Cómo surgió la
idea de Cruzada en la guerra civil
LOS
PROPOSITOS INICIALES DE LOS GENERALES SUBLEVADOS
a) Los militares alzados en armas contra el Gobierno del
Frente Popular (no contra la República) no tuvieron
otros móviles que restablecer el orden público y la
seguridad ciudadana frente al caos de los primeros meses
de gobierno del Frente Popular implantado a raíz de las
elecciones del 16 de febrero de 1936. La anarquía era
creciente (más de doscientas iglesias incendiadas y más
de 400 muertos en las calles), entre febrero y junio del
mismo año (1), y los socialistas radicales juntamente
con los comunistas, querían imponer la «dictadura del
proletariado» al estilo de la Rusia soviética
stalinista. Por su parte, los anarquistas querían
subvertir el orden social en un programa radical
nihilista, pues querían dinamitar el Estado para imponer
la utopía de una sociedad sin autoridad estatal.
Al iniciarse el Alzamiento Militar en las Islas Canarias,
el general Franco, además de declarar el estado de
guerra en su territorio, mandó leer por Radio Tenerife
un manifiesto a todos los españoles para justificar su
actitud con un manifiesto de intenciones ideológicas,
pues los otros generales sublevados se limitaron a
declarar el estado de guerra en su circunscripción
militar). En su invitación a sublevarse a los mandos
militares se declara que «la situación de España es,
cada día que pasa, más crítica. La anarquía reina en
la mayoría de sus campos y pueblos
A tiros de
pistola se dirimen las diferencias entre los bandos de
los ciudadanos
sin que los poderes públicos
impongan la paz y la justicia».
«Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida
de la nación, arruinando y destruyendo sus fuentes de
riqueza, y creando una situación de hambre, que lanzará
a la desesperación a los hombres trabajadores. Los
monumentos y tesoros artísticos son objeto de los
ataques de las hordas revolucionarias, obedeciendo a las
consignas que reciben de directivas extranjeras, que
cuentan con la complicidad o negligencia de gobernadores
o monterillas. Los más graves delitos se cometen en la
ciudades y en los campos, mientras las fuerzas de orden
público permanecen acuarteladas, corroídas por la
desesperación que provoca una obediencia ciega a
gobernantes que intentean deshonrarlas
La
Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un
eclipse total: Ni igualdad ante la ley, ni libertad,
aherrojada por la tiranía, ni fraternidad cuando el odio
y el crimen han sustituido al mutuo respeto, ni la unidad
de la Patria, amenazada por el desgarramiento
territorial. Glorificación de las revoluciones de
Asturias y Cataluña, una y otra quebrantadoras de la
Constitución
Os ofrecemos justicia e igualdad ante
la ley, paz y amor entre los españoles, libertad y
fraternidad, exentas de libertinaje y tiranía. Trabajo
para todos, justicia social, llevada a cabo sin enconos
ni violencias, y una equitativa y progresiva
distribución de la riqueza sin destruir ni poner en
peligro la economía española
En estos momentos es
España entera que se levanta pidiendo paz, fraternidad y
justicia
Nuestro impulso no se determina por la
defensa de unos intereses bastardos, ni por el deseo de
retroceder en el camino de la historia, porque las
Instituciones deben garantizar un mínimum de convivencia
entre los ciudadanos
El espíritu de odio y de
venganza no tiene albergue en nuestros pechos
Del
forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos
legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con
la paz interior de España y su anhelada grandeza,
haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez y por
este orden, la trilogía fraternidad, libertad e
igualdad. ¡Viva España! Viva el honrado pueblo
español!» (2).
En este manifiesto no hay alusión alguna al problema
religioso ni a la institución de la monarquía. Sólo se
quiere garantizar el orden público para una mejor
convivencia entre los españoles y el fomento de la
justicia social. Así, pues, la sublevación militar se
concibe como una especie de operación quirúrgica, como
había sido la dictadura del general Primo de Rivera,
para atajar el cáncer de la anarquía social.
El término «cruzada» aparece por primera vez en labios
del general Franco en su alocución desde radio Tetuán
el 24 de julio, pero en sentido puramente patriótico y
cívico sin connotación religiosa, pues habla de «una
cruzada en defensa de España», y así, se refiere a
«una cruzada patriótica». Pero al día siguiente, 25
de julio, festividad de Santiago Apóstol, patrono de
España, desde la misma emisora el general Franco alude
por primera vez al sentido religioso del Alzamiento, pues
dice: «Con nosotros va el bienestar, la paz de España,
la familia y la Religión, todo» (3). Así, la cruzada
patriótica se convierte en defensa de los valores
fundamentales de la familia y del sentir religioso de la
sociedad española, es decir, en defensa de lo que
llamamos la civilización cristiana, como expresamente se
declarará en manifestaciones posteriores de los
caudillos de la cruzada patriótica.
b) Por su parte, el general Mola en sus alocuiones del
mes de agosto, destaca ya las connotaciones religiosas
del Movimiento insurreccional. El contacto con los
requetés navarros, que desde el principio daban sentido
marcadamente religioso a la guerra en que participaban,
le hace descubrir esta faceta del Alzamiento. Ya el 15 de
julio (dos días antes del Alzamiento) dijeron a Mola, al
comprometerse en su insurrección: «Que Dios proteja
esta santa cruzada» (4). Y, de hecho, el general pronto
se dejó contagiar con esta ideología cívico-religiosa.
Así, el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, y nueve
días después de la Carta pastoral de los Obispos de
Vitoria y de Pamplona (de la que luego hablaremos) desde
Radio Castilla de Burgos el general en un lenguaje épico
y lírico declara: «Y luego, sobfe las ruinas que el
Frente Popular deje -sangre, fango y lágrimas- edificar
un Estado grande, fuerte y poderoso, que ha de tener
gallardo remate, allá en la altura, una Cruz de amplios
brazos -señal de protección a todos- la Cruz de nuestra
religión y de nuestra fe, lo único que ha quedado y
quedará intacto en esta vorágine de locura
» Y,
después de llamar mártires a los muertos de la guerra,
termina: «Pido a los creyentes que dediquen una oración
por las almas de los murieron en la santa Cruzada de
salvar a la Patria. Y a los que no lo sean, un recuerdo.
Y yo, más obligado que nadie, prometo una oración y el
recuerdo, y para sus tumbas las mejores flores de mi
jardín
» (5).
Y el día 15 de septiembre, también desde Radio Castilla
de Burgos, después de aludir a los asesinatos de hombres
ilustres, entre ellos de sacerdotes y religiosas «por el
delito
de haber consagrado su vida a Dios (es de
notar que este discurso es un día después de que Pío
XI declarara en Castegandolfo (como veremos) a los
muertos por los marxistas como «verdaderos mártires en
el sentido propio de la palabra», añadiendo al general
Mola: «Y no ha de tardar en que pongamos el colofón a
esta gran Cruzada a la cual nos hemos lanzado unos
cuantos hombres de buena voluntad» (6). Y en enero de
1937 Mola habla de la «santa cruzada» contra el
comunismo y la anarquía». Y en febrero de ese mismo
año declara que, después de enterrar la II República,
«pondrán sobre su tumba el «símbolo de la redención
a pesar de ser rabiosamente laica, influida por el
comunismo y la masonería».
