Maeztu en Buenos Aires

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Maeztu en Buenos Aires

Por E. Zulueta Alvarez

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Maeztu en Buenos Aires

Por razones históricas, culturales y literarias, las personalidades españolas más relevantes han influído en el desarrollo del pensamiento argentino. La llamada «Generación del 98» ocupó un lugar central en este proceso de interinfluencias, dentro del cual y a partir de las primeras décadas del siglo XX, Ramiro de Maeztu constituye un caso particular ya que desde los primeros momentos de su formación intelectual, América, la del Norte y la hispánica, ocuparon un lugar privilegiado en su interpretación de la vida española.

Son conocidas las razones por las cuales Maeztu se apartó intelectual y políticamente de la mayoría de los intelectuales liberales, ruptura definida con su adhesión a la dictadura de Primo de Rivera, quien lo designó embajador de España en la Argentina, adonde llegó en el mes de febrero de 1928.

Las vinculaciones directas de Maeztu con la Argentina habían comenzado el 1 de enero de 1905, cuando publicó en el diario «La Prensa» de Buenos Aires, un artículo sobre don Quijote; pero su fama como escritor sus polémicas y su significación intelectual y política eran vastamente conocidas. Sobre todo porque en la Argentina se conocían los conflictos del dictador Primo de Rivera con el sector de la opinión liberal que se le oponía, que entre otras consecuencias, habían provocado la clausura del Ateneo de Madrid. También se habían producido reacciones en solidaridad con Miguel de Unamuno, cuando éste fué deportado a Fuerteventura.

En la revista «Nosotros», por ejemplo se manifestó este repudio; pero en «Indice» lo elogiaron con el artículo, «Un embajador intelectual» y en «Criterio», por ejemplo, se dijo que el nombramiento de Maeztu para la embajada de España era «el mejor regalo que nos ha hecho la Madre Patria desde hace buen tiempo». Estos problemas se habían reflejado, también, en la numerosa colectividad española en Buenos Aires, donde había nú-cleos opositores a la dictadura de Primo de Rivera.

El presidente Marcelo T. de Alvear lo recibió con las consideraciones propias de su rango diplomático y la importancia de la jerarquía intelectual de Maeztu; lo acompañó en algunos actos oficiales y respaldó la intensa actividad que pronto desarrolló el embajador. No me ocuparé de estos aspectos, muy bien estudiados por la profesora Beatriz Figallo, y examinaré las relaciones intelectuales y políticas que Maeztu entabló en Buenos Aires con los jóvenes nacionalistas, congregados en torno al periódico «La Nueva República».

Cuando llegó a Buenos Aires, Maeztu ya había decidido su compromiso con la acción política, más allá de su vocación de escritor y de su profesión de periodista. Pero su conocimiento de la América hispánica y, mucho más, de la Argentina era insuficiente. Sólo conocía algunos escritores que admiraba: Rubén Darío, desde el viaje de éste a España en 1898, José Enrique Rodó, Enrique Larreta y Ricardo Güiraldes, cuyo Don Segundo Sombra había leído en vísperas de su viaje a la Argentina. También era amigo de Ricardo Rojas, a quién conocía desde los años en que ambos residieron en Londres.

Apenas llegado a Buenos Aires consideró que las relaciones con España debían apoyarse en la amistad intelectual y que los libros y la literatura eran esenciales. Aconsejó, entonces, que se superara el regionalismo aislacionista mediante una política editorial que Madrid y Barcelona debían actuar como un mercado abierto que permitiera el conocimiento de los libros y los escritores argentinos, ayudado por la presencia en España de intelectuales como su amigo Rojas, pero sin exagerar ni dismunir sus valores reales.

Hubo dos circunstancias que provocaron su aproximación a los nacionalistas. En primer lugar, la impresión favorable que le causó la lectura de dos artículos del joven ensayista Ernesto Palacio, de «La Nueva República», (1927-1931), periódico nacionalista que editaban los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta. En segundo lugar, su relación con el sacerdote español, Zacarías de Vizcarra, muy vinculado a la colectividad y activísimo en la propagación y polémica en favor del catolicismo y del tradicionalismo.

