Razón Española, nº 116; La razón globalizadora

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La razón globalizadora

Editorial

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La razón globalizadora

Globalización o mundialización es extender un proceso social a todo el género humano. Por ejemplo, hace milenios que el lenguaje articulado está mundializado. La romanización de Europa y la hispanización de América fueron empresas de parcial globalización cultural que transmitieron valores superiores a los preexistentes. ¿Qué es lo qué sucede ahora?



En primer lugar, las técnicas de comunicación de masas han hecho posible que, en tiempo real, gentes antípodas puedan recibir noticias originadas en cualquier latitud. El atentado terrorista contra las torres gemelas se ha vivido simultáneamente en Nueva York y en el extremo opuesto del diámetro terrestre. Tal avance de la intercomunicación, que condiciona los demás, no sólo ha permitido la difusión planetaria de noticias sobre sucesos, sino de ideas.



En segundo lugar, la comunidad investigadora ha cobrado una dimensión ecuménica. Un hallazgo de Pitágoras tardó dos milenios en alcanzar la Patagonia. Hoy, un descubrimiento físico o biológico llega a los más alejados laboratorios en semanas o en días. Es fácil constituir equipos internacionales que se distribuyen el trabajo. El esfuerzo investigador y sus resultados están en trance de globalizarse y de potenciar su eficacia.



En tercer lugar, no sólo las ciencias puras, también las aplicadas se mundializan. La invención de cualquier artefacto útil rapidamente encuentra en los más distantes lugares personas que lo reproducen o lo importan. Por ejemplo, la telefonía móvil ha necesitado sólo meses para cubrir hasta los desiertos. Un ordenador más capaz o un nuevo fármaco suscitan inmediatamente una demanda umversal.



En cuarto lugar, la mundialización de las ciencias aplicadas induce a la del comercio y a la porosidad o a la supresión de barreras aduaneras; es decir a la generalización de los tráficos y a la globalización del comercio. Ninguna producción puede ser monopolizada como antaño la fabricación de la porcelana, el cultivo de la seda, o la cría de merinas. Sólo ciertos recursos naturales como las esmeraldas de Colombia tienen inevitable genealogía nacional. Los mercados se homogeneizan.



En quinto lugar, la mundialización del comercio conlleva la globalización financiera. Inversores antípodas operan en todas las Bolsas en tiempo real y ordenan transferencias en monedas que, como el dólar, son prácticamente planetarias. Las crisis locales tienen una repercusión internacional. La globalización de las finanzas exige una progresiva liberalización del movimiento de capitales y de la convertibilidad monetaria.



Y en sexto lugar, con la mundialización de las ideas se producen mímesis masivas. Se difunden ciertas modas como el pantalón vaquero o ritmos como la música rock; Los programas de gobierno, y los partidos políticos se asocian en internacionales liberales o socialistas. También instituciones como la democracia parlamentaria. Y tienden a mundializarse los usos morales.



La globalización es un proceso pluridimensional que avanza a velocidades dispares según el territorio y la materia. Para valorarlo hay que distinguir, no cabe una adhesión indiscriminada y sin reservas.



La extensión de la información a masas cada vez mayores es, en sí misma, un bien. Los individuos actúan en función de sus conocimientos acerca de sus posibilidades personales y circunstanciales. Cuanto más amplia y exacta sea la información, menores probabilidades de errar. El secretismo es socialmente infecundo. La cuestión planteada no es la indubitable del curso universal de la información, sino la de la veracidad. Los grandes medios de comunicación de masas suelen ser propiedad de los Estados o de grupos de presión. El uso falaz de la propaganda política ha sido típico de los regímenes totalitarios, como el socialismo real; pero también de todos los grupos con ambición de poder en los regímenes de opinión. Sobre la globalización de la información se cierne un peligro casi tan serio como la ignorancia, la desinformación. No es un área que pueda ser abandonada a su dinamismo interno porque conduce al oligopolio y a la consiguiente manipulación colectiva de las mentes. Desde la soberanía hay que promover el pluralismo informativo y la veracidad. No cabe la neutralidad pública ante la ocultación o la falacia. La globalización monopolista de la información no es ilustración, sino utilización del ciudadano. La información no es un fin, sino un medio para la difusión de la verdad. La información al servicio de intereses parciales no es un imperativo racional.



