecado
grave. Sin embargo, los confesores en Polonia la
entendían. En cuanto a mí, yo decía que una cosa es el
odio contra una ideología que se juzga moralmente mala,
y otra cosa es odio contra personas concretas. Le
preguntaba si daría un vaso de agua a un comunista que
se lo pidiera por morir de sed. «Claro que sí», me
respondía con convicción. Tenía que recordarle que me
había referido que en una prisión de España se hallaba
escrita la frase «Odia el delito y compadece al
delincuente» 1
Este odio nació de sus amargas y horrorosas
experiencias. Había sido testigo de la revolución
bolchevique en Rusia en el año de 1917. Observaba
atentamente la lucha entre las dos facciones del Partido
Comunista ruso: la facción de Lew Bronstein -Troski- y
la facción de Vladimir Uljanow -Lenin-, que era la
mayoritaria. En ruso «bolszoj» quiere decir grande, de
donde ha venido el nombre del Partido Comunista-Leninista
Bolszewiki, es decir, de la mayoría. Después de la
guerra, especialmente después de la muerte de Stalin, se
hablaba de las democracias populares, del socialismo
real, etc. Pero el programa seguía siendo el mismo. Las
dos facciones se diferenciaban por la táctica
revolucionaria. Troski veía la revolución como un
acontecimiento mundial, mientras que Lenin creía que el
comunismo puede existir en un sólo país. Troski emigró
y encontró hospitalidad en Méjico, donde fue asesinado
por los emisarios de Stalin, en 1941. Lo que resultaba
claro para mi abuela es que el programa del comunismo
pretendía la dominación sobre todo el mundo.
Babunita vió con sus propios ojos toda la crueldad de la
revolución. El asesinato de los miembros de la
encarcelada e inerme familia imperial, sin exceptuar a
las mujeres y los niños, la conmocionó profundamente.
Vio los primeros pasos de la lucha contra la religión
con la encarcelación del obispo polaco Cieplak (se lee
Cheplak), condenado como enemigo del régimen comunista.
Dos cuñados suyos, Mariano Lutoslawski y José, padre
del célebre compositor Witold Lutoslawski, habían sido
asesinados en Moscú por organizar a los emigrados
polacos. Las esposas de Mariano y José fueron al Kremlin
con la esperanza de que el jefe de la policía
revolucionaria, el famoso comisario Dzierzynski, que era
polaco, los salvara, conocidos por su patriotismo polaco.
Se abrió una ventanilla, apareció Dzierzynski y les
anunció que al día siguiente leerían en la prensa la
noticia. Y al día siguiente la prensa publicó que los
dos, con otros polacos, habían sido fusilados por ser
«enemigos políticos de la revolución».
En el año 1920, viviendo en Varsovia, sufrió mi abuela,
con todos los polacos, la amenaza de la invasión
bolchevique. Su hija Isabel, que estaba entonces en
Drozdowo, describió lo que pasó allí en un libro
titulado Los bolcheviques en una hacienda polaca. Le
preguntó a un soldado bolchevique adónde se dirigían.
Y oyó entonces que «¡iban hasta Madrid para ayudar a
la revolución mundial!» ¡Era el año 1920!
Poco después el mundo vió la revolución en Méjico con
todos los acontecimientos dramáticos que la
acompañaron. En Polonia, en ese tiempo, todos se daban
cuenta de la amenaza persistente de la Unión Soviética.
Mi abuela sabía bien lo que pasaba al otro lado de la
frontera del Este de Polonia, el terror de las sucesivas
«purgas» políticas, acompañadas de asesinatos y
procesos políticos sin cuento. Casi todos los comunistas
polacos que se trasladaron a la Unión Soviética
después de la deslegalización del Partido Comunista en
Polonia, fueron asesinados por el régimen de Stalin.
Con estas experiencias, lo que pasaba en España la
llenaba de la más grande inquietud o -más todavía- de
vivo horror. Los movimientos radicales intensificaban su
actividad y ganaron la lucha política. Y luego siguieron
la abdicación del Rey, la formación del Frente Popular
y de su brazo de terror la Guardia de Asalto, y
progresivamente el anticlericalismo atroz con asesinatos
de obispos, sacerdotes, frailes y monjas por millares,
profanaciones de las iglesias y de los sepulcros. Me
acuerdo de una fotografia en el «ABC» -debía ser del
año 1935- que mostraba féretros abiertos con cadáveres
de monjas, expuestos en la calle. Mi abuela decía
entonces que más de treinta iglesias de Madrid fueron
incendiadas y la policía no dejaba apagar el fuego. Y
los asesinatos políticos, como el de Calvo Sotelo.
No soy historiador. Digo aquí solamente lo que oí
siendo chico, y lo digo para ilustrar las emociones que
debían pesar infinitamente sobre mi abuela. Ella vivió
estos acontecimientos. Veía que su querida España
estaba cayendo en el monstruoso abismo del comunismo, que
ella conocía por su propia experiencia en Rusia y, ya
después de la última guerra, en Polonia.
