La razón
globalizadora
Globalización
o mundialización es extender un proceso social a todo el
género humano. Por ejemplo, hace milenios que el
lenguaje articulado está mundializado. La romanización
de Europa y la hispanización de América fueron empresas
de parcial globalización cultural que transmitieron
valores superiores a los preexistentes. ¿Qué es lo qué
sucede ahora?
En primer lugar, las técnicas de comunicación de masas
han hecho posible que, en tiempo real, gentes antípodas
puedan recibir noticias originadas en cualquier latitud.
El atentado terrorista contra las torres gemelas se ha
vivido simultáneamente en Nueva York y en el extremo
opuesto del diámetro terrestre. Tal avance de la
intercomunicación, que condiciona los demás, no sólo
ha permitido la difusión planetaria de noticias sobre
sucesos, sino de ideas.
En segundo lugar, la comunidad investigadora ha cobrado
una dimensión ecuménica. Un hallazgo de Pitágoras
tardó dos milenios en alcanzar la Patagonia. Hoy, un
descubrimiento físico o biológico llega a los más
alejados laboratorios en semanas o en días. Es fácil
constituir equipos internacionales que se distribuyen el
trabajo. El esfuerzo investigador y sus resultados están
en trance de globalizarse y de potenciar su eficacia.
En tercer lugar, no sólo las ciencias puras, también
las aplicadas se mundializan. La invención de cualquier
artefacto útil rapidamente encuentra en los más
distantes lugares personas que lo reproducen o lo
importan. Por ejemplo, la telefonía móvil ha necesitado
sólo meses para cubrir hasta los desiertos. Un ordenador
más capaz o un nuevo fármaco suscitan inmediatamente
una demanda umversal.
En cuarto lugar, la mundialización de las ciencias
aplicadas induce a la del comercio y a la porosidad o a
la supresión de barreras aduaneras; es decir a la
generalización de los tráficos y a la globalización
del comercio. Ninguna producción puede ser monopolizada
como antaño la fabricación de la porcelana, el cultivo
de la seda, o la cría de merinas. Sólo ciertos recursos
naturales como las esmeraldas de Colombia tienen
inevitable genealogía nacional. Los mercados se
homogeneizan.
En quinto lugar, la mundialización del comercio conlleva
la globalización financiera. Inversores antípodas
operan en todas las Bolsas en tiempo real y ordenan
transferencias en monedas que, como el dólar, son
prácticamente planetarias. Las crisis locales tienen una
repercusión internacional. La globalización de las
finanzas exige una progresiva liberalización del
movimiento de capitales y de la convertibilidad
monetaria.
Y en sexto lugar, con la mundialización de las ideas se
producen mímesis masivas. Se difunden ciertas modas como
el pantalón vaquero o ritmos como la música rock; Los
programas de gobierno, y los partidos políticos se
asocian en internacionales liberales o socialistas.
También instituciones como la democracia parlamentaria.
Y tienden a mundializarse los usos morales.
La globalización es un proceso pluridimensional que
avanza a velocidades dispares según el territorio y la
materia. Para valorarlo hay que distinguir, no cabe una
adhesión indiscriminada y sin reservas.
La extensión de la información a masas cada vez mayores
es, en sí misma, un bien. Los individuos actúan en
función de sus conocimientos acerca de sus posibilidades
personales y circunstanciales. Cuanto más amplia y
exacta sea la información, menores probabilidades de
errar. El secretismo es socialmente infecundo. La
cuestión planteada no es la indubitable del curso
universal de la información, sino la de la veracidad.
Los grandes medios de comunicación de masas suelen ser
propiedad de los Estados o de grupos de presión. El uso
falaz de la propaganda política ha sido típico de los
regímenes totalitarios, como el socialismo real; pero
también de todos los grupos con ambición de poder en
los regímenes de opinión. Sobre la globalización de la
información se cierne un peligro casi tan serio como la
ignorancia, la desinformación. No es un área que pueda
ser abandonada a su dinamismo interno porque conduce al
oligopolio y a la consiguiente manipulación colectiva de
las mentes. Desde la soberanía hay que promover el
pluralismo informativo y la veracidad. No cabe la
neutralidad pública ante la ocultación o la falacia. La
globalización monopolista de la información no es
ilustración, sino utilización del ciudadano. La
información no es un fin, sino un medio para la
difusión de la verdad. La información al servicio de
intereses parciales no es un imperativo racional.
