Carta a un joven
hedonista*
El
hedonismo es una concepción de la ética que identifica
el bien del hombre con el placer, entendido como el
sentimiento agradable producido por la adecuada
excitación de uno o varios sentidos. Aunque los efectos
últimos de una sensación placentera puedan ser
relativamente amplios, su origen es puntual. En cambio,
la felicidad es un sentimiento difuso que ni está
necesariamente vinculado a los sentidos ni es
físicamente localizable, por ejemplo, el gozo que
proporciona ser alabado.
Un cierto hedonismo fue propugnado, según fuentes
indirectas, por Aristipo, y de forma relativamente
atenuada por otros pensadores como Lamettrie en su libro
L'art de jouir ou l'école de la volupté (1751). La
elaboración teórica del hedonismo ha sido escasa y
débil a causa de los insuperables problemas
especulativos y empíricos que plantea. Sin embargo, tan
profunda insuficiencia doctrinal no ha impedido que, al
menos parcialmente, haya sido una práctica habitual del
hombre. Compartido con otros animales, el placer físico
encuentra su fácil cauce en las estructuras irracionales
de nuestra especie.
La dimensión «instintiva» y sensorial del hombre
gravita espontáneamente hacia el placer. No sería
realista negar la tendencia y sus efectos felicitarios.
Lo problemático del hedonismo se plantea en tres
niveles: el primero es que la búsqueda del placer es
individualista y egoísta; el segundo es que el hombre no
está solo y ha de atener sus comportamientos al hecho
social; el tercero es que el hedonismo tiene unos costes
y el saldo final felicitario suele ser negativo.
Para el hedonismo radical los placeres por excelencia son
las drogas y el sexo; para el hedonismo instrumental el
bien supremo es el dinero porque permite adquirir lo que
satisface a los sentidos. En el hedonismo hay un
materialismo originario, puesto que cuanto excita los
sentidos tiene extensión, o sea, masa. En cambio, los
estímulos de la felicidad pueden ser inmateriales, como
creer que se ha resuelto un problema algebraico.
No hay una necesaria relación directa entre cultura y
hedonismo. Los núcleos intelectualmente más avanzados
del mundo antiguo, como la Academia platónica y el Liceo
aristotélico, no reducían el bien del hombre al placer.
El saber medieval se concentraba en los ascéticos
monasterios. Tampoco existe una correlación necesaria
entre técnica y hedonismo, como demuestran las
biografías de los grandes inventores y la historia
universal de los artefactos útiles, desde el hacha de
sílex hasta el ordenador. Sociedades técnicamente muy
avanzadas para su tiempo como la alemana del último
tercio del siglo XIX o la japonesa de mediados del siglo
XX no eran hedonistas, y sus valores dominantes, como el
honor, carecían de materialidad. El hedonismo práctico
que se ha extendido a gran parte del Occidente actual no
es una obligada consecuencia del desarrollo. La ciencia
ficción presenta verosímiles escenarios donde la
elevada tecnificación y la austeridad son compatibles y
aun complementarias. Lo que acontece es que la
contemporánea fabricación en serie de toda suerte de
objetos posibilita la cosificación de los intereses
humanos.
Cuando ya se había producido la explosión masiva de la
ciencia aplicada, la sociedad española de mediados del
siglo XX no era hedonista; ahora lo es, pero no por
inexorable exigencia epocal. Deducir la causalidad de la
simultaneidad es un viejo sofisma, demasiado refutado
para que requiera nueva disección. La presión social y
la fatalidad suelen ser excusas, más bien pueriles, no
razones de una conducta.
Las actitudes juveniles son las más significativas,
porque permiten entrever el futuro, y en España revelan
una tendencia de creciente laxitud ética.