Franco llama también «los cruzados de la santa
España» a los combatientes del Ejército nacional. Y el
general Dávila en la ofrenda al apóstol Santiago el 25
de julio de 1937, en plena batalla de Brunete, donde
estaba el Generalísimo, proclama: «Surgió el grito de
la fe y del patriotismo, y para su defensa, se formaron
legiones, regimientos y falanges de cruzados, que
llevando en el pecho tu enseña gloriosa, hacen de nuevo
a España, y te proclaman por su patrón y guía» (7). Y
le contestó el Cardenal Gomá en el mismo sentido, sin
emplear la palabra cruzada que ya había usado el Obispo
Pla y Deniel, de Salamanca en su Carta pastroal del 29 de
septiembre de 1936, como luego veremos.
Y en noviembre de 1936 el general Millán Astray
(entonces Director general de Propaganda en la España
nacional) declara por Radio Valladolid, dirigiéndose a
los madrileños que esperaban su liberación con la
conquista de la ciudad por las tropas de Franco: «en la
hora suprema de la muerte, Dios abre los ojos a la verdad
y ven claramente a Cristo Redentor y a la Patria
querida» (8), y antes había hablado de «los hombres de
la Religión y de la fe que defienden la Religión de
Cristo contra las perversas teorías de Moscú». Por su
parte, el general Cabanellas, masón y republicano laico,
escribió el 22 de octubre de 1936 en una revista
aragonesa: «Quiero que los últimos renglones que salgan
de mi pluma después de haber entregado los poderes de la
Junta nacional al insigne general Franco, supremo
Caudillo de la nueva España, sean para proclamar mi
gratitud a la protección divina, sin la que hubiéramos
podido vencer contra tantos y poderosos enemigos. Como en
la Reconquista, como en el descubrimiento de América,
como en la guerra de la Independencia, la Virgen del
Pilar protege y salva a España» (9).
Como dice una autor no simpatizante con la causa
nacional, «los generales del alzamiento se lanzaron
abiertamente a combatir por la Patria, y de pronto, se
encontraron también combatiendo por Dios, se fueron a
una guerra y se encontraron metidos en una Cruzada con
Providencia y milagros. Ellos nunca lo hubieran imaginado
en julio de 1936» (10). Por lo que al finalizar la
guerra, en junio de 1939, se concedieron honores
militares a la Virgen de Covadonga, que rescatada de la
embajada española de París, entró en España en un
viaje triunfal con un cortejo militar hasta quedar en su
lugar del Santuario, llevando al final su imagen en
hombros los generales Martín Alonso (libertador de
Oviedo) y Vigón, Jefe del Estado Mayor de Franco. Y se
declara en el decreto en el que se conceden honores
militares: «porque la fervorosa exaltación religiosa y
patriótica han dado aliento y vigor a nuestra Cruzada»
(11).
Al terminar la guerra, el Obispo de Salamanca Pla y
Deniel llama a Franco «gran Caudillo defensor del
espiritualismo de nuestros días» (12). Ya en su entorno
familiar había recibido una esmerada formación
religiosa debida a su madre; y al salir de la Academia
Militar de Toledo, en 1911, siendo teniente, a los 19
años, ingresó en la Adoración nocturna de El Ferrol,
según consta en acta del 11 de junio de 1911 (13). Y un
Padre franciscano, misionero en Marruecos, llamado
Antonio Rojo, dice que en Villa Sanjurjo (Alhucemas)
comulgaba con frecuencia, y que cuando no podía asistir
a Misa por sus obligaciones, iba a la Misión para que le
dieran la Comunión (14). Pero su conciencia religiosa se
acentuó durante la guerra, y así el 11 de enero de 1939
(tres meses antes de terminar la contienda), dijo al
periosista Manuel Aznar, que «llamaría a los españoles
de nuevo y los pondría en pie de guerra por la defensa
de la fe de Cristo si la Iglesia de Cristo se viera
amenazando como en otros siglos» (15). Ya en el
radiomensaje emitido por Radio Nacional en Salamanca en
la Nochebuena de 1937 hablaba de la «victoria final de
nuestra causa que es la causa de los cristianos en la
tierra» (16). Y poco antes, el 16 de noviembre de 1937
declaraba a un periodista de «L'Écho de París»:
«Somos soldados de Dios, y no luchamos contra otros
hermanos, sino contra el ateísmo y el materialismo»
(17). Y al corresponsal de la Agencia católica
norteamericana de noticias «New Service» afirma:
«Nuestra guerra es en defensa de la Religión y de la
Civilización cristiana». Por lo que se ve muy pronto
tenía conciencia de ser el Capitán de la Cruzada en
sentido patriotíco y religioso.
El Obispo de Salamanca, escribía al finalizar la guerra
en 1939 que «en la santa Cruzada contra el comunismo ha
tenido la Acción Católica, no sólo numeorosísimos
mártires y algunos de la rama femenina, que han sufrido
la muerte a los gritos de «¡Viva Cristo Rey!» y ¡Viva
España!, sino también numerosísimos héroes en los
campos de batalla», pues «los miembros de la Juventud
Católica Española no esperaron a obligadas
movilizaciones para ser valientes cruzados de Dios y de
España. En el Alcázar de Toledo se encontraban 21
jóvenes de Acción Católica, todos voluntarios,
exceptuando algunos que eran soldados de la Escuela
Central de Gimnasia, y entre ellos Antonio Rivera,
presidente de la Unión diocesana de Toledo, «el ángel
del Alcázar» como le llamaban sus heroicos compañeros.
Y en Oviedo, los miembros de la Unión diocesana se
presentaron voluntarios en el Cuartel de
Pelayo
¡Cómo ha contribuido a sostener la llama
del ideal y el verdadero espíritu de la Santa Cruzada de
su inflamado amor a Dios y a la Patria! (18). Y el Obispo
Pla y Deniel proclama al final de la guerra: «Cruzada
por la civilización cristiana la guerra, cuya victoria
estamos celebrando, ha tenido que ser segunda reconquista
de España. La primera empezó bajo la protección de
Nuestra Señora de Covadonga
La segunda ha
comenzado bajo la protección de la Virgen de Africa, a
la que invocó el Caudillo para terminar por la
expulsión de los comunistas y sus aliados a través de
los Pirineos» (19).
