La decadencia
estratégica de España
1.
INTRODUCCION
La palabra estrategia es una de las afectadas por la
ambigüedad moderna. De origen específico militar
-ciencia del jefe, arte de proyectar y dirigir las
operaciones militares- su uso se ha generalizado
asimilándola a planificación previa. Así, se habla de
estrategias políticas, económicas o empresariales
llegándose, incluso, a denominar «jugadas de
estrategia» a los lanzamientos de faltas a balón parado
en un partido de fútbol. Ello obliga, para evitar
confusiones, a partir de una previa delimitación
conceptual si se pretende utilizar el término en su
sentido originario castrense.
Desde que Clausewitz presentó la guerra como una
continuación de la política con medios distintos a los
normales, la mayoría de los tratadistas modernos, entre
los que merece citarse el General Beaufre, consideran la
estrategia como «el arte de hacer concurrir la fuerza
para alcanzar los objetivos de la política». Por lo que
en esta concepción, la actividad estratégica de una
nación no debe ser competencia de un General de muchas
estrellas sino de quien ejerce el poder político
supremo, único que puede señalar los objetivos
deseables, orientar hacia ellos los esfuerzos
económicos, diplomáticos o de cualquier otro género
necesarios, y preparar la fuerza para hacerla concurrir
como, cuando y donde convenga. Así, la fuerza debe
contemplarse como uno de los instrumentos de la
estrategia, nunca el único.
Sentadas estas premisas, cabe afirmar que toda nación
soberana establece su propia estrategia acomodándola a
las circunstancias de cada momento histórico. Para ello,
determina sus intereses esenciales, externos e internos.
Tiene en cuenta la situación general, las estrategias de
los países que pueden disputárselos y la capacidad de
sus propios recursos. Y analizados estos factores,
calcula, organiza y mantiene sus instituciones armadas
para hacerlas intervenir según lo exija la coyuntura.
Con criterios ortodoxos, al Jefe del Estado o del
Gobierno, según su poder constitucional, corresponde la
responsabilidad estratégica suprema siendo sus
principales colaboradores en la materia los Departamentos
de Asuntos Exteriores, de Interior y de Defensa. El
primero como encargado de las relaciones internacionales
que, con el ejercicio de la diplomacia, debe neutralizar
amenazas y concertar alianzas. El Departamento de
Interior porque es responsable del orden constitucional y
cívico y dispone de una parcela de la fuerza armada
encuadrada en los Cuerpos de Seguridad. Y el de Defensa
porque tiene a su cargo los Ejércitos, última «ratio
regis» aplicable cuando las amenazas pasan a convertirse
en riesgos inminentes para el ser nacional, tanto si
proceden de fuera como si surgen dentro.
Ahora bien, los planteamientos estratégicos se suceden
en el tiempo al ritmo de los cambios políticos propios y
ajenos. Las posiciones de hoy son, en buena medida,
prolongación de las de ayer y están condicionadas por
las que adoptan la comunidad internacional, en general, y
los vecinos en particular. En consecuencia, para evaluar
la realidad actual no basta examinar los factores
estratégicos del momento como si de una fotografía
instantánea se tratase. Es conveniente considerar,
primero, la evolución estratégica registrada en los
últimos decenios a nivel mundial, europeo y español.
Después, procede examinar las características del
presente estratégico general. Y, solo luego, cabrá
considerar comparativamente el valor de la estrategia
española, tratándola como resultante de las líneas de
acción seguidas por sus tres grandes componentes:
exterior, interior y Defensa.
2. TENDENCIAS ESTRATEGICAS RECIENTES
La II Guerra Mundial y el proceso de descolonización de
los Imperios desplazaron a Europa de la hegemonía
mundial que pasó a ser disputada por los colosos ruso y
norteamericano. Las dos superpotencias, encabezando
respectivamente los Bloques Oriental y Occidental,
establecieron, sucesivamente, sus propias estrategias a
las que hubieron de amoldarse las de los correspondientes
aliados.
a) Planteamientos en la postguerra mundial. En principio,
tomó la iniciativa la URSS desencadenando una agresiva
política expansionista respaldada por gigantescas
Fuerzas Armadas convencionales. Frente a ella, los
Estados Unidos adoptaron una estrategia defensiva apoyada
en reducidas Fuerzas Armadas convencionales y en el
monopolio del arma nuclear. La amenaza de utilizar ésta
sin posibilidades de réplica, la supremacía económica
de USA y la organización desde
Washington de la NATO y la SEATO como embrionarias
organizaciones bélicas aliadas permitieron un precario
equilibrio inicial, favorable al Este por la tremenda
presión ideológica y militar de los soviéticos.
En esta fase, que se extendió hasta el fin de los años
50, los países europeos quedaron relegados al papel de
meros comparsas del nuevo conflicto aceptando en sus
territorios, muchos de ellos, la presencia de fuerzas
militares expedicionarias de la correspondiente potencia
líder. La extenuada Europa occidental, agotadas sus
fuerzas, se acogió a la protección de su socio
ultramarino que, con las inyecciones económicas de los
planes Marshall, sacó de la ruina a los postrados
vencedores y vencidos en la contienda anterior.
