El genocidio
religioso de la segunda república
En 1960
Antonio Montero publicó el libro clásico Persecución
religiosa en España (1936-1939), nunca reeditado. Allí,
entre las páginas 769 y 883, se daba una lista de 6.622
religiosos asesinados en la zona republicana durante
nuestra guerra civil de liberación nacional. Con
posterioridad a esta obra, que utilizaba la entonces
numerosa bibliografía disponible, han aparecido nuevas
investigaciones sobre genocidios religiosos de carácter
local o relativos a determinados institutos y órdenes.
Actualmente la lista nominal de religiosos asesinados se
eleva a 7.800 encabezados por trece obispos, alguno de
ellos ya canonizado como el de Teruel. Otros también lo
han sido colectivamente por Juan Pablo II que reabrió
los procesos de mártires de la guerra de España,
detenidos por decisión de Pablo VI durante su patético
pontificado. Ultimamente, por maniobras de un cardenal
vasco-francés han vuelto a interrumpirse los procesos de
beatificación de mártires españoles.
Ahora, el historiador jesuíta Adro Xavier1 dedica un
volumen a enumerar y evocar a 118 jesuítas, asesinados
por las milicias republicanas. Cada caso va siendo
descrito con sus anécdotas trágicas y, a la vez,
ejemplares. Hombres que morían por su fe con valor
heroico. Y el torvo rencor de sus asesinos, acompañado
de odio a la religión.
La cifra de jesuítas mártires es relativamente muy
numerosa puesto que la Compañía fue disuelta por la II
República, y la mayoría de sus miembros tuvo que
exiliarse a Europa y América. La matanza se efectuó,
pues, sobre la minoría que, más o menos oculta,
permaneció en España. De los 140 que se encontraban en
Cataluña y Valencia fueron ejecutados 65, o sea, casi la
mitad.
De todos los asesinados, la figura más eminente es la de
Zacarías García Villada, autor de una importante
Historia eclesiástica de España que quedó inconclusa
por la muerte del autor y por la quema de su fichero y
archivo por las turbas en mayo de 1931, ante la cómplice
inacción de los poderes públicos republicanos. García
Villada, que fue académico de la Historia, colaboró en
la revista «Acción Española», que alentaba Ramiro de
Maeztu, y publicó en 1936 su opúsculo El destino de
España en la Historia universal, luego reeditado.
García Villada, que vivía en Madrid, fue recogido y
ocultado por un sobrino en unión de otro jesuíta, Juan
Gómez Hellín. Los tres fueron descubiertos y asesinados
el 1 de octubre de 1936, y abandonados sus cadáveres en
el km. 3 de la carretera de Vicálvaro.
Las escenas descritas en el libro de Adro Xavier son
sencillamiente terribles. Algunos religiosos pudieron
salvar sus vidas bajo la protección de representaciones
diplomáticas extranjeras. Otros, gracias a rocambolescas
aventuras como la que narra el sacerdote Manuel Mindán
en sus recientes memorias o evocan los biógrafos de
Josemaría Escrivá de Balaguer quien, tras hacerse pasar
por demente cuando lo detuvieron por segunda vez, logró
pasar a Francia entre los riscos pirenaicos.
Así fue la II República que, ahora, se trata de
presentar como un paraíso perdido por culpa de unos
cuantos curas y militares. Pero ese presunto paraíso era
un gulag que, si hubiera triunfado el Ejército Rojo,
habría transformado España en una especie de Albania, y
ahora seríamos como los albaneses, es decir, un pueblo
en la miseria y en ruinas.
Angel Alcala
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