Primo de Rivera: Germanos contra bereberes

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Primo de Rivera: Germanos contra bereberes nº 83

Por M. Alvarez Valdés

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Primo de Rivera: Germanos contra bereberes

En fecha reciente se ha reimpreso el ensayo de Primo de Rivera1, que ya había visto la luz en esta revista2. Entonces, en la carta del editor se decía que tales páginas se encuentran entre las formalmente más bellas y conceptualmente más elaboradas de un intelectual frustrado, como otros muchos, por la acción política y, definitivamente, por el holocausto; y se añadía -en nota de la redacción- que el autor previó en ellas erróneamente el destino de España, como el Gobierno que lo fusiló, «bereber», o sea, resentido y bárbaro.

Esta segunda publicación, en la que se incluyen otros documentos, nos mueve a hacer unas reflexiones sobre el pensamiento de José Antonio expuesto en dicho trabajo, que se inicia preguntándose qué fue la Reconquista, a lo que contesta que «un concepto superficial de la Historia tiende a considerar España como un fondo o substractum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hacen asistir como solidarios de aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana...» «...El invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido, nuestro compatriota». A esto replica José Antonio que «la Reconquista no es una empresa popular española; es, en realidad, una mera conquista germánica; una pugna multisecular por el poder y político entre una minoría semítica de gran raza -los árabes- y una minoría aria de gran raza -los godos-». Y llega a la conclusión de que, bajo la República de 1936, «la masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba a Europa».

Esta interpretación, en lo que interesa aquí, más que en la parte que se refiere al futuro entonces inmediato de España, en la relativa a su Historia, no es compartida por profesionales de esta última, que se han ocupado del problema con extensión y, en algún caso, en medio de una polémica destemplada. Nos estamos refiriendo a Sánchez-Albornoz y a Américo Castro3.

El primero insiste en que las largas centurias de razzias y algaras, de sorpresas y combates, lo que es muy arriesgado, de cercos y batallas, de victorias y derrotas, de pueblos y colonizaciones rurales y de fundaciones y repoblaciones urbanas, fueron decisivas en la afirmación de la vieja estructura hispanorromana; y que no debe olvidarse que el gran avance de la raza meridional de la Cristiandad hispana tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIII, más de quinientos años después del comienzo de la guerra divina contra los islamistas; y ese largo período fue sobrado para afirmar la herencia temperamental primitiva de los pueblos septentrionales.

Américo Castro escribe que en la España de las tres religiones (la cristiana, la musulmana y la judía), de las tres lenguas y de las tres castas, coexistieron éstas suficientes centenares de años para, a lo largo de ellos, desarrollar y cultivar un tipo de aspiración peculiar a cada una de ellas, y un tipo de tareas dirigidas a afirmarse y a perdurar. De las pugnas y rivalidades entre esos tres grupos, y de sus entrecruzamientos, surgió la auténtica vida de los españoles.

José Luis Gómez-Martínez4 no sólo ha resaltado los argumentos de los dos polemistas, sino que ha tratado de buscar, con imparcialidad, soluciones propias o ajenas, y de salvar lo valioso de las dos construcciones antagónicas.

El tema es inagotable5, y quizás el apasionamiento de los dos contendientes ha llevado a considerar la discusión como un problema insoluble. No pretendemos resolverlo, pero quizás fuese prudente pensar que en la forja de lo español intervinieron diversos ingredientes, según cada etapa histórica, y que la diferencia entre estos dos maestros es especialmente cuestión de la importancia que se quiera dar a cada uno de esos factores.

Volviendo a la interpretación de José Antonio, no se puede negar la que tuvo el elemento germánico, es decir, el aporte de los godos, y en esto él estaría más en la línea de Sánchez-Albornoz, pues Castro llegó a sentar que los visigodos no fueron españoles, a pesar de la extrañeza que nos causa cuando lo leemos, aunque él da sus razones, que no vamos a recoger aquí.

También sigue aquella tesis José Antonio Maravall6, que defiende una idea de España en la Edad Media basada en la continuidad de la idea gótica, pero reconoce que el fondo jurídico colectivo procede de una lejana base jurídica común a todo el ámbito hispánico, y en todo caso, que en la Alta Edad Media la referencia a las leyes godas se convierte en una fórmula preestablecida, que se reitera en el uso de las cancillerías, y no deja de ser importante que el Derecho visigodo fue derogado por un acto expreso en el año 1068, y que las legaciones pontificias tuvieron que luchar tanto en Cataluña como en León y en Castilla, en mayor o menor medida, contra el mozarabismo litúrgico, lo que se extiende a otros aspectos de la herencia visigoda, produciéndose incluso una lucha para suprimir la escritura toledana.

La interpretación joseantoniana de que la Reconquista -a cuya culminación atribuye el hecho de que la Monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católico-europea, destronada en el siglo VIII- es una nueva conquista germánica, aun siendo admisible como hipótesis, peca, a nuestro juicio, de excesivamente escueta y radical, postura, por otra parte, explicable, dado el talante del autor y su circunstancia personal en la fecha en que redactó el trabajo (13 de agosto de 1936), en el quinto mes de su prisión, y en una España en plena guerra civil.

