CRONICA: La diplomacia. Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia. nº 83

Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia

El Papa. La comparecencia ante el pontífice es, para un creyente, motivo de emoción que, con frecuencia, hace perder la fluidez del discurso. El Papa es mucho más que un hombre y ni siquiera sus debilidades físicas disminuyen el aura que le rodea como sucesor de San Pedro. Durante siglos, el Papa sólo aparecía rodeado de un ceremonial que contribuía a enaltecer su figura, pero ahora, aun desaparecidas muchas de las muestras externas de su rango, resulta imposible guardar el aplomo ante la excelsitud del personaje. Así se explican, en parte, las manifestaciones de aplausos, de vítores y hasta de lágrimas que provoca su sola presencia. Y si da la mano a uno, besa la frente de un enfermo o acaricia la cabeza de un niño la tensión aumenta.

No sé cual habrá sido la emoción del Sr. Aznar al ser recibido por Su Santidad, que tiene una humana cualidad que le permite colocarse a la altura de cualquiera de sus visitantes, devolviéndoles la calma. Así, tras unos primeros momentos de besar el anillo e intercambiar saludos, el Papa sabe siempre llevar las riendas del diálogo, conduciéndolo por las sendas de lo que considera tema justificativo del coloquio. Para ambos interlocutores no pudo pasar inadvertido el hecho de que se trataba en muchos años de la primera comparecencia de un Jefe de Gobierno de España en visita oficial ante la Santa Sede.

La conversación de 35 minutos puso de relieve las grandes preocupaciones del Santo Padre: el terrorismo, la crisis de la familia y la enseñanza religiosa. En el fondo, tres temas profundamente ligados hasta el punto de que se influyen y se explican recíprocamente. El terrorismo es la plaga del siglo XX y no hay continente que no haya sufrido o esté sufriendo su azote. Y cabe preguntarse cuántos terroristas no lo hubieran sido si la escuela les hubiera inculcado normas de convivencia; aún más, si la familia les hubiera enseñado lo que es el verdadero amor fraterno. La potente voz del Papa es muy importante; pero son los medios de comunicación, la escuela y la familia los que forman a los individuos, dirigiéndoles por el buen camino que no es, precisamente, el del asesinato.

El Gobierno del Sr. Aznar debe reflexionar sobre esto. El tema es de la mayor importancia y de máximo alcance. No es papeleta a resolver en una legislatura porque se trata nada menos que la de formar las mentes individuales; pero muchos jalones puede poner en marcha para mejorar las condiciones. La enseñanza es una piedra angular sobre la que asentar el comportamiento ciudadano. Por eso precisa mucha atención y medios abundantes la formación en las etapas juveniles del individuo, cuando tan receptivo es a todo género de influencias. Y la familia es conveniente apuntalarla social y económicamente, para que proporcione al niño el ambiente de ejemplaridad, unidad y sosiego sin el cual la mente juvenil es arrastrada a la confrontación y a la pérdida del respeto y de la disciplina.

De todas las empresas que el Gobierno aborda ninguna tan importante como escuchar la voz del Papa y ocuparse seriamente de la familia y la escuela que contribuyan a mitigar la crisis moral. No de la noche a la mañana, porque las grandes empresas sociales no son obra del instante, sino del prolongado quehacer.

La gira de Aznar por Hispanoamérica y los encuentros con sus estadistas tienen menor alcance, aunque de momento puedan conseguirse algunos acuerdos económicos y un estrechamiento de vínculos que, por imperio de la historia y de la sangre, son evidentes. Algo semejante sucede con las visitas de los Reyes a esos mismos países. En Estados Unidos la estancia regia ha tenido un carácter cultural en un país obcecadamente cerrado a todo lo que de cerca o de lejos tenga sabor hispánico.



El Euro. Durante decenios los Estados europeos han tratado por todos los medios de afianzar sus propias monedas en un mercado internacional competitivo. Ahora, Europa pone su esperanza en lograr un euro superador de tales diferencias mediante la creación a escala europea de una especie de Bundesbank, caracterizado por su independencia de los poderes políticos.

Pero frente a los criterios puramente monetaristas, son muchas las voces que se elevan llamando la atención sobre los peligros derivados de la supremacía monetaria sin contrapesos políticos responsables y eficaces. Piénsese, por ejemplo, en el hecho de que la estabilidad económica europea se basa no sólo en la moneda única, sino también en una situación social que permita la reducción del paro forzoso. La competitividad de una economía reside en gran parte en su tasa de desempleo, lo que afectará a muchos de los países de la UE, tanto pequeños como grandes. Imponer a países deficitarios en este sentido normas demasiado severas puede llevar a estos pueblos a graves confrontaciones sociales.

Por ahora, la política de los Bancos centrales se orienta a mantener la estabilidad de los precios mediante una lucha tenaz contra la inflación. El paro forzoso pasa a lugar secundario, y así nos encontramos en 1997 con tasas de inflación muy reducidas frente a un paro obrero en expansión. Por eso se impone que las fuerzas exclusivamente monetarias tengan el freno político de los gobiernos nacionales que atiendan al paro y a la reducción de los eventuales conflictos sociales. Será discreto reducir a términos prudentes lo dispuesto por el tratado de Mastrique que prohíbe terminantemente a las autoridades del Banco Central Europeo recibir sugerencias (cuando no imposiciones) de los gobiernos nacionales.

