Editorial:
Globalización y razón
La
rugosa superficie de nuestro esferoide azul permanece
prácticamente estable desde hace millones de años. Sin
embargo, para el hombre no ha dejado de contraerse, sobre
todo, desde la generalización del transporte aéreo.
Lugares que sólo se podía alcanzar tras prolongada
aventura están ya a pocas horas de cómodo vuelo. El
lejano Oriente no se ha acercado en los mapas, pero ya no
es cronológicamente lejano. La geografía ha perdido
casi todo su antiguo misterio. Las antes reducidas
relaciones de vecindad se han extendido casi hasta los
antípodas. La técnica empequeñece al mundo.
Todavía a principios del siglo XIX, sólo las grandes
noticias salían de su escenario y, además, tardaban
mucho tiempo en franquear tierras y océanos. Los
defensores españoles de la isla transandina de Chiloe no
se enteraron de la emancipación chilena hasta despues de
trascurridos años. Hoy, la información es copiosísima
y casi instantánea. A través de los medios
audiovisuales podemos oír y ver en tiempo real lo que
acontece en cualquier lugar del planeta, incluso mejor
que los espectadores directos porque los micrófonos y
los objetivos penetran desde privilegiadas perspectivas,
en los últimos rincones. Asistimos diariamente a
distantes eventos de toda especie, desde los naturales
hasta los políticos pasando por los deportivos. Para las
ondas ya no hay distancias terrenales, lo remoto se torna
inmediato y contiguo.
La ciencia pura y la aplicada están globalizando la
co-existencia humana. Todos convecinos; es la aldea
terráquea. Una consecuencia política está siendo la
disolución de las soberanías nacionales en
instituciones supraestatales. Consecuencias económicas
son la constante extensión del mercado y la caída de
los proteccionismos. Consecuencias culturales son la
universalización de los saberes y la homogeneización de
los usos sociales. Las clausuras y los exotismos tienden
a desaparecer. En suma, unificación.
¿Cómo afecta al logos este proceso reciente,
velocísimo y revolucionario? La capacidad de razonar es
el distintivo común de nuestra especie. Si los datos
disponibles se multiplican y ordenan, si la ciencia se
comunica amplia y generosamente, y si los lenguajes se
aproximan ¿no se avanza necesariamente hacia la
racionalización de la existencia humana? A pesar de las
apariencias no será así mientras se promueva la
sistemática globalización de los falsos ídolos.
La política no es el ámbito de la verdad, sino de la
apariencia y, con frecuencia, del engaño. La mentira es
habitual arma en las luchas internas; pero, sobre todo,
en las internacionales. Hay «leyendas negras» desde
remotos tiempos. ¿Cómo presentaban los romanos a los
pueblos llamados bárbaros? En un mundo políticamente
monopolar sólo un poder dicta los dogmas, presenta las
imágenes, define los valores y califica las conductas.
La crítica es progresivamente arrinconada hasta
convertirla en un débil susurrro local. La discrepancia
es forzada y sectariamente reducida a rareza o
extremismo. Se equipara lo diferente con lo incorrecto.
Los instrumentos de las decisivas batallas actuales no
son los cañones, sino los medios de comunicación. Las
antiguas disputas territoriales se han desplazado ahora
hacia los satélites electrónicos. El poder consiste en
poseer los resortes de la imagen y de la palabra y, como
siempre, tiende a ser absoluto. Hay grandes fuerzas
empeñadas en implantar un mensaje único y parcial, casi
publicitario. La razón saldrá malparada del monopolio
global de la información y de la desinformación aneja.
La razón avanza mediante la crítica, la confrontación
y la contradicción; pero suprimida la dialéctica,
detenido el logos.
Ciertos dictadores contemporáneos de la información
prohíben, por ejemplo, reconocer que un negro es un
negro, que un «nasciturus» no es una verruga, que la
opinión de la mitad más uno no es la verdad, que entre
homosexuales no cabe el matrimonio, que lo «tolerable»
no es el bien sino el mal, que no hay derechos sin
obligaciones, que tampoco el puro mercado es la piedra
filosofal, que los seres humanos son todos diferentes en
capacidades y en virtud, que la libertad no es el valor
supremo, que la edad determina jerarquía, etc. El
despotismo de la falacia será tanto peor y menos
reversible cuanto más universal y más absoluto. La
mundialización de las consignas ideológicas o
partidistas es reaccionarismo.
Cuando lo que se globaliza no es la verdad se frena la
marcha del logos. El monopolio de los medios de
comunicación es una invitación al abuso, una vía de
probable irracionalidad, o sea, de involución de la
especie humana. Hay que salvar el pluralismo y la
dialéctica en esa aldea global que está construyendo la
rauda técnica.
Razón
Española
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