CRONICA: La
diplomacia
El
Papa. La comparecencia ante el pontífice es, para un
creyente, motivo de emoción que, con frecuencia, hace
perder la fluidez del discurso. El Papa es mucho más que
un hombre y ni siquiera sus debilidades físicas
disminuyen el aura que le rodea como sucesor de San
Pedro. Durante siglos, el Papa sólo aparecía rodeado de
un ceremonial que contribuía a enaltecer su figura, pero
ahora, aun desaparecidas muchas de las muestras externas
de su rango, resulta imposible guardar el aplomo ante la
excelsitud del personaje. Así se explican, en parte, las
manifestaciones de aplausos, de vítores y hasta de
lágrimas que provoca su sola presencia. Y si da la mano
a uno, besa la frente de un enfermo o acaricia la cabeza
de un niño la tensión aumenta.
No sé cual habrá sido la emoción del Sr. Aznar al ser
recibido por Su Santidad, que tiene una humana cualidad
que le permite colocarse a la altura de cualquiera de sus
visitantes, devolviéndoles la calma. Así, tras unos
primeros momentos de besar el anillo e intercambiar
saludos, el Papa sabe siempre llevar las riendas del
diálogo, conduciéndolo por las sendas de lo que
considera tema justificativo del coloquio. Para ambos
interlocutores no pudo pasar inadvertido el hecho de que
se trataba en muchos años de la primera comparecencia de
un Jefe de Gobierno de España en visita oficial ante la
Santa Sede.
La conversación de 35 minutos puso de relieve las
grandes preocupaciones del Santo Padre: el terrorismo, la
crisis de la familia y la enseñanza religiosa. En el
fondo, tres temas profundamente ligados hasta el punto de
que se influyen y se explican recíprocamente. El
terrorismo es la plaga del siglo XX y no hay continente
que no haya sufrido o esté sufriendo su azote. Y cabe
preguntarse cuántos terroristas no lo hubieran sido si
la escuela les hubiera inculcado normas de convivencia;
aún más, si la familia les hubiera enseñado lo que es
el verdadero amor fraterno. La potente voz del Papa es
muy importante; pero son los medios de comunicación, la
escuela y la familia los que forman a los individuos,
dirigiéndoles por el buen camino que no es,
precisamente, el del asesinato.
El Gobierno del Sr. Aznar debe reflexionar sobre esto. El
tema es de la mayor importancia y de máximo alcance. No
es papeleta a resolver en una legislatura porque se trata
nada menos que la de formar las mentes individuales; pero
muchos jalones puede poner en marcha para mejorar las
condiciones. La enseñanza es una piedra angular sobre la
que asentar el comportamiento ciudadano. Por eso precisa
mucha atención y medios abundantes la formación en las
etapas juveniles del individuo, cuando tan receptivo es a
todo género de influencias. Y la familia es conveniente
apuntalarla social y económicamente, para que
proporcione al niño el ambiente de ejemplaridad, unidad
y sosiego sin el cual la mente juvenil es arrastrada a la
confrontación y a la pérdida del respeto y de la
disciplina.
De todas las empresas que el Gobierno aborda ninguna tan
importante como escuchar la voz del Papa y ocuparse
seriamente de la familia y la escuela que contribuyan a
mitigar la crisis moral. No de la noche a la mañana,
porque las grandes empresas sociales no son obra del
instante, sino del prolongado quehacer.
La gira de Aznar por Hispanoamérica y los encuentros con
sus estadistas tienen menor alcance, aunque de momento
puedan conseguirse algunos acuerdos económicos y un
estrechamiento de vínculos que, por imperio de la
historia y de la sangre, son evidentes. Algo semejante
sucede con las visitas de los Reyes a esos mismos
países. En Estados Unidos la estancia regia ha tenido un
carácter cultural en un país obcecadamente cerrado a
todo lo que de cerca o de lejos tenga sabor hispánico.
El Euro. Durante decenios los Estados europeos han
tratado por todos los medios de afianzar sus propias
monedas en un mercado internacional competitivo. Ahora,
Europa pone su esperanza en lograr un euro superador de
tales diferencias mediante la creación a escala europea
de una especie de Bundesbank, caracterizado por su
independencia de los poderes políticos.
Pero frente a los criterios puramente monetaristas, son
muchas las voces que se elevan llamando la atención
sobre los peligros derivados de la supremacía monetaria
sin contrapesos políticos responsables y eficaces.
Piénsese, por ejemplo, en el hecho de que la estabilidad
económica europea se basa no sólo en la moneda única,
sino también en una situación social que permita la
reducción del paro forzoso. La competitividad de una
economía reside en gran parte en su tasa de desempleo,
lo que afectará a muchos de los países de la UE, tanto
pequeños como grandes. Imponer a países deficitarios en
este sentido normas demasiado severas puede llevar a
estos pueblos a graves confrontaciones sociales.
Por ahora, la política de los Bancos centrales se
orienta a mantener la estabilidad de los precios mediante
una lucha tenaz contra la inflación. El paro forzoso
pasa a lugar secundario, y así nos encontramos en 1997
con tasas de inflación muy reducidas frente a un paro
obrero en expansión. Por eso se impone que las fuerzas
exclusivamente monetarias tengan el freno político de
los gobiernos nacionales que atiendan al paro y a la
reducción de los eventuales conflictos sociales. Será
discreto reducir a términos prudentes lo dispuesto por
el tratado de Mastrique que prohíbe terminantemente a
las autoridades del Banco Central Europeo recibir
sugerencias (cuando no imposiciones) de los gobiernos
nacionales.
