CRONICA: La
diplomacia
Euroclima.
Puede calificarse de calamitoso. Ha sido un mes de mayo
que, más que primaveral, ha sido de azotes otoñales,
con vientos que sobrepasan lo normal en esta época del
año. y ese desorden atmosférico se ha traducido en
confusionismos, temores y claudicaciones en la marcha
hacia el euro.
El comienzo del mes se abrió con las elecciones en Gran
Bretaña. un prolongado gobierno conservador ha dado paso
a un gobierno socialista que, por lo menos, es tan
crítico para la moneda única como lo era su predecesor.
De las declaraciones de sus dirigentes puede deducirse
que seguirá con la política mantenida respecto a
Europa; pero esto no es una declaración suficientemente
clara como no era clara la actitud de los conservadores
al respecto. En todo caso, el cambio ha traído consigo
un compás de espera que, por lo menos, durará tanto
como sigan fluctuantes las políticas comunitarias en la
Europa continental.
Al Este del canal de la Mancha, las reticencias y
críticas se multiplican. ya no es sólo Dinamarca, sino
que la propia Suecia, recién entrada en la UE, acuerda
abstenerse de una eventual integración en la moneda
única. El gesto es importante porque refuerza la
tendencia escandinava a no dejarse arrastrar a un
abandono de soberanía política y monetaria.
Luego fue lo de Francia. Unas inesperadas e inútiles
elecciones
que, además, nada las exigía- han dado la victoria a un
partido socialista difunto, barrido del espectro
político hace tan sólo dos años y que ahora reaparece
poderoso, intransigente y vindicativo. Y, lo que es peor,
ha renacido de sus cenizas -ave fenix incombustible- el
Partido Comunista que parecía, tras los diez últimos
años de historia, definitivamente desaparecido del arco
político francés. Ambos partidos unidos -reconstituido,
sin proponerselo, el Frente Popular- se caracterizan por
un inconformismo a la hora del euro. Sus ministros en el
nuevo contubernio gubernamental son ferozmente
anti-moneda única. Y, para apoyarles, contarán con el
evidente apoyo del «partido verde» que por primera vez
alcanza las alturas del poder. En el panorama político
francés sorprendía la veleta de su gobierno agitada por
las fuertes ventiscas primaverales de este mayo; apunta
ahora contra el euro. Y ha dejado sólo en las alturas a
un Presidente de la República muy desprestigiado y sin
fuerza para hacer frente al vendaval político que hace
temblar los fundamentos de la construcción económica
europea simbolizada en la adopción del euro.
Pero no era la última calamidad. Ni la más grande.
Porque, a renglón seguido, el Ministro alemán de
Hacienda y el Presidente del Bundesbank se enzarzaron en
violenta dialéctica que afecta a la base fundacional del
euro. El déficit alemán es tan grande que sólo una
revaluación de las reservas de oro del Banco Federal
podrían paliarlo y poner así en límites razonables el
coeficiente de déficit previsto en Mastrique como
condición para ser aceptado en la moneda única.Pero no
contaban con la rígida disciplina del Banco, que se
negó a participar en una operación de cirugía
plástico-financiera. Y esto, porque el tratado de
Mastrique niega taxativamente a los gobiernos la
posibilidad de mediatizar a los bancos nacionales.
Ahora se busca fórmulas de compromiso para no
interrumpir la marcha hacia el euro.
Hasta se alzan voces autorizadas criticando el euro y su
adopción. Milton Friedman, premio Nobel de Economía,
descarta el euro como instrumento de unión continental.
Para él, la unión monetaria debe ir precedida de la
unión política, de una homogeneización de las
estructuras y, sobre todo, de ser cada Estado capaz de
enfrentar sus propias crisis sin arrastrar a los demás
países amparándose en una moneda única. Que puede ser
eficaz vehículo para extender crisis y no para
contenerlas.
La reunión socialista de Malmoe ha resuelto que la
Europa social debe primar sobre la Europa monetaria y que
la política debe jugar un papel primordial para evitar
unos costes sociales demasiados elevados. Es que los
sondeos de opinión pública de los países afectados dan
clara preferencia a caminar con prudencia hacia el euro,
bien mediante un replanteamiento, bien mediante
aplazamientos.