El P. Vizcarra fue uno de los primeros en difundir en Buenos Aires un concepto de la cultura hispánica estrechamente vinculado al catolicismo y la idea de que la hispanidad, como él la designaba, debía ser el principal lazo de unión entre España, las naciones hispanoamericanas y, en particular, la Argentina. Era profesor de los «Cursos de Cultura Católica», creados en 1922 dentro del programa de renovación del pensamiento católico que tenía lugar en Buenos Aires e integró el elenco editorial de la revista «Criterio», dirigida en 1928 por Atilio Dell'Oro Maini, también bajo el patrocinio del episcopado de Buenos Aires.

Las relaciones intelectuales y religiosas entre Vizcarra y Maeztu fueron muy estrechas, pues éste se replanteaba su posición religiosa, y el sacerdote le aconsejaba con enseñanzas y orientaciones teológicas. Por otra parte. Vizcarra conocía muy bien a los nacionalistas, quienes participaban de las actividades culturales católicas. Sobre todo César Pico, un biólogo con una fuerte vocación filosófica y sociológica, y dos filósofos del derecho: Tomás Casares y Faustino Legón. En el grupo también estaban el médico y ensayista político Juan D. Carulla, el poeta Lisardo Zía, el historiador Alberto Ezcurra Medrano y los ensayistas Alfonso de Laferrère y Mario Lassaga.

A pesar de la juventud de los nacionalistas, cuando conocieron a Maeztu ya tenían una personalidad formada. Julio Irazusta (1899-1982) había vivido en Europa, con largas residencias en Italia, Francia y Gran Bretaña, en cuya universidad de Oxford había hecho estudios clásicos, filosóficos y literarios. De entonces vino su admiración por autores como Samuel Johnson, Edmund Burke, Jorge Santayana, Gilbert K. Chesterton e Hilaire Belloc.

Su hermano Rodolfo (1897-1963) también había vivido en Europa, y de sus años de París provenía la vinculación con las ideas del pensamiento contrarrevolucionario y sobre todo de Charles Maurras que, sin embargo, no fueron copiadas servilmente por los Irazusta, aunque compartieron su crítica del liberalismo democrático y de las tendencias revolucionarias de inspiración socialista. Simpatizaban con la restauración del orden clásico y del tradicionalismo; pero el realismo político los alejó de la imitación de fórmulas, como las de la monarquía, que consideraban extrañas a la tradición republicana americana y argentina.

Esta admiración por las ideas francesas e inglesas coexistía con una solidaridad con la base hispánica de la sociedad y la cultura hispanoamericanas. No compartieron el cosmopolitismo ni el anti-hispanismo tan en boga entre los intelectuales y reconocieron la raíz étnica, idiomática y religiosa de dicha tradición. Sobre la base de una formación literaria hispánica, los Irazusta frecuentaban desde su juventud las obras de Marcelino Menéndez Pelayo. Juan Donoso Cortés, Jaime Balmes -estimado como ensayista político- y el repertorio de poetas y prosistas clásicos, sin hacer de su actitud un sistema dogmático y cerrado.

Ernesto Palacio (1900-1979) llegó a estas ideas después de un rápido viaje desde el anarquismo juvenil y la literatura, pues fue uno de los animadores del periódico «Martín Fierro», órgano emblemático del «vanguardismo» (junto a Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez y muchos más), pero convertido al catolicismo y entusiasta de la literatura contra-revolucionaria, elaboró una teoría política nacionalista sobre bases clásicas y autoritarias, con una dura crítica del liberalismo democrático y de lo que ellos juzgaban excesos demagógicos del radicalismo, cuyo presidente, Hipólito Yrigoyen, había sido elegido en 1928.

