Razón Española, nº 116; LIBROS: Les Libéraux

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LIBROS: Les Libéraux. nº 116

Comentarios de Jerónimo Molina al libro de P. Manent.

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LIBROS: Les Libéraux

Manent, Pierre: Les Libéraux. Gallimard, París, 2001, 891 págs.



El profesor Manent es actualmente Director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Tiene tras de sí una muy acreditada trayectoria intelectual, en la que predominan los temas de la filosofia política liberal, por él sistematizada sugestiva y provocadoramente en su librito Histoire intellectuelle du libéralisme (1994). Para este discípulo de Raymond Aron, el liberalismo constituye «la base permanente de la política moderna», lo que le ha obligado a un amplio arqueo espiritual, que arranca en Maquiavelo y concluye en el liberalismo triste de Tocqueville. Mucho debe Manent al pensamiento de este último, al cual tributó hace veinte años su bello ensayo Tocqueville et la nature de la démocratie (1982).

Cuando promediados los años 80 todavía vivía la politica Europa de las expectativas generadas por la Revolución conservadora anglosajona, Manent adquirió cierta notoriedad en Francia con la edición en 1986 de una obra divulgadora del pensamiento liberal: Les libéraux (2 vols.) Apenas si había comenzado en su patria la puesta en valor de unas doctrinas cuya existencia ha sido siempre precaria, al menos desde el punto de vista de la acción política y los regímenes de que esta última se encarna. El liberalismo de gobierno contemporáneo, en sus diferentes versiones (thatcherismo, reaganomics), rechazó con contundencia el consenso socialdemócrata y los por Fourastié llamados Treinta años gloriosos. España fue, a su parecer, la mejor expresión de ese nuevo estado de cosas, pues incluso el «partido socialista se dispuso a enseñar las instituciones liberales y las leyes del mercado mundial al pueblo europeo que ha sido más cruelmente desgarrado por el conflicto entre el Antiguo Régimen y la Revolución» (pág. 9.) Desde finales de los 90 se ha revertido el ciclo: aunque no puede hablarse en rigor de un consenso neoliberal, ha llegado la hora de denunciar sus excesos según la propaganda tonta que alienta el movimiento antiglobalización, contribuyendo, por cierto, a desubstanciar algunas de sus buenas razones. Ello justifica para el autor la reedición de esta antología, que muy oportunamente aparece ahora en un único volumen muy manejable, a pesar de sus casi 900 páginas.

Una empresa de este tipo constituye siempre una tarea de resultado incierto, pues la selección, necesariamente restringida y a veces tiranizada por los prejuicios nacionales, siempre encontrará alguien dispuesto a cuestionarla. Quien guste de las comparaciones puede cotejar la antología en VI tomos de Bramsted y Melhuish, El liberalismo en occidente, editada en España a principios de los 80, con la de Manent, que resulta en último análisis preferible. El criterio de aquellos resulta demasiado laxo, pues incluye en la nómina liberal a socialistas como Keynes y Beveridge. El argumento central desarrollado por Manent en la introducción es el liberalismo como pensamiento crítico, cuyo contenido resume en tres notas esenciales: la separación del poder y la opinión; el derecho natural como garante de la tríada seguridad-propiedad-libertad; y la concepción del comercio como una forma de cultura o vida. Como pensamiento crítico aspirante a detentar el gobierno opúsose desde el siglo XVIII al Antiguo régimen; en el siglo XXI, una vez recuperado el sentido de lo político, puede esperarse que se enfrente también al Estado socialdemócrata -siempre que no lo extravíe el romanticismo de los Republicans-. Esta situación define al liberalismo como una expresión singular del genio político europeo, del cual forma parte también la desviación estatólatra del socialismo, inicialmente tan contraria al estatismo como el propio liberalismo (pág. 17.) Tal vez la lucha entre liberalismo y socialismo no sea, finalmente, sino una manifestación del proceso de radicalización de la forma política moderna. La estatificación, lejos de promover el eclipse del mando personal, leitmotiv de liberales y socialistas, lo activa a propósito del mercado. Para los liberales, este último excluye la lógica de la dominación; para los socialistas resulta inseparable de ella. El problema encontraría empero una solución pretendidamente racional, pues «al mismo tiempo que el mercado profesionaliza el mando, el Estado substituye el mando por el conocimiento». El saber social producido por el Estado -hoy administrar consiste en producir estadística- conviértese en un bien. En este punto rebasa Manent los límites de lo político, pues apela a una suerte de tecnocracia de signo económico. A pesar de su confianza en la competitividad, en la que se hallaría el remedio liberal para la erosión del mando y la voluntad, Manent no osa trasladar a la política internacional el neutralismo que postula para la política interior. Al concluir la introducción se refiere, muy schmittianamente, por cierto, a que la actitud del Estado liberal agnóstico y neutral puede convertirse para muchos Estados, necesariamente, en una opinión enemiga (pág. 40.)

Los autores cuyos textos recoge Manent aparecen ordenados cronológicamente y agrupados en siete grandes apartados. Todos ellos constituyen una genealogía del liberalismo que puede aceptarse en términos generales y que arranca de la lucha por la tolerancia en Milton y Locke, y termina con el siglo XX, incluyendo textos de Mises, Hayek, Aron y de Jouvenel. Sin olvidar a los federalistas norteamericanos, a los doctrinarios franceses -Royer-Collard, Guizot-y a los economistas liberales -Smith, Say y Bastiat-. Cabría una objeción general, pues la mayoría de los autores son franceses o ingleses (o asimilables a alguna de estas dos tradiciones nacionales.) Si se limita el liberalismo a su expresión política y regalista, no siempre coincidente con la contraposición de los liberalismos anglosajón y continental, tal vez pueda reconocerse que Manent ha acertado en su selección. Pero bien mirado, eso excluiría toda posibilidad de un liberalismo hispánico, italiano o alemán, presunción no sólo antihistórica sino además antipolítica, pues reduce el liberalismo continental a la repetición de las doctrinas de los economistas de la Escuela de Paris.



Jerónimo Molina



 

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