El
neoliberalismo, la derecha y lo político
1.
Aquello que con tanta impropiedad como intención se
denomina «a la derecha» se ha convertido, como el
socialismo utópico y el liberalismo político en el
siglo XIX, en el chivo expiatorio de la política
superideologizada que se impuso en Europa desde el fin de
la I guerra mundial. Entre tanto, «la izquierda», como
todo el mundo sabe, se ha erigido en administradora
«urbi et orbe» de la culpa y la penitencia del
hemisferio político rival. La izquierda,
consecuentemente, ha devenido el patrón de la verdad
política; así pues, imperando universalmente la
opinión pública, su infalibilidad no puede tomarse a
broma. Por otro lado, la retahíla de verdades
establecidas y neoconceptos políticos alumbrados por el
«siglo socialista» no tiene cuento.
Removidas en su dignidad académica las disciplinas
políticas polares (el Derecho político y la Filosofía
política), caracterizadas por un rigor y una precisión
terminológicas que hoy se nos antojan, al menos de
momento, inigualables, el problema radical que atenaza al
estudioso de la Ciencia política tiene una índole
epistemológica, pues las palabras fallan en lo esencial
y ni siquiera alcanzan, abusadas, a denunciar realidades.
Agotado hasta la médula el lenguaje político de la
época contemporánea, nadie que aspire a un mínimo
rigor intelectual debe apearse del prejuicio de que «ya
nada puede ser lo que parece». En esta actitud
espiritual, dolorosamente escéptica por lo demás,
descansa probablemente la más incomprendida de las
mentalidades políticas, la del Reaccionario, que casi
todo el mundo contrapone equívocamente al vicio del
pensamiento político conocido como progresismo.
2. En las circunstancias actuales, configuradoras, como
recordaba no hace mucho Dalmacio Negro, de una «época
estúpida», lo último que se debe hacer, por tanto, es
confiar en el sentido inmaculado de las palabras. Todas
mienten, algunas incluso matan o, cuando menos, podrían
inducir al suicidio colectivo, no ya de un partido o
facción, sino de la «unidad política de un pueblo».
Hay empero raras excepciones en la semántica política
que curiosamente conducen al pensamiento hacia los
dominios de la teología política (politische Theologie)
cultivada por Carl Schmitt, Alvaro d'Ors y unos pocos
más escritores europeos. Parece que en dicha instancia
todavía conservan los conceptos su sentido. De la
importancia radical de lo teológico político, reñida
con la consideración que estos asuntos merecen de una
opinión pública adocenada, pueden dar buena cuenta los
esfuerzos del llamado republicanismo (Republicanism) para
acabar con toda teología política, uno de cuyos
postulados trascendentales es que todo poder humano es
limitado, lo detente el Amigo del pueblo, el Moloch
fiscal, la Administración social de la eurocracia de
Bruselas o los guerreros filantrópicos neoyorquinos de
la Organización de las Naciones Unidas. Este nuevo
republicanismo, ideología cosmopolítica inspirada en el
secularismo protestante adonde está llegando en arribada
forzosa el socialismo académico, no tiene que ver
únicamente con el problema de la forma de gobierno.
Alrededor suyo, más bien, se ha urdido un complejo de
insospechada potencia intelectual, un internacionalismo
usufructuario de los viejos poderes indirectos, cuya fe
se abarca con las reiterativas y, como recordaba Michel
Villey, antijurídicas declaraciones universales y
continentales de derechos humanos. Todo sea para arrumbar
la teología política, reducto ultramínimo, junto al
realismo y al liberalismo políticos tal vez, de la
inteligencia política y la contención del poder. Ahora
bien, este republicanismo cosmopolítico, que
paradójicamente quiere moralizar una supuesta política
desteologizada, no es otra cosa que una política
teológica, íncubo famoso y despolitizador progeniado
por Augusto Comte con más nobles intenciones.