LAS DECLARACIONES DE LA JERARQUIA ECLESIASTICA SOBRE LA
GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
a) El primer documento de la jerarquía eclesiástica
sobre el sentido religioso de la contienda civil
española está en la Carta pastroal de los Obispos de
Vitoria, Mateo Mújica, y el de Pamplona, Marcelino
Olaechea firmada el 6 de agosto de 1936 (redactada por el
Cardenal Gomá a petición de ellos) para tratar de ganar
a la causa nacional a los nacionalistas vascos que, a
pesar de ser católicos, se habían adherido al Gobierno
que propugnaba un laicismo radical y hostial a la Iglesia
católica. En ese documento se declara que en esta guerra
«está en juego la suerte de la Religión y de la
Patria», pues en sus diócesis ha surgido «un problema
pavoroso de orden religioso-político, porque «en el
Movimiento cívico-militar de nuestro país laten juntos,
el amor a la Patria en sus varios matices, y el amor
tradicional de nuestra Religión sacrosanta
Vasconia y Navarra con la marca gloriosa de la sangre
derramada por Dios»
Y los dos prelados consideran
como «gravísimo el que hijos amantísimos de la
Iglesia
hayan hecho causa común con enemigos
declarados y encarnizados de la Iglesia. Han sumado sus
fuerzas a la de ellos
y eso non licet. No es
lícito fraccionar las fuerzas católicas ante el común
enemigo
Menos es lícito sumarse al enemigo (de la
Iglesia), promiscuando el ideal de Cristo y el de Belial,
entre los que hay compostura posible
El marxismo o
comunismo es hidra de siete cabezas, síntesis de toda
herejía, opuesto diametralmente al Cristianismo en su
doctrina religiosa, política, social y económica
Y el Sumo Pontífice prohíber dar la mano al
comunismo
No se puede anteponer la política a la
Religión. Antes que la Patria está Dios
Y es
grave peligro pactar con un enemigo tan tenaz, poderoso
como es el que hoy pretende la hegemonía en España;
porque la fidelidad a los pactos no obliga a los sin
Dios, fundamento único de toda obligación moral. Porque
el comunismo no se contenta con menos que con todo, y al
final de la contienda, cuando os halléis en minoría
frente a un enemigo irreconciliable por principios, por
objetivo social, que daréis en el desamparo que en que
quedan todas las minorías en régimen de democrática
autocracia
La ruina de España es la ruina de
todos, pues en ella como en el regazo de una madre caben
todos sus hijos, sin perder la fisonomía particular. Un
régimen de sensatez y de comprensión puede en España
resolver todas las aspiraciones legítimas». Y terminan
los dos prelados otorgando la bendición a todos,
especialmente «para cuandos se sacrifican en este
momento por la Religión y la Patria» (20). Aquí, pues,
aunque no se emplea el término «cruzada», se da una
dimensión religiosa a la guerra que empieza a llamarse
de liberación entre los nacionales.
b) Como en la parte ocupada por los nacionalistas en las
provincias vascongadas se decía que este documento de
los dos Obispos era apócrifo, el Obispo de Vitoria, D.
Mateo Múgica, hizo proclamar por la radio de Vitoria un
nuevo documento el 8 de septiembre de 1936 en estos
términos: «El día 6 de agosto nuestro documento
pastroal condenaba la incomprensible conducta de algunos
católicos de nuestra diócesis que combatían a metralla
despiadada a otros hermanos suyos católicos levantados
en armas a una con la inmensa mayoría del Ejército
español, para defender los intereses religiosos de
España
No podéis de ninguna manera cooperar ni
mucho ni poco, ni directa ni indirectamente, al quebranto
del Ejército español y cuerpos auxiliares, requetés,
falangistas y milicias ciudadanas, que enarbolando la
auténtica bandera española, la bicolor, luchan
heroicamente por la Religión y por la Patria. Oh, si
triunfaran los marxistas, rotos los diques de la
Religión, de la moral y de la decendia, la ola
arrolladora hundiría a todos en su ímpetu furioso. ¡No
habría salvación para los católicos, y procurarían
por todos los medios borrar hastta el último vestigio de
Dios! ¡Qué diferencia con lo que sucede en las
provincias que resueltamente se adhirieron al Salvador
Movimiento del Ejército español!
El crucifijo ha
sido restituido a su puesto de honor en las escuelas, la
imagen venerada del Sagrado Corazón ha retornado a su
trono que ocupaba en los Ayuntamientos y Diputaciones.
Son respetados los derechos de la santa Iglesia.
Sacerdotes, religiosos y religiosas son respetados,
apoyados, amados
Y se prometen oficialmente
soluciones cristianas ventajosísimas a los obreros
Irún fue incendiada por los marxistas, como serían
destruidas otras ciudades, si unidos los buenos, como han
hecho en el resto de España no aplastan a ese monstruo
del marxismo, ruina de toda civilización
El
Ejército español y sus cuerpos auxiliares están
dispuestos a triunfar cueste lo que cueste, y hay que
apoyarles decididamente
Basta de sangre. Dejad de
combatir al Ejército español victorioso, apoyadlo,
cooperad con él, y sálvase la vida de todos para que
todos, olvidando odios y rencores, podamos vivir en paz y
santa libertad». Finalmente invita el Obispo de Vitoria
a los sacerdotes y religiosos a orar para cooperar por
todos losd medios visibles al triunfo del Ejército
salvador de España!. ¡Viva España!» (21.)
c) Alocución del Papa Pío XI a los españoles huidos en
Castelgandolfo. El 14 de septiembre de 1936 recibía el
Papa Pío XI en audiencia a 500 españoles huidos de la
zona roja, a los que saludaba como «venidos de la gran
tribulación», ya que fueron perseguidos como los
«primeros mártires», porque «el mundo no era digno de
tenerlos». Y les felicitaba por haber sufrido como «los
primeros apóstoles por el nombre de Jesús y por ser
cristianos
Son verdaderos martirios en el sentido
sagrado y glorioso significado de la palabra hasta el
sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables
ancianos, de juventudes primaverales hasta la intrépida
generosidad que pide un lugar en el carro y con las
víctimas que esperan al verdugo». Y declaraba que los
mártires de España se añadían al glorioso
martirologio de la Iglesia de España», y se
congratulaba del «amplio despertar de piedad y de vida
cristiana, especialmente en el buen pueblo español». Y
terminaba la alocución con estas significativas
palabras: «Por encima de toda consideración mundana y
política, nuestra bendición se dirige de manera
especial a cuantos han asumido la difícil y peligrosa
tarea de defender los derechos y el honor de Dios y de la
Religión» (22).
d) Carta Pastoral del Obispo de Salamanca, D. Enrique Pla
y Deniel, titulada «las dos ciudades» sobre la guerra
española. La alocución de Pío XI dio pie al Obispo de
Salamanca para redactar a fines de septiembre de 1936 una
Carta Pastoral de tipo doctrinal sobre el profundo
sentido de la guerra española, a la que califica
explícitamente de Cruzada (término que no habían
empleado los obispos de Vitoria y de Pamplona) en estos
términos: «Hoy están en lucha épica en nuestra
España dos concepciones de la vida, dos fuerzas que
están aprestadas para una lucha universal en todos los
pueblos de la tierra, las dos ciudades, la del desprecio
de Dios y la del amor a Dios
El comunismo y el
anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al odio
de Dios
pero enfrente han florecido el heroísmo y
el martirio, que en amor exaltado a España y a Dios,
ofrecen en sacrificio su propia vida
Los comunistas
y los anarquistas son los hijos de Caín, fratricidas de
sus hermanos
Frente a ellos están los soldados y
voluntarios que luchan por Dios y por la Patria».