España, planteó una hábil estrategia. Haciendo valer
la importancia de la Península Ibérica como bastión
esencial en el supuesto de una invasión de Europa desde
el Este, coordinó adecuadamente los clásicos esfuerzos.
A través del Ministerio de Asuntos Exteriores, logró
establecer pactos bilaterales con Estados Unidos que,
además de acabar con el aislamiento internacional,
proporcionaron recursos para modernizar los armamentos
sin excesivos costos. Así pudo disminuirse la
asignación presupuestaria de las FAS hasta un 2,5 por
100 del PIB, casi la mitad que la de los restantes
países europeos. El orden interno se mantuvo
sólidamente sobre la base de Fuerzas de Seguridad
centralizadas y militarizadas. Y las Fuerzas Armadas,
articuladas en tres Ministerios Militares de gran peso en
el Gobierno, constituyeron un voluminoso y sólido
instrumento desplegado con criterios defensivos que
garantizaba el dominio territorial del valioso espacio
hispano.
b) Crisis de Cuba y estrategias de disuasión. Al
comenzar la década de los sesenta, un error de cálculo
de Moscú provocó un importante cambio en el proceso de
la que venía llamándose guerra fría. Los soviéticos,
creando el Pacto de Varsovia como réplica a la NATO,
contando como aliados a los comunistas de los países
occidentales, y con influencia creciente en el Tercer
Mundo, consideraron oportuno incrementar la presión.
Envalentonados por su poder y por la aparente debilidad
de su principal oponente en Vietnam, decidieron colocar
rampas de lanzamiento de proyectiles en Cuba con alcance
sobre el corazón de Estados Unidos. Pero Kennedy,
paradójicamente el más pacifista de los Presidentes
USA, amenazó con em-plear sus medios nucleares si los
transportes rusos no regresaban a sus bases, y el Kremlin
se vió obligado a desistir y a emprender una vertiginosa
carrera de armamento nuclear.
Antes de terminar los años sesenta, el panorama mundial
había cambiado al disponer la URSS de un arsenal de
armas nucleares tan poderoso como el norteamericano. A
partir de ese momento, los dos líders adoptaron la
llamada estrategia de la disuasión o de la
«destrucción mutua asegurada» (MAD) para lo cual
desplegaron sus respectivos dispositivos nucleares en
tierra, mar y aire de forma que cualquier tentación
agresiva entrañase la seguridad de una réplica con
resultados de holocausto total. Ante tal actitud, se
estrecharon las alianzas en ambos bandos,
fortaleciéndose las estructuras militares de las
naciones miembros de cada uno.
Los países occidentales europeos, asociados al Pacto
Atántico, perfilaron sus estrategias. El Reino Unido y
Francia crearon sus propias estructuras nucleares
integrándose con distintos matices en una NATO dirigida
y sostenida por USA. A ella se sumaron, con sólo
ejércitos convencionales, Italia, Alemania y las
restantes naciones signatarias del Tratado de Roma. Así,
tras el escudo de las unidades norteamericanas
desplegadas en Europa y el espacio mediterráneo,
agruparon esfuerzos quienes compartían el temor a la
amenazadora superioridad local de la URSS, contribuyendo
a mantener un equilibrio regional todavía precario.
España siguió la misma línea estratégica anterior que
le llevó a alcanzar una sólida posición. Alejada de la
NATO por causas políticas, prolongó los Pactos
Bilaterales con USA y estableció en 1970 un ventajoso
Acuerdo Preferencial con la naciente Comunidad Económica
Europea. A cambio de conceder bases de utilización
conjunta hispano-norteamericanas, encontró la
posibilidad de seguir sosteniendo sus FAS. Esto le
permitió disminuir progresivamente los gastos
presupuestarios militares y volcar gran parte de los
recursos destinables a Defensa en espectaculares planes
de desarrollo económico civil.
El equilibrio general se sustentó sobre el terror
nuclear, pero ya con mucha mayor estabilidad que en la
anterior etapa por existir una comunidad occidental
crecientemente recuperada y una comunidad oriental
progresivamente afectada de graves problemas económicos.
c) Derrumbamiento del imperio rojo y nuevo orden mundial.
Posiblemente la preocupación económica interna impulsó
a los estrategas del Kremlin, en la frontera de los años
80, a provocar una nueva crisis desplegando rampas de
lanzamiento nuclear con misiles SS-20 que no tenían
alcance sobre USA, pero sí sobre la casi totalidad de
Europa Occidental. La alarma hizo que, a petición de los
amenazados, el Pentágono estudiase la instalación de
misiles análogos a los rusos en el territorio de los
aliados, armas que desde los nuevos emplazamientos
permitían batir el centro de la URSS. Y esto enfureció
a los jerarcas comunistas que se retiraron de todos los
foros de desarme amenazando con emprender una nueva
carrera de armamento nuclear y espacial que abrió una
nueva fase en las relaciones estratégicas.
