LIBROS: El
Archipiélago Orwel
Rosúa,
Mercedes. El Archipiélago Orwell. Grupo Unisón
Ediciones. Madrid, 2002, 488 páginas.
La implantación del comunismo en China en 1949, después
de una prolongada guerra civil, en cuyo desenlace jugó
un importante papel la incomprensión del problema por
parte del gobierno de los Estados Unidos
miembros de la Secretaría de Estado veían en Mao Tse
tung, no un marxista leninista, sino a un «reformador
agrario»-, supuso la realización de los experimentos
sociales de consecuencias más desoladoras en la historia
de la humanidad. Ante la magnitud de los datos que se
conocen hoy, es muy posible que, en número de víctimas,
se superase incluso las terribles cifras del estalinismo.
Sobre dichas consecuencias trágicas existen
numerosísimos testimonios no sólo de estudiosos
occidentales, sino originales chinos.
Pero el libro de la doctora Rosúa, catedrática de
Lengua y Literatura, supone el enfoque del problema desde
perspectivas nuevas, en gran parte desconocidas. La
autora no sólo ha sido una estudiosa de las
consecuencias del «Gran Salto adelante», la campaña de
«Las cien flores» o la «Revolución Cultural», sino
que vivió y enseñó en China durante varios años en
plena efervescencia de la misma, experimentando
personalmente en la vida cotidiana de diferentes centros
de enseñanza los terribles efectos de la más gigantesca
campaña de agitación de masas en la historia humana.
El título del extenso y apretado libro es sumamente
acertado . Las premoniciones de Orwell en su más
conocida obra: «1984» inspiradas en su época
indudablemente en el estalinismo, con su «lavado de
cerebro" sobre las masas, el dominio y control total
de la mente, no sólo fueron llevadas a la realidad en la
China maoista, sino que superan las predicciones
orwelianas. De forma más absoluta, si cabe, en el
control del pensamiento, en el uso del «doblepensar»,
de la neolengua, sin necesidad de utilizar instrumentos
técnicos como los descritos en la fantasía de Orwvell,
como las máquinas repetitivas, o la especie de
televisores-receptores vigilando la intimidad. No, la
«revolución cultural», y el culto al nuevo «gran
hermano orwelliano» -Mao- y a las consignas cambiantes
del partido, se impone sin necesidad de técnica, sino de
modo más eficaz, mediante el control y la sumisión
total de las conciencias. Y cuando el ser humano se
convierte en esclavo mediante la sumisión total del
propio pensamiento, sólo cabe el suicidio como escape a
la auto-tiranía controladora.
Mercedes Rosúa, a lo largo de la obra, extensa y
sumamente apretada como antes decíamos, ofrece numerosos
ejemplos por ella vividos en diferentes centros de
enseñanza del Estado chino verdaderamente
estremecedores. El control del pensamiento, la sumisión
a las normas y consignas impuestas por el partido ofrecen
paralelismos increibles con el «1984» de Orwell. Así
las consignas del odio contra los que ayer eran líderes
y camaradas de armas del presidente Mao y ejemplo para el
partido comunista, constituyen el más fiel reflejo de la
«semana del odio» orweliana. De golpe un
ultraizquierdista como el íntimo amigo, seguidor y fiel
discípulo del déspota Mao, cual era Lin Piao, se
transforma en el reptil más venenoso y repugnante; el
comunista puro y ejemplo para el partido pasa a ser un
ultraderechista rabioso, fascista, traidor que busca la
restauración del capitalismo. Rosúa asiste a sesiones
donde se corean las consignas, donde se siguen
furibundamente, sin que quepa la más mínima reserva
mental, no ya contra Confucio y Mencio cuyas obras así
como la cultura clásica deben ser destruidas, sino
contra los políticos, profesores, intelectuales del
partido, acusados de revisionismo, oportunismo y de
traidores al proletariado, al campesinado, y enemigos del
pueblo.
Se exalta con lo que nos parecería verdadero
infantilismo, sino fuese algo trágico, a héroes
populares para los que se intentan leyendas e historias
magnificadoras de su papel en circunstancias heroicas.
Así se habla de un alumno que se lanza sin vacilar entre
las llamas de un incendio para salvar los bienes del
Estado. Al recobrar el conocimiento en el hospital, lo
primero que preguntó fue «¿Cómo están los bienes del
Estado?»
