Otro libro de
Vizcaino
En los
últimos tiempos se ha hablado a veces de «amistades
peligrosas». y pienso que esto supone una gran
contradicción. No pueden existir las amistades
peligrosas porque, sin son peligrosas no son amistades, y
si son amistades no es adecuado calificarlas de
peligrosas. La amistad supone desinterés, entrega sin
condiciones, ayuda, identidad de sentimientos y
pensamientos o confianza para discutir armónicamente las
faltas de coincidencia. Amistad significa sacrificio por
el amigo, admiración, afecto y satisfacción por los
triunfos de aquel a aquien estamos unidos por ese lazo.
Significa, incluso, comprometerse a presentar el libro de
un amigo, aunque no se sienta uno capacitado para ello y
se corra el riesgo de que se nos pregunte quien nos
presenta a nosotros.
Entre Fernando y yo existen similitudes que nos unen y
hasta diferencias que no nos separan. Me satisface
coincidir con él en el amor a la verdad. La verdad
actual y la verdad del pasado, porque si en el presente
es tantas veces difícil descubrirla, la de tiempos
pretéritos puede llegarnos sensiblemente modificada.
Jean-Paul Sartre decía que «los historiadores no paran
de demostrarlo».
Y ciertamente, es curioso en ocasiones cómo se relatan
con seguridad y precisión, acontecimientos, hechos o
detalles que nos constan son fruto de informaciones
erróneas o de interpretaciones especiales. Tal vez se
trate de obras inspiradas por un fino sentido del humor o
aspiren a ser clasificadas como de ciencia ficción.
Creo, además, que Fernando y yo tenemos por el pasado
verdadero un respeto del que no nos avergonzamos y que
tal vez nos aleje un poco de quienes tratan de disimular
lo que son realmente, para pretender incluirse en
posiciones que no coinciden con sus auténticos ideales.
Su hijo Eduardo nos cuenta que su padre, si le llaman
nostálgico, constesta siempre así: «La nostalgia es
como los espejos retrovisores de los coches. Sirve para
mirar hacia atrás, pero también para continuar con
mayor seguridad nuetra marcha hacia adelante».
El sigue sujeto a su pasado, pero se divierte mucho
juzgando el presente con humor. Yo mes esfuerzo en
adaptarme al presente, pero siento el dolor de la
acomodación desde el pasado.
De los lejanos tiempos de la Universidad, recuerdo la
anécdota que se recogía en algún libro de Derecho
Político, tal vez para formular objecciones al sufragio
universal. Cuando un Primer Ministro inglés -puede que
fuera Pitt o Glastone, péro es igual- se dirigía a
emitir su voto en unas eleciones, se le ocurrió
preguntar a su cochero a quien iba a votar. Y al
enterarse de que se proponía hacerlo en favor del
partido contrario al suyo, tomó la decisión de regresar
a casa y ordenó que se desengancharan los caballos pues
resultaba inúltil el esfuerzo. Al fin y al cabo, el voto
político más destacado del Reino Unido se íba a
compensar con el de su cochero.
Y, sin embargo, allí estaba el gran mérito de la
democracia, porque si ambos hubieran votado, habrían
materializado sus respectivas ideas, su voluntad y su
esperanza, a la vez que adquirían la facultad de
criticar las equivocaciones de sus elegidos, y a la vista
de ellas, determinar las propias decisiones para orientar
su comportamiento en el porvenir. El voto es una forma de
deshahogarse o mantener la ilusión de hacerlo cuando
llegue la ocasión de votar. Porque si reincidir en lo
que estimamos correcto encierra una satisfacción,
también puede satisfacernos rectificar un error.
El humor es una cosa muy seria. Fernando Vizcaíno Casas
es un humorista que lo comprende así y, por eso, se
muestra siempre sutil y delicado para que las cosas
serias puedan ser tratadas con humor. El humorista debe
calcular perfectamente las dosis respectivas para ser
piadosos y satírico a la vez, comprensivo y crítico,
fino sin exageración para que se le entienda, e irónico
sin pasarse con el fin de no herir con exceso al que
quiera sentirse ofendido. Pero, sobre todo, ha de ser
oportuno. Lo que en unas circunstancias o en un momento
pueda ser gracioso, reulta otras veces despaidado.
Fernando, escritor costumbrista e historiador de
realidades, utiliza un humor expontáneo y fácil, que
divierte sin lastimar, alecciona sin ofender y se
caracteriza siempre por el don de la oportunidad.
No obstante, tal vez ahora y desde ese pnto de vista, si
reeditara su libro «Las Autonosuyas», publicado en
1981, pudiera cambiarle el título por el de «Las
Autononuestras», porque se ha demostrado que el sistema
contenido en el Título VIII de la Constitución a todos
nos afecta de manera importante y puede dar lugar -según
se ha anunciado- a que llegue a crujir este edificio de
España cuya integridad tanto nos interesa.
No sé porqué, en ocasiones, me viene a la memoria
aquella película de los hermanos Marx en que,
enloquecidos y delirantes, solicitaban a gritos «más
madera», «más madera», para alimentar la caldera de
la locomotora e iban quemando hasta los propios vagones
del tren, en un proceso de avance a costa de una
autodestrucción evidente, que tal vez acabaría
privándoles a todos de la posibilidad de tomarse un
café al final del viaje.
Ese café para todos que pareció la solución más
inteligente y «pillina» pero que ahora nos exigiría
diponer de inmensos cafetales para atender las peticiones
y evitar las desigualdades.
Si a través de la obra de Fernando Vizcaíno Casas el
humor es la característica predominante, dentro del
libro que hoy presentamos hay que buscarlo en el brusco
contraste. Porque si bien «La sangre también es roja»
es una novela en la que los personajes se mueven y
entrelazan cons us conflictos, sus temores o sus
ilusiones, lo importante no es ese argumento en que
también brilla como un milagro la llama de un amor
juvenil, sino el ambiente donde se desarrolla la trama y
que Fernando describe con terrible realismo, sin
demasiadas ocasiones para que aparezca el humor, aunque
tambien se descubra de vez en cuando.
Sabino Fernández Campo
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