Y justifica el prelado salmantino el Alzamiento Militar
conforme a la doctrina de los grandes teólogos hispanos
que sostienen la licitud de la insurrección contra una
situación de tiranía en los poderes públicos. Por lo
que dice: «Millares de jóvenes luchan por Dios y por
España
Son jóvenes combatientes de una
Cruzada
El comunismo es el hijo de la envidia y del
odio
Una España laica ya no es España
No se
donfunda la confesionalidad (del Estado) con la
teocracia
Los católicos han de ser los mejores
ciudadanos y los más fieles cumplidores de las justas
leyes del Estado
Nuestro Señor nos concederá la
gracia de entornar el Te Deum por la España recobrada
para Dios, recobrándose a sí misma
» Y al final,
termina enviando su bendición pastroal a los que en los
campos de batalla luchan por Dios y por España» y a los
que quedan en la retaguardia cooperando a la santa
Cruzada. Porque se trata de una Cruzada contra el
comunismo para salvar la Religión, la Patria y la
Familia, por lo que los combatientes son «los cruzados
del s. XX» (23.)
e) Y el 13 de febrero de 1937 se celebra en el Paraninfo
de la Universidad de Salamanca un acto de homenaje a Pío
XI en el XVI aniversario de su coronación pontificia, en
el que el Obispo Pla y Deniel pronuncia una larga
alocución titulada «Pío XI y España». En ella
reitera sus ideas sobre el carácter justo de la
insurrección militar según la doctrina ctaólica
tradicional, utilizando varias veces el término
«Cruzada». Así dice: «El desbordamiento de la
anarquía comunista contra la cual estamos sosteniendo
cruenta y heroica Cruzada, pues no es una mera guerra
civil, ni una guerra internacional, sino sustancialmente
es una Cruzada con todas las de la ley, al estilio de las
históricas campañas medievales
Sustancialmente es
una Cruzada por la Religión, por la Patria y por la
civilización contra el comunismo. Una solemne bendición
pontificia dada el 14 de septiembre de 1936, desde
Castelgandolfo, a los que en España luchaban con las
armas en defensa de la Religión y de la civilización
cristiana, implícitamente encerraba la aseveración de
la tesis tradicional sobre la licitud del Alzamiento en
armas contra un poder excesivamente tiránico y contra la
anarquía, y la aplicación de esta tesis al caso de
España
Las palabras, sin embargo, de mayor
trascendencia del discurso papal son las solemnísimas
siguientes «Sobre toda la consideración mundana y
política nuestra bendición se dirige de una manera
esecial a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa
tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de
Dios y de la Religión, que es como defender los derechos
de la dignidad de la conciencia, la condición primera y
la base segura de todo los humanos y del civil
bienestar»
Por loq ue Pla y Deniel concluye que en
la guerra de España se trata de una verdadera Cruzada
por Dios, por la religión y por la civilización (24).
f) Y al terminar la guerra civil, el 21 de mayo de 1939,
el obispo de Salamanca lanzó una segunda Pastroal
titualada El triunfo de la ciudad de Dios y la
resurrección de España en la que repite: «La
bendición de Pío XI a los heroicos combatientes de la
España Nacional consagraba el carácter de Cruzada de la
guerra española. No había sido esta Cruzada ordenada ni
convocada por la Iglesia, pero fue reconocida y bendecida
como tal por Pío XI el 14 de diciembre de 1936. Y el
Papa no bendice más que a los cruzados
La
bendición de Pío XI nos dio la seguridad suficiente,
que como Obispo necesitábamos, para publicar más tarde,
el 30 de septiembre de 1936, nuestra Pastroal Las dos
ciudades, definiendo la tesis de que no se trataba de que
la guerra de España fuera una mera guerra civil, sino de
una verdadera Cruzada por la religión, por la Patria y
por la civilización cristiana» (25).
g) Por su parte, el Cardenal Gomá en su escrito Sobre el
caso de España, dedicado a explicar el carácter
religioso de la guerra española contra los que decían
que era una mera guerra de clases, de ricos contra
pobres, de demócratas contra fascistas, puntualiza: «Si
la guerra actual aparece como una guerra puramente civil,
porque es en el suelo español y por los mismos
españoles donde se sostiene, en el fondo debe
reconocerse en ella un espíritu de verdadera Cruzada en
pro de la Religión católica; lo que era como un eco de
las palabras de la Carta Pastoral de Pla y Deniel,
escrita dos meses antes. Y continúa: «La Cruz y la
espada -la espada contra la Cruz- son la síntesis de la
historia del Cristianismo en sus tres primeros siglos. En
los tiempos medievales -la espada al servicio de la Cruz-
las Cruzadas en que millares de hombres blanden la
espada, marcado su pecho con la cruz, son uno de los
movimientos de fuerza y de espíritu, que dejaron huella
profunda en la historia del mundo. Y hoy sacerdotes y
soldados españoles, para que no falte en la historia de
la conjunción de la cruz y la espada, os juntáis en los
campos de batalla, unos para levantar, sobre las frentes
rendidas, la Hostia y el Cáliz, reproducción del
sacrificio de la Cruz y otros obedeciendo al gesto
fulminante de la espada de vuestros jfefes para lanzaron,
en nombre de Dios y de la Patria, a la reconquista del
bendio pueblo de España
Que la Cruz sea como la
forma espiritual de la espada, que no vibre la espada si
no es movida por un profundo espíritu de justicia
Es un ejército de cruzados (26). Y el 2 de febrero el
Cardenal Gomá habla de «nuestra Cruzada» en su
Pastoral, titulada Catolicismo y Patria. Ya en 1938
había hablado de que nuestra guerra tiene en algunos
aspectos todos los caracteres de Cruzada tanto por lo
menos que algunas guerras de Religión que registra la
historia» (27).
h) El 30 de enero de 1937 el Cardenal Gomá publicó una
Carta Pastoral sobre El sentido cristiano español de la
guerra, y en ella destacaba cómo el ideal de la paz es
consustancial con el Mensaje evangélico, que gira en
torno al «Príncipe de la paz». Y la guerra es la
antítesis de la paz. Los hombres, si hacen la guerra,
debe ser para lograr la paz. Por lo que ahora «el dolor
de España» en guerra debe ser «su penitencia». Por lo
que cada cristiano debe ser un «soldado de la
oración», pero «buena parte del territorio de España
está sin templos, sin culto, sin Hostia que se levante
en medio de los pueblos y ciudades desiertas de
Dios
Nuestro espíritu nacional debe ser injertado
en Dios
Los enemigos nuestros se llaman así mismos
«Sin Dios», y luchan contra Dios
Por eso
aplaudimos de corazón la palabra recientemente dicha por
el Jefe del Estado: «Nosotros queremos una España
católica». Porque «España debe salvar la
civilización cristiana de la acción destructora y
antisocial del marxismo, como en otros tiempos la salvó
de los horrores de la Media Luna y de la desviación de
la Reforma
Porque en esta epopeya que el espíritu
nacional escribe, con la profesión de fe y con el valor
de sus armas son páginas dignas de loss tiempos
heroicos, que no desdirían en una antología universal
de los hechos famosos. Citemos, en el orden militar,
nuestro Alcázar de Toledo, y en lo religioso, el
heroísmo de millares de mártires, cuyas gestas no
tienen equivalencia sino en el Martirologio romano
En el ejemplo de nuestros héroes y en la sangre de
nuestros mártires fundamos otro motivos de nuestras
esperanzas
pues la sangre de millares de españoles
que la han derramado por su Dios y por su fe, cuyo grito
postrero ha sido un vítor a Cristo Rey
es una
plegaria viva por España» (28).
