Otro libro de Vizcaino

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Otro libro de Vizcaino nº82

Por S. Fernández Campo

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Otro libro de Vizcaino

En los últimos tiempos se ha hablado a veces de «amistades peligrosas». y pienso que esto supone una gran contradicción. No pueden existir las amistades peligrosas porque, sin son peligrosas no son amistades, y si son amistades no es adecuado calificarlas de peligrosas. La amistad supone desinterés, entrega sin condiciones, ayuda, identidad de sentimientos y pensamientos o confianza para discutir armónicamente las faltas de coincidencia. Amistad significa sacrificio por el amigo, admiración, afecto y satisfacción por los triunfos de aquel a aquien estamos unidos por ese lazo. Significa, incluso, comprometerse a presentar el libro de un amigo, aunque no se sienta uno capacitado para ello y se corra el riesgo de que se nos pregunte quien nos presenta a nosotros.

Entre Fernando y yo existen similitudes que nos unen y hasta diferencias que no nos separan. Me satisface coincidir con él en el amor a la verdad. La verdad actual y la verdad del pasado, porque si en el presente es tantas veces difícil descubrirla, la de tiempos pretéritos puede llegarnos sensiblemente modificada. Jean-Paul Sartre decía que «los historiadores no paran de demostrarlo».

Y ciertamente, es curioso en ocasiones cómo se relatan con seguridad y precisión, acontecimientos, hechos o detalles que nos constan son fruto de informaciones erróneas o de interpretaciones especiales. Tal vez se trate de obras inspiradas por un fino sentido del humor o aspiren a ser clasificadas como de ciencia ficción.

Creo, además, que Fernando y yo tenemos por el pasado verdadero un respeto del que no nos avergonzamos y que tal vez nos aleje un poco de quienes tratan de disimular lo que son realmente, para pretender incluirse en posiciones que no coinciden con sus auténticos ideales. Su hijo Eduardo nos cuenta que su padre, si le llaman nostálgico, constesta siempre así: «La nostalgia es como los espejos retrovisores de los coches. Sirve para mirar hacia atrás, pero también para continuar con mayor seguridad nuetra marcha hacia adelante».

El sigue sujeto a su pasado, pero se divierte mucho juzgando el presente con humor. Yo mes esfuerzo en adaptarme al presente, pero siento el dolor de la acomodación desde el pasado.

De los lejanos tiempos de la Universidad, recuerdo la anécdota que se recogía en algún libro de Derecho Político, tal vez para formular objecciones al sufragio universal. Cuando un Primer Ministro inglés -puede que fuera Pitt o Glastone, péro es igual- se dirigía a emitir su voto en unas eleciones, se le ocurrió preguntar a su cochero a quien iba a votar. Y al enterarse de que se proponía hacerlo en favor del partido contrario al suyo, tomó la decisión de regresar a casa y ordenó que se desengancharan los caballos pues resultaba inúltil el esfuerzo. Al fin y al cabo, el voto político más destacado del Reino Unido se íba a compensar con el de su cochero.

Y, sin embargo, allí estaba el gran mérito de la democracia, porque si ambos hubieran votado, habrían materializado sus respectivas ideas, su voluntad y su esperanza, a la vez que adquirían la facultad de criticar las equivocaciones de sus elegidos, y a la vista de ellas, determinar las propias decisiones para orientar su comportamiento en el porvenir. El voto es una forma de deshahogarse o mantener la ilusión de hacerlo cuando llegue la ocasión de votar. Porque si reincidir en lo que estimamos correcto encierra una satisfacción, también puede satisfacernos rectificar un error.

El humor es una cosa muy seria. Fernando Vizcaíno Casas es un humorista que lo comprende así y, por eso, se muestra siempre sutil y delicado para que las cosas serias puedan ser tratadas con humor. El humorista debe calcular perfectamente las dosis respectivas para ser piadosos y satírico a la vez, comprensivo y crítico, fino sin exageración para que se le entienda, e irónico sin pasarse con el fin de no herir con exceso al que quiera sentirse ofendido. Pero, sobre todo, ha de ser oportuno. Lo que en unas circunstancias o en un momento pueda ser gracioso, reulta otras veces despaidado.

Fernando, escritor costumbrista e historiador de realidades, utiliza un humor expontáneo y fácil, que divierte sin lastimar, alecciona sin ofender y se caracteriza siempre por el don de la oportunidad.

No obstante, tal vez ahora y desde ese pnto de vista, si reeditara su libro «Las Autonosuyas», publicado en 1981, pudiera cambiarle el título por el de «Las Autononuestras», porque se ha demostrado que el sistema contenido en el Título VIII de la Constitución a todos nos afecta de manera importante y puede dar lugar -según se ha anunciado- a que llegue a crujir este edificio de España cuya integridad tanto nos interesa.

No sé porqué, en ocasiones, me viene a la memoria aquella película de los hermanos Marx en que, enloquecidos y delirantes, solicitaban a gritos «más madera», «más madera», para alimentar la caldera de la locomotora e iban quemando hasta los propios vagones del tren, en un proceso de avance a costa de una autodestrucción evidente, que tal vez acabaría privándoles a todos de la posibilidad de tomarse un café al final del viaje.

Ese café para todos que pareció la solución más inteligente y «pillina» pero que ahora nos exigiría diponer de inmensos cafetales para atender las peticiones y evitar las desigualdades.

Si a través de la obra de Fernando Vizcaíno Casas el humor es la característica predominante, dentro del libro que hoy presentamos hay que buscarlo en el brusco contraste. Porque si bien «La sangre también es roja» es una novela en la que los personajes se mueven y entrelazan cons us conflictos, sus temores o sus ilusiones, lo importante no es ese argumento en que también brilla como un milagro la llama de un amor juvenil, sino el ambiente donde se desarrolla la trama y que Fernando describe con terrible realismo, sin demasiadas ocasiones para que aparezca el humor, aunque tambien se descubra de vez en cuando.



Sabino Fernández Campo



 

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