Lo curioso de
los imperios
En
Europa, los Estados históricos más importantes (por
orden alfabético España, Francia, Gran Bretaña) han
tenido ocasión de desarrollar un imperio.
Aunque el carácter o esencia de sus respectivos imperios
ha sido desigual entre sí, observo sin embargo que en
todos ellos existe algo en común: estos imperios
modernos ya no se basan estricta o exclusivamente en una
idea de imposición o sumisión, a diferencia de los más
antiguos (adaptando una famosa frase de Einstein «empire
cannot be kept by force, it can only be achieved by
understanding«). La Edad Moderna, y en concreto España,
enseñó que no bastaba con imponerse; era necesario
saber convencer o persuadir. Los imperios empezaron a
tener algo de marketing frente al exterior (1). Era la
única forma de mantenerse. A los imperios español,
francés o británico subyace un mito, un invento genial,
en el fondo acaso una treta, de carácter propio o
nacional pero de posible proyección internacional, lo
que permite la deseada expansión en un momento
histórico determinado:
El francés napoleónico se afirma en la defensa de la
razón, lo que justifica saltar las fronteras nacionales
para llevar la igualdad y la libertad a todos los hombres
independientemente de su nacionalidad.
El imperio británico-americano encuentra su ratio en el
libre comercio y la economía, lo que también le permite
convencer fácilmente al resto de la bondad y de la
necesidad de crear un espacio mundial sin fronteras en
favor del mercantilismo.
También al soviético subyace un invento propio que se
proyecta en el exterior: el mito irrefutable de la clase
trabajadora, hecho que justifica igualmente la
internacionalización desde la metrópoli rusa del
proyecto de la defensa de la clase proletaria del mundo
entero.
Y el español se identificó en su mayor medida con la
defensa de la cristiandad y esto le permitió,
igualmente, surcar los mares buscando almas que
evangelizar.
En suma, cabezas, almas, bolsillos y proletarios hay en
todas las partes del mundo.
Y si el imperio alemán no cuajó fue porque le faltó
algo de esto, imaginación para inventar y convencer a
los demás. Hubo ocasión en Alemania de apoyarse en una
realidad interesante, y que nadie mejor que Thomas Mann
nos ha explicado insistentemente, es decir el poderío de
la disciplina artística y en especial de la musical.
Alemania podría haber inventado algo original,
aprovechando el torrente artístico del XIX, que le
hubiera ayudado a su expansión lógica y natural. No sé
muy bien cómo, pero sí en la línea del pensamiento,
como digo, de por ejemplo Thomas Mann cuando decía que
al medio ordinario o «normal» de representar la
realidad a través de palabras se contrapone el método
«alemán» de representación musical de la realidad
circundante (2).
Habríamos todos ganado si, en vez del actual imperio
americano (de baja calidad, ciertamente) se hubiera
desarrollado un imperio en Europa de esta índole
cultural o artística. Pero fue otra, por desgracia, la
vía elegida por quien estuvo en condiciones de tomar el
relevo. Fue sectario en su proyecto. Se basó en la idea
de raza y concretamente la aria. Y, lógicamente, esto no
convence a nadie. Sólo a los arios, claro, pero no a los
demás.
Desde que domina el mundo Estados Unidos (desde 1945)
¿hemos descendido de nivel? A diferencia de los imperios
precedentes, al imperio de nuestro momento le falta algo
de calidad. Los Estados europeos, en su hegemonía
universal, han realizado siempre aportaciones de interés
desde un punto de vista cultural. El imperio americano
aporta sobre todo películas y música pop. Y por eso el
europeo medio sigue pasando la mayor parte de su tiempo
con el arte anterior a la mitad del siglo XX. Pasamos
nuestros mejores momentos con artistas fallecidos. Es una
pena que sea así.
El imperio americano tiene su quicio en lo económico,
siguiendo el buen hacer en este sentido de los ingleses.
Cada imperio se identifica con el desarrollo de una
concreta «disciplina» (religiosa, económica, etc.). A
partir de entonces la identificación del momento
hegemónico con la disciplina o realidad subyacente (la
fe, la economía, el proletariado, la razón)
determinará la evolución posterior del país en
cuestión. A partir de entonces la decadencia será vista
o bien como consecuencia del abandono de dicho elemento
ideológico que llevó al Estado a dicha situación
hegemónica, o bien como consecuencia de que el Estado se
aferró excesivamente a la defensa de dicho elemento sin
haber sabido adaptarse a las nuevas corrientes
ideológicas o de pensamiento.