LA CARTA COLECTIVA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL SOBRE LA
GUERRA DE ESPAÑA
a) El 10 de febrero de 1937 el Cardenal Pacelli,
Secretario de Estado en el Vaticano, sugirió al Cardenal
Gomá en una carta la oportunidad de hacer público
algún documento episcopal e n el que con delicadeza se
abordara la colaboración de los católicos vascos con el
comunismo. Y entonces, el Cardenal Gomá consultó con
los obispos sobre la oportunidad de redactar una Carta
colectiva del Episcopado sobre la guerra de España en
general, dada la desorientación del mundo sobre la
misma. Lo de redactar una nueva Carta a los católicos
vascos lo considera inútil después de que no han hecho
caso a la Carta Pastoral de los obispos de Vitoria y
Pamplona. Consultado el Vaticano sobre el proyecto de una
Carta colectiva sobre la guerra en general, el cardenal
Pacelli contestó que «el Santo Padre lo deja plenamente
a su prudente juicio». El 10 de mayo de 1937 el Cardenal
Gomá es llamado por Franco para tener una entrevista en
Salamanca, donde estaba el Cuartel General, porque Franco
se lamentaba de la injusta campaña en el extranjero
contra el bando nacional, y le rogó que «la Jerarquía
española hiciera algo para disipar dudas y aclarar
horizonte». Entonces el Cardenal Gomá le habla a Franco
del proyecto del Documento colectivo del Episcopado
español que estaba preparando, y Franco lo acogió con
entusiasmo, rogando al Cardenal que lo llevara a
efecto». Entonces el Cardenal Gomá envió un guión del
proyectado Documento al Vaticano, y los obispos
españoles dieron su aprobación para su redacción
definitiva, pues conocían el esquema del mismo
Documento. Incluso algunos obispos querían que el
Documento presentado en borrador fuera más contundente,
pero el Cardenal Gomá impuso un tono moderado al mismo.
Después envió las galeradas del Documento al Cardenal
Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano, y le dio
seguridades de que el Documento no se publicaría si no
era firmado por todos los obispos residentes en España.
El cardenal Vidal y Barraquer (que había estado a punto
de ser fusilado por los anarquistas, y fue liberado del
martirio por el Presidente de la Generalidad, Companys,
enviando un piquete de la Guardia Civil a las órdenes
del Coronel Escobar, por lo que al verlos creyó que el
Movimiento Militar había triunfado en Barcelona;
después pidió protección al Gobierno italiano fascita,
y en un barco italiano, protegido por éste, llegó a
Italia donde se instaló definitivamente.
En cambio, su obispo auxiliar de Tarragona, que fue
asesinado consiguiendo la palma del martirio), contestó
al Cardenal Gomá que «encontraba admirable de fondo y
de forma el Documento proyectado, como el de todos los
redactados por el Cardenal Gomá
pero temía que se
le diera un sentido político» (En diversas cartas del
Cardenal Vidal y Barraquer al Cardenal Gomá enviaba
«respetuosos saludos al general Franco». Incluso le
pidió que intercediera ante los militares para que
librara del servicio activo militar a su sobrino
seminarista) (29).
Por fin, la Carta Colectiva se poublicó el 1 de julio de
1937, y fue firmada por 48 prleados, de los que 8 son
arzobispos, 35 obispos y 5 vicarios capitulares. El
cardenal Segura, como no residía en España, no quiso
firmarla, pues estaba dolido porque el Vaticano le había
cesado como Metropolitano de Toledo, y no le había
restituido a su Sede. Tampoco le firmaron el Cardenal
Vidal y Barraquer y el obispo de Vitoria, forzado al
exilio, Mateo Mújica, que había firmado la anterior
Carta pastoral del 6 de agosto de 1936 con el Obispo de
Pamplona, Marcelino Olaechea. Estaba dolido por haber
sido expulsado de su diócesis por el General Mola, pues
se le acusaba de demasiado permisivo con el clero
separatista de su Diócesis.
b) Contenido de la Carta Colectiva. Ya en el preámbulo
de la misma se declara que «no se trata de la
demostración de una tesis, sino de la simple exposición
a grandes líneas de los hechos que caracterizan nuestra
guerra y le dan una fisonomía histórica». Por eso
«tienen escrito un carácter asertivo y categórico de
carácter empírico». Porque se trata de «una
estimación legítima de los hechos y de una afirmación
per oppositum con que deshacemos con toda claridad las
afirmaciones falsas y las interpretaciones torcidas con
que haya podido falsearse la historia de estos años de
la vida de España». Y se destaca que el Episcopado
español «desde 1931 (en que se proclamó al República)
se puso realmente al lado de los poderes constituidos»,
siguiendo la doctrina tradicional de la Iglesia y las
orientaciones concretas de la Santa Sede. Al mismo tiempo
se declara que «perdonan generosamente a sus
perseguidores con nuestros sentimiento de caridad para
con todos».
Pero, «aunque la guerra es uno de los azotes más
tremendos de la humanidad, es a veces, un remedio
heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de
ls justicia y volverlas al reinado de la paz». Por eso
«la Iglesia, aún siendo hija del Príncipe de la paz,
bendice los emblemas de guerra y ha fundado las Ordenes
Militares, ha organizado Cruzadas contra los enemigos de
la fe»
Y luego se expone en el Documento la
doctrina tradicional de la Iglesia sobre la guerra justa,
y se alude a la guerra «santa». Pero en el Documento
episcopal colectivo no se emplea el término Cruzada que
había utilizado el Obispo de Salamanca, Pla y Deniel, en
su Carta pastoral del 30 de sepriembre de 1936, aunque el
cardenal Gomá lo había utilizado en otros escritos como
ya hemos visto. Por otra parte, en la Carta colectiva se
declara con énfasis que «la Iglesia no ha querido esta
guerra ni la buscó. No provocó ni conspiró para su
preparación». Pero, agradecida «a los que la han
liberado del enemigo que quiso perdernos, estamos
dispuestos a colaborar como obispos y como españoles,
con quienes se esfuerzan en reinstalar en España un
régimen de paz y de justicia». Y se afirma que en los
últimos años de la República «la situación era tan
caótica, y la amenaza comunista tan fuerte
y
agotados los medios legales, no había más recurso que
el de la fuerza para sostener el orden y la paz»
Por lo que se declara que «el Alzamiento es
cívico-militar», un Alzamiento nacional en el que las
dos España se batirán en el campo de batalla». Por un
lado está la España de la revolución comunista,
revolución que es ante todo antidivina», y por otra, la
España nacional en la que se produjo «una reacción de
tipo religioso frente a la acción destructora y
nihilista de los sin Dios. Por lo que «es una lucha
cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la
espiritual del lado de los sublevados, que salió en
defensa del orden, de la paz social, de la civilización
tradicional para la defensa de la Religión; y de la
otra, la materialista, llamada marxista, comunista y
anarquista»
Y por ello la Iglesia «no ha podido ser indiferente a la
lucha», ni «se solidariza con las conductas, tendencias
e intenciones que hoy o mañana pudieran desnaturalizar
la noble fisonomía del Movimiento Nacional en su origen
o en sus manifestaciones y fines». Porque el
levantamiento ha tenido en el fondo de la conciencia
popular un doble arraigo: el sentido patriótico y el
sentido religioso. Por lo que hoy por hoy en España no
hay más esperanza para reconquistar la justicia y la
paz
que el Movimiento nacional.
