nº 84 Editorial. Globalización y razón

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Globalización y razón

Editorial. nº 84

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Editorial: Globalización y razón

La rugosa superficie de nuestro esferoide azul permanece prácticamente estable desde hace millones de años. Sin embargo, para el hombre no ha dejado de contraerse, sobre todo, desde la generalización del transporte aéreo. Lugares que sólo se podía alcanzar tras prolongada aventura están ya a pocas horas de cómodo vuelo. El lejano Oriente no se ha acercado en los mapas, pero ya no es cronológicamente lejano. La geografía ha perdido casi todo su antiguo misterio. Las antes reducidas relaciones de vecindad se han extendido casi hasta los antípodas. La técnica empequeñece al mundo.

Todavía a principios del siglo XIX, sólo las grandes noticias salían de su escenario y, además, tardaban mucho tiempo en franquear tierras y océanos. Los defensores españoles de la isla transandina de Chiloe no se enteraron de la emancipación chilena hasta despues de trascurridos años. Hoy, la información es copiosísima y casi instantánea. A través de los medios audiovisuales podemos oír y ver en tiempo real lo que acontece en cualquier lugar del planeta, incluso mejor que los espectadores directos porque los micrófonos y los objetivos penetran desde privilegiadas perspectivas, en los últimos rincones. Asistimos diariamente a distantes eventos de toda especie, desde los naturales hasta los políticos pasando por los deportivos. Para las ondas ya no hay distancias terrenales, lo remoto se torna inmediato y contiguo.

La ciencia pura y la aplicada están globalizando la co-existencia humana. Todos convecinos; es la aldea terráquea. Una consecuencia política está siendo la disolución de las soberanías nacionales en instituciones supraestatales. Consecuencias económicas son la constante extensión del mercado y la caída de los proteccionismos. Consecuencias culturales son la universalización de los saberes y la homogeneización de los usos sociales. Las clausuras y los exotismos tienden a desaparecer. En suma, unificación.

¿Cómo afecta al logos este proceso reciente, velocísimo y revolucionario? La capacidad de razonar es el distintivo común de nuestra especie. Si los datos disponibles se multiplican y ordenan, si la ciencia se comunica amplia y generosamente, y si los lenguajes se aproximan ¿no se avanza necesariamente hacia la racionalización de la existencia humana? A pesar de las apariencias no será así mientras se promueva la sistemática globalización de los falsos ídolos.

La política no es el ámbito de la verdad, sino de la apariencia y, con frecuencia, del engaño. La mentira es habitual arma en las luchas internas; pero, sobre todo, en las internacionales. Hay «leyendas negras» desde remotos tiempos. ¿Cómo presentaban los romanos a los pueblos llamados bárbaros? En un mundo políticamente monopolar sólo un poder dicta los dogmas, presenta las imágenes, define los valores y califica las conductas. La crítica es progresivamente arrinconada hasta convertirla en un débil susurrro local. La discrepancia es forzada y sectariamente reducida a rareza o extremismo. Se equipara lo diferente con lo incorrecto.

Los instrumentos de las decisivas batallas actuales no son los cañones, sino los medios de comunicación. Las antiguas disputas territoriales se han desplazado ahora hacia los satélites electrónicos. El poder consiste en poseer los resortes de la imagen y de la palabra y, como siempre, tiende a ser absoluto. Hay grandes fuerzas empeñadas en implantar un mensaje único y parcial, casi publicitario. La razón saldrá malparada del monopolio global de la información y de la desinformación aneja. La razón avanza mediante la crítica, la confrontación y la contradicción; pero suprimida la dialéctica, detenido el logos.

Ciertos dictadores contemporáneos de la información prohíben, por ejemplo, reconocer que un negro es un negro, que un «nasciturus» no es una verruga, que la opinión de la mitad más uno no es la verdad, que entre homosexuales no cabe el matrimonio, que lo «tolerable» no es el bien sino el mal, que no hay derechos sin obligaciones, que tampoco el puro mercado es la piedra filosofal, que los seres humanos son todos diferentes en capacidades y en virtud, que la libertad no es el valor supremo, que la edad determina jerarquía, etc. El despotismo de la falacia será tanto peor y menos reversible cuanto más universal y más absoluto. La mundialización de las consignas ideológicas o partidistas es reaccionarismo.

Cuando lo que se globaliza no es la verdad se frena la marcha del logos. El monopolio de los medios de comunicación es una invitación al abuso, una vía de probable irracionalidad, o sea, de involución de la especie humana. Hay que salvar el pluralismo y la dialéctica en esa aldea global que está construyendo la rauda técnica.


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