La lección
educativa norteamericana
El
fracaso del sistema público. Las sociedades se comportan
según sus valores, y estos en gran parte los promueve el
sistema educativo. En Occidente se han experimentado
varios modelos, y de tales ensayos se deducen lecciones.
Como los EEUU han sido pioneros tanto en ciencia y
tecnología como en ingeniería social, cabe aprender de
sus aciertos y de sus equivocaciones. ¿Quién no ha
oído las historias de horror de los colegios públicos
de Nueva York y otras grandes urbes, donde no pocos se
graduan apenas alfabetizados? Donde el número de las
escolares que son madres antes que bachilleres justifica
la existencia de aulas preparadas para instruirlas en
compañía de sus bebés. Donde se ofrecen servicios
anticonceptivos y hasta se facilitan los abortos a
menores, de espaldas a sus familias. Donde el pórtico de
entrada es un detector de metales porque la alternativa
sería el libre vuelo de balas y navajas por aulas y
patios. No todo es así, por supuesto, pero conviene
indagar.
La cuestión de la cuasi inoperancia del sistema público
de enseñanza es motivo de preocupación muy seria para
los norteamericanos, particularmente para los más
modestos que no pueden acceder a costosos centros
privados. La angustia fundamental de Joe, el hombre de
honestidad intachable que limpia semanalmente mi casa,
fue en 1996 el cambio de colegio de su hijo. Al ascender
de grado escolar, le correspondía pasar desde una
escuela pública de su confianza a otra, en su opinión,
de pesadilla. El dilema no era que las matemáticas o la
historia se las fuese a embarullar. Era un asunto puro y
simple de disciplina. Al niño se le había educado en la
responsabilidad y en la decencia, y se resistía a que la
escuela pública desbaratara los esfuerzos familiares.
Finalmente, gracias a la filantropía y a los contactos
de otra familia con la que trabajaba. Joe, su hijo fue
admitido en la única escuela pública del lugar donde
imperan niveles aceptables, si no académicos, al menos
éticos.
A los pocos meses, el entonces Presidente de los EE.UU.
explicó reiteradamente en su debate con el candidato
republicano que en materia educativa no había un
problema de «School choice», pues, en su opinión,
sobraban opciones escolares públicas. Su contrincante
preguntó, sin recibir explicación, porque la hija del
Presidente no hacía uso de tan óptimas opciones. En
otra ocasión pública, el Presidente propuso la
creación de brigadas de voluntarios para alfabetizar al
país. Los EE.UU. disponen ya de un sistema profesional
de enseñanza pública y obligatoria; pero el Estado
nodriza prefiere crear nuevas estructuras superpuestas y
paralelas, antes que reformar las ya existentes e
inoperantes. Huelga decir que el inconsecuente Joe votó
para que no hubiese cambio en la presidencia, imagino que
con la misma ilusión con la que yo voté por el otro
candidato, en cuya campaña tampoco hubo señales de que
el país necesitara un rearme moral. Con el agravante de
que su asociado candidato a la vicepresidencia, antes un
ilustre defensor de la necesidad imperiosa de tal rearme,
optó durante la campaña por destacar otras cuestiones.
En las altas esferas de la política norteamericana no
hay, pues, unanimidad sobre si existe un problema serio
de valores, o una cuestión educativa grave.
Podrían llenarse millares de páginas descriptivas de la
grave sintomatología. Pero lo más aleccionador son las
vías de defensa que la sociedad genera y los frecuentes
esfuerzos del Estado para acogotarlas. Aquélla cuenta,
entre otras, con instituciones tales como las escuelas
parroquiales (católicas o protestantes), las llamadas
Charter Schools, y la enseñanza en casa. El Estado se
les opone con barreras constitucionales, administrativas
y económicas.