Por otra parte, se recalca que «la revolución comunista
es anticristiana con el odio a la Religión, que llegó
de Rusia exportada por orientales de espíritu
perverso». Pues «el odio del infierno» se encarnó en
nuestros infelices comunistas, por lo que la Iglesia
«cuenta con mártires por millares», lo que confirma el
aspecto religioso de la contienda, porque el Movimiento
Nacional ha fortalecido el sentido de la Patria, y ha
garantizado el orden, ya que «mientras en la España
marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o
reconquistadas, se celebra profusamente el culto divino,
y pululan y florecen nuevas manifestaciones de vida
cristiana». Por lo que «esta situación permite esperar
un régimen de justicia y de paz para el futuro». Y la
Iglesia «no ha sido agresora, sino que fue la primera
bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina, y
fomentando las obras de justicia social. Y ha sucumbido
-donde ha dominado el comunismo anarquista- víctima
inocente e indefensa
Porque la Iglesia se ha puesto
siempre al lado de la justicia y de la paz, y ha
colaborado con los poderes del Estado, en cualquier
situación, al servicio del bien común». Por lo que
«sería lamentable que la autocracia irresponsable de un
parlamentarismo fuese sustituida por la más terrible de
una dictadura desarraigada de la nación
Pero el
enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña con la
mentira, la insidia, y con la interpretación torcida de
los hechos»
Pero «perdonamos a cuantos sin saber
lo que hacían, han inferido un daño gravísimo a la
Iglesia y a la Patria
Invocamos en favor de ellos
los méritos de nuestros mártires, de los diez obispos y
de los miles de sacerdotes y católicos que murieron
perdonándolos» (30).
Por su parte el Obispo de Salamanca, Pla y Deniel, al
terminar la guerra proclamaba paladinamente: «Frente a
los sin Dios, poseísos de un odio a todo lo divino, y de
un furor fratricida, veía combatiendo noble y
heroicamente a los más sprestigiosos generales, jefes y
oficiales del Ejército Español, y a las ardorosas
juventudes españolas que ofrendaban su vida por Dios y
por España» (31). Es el mejor comentario que resume el
ambiente de guerra tal como se reflejaba en la famosa
Carta Colectiva del Episcopado español, que adquirió
enorme resonancia en todo el mundo católico como lo
demuestran las miles de adhesiones de los obispos de los
cinco continentes y de prestigiosos intelectuales.
LA APORTACION DE LOS ESCRITORES Y TEOLOGOS
Muchos escritores y teólogos escribieron defendiendo la
justificación del Movimiento nacional y destacando el
aspecto religioso de la contienda. Entre ellos, los
dominicos y jesuitas fueron los que más se significaron
en este sentido, pero también teólogos del clero
secular. Así, el jesuita Constantino Bayle publicó en
1937 un folleto justificativo titulado: ¿Qué pasa en
España?, tratando de explicar «a los católicos del
mundo» el sentido profundo de la guerra española como
lucha religiosa contra el comunismo, declarando que es
una batalla contra los «sin Dios». También en 1937 el
dominico Venancio D. Carro publicó en Zamora un folleto
titulado «La verdad sobre la guerra española. Breve
relato histórico. Y también en la primavera de ese
mismo año el P. Venancio D. Carro y el P. Vicente
Beltrán de Heredia publicaron en Roma un alegato contra
los que querían mantenerse neutrales en lo referente a
la guerra española, porque era dar unos mismos derechos
a «los asesinos, a los traidores a Dios y a la Patria.
Por su parte, el P. Ignacio Menéndez Reigada, dominico,
profesor de Teología Moral en el Convento de San Esteban
de Salamanca, publicó en la primavera de 1937 en la
«Cicencia Tomista» un artículo titulado La guerra
nacional española ante la Moral y el Derecho, que tuvo
gran difusión, utilizando los argumentos de la teología
tradicional, y probando q ue esta guerra no sólo era
justa, sino santa, incluso «la más santa de la
historia». Le rebatió J. Maritain en «La Nouvelle
Revue française», a lo que respondió el P. Reigada con
otro artículo en «Ciencia Tomista» que se titulaba
Acerca de la guerra santa; reafirmando su postura
anterior y puntualizando más los conceptos. Por su parte
su hermano Albino, Obispo de Tenerife, publicó dos
folletos titulados La España y la Cruz y Los enemigos de
España en 1938.
En 1937 el canónigo Magistral de Ciudad Real, Juan
Mugueta, publicó en Pamplona un libro titulado Ellos y
nosotros: al mundo católico y al mundo civilizado, en el
estilo del publicado por el P. Bayle; y así, declara que
la guerra de España es una guerra de creyentes contra
los «sin Dios». Por su parte, el dominico P. Luis G.
Getino editó en Salamanca un folleto titulado Justicia y
carácter de la guerra española. Y el P. Risco, jesuita,
publicó La epopeya del Alcázar de Toledo en 1938,
impreso en Burgos y también en 1938 el canónigo
magistral de la Catedral de Salamanca, Aniceto Castro
Albarrán, publicó un libro titulado Guerra santa: el
sentido católico del Movimiento Nacional. Publicado
también en Burgos con el prólogo del cardenal Gomá. Y
Castro Albarrán publicó también otro libro, Este es el
cortejo, héroes y mártires de la guerra española, en
Salamanca. Y al final de la guerra reeditó su antiguo
libro El derecho a la rebelión, cuyo título camibó por
el de Derecho al Alzamiento. Por su parte, el jesuita
Juan de la Cruz Martínez publica un folleto con el
título de ¿Cruzada o rebelión? Estudio jurídico de la
actual guerra de España (editado en Zaragoza). Y
también el jesuita Féliz González Olmedo publica El
sentido de la guerra española, y el canónigo Rafael
García y García de Castro (posteriormente Arzobispo de
Granada), publica La tragedia espiritual de Vizcaya. Y el
profesor de la Universidad Central de Madrid Juan
Zaragüeta publica Informe sobre el Movimiento Nacional
ante el derecho y la justicia. Y en Tolouse Luis Carrera
(antes colaborador con el Cardenal Vidal y Barraquer)
publicó Grandeza cristiana de España (32). Y en París
en 1937 se publicó el libro La persecution religieuse en
España, prologado por el poeta Paul Claudel, quien
afirma que la persecución en España es como la de
Nerón, Diocelciano y Enrique VIII de Inglaterra. Dice
Robespierre, Lenin y otros, no han agotado los tesoros de
la rabia y el odio, ni Voltaire, Renán y Marx un millón
de muertos lo han dado todo. Es la hora del Príncipe de
este mundo, de Judas Iscariote y de Caín. Y habla de la
«santa España, en la extremidad de Europa, donde se da
la concentración de la fe, la última zancada de
Santiago que no termina sino con la tierra, la patria de
Sto. Domingo y de Juan de la Cruz, de Francisco el
conquistador y Sta. Teresa, aresnal de Salamanca
Inquebrantable España
colonizadora de otro mundo.
Ahora es la hora de la «santa España». Como Pelayo y
el Cid han sacado de nuevo su espada. ¡Once obispos,
16.000 sacerdotes asesinado sy ninguna apostasía!
las puertas del cielo no bastan para esta
muchedumbre
quinientas iglesias catalanas
destruidas. Pero es bello morir con un grito de triunfo y
en su puesto. Es bueno para la Iglesia de Dios subir al
cielo en el incienso y en el holocausto
¡La
«santa España» ha dado la represalia del amor! Todas
estas ideas las sintetizara en su bellísimo poema
dedicado a los mártires de la «santa España» (33).
