Azaña, causante de la tragedia

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Azaña, causante de la tragedia

Por J. A. Cepeda

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Azaña, causante de la tragedia

Es difícil concebir que alguien, medianamente dotado y enterado, trate hoy de considerar como ejemplar al causante de la tragedia que ensangrentó a nuestra Patria entre 1936 y 1939. Ese hombre, que algunos mitifican de manera inexplicable poniendo de relieve una ignorancia histórica asombrosa, se llamaba Manuel Azaña, quien nunca ha reconocido que el fracaso de la II República se debe a él, animado por un talante jacobino de cacharrería de Ateneo, que terminaría por aniquilarle y, al mismo tiempo, situar a España al borde de un suicidio colectivo. Azaña fue el que radicalizó al enfrentamiento de dos Españas. Su desprecio a los demás le llevó a suponer que no existían compatriotas que pensaban y sentían de una manera distinta a él, y por tanto, con pleno derecho a participar en la política. Ricardo de la Cierva aclara aún más la carencia de sensibilidad del primer presidente del gobierno republicano: «Manuel Azaña no emprendió ni cuajó una política creadora, sino agresiva y destructiva; una política creadora no hubiese llevado a España hasta el abismo de la Guerra Civil».

Comenzó a hundir a la II República el 10 de mayo de 1931 al impedir que las fuerzas de Orden Público y los bomberos actuasen con legal energía contra los energúmenos incendiarios de iglesias, conventos y centros de enseñanza de religiosos. Valiosas obras de arte, archivos de sumo interés, laboratorios y centenares de aulas resultaron abrasadas en Madrid y otras ciudades españolas porque «todos los conventos de España no valen la uña de un republicano». Los socialistas, pese a la actitud de Miguel Maura, guardaron silencio y se convirtieron en cómplices necesarios. Un mequetrefe y masón, el general Gómez-Caminero, comunica desde Málaga: «Han sido quemadas numerosas iglesias con todo orden. Mañana continuará la tarea». Torcuato Luca de Tena, en Papeles para la pequeña y la gran historia, afirma que «aquel día la República se definió como lo había de ser en los años sucesivos: la pura dejación de responsabilidad, el abandono de toda autoridad».

Había en Azaña una especie de dejadez y una voluntaria claudicación ante lo que acontecía. Constituye un modelo negativo para cualquiera que pretenda gobernar una nación. El desdén de Azaña, en el que existía un componente de cobardía, entrañaba una carencia absoluta de virtud política. Poca gente sabe que antes del 14 de abril estuvo cuatro meses oculto. A Miguel Maura le costó verdadero trabajo sacarlo de su escondrijo para llevarlo a la Puerta del Sol. Desde ese instante, según Emiliano Aguado, «el clima de la República era un clima incómodo, nervioso, incierto, medroso, áspero. La República (la de Azaña) fue incapaz de proporcionar otro clima a los españoles».

Azaña, por si fuera poco, cometió un delito de alta traición en octubre de 1934. No participó en la conspiración de socialistas y separatistas, que costó mucha sangre española, pero guardó un significativo silencio y corrió a refugiarse en Barcelona. José Antonio Primo de Rivera, en el Congreso, dijo a este propósito: «Azaña, representante de un sentido opuesto e incompatible con el propio Estado, si le hubiesen fusilado es posible que se cometiese una injusticia penal, pero es evidente que hubiera servido para una justicia histórica». Este es el Azaña que hoy, por parte de algunos desinformados políticos, poseía magníficas condiciones como estadista.

Tras la vergonzosa actuación de las Fuerzas de Orden Público en Casas Viejas, en pleno gobierno de Azaña, Diego Martínez Barrio, grado 33 de la masonería, proclama en el Congreso: «¿Cómo podremos presentarnos ante la consideración de propios y extraños haciendo ostentación de haber implantado un régimen que es ludibrio, bochorno, vergüenza e indignidad? Hay algo que es peor que el que un régimen se pierda, y es que ese régimen caiga enlodado, maldecido por la historia entre vergüenza, lágrimas y sangre».

