LIBROS: Brigadas
internacionales 1936-1939. La verdadera historia
De la
Cierva, Ricardo: Brigadas internacionales 1936-1939. La
verdadera historia. Mentira histórica y error de Estado,
ed. Fénix, Madridejos 1997, 478 págs.
Este es, según el autor, un «libro de urgencia»
requerido por numerosos amigos a raíz de la decisión
del Partido Popular de apoyar la iniciativa
socialcomunista de otorgar la nacionalidad española como
«gratitud de la nación» por la labor de los
brigadistas que combatieron «en pro de la libertad y de
la democracia», según proclama el Real Decreto de 19
enero de 1996, firmado por Juan Carlos I y refrendado por
su ministro J.A. Belloch a quien los castizos, ante su
terrorífico rostro, denominaban «el cochero de
Frankenstein».
Es una obra de rectificación histórica convincente y,
de pasada, un alegato demoledor de la «mentira
histórica y el terrible error de Estado» cometido por
los diputados populares. A lo largo del libro se suceden
los calificativos adversos: «parcialidad»,
«sectarismo», «impudicia», «ignominia»,
«ignorancia», «vesania», «esperpento», «gran
engaño», «trampa», «incoherencia», «deseo de
humillar a España y privarla de la memoria histórica».
La intervención del diputado popular por Teruel, Sr.
Bueso, a favor de los brigadistas por «su labor en aras
de la libertad» es calificada irónicamente de
«hazaña», y provoca sonrojo. Un baldón sobre el
partido y su portavoz.
Las Brigadas Internacionales eran unidades casi
divisionarias de unos cinco mil hombres. Se constituyeron
siete con unos efectivos en línea nunca superiores a
unos treinta mil combatientes, y por ellas pasaron casi
cien mil voluntarios de los que diez mil perdieron la
vida. No vinieron a luchar por la libertad, sino
organizadas por la Internacional Comunista y a las
órdenes de Stalin, que De la Cierva llama, con razón,
«el mayor asesino de la Historia». Esa es también la
tesis de Andreu Castells, que fue miembro de la Brigada
129, en su libro Las Brigadas Internacionales en la
guerra de España, (ed. Ariel, Barcelona 1973), fuente
capital, que frecuentemente cita nuestro autor. Como
declaró Sandor Voros, comisario político de la XV
Brigada: «Vinimos a luchar y a morir bajo la dirección
de la Comintern». Y todavía menos vinieron a servir a
la libertad, lo que sería un sarcasmo en una operación
stalinista. Como confiesa William Herrick, combatiente de
la citada Brigada, «cuando fuí a España no tenía
ninguna fe en la democracia burguesa».
La mayoría de los brigadistas eran el deshecho de sus
respectivas sociedades, maltrechas por la crisis
económica. Este era su ambiente: «dilapidación de
víveres, embriaguez, juergas y latrocinios». En
ocasiones, secciones enteras de brigadistas borrachos se
lanzaban sobre la línea del frente y caían
acribillados. André Marty, secretario de la Comintern,
fue designado por Stalin como jefe de las Brigadas
Internacionales. En la provincia donde estableció su
sede, asesinó a 1126 personas y, por eso, fue apodado
«el carnicero de Albacete». Esta era la opinión del
propio Marty sobre sus brigadistas en un informe oficial:
«Acudieron muchos centenares de elementos criminales y
mientras parte de ellos se limitaba a vivir cómodamente
sin hacer nada, otros muchos, aprovechándose del
desorden, iniciaron una serie innumerable de abominables
delitos: estupros, violencias, rapiñas, homicidios por
pura maldad, hurtos, secuestros de personas, etc. No
contentos con ello han promovido sangrientas rebeliones
contra las autoridades y hasta algunos se han dedicado al
espionaje a favor de Franco... En Albacete pretendían
continuar las criminales empresas realizadas en otras
partes; apresados se evadieron del campo de
concentración agrediendo o asesinando a parte del
personal de vigilancia. Ante todo ello no vacilé en
ordenar las ejecuciones necesarias, las ordenadas por mí
no pasaron de 500». Testimonio irrecusable y abrumador
para quienes votaron «gratitud» a estas gentes. Fue,
como escribe De la Cierva «escupir sobre la sangre» de
los asesinados por los brigadistas.