Los vientos de la crisis chocaron esta vez con una NATO
mucho más sólida y compacta y con unos Estados Unidos
dirigidos por la enérgica Administración Reagan. Esta
aprovechó la amenaza de su oponente para proponer la
creación de una especie de gigantesco paraguas en el
espacio que garantizase la integridad del territorio
metropolitano en caso de ataque con misiles
intercontinentales. La propuesta, con el nombre de
Iniciativa de Defensa Estratégica (IDS) fue aprobada por
el Congreso USA que la dotó con fondos fabulosos
propiciadores de una verdadera revolución en la
investigación científica, sin precedentes en la
Historia, que fue popularmente bautizada como el inicio
de la «guerra de las galaxias».
Desplazado con la IDS el esfuerzo principal de la
confrontación al plano de la economía, los efectos
resultaron tan insospechados como espectaculares. Porque
Moscú se encontró abocado a elegir entre tres opciones.
Una, la de seguir el ejemplo inversor americano lo que
llevaría fatalmente a la ruina total de las maltrechas
economías comunistas. Otra, la de ir a la guerra total
mientras las fuerzas estuviesen equilibradas, con todas
sus consecuencias inevitablemente desastrosas. Y la
tercera, la de renunciar definitivamente a la lucha por
la hegemonía. Providencialmente, el equipo Gorbachov
eligió el último camino y lo siguió con una rapidez
inusitada. Así, la Humanidad contempló, atónita, el
simbólico derribo del muro de Berlín y, tras él, la
caída del telón de acero y la descomposición de la
URSS en múltiples fragmentos.
El repentino derrumbamiento provocó la ruptura del
equilibrio que había condicionado el orden internacional
universal durante cuatro decenios. Del cataclismo
político que sacudió al planeta entero, surgió una
nueva situación confusa en la que sólo quedaba clara la
aparición de una única superpotencia, los Estados
Unidos, con superioridad absoluta en los planos
político, económico y militar.
Los espacios antes dominados por la URSS, desolados y
arruinados, desaparecido el poder que los cohesionaba,
quedaron afectados por una epidemia separatista que
provocó múltiples focos de crisis locales. Rusia
emergió como cabeza de la desconcertada familia de
pueblos orientales pero sin el antiguo poderío. Los
fabulosos arsenales atómicos creados por Moscú quedaron
fraccionados y sometidos a un peligroso y grave
descontrol. Y el fuego disgregador de los viejos
nacionalismos se propagó a los Balcanes y a las riberas
del Mediterráneo potenciando las tensiones en la ya
convulsa área de los pueblos islámicos y del Oriente
Próximo.
Europa Occidental, teóricamente partícipe del triunfo
de su principal aliado, se vió también afectada por el
terremoto. Sumida en un lento y difícil proceso de
integración política y económica, la repentina
desaparición de la amenaza común que antes aglutinaba
esfuerzos obligó a replantear las estrategias de sus
miembros. Ante la disminución del peligro inmediato, la
mayoría de los países europeos optaron por reducir sus
fuerzas militares manteniendolas integradas en la NATO
que subsistió robustecida. En un afán de paliar la
excesiva influencia de USA, se intentó crear estructuras
paralelas, como la Unión Europea Occidental y la Unión
Europea, capaces de coordinar las políticas militares de
sus socios. Pero la falta de unificación de las
políticas de asuntos exteriores de las naciones-miembros
y la general disminución de potencia militar, hicieron
perder al conjunto europeo influencia en el plano de las
relaciones internacionales, lo que quedó patente en el
vacilante papel desempeñado en el conflicto balcánico.
España, en período de plena y eufórica transición
política interna durante esta fase, adoptó, en buena
parte por razones demagógicas, una serie de medidas que
repercutieron sensiblemente en su potencial estratégico.
Así, prescindió de los Pactos Bilaterales con los
Estados Unidos obligándoles a abandonar las Bases de
utilización conjunta con lo que perdió la condición de
aliado preferente del nuevo árbitro mundial y la fuente
de recursos materiales que por esa vía llegaban a sus
FAS. Se integró en la NATO, pero con una serie de
condicionantes que la hicieron participar en todas sus
cargas sin disfrutar de las ventajas de los restantes
socios. Disminuyó la asignación de recursos
presupuestarios militares hasta límites cercanos al 1
por 100 de su PIB, dejando a aquellos en condiciones de
inanidad material y en inferioridad manifiesta respecto
de sus nuevos aliados que venían dedicando a la materia
entre el 3 y el 4 por 100 de sus respectivos PIB. En la
esfera de Interior, las Fuerzas de Seguridad fueron en
gran parte desmilitarizadas y adoptaron una actitud
tolerante para colaborar positivamente en la transición,
a pesar de aparecer durante la misma serias tensiones
disgregadoras. En el área de la Defensa, los tres
antiguos Ministerios se fundieron en uno con pérdida
notable de influencia política. Y bajo una cúpula civil
con criterios extramilitares, se procedió a una
paulatina y profunda reforma militar con importantes
variaciones en su estructura. Con intenciones de
modernización y adaptación a las nuevas alianzas, se
modificó la formación profesional de los cuadros de
mando al tiempo que se reducía su cuantía numérica.