De ahí que en nuestro país no hay intelectual que haya
escrito sobre el tema de España que no haya topado con
la Iglesia y la cuestión del especial arraigo del
elemento católico entre nosotros. Dicho arraigo especial
es para muchos, para bien o para mal, un hecho
diferencial.
Sería por otra parte ocioso citar los numerosos ejemplos
en nuestra historia de personalidades que han obtenido la
vida sempiterna a costa de defender a capa y espada los
valores de la cristiandad y el catolicismo.
La extremada presencia de lo católico explicaría que se
hayan perfilado claramente dos posiciones, interesantes
desde el punto de vista del tema de España.
Para algunos el catolicismo se correspondería con la
propia esencia de España y estaría vinculado a aquello
que en su momento habría logrado históricamente
convertir a España en primera potencia. Los mejores
pe-ríodos de nuestra historia, estarían así asociados
al proyecto de defensa de la fe católica. La decadencia
vendrá entonces ligada a la irrupción de ideologías de
tipo laico que, aunque en otros lugares puedan casar con
su propia idiosincrasia y dar buenos resultados, en
España no encuentran fácil acomodo y no producen los
frutos que podrían esperarse. La importancia de esta
forma de argumentar estaría entonces en que la propia
línea de progreso se obtiene profundizando en la
tradición e idiosincrasia católicas. Este viene a ser,
según opinión mayoritaria, el planteamiento de
Menéndez Pelayo, ya antes de Jaime Balmes, también en
parte de los autores del 98 y de otros muchos.
En cambio, para los detractores el quid estará en que el
anclaje de España en el catolicismo y su falta de
adaptación a las nuevas corrientes de pensamiento
imperantes en Europa es un factor que ha llevado a la
decadencia. Insistiendo en el catolicismo, el país va
perdiendo los distintos trenes europeos que son los
trenes de progreso (por todos, puede recordarse a Giner
de los Ríos).
Nos interesa más que nada cifrar el contenido del
debate, en «clave católica«. Ambas posturas se
manifiestan claramente definidas en el pensamiento
español de los siglos XIX y XX (3).
Pero, como decía al principio, nada de todo esto muestra
especial originalidad. Más bien, todo imperio se basa en
la afirmación o desarrollo de un invento genial o
elemento ideológico innovador que le permite su
expansión internacional, convenciendo a los demás de la
bondad y legitimidad de su proyecto. Y a partir de
entonces pesará el legado del imperio.
Observo que, históricamente, una determinada disciplina,
por ejemplo la religiosa o la económica o la jurídica o
la biológica, domina el escenario de su tiempo, mientras
que las demás están latentes. Existe una disciplina que
se traduce en las demás, que se manifiesta a su través,
y éstas, creyendo ser tales, son en realidad
manifestación o traducción de aquella otra. Son la
versión que la disciplina dominante tiene para las
demás. De ahí que, en el medioevo por ejemplo, no
existen juristas en sentido propio; existen más bien
juristas al modo religioso, que es lo dominante. No voy a
desarrollar más este intrincado alambique de ideas que
acabo de presentar en un reciente libro La segunda
realidad: ensayo didáctico-satírico sobre la realidad,
la fama y las sensaciones, Editorial Comares, 2002.
Más bien, es significativo cómo un determinado pueblo o
Estado, en un momento dado, es destinatario de una de
estas disciplinas, cobrando un especial auge y esplendor,
quizás por corresponderse con su propia idiosincrasia,
quizás por pura casualidad. Por una razón u otra, el
caso es que los españoles supimos hacer bien religión y
los ingleses economía. En España salen santos como en
Alemania vehículos Opel o Mercedes. Sólo un país como
el nuestro es capaz de engendrar un invento tan bien
hecho en lo religioso como el «Opus Dei» por ejemplo,
el cual viene a ser, a la española, una especie de
multinacional McDonald's americana. Ni los mormones de
USA han conseguido crear una organización tan bien hecha
como el «Opus Dei» o los «legionarios de María». El
suelo hispano debe de ser, para la religión, como el
suelo argentino para los cereales: basta con que el
viento coloque una semilla y florecen gigantes las
espigas.