3. A medida que el mito de la izquierda, el último de
los grandes mitos de la vieja política, va
desprendiéndose del oropel, los creyentes se ven en la
tesitura de racionalizar míticamente el fracaso de su
religión política secular. Una salida fácil, bendecida
por casi todos, especialmente por los agraciados con
alguna canonjía internacional, encuéntrase precisamente
en el republicanismo mundial y pacifista, sombra
ideológica de la globalización económica. Vergonzantes
lectores del Librito Rojo y apóstatas venales de la
acción directa predican ahora el amor fraternal en las
altas esferas supraestatales y salvan de la opresión a
los pueblos oprimidos, recordando a Occidente, una vez
más, su obligación de «mourir pour Dantzig!». Estas
actitudes pueden dar o acaso continuar el argumento de
las vidas personales de los «intelectuales
denunciantes», como llamaba Fernández-Carvajal a los
«soixante huitards», mas resultan poca cosa para
contribuir al sostenimiento de la paz y la armonía
mundiales. Tal vez para equilibrar la balanza se ha
postulado con grande alarde la «tercera vía», postrera
enfermedad infantil del socialismo, como aconsejaría
decir el cinismo de Lenin. Ahora bien, esta
prestidigitante herejía política se había venido
configurando a lo largo del siglo XX, aunque a saltos y
como por aluvión. Pero no tiene porvenir esta huida del
mito hacia el logos; otra cosa es que el intelectual,
obligado por su magisterio, lo crea posible. Esta suerte
de aventuras intelectuales termina habitualmente en la
formación de ídolos.
Aunque de momento no lo parezca, a juzgar sobre todo por
los artistas e intelectuales que marcan la pauta, la
izquierda ha dejado ya de ser sujeto de la historia.
¿Cómo se explica, pues, su paradójica huida de los
tópicos que constituyen su sustrato histórico? ¿A
dónde emigra? ¿Alguien le ha encomendado a la izquierda
por otro lado, la custodia de las fronteras de la
tradición política europea? La respuesta conduce a la
inteligencia de la autoelisión de la derecha.
Suena a paradoja, pero la huida mítico-política de la
izquierda contemporánea parece tener como meta el
realismo y el liberalismo políticos. Este proceso,
iniciado hace casi treinta años con la aparición en
Italia de los primeros schmittianos de izquierda, está
llamado a marcar la política del primer tercio del siglo
XXI. No cabe esperar que pueda ventilarse antes la
cuestión de la herencia yacente de la política europea.
Ahora bien, lo decisivo aquí, la variable independiente
valdría decir, no es el derrotero que marque la
izquierda, pues, arrastrada por la inercia, apenas tiene
ya libertad de elección. Como en otras coyunturas
históricas, heraldos de un tiempo nuevo, lo sustantivo o
esencial tendrá que decidir sobre todo lo demás.
El horizonte de las empresas políticas del futuro se
dibuja sobre las fronteras del Estado como forma
política concreta de una época histórica. El
«movimiento», la corrupción que tiraniza todos los
asuntos humanos, liga a la «obra de arte» estatal con
los avatares de las naciones, de las generaciones y, de
manera especial, a los de la elite del poder. La virtud
de sus miembros, la entereza de carácter, incluso el ojo
clínico político determinan, como advirtió Pareto, el
futuro de las instituciones políticas; a veces, como ha
sucedido en España, también su pasado.
4. Precisamente, el cinismo sociológico paretiano -a una
elite sucede otra elite, a un régimen otro régimen,
etcétera- ayuda a comprender mejor la autoelisión de la
derecha. La circulación de las elites coincide
actualmente con el ocaso de la mentalidad
político-ideológica, representada por el izquierdismo y
el derechismo. En términos generales, la situación
tiene algún parangón con la mutación de la mentalidad
político-social, propia del siglo XIX. Entonces, las
elites políticas e intelectuales, atenazadas por los
remordimientos, evitaron, con muy pocas excepciones,
tomar decisiones políticas. Llegó incluso a
considerarse ofensivo el marbete «liberal»,
especialmente después de las miserables polémicas que
entre 1870 y 1900 estigmatizaron el liberalismo
económico. Son famosas las diatribas con que el
socialista de cátedra Gustav Schmoller, factótum de la
Universidad alemana, mortificó al pacífico profesor de
economía vienés Karl Menger. Así pues, aunque los
economistas se mantuvieron beligerantes -escuela de
Bastiat y Molinari-, los hombres políticos del momento
iniciaron transición al liberalismo social o
socialliberalismo. La defección léxica estuvo
acompañada de un gran vacío de poder, pues la elite
europea había decidido no decidir; entre tanto, los
aspirantes a la potestad, devenida res nullius.
acostumbrados a desempeñar el papel de poder indirecto,
que nada se juega y nada puede perder en el arbitrismo,
creyeron que la política era sólo cuestión de buenas
intenciones.