Paralelamente, se rebajó la edad y el tiempo de servicio
de sus contingentes de reclutamiento forzoso aceptando la
consiguiente pérdida de potencia combativa. Con lo cual
su capacidad estratégica real quedó sensiblemente
mermada aunque con apariencias de mayor modernidad.
3. EL MOMENTO ESTRATEGICO ACTUAL
El escenario mundial ofrece los rasgos característicos
de la etapa posterior a un cataclismo. Al derrumbarse uno
de los dos pilares en los que se basaba el equilibrio,
las naciones del bando hundido empiezan a salir de la
confusión y a buscar puestos en el nuevo orden con las
consiguientes fricciones. Los focos de crisis más
activos aparecen en la geografía de la antigua URSS,
donde, además, continúan existiendo arsenales nucleares
poco controlados que agravan la potencialidad de los
eventuales choques.
Pero no sólo allí existe confusión. Zonas de por sí
conflictivas como los Balcanes, Oriente Medio y el área
dominada por el Islam registran convulsiones de
consideración convirtiendo el Mediterráneo en el centro
de un cinturón de volcanes políticos contagiosos.
Fuertes tensiones disgregadoras se aprecian en Italia y
España, menores en Francia, subsistiendo latentes en
Bélgica y Reino Unido (Ulster).
En el territorio hispano, soporte de un Estado de las
Autonomías todavía vacilante, el País Vasco ofrece las
hogueras violentas más preocupantes. En él, no sólo la
actividad clandestina de la banda terrorista ETA se
muestra cada día más arrogante, sino que su acción
violenta es complementada por la de grupos juveniles
afines que llevan la intimidación y el desorden a las
calles.
En medio de este paisaje, Estados Unidos ha consolidado
su papel de árbitro en el naciente orden internacional
como una nueva Roma cuya influencia se ejerce ahora a
escala planetaria. Su lengua es, a nivel mundial, lo que
fue el latín en el espacio del Mare Nostrum. Sus modelos
políticos, económicos y sociales se imponen en todas
las latitudes. Su política exterior no se recata en
intervenir decisivamente en las crisis regionales -como
las balcánicas, centroamericanas y de Oriente Medio-
para imponer acuerdos pacificadores. En lo militar,
aparte de conservar íntegro su despliegue nuclear,
realizó en la Guerra del Golfo una impresionante
demostración de poderío. Medio millón de hombres
fueron trasladados en plazos inverosímiles al otro
extremo de la Tierra, mantenidos durante meses en áreas
desérticas para lanzarlos al fin contra un enemigo
numeroso y aguerrido arrollándolo en horas. Todo ello
con sólo un par de decenas de bajas en acción. Se hizo
evidente que su potencia, hoy, es incontestable tanto
para naciones aisladas como para cualquiera de las
coaliciones previsibles. Su estrategia, en consecuencia,
está orientada en la misma línea de hacer valer su
condición de primera potencia. Juega, a tal fin, con una
vigilante e intervencionista política exterior. Domina
los mercados con el concurso de las empresas
multinacionales. Y respalda su acción diplomática con
la fuerza depositada en el dispositivo nuclear y en unas
Fuerzas Armadas que cuentan con un núcleo permanente,
totalmente profesionalizado y listo para la intervención
inmediata, y un eficaz sistema de reservas movilizables
capaz de ampliarlo cuando las circunstancias lo
requieren.
Europa Occidental avanza lentamente hacia la unificación
política, entorpecida por una larga crisis económica
generalizada. La NATO continua siendo la organización
político-militar más poderosa de la región, sigue
estando bajo dirección estadounidense y amplía
continuamente su radio de influencia con la
incorporación de nuevos miembros. Los tímidos intentos
de constituir organizaciones autónomas estables de
coordinación militar, primero en la UEO y luego en la
UE, así como la idea de crear un Ejército europeo
independiente no acaban de cristalizar. Tampoco han
logrado coordinarse las políticas de asuntos exteriores
de los socios comunitarios lo que originó fracasos como
el de Bosnia e impidió acrecentar la influencia
internacional del conjunto. Por todo esto, no cabe
considerar la existencia de una verdadera estrategia
conjunta de Europa, salvo en la línea de continuidad con
USA de la NATO. Cada nación plantea sus estrategias
particulares respaldando las posturas diplomáticas con
distintos modelos de Fuerzas Armadas.
