LIBROS: Les
Libéraux
Manent,
Pierre: Les Libéraux. Gallimard, París, 2001, 891
págs.
El profesor Manent es actualmente Director de estudios en
la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Tiene
tras de sí una muy acreditada trayectoria intelectual,
en la que predominan los temas de la filosofia política
liberal, por él sistematizada sugestiva y
provocadoramente en su librito Histoire intellectuelle du
libéralisme (1994). Para este discípulo de Raymond
Aron, el liberalismo constituye «la base permanente de
la política moderna», lo que le ha obligado a un amplio
arqueo espiritual, que arranca en Maquiavelo y concluye
en el liberalismo triste de Tocqueville. Mucho debe
Manent al pensamiento de este último, al cual tributó
hace veinte años su bello ensayo Tocqueville et la
nature de la démocratie (1982).
Cuando promediados los años 80 todavía vivía la
politica Europa de las expectativas generadas por la
Revolución conservadora anglosajona, Manent adquirió
cierta notoriedad en Francia con la edición en 1986 de
una obra divulgadora del pensamiento liberal: Les
libéraux (2 vols.) Apenas si había comenzado en su
patria la puesta en valor de unas doctrinas cuya
existencia ha sido siempre precaria, al menos desde el
punto de vista de la acción política y los regímenes
de que esta última se encarna. El liberalismo de
gobierno contemporáneo, en sus diferentes versiones
(thatcherismo, reaganomics), rechazó con contundencia el
consenso socialdemócrata y los por Fourastié llamados
Treinta años gloriosos. España fue, a su parecer, la
mejor expresión de ese nuevo estado de cosas, pues
incluso el «partido socialista se dispuso a enseñar las
instituciones liberales y las leyes del mercado mundial
al pueblo europeo que ha sido más cruelmente desgarrado
por el conflicto entre el Antiguo Régimen y la
Revolución» (pág. 9.) Desde finales de los 90 se ha
revertido el ciclo: aunque no puede hablarse en rigor de
un consenso neoliberal, ha llegado la hora de denunciar
sus excesos según la propaganda tonta que alienta el
movimiento antiglobalización, contribuyendo, por cierto,
a desubstanciar algunas de sus buenas razones. Ello
justifica para el autor la reedición de esta antología,
que muy oportunamente aparece ahora en un único volumen
muy manejable, a pesar de sus casi 900 páginas.
Una empresa de este tipo constituye siempre una tarea de
resultado incierto, pues la selección, necesariamente
restringida y a veces tiranizada por los prejuicios
nacionales, siempre encontrará alguien dispuesto a
cuestionarla. Quien guste de las comparaciones puede
cotejar la antología en VI tomos de Bramsted y Melhuish,
El liberalismo en occidente, editada en España a
principios de los 80, con la de Manent, que resulta en
último análisis preferible. El criterio de aquellos
resulta demasiado laxo, pues incluye en la nómina
liberal a socialistas como Keynes y Beveridge. El
argumento central desarrollado por Manent en la
introducción es el liberalismo como pensamiento
crítico, cuyo contenido resume en tres notas esenciales:
la separación del poder y la opinión; el derecho
natural como garante de la tríada
seguridad-propiedad-libertad; y la concepción del
comercio como una forma de cultura o vida. Como
pensamiento crítico aspirante a detentar el gobierno
opúsose desde el siglo XVIII al Antiguo régimen; en el
siglo XXI, una vez recuperado el sentido de lo político,
puede esperarse que se enfrente también al Estado
socialdemócrata -siempre que no lo extravíe el
romanticismo de los Republicans-. Esta situación define
al liberalismo como una expresión singular del genio
político europeo, del cual forma parte también la
desviación estatólatra del socialismo, inicialmente tan
contraria al estatismo como el propio liberalismo (pág.
17.) Tal vez la lucha entre liberalismo y socialismo no
sea, finalmente, sino una manifestación del proceso de
radicalización de la forma política moderna. La
estatificación, lejos de promover el eclipse del mando
personal, leitmotiv de liberales y socialistas, lo activa
a propósito del mercado. Para los liberales, este
último excluye la lógica de la dominación; para los
socialistas resulta inseparable de ella. El problema
encontraría empero una solución pretendidamente
racional, pues «al mismo tiempo que el mercado
profesionaliza el mando, el Estado substituye el mando
por el conocimiento». El saber social producido por el
Estado -hoy administrar consiste en producir
estadística- conviértese en un bien. En este punto
rebasa Manent los límites de lo político, pues apela a
una suerte de tecnocracia de signo económico. A pesar de
su confianza en la competitividad, en la que se hallaría
el remedio liberal para la erosión del mando y la
voluntad, Manent no osa trasladar a la política
internacional el neutralismo que postula para la
política interior. Al concluir la introducción se
refiere, muy schmittianamente, por cierto, a que la
actitud del Estado liberal agnóstico y neutral puede
convertirse para muchos Estados, necesariamente, en una
opinión enemiga (pág. 40.)
Los autores cuyos textos recoge Manent aparecen ordenados
cronológicamente y agrupados en siete grandes apartados.
Todos ellos constituyen una genealogía del liberalismo
que puede aceptarse en términos generales y que arranca
de la lucha por la tolerancia en Milton y Locke, y
termina con el siglo XX, incluyendo textos de Mises,
Hayek, Aron y de Jouvenel. Sin olvidar a los federalistas
norteamericanos, a los doctrinarios franceses
-Royer-Collard, Guizot-y a los economistas liberales
-Smith, Say y Bastiat-. Cabría una objeción general,
pues la mayoría de los autores son franceses o ingleses
(o asimilables a alguna de estas dos tradiciones
nacionales.) Si se limita el liberalismo a su expresión
política y regalista, no siempre coincidente con la
contraposición de los liberalismos anglosajón y
continental, tal vez pueda reconocerse que Manent ha
acertado en su selección. Pero bien mirado, eso
excluiría toda posibilidad de un liberalismo hispánico,
italiano o alemán, presunción no sólo antihistórica
sino además antipolítica, pues reduce el liberalismo
continental a la repetición de las doctrinas de los
economistas de la Escuela de Paris.
Jerónimo Molina
|