La razón no es local, sino universal y aspira a establecer hechos y correlaciones con valor independiente del lugar y del tiempo. Algo es razonable para uno y para todos. La globalización de la ciencia, intentada desde los orígenes, permitirá más veloces progresos cognitivos que en tiempos pasados. La multiplicación conjuntada de la investigación científica proporcionará gran desarrollo de la prótesis cultural con que la especie humana va dotándose desde su aparición. La mundialización del saber es un viejo ideal que procede estimular sin reservas.



La globalización del mercado corresponde a la unidad del género humano. Las fronteras responden a insolidarios egoísmos colectivos. Las autarquías son últimos recursos defensivos o preparación para el imperialismo. La cuestión no es la de la libertad de comercio, que es un imperativo racional, sino el peligro de que, abusando de tal licencia, se establezcan oligopolios multinacionales y la consiguiente explotación de las masas consumidoras o propietarias de materias primas. Tampoco en este punto puede el soberano dejar el mercado a sus dinamismos monopolísticos y de explotación. La desregulación total del mercado planetario es indeseable; pero la regulación ha de ser al servicio del bien común de la Humanidad, no de poderes locales.



La publicidad de las invenciones y de sus aplicaciones, sin perjuicio de la propiedad intelectual, es otro imperativo racional. Una cosa es la patente que remunera al inventor, y otra la exclusiva de uso retenida por una fracción. El genio no es de la comunidad, pero se debe a ella. La unidad esencial de la especie humana, dentro de la desigualdad natural de los individuos, requiere que las invenciones estén al alcance de todos. No son lícitas las burbujas de aislamiento para la técnica, salvo en el caso de peligrosidad específica, como las armas de destrucción masiva.



Los usos optativos o folklore se suicidarían si se mundializaran, puesto que su existencia se justifica por su peculiariedad local. Mundialización de los tipismos es una contradicción en los términos. Lo que se generaliza deja de ser pintoresco y definidor de una colectividad.



La Constitución ideal para todo tiempo y lugar no existe. La institucionalidad perfecta es una utopía. No es, pues, un imperativo racional globalizar el bicameralismo, la representación partitocrática o el presidencialismo, por ejemplo. La "polis" tuvo en la Hélade un sentido del que careció en Egipto. El derecho divino de las dinastías reales es tan irracional como la infalibilidad de la mayoría numérica. Los esquemas constitucionales son procedimientos arbitrarios. Mundializar un modelo constitucional es una decisión de muy dudosa eficacia como ha demostrado la extensión a otras sociedades del sistema norteamericano.



La idea del super-Estado mundial tiene, entre otros desiguales precedentes teóricos, el cosmopolitismo estoico, la hermandad cristiana o el proletarismo marxista. Todos los grandes Imperios se han justificado con la pretensión de unificar el Derecho y la administración. Las asociaciones de pueblos, desde la Liga panhelénica o la Cristiandad hasta la Organización de las Naciones Unidas se presentaban como movimientos hacia el ecumenismo político. Una manifestación de comunidad de intereses son los actuales tribunales internacionales, incluso en materia penal. En los nacionalismos y en los independentismos hay un principio de irracionalidad, mientras que la solidaridad humana global es un imperativo de la razón práctica. La cuestión es la de si tal corresponsabilidad ecuménica puede implantarse por la vía federal o requiere el imperio. La Unión Europea se va constituyendo por consenso. La hegemonía mundial norteamericana se va imponiendo por la potencia cultural, económica y militar. La lógica induce a la realización del bien común del género humano mediante la unificación del orden jurídico y administrativo. Los separatismos son involutivos egoismos colectivos. El logos es políticamente globalizador, pero no es colonialista. Sí al Estado universal, pero serias reservas al Imperio universal.



La razón práctica postula un orden moral de validez universal. A ese fin responden el Decálogo mosaico y, en más modesta medida, las modernas declaraciones de derechos humanos. El cristianismo es un intento, bastante logrado durante centurias, de mundializar la ética. El problema de nuestro tiempo no es la generalización de la ética, sino su disolución en un pluralismo que acaba por ser individualista. Una moral a la carta de cada persona es relativismo, permisivismo y, en defmitiva, anemia ética. Esa es la flaqueza que padece Occidente y contra la que reaccionan ciertos fundamentalismos.



El riesgo de la globalización no es la universalización del logos, sino de la sinrazón. El deber de esta hora, tan preñada de posibilidades positivas, no es simplemente mundializar, sino mundializar lo mejor. La unidad y el bien como propiedades trascendentales del ente y como causas ejemplares.



 

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