Francia, en su permanente aspiración de predominio
siquiera regional, mantiene una política exterior propia
y a veces discrepante de la de USA pero en los conflictos
generalizados, como el del Golfo, se apresuró a
participar activamente con el envío de fuerzas
relevantes. Después, ha robustecido su arsenal nuclear
arrostrando críticas generalizadas por las pruebas de
Mururoa. Y simultáneamente anunció la supresión del
servicio militar obligatorio para crear unas FAS basadas
en un núcleo permanente profesionalizado, combinado con
Reservas. Ultimamente, parece inclinada a una mayor
integración en la NATO.
El Reino Unido mantiene su estrategia tradicional basada
en una política exterior paralela, en general, a la de
los Estados Unidos y unas FAS compuestas de un reducido
arsenal nuclear y unos Ejércitos totalmente
profesionalizados siguiendo el modelo USA, con variantes.
Alemania, Bélgica y Holanda han emprendido reformas
militares profundas siempre orientadas a profesionalizar
sus FAS suprimiendo el reclutamiento forzoso. Italia
conserva las antiguas estructuras militares más atenta a
sus problemas políticos internos que a la participación
activa en los asuntos internacionales.
La mayoría de los países europeos antes satélites de
la URSS aspiran a su incorporación a la NATO lo que
choca con el recelo de Rusia. Esta, inmersa en una grave
crisis política, sigue padeciendo la descomposición de
su viejo y enorme aparato militar mientras parte de su
poderoso arsenal nuclear se lo disputan algunas de las
nuevas Repúblicas.
A tenor de las circunstancias reseñadas, a nivel
planetario no existen condiciones objetivas favorables a
un conflicto generalizado porque la gran superioridad de
la superpotencia norteamericana le confiere capacidad
sobrada para sofocar en sus orígenes cualquier
iniciativa de este género. Sólo un imprevisible
debilitamiento interno de los Estados Unidos permitiría
romper el equilibrio general establecido.
En cambio, el lento proceso de instalación del nuevo
orden mundial favorece la aparición de crisis locales
provocadas por el choque de los contradictorios intereses
particulares. Tales crisis pueden degenerar en conflictos
de gran envergadura potenciados por el débil control de
los arsenales nucleares y la gran capacidad de
destrucción de las armas modernas.
4. POSICION ESTRATEGICA DE ESPAÑA
Finalizada la confrontación de los grandes bloques, el
territorio tanto peninsular como insular español ha
perdido parte de su anterior valor estratégico
intrínseco. Al no existir para Europa la grave amenaza
invasora del Este, España ha dejado de representar el
bastión que, junto con Portugal y el Reino Unido,
permitía montar la última posición fuerte de
resistencia y la plataforma ideal para la contraofensiva.
Sin embargo, su sólida posición geográfica sigue
siendo importante porque cierra el espacio mediterráneo
por Occidente, cubre el flanco Sur europeo de las remotas
aunque posibles amenazas integristas y de las corrientes
migratorias africanas, y conserva todo su interés como
plataforma clave para las comunicaciones aeronavales con
América y Africa.
Sobre este importante solar se levanta el edificio
estratégico del Estado español construido día a día
con la labor desarrollada en cada uno de los tres planos
esenciales.
a) Las relaciones exteriores. En el plano diplomático,
las relaciones de España con el líder mundial, Estados
Unidos, son positivas y de cooperación fluida
especialmente en el terreno económico. En el político,
se caracterizan por las permanentes manifestaciones
públicas de amistad con reticencias coyunturales casi
siempre movidas por deseos de complacer a sectores de la
opinión pública interna, como en los casos de
oposición a la actitud de USA respecto de Cuba. En la
línea de cooperación militar es en la que se acusa un
progresivo distanciamiento. Porque evacuadas las Bases
conjuntas, España se limitó a aportaciones
testimoniales en el conflicto del Golfo y ha negado el
uso de sus aeropuertos a aviones USA en misiones
bélicas. En conjunto, puede considerarse que España se
alejó de la esfera de los aliados preferentes del
Pentágono aunque procura mantenerse en el círculo de
sus países amigos.
El distanciamiento militar de los Estados Unidos ha
tratado de compensarse mediante aproximaciones
progresivas a las organizaciones europeas de carácter
castrense. A través de referéndum se decidió la
incorporación a la NATO, pero con una fórmula compleja
que exige contribuir a la gran mayoría de las
operaciones sin poder participar, a cambio, en las
esferas de dirección. El mayor grado de acercamiento
práctico se consiguió al recaer la Secretaría General
de la Organización en la persona de un destacado
socialista español. Y ya con su presencia, que
condiciona favorablemente la actitud de las fuerzas
políticas de oposición izquierdista, el nuevo Gobierno
conservador parece aspirar a la plena integración.
Mientras tanto, contingentes españoles, siempre
reducidos y compuestos por personal exclusivamente
profesional o voluntario, han contribuido a la
pacificación de focos conflictivos en América Central,
Angola, los Balcanes y Albania con resultados destacados.
Estas intervenciones, bajo banderas de la ONU y la NATO,
económicamente costosas, han reportado un reconocimiento
español cada día mayor en los foros internacionales.
