Razón Española, nº 116; Lo curioso de los imperios

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Lo curioso de los imperios

Por Santiago González-Varas Ibáñez

Discurso pronunciado por el Ministro de Obras Públicas, Sr. Fernández de la Mora, desde el balcón de la Diputación Provincial de Vizcaya en el aniversario de la liberación de Bilbao indice El neoliberalismo, la derecha y lo político

Lo curioso de los imperios

En Europa, los Estados históricos más importantes (por orden alfabético España, Francia, Gran Bretaña) han tenido ocasión de desarrollar un imperio.

Aunque el carácter o esencia de sus respectivos imperios ha sido desigual entre sí, observo sin embargo que en todos ellos existe algo en común: estos imperios modernos ya no se basan estricta o exclusivamente en una idea de imposición o sumisión, a diferencia de los más antiguos (adaptando una famosa frase de Einstein «empire cannot be kept by force, it can only be achieved by understanding«). La Edad Moderna, y en concreto España, enseñó que no bastaba con imponerse; era necesario saber convencer o persuadir. Los imperios empezaron a tener algo de marketing frente al exterior (1). Era la única forma de mantenerse. A los imperios español, francés o británico subyace un mito, un invento genial, en el fondo acaso una treta, de carácter propio o nacional pero de posible proyección internacional, lo que permite la deseada expansión en un momento histórico determinado:

El francés napoleónico se afirma en la defensa de la razón, lo que justifica saltar las fronteras nacionales para llevar la igualdad y la libertad a todos los hombres independientemente de su nacionalidad.

El imperio británico-americano encuentra su ratio en el libre comercio y la economía, lo que también le permite convencer fácilmente al resto de la bondad y de la necesidad de crear un espacio mundial sin fronteras en favor del mercantilismo.

También al soviético subyace un invento propio que se proyecta en el exterior: el mito irrefutable de la clase trabajadora, hecho que justifica igualmente la internacionalización desde la metrópoli rusa del proyecto de la defensa de la clase proletaria del mundo entero.

Y el español se identificó en su mayor medida con la defensa de la cristiandad y esto le permitió, igualmente, surcar los mares buscando almas que evangelizar.

En suma, cabezas, almas, bolsillos y proletarios hay en todas las partes del mundo.

Y si el imperio alemán no cuajó fue porque le faltó algo de esto, imaginación para inventar y convencer a los demás. Hubo ocasión en Alemania de apoyarse en una realidad interesante, y que nadie mejor que Thomas Mann nos ha explicado insistentemente, es decir el poderío de la disciplina artística y en especial de la musical. Alemania podría haber inventado algo original, aprovechando el torrente artístico del XIX, que le hubiera ayudado a su expansión lógica y natural. No sé muy bien cómo, pero sí en la línea del pensamiento, como digo, de por ejemplo Thomas Mann cuando decía que al medio ordinario o «normal» de representar la realidad a través de palabras se contrapone el método «alemán» de representación musical de la realidad circundante (2).

Habríamos todos ganado si, en vez del actual imperio americano (de baja calidad, ciertamente) se hubiera desarrollado un imperio en Europa de esta índole cultural o artística. Pero fue otra, por desgracia, la vía elegida por quien estuvo en condiciones de tomar el relevo. Fue sectario en su proyecto. Se basó en la idea de raza y concretamente la aria. Y, lógicamente, esto no convence a nadie. Sólo a los arios, claro, pero no a los demás.

Desde que domina el mundo Estados Unidos (desde 1945) ¿hemos descendido de nivel? A diferencia de los imperios precedentes, al imperio de nuestro momento le falta algo de calidad. Los Estados europeos, en su hegemonía universal, han realizado siempre aportaciones de interés desde un punto de vista cultural. El imperio americano aporta sobre todo películas y música pop. Y por eso el europeo medio sigue pasando la mayor parte de su tiempo con el arte anterior a la mitad del siglo XX. Pasamos nuestros mejores momentos con artistas fallecidos. Es una pena que sea así.

El imperio americano tiene su quicio en lo económico, siguiendo el buen hacer en este sentido de los ingleses.