La razón no es local, sino universal y aspira a
establecer hechos y correlaciones con valor independiente
del lugar y del tiempo. Algo es razonable para uno y para
todos. La globalización de la ciencia, intentada desde
los orígenes, permitirá más veloces progresos
cognitivos que en tiempos pasados. La multiplicación
conjuntada de la investigación científica
proporcionará gran desarrollo de la prótesis cultural
con que la especie humana va dotándose desde su
aparición. La mundialización del saber es un viejo
ideal que procede estimular sin reservas.
La globalización del mercado corresponde a la unidad del
género humano. Las fronteras responden a insolidarios
egoísmos colectivos. Las autarquías son últimos
recursos defensivos o preparación para el imperialismo.
La cuestión no es la de la libertad de comercio, que es
un imperativo racional, sino el peligro de que, abusando
de tal licencia, se establezcan oligopolios
multinacionales y la consiguiente explotación de las
masas consumidoras o propietarias de materias primas.
Tampoco en este punto puede el soberano dejar el mercado
a sus dinamismos monopolísticos y de explotación. La
desregulación total del mercado planetario es
indeseable; pero la regulación ha de ser al servicio del
bien común de la Humanidad, no de poderes locales.
La publicidad de las invenciones y de sus aplicaciones,
sin perjuicio de la propiedad intelectual, es otro
imperativo racional. Una cosa es la patente que remunera
al inventor, y otra la exclusiva de uso retenida por una
fracción. El genio no es de la comunidad, pero se debe a
ella. La unidad esencial de la especie humana, dentro de
la desigualdad natural de los individuos, requiere que
las invenciones estén al alcance de todos. No son
lícitas las burbujas de aislamiento para la técnica,
salvo en el caso de peligrosidad específica, como las
armas de destrucción masiva.
Los usos optativos o folklore se suicidarían si se
mundializaran, puesto que su existencia se justifica por
su peculiariedad local. Mundialización de los tipismos
es una contradicción en los términos. Lo que se
generaliza deja de ser pintoresco y definidor de una
colectividad.
La Constitución ideal para todo tiempo y lugar no
existe. La institucionalidad perfecta es una utopía. No
es, pues, un imperativo racional globalizar el
bicameralismo, la representación partitocrática o el
presidencialismo, por ejemplo. La "polis" tuvo
en la Hélade un sentido del que careció en Egipto. El
derecho divino de las dinastías reales es tan irracional
como la infalibilidad de la mayoría numérica. Los
esquemas constitucionales son procedimientos arbitrarios.
Mundializar un modelo constitucional es una decisión de
muy dudosa eficacia como ha demostrado la extensión a
otras sociedades del sistema norteamericano.
La idea del super-Estado mundial tiene, entre otros
desiguales precedentes teóricos, el cosmopolitismo
estoico, la hermandad cristiana o el proletarismo
marxista. Todos los grandes Imperios se han justificado
con la pretensión de unificar el Derecho y la
administración. Las asociaciones de pueblos, desde la
Liga panhelénica o la Cristiandad hasta la Organización
de las Naciones Unidas se presentaban como movimientos
hacia el ecumenismo político. Una manifestación de
comunidad de intereses son los actuales tribunales
internacionales, incluso en materia penal. En los
nacionalismos y en los independentismos hay un principio
de irracionalidad, mientras que la solidaridad humana
global es un imperativo de la razón práctica. La
cuestión es la de si tal corresponsabilidad ecuménica
puede implantarse por la vía federal o requiere el
imperio. La Unión Europea se va constituyendo por
consenso. La hegemonía mundial norteamericana se va
imponiendo por la potencia cultural, económica y
militar. La lógica induce a la realización del bien
común del género humano mediante la unificación del
orden jurídico y administrativo. Los separatismos son
involutivos egoismos colectivos. El logos es
políticamente globalizador, pero no es colonialista. Sí
al Estado universal, pero serias reservas al Imperio
universal.
La razón práctica postula un orden moral de validez
universal. A ese fin responden el Decálogo mosaico y, en
más modesta medida, las modernas declaraciones de
derechos humanos. El cristianismo es un intento, bastante
logrado durante centurias, de mundializar la ética. El
problema de nuestro tiempo no es la generalización de la
ética, sino su disolución en un pluralismo que acaba
por ser individualista. Una moral a la carta de cada
persona es relativismo, permisivismo y, en defmitiva,
anemia ética. Esa es la flaqueza que padece Occidente y
contra la que reaccionan ciertos fundamentalismos.
El riesgo de la globalización no es la universalización
del logos, sino de la sinrazón. El deber de esta hora,
tan preñada de posibilidades positivas, no es
simplemente mundializar, sino mundializar lo mejor. La
unidad y el bien como propiedades trascendentales del
ente y como causas ejemplares.
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