Alegoría
política
Más
que novela, la última obra de Angel Palomino -Bosnios
para un nuevo Guernica-es un relato apólogo, una
alegoría política y, tal vez, un gran favor a los
vascos, esos españoles tan españoles que alguien nada
sospechoso de patriotero, Américo Castro, los clasificó
como archicastellanos. Ese favor sería el de que,
gracias a este libro, se comprendiera en las Vascongadas
lo que allí podría ocurrir si los que han perdido la
cabeza no se ponen pronto a buscarla, en vez de creer que
la tienen en su sitio.
Palomino nos ponde ante una posible tragedia, a través
de un relato compuesto con arte, humor e intención. El
humor no es un ingrediente frívolo. Según aquilino
Duque, es, casi, un conservante, una garantía de
perennidad en la litertura. Y Fernández de la Mora ha
señalado el humor entre las forms de evasión dignas de
interés y reflexión. La intención de Pañomino es lo
más importante de esta obra suya, lo mismo que otras
fantasías políticas como los Viajes de Gulliver o La
Utopía. Cosa distinta fue que «la puereza del lenguaje,
el fino humorismo y la potencia descriptiva y dramática
del diálogo», como dijo G. Lupi de La Utopía, lograran
que lo que tienen de ameno cuento esos cifrados
´simbolos fuera lo que mejor quedó en la memoria
popular. También en Bosnios para un nuevo Guernica
podría suceder lo propio. Su positivo interés puede
distraer de los matices y malicias de esta
historia-presagio, sentida, reída y llorada;
adivinación satírica del trágico absurdo que podría
provocar uno de esos calambrs raciales que, a veces,
electrizan a los pontífices de los nacionalismos.
Palomino es un humorista que toma el humor en serio, que
es como hay que ejercer de humorista para codearse con
Wilde, Camba, Fernández Flórez o Chesterton. Los
novelistas ajenos al humor, o no caracterizados por el
humor, como Pereda, Galdós o Toslstoi, montan piezas
imaginadas, en un conjunto; en un cuadro que parece real.
El narrador humorista suele hacer lo contrario: toma
piezas realies, despieza la realidad, para montar esas
piezas reales en un conjunto que parece una ocurrencia.
Es lo que hace Pañomino en este libro inquietante. Las
piezas que arranca del espectáculo socio-político real
las monta de manera que parecen ocurrencias; pero
ocurrencias terribles, como bromas entre bombas.
Probablemente no es exagerado decir que el mayor
demoledor y despedazador de este siglo, gran tambor del
humor, fue Picasso. Picasso fue un hacha en cuanto se
propuso; también en humorismo: un hacha que desmonta y
despedaza la verdad montándola después como disparate.
Grna parte de la obra de Picasso es risa destructora con
los colmillos al aire.
También Palomino enseña los colimillos cuando parece
que se ríe en su historia-presagio. Por ejemplo, cuando
un personaje suyo ordena al ejército actuar
quieto, firmemente quieto; o cuando el mando vacila entre
emprender una marcha relámpago y una marcha errabunda; o
cuando empieza la novela nada menos que con el
fusilamiento del Presidente del PNV por los jóvenes
ateos y marcistas de una milicia revolucionaria del
Nervión.
Bosnios para un nuevo Guernica es la explicación de este
comienzo tragicómico, desarrollando, como argumaneo, una
guerra consecuencia de dogmas y hábitos implantados y
constituídos en España desde hace veinte años. A esta
guerra, el editor la llama balcánica y falsificada. pero
no es tan falsificada porque la moneda que lo es nunca
vale lo que dice, mientras que el fratricidio que
Palomino vislumbra ocurre sobre un supuesto histórico
verosímol, montanto con piezas reales y lógica exacta;
con los datos militares, religiosos y civiles que
palpamos hoy. Para decirlo con sabor a Ortega, esta
novela de Pañomino es el horóscopo del País Vasco y
muestra circunstancia. Un horóscopo que puede cumplirse.
Ese horóscopo lo observa el astrólogo escrutando las
constelaciones influyentes, que son esos datos reales,
más que los personajes; que no alcanzan relieve
novelesco ni psicológico, como tampoco Gulliver y Utopus
son caracteres estudiados sin vehículos y espedjos de la
fantasía política de Jonathan Swift y Tomás Moro. Son
tantos y tan varios los vehículos y los espejos que,
como personajes, usa palomino, que aportan una variedad
de perspectivas y un caudal narrativo que recuerdan El
día más largo, la historia-reportaje multitestimonial
del enorme desembarco en Normandía.
Muy notable es la elasticidad literaria de Palomino, de
quien puede decirse, con justeza, la frase «escribe como
quiere»: con la consición de un clásico, con
solemnidad socarrona, con descaro chulesco, con ternura,
como venga a cuento. pero no es seguro que escribiera
risueñamente todo este libro; ni lo es que pretenda
hacernos temblar sólo de risa. Lo seguro es que hace
falta mucho corjae para escribir, hoy, este aviso
general.
Juan Luis Calleja
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