Cada imperio se identifica con el desarrollo de una concreta «disciplina» (religiosa, económica, etc.). A partir de entonces la identificación del momento hegemónico con la disciplina o realidad subyacente (la fe, la economía, el proletariado, la razón) determinará la evolución posterior del país en cuestión. A partir de entonces la decadencia será vista o bien como consecuencia del abandono de dicho elemento ideológico que llevó al Estado a dicha situación hegemónica, o bien como consecuencia de que el Estado se aferró excesivamente a la defensa de dicho elemento sin haber sabido adaptarse a las nuevas corrientes ideológicas o de pensamiento.

De ahí que en nuestro país no hay intelectual que haya escrito sobre el tema de España que no haya topado con la Iglesia y la cuestión del especial arraigo del elemento católico entre nosotros. Dicho arraigo especial es para muchos, para bien o para mal, un hecho diferencial.

Sería por otra parte ocioso citar los numerosos ejemplos en nuestra historia de personalidades que han obtenido la vida sempiterna a costa de defender a capa y espada los valores de la cristiandad y el catolicismo.

La extremada presencia de lo católico explicaría que se hayan perfilado claramente dos posiciones, interesantes desde el punto de vista del tema de España.

Para algunos el catolicismo se correspondería con la propia esencia de España y estaría vinculado a aquello que en su momento habría logrado históricamente convertir a España en primera potencia. Los mejores pe-ríodos de nuestra historia, estarían así asociados al proyecto de defensa de la fe católica. La decadencia vendrá entonces ligada a la irrupción de ideologías de tipo laico que, aunque en otros lugares puedan casar con su propia idiosincrasia y dar buenos resultados, en España no encuentran fácil acomodo y no producen los frutos que podrían esperarse. La importancia de esta forma de argumentar estaría entonces en que la propia línea de progreso se obtiene profundizando en la tradición e idiosincrasia católicas. Este viene a ser, según opinión mayoritaria, el planteamiento de Menéndez Pelayo, ya antes de Jaime Balmes, también en parte de los autores del 98 y de otros muchos.

En cambio, para los detractores el quid estará en que el anclaje de España en el catolicismo y su falta de adaptación a las nuevas corrientes de pensamiento imperantes en Europa es un factor que ha llevado a la decadencia. Insistiendo en el catolicismo, el país va perdiendo los distintos trenes europeos que son los trenes de progreso (por todos, puede recordarse a Giner de los Ríos).

Nos interesa más que nada cifrar el contenido del debate, en «clave católica«. Ambas posturas se manifiestan claramente definidas en el pensamiento español de los siglos XIX y XX (3).

Pero, como decía al principio, nada de todo esto muestra especial originalidad. Más bien, todo imperio se basa en la afirmación o desarrollo de un invento genial o elemento ideológico innovador que le permite su expansión internacional, convenciendo a los demás de la bondad y legitimidad de su proyecto. Y a partir de entonces pesará el legado del imperio.

Observo que, históricamente, una determinada disciplina, por ejemplo la religiosa o la económica o la jurídica o la biológica, domina el escenario de su tiempo, mientras que las demás están latentes. Existe una disciplina que se traduce en las demás, que se manifiesta a su través, y éstas, creyendo ser tales, son en realidad manifestación o traducción de aquella otra. Son la versión que la disciplina dominante tiene para las demás. De ahí que, en el medioevo por ejemplo, no existen juristas en sentido propio; existen más bien juristas al modo religioso, que es lo dominante. No voy a desarrollar más este intrincado alambique de ideas que acabo de presentar en un reciente libro La segunda realidad: ensayo didáctico-satírico sobre la realidad, la fama y las sensaciones, Editorial Comares, 2002.

Más bien, es significativo cómo un determinado pueblo o Estado, en un momento dado, es destinatario de una de estas disciplinas, cobrando un especial auge y esplendor, quizás por corresponderse con su propia idiosincrasia, quizás por pura casualidad. Por una razón u otra, el caso es que los españoles supimos hacer bien religión y los ingleses economía. En España salen santos como en Alemania vehículos Opel o Mercedes. Sólo un país como el nuestro es capaz de engendrar un invento tan bien hecho en lo religioso como el «Opus Dei» por ejemplo, el cual viene a ser, a la española, una especie de multinacional McDonald's americana. Ni los mormones de USA han conseguido crear una organización tan bien hecha como el «Opus Dei» o los «legionarios de María». El suelo hispano debe de ser, para la religión, como el suelo argentino para los cereales: basta con que el viento coloque una semilla y florecen gigantes las espigas.