El citado Luca de Tena, tan silenciado por ciertos psicópatas empeñados en magnificar a un poeta blasfemo y muy inferior a tantos otros que estuvieron en el régimen de Franco, escribe acertadamente: «Manuel Azaña no fue solamente uno de los más nefastos políticos que ha tenido España, sino -en contra de lo que dicen sus corifeos- uno de los más torpes. Por sus obras les conoceréis, dice la Biblia. Y ahí está su obra: hundió a su Gobierno, hundió a la República, y hundió a España. La apología de este señor, en nuestros días, me parece simplemente un desvarío».

En Azaña, intelectual frustrado y sin lectores, se da la imagen que describe el doctor Marañón en su Tiberio: «Los grandes resentidos suelen ser hombres bien dotados, aunque de inteligencia no excesiva. Tienen el talante necesario para todo, menos para darse cuenta de que su fracaso es sólo imputable a ellos». Y el fracaso de Azaña se acentúa de la forma más gratuita al afirmar categóricamente, en las Cortes, el 13 de octubre de 1931: «España ha dejado de ser católica». Dicen que quiso decir otra cosa, pero lo dijo, y ofendió a más de la mitad de los españoles y abrió una herida que conduciría a una tremenda pugna. Su ataque a los jesuítas, bajo el pretexto de que obedecían a Roma, constituye una majadería de parlamentario plebeyo. Las torpezas de Azaña se sucedieron a lo largo de la IIRepública. Su reforma militar, que tal vez fuese en parte necesaria, la llevó a cabo con sarcasmo, desprecio y carencia de visión. Incita a una España a que combata contra otra. Salvador de Madariaga, apunta: «La reforma del Ejército, políticamente insuficiente y psicológicamente llevada a cabo con una brutalidad suicida, no sirvió para nada». Víctor Alba, periodista republicano, pone el dedo en la llaga: «Tengo para mí que la misma arrogancia de Azaña era en el fondo del fondo, signo de una inseguridad profunda, la del intelectual sin éxito». Persona tan poco sospechosa de partidismo monárquico, como García-Trevijano, dice en Frente a la gran mentira, su último libro: «La República caminaba con rapidez y mente equivocada hacia su propia destrucción. Los observadores inteligentes lo presentían. Ortega lo anunció. La Guerra Civil puso al descubierto el ingenuo error liberal, la improcedente falta de sabiduría política de la República».

Claudio Sánchez-Albornoz califica de gravísimo error de Azaña el «falso paso de la destitución anticonstitucional de don Niceto Alcalá Zamora». Y afirma que esto, con la Revolución de Octubre, «hizo imposible la perduración de la República». Y agrega: «Si había un hombre mal dotado para presidir la gran batalla ése era don Manuel.»

Azaña se complacía en sí mismo. Creía que no necesitaba de nadie. Y entonces se convirtió en refugio de su propia soledad. Y se creyó incomprendido. Un modo más de soberbia que acaba por hacer imposible una comunicación efectiva con el prójimo. De un político configurado anímicamente así poco o nada puede esperarse. Acaba cayendo en el peor de los despropósitos. Y arrastra, en su evidente fracaso, a todo un pueblo. Pero en Azaña, además, se daba un defecto que invalida a todo político: no sabía seleccionar a sus colaboradores. Un Casares Quiroga, un mafioso como Martín Luis Guzmán o un Luis Miquel, un Angel Galarza y otros que harían larga la relación, son la mejor demostración de la falta de capacidad de Azaña. Ramón Pérez de Ayala, en carta a Marañón, describe a Azaña con aguda visión: «En octubre de 1934 tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña. Leyendo luego sus memorias en el barco -tan ruines y afeminadas- me confirmé. Cuando le vi y hablé siendo ya presidente de la República, me entró un escalofrío de terror al observar su espantosa degeneración mental en el breve espacio de dos años, y adiviné que todo estaba perdido para España con aquella gente». Tal degeneración mental, que produce horror al ovetense Pérez de Ayala, viene de antiguo. Y de esta degeneración brota la saña contra el catolicismo, el desinterés por los más humildes y una conducta que sirve para encender una terrible Guerra Civil.

Azaña fue el responsable directo de todo lo más repugnante que sucedió en España desde 1931 a 1939. Gerald Brenan estima que Azaña siempre cree que «La Republique c'est moi». Y así salió todo.



José Antonio Cepeda



 

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