Y terminamos esta serie de escritos de intelectuales
sobre la guerra de España con el prólogo que el gran
teólogo alemán Karl Adam escribió para la traducción
de su libro Cristo nuestro hermano, justamente ocho días
después de terminar la guerra. Sus valoraciones sobre el
sentido religioso de la contienda son claras: «El hecho
de que mi libro Christus unser Bruder ha sido traducido
por un español a su idioma, me llena de satisfacción y
gratitud. Y es que no conozco nación que con más
orgullo y derecho pueda llamarse cristiana que la noble
nación española. Aquella fe sublime, aquella fe
cristiana de que yo he dado testimonio tan solo con tinta
y papel, el pueblo español la ha sellado con su propia
sangre en el martirio de millares y millares de sus
hijos.Por Cristo y por su cultura se puso en pie de
guerra y sostuvo la lucha
tan llena de horror y
espanto, pero, al mismo tiempo, tan llena de indecible
heroísmo y de denuedo supremo, que nunca lo había visto
aún el Occidente cristiano. No hay en la tierra un
testimonio tan brillante de la fuerza inquebrantable y
vital de la fe cristiana, de su recia virilidad, de su
valeroso espíritu de sacrificio y sublime elevación de
sentimiento que esta guerra triunfal de España en
defensa de su herencia cristiana. Sean mis páginas una
modesta corona que ofrezco a la España cristiana, a sus
heroicos hijos» (34).
RADIOMENSAJE DE PIO XII AL FINAL DE LA GUERRA A LOS
ESPAÑOLES
El Papa Pío XI había fallecido en febrero de 1939, y le
sucedió Pío XII, que había tenido mucho interés por
el curso de la guerra española en comunicación directa
con el Cardenal Gomá cuando aquel era Secretario de
Estado del Vaticano. Y al día siguiente de finalizar la
contienda envió como Pontífice un telegrama de
felicitación al Generalísimo en estos términos:
«Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos
sinceramente con Vuestra Excelencia deseada victoria
católica España, hacemos votos porque este queridísimo
país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus
antiguas tradiciones cristianas que tan grande la
hicieron. Con estos sentimientos efusivamente enviamos a
V.E. y a todo el noble pueblo español nuestra
apostólica bendición» (35). Y el Cardenal Gomá unas
semanas antes le escribió a Franco: «Dios ha hallado en
V.E. un digno instrumento de sus planes providenciales
sobre la Patria».
Y el Papa el 16 de abril de 1939, quince días después
de haber terminado la guerra, lanzó un Radiomensaje a
los españoles (el primer Radiomensaje del Papa Pío XII
al mundo después de haber sido elegido Pontífice de la
Iglesia Católica), en el que dirigiéndose a la
«católica España», se expresa en los siguientes
términos: «Con inmenso gozo, hijos queridísimos de la
católica España, nos dirigimos para expresar nuestra
paternal congratulación por el don de la paz y de la
victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo
cristiano de vuestra fe y caridad, probados en tantos y
tan generosos sentimientos. Anhelante y confiado esperaba
nuestro predecesor esta paz providencial, fruto, sin
duda, de aquella fecunda bendición que en los albores
mismos de la contienda enviaba a cuantos se habían
propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los
derechos de Dios y de la Religión. Y no dudamos de que
esta paz ha de ser la que él mismo desde entonces
auguraba, anuncio de un porvenir de tranquilidad en el
orden y de honor en la prosperidad.
«Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se
han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica
España. La nación elegida por Dios como principal
instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como
baluarte inexpugnable de la fe acaba de dar a los
prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la
prueba más excelsa de que por encima de todo están los
valores eternos de la Religión y del espíritu. La
propaganda intensa y los esfuerzos constantes de los
enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en
España un experimento supremo de las fuerzas disolventes
que tienen a su disposición por todo el mundo
Persuadido de esta verdad el sano pueblo español, con
las dos notas características de su nobilísimo
espíritu que son la generosidad y la franqueza, se alzó
dedicido en defensa de los ideales de la fe y de la
civilización cristiana, profundamente arraigados en el
fecundo pueblo de España; y ayudado de Dios
supo
resistir el empuje de los que, engañados con lo que
creían un ideal humanitario de exaltación del humilde,
en realidad, no luchaban sino en provecho del ateísmo.
«Este primordial significado de vuestra victoria nos
hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que
Dios se dignará conducir a España por el camino seguro
de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser
el norte y oriente a todos los españoles, amantes de su
Religión y de su Patria, en el esfuerzo de organizar la
vida de la nación en perfecta consonancia con su
nobilísima historia de fe, piedad y civilización
católicas
Y la garantía de nuestra firme
esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos
de que han dado pruebas inequívocas del Jefe de Estado y
tantos caballeros, sus fieles colaboradores en la legal
protección que han dispensado a los supremos intereses
religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la
Sede Apostólica
Y ahora ante el recuerdo de las
ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que
recuerdan los tiempos modernos. Nos, con piadoso impulso,
inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de
los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo, y
fieles de todas las edades y condiciones que en tan
elevado número han sellado con sangre su fe en
Jesucristo y su amor a la Religión católica
Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia
todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el
heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios
y de la Religión, sea en los campos de batalla, ya bien
consagrados en los sublimes oficios de caridad cristiana
en cárceles y hospitales
«A vosotros toca, hermanos en el Episcopado, aconsejar a
unos y a los otros que en su política de pacificación
todos sigan los principios inculcados por la Iglesia y
proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo de
justicia para el crimen y de benévola generosidad para
con los equivocados
Hacemos descender sobre
vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España
(sobre el Jefe del Estado y su ilustre gobierno
sobre los heroicos combatientes y sobre todos los fieles
nuestra bendición apostólica» (36).
El 3 de junio el Papa Pío XII recibió al Ministro de
Gobernación, a varios generales y a 3.000 soldados
españoles que habían acompañado a los voluntarios
italianos que habían participado en la contienda, en el
«Cortile San Dámaso» del Palacio apostólico, caso
único en los tiempos modernos y en los anales del
Vaticano. Era la prueba de que el Papa reconocía su
contribución a la victoria sobre los secuaces del
ateísmo de la zona marxista.
RECAPITULACION
Como síntesis podemos decir que el Alzamiento Nacional
en los propósitos iniciales de sus jefes no tenían
ningún carácter religioso, sino puramente nacional,
para restablecer el orden e instaurar un régimen
autoritario ante el caos del Frente Popular. Pero ya en
su alocución el general Franco desde Radio Tetuán el 25
de julio de 1936 declaraba que se luchaba por la
«Patria, la Familia y la religión». El General Mola
semanas después venia a destacar el carácter religioso
de la contienda en términos vagos. El pueblo español,
sobre todo entre los requetés navarros, dio carácter
religioso a la lucha, sobre todo, cuando llegaron las
noticias de que en la zona roja ardían las iglesias, y
se asesinaba por centenares a los sacerdotes y a los
católicos practicantes. Por eso, en las esquelas de los
periódicos se llamaba a los muertos en el campo de
batalla «caídos por Dios y por España». Y la
Jerarquía eclesiástica empezó a manifestarse en apoyo
de los militares sublevados con la Carta pastoral de los
obispos de Vitoria y de Pamplona, destacando el carácter
religioso de la contienda, como única solución para
defender los derechos de Dios y de la Religión. El
Obispo de Salamanca con su Carta pastoral Las dos
ciudades acuñó expresamente el título de «Cruzada»
para interpretar la guerra civil, y este término lo
empleó también el Cardenal Gomá. Finalmente en la
Carta Colectiva del Episcopado española se justificó el
Alzamiento Nacional como último recurso para salvar la
herencia cristiana de España, pero no se empleó en ella
el término Cruzada por razones diplomáticas.