Las escuelas parroquiales. Es muy ilustrativo a este
respecto el caso neoyorkino1. El presidente de la
Federación norteamericana de profesores lanzó en 1991
la siguiente propuesta en una reunión entre autoridades
educativas públicas y privadas: «Les desafío a que se
hagan cargo del 5 por 100 inferior de nuestros alumnos, y
veremos de lo que son capaces». La superintendente de
las escuelas católicas de la archidiócesis de Nueva
York, Catherine Hickey, replicó entonces: «En nombre
del Cardenal O'Connor y de la archidiocesis, acepto su
reto». El farol público se apagó entonces
instantáneamente; pero alguien lo reencendió en un
editorial al comienzo del curso académico, 1996. El
motivo fue que faltaban sillas y aulas públicas para
acomodar nada menos que a 100.000 niños. La señora
Hickey repitió la oferta del cardenal. Y esta vez, el
nuevo alcalde Giuliani, católico y formado en el sistema
parroquial, aceptó la propuesta. Pero el canciller de
educación, Crew, se opuso rotundamente. La reacción de
la prensa metropolitana fue brutal, y trajo a colación
datos tan dramáticos como que en cuatro años se graduan
menos de la mitad de los alumnos públicos frente al 95
por 100 de los parroquiales. O que el coste público por
alumno dobla al católico. Y que el profesorado
parroquial actua muy eficazmente con una remuneración de
aproximadamente la mitad de la del público. Una buena
medida tanto de la valoración popular del sistema
católico como de su ductilidad es que más de la mitad
de sus alumnos no son católicos. Otra es que, por miedo
a las agresiones, el 43 por 100 de los alumnos públicos
se resisten a utilizar los lavabos.
A pesar de la presión popular, el conflicto
Crew-Giuliani se decantó parcialmente a favor del
primero por amenazas legales de difícil comprensión
para el lector español: se esgrimió el «argumento» de
posible inconstitucionalidad de la escuela católica, por
supuesta violación del principio de separación entre
Iglesia y Estado. La norma constitucional de que no se
apoye o se persiga desde el poder a una iglesia, fue
introducida por el primer obispo católico norteamericano
John Carrol (1735-1815) para evitar la persecución
contra sus correligionarios.Pero en la actualidad, la
progresiva secularización del Tribunal Constitucional ha
dado en interpretarla, si no de modo abiertamente
persecutorio, si ciertamente en el sentido de que el
Estado no favorezca de ningún modo actividades con matiz
religioso. La gravedad de la amenaza de
anticonstitucionalidad llevó al alcalde a iniciar una
campaña solicitando donaciones privadas para costear los
gastos de escolarización de los niños transferidos al
sistema católico. Incluso el canciller Crew proclamó
entonces que «Si se hace con fondos privados, la cosa es
muy diferente». Con la inicial oferta de 225.000
dólares por parte de la financiera Merry Lynch, las
donaciones alcanzaron en una semana cuantía suficiente
para becar a mil de los alumnos menos privilegiados.
Sólo faltaba elaborar la lista de los elegidos, momento
en el cual el antes condescendiente canciller Crew
declaró que ni él ni ningún empleado colaboraría en
la selección. Se apagó el farol del «no hay solución
posible con para estos niños»; desapareció el supuesto
conflicto constitucional; se aclaró que la sociedad
quiere resolver el problema, incluso a su costa; y quedó
claro también que ciertas autoridades políticas y
administrativas se rigen por valores distintos al deseo
de educar. La cuestión se concluyó con la generosa
afirmación del Cardenal: «Es lo que era, una oferta de
ayuda. Se toma o se deja, sin reproches por nuestra
parte. Tenemos suficientes problemas de que ocuparnos».
En el Estado nodriza no hay unanimidad sobre la
existencia de un problema educativo; admite unos ciertos
«problemillas» de disciplina escolar y de eficacia
pedagógica.
Hubo también una serie de sentencias de Tribunales
Constitucionales en cuya virtud se desterró a la
religión de la escuela pública. Con ello se sustituyó
la visión protestante de los valores tradicionales por
la secular y supuestamente neutra de los jueces. En vez
de la supuesta «persecución» anterior contra los
espíritus «independientes», hay ahora clases
especiales para madres solteras de 13 a 17 años; y hay
también comprensión con las dificultades de los alumnos
cuya creatividad emotiva y erótica retrase su progreso
académico. A eso si lo denominan tolerancia.
Charter Schools2. A pesar de los pesares, amplios
sectores de la sociedad se resisten a hacer uso del
aparato escolar oficial, a menudo bárbaro. No pocos
creen aún en la idea de que no hay civilización sin
valores y que la esencia de la enseñanza es la
formación de una personalidad decente, pulcra, además
de técnicamente preparada. No ha habido nunca recurso
como el de la religión para forjar tales hombres. Su
fuerza, aunque no universalmente reconocida, se sigue
sintiendo poderosamente. Pero el Estado secularizado no
subvenciona tales alternativas ni para los pobres, y han
surgido entonces unos entes híbridos, las Charter
Schools, donde el Estado paga y los valores tradicionales
se mantienen disfrazados. Y como los beneficiarios son
los pobres, incluso la judicatura más radical hace la
vista gorda ante la reaparición de tales valores
morales.
