LIBROS: La
corrupción y los gobiernos
Rose-Ackerman,
Susan: La corrupción y los gobiernos, trad. esp. ed.
Siglo XXI, Madrid, 2001, 366 páginas.
Este libro, aparecido en 1999, es desarrollo de una obra
anterior de la autora, Corruption (1978). Ahora insiste
en las negativas consecuencias de la corrupción sobre la
economía general, independientemente de la cuestión
ética. Esas consecuencias son limitación de la
inversión, aumento de las desigualdades sociales, y
disminución de la eficacia gubernamental y de la
rentabilidad de los productos nacionales. Estos análisis
empíricos se realizan, sobre todo, con datos de países
en vías de desarrollo y con los resultados de las
escandalosas privatizaciones en los países del
capitalismo de Estado (URSS y satélites).
La autora aborda la interesante cuestión de si la
corrupción es consustancial a las democracias, y
reconoce que «la necesidad de financiar las campañas
políticas introduce nuevos alicientes para favorecer
alicientes especiales que no existen en los regímenes
autocráticos». La solución que propone es un tanto
vaga y utópica: «crear mecanismos de veto y fuentes
independientes de poder político, administrativo y
judicial». Pero precisamente lo característico de las
democracias partitocráticas, que son la mayoría de las
actuales, es la asunción de todos los poderes por la
cúpula de los partidos y la eliminación de lo
independiente. Como recurso último, en un mundo de
mercados globalizados por las multinacionales, la
solución sería, según la autora, convencer a éstas de
que no paguen sobornos. Pero la realidad es que los
mayores sobornos proceden precisamente de las
multinacionales que operan sobre países menos
desarrollados. Y son, además, los sobornos más
difíciles de detectar (compras de armamento y medios de
transporte, permisos de instalación, privilegios
fiscales, créditos, etc.).
Los partidos políticos o son mínimos y
circunstanciales, como en Suiza, o son grandes
organizaciones. En este último supuesto necesitan
enormes sumas de dinero para sostener su burocracia
central y local, y para pagar las campañas electorales.
Esas sumas o provienen del Presupuesto del Estado, que
así convierte a los partidos en instituciones públicas
y a sus miembros en funcionarios, o provienen de
aportaciones de las grandes empresas (fórmula
norteamericana), o de la corrupción sistemática (caso
de Italia). En el supuesto primero, el gran capital
condiciona la política; en el segundo crece la
corrupción porque los agentes intermediarios reclaman su
porcentaje. Las partitocracias son necesariamente
corruptas. Esta es la cuestión que la «corrección
política« impide abordar a los tratadistas.
Obra documentada, certera en la crítica; pero muy débil
en las soluciones propuestas.
A. Landa
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