Esta posición de la Iglesia dirigente española, que
respondía a una conciencia general del pueblo católico,
refleja la situación de defensa de la Iglesia frente al
laicismo militante del Gobierno del Frente Popular.
Cuando los militares se sublevaron y dieron plena
libertaa a la Iglesia, no se hizo sino repetir lo que
hizo la Iglesia cuando salió de la persecución de
Diocleciano y se encontró con la libertad y la
protección que le ofreció el emperador Constantino,
quien inauguró una era de paz que dio origen a los dos
siglos de oro de la historia de la Iglesia (ss. IV-V) con
sus doctores y santos por centenares. Igualmente, la
Iglesia española, cuando la invasión islámica,
replegada en la zona cantábrica se adhirió y alentó la
reconquista iniciada por D. Pelayo hasta la conquista de
Granada en tiempos de los Reyes Católicos. Es la gran
epopeya histórica de la nación española. Así, en el
siglo IX había siete obispos refugiados en el Reino de
Asturias cuando la inauguración de la basílica de
Valdediós en el año 883. En la zona ocupada por los
musulmanes la Iglesia tuvo que soportar una gran
servidumbre, aunque los musulmanes no les negaran el
derecho de su culto.
La persecución religiosa en la España marxista es la
más cruentas de la Europa occidental a través de su
historia con 13 obispos asesinados, 4.184 del clero
diocesano, 4.365 del clero regular y 283 religiosas (37),
más la destrucción total o profanación de 8.000
iglesias. Sólo la persecución religiosa en la Rusia
soviética superó estas cifras con 120.000 sacerdotes y
monjes asesinados, y las iglesias convertidas en
almacenes o museos del ateísmo como nuestra iglesia
dominicana de Kiev.
Afortunadamente la situación ha cambiado en Europa desde
el hundimiento del comunismo soviético que practicaba un
ateísmo militante hace once años, pues hay libertad
religiosa total. Sólo hay persecución religiosa en la
China comunista, en Vietnam y en la Cuba de Castro. Por
eso ahora las nuevas generaciones no entienden la
posición de la Iglesia durante la guerra civil
española, que no hizo sino defenderse frente a los
perseguidores. Y después de la contienda el nuevo
régimen protegió a la Iglesia y le dio todas las
facilidades para la recristianización de España,
ayudando copiosamente a la reconstrucción de las
iglesias destruidas.
Algunos grupos cristianos en medio de esta época de paz
religiosa quieren que la Iglesia española pida perdón
por haber dado carácter religioso la contienda civil.
Pero los mártires no tienen por qué pedir perdón a los
verdugos. Cristo murió en la cruz perdonando a sus
enemigos, pero no les pidió perdón por su actuación
predicando un mensaje espiritual que era como una
provocación a la clase dirigente judía. Es el Mártir
por antonomasia. San Esteban murió perdonando a sus
verdugos, pidiendo a Dios que no les tuviera en cuenta su
pecado, y San Cipriano, en el momento de ser degollado,
mandó que dieran al verdugo 25 monedas de oro, porque
contribuía a conseguir la corona del martirio. También
los mártires españoles de la última guerra murieron
perdonando a sus verdugos, que eran víctimas de unas
ideas alienantes, pues les habían convencido de que la
Religión era «el opio del pueblo».
Maximiliano GarcÍa Cordero, OP.
Notas
1 Vid.
«Vida Sobrenatural», núm. 64, Salamanca, abril 2001.
2 Véase Arrarás, J.: Historia de la Cruzada Española,
Madrid 1940, III, 71.
3 Véase Arrarás, J.: Historia de la Cruzada Española,
Madrid 1940, II, 85.
4 Cfs. García Escudero, J.M.: Historia política de las
dos España, Madrid 1976, p. 1451.
5 Véase Hernando, B.M.: Delirios de cruzada, Madrid
1977, p. 44-45. El autor simpatiza poco con el ideal de
la Cruzada, que considera como un «delirio», pero
recoge muchos datos sobre el tema que utilizamos.
6 Id., ibid., p. 45.
7 Id., ibid., p. 53.
8 Díaz Plaja, P.: España en sus documentos III, p. 213.
9 B. Hernando, o.c., p. 106-107.
10 Id., ibid., p. 110.
11 Id., ibid., p. 107.
12 Id., ibid., p. 107.
13 Id., ibid., p. 111, n. 63.
14 Id., ibid., p. 112. Véase Historia y Vida, enero
1977, p. 113.
15 Id., ibid., p. 113.
16 Id., ibid., p. 113.
17 Id., ibid., p. 113.
18 Id., ibid., p. 137.
19 Id., ibid., p. 138.
20 Véase Montero A.: Historia de la persecución
religiosa en España, Madrid 1961, 682-686.
21 Cfs. Id., ibid., p. 686-687.
22 Id., ibid., p. 741-742.
23 Id., ibid., p. 688-708.
24 Hernando B.M.: Delirios de Cruzada, Madrid 1977,
54-56.
25 Id., ibid., p. 57.
26 Id., ibid., p. 458-59.
27 Véase Montero, A.: o.c., 708-725
28 Cf. Hernando B.M.: o.c., 83-85.
29 Véase Granados, A.: El Cardenal Gomá Primado de
España, Madrid 1969, 171-176. En carta al Cardenal
Gomás respecto al documento previo de la «Carta
colectiva» le dice: «He leído atentamente el
documento
Lo encuentro admirable de fondo y de
forma, como todos los de Vd. y muy propio para
propaganda, pero lo estimo poco adecuado a la condición
y carácter de quienes han de suscribirlo. Temo que se le
dará una interpretación política por su contenido y
por algunos datos o hechos en él consignados
Es
para mí una seria contrariedad el verme obligado en
conciencia a ratificar la opinión de no suscribirlo, que
ya me permití anticiparle, pues ello importa el
violentar mis sentimientos de Vd. bien conocidos»,
pensando además en aquellas almas que se hallan todavía
en situación incierta y angustiosa» (p. 176). Y en
carta del 9 de febrero de 1937 el Cardenal Vidal y
Barraquer le decía que «expresara verbal y
reservadamente a la persona (Franco) cerca de la cual
ejerce su misión altísima, mis salutaciones y homenajes
de simpatía y afecto y mis sinceros votos de que se
logre cuanto antes el alcanzar y establecer en nuestra
España una paz sincera y perdurable, cimentada en el
amor cristiano y en la armónica convivencia de todos los
hombres de buena voluntad
Ruego a Dios por el
triunfo de la causa de la Iglesia en nuestra patria» (p.
177).
30 Véase Montero, A.: o.c., 726-741.
31 Cf. Hernando B.M.: o.c., 105.
32 Cf. Hernando B.M.: o.c., 153-159.
33 La persecution religieuse en Espagne. Poeme et Preface
de Paul Claudel (París 1937) I-IX.
34 Karl Adam, Cristo nuestro Hermano (Barcelona 1954. Ed.
Herder) 7.
35 De la Cierva, R.: La historia se confiesa, Madrid
1978, p. 243.
36 Véase Montero A.: Historia de la persecución
religiosa en España (Madrid 1961), p. 686-687.
37 Véase Montero A.: o.c., p. 762.
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