Este fenómeno ha sido en gran parte forzado por minoría
pobres, generalmente negras, en muchos casos lideradas
por grupos de mujeres y por sus pastores. El grito de
guerra ha sido en todos los casos la liberación frente a
un sistema de enseñanza, ya vacío de valores éticos,
ya meramente inoperante. Para el Reverendo R.B. Homes
(Miami), tales escuelas significan «libertad para
enseñar lectura, escritura, aritmética, respeto,
responsabilidad e iniciativa, todo en uno, sin
interferencias burocráticas». Para Anyan Palmer (Los
Angeles), la enseñanza pública es «el vehículo actual
que nos encorseta entre el wellfare y la cárcel, y nos
mantiene en el analfabetismo». El nacimiento del sistema
en Ohio se debe fundamentalmente a varias mujeres de
color, que reclutaron a 300 ciudadanos de su barrio de
Cleveland, se presentaron en Columbus, y consiguieron que
el parlamento y el gobernador estatales aprobaran una ley
concediendo vales educativos para que 2.000 alumnos
pobres cursasen sus estudios en los colegios privados que
eligieran sus padres. El interés por la nueva opción
fue tal que inmediatamente hubo 6.300 solicitantes,
prácticamente todos ellos de color. De los 2.000
becados, 1.410 se matricularon en un colegio religioso de
Cleveland. Con la ayuda de tales vales, una de las
líderes negras de Cleveland, Fannie Lewis, inauguró su
propio colegio, gobernado por la comunidad.
Una historia análoga en Milwaukee (Wisconsin) se cuenta
en el reciente libro de Dan McGroarty Break these chains.
Los vecinos de un barrio pobre negro se reunieron en el
sótano de su parroquia para organizar la lucha por el
derecho de los padres a elegir dónde se instruyen sus
hijos. El primer resultado fue tan negativo como un plan
estatal de bonos educativos que excluiría a las escuelas
religiosas. Hubo una violenta reacción por parte del
sindicato de profesores públicos, lo que provocó un
recambio en la administración de Milwaukee, ahora
contraria a los bonos. Pero la maniobra política no pudo
afrontar la tremenda realidad de que el 95 por 100 de los
negros de Milwaukee son fervientes partidarios de la
libertad (subvencionada) de elegir colegio.
Consecuentemente, la legislatura de Wisconsin amplió el
programa de bonos educativos de 1.500 a 15.000 becas,
extendiéndolo a las escuelas religiosas. Inmediatamente,
la oposición laica consiguió forzar una sentencia
judicial que excluía del programa a las escuelas
religiosas. Pero los movimientos populares de color
consiguieron presionar al Tribunal Constitucional del
Estado para que no confirmase la sentencia; tímidamente
la devolvió a un juzgado local donde el titular
confirmó la exclusión de las escuelas religiosas. Entre
tanto, la sociedad de Milwaukee demostró más
creatividad que la de Nueva York en sus recursos contra
el anticlericalismo judicial. Con la iniciativa de la
fundación Bradley y más de mil donantes privados se
crearon becas para que se matricularan 4.500 estudiantes
pobres en escuelas religiosas.
En definitiva, el deber de los ricos es pagar impuestos
para que el Estado nodriza los dilapide al supuesto
servicio de los pobres. Pero como los pobres no los
quieren ni regalados, el problema queda en manos de la
buena voluntad civil. La misma filantropía de antes de
que el estado se hiciese cargo de la educación, aunque
bastante disminuida por la competencia estatal, y muy
debilitada por la presión fiscal.
No deja de ser consolador para los que no ven más que
decadencia en nuestra civilización, el hecho de que aún
queden recursos morales tan admirables, incluso en los
ghetos que tantos han dado ya por perdidos. No pocas de
las mujeres cuya lucha ha abierto una ventana de
esperanza a la educación de los pobres son madres de
color solteras, trágicas víctimas del Estado nodriza y
de la cultura secularizada que las llevó a traer al
mundo niños sin padres y con deplorables escuelas.