El Movimiento Nacional español del año 1936 debía
parecer a mi abuela como un despertar de todo lo que en
la nación era sano y grande. La Guerra Civil era para
ella una cruzada -recuerdo que así lo decía-. Creo que
hoy, cuando tantos de los asesinados han sido declarados
mártires por la Iglesia, se puede ver claramente que la
visión de mi abuela contenía una amarga verdad.
Comprendía muy bien que eran los suyos los que estaban
luchando contra los suyos. Con su susceptabilidad
respecto a los problemas sociales, se daba cuenta de que
estos problemas dejados sin solución son los que causan
un odio fratricida. Para ilustrar el hecho de la ceguedad
de los ricos me contaba que, después de la publicacion
de la encíclica Rerum novarum, del Papa León XIII,
algunas damas de la aristocracia ofrecían misas para
«convertir al Papa que se ha vuelto comunista». No era
de ninguna manera políticamente conservadora, aunque
atribuía gran importancia a la tradición. Veía
claramente y sentía profundamente los problemas
sociales. Pero al mismo tiempo se daba cuenta de que el
comunismo era una ideología falsa y ella era la que
dividía a los españoles. Siempre decía «los rojos».
Cuando después de la guerra yo le argüia que, sin
embargo, el sistema comunista procuraba resolver los
problemas sociales, me respondía invariablemente con una
interrogación: «¿A qué precio?»
No me extraña nada que cuando fue a España (me parece
que en 1938), fuera a Burgos donde vió al general Franco
y recibió de él un retrato en el que estaba con su hija
Carmen, con dedicatoria. Lo guardaba en su riquísimo
archivo de retratos con dedicatorias. Fue recibida
también por el ministro de Asuntos Exteriores, Serrano
Súñer. Durante la guerra, el general Franco consiguió
salvar a España de intervenir al lado de los alemanes.
Después de la guerra, en los tristes años del terror
comunista en Polonia, Babunita repetía con orgullo que
España era el único país que nunca entabló relaciones
diplomáticas con la Unión Soviética. La diplomacia de
todos los Estados del Oeste, que con tanta consideración
(o miedo) trataban a la Unión Soviética, era definida
por mi abuela de una manera cortante: «Son unos
sinvergüenzas». La determinación del gobierno
español, su decidido anticomunismo, era visto por ella
como la Europa de «la gloria y el honor» 2.
No cabe ninguna duda de que mi abuela se daba cuenta de
que su aceptación del régimen nacional en España,
fundada en su radical anticomunismo, causaba una cierta
ojeriza de los suyos en España. Y era condenada a
guardar silencio. Para ella, eso era doloroso e
incomprensible. «No llores, no preguntes lo que nunca
sabrás. Sigue
» Y repetía en sus últimos años:
«¡Me han olvidado!»
Creo no equivocarme al juzgar este hecho como otra
especie de muerte de mi abuela. Sus últimos años
estuvieron marcados por el silencio, la soledad y el
olvido de los suyos.
V. CONCLUSION
¿No tenía razón mi abuela siendo tan determinadamente
anticomunista? ¿La Historia no reconoció que mi abuela
tenía razón? ¿Qué sería hoy de España y de toda
Europa si el comunismo hubiera dominado sin estorbo en
España hasta hoy? ¿En qué situación estarían hoy
España y toda Europa sin la actuación del general
Franco en los años 1936/39? Prefiero no pensar sobre la
suerte de Europa si el gobierno español se hubiera
dejado involucrar en la guerra al lado de Hitler.
No sé qué pasaba en España después de la guerra. Mi
abuela tampoco lo sabía. No sé lo que objetaban al
general Franco algunos españoles. Tendrán algunas
razones. Es conocido el hecho de que los medios
intelectuales de toda Europa estaban en aquel tiempo muy
influenciados por la ideología comunista. George Orwell,
que empezó a luchar en España al lado de los rojos,
después de haber conocido la realidad acabó escribiendo
su famoso Año 1984, que es una crítica radical y
profunda del sistema comunista. Para mi abuela, el
general Franco era el personaje de los años 1936/1939.
Era su lucha contra el régimen comunista lo que motivaba
su aprecio.
Ese era el estado de amargura de lo que llamo la tercera
muerte de mi abuela, amargura soportada con paciencia y
paz encontrada en la oración. Recuerdo que siempre
tenía el rosario en su mano y durante las horas de su
soledad rezaba. Y en este estado llegó el fin de su
vida. No puedo decir nada de esos momentos porque
profesé y entré en un monasterio en 1951. Los últimos
siete años de la vida de mi abuela los conozco sólo por
la correspondencia, bastante escasa, con ella. ¡Qué
ejemplo de cultura, de corazón, de pensamiento perspicaz
y de fortaleza espiritual!
Pienso que mi abuela, que durante años fue corresponsal
de su amado «ABC», apreciaría que este recuerdo de su
nieto se publicase en ese periódico. Pero, ¿llegó ya
el tiempo en que este texto será acogido y comprendido?
La amarga suerte de mi abuela ¿no puede servir de
lección para los lectores de «ABC» de hoy? Esa suerte
le tocó a una persona siempre fiel a España y a la
verdad.
Karul Meissner, O.S.B
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