Palacio era un excelente prosista y sus ensayos literarios sobre temas clásicos y modernos le dieron un prestigio que le abrió las puertas de los diarios y revistas principales de Buenos Aires. Gran parte de su obra en esta etapa fué recogida en su libro La inspiración y la gracia (1929). Al fundarse en 1927 «La Nueva República», Palacio asumió la jefatura de redacción y se destacó como uno de los teóricos principales, junto a los Irazusta.

Los nacionalistas se reunían habitualmente con Maeztu, en tertulias en la Embajada donde, según contaba Julio Irazusta, se sucedían las conversaciones y discusiones sobre ideas, libros y problemas, porque cuando trabaron amistad con Maeztu, este grupo no sólo tenía una posición definida en materia filosófica, política y religiosa, sino que, en muchos sentidos, habían ido más allá de donde se hallaba aquél, después de recorrer un trayecto análogo, aunque con el acento puesto en temas y perspectivas diferentes, pero complementarias de las argentinas. Los nacionalistas, por su parte, coincidieron con Maeztu en la misión política que debían asumir los escritores, repudiaron la pureza abstracta que defendían otros intelectuales y reafirmaron su valoración de la cultura hispánica a través del ejemplo personal de Maeztu.

Maeztu expuso su pensamiento en conferencias como las que pronunció en el Jockey Club sobre «La lección del Quijote», «La ciudad universitaria» -donde hizo conocer el proyecto de Alfonso XIII de construir la que sería la ciudad universitaria de Madrid-, «La Beneficencia y el capitalismo», mientras atendía las funciones diplomáticas. Viajó mucho por la Argentina y tuvo la satisfacción de asistir a la proclamación del 12 de octubre como «Día de la Raza» que hizo el Presidente Yrigoyen, a quien le impuso la condecoración del collar de Isabel La Católica, en nombre del rey de España.

Las relaciones de Maeztu con el presidente Yrigoyen y su gobierno -muy bien estudiadas por la profesora Figallo- muestran que Maeztu, aunque simpatizaba con los nacionalistas, no suscribía la enemistad de éstos con el gobierno ni tampoco todos los ataques de sus enemigos políticos. Además le complacía la defensa de la soberanía nacional frente a los Estados Unidos como signo de la confianza que Maeztu tenía en la posibilidad de una acción internacional conjunta de los países iberoamericanos, es decir, como una afirmación concreta de la hispanidad, idea perfilada cuando finalizaba su estancia en la Argentina.

Cuando cayó en España la dictadura de Primo de Rivera, Maeztu renunció a la embajada y el 19 de febrero de 1930 regresó a Madrid, antes del golpe de Estado del 6 de septiembre, con el cual colaborarían los nacionalistas, en cuyos escritos de años posteriores se pueden rastrear las huellas dejadas por las ideas del español. Sobre todo porque éste continuó publicando artículos que versaban sobre temas españoles y argentinos, ya que había aprovechado su experiencia de este país y sus problemas.

Volvió a sus colaboraciones en «La Prensa», de Buenos Aires. En la serie «Por tierras patagónicas» (Mayo de 1930) se explayó sobre las posibilidades económicas que se abrían en esa región; también volvió sobre uno de sus temas preferidos: «Ideas del siglo XVII: la incomprensión del Quijote» (24-8-1930). Durante 1930 y 1931 siguió escribiendo en «Criterio», con artículos filosóficos, literarios y otros relativos a la situación política española, que se hacía cada vez más tensa y dramática: «El entierro del General»; «La lección de la caída»; «Los intelectuales y la democracia»; «Rousseau y la Ilustración»; «En las aguas de Rousseau»; «1910 o la parábola de Lessing»; «La penetración revolucionaria y derrotista»; «La indefensión de las derechas»; «La necesidad de la monarquía militar»; «La caída de Don Alfonso»; «El complot republicano».

En lo que se refiere a los nacionalistas, en las décadas de 1930 y 1940 publicaron varias revistas («Baluarte», «Número», «Si, si; no, no», «Sol y Luna», «Nueva Política»), a través de las cuales se podrían rastrear muchas influencias de Maeztu, quien fue el más leído de los escritores españoles de su misma orientación. Sobre todo después de la aparición de Defensa de la Hispanidad (1934), obra que durante muchos años tuvo una extraordinaria difusión con múltiples ediciones en la Argentina e Hispanoamérica.