Globalmente, España en los veinte últimos años, ha
conseguido una sustancial mejora de su imagen
internacional y una audiencia superior en los grandes
foros occidentales. Pero esto lo ha logrado por un camino
que le ha llevado a perder su carácter de aliado
preferencial de los Estados Unidos -aunque no su
condición de país amigo- y, con ello, una fuente de
recursos antes vitales para sus Fuerzas Armadas que,
además, han tenido que atender con sus fondos
presupuestarios los costosos gastos de las expediciones
al exterior.
Merece destacarse, de cualquier modo, que ni en los
últimos tiempos se han registrado amenazas externas
inmediatas que hayan obligado a poner a prueba la
verdadera entidad de la Fuerza disponible, ni tampoco
cara al futuro próximo se vislumbran peligros inmediatos
aunque si altas probabilidades de tener que intervenir en
coaliciones militares con las naciones aliadas.
b) La seguridad interna. El establecimiento del Estado de
las Autonomías provocó tensiones disgregadoras que
fueron tratadas con tolerancia. Consecuentemente, a las
Fuerzas de Seguridad se les exigió un menor esfuerzo de
control limitándoseles su capacidad de intervención.
Los Cuerpos policiales dependientes del Poder Central
perdieron competencias en beneficio de las nuevas
Policías Autónomas y Municipales planteándose
frecuentes problemas de coordinación. La Policía
Nacional se desmilitarizó y la Guardia Civil sufrió un
serio desgaste. Como consecuencia de los escándalos
provocados en torno a su Director Roldán y a la «guerra
sucia» del GAL. Así, las Fuerzas de Seguridad del
Estado no sólo han perdido potencia por su
fraccionamiento e interna descoordinación, sino que se
han visto obligadas, bajo fuertes presiones políticas y
judiciales, a dedicar buena parte de sus esfuerzos a
defender su imagen ante la opinión pública, en
detrimento de su labor específica.
La debilidad policial queda patente por el creciente auge
del terrorismo registrado en el País Vasco. En él, la
banda ETA no sólo subsiste planteando exigencias cada
día más radicales y arrogantes, sino que su acción se
ve complementada por la de grupos juveniles que promueven
desórdenes callejeros con técnicas violentas próximas
a las clásicas de la guerrilla urbana.
La fuerza del Estado dedicada al frente interno, aquejado
de amenazas serias, ha perdido paulatinamente capacidad y
potencia. Y no se observan indicios de que esta tendencia
pueda invertirse bajo gobiernos de coalición poco
estables.
c) Las Fuerzas Armadas. El núcleo principal de la fuerza
del Estado constituido por los tres Ejércitos
tradicionales ha evolucionado notablemente.
Funcionalmente, hasta los años 70, las FAS constituían
un bloque con tres cabezas militares que le representaban
en el Consejo de Ministros, una estructura muy
jerarquizada y autónoma (los Capitanes Generales
poseían amplia jurisdicción) y una fuerte cohesión
interna basada en la disciplina tradicional de las viejas
Ordenanzas. El Presupuesto se distribuía de forma que
aproximadamente el 50 por 100 se aplicaba al Ejército de
Tierra y el otro 50 por 100 se repartía entre Marina y
Aire.
A partir de la transición, se creó un único Ministerio
de Defensa de titularidad civil, se limitó la autonomía
castrensereduciéndose la competencia de la jurisdicción
y modificándose muy sustancialmente el Código Penal
Militar y las Ordenanzas y, se estableció un nuevo
reparto de recursos de modo que el Presupuesto se dedicó
en un 20 por 100 a sostener el macroorganismo ministerial
distribuyéndose el resto, por partes iguales, a los tres
Ejércitos. Con ello se produjo un debilitamiento de la
cohesión disciplinaria, y una pérdida de recursos para
las esferas operativas especialmente acusada en el
Ejército de Tierra.
En el aspecto organizativo y material el gran volumen
adquirido por el Ministerio, unido al riguroso
centralismo administrativo practicado, ha incrementado
notoriamente la burocratización del conjunto. Pese a
ello, los tres Ejércitos se han esforzado en ajustar sus
particulares estructuras a los modelos establecidos por
la NATO modernizándolas sensiblemente, aunque con
dotaciones materiales diferentes derivadas de la cuantía
de los recursos recibidos. Aire y Marina disponen de
medios escasos, pero cuentan con equipos de armas
modernos aptos para la colaboración en un plano de
igualdad con homólogos extranjeros. Por el contrario, el
Ejército de Tierra, perdida la anterior ayuda
norteamericana y fuertemente reducidas las asignaciones
presupuestarias, se encuentra en estado de profunda
postración material con equipos anticuados y gravemente
desgastados que imponen un costoso y difícil
mantenimiento a pesar de haber liquidado buena parte de
sus valiosas instalaciones patrimoniales.
En el plano de los recursos humanos merecen distinguirse
tres componentes que influyen sensiblemente en la
capacidad del conjunto: el personal directivo, los
cuadros de mando y la tropa.