No cabe duda que el elemento germánico es importante para explicar la Reconquista, y hasta toda la Historia de España, pero no podemos compartir la tesis de que ése sea el único.

No se puede opinar que «la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo, rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial»; y ello porque los 300.000 visigodos eran muy pocos frente a la población hispanorromana (9 millones de personas), y porque, como dice el maestro Alfonso García Gallo7, convertidos los visigodos al catolicismo a fines del siglo VI, durante el siguiente ambos pueblos se funden, si bien es cierto que eran conocidos como gens gotorum. Esto nos lleva a destacar que, para José Antonio, germanos y godos eran lo mismo, pero a poco que se medite se llegará a una conclusión diferente: los germanos, los bárbaros -palabra que José Antonio omite con cuidado como sinónimo de la anterior- eran el género, los godos eran la especies, eran uno de los de los pueblos germanos, con características especiales.

Eran los más romanizados de entre ellos, y a lo largo de su Historia se aprecia una constante tendencia oficial a la asimilación de las dos razas, preponderantemente bajo la impronta hispanorromana. Para lograr la unidad nacional, Eurico promulga entre el 466 y el 481 un Código, conocido como Leges Visigothorum, del que sólo se conocen unos cincuenta capítulos; está escrito en latín, e inspirado en un criterio de transacción entre el Derecho romano y el visigodo. Alarico II promulga en el 506, para romanos y godos, un Breviario o Lex Romana Visigothorum, que sigue plenamente la concepción romana del Derecho. Leovigildo implanta entre el 572 y el 586 un nuevo Código, llamada probablemente Edictum, que deroga al Breviario, y que no llega hasta nosotros; parece que abandona la orientación exclusivamente romanista de Alarico, pero da al Derecho un contenido más romano que Eurico. No conocemos de él más que las leges antiquae que, con esa denominación, se encuentran en el Liber iudiciorum, de Recesvinto (año 654, Concilio VIII de Toledo), inspirado principalmente en el Derecho romano.

Hemos seguido hasta aquí la interpretación de García Gallo8, que fue objeto de una polémica entre esta tesis territorialista, frente a la tradicional, en la doctrina, que parte del principio de la personalidad del Derecho, de forma que los visigodos, por una parte, y la población hispanorromana, por otra, se rigieron por ordenamientos jurídicos distintos, aunque con la promulgación del Liber iudiciorum, éste se aplica a toda la población (así opinan, entre otros, Hinojosa, Galo Sánchez, Prieto Bances, Sánchez-Albornoz, García de Valdeavellano y Pérez-Prendes). Francisco Tomás y Valiente9, aunque encuentra arriesgado aventurar una posición sobre esta debatida cuestión, de personalidad o territorialidad de las leyes, parece que acaba inclinándose por la segunda postura, y no cabe duda de que el Liber fue concebido para ser aplicado a todos los súbditos, y que su orientación es predominantemente romana, lo que es una prueba, a nuestro juicio, de la absorción de los godos por los hispanorromanos.

Otra polémica de interés es la contraposición entre Derecho legal y Derecho consuetudinario, que puede guardar relación con el asunto. Ficker, pero, sobre todo, Hinojosa10, además de Torres López, García de Valdeavellano, Sánchez-Albornoz y Pérez-Prendes parten del, para ellos, «íntimo parentesco» entre algunas instituciones altomedievales hispánicas de los Derechos de familia, penal y procesal, con las de un Derecho germánico: el noruego-islándico. Para explicar la presencia en los siglos VII a XII de un Derecho consuetudinario germánico-visigótico, Ficker e Hinojosa afirman que éste persistirá a lo largo del reino visigodo y por debajo de su Derecho legal, pero para García-Gallo11, la fusión de los dos pueblos fue sólo cuestión de tiempo, y a principios del siglo VII ya se había logrado «mediante la absorción por la población española de la minoría germánica», aunque admite que en las regiones alejadas de la corte, o en los medios rurales el Derecho que realmente se aplicaba difería mucho del establecido en las Leyes, y estaba influenciado por la antigua tradición hispana (Asturias, Cantabria, Vasconia), romana (en el Sur), germánica (Galicia, León, Castilla la Vieja y Cataluña), franca u ostrogoda (Septimania).

Por su parte, Tomás y Valiente12 dice que es inverosímil que los visigodos, muy romanizados, impusieren su Derecho consuetudinario al 95 por 100 de la población, aparte de que la existencia de un Derecho consuetudinario germánico entre los visigodos no está demostrada por fuentes de la época visigoda, y que pretender reconstruirlo a partir de las supuestas supervivencias del mismo en la Alta Edad Media es una empresa que implica riesgos metodológicos muy graves, mientras que sí sabemos que la legislación visigoda -tan romanizada- sí se aplicó, ya que existe una colección de formularios para la realización de negocios jurídicos privados de probablemente finales del siglo VII, aunque una de las fórmulas es del año 615 ó 620, y que están profundamente romanizadas.