Rehechas por un liderazgo encomiable, muchas de ellas
quieren ahora para sus hijos una vida con valores menos
volátiles que los de la escuela pública de la que ellas
fueron producto.
La enseñanza en casa (home schooling). No sólo los
pobres han dado muestra de imaginación ante la crisis
educativa. La enseñanza en casa es otro fenómeno de
gran interés, que lleva bastante tiempo incubándose.
Esta respuesta social a la inconfesa catástrofe de la
educación pública alcanza ya aproximadamente a un
millón de niños, y está experimentando un crecimiento
constante. Tal fórmula educativa sorprende a la
mentalidad contemporánea, pero no lo haría a la
clásica. ¿Por qué hubo dos generaciones ilustres de
Mozarts, de Strauss y tantos Bachs músicos? O ¿por qué
Margaret, la hija de Santo Thomas Moro, pasó por la
mujer inglesa más culta de su época? Son innumerables
los genios científicos que se han formado en la familia.
El éxito de la enseñanza profesionalizada de los
colegios, tal como la han conocido las recientes
generaciones, nos ha hecho olvidar otras fórmulas
anteriores. No es sorprendente que la actual crisis haya
llevado al redescubrimiento de un sistema educativo que
tiene todos los visos de ser consustancial a nuestra
especie. ¿Cómo explicar si no el fenómeno de la
cristiandad copta egipcia, inmersa en el mar del Islam, o
la lengua ladina de la judería de Estambul, o la
supervivencia y el eventual dominio cultural del residuo
de la romanidad cristiana tras las invasiones bárbaras?
El número de marzo-abril (1997) de la revista «Catholic
Dossier» está dedicado al «home schooling». Incluye
un par de artículos de dos jóvenes estudiantes en la
Universidad de Notre Dame, formadas por este sistema.
Ambas lidian convincentemente con las preguntas
prácticas más inmediatas que se le ocurren al no
iniciado. Pero lo más sorprendente es su testimonio de
cómo este esfuerzo común familiar fortalece y enriquece
a sus respectivos miembros. Emily Moriarte explica cómo
cursó en la escuela pública algunas asignaturas
especializadas de ciencias, y cómo tal fórmula es ahora
imposible en aquel distrito, pues la administración
correspondiente ya no admite formación en casa, y sus
considerables dificultades en la escuela pública antes y
después de que sus padres le facilitaran la «home
school». Jeniffer Ryan demuestra la falacia de las
críticas que se han hecho al sistema familiar (falta de
contacto con gente de la misma edad, etc). Otros expertos
aportan estadísticas impresionantes sobre la superior
media escolar y mayor creatividad de los que se forman a
domicilio, y de la positiva influencia del sistema sobre
la moral familiar. El artículo de Mary Kay Clark aporta
además algunas estadísticas: los evangelistas, pioneros
de este sistema, pasaron de la nada en 1964 a tener en
1994 más de 600.000 alumnos a domicilio. Al contar con
escuelas parroquiales propias y depender mucho menos de
la descompuesta escuela pública, las familias católicas
empezaron a adoptar esta fórmula más tarde. Clark
aporta datos católicos sólo para la escuela de Seton
(Virginia), que dirige un programa de enseñanza en casa:
sus 500 alumnos de 1986 llegan a 3.000 cuatro años más
tarde, y se han multiplicado por 20 en una década. Si la
cantidad impresiona, más lo hace la calidad, medida por
el éxito en la posterior vida universitaria. La
Universidad Católica Californiana Thomas Aquinas
College, toma un 10 por 100 de sus alumnos de Seton. Y no
es que falten otros candidatos, sino que los de Seton
están mucho mejor formados que los bachilleres de la
escuela oficial. Thomas Aquinas College es, a su vez, un
interesante fenómeno cultural a nivel universitario. Su
programa es profundamente católico y lleva su método al
extremo de basar su pedagogía principalmente en la
lectura directa y discusión de los clásicos no sólo en
las humanidades, sino también en las matemáticas.
Ignoro si tal estrategia ha producido algún científico
de primera; pero no hay duda de que la formación
humanística que aporta es excelente (más del 10 por 100
de sus graduados varones se hacen sacerdotes).
A medida que la barbarie vuelve a hacerse dueña de
Occidente, esta vez desde dentro, consuela ver cómo una
parte de la sociedad se prepara para recristianizar y
recivilizar.
Juan Luis Fernández de la Mora
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