Sumidos en estos problemas, no es de extrañar que se eleven voces pidiendo precaución. Hasta en la propia Alemania, azotada por el paro (y con problemas de déficit) se reclama paciencia para no poner el euro en marcha a demasiada velocidad. A orillas del Rhin interesa más la integración en buenas condiciones que la prisa. Quizás en este momento el único país con prisa parece ser España, donde se proclama a diario que ya hemos alcanzado las condiciones de Mastrique y que debemos incorporarnos a la moneda única cuanto antes. Y hasta podría darse el caso de que España estuviera, a la hora de la puesta en marcha del euro, en posición avanzada sobre Francia e incluso Alemania.

Entre tanto, algún país que sí reune ya las condiciones exigidas por Mastrique, como es el caso de Dinamarca, se niega a la incorporación. No por motivos financieros o económicos, sino estrictamente políticos. Se dan cuenta de que la incorporación puede representar una pérdida de soberanía nacional, algo rigurosamente cierto, pero que muchos parecen haber olvidado arrastrados por la corriente integradora que podrá estar definida en términos económicos, y que, sin embargo, dista mucho de serlo en sus implicaciones políticas.

El aniversario de la firma del tratado de Roma ha permitido poner de manifiesto las profundas dudas de muchos países sobre la integración europea y, a su cabeza, Italia ha dado la voz de alarma, pidiendo el aplazamiento de un año. Para el Gobierno de Roma el problema principal (y no sólo de Italia) es el cumplimiento de la cláusula del déficit que otros Estados están lejos de cumplir ahora.

Una vez más, España ha dado muestras de su prisa pidiendo que la cooperación policial entre en vigor inmediatamente, algo que toca puntos muy sensibles en los países profundamente afectados por la inmigración -francia, Alemania- o el conflicto de los Balcanes, y, en último extremo, por los acontecimientos de Albania que han puesto de relieve otra vez las diferencias de criterios políticos de los países integrantes de la UE. Sin olvidar que los viejos recelos impiden la eliminación del derecho de asilo para ciudadanos comunitarios, como España solicita. El Ministro español de Asuntos Exteriores declara que el derecho de asilo no se comprende porque en Europa «no hay delitos políticos».

Y ha sido enviado un contingente de la legión a Albania.



Gibraltar. Si Gibraltar forma parte de la UE, cualquier individuo que entre allí podrá pasar a territorio español sin control alguno. Con otras palabras: siendo Gibraltar una colonia británica su frontera con España se convierte en una de carácter internacional, simplemente una frontera exterior. Por supuesto, ni ingleses ni gibraltareños lo ven así. La Conferencia Intergubernamental se ha pasado seis meses dando vueltas al asunto, sin lograr desenredar la madeja, en cuya base se encuentran los elevados beneficios pecuniarios que la permeabilidad de frontera proporciona a los habitantes del Peñón. El gobierno de Madrid ha decidido crear una Comisión que reunirá informes de los Ministerios de Asuntos Exteriores y Defensa, junto con expertos en cuestiones económicas e históricas para formar un cuerpo de doctrina con el que enfrentarse a un diálogo con Londres nada más y nada menos que para reformar o reemplazar el tratado de Utrecht aún vigente. Así quedaría constituido un Organo de Dirección y Coordinación directamente dependiente del Presidente del Gobierno. Es de notar que desde el seno de este grupo ya ha habido quien haga observar que los aliados prefieren que el control del Estrecho quede en manos de Gran Bretaña como mejor preparada y con más medios de acción de los que pueden disponer España.

El tema es de los que apasionan grandemente y hasta el Embajador Británico en Madrid se ha visto inducido a escribir una carta a un editor expresando su punto de vista. La carta ha provocado un aluvión de respuestas que demuestran lo absurdo de que a fines del siglo XX se siga sosteniendo la espina de Gibraltar en el costado de España, mientras Hong-Kong vuelve a la soberanía del gobierno «democrático» de Pekín.

Desde que los ministros Oreja y Morán se rindieron ante Inglaterra y abrieron la verja, no hemos cesado de retroceder.



Otros temas. Por la importancia que el asunto tiene para España, el plan comunitario sobre el aceite de oliva tiene mayor relevancia que todos los demás abordados en estos últimos meses. Unos funcionarios de Bruselas, que no habían visto jamás una oliva se han arrogado autoridad para introducir unas normas que provocarían la ruina de amplios sectores del agro español. Nuestro país es el principal productor y no recibe la ayuda como otros países productores, por no hablar de aquellos otros países que carecen de industria olivarera. Es de agradecer el gesto valiente y decidido de la titular de la Cartera de Agricultura, Loyola de Palacio, para hacer ver la realidad del problema al funcionario llegado de Bruselas y que, como se demostró, no sabía de lo que hablaba. Hace falta que las autoridades de Bruselas aprendan de qué hablan antes de ponerse a sentenciar.

De comedia de despropósitos cabe calificar -benévolamente- la visita a Cuba del Presidente de la Junta de Andalucía. La absurda dimensión internacional que van adquiriendo los jefecillos autonómicos los convierte en protagonistas de disparates que cada día abochornan más. Ir a rendir pleitesía al más execrable de los dictadores supervivientes no hace a España ningún bien, sea socialista o no el protagonista del viaje al Caribe. El gesto no trae consigo beneficio alguno para Andalucía, que es lo único que podría justificar viajes de su presidente.

Emilio Beladíez

Embajador de España

 


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