Otro mito que aniquila el autor es el del caracter
«popular» del Ejército rojo. Aunque había gentes y
elementos elitistas en las Brigadas, la mayoría eran,
efectivamente, «pueblo» de varios países (sólo tres
mil judíos). Pero en las unidades españolas de la
República, sobre más de un millón de efectivos, apenas
150.000 eran voluntarios. Azaña llamó 26 reemplazos
obligatorios desde el de 1915 (incorporados con 40 años
de edad) hasta el de 1941 (casi adolescentes), mientras
que Franco llamó sólo 15 reemplazos porque contó con
68.000 voluntarios requetés, y 208.000 en banderas de
Falange, además de casi 30.000 alféreces provisionales,
y de 70.000 voluntarios marroquíes. Como escribe De la
Cierva, «el Ejército Nacional fue mucho más popular
que el Ejército republicano». (pag. 84).
Niega De la Cierva que el Alzamiento fuera la «guerra de
los generales» contra el pueblo. De los 21 generales con
mando, 17 se adhirieron a la República y sólo 4 al
rebelde Mola. Y casi todos los que eran mariscales en la
URSS en 1969 habían sido enviados por Stalin a España
para asesorar a Azaña, como flor y nata de su
oficialidad.
Destruye el autor el mito del novelista Malraux, que
jamás entró en combate ni sabía nada de aviones,
aunque capitaneaba una escuadrilla francesa. Luego se
hizo gaullista. Y el mito de Hemingway, redactor de
«reportajes detestables desde el punto de vista
histórico y que tienen que ver con la realidad de la
guerra española tan poco como su novela
pseudohistórica».
Aporta De la Cierva un testimono del brigadista argentino
Víctor de Frutos en su libro Los que no perdieron la
guerra (Buenos Aires 1967) que proyecta luz sobre la
destrucción de Guernica. Escribe el brigadista: «Había
que incendiar Bilbao, esos eran los planes... La ciudad
vieja no se transformó en llamas porque al cruzar por
sus calles con bombas incendiarias ya preparadas, latas
de gasolina y fósforos, pudimos advertir a mujeres y
niños aterrados en las ventanas». Otro mito que se
desploma.
Que muchos brigadistas lucharon valientemente lo
demuestra el hecho de que el 10% muriera en acción de
guerra. Pero sólo registraron fracasos militares, que De
la Cierva enumera batalla por batalla. «Desde que
entraron en combate las brigadas internacionales no
habían logrado ni una sola victoria; pero la batalla de
Brunete fue, hasta julio de 1937, la peor y más
humillante de las derrotas. Sin embargo les esperaban
desastres mayores».
En esta importante obra, de imprescindible lectura para
recuperar la memoria histórica, el autor utiliza
materiales de libros anteriores, especialmente de su
indispensable Historia esencial de la guerra civil (1996)
que reseñé recientemente (Vid. «Razón Española»
núm. 78, julio 1996, págs. 103-105), así como las
fundamentales investigaciones de J.M. Martínez Bande, y
de Jesús y Ramón Salas Larrazábal, y toda la
bibliografía disponible sobre las Brigadas. El panorama
es, pues, completo. No omite nada importante sobre el
tema.
Hace años que, como reza el título de unos de sus
incitantes libros (Vid. «Razón Española» núm. 71,
mayo 1995, págs. 352-6), De la Cierva se fijó la noble
tarea de impedir que nos robe la historia un equipo de
escribas falsificadores del próximo pasado nacional. Tal
empresa continúa realizandola con ímpetu, valentía y
rigor historiográfico. Ricardo de la Cierva es, en el
día de hoy, el máximo campeón de la veracidad sobre la
era de Franco. No está solo; pero, en justicia, debería
haber muchos más. Mala cosa es ser pueblo ingrato y
olvidadizo.
Angel Maestro
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