El hombre tiene serios problemas para adaptarse a su
propia condición y a su medio; es, por naturaleza, un
ser en desazón. Como consecuencia de esa constitutiva
inestabilidad interior tiende a evadirse de la realidad
propia y circundante. La evasión suprema es el abandono
de la existencia terrenal o suicidio. En edades
avanzadas, con un pronóstico médico desesperado y una
agonía dolorosa, darse voluntariamente la muerte puede
parecer el mal menor, una especie de eutanasia. Pero en
buen estado físico, como suele ser el caso de los
jóvenes, el suicidio es la prueba máxima de
inadaptación a la existencia y de insuperable
sentimiento de infelicidad. En sólo un cuarto de siglo,
a pesar del envejecimiento de la población española por
la baja natalidad y la prolongación de la longevidad, se
ha pasado de un joven por cada seis suicidas a uno por
cada cinco. Muy probablemente, estos desventurados,
hartos de su apenas iniciada vida, sorprendieron con su
trágica decisión a familiares y amigos y, si la
víspera hubieran sido entrevistados por un rutinario
sociólogo, es casi seguro que, por lógico pudor, se
habrían manifestado contentos. Las estadísticas sobre
la felicidad son muy poco reveladoras porque, salvo
situaciones muy excepcionales, nadie se proclama
desgraciado para no levantar acta pública de su propio
fracaso existencial. Algo inadecuado hay en su forma de
vida cuando los jóvenes se suicidan cada vez más.
Salvo el suicidio, el medio más enérgico de evadirse de
la realidad son las drogas, milenario recurso del hombre
desazonado. Aunque hay modernos fármacos sintéticos
todavía más despersonalizadores, lo nuevo en España es
la generalización e intensificación del consumo de
alcohol y de cannabis entre los jóvenes. Las
estadísticas son reveladoras a pesar del carácter
clandestino y disimulado de la drogadicción; pero basta
recorrer a determinadas horas ciertas calles de una
ciudad para comprobar que las drogas blandas o duras se
han convertido en asiduas compañeras, casi inseparables
del ocio y la fiesta juveniles. En países desarrollados,
como el nuestro, jamás los jóvenes habían dispuesto de
tantos bienes materiales, de tan plurales oportunidades y
de tanta libertad como a finales del milenio. Ni la
indigencia ni la opresión son las causas determinantes
de la juvenil huida existencial. Entonces, ¿por qué en
la plenitud biológica y en condiciones sociales
superiores a las de cualquier otra generación no cesan
de incrementar su deseo de huir de la realidad? Esta es
la gran cuestión pedagógica para la que se habilitan
dos líneas de respuesta. Una es que la adaptación de
los jóvenes requiere que los demás les sitúen en
condiciones aún más privilegiadas. Otra es que hay algo
deficiente en el actual modo juvenil de estar en el
mundo.Procede investigar en la segunda dirección, puesto
que las juventudes del pasado, material y socialmente
menos dotadas por sus antecesoras, no tendían tanto a
huir de la realidad.
¿Cuál es el ideal predominante en el joven actual?
Básicamente, levantamiento de cualquier limitación
social a su personal autodeterminación. Esta rebeldía
afecta a los cimientos mismos, es decir, a la ética. No
carecen de todo sentido del deber, pero rechazan las
normas objetivadas por la tradición no ya familiar, sino
genérica y prácticamente universal. Cada uno pretende
fabricarse una moral a su medida, y cambiante según las
circunstancias. Lo demás parece imposición y dictado.
Las religiones como el judaísmo, el cristianismo y el
islamismo implican unas éticas tan claramente definidas
que llegan hasta la minuciosidad casuística; apenas hay
lugar para la duda y para la interpretación subjetiva.
Paralelamente al rechazo de una moral objetiva, los
jóvenes se han secularizado y aumenta el número de los
agnósticos y de los no practicantes. Este descenso de la
confesionalidad efectiva ha quebrado quizá la más
profunda y firme de las vinculaciones de la conciencia
individual a una moralidad concreta, estable y
compartida.