A esta crisis de la idea de Europa se unen conflictos
internos del reparto de poder entre los Estados miembros
en el seno de la Comisión, donde se contraponen los
puntos de vista de Estados pequeños y grandes Aquellos
defendiendo su posición de fuerza imponiendo dos
comisarios por Estado, dejando a los pequeños sólo uno
por su país. Incluso, para evitar la burocracia
gigantesca que ya se prevé privando de representantes a
algún pequeño Estado. No es de imaginar la indignación
levantada. Como de costumbre, la solución buscada en
Nordwyck en mayo -el mes aciago- ha sido aplazada a la
reunión de Amsterdam.
No hay que hacerse ilusiones: en vísperas de tantos
problemas a debatir y con la presencia de crisis ya
estalladas -conflcito de pesca con la Gran Bretaña y
guerra de camioneros en los Pirineos- será difícil
poder seguir con la mirada sólo puesta en Mastrique.
Otan. El esfuerzo ha sido grande. Las posiciones
parecían irreductibles e irreconciliables. Pero el
milagro se ha hecho: Rusia y la OTAN han firmado el
«acta» -que no acuerdo, ni convenio y, por eso, sin
necesidad de refrendos parlamentarios- en virtud de la
cual se crea una dirección tripartita -Secretario
General de la OTAN, Rusia y un representante de los
países ya integrados e la OTAN. Se prevé la máxima
reducción posible de armas convencionales y, respecto a
las nucleares, se renuncia a nuevos despliegues o
instalaciones.
El Rey, en protocolaria visita a Moscú, se centró
principalmente en temas de cooperación económica,
dificultada por los problemas económicos de Rusia y la
cauta política inversionista del capital español en un
país que aún está en fase de reformas legislativas que
permitirán una mayor libertad económica.
Marruecos. Las relaciones con nuestro vecino del Sur
deben ser siempre objeto de especial atención. También
para Marruecos es primordial la buena relación. En este
marco de evidencias, la presencia del Príncipe heredero
del Trono alauita durante cuatro días al lado del
Príncipe de Asturias por diferentes lugares de la
geografía española es significativa porque, como el
visitante decía «no se puede cambiar la geografía».
Es de subrayar que el marroquí pidió una
intensificación cultural de España en su país «que
ahora es insuficiente», teniendo en mente que se habla
español «en el Norte y el Sur» (Sahara) de Marruecos.
También insistió en la cooperación económica, pero no
se hizo referencia a los temas conflictivos, como la
pesca y el tráfico de hachís.
A los pocos días de la visita, transcurrida en los
cordiales términos, España anunció que condonará a
Marruecos 1.500 millones de su deuda para que invierta en
obras públicas y convertir otros 5.000 millones en
nuevas inversiones. Esta concesión fue obtenida en el
curso de su visita a Madrid por el primer ministro
marroquí Sr. Filali.
Ley del servicio exterior. Vuelve a ser actualidad la
publicación de tal ley. Sus normas principales habrán
de ser: restablecer la pérdida de autoridad de
Embajadores haciendo de ellos verdaderos jefes de la
acción en el exterior, quedando más formal y realmente
subordinados al jefe de misión los representantes en el
extranjero de variados ministerios u organismos de
España que ahora se atribuyen a facultades sin respaldo
alguno. Hay que volver al principio de la unidad de
acción internacional, con la integración orgánica de
las embajadas de todos los representantes de organismos
al margen del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Ello llevará consigo la adecuación de nuestros
servicios exteriores a las necesidades y compromisos
derivados de la moderna estructuración de relaciones
internacionales, especialmente tras la incorporación a
tantos organismos internacionales.
Al parecer, la nueva ley regulará objetivamente el
sistema, siempre conculcado, de la designación de
Embajadores, algo que, no determinado en texto agluno,
venía aplicándose -con más o menos rigor y según los
tiempos- desde siempre. Es de esperar que convertida la
costumbre en ley, su aplicación permite acabar, en lo
posible, con caprichosas designaciones que tantas veces
han redundado en perjuicio de España. Parece que siempre
quedará abierto el recurso al «embajador político»,
una práctica universal que va en contra de la
profesionalización de algo tan técnico como debe ser la
diplomacia. El «embajador político» sólo puede ser
una solución de última instancia y cuando los cuadros
de la Carrera carezcan de personal idóneo para un puesto
muy concreto. Pero esta circunstancia no tiene por qué
darse.
Emilio Beladíez
Embajador de España.
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