También se sabe con seguridad que después del año 711 se aplicó el Liber iudiciorum en distintas regiones hispánicas, porque se consideró que era el Derecho propio de su población, e igual ocurrió entre los mozárabes, lo que es expresión de la aplicación del Liber antes de la caída de la monarquía visigoda.

Sin coincidir en todo con Tomás y Valiente, García-Gallo13, entiende que -al referirse al Derecho de la Reconquista- aunque tardíamente, los pueblos del Norte de España contribuyeron entonces con la aportación de su propio ordenamiento jurídico a la formación del español. Y concluye que la caracterización del Derecho de aquella época como esencial germánico -por la supervivencia y difusión de las costumbres de los invasores de la raza visigoda, llegados en la etapa anterior- carece de fundamento serio.

Con esto volvemos al punto esencial del ensayo de José Antonio, que la Reconquista no es una empresa popular española, sino una nueva conquista germánica, en lo que creemos que se equivoca. A la vista de la interpretación de los historiadores, en este caso del Derecho, parece demostrado que el pueblo visigodo no era ya un pueblo germánico, y también cuando dice que una minoría aria de una gran raza -los godos- «fue la que organizó la pugna multisecular contra los invasores». Los arios iniciales -unos 250 ó 300.000- estaban ya diluidos entre los 9 millones de hispanorromanos.

En lo que, a nuestro juicio, acierta José Antonio es cuando dice que no hay que hablar de árabes -otra minoría- sino de bereberes, y en esto se anticipa a la tesis de Ignacio Olagüe14; así como cuando insiste en su tesis sobre el concepto de nación, cumplidora de un gran destino en la Historia, lo que intentó por el doble camino de la conquista de América y de la Contrarreforma, y cuando acentúa que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad.

Nos parece muy acertado el concepto español de «pueblo», que en España guarda siempre un tono particularista y hostil, al contrario del «pueblo hebreo» (por cierto, que José Antonio prescinde de lo que supuso en la formación de España la presencia de los judíos), o del «pueblo inglés», y lo dice con palabras de Azaña: «No creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo, aludiendo al sojuzgado, que detesta rencorosamente toda jerarquía», idea que José Antonio enlaza con la de «bereberes», o dominados, a los que presenta como resentidos; y en esta línea sitúa a toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia -dice José Antonio- ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. Es, según él, manifestación del viejo llamamiento de la sangre bereber. «Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores -católicos, germánicos- haber sido los portadores del mensaje de España».

La conclusión a la que llega no puede ser más pesimista. La República de 1936 representa la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristocrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europiedad de España; y esa destrucción representa el desquite de la Reconquista, es decir, la nueva invasión bereber. «La masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber».

Esta profecía podría llevarnos a abordar el problema de la participación o, al menos, identificación que tuvo José Antonio con el movimiento nacional, la rebelión frente al gobierno de la República. No vamos a ser tan osados como para intentar despachar problema tan debatido con un juicio superficial, cuando ha sido analizado en varios estudios y, en concreto y con minuiciosidad en una obra reciente15, pero no podemos por menos de recoger un hecho, al parecer nuevo, en los Papeles póstumos de José Antonio16, que motivan este comentario, en la llamada «Carpeta de tío Miguel», en donde aparece un diario inconcluso del hermano de José Antonio, en el que se recoge claramente la participación en la conspiración y el sentimiento de los dos hermanos favorable al triunfo del alzamiento.

Se ha de destacar en este ensayo de José Antonio la agilidad de su concepción y la originalidad de la idea de contraponer germanos a bereberes, la belleza de la prosa, el contenido dramatismo de la exposición, que hacen de este trabajo, por encima de apreciaciones técnicas, una hermosa pieza literaria de gran valor humano.

Celebramos que la publicación de Germanos contra bereberes en «Razón Española», en 1993, y su reimpresión en Papeles póstumos ..., hayan servido para traer de nuevo a la escena de la Historia y a la del pensamiento una figura como la de José Antonio, cuyo interés no puede ser negado sin incurrir en injusticia. En tal sentido, es de destacar la reciente aportación de Jesús González Pérez, cuya formación y categoría doctrinal y profesional está fuera de toda discusión17, al análisis del fascismo y su relación con la Falange.

También, la de Pedro Carlos González Cuevas18 contiene datos de interés, con ocasión de estudiar a Ramiro Ledesma Ramos.

Por contra, un escrito muy reciente de Antonio Elorza19 seguramente podría encuadrarse dentro de la categoría de «simple pedrada», en la terminología que emplea Gonzalo Fernández de la Mora20 cuando habla de los usos que se hacen de la palabra «fascismo»; y ello no deja de ser sensible cuando se interpretan hechos muy graves para la convivencia, que se produjeron en el momento en que llegaba a su fin lo que se ha llamado la Edad de Plata de la cultura española (1898-1936).



Manuel Alvarez Valdes



 

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