Alegoría política

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Alegoría política nº 82

Por J.L. Calleja

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Alegoría política

Más que novela, la última obra de Angel Palomino -Bosnios para un nuevo Guernica-es un relato apólogo, una alegoría política y, tal vez, un gran favor a los vascos, esos españoles tan españoles que alguien nada sospechoso de patriotero, Américo Castro, los clasificó como archicastellanos. Ese favor sería el de que, gracias a este libro, se comprendiera en las Vascongadas lo que allí podría ocurrir si los que han perdido la cabeza no se ponen pronto a buscarla, en vez de creer que la tienen en su sitio.

Palomino nos ponde ante una posible tragedia, a través de un relato compuesto con arte, humor e intención. El humor no es un ingrediente frívolo. Según aquilino Duque, es, casi, un conservante, una garantía de perennidad en la litertura. Y Fernández de la Mora ha señalado el humor entre las forms de evasión dignas de interés y reflexión. La intención de Pañomino es lo más importante de esta obra suya, lo mismo que otras fantasías políticas como los Viajes de Gulliver o La Utopía. Cosa distinta fue que «la puereza del lenguaje, el fino humorismo y la potencia descriptiva y dramática del diálogo», como dijo G. Lupi de La Utopía, lograran que lo que tienen de ameno cuento esos cifrados ´simbolos fuera lo que mejor quedó en la memoria popular. También en Bosnios para un nuevo Guernica podría suceder lo propio. Su positivo interés puede distraer de los matices y malicias de esta historia-presagio, sentida, reída y llorada; adivinación satírica del trágico absurdo que podría provocar uno de esos calambrs raciales que, a veces, electrizan a los pontífices de los nacionalismos.

Palomino es un humorista que toma el humor en serio, que es como hay que ejercer de humorista para codearse con Wilde, Camba, Fernández Flórez o Chesterton. Los novelistas ajenos al humor, o no caracterizados por el humor, como Pereda, Galdós o Toslstoi, montan piezas imaginadas, en un conjunto; en un cuadro que parece real. El narrador humorista suele hacer lo contrario: toma piezas realies, despieza la realidad, para montar esas piezas reales en un conjunto que parece una ocurrencia. Es lo que hace Pañomino en este libro inquietante. Las piezas que arranca del espectáculo socio-político real las monta de manera que parecen ocurrencias; pero ocurrencias terribles, como bromas entre bombas. Probablemente no es exagerado decir que el mayor demoledor y despedazador de este siglo, gran tambor del humor, fue Picasso. Picasso fue un hacha en cuanto se propuso; también en humorismo: un hacha que desmonta y despedaza la verdad montándola después como disparate. Grna parte de la obra de Picasso es risa destructora con los colmillos al aire.

También Palomino enseña los colimillos cuando parece que se ríe en su historia-presagio. Por ejemplo, cuando un personaje suyo ordena al ejército actuar… quieto, firmemente quieto; o cuando el mando vacila entre emprender una marcha relámpago y una marcha errabunda; o cuando empieza la novela nada menos que con el fusilamiento del Presidente del PNV por los jóvenes ateos y marcistas de una milicia revolucionaria del Nervión.

Bosnios para un nuevo Guernica es la explicación de este comienzo tragicómico, desarrollando, como argumaneo, una guerra consecuencia de dogmas y hábitos implantados y constituídos en España desde hace veinte años. A esta guerra, el editor la llama balcánica y falsificada. pero no es tan falsificada porque la moneda que lo es nunca vale lo que dice, mientras que el fratricidio que Palomino vislumbra ocurre sobre un supuesto histórico verosímol, montanto con piezas reales y lógica exacta; con los datos militares, religiosos y civiles que palpamos hoy. Para decirlo con sabor a Ortega, esta novela de Pañomino es el horóscopo del País Vasco y muestra circunstancia. Un horóscopo que puede cumplirse.

Ese horóscopo lo observa el astrólogo escrutando las constelaciones influyentes, que son esos datos reales, más que los personajes; que no alcanzan relieve novelesco ni psicológico, como tampoco Gulliver y Utopus son caracteres estudiados sin vehículos y espedjos de la fantasía política de Jonathan Swift y Tomás Moro. Son tantos y tan varios los vehículos y los espejos que, como personajes, usa palomino, que aportan una variedad de perspectivas y un caudal narrativo que recuerdan El día más largo, la historia-reportaje multitestimonial del enorme desembarco en Normandía.

Muy notable es la elasticidad literaria de Palomino, de quien puede decirse, con justeza, la frase «escribe como quiere»: con la consición de un clásico, con solemnidad socarrona, con descaro chulesco, con ternura, como venga a cuento. pero no es seguro que escribiera risueñamente todo este libro; ni lo es que pretenda hacernos temblar sólo de risa. Lo seguro es que hace falta mucho corjae para escribir, hoy, este aviso general.



Juan Luis Calleja



 

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