En la actualidad, los directivos que ocupan los cargos de
responsabilidad en el Ministerio proceden
mayoritariamente de las esferas políticas civiles y su
permanencia, por lo general, es temporalmente corta.
Aportan a las FAS una supuesta mayor preparación en
tareas administrativas pero, fuera de éstas, adolecen de
experiencia específica por lo que cuando deben decidir
en temas operativos son proclives a la aplicación de
criterios extraprofesionales, alejados en tiempo y
esencia de las necesidades funcionales reales.
Los cuadros de mando en activo, que en todos los tiempos
y latitudes constituyen la espina dorsal de los
ejércitos, ofrecen en España una sólida y moderna
preparación profesional, un notable grado de
subordinación y disciplina, y una consistente moral
basada en valores espirituales transcendentes. Pese a
estar sometidos a continuas reducciones de plantillas y a
discutidos sistemas de promoción profesional, conservan
una alta capacidad tanto para obtener el debido
rendimiento de los medios puestos a su disposición como
para secundar con eficacia reformas futuras. La bolsa de
cuadros de reserva, sustancial para su utilización en
caso de crisis, se ve negativamente afectada por normas
que, para incentivar el aligeramiento de los escalafones,
permiten la evasión de especialistas de alta
cualificación sin establecer compromiso alguno de
aprovechamiento futuro.
La tropa o conjunto masivo de combatientes sin especial
cualificación para el mando es un factor personal
indispensable para la acción bélica que, hoy, plantea
la más grave y honda problemática. A nivel mundial,
domina la tendencia a la profesionalización de las
tropas por las necesidades de especialización y
dedicación que impone la tecnificación de los
ejércitos. En España, sin embargo, se sigue utilizando
el reclutamiento forzoso a una edad inmadura (18 años),
con una permanencia en filas reducida a nueve meses que
no permite adquirir la menor instrucción especializada y
con unas limitaciones operativas tan serias que han
llegado a impedir, por acciones políticas y sindicales,
la utilización de unidades para el cumplimiento de
misiones bélicas aprobadas por el Gobierno. La figura
del soldado profesional (MTP en la terminología vigente)
existe, pero con un carácter provisional poco
delimitado, y los efectivos en servicio están dispersos
de manera que no puede hablarse de unidades operativas
plenamente profesionalizadas.
Las medidas adoptadas tras el último cambio de Gobierno,
en 1996, resultan especialmente alarmantes y colocan a la
Fuerza de España en el punto más bajo de su descendente
trayectoria.
Por si fuera poco reducir a seis meses el servicio
militar, el nuevo Gobierno, sin el apoyo de estudios
previos sobre el tema ni de programas para el desarrollo
de sus ideas, anunció la plena profesionalización de
las Fuerzas Armadas. De forma vaga e imprecisa declaró,
después, que la transformación debería estar terminada
en los años 2001 o 2003 manifestando que, hasta
entonces, se seguirán utilizando los contingentes
anuales de extracción forzosa, complementados con las
bolsas formadas por quienes tienen prórrogas legales
para su incorporación a filas. Con lo cual,
tácitamente, se aceptó sobrevivir al menos un
quinquenio con Fuerzas Armadas de modelo y medios
obsoletos, especialmente en su componente de Tierra.
Pero aún quedó más de manifiesto el desinterés del
Poder Ejecutivo por la Defensa con sus tres primeras
decisiones de: mantener los Presupuestos militares en el
1 por 100, escaso, del PIB; confiar el diseño de las
futuras FAS a una Comisión de Parlamentarios encabezada
por políticos practicantes de la objeción de
conciencia, algunos defensores de la insumisión juvenil;
y asumir el crecimiento numérico vertiginoso de los
objetores de conciencia.
Se ha entrado, por tanto, en una fase de 5 a 8 años en
la que el Gobierno de España acepta continuar con una
Fuerza Armada cada vez más débil en medios, armamento y
material; dependiente de criterios políticos partidistas
para su obligada reorganización; y con una tropa de
mínima preparación y de dudosa disponibilidad en caso
de conflicto armado.
5. CONCLUSIONES
La Humanidad está en trance de constitución de un nuevo
orden mundial. En él, la hegemonía corresponde a los
Estados Unidos que actúan como gendarme de una comunidad
internacional en la que se multiplican las crisis locales
dando oportunidad a frecuentes intervenciones de
coaliciones militares. La mayoría de las naciones
adaptan sus estrategias a la nueva situación y lo hacen
organizando su respectiva Fuerza para atender tanto a su
defensa territorial como a la posibilidad de intervenir
en las coaliciones. Lo que obliga a una acusada
homogenización de las estructuras militares que en los
países occidentales se está basando en la total
profesionalización de los ejércitos.