El mundo político adolece hoy de un vacío de poder
semejante a aquel. La derecha, según es notorio, ha
decidido suspender sine die toda decisión, mientras que
la izquierda, jugando sus últimas bazas históricas,
busca refugio en el plano de la «conciencia crítica de
la sociedad». En cierto modo, Daniel Bell ya se ocupó
de las consecuencias de este vacío de poder o
«anarquía» en su famoso libro Sobre el agotamiento de
las ideas políticas en los años cincuenta (1960). Al
margen de su preocupación por la configuración de una
«organización social que se corresponda con las nuevas
formas de la tecnología», asunto entonces en boga, y,
así mismo, con independencia de la reiterativa lectura
de esta obra miscelánea en el sentido del anuncio del
fin de las ideologías, Bell se aproximó a la realidad
norteamericana de la izquierda para explicar su
premonitorio fracaso. El movimiento socialista, del que
dice que fue un sueño ilimitado, «no podía entrar en
relación con los problemas específicos de la acción
social en el mundo político del aquí y del ahora, del
dar y tomar». La aparente ingenuidad de estas palabras
condensa empero una verdad política: nada hay que
sustituya al poder.
6. El florentinismo político de la izquierda, que en
esto, como en otros asuntos, ha tenido grandes maestros,
ha distinguido siempre, más o menos abiertamente, entre
el poder de mando o poder político en sentido estricto,
el poder de gestión o administrativo y el poder
cultural, espiritual o indirecto. La derecha, en cambio,
más preocupada por la cuestiones sustanciales y no de la
mera administración táctica y estratégica de las bazas
políticas, ha abordado el asunto del poder desde la
óptica de la casuística jurídica política:
legitimidad de origen y de ejercicio; reglas de derecho y
reglas de aplicación del derecho; etcétera. La
izquierda, además, ha sabido desarrollar una
extraordinaria sensibilidad para detectar en cada momento
la instancia decisiva y neutralizadora de las demás
-pues el dominio sobre aquella siempre lleva implícito
el usufructo indiscutido de la potestad-. De ahí que
nunca haya perdido de vista desde los años 1950 lo que
Julien Freund llamó «lo cultural».
En parte por azar, en parte por sentido de la política
(ideológica), la izquierda europea más lúcida hace
años que ha emprendido su peculiar reconversión a lo
político, acaso para no quedarse fuera de la historia.
Lo curioso es que este movimiento de la opinión se ha
visto favorecido, cuando no alentado, por la
«autoelisión de la derecha» o, dicho de otra manera,
por la renuncia a lo político practicada sin motivo y
contra natura por sus próceres.
La izquierda europea, depositaria del poder cultural y
sabedora de la trascendencia del poder de mando,
permítese abandonar o entregar magnánimamente a otros
el poder de gestión o administrativo, si no hay más
remedio y siempre pro tempore, naturalizando el espejismo
de que ya no hay grandes decisiones políticas que
adoptar. Resulta fascinante, por tanto, desde un punto de
vista netamente político, el examen de lo que parece
formalmente una repolitización de la izquierda, que en
los próximos años, si bien a beneficio de inventario,
podría culminar la apropiación intelectual del realismo
y del liberalismo políticos, dejando al adversario
-neoliberalismo, liberalismo económico,
anarcocapitalismo- que se las vea en campo franco y a
cuerpo descubierto con la «ciencia triste». Aflorarán
entonces las consecuencias del abandono neoliberal de lo
político.
Jerónimo Molina
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