La doble ruptura ética y religiosa deja al moralmente
situacionista y dogmáticamente agnóstico en una
posición de aislamiento ético; se presenta como una
liberación, pero al mismo tiempo, es un retiro, un
desamparo. La bondad se determina en soliloquio. Ha
perdido no sólo un asidero esencial para adaptarse a la
existencia, sino un criterio para valorar la conducta
propia y las ajenas. El punto de partida es la
indeterminación, y el riesgo es la indecisión o la
deriva. El joven «desmoralizado» es como un
complejísimo artefacto sin instrucciones de manejo; su
vida moral es jugar un solitario.
El desasimiento ético es una acción negativa que crea
un vacío y que requiere alguna consigna evitadora del
nihilismo. ¿Qué se propone como solución a la
incógnita del deber? Se propone, en primer lugar, el
permisivismo. Quizá su formulación más nítida sea la
famosa y contradictoria de la rebelión estudiantil de
1968: «Está prohibido prohibir». El repudio de las
prohibiciones empieza por lo más elemental y zoológico
después de la nutrición, el sexo. Ahora ya no es un
mero escepticismo, es una acción supresora; no es
indiferencia o duda, es descalificación. La receta
condenatoria es un vocablo de resonancias freudianas,
tabú como sinónimo de primitivo, mítico e irracional.
La virginidad, la castidad, la fidelidad o la
heterosexualidad resultan tabúes que procede recluir en
el ámbito de las curiosidades antropológicas como la
ablación genital femenina. La consigna todavía no es
«sexo libre», puesto que aún no se afirma que la
zoofilia o la pedofilia sean vestigios de un puritanismo
arbitrario, es decir, otros tabúes. Quizá aguarden a la
revolución pendiente.
Desde el sexo, el permisivismo se extiende a otras
áreas. Todavía dentro del ámbito estrictamente
biológico, se reclama el aborto libre. Esta demanda se
trata de fundar en la tesis de que no es el padre, y
menos aún la especie humana, sino la madre la única
propietaria del que nacería si no se le impidiera venir
al mundo en condiciones de sobrevivir y, por lo tanto,
puede extirparlo como un lunar indeseado.
El dinamismo permisivista va escalando posiciones en la
jerarquía de los valores desde los simplemente vitales
hasta los superiores, y se extiende a todo el Decálogo,
secularmente considerado expresión de ley natural, del
que no queda ningún mandamiento incólume, aunque el
sexto sea el más deflactado. Y de la relativización de
los valores morales se pasa a la de los artísticos,
políticos o jurídicos. La idea misma de un canon
axiológico objetivo es incompatible con el permisivismo
general. De ahí la baja adhesión a los partidos
políticos, a las sectas, a las asociaciones. Las artes
se relativizan y desintegran. La permisividad desemboca
en el «todo vale» que, en realidad, no es tolerancia,
sino afirmación de que todo es lícito, aunque esta
conclusión todavía no sea expresa en los permisivos.
Desde luego, aumenta la delincuencia juvenil.
Y, en segundo lugar, se propone el hedonismo: pasarlo lo
mejor posible como objetivo vital. Y pasarlo ahora, aun a
expensas del futuro, lo cual genera consumismo. Ahorrar
no, sacrificio tampoco. El consumismo exige dinero, que
así se convierte en algo que se aproxima al sumo bien de
esos jóvenes. La cuestión de la capacidad o de la
vocación se transforma en la de la rentabilidad, en la
de qué actividad proporciona más ingresos. La familia
aparece como suministradora de fondos.
Cuando las responsabilidades personales se diluyen, lo
mismo para el presente que para el futuro, se endosan al
Estado. Es el poder público el que tiene que ser
previsor, benefactor y atender a la mayoría de los
retos. Si hay problemas educativos, sanitarios, laborales
o de suministros, la culpa es del poder público, no de
cada uno.