España, asentada sobre territorios que han perdido
importancia posicional pero conservan un alto interés
geopolítico, ha ido modificando su estrategia prestando
más atención a sus problemas internos que a la realidad
externa. Ha volcado sus esfuerzos en la esfera de las
relaciones exteriores buscando el reconocimiento de los
países europeos occidentales aún a costa de alejarse de
su antiguo socio bilateral norteamericano. Y como
consecuencia del complicado proceso interno de
transición política, desatendió paulatinamente las
exigencias de su Defensa. Sus Fuerzas de Seguridad están
muy debilitadas y las Militares, muy escasas de medios,
disponen de una tropa -factor humano fundamental para el
combate- de mínima preparación y disponibilidad, lo que
puede llevar al colapso operativo en caso de conflicto.
Dentro del conjunto castrense, el Ejército del Aire es
el menos afectado por la problemática de la tropa y
dispone, aunque escasos, de materiales modernos, capaces
de permitir la participación en coaliciones. La Armada,
en cantidad reducida, cuenta con medios también
modernos, pero las limitaciones de la tropa disponible
afectan gravemente al cumplimiento de misiones operativas
que exijan larga dedicación. El Ejército de Tierra se
encuentra especialmente dañado puesto que buena parte de
sus materiales están obsoletos y la importancia de la
tropa, con sus graves problemas, resulta decisiva para el
cumplimiento de todas las misiones que la competen. El
único factor positivo común a los tres Ejércitos se
encuentra en la existencia de unos cuadros de mando bien
preparados que han dado constantes pruebas de serenidad,
subordinación y moral en la adversidad.
Las perspectivas de futuro no son halagüeñas puesto que
no se proporciona recursos a la Fuerza Armada para
sacarla de su postración, se acepta que durante un
mínimo de cinco años subsista el grave problema de la
tropa y, definitivamente, se ha politizado cuanto a
Defensa se refiere al dejarse en manos de los partidos
enfrentados el diseño de la futura Fuerza Armada.
En consecuencia, España está practicando una estrategia
de puras apariencias. En el exterior, sus dirigentes
parecen disfrutar participando en todas las instituciones
y conferencias de carácter militar ofreciéndose para
aquellas misiones pacificadoras que exijen escaso
volumen. En el interior se procura reducir al máximo las
intervenciones de unas Fuerzas de Seguridad muy
fraccionadas, al tiempo que se debilita la personalidad
tradicional de la Institución Militar argumentándose
que su desnaturalización es necesaria para una mejor
integración social. Y detrás de esas actitudes, se
permite la progresiva pérdida de potencia real de la
Fuerza hasta límites alarmantes.
La postergación de la Defensa no acarrea desastres
inmediatos por falta de amenazas externas acuciantes,
pero puede resultar trágica si estas aparecen en el
inestable espacio del Magreb o se alzan en el interior
donde la posibilidad de conflictos armados civiles, sobre
todo en el País Vasco, no es desdeñable.
Acabar con este proceso degenerativo resulta básico y
prioritario para la supervivencia de España como nación
soberana capaz de defender su integridad y de ser
respetada y atendida como corresponde a su situación en
la comunidad internacional. Proseguir en decadencia es,
simplemente, suicida.
La crisis económica y la debilidad política consecuente
al último resultado electoral hacen ilusoria la
posibilidad de dedicar recursos a la Fuerza en
proporción suficiente para levantarla de la humillante
posición a que se la ha dejado llegar.
En estas condiciones, sin intenciones rupturistas o
radicales, que no serían respaldadas por la sociedad
española, partiendo de la situación actual, teniendo en
cuenta la experiencia del pasado inmediato y las
perspectivas del futuro internacional, una posible
maniobra a desarrollar podría ajustarse a las siguientes
pautas:
En el plano de las relaciones exteriores, proseguir hacia
la integración plena en las estructuras de la NATO y,
paralelamente, restablecer vínculos prioritarios con
Estados Unidos para, a través de ellos, obtener ventajas
diplomáticas y ayudas que permitan la mejora material de
la Fuerza sin recurrir a cargas presupuestarias
adicionales.
En el plano de la seguridad interna, incrementar la
coordinación de los múltiples Cuerpos existentes
mediante una Ley de Seguridad y Orden Público que
deslinde competencias, defina misiones y establezca
fórmulas de cooperación mutuamente eficaces.
En el plano específico de la Defensa, acelerar la
profesionalización de los núcleos permanentes de los
Ejércitos, comenzando por concentrar en las unidades de
intervención inmediata los efectivos ya existentes de
soldados profesionales o METPs, actualmente dispersos, a
fin de disponer desde ahora de unidades completamente
profesionalizadas. Hacer que en las Comisiones
parlamentarias encargadas de diseñar los Ejércitos del
futuro figuren adecuadas representaciones militares para
que sus criterios sean suficientemente atendidos. Y
establecer un sistema de Reservas que permita reforzar
con oportunidad y eficacia, en caso necesario, los
núcleos permanentes de las Fuerzas Armadas.
La maniobra apuntada admite múltiples variantes y exige
el respaldo de una firme voluntad política. Solo la
actual pasividad y marginación de la Defensa resultan
inaceptables.
Eduardo Fuentes Gómez de Salazar
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