En una especie de catecismo laico maoista, el profesor
escribe en una pizarra lo que no es correcto, utiliza la
neolengua para la doble expresión de conceptos antaño
burgueses, y repite sin cesar temas memorizados,
preguntando al alumno: «¿Eres tu buen alumno del
presidente Mao?. Si lo soy. ¿Por qué? Porque estudio
todos los días las obras escogidas del presidente Mao»
Los ejemplos por ella vividos ofrecidos por la autora en
el Instituto de Lenguas Extranjeras, en otros centros en
Pekín, en Xian, en el Hotel de la Amistad entre los
Pueblos, etc. resultan abrumadores. Rosúa penetra hasta
lo más íntimo en la mentalidad china más que
deformada, creación de nuevo cuño, del maoismo. Mao
admira al mítico emperador Shi Huang ti, pero lo supera
en su crueldad en la consecución no del poder material,
sino en la consecución del hombre nuevo. Los
experimentos anteriores tan terribles de Lenin y de
Stalin en esa consecución de un nuevo especímen, el
«homo sovieticus», son trascendidos en extensión y en
profundidad. Mientras tanto los oráculos occidentales
del progresismo como «Le Monde» no sólo ignoraban el
sin número de atrocidades, sino que ponían de relieve
la aportación de los nuevos valores a la busqueda de la
sociedad sin clases.
El fracaso en el tema específlco que llevó a la autora
a residir en China esos años, el de la cultura,
concretamente el de formación de profesores, traductores
e intérpretes, es total. El desastre causado por la
«revolución cultural» en su persecución a los
antiguos profesores conocedores de idiomas, acusados de
traidores, renegados, burgueses, derechistas, atacados
aún con más furor si ocuparon puestos en el partido,
desterrados al campo, humillados, o destinados a limpiar
letrinas y trabajos semejantes, dejaron en cuadro a los
aprendices de idiomas, con un nivel ínfimo, para elevar
el cual no sirven las consignas repetitivas del libro
rojo de Mao. Este utilizado de forma tan grotesca para
querer dar más calidad a la fundición de objetos
domésticos, únicamente no fue utilizado en las plantas
de energía nu-clear, o en la aviación, pues los aviones
y los edificios, por mucho que cueste admitirlo, no se
sostienen en el aire aplicando sólo los pensamientos
maoistas.
Después de la extensísima parte del libro destinada al
análisis del archipiélago Orwell, la autora extrae
conclusiones aplicables a España, y que por su enjundia
merecerían una obra aparte. Resulta verdaderamente
trágico el comprobar, como demuestra fehacientemente
Rosúa analizando la situación de la educación en
España, la terrible similitud con la exposición maoista
provocada por la experiencia socialista española.
Acertadamente expone que la extensión del desastre
intelectual de la reforma educativa comenzada en los
ochenta dispuso de una fuerza de choque que se investía
a si misma con todos los atributos de la falsa ciencia,
con el monopolio de la modernidad, imponiendo una
innegable dictadura a favor de las utopías. Entre las
medidas dictatoriales adobadas con la ignorancia, la
ridiculez y la necedad, figura de forma destacada la
imposición de esa neolengua orwelliana, con el aluvión
de palabras desprovistas de su verdadero sentido y
utilizadas en el «doblepensar»: curricular,
transversal, habilidades y destrezas, estrategias
didácticas, instrumento, taller, herramientas....
sustitución de conceptos de fácil comprensión y
claridad inequívoca como recreo, por segmento de ocio,
etc. etc. Acogidas también con gran gozo, por sentar
aureola de progresismo por el presidente de la comunidad
de Madrid, hombre tan proclive a hacer suyo cualquier
planteamiento de izquierda, siempre que tenga resonancia
propagandística, como es el control de la reforma
educativa. Aún correspondiendo a un partido en principio
distante del socialismo neo marxista-capitalista, pero
ambos coincidentes, hasta ahora, en la aplicación
totalitaria en la enseñanza de la utopía más absurda e
irreal, a pesar del riesgo de formar generaciones de
ignorantes, cada vez más acentuados en esa ignorancia
enciclopédica que envuelve inmisericordemente a gran
parte de la juventud actual.
El nuevo proceso totalitario, señala Rosúa, dispone una
especial animosidad contra la grandeza. una perversión
del término democracia y una imposición generalizada
del gregarismo y del anonimato. Apunta todas sus
baterías, concluye la autora, hacia la anulación del
individuo y no advierte que, con él, elimina la fuente y
raíz fundamental del progreso y la aventura humana.
A. Maestro
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