Permisivismo y consumismo engendran pasividad y,
finalmente, irresponsabilidad. Este es el modelo vital
predominante en los jóvenes, que no los hace más
felices que a otras juventudes del pasado con estilos
vitales menos permisivos y consumistas, puesto que los de
ahora huyen más de lo real, sin duda, porque lo
consideran menos grato de lo que pensaron las anteriores
generaciones, no tan inclinadas a evadirse.
El estilo de vida descrito es muy poco resistente al
análisis. Como señaló Zubiri, la peculiaridad y la
grandeza del homo sapiens es que, a diferencia de los
irracionales, puede enfrentarse con el mundo no como
estímulo, sino como realidad. Todo lo que sea evasión
es involución y deshominización. La experiencia
demuestra que la huida química es, a corto plazo,
extremadamente contraproducente. Aquí resuena la
sentencia de Max Scheler: «Primero placer y luego
lágrimas.» Con la droga, el yo se disuelve en una
especie de suicidio parcial y episódico. Es negación
del propio ser; no es vivir, sino desvivir hacia la nada,
pero con temor a la muerte. Es una paradoja trágica que
el ser que es más ser en este mundo cifre su ideal en no
ser o en ser menos. Es el extremismo del pesimismo
metafísico, singularmente autodemoledor en una vida
joven apenas incoada, más potencia que acto.
El agnosticismo religioso desliga de lo Absoluto y
minimiza al hombre, así convertido en efímero episodio
de la evolución cósmica, o sea, en simple medio al
servicio de ignotos fines. Que se caiga en esa depresión
óntica será motivo de mayor o menor comprensión y,
eventualmente, compasión; pero es empíricamente
antifelicitario que se propugne una convicción tan
negativa. La Humanidad ha conocido diferentes modos de
religarse con lo Absoluto; pero nunca ha abogado por
desligarse, porque tal aislamiento es raíz de angustias,
desesperación y, en definitiva, sentimiento de
insignificancia. Véase la nostalgia de los que han
perdido una creencia última. Además, muerto Dios, no
todo, pero casi todo es posible.
Una moral a la medida del individuo concreto es una moral
de intenciones, no de resultados, y su valor queda
restringido a la intimidad. Pero el hombre vive en
sociedad y a ésta le importan mucho más los efectos que
los propósitos. A los tribunales han llegado los casos
de benévolas enfermeras homicidas. La conciencia
universal ha condenado las esterilizaciones coactivas con
la quizá altruista intención de preservar una raza.
Para algún cristiano cerril, ¿no sería
bienintencionado ejecutar al niño recién bautizado y
así asegurar su bienaventuranza eterna? Además, nadie
puede afirmar la malicia de una intención ajena. Sería
la impunidad insuperable. La convivencia pacífica y
progresiva se asegura con una ética de resultados.
Las morales a la medida subjetiva tienden al egoísmo,
que es, precisamente, la negación del supremo valor
moral, el altruismo. La denominada moral a la carta es
una especie de inmoralidad hipócrita porque evita el
coraje de adoptar la simple amoralidad.
No acontece algo distinto con el Derecho. ¿Qué códigos
a la carta se dictarían los delincuentes o los
defraudadores del fisco o, simplemente, los apasionados
de la velocidad y del riesgo? La discrecionalidad de las
normas es la anarquía, el llamado estado de naturaleza o
ley de la selva, pura involución. A nadie le está
permitido hacer cualquier cosa en una sociedad. Jactarse
de solidaridad en tales circunstancias puede ser o simple
retórica o real vulneración del bien común. ¿No se
declara las guerras agresivas por quienes creen encarnar
el solidario interés de un pueblo? El bien protegible es
el de la especie humana, que ha de ser definido
objetivamente, promulgado y exigido coactivamente. El
Derecho internacional a la medida del soberano ha vertido
ríos de sangre entre abismos de dolor y destrucciones
ingentes.
No hay nada genuinamente ético ni jurídico a la carta.