Es significativo cómo, después de siglos, nos cuesta encontrar pleno acomodo en los fenómenos más representativos de nuestro tiempo. Por ejemplo, aunque tenemos industria, es muy difícil competir con otros países (como Alemania o Japón u otros) en este ámbito. Ya podemos fabricar el mejor transistor o el más raudo vehículo que será casi imposible atraer la atención del cliente medio. Ni siquiera el furioso empeño del Presidente Aznar, de hacer empresa, ha servido a la postre para extender influencia. Y no digamos la aventura empresarial española en América. ¿Nuestra influencia o poder se sigue basando en los santos, en la medida en que los santos pueden tener influencia en nuestro mundo económico? ¿Es lo que sabemos hacer bien? Ni Unamuno ni Galdós son conocidos en Alemania, ni tampoco por supuesto Peral o De la Cierva. Eso sí, son famosos San Ignacio de Loyola o Santa Teresa o el más reciente Escrivá de Balaguer. Y en las iglesias católicas de Munich no cuelgan imágenes de santos franceses o belgas. Son la mayor parte españoles. No parece fácil ver algo español, como elemento real de influencia en el extranjero, al margen de estampas de santos.

Conviví casualmente este pasado mes de junio con una comunidad de católicos berlineses y observé que mis escasos conocimientos religiosos superaban con creces a cualquiera de mis parroquianos. Todos resultaban admirados, no de mis conocimientos filosóficos o científicos por supuesto (para filósofos ya tienen ellos muchos), sino de mi sabiduría sobre conceptos religiosos que en realidad eran básicos y elementales.

La tendencia no cesa y en fechas muy próximas santificarán en Roma a más y más españoles que se suman a nuestra lista de santos.

Tiene acaso todo esto ventajas. En Inglaterra, por ejemplo, Oscar Wilde se quejaba de que en su país no existían en realidad artistas. «Necesitamos gentes imprácticas» dice en su obra El crítico artista. Confirmo, así, mi tesis y que un artista, creyendo hacer arte, puede ser en realidad un hombre de ciencia, es decir un artista que hace arte como hace arte un economista o un biólogo. ¿Quién es quién, pues, frente a su apariencia?

Esta cita de Wilde sirve para introducir otra interesante manifestación de los imperios. Cuando uno vence, parece que todo lo hace bien. Y, hoy día, parece como si USA o el Reino Unido todo lo hacen a la perfección. Incluso se va ahora a estudiar Derecho a los países citados cuando, en realidad, existe allí un Derecho mucho más rudimentario o, cuando menos, menos evolucionado que el nuestro, en especial todo lo que se relaciona con el llamado Derecho público. Sin embargo, no faltará quien propugne el common law entre nosotros. Es la atracción de la metrópolis. En otros términos, si lo que saben hacer bien USA y el Reino Unido es la economía (y, sobre todo la guerra, en especial la naval) esto no debería significar que todo lo mejor se encuentra por allí. Tienen un buen ejército y muchas perras. Eso sí y poco más. Aunque es bastante. Desde luego, buen Derecho no tienen.

El fenómeno de la «pesada herencia de los imperios» no se manifiesta sólo en España fabricando santos o en Inglaterra produciendo barcos de guerra. También en Francia, por ejemplo, se manifiesta este fenómeno de determinación, del presente, por el pasado glorioso. En este país no es nada fácil realizar reformas administrativas, no sea que éstas vayan a desentonar de los principios de la Revolución francesa. Tan grande fue el esplendor de la Administración en el siglo XIX que esto provoca hoy lentitud en Francia a la hora de emprender reformas administrativas.

No siempre es fácil conciliar tradición con modernidad. Sólo conozco un Estado que domine este misterio, acaso el mayor reto humano en términos sociales. Me refiero a Baviera, una perfecta y mágica y ejemplar combinación de tradición y progreso: «Beton und Tradition», dicen allí para explicarlo. El secreto estaría en declararse tradicionalista y hacer todo lo contrario. En España, en cambio, el concepto «tradición» es uno de esos conceptos tabú hoy censurados. Y, sin embargo, paradójicamente, son demasiadas las tradiciones. Mejor sería, menos tradiciones de facto. Y más tradición de palabra y símbolo. Acaso todo esto merezca ser explicado con mayor profundidad en otro momento.