Es significativo cómo, después de siglos, nos cuesta
encontrar pleno acomodo en los fenómenos más
representativos de nuestro tiempo. Por ejemplo, aunque
tenemos industria, es muy difícil competir con otros
países (como Alemania o Japón u otros) en este ámbito.
Ya podemos fabricar el mejor transistor o el más raudo
vehículo que será casi imposible atraer la atención
del cliente medio. Ni siquiera el furioso empeño del
Presidente Aznar, de hacer empresa, ha servido a la
postre para extender influencia. Y no digamos la aventura
empresarial española en América. ¿Nuestra influencia o
poder se sigue basando en los santos, en la medida en que
los santos pueden tener influencia en nuestro mundo
económico? ¿Es lo que sabemos hacer bien? Ni Unamuno ni
Galdós son conocidos en Alemania, ni tampoco por
supuesto Peral o De la Cierva. Eso sí, son famosos San
Ignacio de Loyola o Santa Teresa o el más reciente
Escrivá de Balaguer. Y en las iglesias católicas de
Munich no cuelgan imágenes de santos franceses o belgas.
Son la mayor parte españoles. No parece fácil ver algo
español, como elemento real de influencia en el
extranjero, al margen de estampas de santos.
Conviví casualmente este pasado mes de junio con una
comunidad de católicos berlineses y observé que mis
escasos conocimientos religiosos superaban con creces a
cualquiera de mis parroquianos. Todos resultaban
admirados, no de mis conocimientos filosóficos o
científicos por supuesto (para filósofos ya tienen
ellos muchos), sino de mi sabiduría sobre conceptos
religiosos que en realidad eran básicos y elementales.
La tendencia no cesa y en fechas muy próximas
santificarán en Roma a más y más españoles que se
suman a nuestra lista de santos.
Tiene acaso todo esto ventajas. En Inglaterra, por
ejemplo, Oscar Wilde se quejaba de que en su país no
existían en realidad artistas. «Necesitamos gentes
imprácticas» dice en su obra El crítico artista.
Confirmo, así, mi tesis y que un artista, creyendo hacer
arte, puede ser en realidad un hombre de ciencia, es
decir un artista que hace arte como hace arte un
economista o un biólogo. ¿Quién es quién, pues,
frente a su apariencia?
Esta cita de Wilde sirve para introducir otra interesante
manifestación de los imperios. Cuando uno vence, parece
que todo lo hace bien. Y, hoy día, parece como si USA o
el Reino Unido todo lo hacen a la perfección. Incluso se
va ahora a estudiar Derecho a los países citados cuando,
en realidad, existe allí un Derecho mucho más
rudimentario o, cuando menos, menos evolucionado que el
nuestro, en especial todo lo que se relaciona con el
llamado Derecho público. Sin embargo, no faltará quien
propugne el common law entre nosotros. Es la atracción
de la metrópolis. En otros términos, si lo que saben
hacer bien USA y el Reino Unido es la economía (y, sobre
todo la guerra, en especial la naval) esto no debería
significar que todo lo mejor se encuentra por allí.
Tienen un buen ejército y muchas perras. Eso sí y poco
más. Aunque es bastante. Desde luego, buen Derecho no
tienen.
El fenómeno de la «pesada herencia de los imperios» no
se manifiesta sólo en España fabricando santos o en
Inglaterra produciendo barcos de guerra. También en
Francia, por ejemplo, se manifiesta este fenómeno de
determinación, del presente, por el pasado glorioso. En
este país no es nada fácil realizar reformas
administrativas, no sea que éstas vayan a desentonar de
los principios de la Revolución francesa. Tan grande fue
el esplendor de la Administración en el siglo XIX que
esto provoca hoy lentitud en Francia a la hora de
emprender reformas administrativas.
No siempre es fácil conciliar tradición con modernidad.
Sólo conozco un Estado que domine este misterio, acaso
el mayor reto humano en términos sociales. Me refiero a
Baviera, una perfecta y mágica y ejemplar combinación
de tradición y progreso: «Beton und Tradition», dicen
allí para explicarlo. El secreto estaría en declararse
tradicionalista y hacer todo lo contrario. En España, en
cambio, el concepto «tradición» es uno de esos
conceptos tabú hoy censurados. Y, sin embargo,
paradójicamente, son demasiadas las tradiciones. Mejor
sería, menos tradiciones de facto. Y más tradición de
palabra y símbolo. Acaso todo esto merezca ser explicado
con mayor profundidad en otro momento.