Cuando se publicó esta obra, Julio Irazusta escribió que le aclaraba ideas propias y le enseñaba otras, y que la Generación del 98 no había producido ninguna obra política que se le igualara y fuera un modelo de vida histórica distinto de la imitación de otras formas europeas. La comparó, en importancia dentro de su tendencia contra-revolucionaria, con la Encuesta sobre la monarquía de Maurras, pero a la cual superaba porque, a diferencia del francés, que hacía depender todo de la forma de gobierno -y en su caso, de la monarquía-, Maeztu no le otorgaba ninguna importancia.

En Francia, según Maurras, la grandeza nacional se identificaba con la monarquía y era su objetivo particular. En cambio, «el objeto universal de la evangelización del mundo, que fué el de España en sus grandes siglos, es conciliable con la variedad de modos de vida práctica que sigue el mundo.» La doctrina de la restauración del orden, proseguía Irazusta, puede aprovechar mejor la lección de Maeztu que la de Maurras.

Años después, cuando se publicó la biografía de Maeztu de Vicente Marrero, Irazusta volvió a recordar su amistad y reprodujo el texto de una carta que le había escrito Maeztu cuando él lo felicitó por su obra. Se alegraba del gesto de Irazusta y afirmaba: «Para eso escribí mi libro: para que lo amasen los criollos de América, sobre todo». Recordaba a su padre que fue cubano y concluía así: «Amenazados espiritualmente de uno y otro lado, los pueblos hispánicos necesitan afirmarse a sí mismos y ello les obligará a ahondar en sus raíces, que no son, como se ha dicho, de esclavitud sino de independencia, porque el espíritu de independencia está en la raíz de todo español.»

También Ernesto Palacio recordó la personalidad de Maeztu cuando se publicó Defensa de la Hispanidad. Sostuvo que la tradición intelectual argentina se había alejado de España, cuyas ideas y problemas resultaban extranjeras: «En sus escritores más altos no encontrábamos ninguna luz que nos iluminara el camino, ninguna idea sobre la misión de nuestra estirpe, sobre nuestro ser auténtico y común. Siendo así, ¿qué sentido podía tener el sometimiento a las reglas de la Academia, sino el de un atentado de la letra contra el espíritu? Que la antigua unidad se había quebrado, harto lo demostraba la vacuidad de la retórica hispanoamericanista vigente en los actos oficiales; hojarasca sentimental de inequívoco género necrológico. La Hispanidad era una ilustre matrona difunta que se recordaba una vez al año.»

La obra de Maeztu, continuaba Palacio, explicaba esta desafección mutua y la ignorancia del propio ser, que sólo podría desaparecer con una revisión de la historia que restaurara la tradición de los ideales hispánicos perdidos. El abandono de aquella misión histórica originaria, continuaba Palacio en otra nota, llevó a una burguesía economicista a pensar que la riqueza de una factoría desarraigada, valía el sacrificio del propio ser. Pero fue un camino equivocado porque sólo eran países ricos los que estaban seguros de su personalidad y la defendían.

Consecuente con estas ideas, Palacio continuó con una obra de ensayista, historiador y político. Los orígenes y el destino fue uno de los trabajos donde desarrolló con más amplitud el pensamiento de Maeztu y sus propias conclusiones. Un estudio pormenorizado de esta producción sin duda mostrará la índole de las relaciones intelectuales con Maeztu, de quien fue uno de los más originales y más brillantes ensayistas de una corriente política insoslayable en la historia intelectual argentina. En esta línea de trabajos cabe emprender el estudio de otras personalidades -los Irazusta, César Pico, Héctor Llambías, Máximo Etchecopar, Marcelo Sánchez Sorondo- con textos e ideas que completarían la imagen de Ramiro de Maeztu y la Argentina.



Enrique Zuleta Alvarez



 

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