¿Y qué decir de las relaciones entre imperios? Políticamente, el mundo hispano y el mundo anglosajón fueron primero rivales porque el avance del segundo se hacía a costa del retroceso del primero (Florida, California, Texas, incluso Australia, Filipinas, Panamá, etc.). Sin embargo, hemos dado carpetazo al pensamiento tradicional que expresa por ejemplo un Rubén Darío: «mañana podremos ser yanquis y es lo más probable; de todas formas mi protesta queda escrita», etc.

Desde luego, hablar hoy de imperio por referencia a España es algo original y sólo puede hacerlo alguien de forma genial como Gustavo Bueno (en España frente a Europa, Alba Editorial 1999). No, lógicamente, de imperio en el sentido que ha estado implícito en esta publicación hasta el momento. Sino en otro sentido. En sentido, diríamos, político-estructural. España sería un imperio, por su propia esencia, políticamente. Con aquélla casaría la definición de imperio; no, insisto, en cuanto a la grandeza de sus límites territoriales (en esto vamos a menos), sino en cuanto a su manera interna de organizarse y en cuanto a su relación con el exterior: «El imperio constituiría, ante todo, dice Gustavo Bueno, la expresión de las efectivas relaciones mutuas, realmente existentes, entre los Reinos y los Condados peninsulares de la Edad Media. La idea de imperio sería el modo de representarse esa unidad en un contexto político».

Con Bueno se rescata por tanto la idea de Hispanidad contraponiéndola al mundo anglosajón.

Pero no es fácil realizar este loable proyecto. Podemos contentarnos con descubrir que los objetivos norteamericanos y los españoles no son tan incompatibles como uno pudo inicialmente pensar. En realidad, lo que hoy hacen los americanos no es sino aquello de la unidad de occidente frente a las siempres peligrosas expansiones de oriente que quería un Luis Vives por ejemplo. Hoy esto lo hacen los americanos por nosotros. Y nos ahorramos el esfuerzo. Pues nos basta con enviar un par de buques de refuerzo humanitario en las operaciones contra los árabes. Es mejor esto que no tener que ir solos a Perejil y a poco más seguramente. Desde luego, la tan exagerada -a veces- buena relación hispano-árabe no era, en el fondo, más que una pura declaración de principios y deseos. El proyecto histórico real genuinamente español no es otro que el de la búsqueda de la tranquilidad frente a posibles expansiones árabes. Y esto nos lo hacen hoy los americanos, gracias al imperio. El problema es, no obstante, que, creyendo uno ser uno mismo, uno pase a ser en realidad manifestación de algo diferente. Este es el problema de los imperios.



Santiago González-Varas Ibáñez (4)


1 Nos cuenta Alejo Carpentier que, en un buque llamado "El Contrato social", practicaba Francia la trata de esclavos (El Siglo de las luces).

2 Betrachtungen eines Unpolitischen, donde Thomas Mann critica a su hermano Heinrich por no haberse percatado de la peculiariedad e incluso superioridad del mundo alemán musical y por haber extendido impropiamente la política a terrenos musicales.

Lejos de ser una opinión aislada, ésta de Thomas Mann, el germanista Gordon A. Craig también sostiene que la música y no la palabra ha llegado a ser el verdadero "cauce de expresión" de la realidad en Alemania (Über die deutschen, C.H. Beck Verlag Munich 1982).

3 Véase I. Fox, La invención de España, con los testimonios de ambos bandos; igualmente A.D. Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, CSIC, Madrid 1966; puede verse también, entre una infinidad de títulos, "El espíritu religioso de España" de L. García del Cañuelo y L.M. Pereira. F. de Castro Los caracteres históricos de la Iglesia española, discurso ante la Real Academia de la Historia, 1866.

4 El autor, aunque es profesor Titular de Derecho administrativo (Doctor en España y también Alemania y Becario Humboldt), ha publicado, en un plano literario, dos recientes ensayos: "España no es diferente" (Editorial Tecnos, Madrid, 2002) y "La segunda realidad" (Editorial Comares, Granada 2002).



 

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