Tal idea es contradictoria con la eticidad y la
juridicidad. No cabe más permisivismo racional que en el
ámbito de lo moralmente neutro o indiferente como el
color de la corbata. «Corbatizar» todas las acciones
humanas es aberrante.
¿Hace individualmente más feliz la permisividad? Hay,
por ejemplo, innumerables contribuyentes que son más
dichosos cuando consiguen no pagar alguno de los
impuestos que deben; pero, a la larga, no lo serían si
tal conducta se generalizara porque se encontrarían sin
policía, sin tribunales, sin obras públicas, en suma,
sin Administración. ¿Eran menos felices los espartanos
que los asiduos al jardín de Epicuro? ¿Es más feliz un
libertino que un asceta, sea cual fuere su religión? La
experiencia universal es que el hedonismo resulta menos
felicitario que la disciplina del ánimo. Los actuales
jóvenes permisivos rehuyen la realidad más que sus
predecesores, lo que no es síntoma de feliz adaptación
al mundo.Independientemente de las consideraciones
especulativas y empíricas, no escasas en este libro, doy
aquí y ahora mi modesto testimonio personal. Nací en
1924 y mi juventud transcurrió en un clima de
religiosidad, pero, sobre todo, de moralidad severa y de
austeridad material. A lo largo de más de medio siglo he
ido conviviendo con promociones jóvenes, a veces
íntimamente. En modo alguno pienso que, a medida que han
ido aumentando la permisividad y los bienes materiales,
hayan crecido los saldos felicitarios personales. Al
contrario, veo que los jóvenes, presuntamente libertos y
con más cosas a su disposición, tienen menos ilusiones,
más problemas y menos entereza para resolverlos. Y el
mercado y las modas les aprisionan más que los supuestos
tabúes de la ética clásica. La publicidad crea sin
pausa adicciones nuevas: el automóvil (inutilizado por
el tráfico urbano), el atuendo seudodeportivo, el
producto de marca, el artilugio electrónico de última
generación; todo ello apenas funcional.
El subjetivismo moral difumina el ideal en general, y
también los ideales personales. No hay un criterio
objetivo para valorar la propia conducta. Sin valores
objetivos es muy difícil dar un sentido global a la
vida. Si todo es indiferente o relativamente bueno,
¿dónde situar lo mejor? Así es como los destinos
individuales se mercantilizan y no se aspira a un nicho
social por predisposición o por inclinación, sino por
rentabilidad. Las personas, no ya las de un proletariado
en extinción, sino las de los estratos superiores, se
convierten en mercan-
cías; pero el trabajo no vocacional rara vez es
gratificante. ¿Qué ocurre cuando se mira hacia atrás y
no se encuentra ningún propósito directivo? Una vida
entregada a circunstancias azarosas no podrá reconocerse
como lograda; es una especie de terreno aluvial donde los
actos y las vivencias se han ido depositando
caóticamente. Toda una escuela de psiquíatras ha
tratado de sanar a ciertos neuróticos dando un sentido a
sus vidas. Independientemente de las virtudes
terapéuticas del método, es obvio que la existencia
humana se vive como una empresa finalista. En caso
contrario, se torna absurda y angustiosa. Pasarlo bien
¿puede ser un proyecto que dé sentido a una vida? Tal
meta consistiría en algo tan cambiante y variado, tan
poco objetivable que, al fin del camino, resultaría
prácticamente inaprehensible. En el último acto, ¿qué
le queda a Don Juan sino un inmenso vacío? No basta con
pasarlo bien, hay que hacer algo valioso para que la vida
se perciba como digna de ser vivida.
La crisis de ideales personales difícilmente puede
separarse de una crisis de ideas ejemplares, es decir, de
valores. Los valores religiosos mueven a la piedad y a la
caridad; los nacionales, al patriotismo y al orgullo
histórico; los sociales, a la entrega y al altruismo;
los estéticos, al cultivo de la belleza y a la vida como
obra de arte. Pero casi todo eso brilla por su ausencia.