Sumidos en estos problemas, no es de extrañar que se
eleven voces pidiendo precaución. Hasta en la propia
Alemania, azotada por el paro (y con problemas de
déficit) se reclama paciencia para no poner el euro en
marcha a demasiada velocidad. A orillas del Rhin interesa
más la integración en buenas condiciones que la prisa.
Quizás en este momento el único país con prisa parece
ser España, donde se proclama a diario que ya hemos
alcanzado las condiciones de Mastrique y que debemos
incorporarnos a la moneda única cuanto antes. Y hasta
podría darse el caso de que España estuviera, a la hora
de la puesta en marcha del euro, en posición avanzada
sobre Francia e incluso Alemania.
Entre tanto, algún país que sí reune ya las
condiciones exigidas por Mastrique, como es el caso de
Dinamarca, se niega a la incorporación. No por motivos
financieros o económicos, sino estrictamente políticos.
Se dan cuenta de que la incorporación puede representar
una pérdida de soberanía nacional, algo rigurosamente
cierto, pero que muchos parecen haber olvidado
arrastrados por la corriente integradora que podrá estar
definida en términos económicos, y que, sin embargo,
dista mucho de serlo en sus implicaciones políticas.
El aniversario de la firma del tratado de Roma ha
permitido poner de manifiesto las profundas dudas de
muchos países sobre la integración europea y, a su
cabeza, Italia ha dado la voz de alarma, pidiendo el
aplazamiento de un año. Para el Gobierno de Roma el
problema principal (y no sólo de Italia) es el
cumplimiento de la cláusula del déficit que otros
Estados están lejos de cumplir ahora.
Una vez más, España ha dado muestras de su prisa
pidiendo que la cooperación policial entre en vigor
inmediatamente, algo que toca puntos muy sensibles en los
países profundamente afectados por la inmigración
-francia, Alemania- o el conflicto de los Balcanes, y, en
último extremo, por los acontecimientos de Albania que
han puesto de relieve otra vez las diferencias de
criterios políticos de los países integrantes de la UE.
Sin olvidar que los viejos recelos impiden la
eliminación del derecho de asilo para ciudadanos
comunitarios, como España solicita. El Ministro español
de Asuntos Exteriores declara que el derecho de asilo no
se comprende porque en Europa «no hay delitos
políticos».
Y ha sido enviado un contingente de la legión a Albania.
Gibraltar. Si Gibraltar forma parte de la UE, cualquier
individuo que entre allí podrá pasar a territorio
español sin control alguno. Con otras palabras: siendo
Gibraltar una colonia británica su frontera con España
se convierte en una de carácter internacional,
simplemente una frontera exterior. Por supuesto, ni
ingleses ni gibraltareños lo ven así. La Conferencia
Intergubernamental se ha pasado seis meses dando vueltas
al asunto, sin lograr desenredar la madeja, en cuya base
se encuentran los elevados beneficios pecuniarios que la
permeabilidad de frontera proporciona a los habitantes
del Peñón. El gobierno de Madrid ha decidido crear una
Comisión que reunirá informes de los Ministerios de
Asuntos Exteriores y Defensa, junto con expertos en
cuestiones económicas e históricas para formar un
cuerpo de doctrina con el que enfrentarse a un diálogo
con Londres nada más y nada menos que para reformar o
reemplazar el tratado de Utrecht aún vigente. Así
quedaría constituido un Organo de Dirección y
Coordinación directamente dependiente del Presidente del
Gobierno. Es de notar que desde el seno de este grupo ya
ha habido quien haga observar que los aliados prefieren
que el control del Estrecho quede en manos de Gran
Bretaña como mejor preparada y con más medios de
acción de los que pueden disponer España.
El tema es de los que apasionan grandemente y hasta el
Embajador Británico en Madrid se ha visto inducido a
escribir una carta a un editor expresando su punto de
vista. La carta ha provocado un aluvión de respuestas
que demuestran lo absurdo de que a fines del siglo XX se
siga sosteniendo la espina de Gibraltar en el costado de
España, mientras Hong-Kong vuelve a la soberanía del
gobierno «democrático» de Pekín.
Desde que los ministros Oreja y Morán se rindieron ante
Inglaterra y abrieron la verja, no hemos cesado de
retroceder.
Otros temas. Por la importancia que el asunto tiene para
España, el plan comunitario sobre el aceite de oliva
tiene mayor relevancia que todos los demás abordados en
estos últimos meses. Unos funcionarios de Bruselas, que
no habían visto jamás una oliva se han arrogado
autoridad para introducir unas normas que provocarían la
ruina de amplios sectores del agro español. Nuestro
país es el principal productor y no recibe la ayuda como
otros países productores, por no hablar de aquellos
otros países que carecen de industria olivarera. Es de
agradecer el gesto valiente y decidido de la titular de
la Cartera de Agricultura, Loyola de Palacio, para hacer
ver la realidad del problema al funcionario llegado de
Bruselas y que, como se demostró, no sabía de lo que
hablaba. Hace falta que las autoridades de Bruselas
aprendan de qué hablan antes de ponerse a sentenciar.
De comedia de despropósitos cabe calificar
-benévolamente- la visita a Cuba del Presidente de la
Junta de Andalucía. La absurda dimensión internacional
que van adquiriendo los jefecillos autonómicos los
convierte en protagonistas de disparates que cada día
abochornan más. Ir a rendir pleitesía al más execrable
de los dictadores supervivientes no hace a España
ningún bien, sea socialista o no el protagonista del
viaje al Caribe. El gesto no trae consigo beneficio
alguno para Andalucía, que es lo único que podría
justificar viajes de su presidente.
Emilio
Beladíez
Embajador de España
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