¿Y qué decir de las relaciones entre imperios?
Políticamente, el mundo hispano y el mundo anglosajón
fueron primero rivales porque el avance del segundo se
hacía a costa del retroceso del primero (Florida,
California, Texas, incluso Australia, Filipinas, Panamá,
etc.). Sin embargo, hemos dado carpetazo al pensamiento
tradicional que expresa por ejemplo un Rubén Darío:
«mañana podremos ser yanquis y es lo más probable; de
todas formas mi protesta queda escrita», etc.
Desde luego, hablar hoy de imperio por referencia a
España es algo original y sólo puede hacerlo alguien de
forma genial como Gustavo Bueno (en España frente a
Europa, Alba Editorial 1999). No, lógicamente, de
imperio en el sentido que ha estado implícito en esta
publicación hasta el momento. Sino en otro sentido. En
sentido, diríamos, político-estructural. España sería
un imperio, por su propia esencia, políticamente. Con
aquélla casaría la definición de imperio; no, insisto,
en cuanto a la grandeza de sus límites territoriales (en
esto vamos a menos), sino en cuanto a su manera interna
de organizarse y en cuanto a su relación con el
exterior: «El imperio constituiría, ante todo, dice
Gustavo Bueno, la expresión de las efectivas relaciones
mutuas, realmente existentes, entre los Reinos y los
Condados peninsulares de la Edad Media. La idea de
imperio sería el modo de representarse esa unidad en un
contexto político».
Con Bueno se rescata por tanto la idea de Hispanidad
contraponiéndola al mundo anglosajón.
Pero no es fácil realizar este loable proyecto. Podemos
contentarnos con descubrir que los objetivos
norteamericanos y los españoles no son tan incompatibles
como uno pudo inicialmente pensar. En realidad, lo que
hoy hacen los americanos no es sino aquello de la unidad
de occidente frente a las siempres peligrosas expansiones
de oriente que quería un Luis Vives por ejemplo. Hoy
esto lo hacen los americanos por nosotros. Y nos
ahorramos el esfuerzo. Pues nos basta con enviar un par
de buques de refuerzo humanitario en las operaciones
contra los árabes. Es mejor esto que no tener que ir
solos a Perejil y a poco más seguramente. Desde luego,
la tan exagerada -a veces- buena relación hispano-árabe
no era, en el fondo, más que una pura declaración de
principios y deseos. El proyecto histórico real
genuinamente español no es otro que el de la búsqueda
de la tranquilidad frente a posibles expansiones árabes.
Y esto nos lo hacen hoy los americanos, gracias al
imperio. El problema es, no obstante, que, creyendo uno
ser uno mismo, uno pase a ser en realidad manifestación
de algo diferente. Este es el problema de los imperios.
Santiago González-Varas Ibáñez (4)
1 Nos cuenta Alejo Carpentier que, en un buque llamado
"El Contrato social", practicaba Francia la
trata de esclavos (El Siglo de las luces).
2 Betrachtungen eines Unpolitischen, donde Thomas Mann
critica a su hermano Heinrich por no haberse percatado de
la peculiariedad e incluso superioridad del mundo alemán
musical y por haber extendido impropiamente la política
a terrenos musicales.
Lejos de ser una opinión aislada, ésta de Thomas Mann,
el germanista Gordon A. Craig también sostiene que la
música y no la palabra ha llegado a ser el verdadero
"cauce de expresión" de la realidad en
Alemania (Über die deutschen, C.H. Beck Verlag Munich
1982).
3 Véase I. Fox, La invención de España, con los
testimonios de ambos bandos; igualmente A.D. Gómez
Molleda, Los reformadores de la España contemporánea,
CSIC, Madrid 1966; puede verse también, entre una
infinidad de títulos, "El espíritu religioso de
España" de L. García del Cañuelo y L.M. Pereira.
F. de Castro Los caracteres históricos de la Iglesia
española, discurso ante la Real Academia de la Historia,
1866.
4 El autor, aunque es profesor Titular de Derecho
administrativo (Doctor en España y también Alemania y
Becario Humboldt), ha publicado, en un plano literario,
dos recientes ensayos: "España no es
diferente" (Editorial Tecnos, Madrid, 2002) y
"La segunda realidad" (Editorial Comares,
Granada 2002).
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