«¿Quién que es no es romántico?», se preguntaba el
príncipe de los poetas modernistas. Esa interrogación
conllevaba entonces una implícita respuesta afirmativa;
pero hoy la tendría negativa entre muchos jóvenes. No
cuidan la palabra; tampoco el estilo literario; incluso
han introducido la moda de las telas deshilachadas y las
jergas. El volumen y el ritmo han desbancado a la
melodía. Hay letras de canciones que llaman la atención
por su horterismo y zafiedad. La rebeldía contra los
cánones ha producido una especie de anticlasicismo que
condenaría a Fidias al exilio. Quizá no haya existido
jamás la perfección corpórea de la Venus de Cirene;
pero es la imagen que nos han legado los antiguos como
símbolo de su alto ideal. Ahora se exalta no el
realismo, sino una especie de feísmo. Apoteosis de la
vulgaridad, el refinamiento proscrito. Y no cabe ignorar
que hay sinceridades pudendas. El patrimonio cultural de
la Humanidad se ha hecho incorporando valores ideales a
la naturaleza. El progreso ha sido un modo de idealizar
el mundo. De las generaciones que no idealizaron nada,
ningún legado ha perdurado. Como pobre sustitutivo de
una rica tabla axiológica aparece ahora, cual divinidad
solitaria, la ecología, que es un culto necesario, pero
negativo y meramente químico: no contaminar.
Pasarlo bien ¿equivale a sexo y dinero? Nuestra especie
se ha pasado milenios sublimando funciones primarias y
elementales para poder ejercer incluso con ellas ese
logos que distingue de los demás vivientes. Y quizá sea
en el amor donde esos esfuerzos han sido más denonados
hasta dar lugar a culminaciones del arte y del
sentimiento. La trivializacióin de la sexualidad no es
sólo una involución, es también una equivocación
felicitaria. Es más gratificante el enamoramiento que la
copulación. La mujer promiscua ¿es más feliz que la
que ha logrado ser de un solo hombre? «Post coitum
tristitia»; pero en el amor duradero cabe largo gozo, y
equilibrio emocional.
Hasta el siglo XX, el dinero ha sido un bien muy escaso.
¿Terrible desgracia para la Humanidad pasada, por ello
condenada irremisiblemente al sufrimiento? Absurdo. La
insuficiencia felicitaria de las riquezas ha sido
atestiguada en todos los tiempos y desde todas las
actitudes, incluso las epicúreas. Sería reiterativo
rehacer sus argumentos y aportar los innumerables
testimonios de potentados desdichados. Que un cierto
bienestar material constituye base propicia para la
felicidad es evidente; pero el sentimiento de equilibrio
entre lo que se desea y lo que se posee es cosa
enteramente distinta. Al cabo de un periplo en este
mundo, quienes hayan confiado todo al dinero se sentirán
estafados por la vida: llenas las arcas, pero la
existencia hueca.
Si pasarlo bien es copular y ganar para consumir, se
trata de una meta frustrante que explicaría el déficit
felicitario de tantas gentes, especialmente jóvenes. Se
evaden de la realidad, sobre todo porque su estilo de
vida no se ajusta a la naturaleza de un ser lógico. Para
el hombre, lo absurdo es desdicha. La concepción
hedonista de la vida hace menos feliz que el cálculo
racional. Los hedonismos colectivos han coincidido con la
decadencia, a veces con el fin de una civilización.
Los jóvenes del antiquísimo y puntual carpe diem
horaciano están en un error; su saldo felicitario final
será exiguo. Un carpe vitam global sería más
remunerador. Lo menos doloroso y más gratificante es
vivir según la razón.
Es una demagogia patética inducir a los jóvenes al
hedonismo y, consecuentemente, a la evasión
deshumanizadora y, en último término, a la frustración
personal.
Gonzalo Fernández de la Mora
* Es el
epílogo del libro Sobre la felicidad (2001)
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