El nudismo de la
razón
La
razón es analítica en el sentido de que su método
conceptual es la distinción, y su método físico es la
división. Frente a las nociones confusas, equívocas o
englobadoras, la razón aclara, precisa y separa; lo que
aparece como una especie de comodín mental se determina,
singulariza y sistematiza. Frente al «totum revolutum»
que presenta la realidad, la razón fragmenta y
correlaciona, es quirúrgica. La «navaja» no es sólo
la imagen de Ockam, es una feliz metáfora de la razón.
De ahí la denuncia de mutilación, periódicamente
lanzada por los románticos. Requisitoria infundada
porque, como enseñaban los clásicos, «distintione non
opponitur unio», en otros términos, para unir es
preciso distinguir. A través de las partes, se comprende
mejor el todo.
Con harta frecuencia, la acción de la razón antes que
cisoria ha de ser desenmascaradora porque la premura o el
fraude humanos acaban presentando ciertas cosas no como
incógnitas simplemente irresueltas, sino entenebrecidas
por el velo de falsas soluciones. La inmensa capacidad de
nuestra especie para equivocarse y para mentir complica
con un factor añadido la natural dificultad de averiguar
la verdad.
A estas alturas de la Historia, son innumerables las
cosas que no se presentan desnudas, sino embozadas por el
hombre, y antes de someterlas a rigurosa disección, hay
que desmaquillarlas y desvestirlas. Es una situación a
la que no escapa ningún área del conocimiento, ni las
de apariencia más objetiva y neutral. No es posible, por
ejemplo, adentrarse en la Geometría sin previamente
desarropar los postulados euclidianos, que no son
meramente probables, sino arbitrarios. En Biología, en
Física o en Filosofía cualquier problema aparece
envuelto en una red de modelos teóricos, a la vez
fecundos y estériles. Cuando se abordó la estructura
del átomo hubo que despojarla de la mecánica newtoniana
y sólo entonces empezó a comprenderse algo de las
partículas elementales. Hay que reconocer, con modestia,
que los esquemas abstractos que la razón ha ido
interponiendo entre el intelecto y las cosas -para
explicarlas y manejarlas-, han de ser constantemente
puestos en entredicho para que abran y no cierren vías
de avance.
La situación se agrava en las áreas que afectan a la
conflictiva convivencia porque entonces no es que
tropecemos con soluciones equivocadas o parciales, es que
los intereses en pugna han construido engañosas barreras
mentales para trucar la realidad. El científico yerra,
pero el explotador engaña. El políticamente poderoso
suele contratar a razonadores para que justifiquen sus
ambiciones y privilegios. Los dóciles juristas palatinos
no han cesado de fabricar doctrinas legitimadoras de sus
señores. Es en la teoría del Estado donde la razón
encuentra siempre un doble obstáculo, el de la
artificial careta y el de la compleja realidad que hay
detrás.
Un ejemplo, ya aséptico por superado, es el del supuesto
«derecho divino» de los reyes, implacablemente
defendido, con varias fórmulas, desde la antigüedad.
Sostenían los escribas dinásticos que una familia
había recibido directamente de Dios el derecho a reinar
sobre un determinado territorio, incluso sobre el mundo.
En Egipto, en Roma, en el medievo, en el Renacimiento y
casi hasta hoy ha habido doctrinarios de la irrenunciable
soberanía de una sangre, variación extensiva del
derecho a la dominación. Los negadores de tales
pretensiones eran acusados de usurpadores, o sea, no
discrepantes, sino delincuentes.
Otro ejemplo más próximo y que ha condicionado todo un
siglo es el presunto derecho del proletariado a ejercer
la dictadura sobre el resto de la Humanidad. Hasta 1989
eran millares las plumas que en infinidad de lenguas
repetían ese dogma y condenaban a los infiernos
intelectuales a los «fascistas» que lo negaran. Lo que
un pensador germano -Leo Strauss- ha llamado
sarcásticamente la «reductio ad Hitlerum» no es una
curiosidad de hemeroteca, es un lugar común de
columnistas y doctrinarios muy recientes que ya han
tenido tiempo de pasarse al servicio de nuevos soberanos
para argumentar otra especie de ambiciones. La teoría
marxista del Estado es la carátula para dar
presentabilidad especulativa al resentimiento. Hacer
ciencia política contemporánea no sólo exigía
escudriñar la realidad, antes había que desnudarla del
embozo marxista.
Un ejemplo actualísimo es el supuesto gobierno «por»
el pueblo, que ya Rousseau confesó que era imposible.
Esa teoría fue utilizada desde finales del siglo XVIII
por la burguesía para desbancar a la nobleza, y lo
consiguió. La edad contemporánea es un despliegue de
esa receta: los burgueses, a fin de ocupar el lugar de
los aristócratas, lanzaron a la plebe contra ellos.
¿Para qué se utiliza ahora el resurrecto mito del libre
gobierno «por» el pueblo y el anejo «laissez faire»?
Para que las masas soporten de buen grado la hegemonía
del gran capital multinacional. Es el tema político de
nuestro tiempo, aún tabú.
La razón, sobre todo cuando se trata de las flaquezas
humanas, tiene que empezar por la humilde operación de
quitar las pelucas y los antifaces con que se disfrazan
las codicias. La razón ha de empezar desnudando a la
voluntad de poder para embridarla.
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