Los Reyes
Católicos, reyes de España (1)
Tradicionalmente
se ha visto en la toma de Granada por los Reyes
Católicos en 1492, así como en la posterior
incorporación del Reino de Navarra en 1512 a la nueva
monarquía fundada por ellos, la culminación de la
reunión de los distintos territorios hispanos bajo estos
gobernantes y, por lo tanto, el logro de la unidad
nacional española. Sin embargo, esta valoración, que
era prácticamente aceptada sin plantear problemas ni
dudas tanto por los historiadores como por el resto de la
sociedad, ha venido siendo puesta en entredicho desde
hace unos veinticinco años a partir de ciertas posturas.
Por eso mismo también, los miembros de mi generación
hemos escuchado muchas veces, de la boca de diversos
políticos y periodistas, así como de bastantes
profesores de Historia tanto de Enseñanza Media como
Universitaria, que «hasta el siglo XVIII y
los Borbones, y más concretamente hasta Carlos III, no
se puede hablar de Reyes de España», y no
pocas veces se añadía a esto que «tampoco
puede hablarse de España». Afirmaban que «los
Reyes Católicos no eran Reyes de España».
Incluso un eminente hispanista y buen conocedor del
período y la obra de Isabel y Fernando, como Joseph
Perez, después de haber titulado su estudio sobre estos
monarcas Isabelle et Ferdinand. Rois
Catholiques d'Espagne, cambia este nombre en
su edición española, dándole ahora el de Isabel
y Fernando. Los Reyes Católicos, y nos
sorprende nada más comenzar la introducción con estas
palabras: «He titubeado mucho antes de dar a
este libro el título de Fernando e Isabel, Reyes
Católicos de España. Para empezar, España no es, a
fines del siglo XV, más que una expresión geográfica,
como ocurrirá con Italia hasta el siglo XIX. [. . .]
Fernando e Isabel no fueron jamás reyes de España, sino
reyes de Castilla y de Aragón, por así decirlo. Para
ser totalmente exactos, habría que escribir, por lo
menos: Reyes de Castilla, de Aragón, de Valencia, Condes
de Barcelona...» (2)
Por supuesto, resulta evidente que los Reyes Católicos
nunca usaron en su intitulación la forma «Reyes de
España», sino que siempre emplearon la de «Rey
e Reyna de Castilla, de Leon, de Aragon, de Siçilia, de
Toledo...» Sin embargo, también es
innegable que numerosos autores contemporáneos, tanto
extranjeros como aún más hispanos, les denominaban
«Reyes de España».
Así pues, ¿cómo pueden conjugarse estos aspectos al
menos en apariencia contradictorios? ¿Se les puede
llamar «Reyes de España», tal como se lo llamaban sus
contemporáneos, o es incorrecto, tal como nos dicen
algunos historiadores, políticos y periodistas que
aseveran, rotundamente y dejando constancia de su
autoridad, que no es apropiado? Trataremos de responder
aquí a estas cuestiones, acercándonos a los textos de
la época y ofreciendo asimismo un marco más amplio.
1. LA EXPRESION «REYES DE ESPANA» EN EL MEDIEVO
HISPANICO
Acerca del problema de si se puede hablar de España en
la Edad Media y, en general, antes del siglo XVIII, se
debe recordar la existencia de algunas obras bien
documentadas y trabajadas como la ya clásica, pero no
por ello falta de un gran valor actual, de José Antonio
Maravall acerca de El concepto de España en
la Edad Media (3). Ciertamente, se trata de
un libro bastante largo y denso, y por ello puede
resultar algo pesada a veces su lectura. Por eso es
probable que no haya sido tan leído como merece. Por
otra parte, recientemente se han editado unas muy
interesantes reflexiones de destacados académicos de la
Historia sobre el ser de España (4), que aportan luz de
nuevo sobre la hoy tan debatida cuestión de qué es
España y cómo se ha concebido a lo largo de su
Historia.
Maravall se acerca de manera profunda a la realidad de
los diversos reinos cristianos de la Península Ibérica
en el Medievo, y analiza la razón de las expresiones «Regnum
Hispaniae», «Reges Hispanici», «Reges Hispaniae»,
etc., que tantas veces aparecen en textos medievales (5).
No vamos a tratar aquí con detalle ni a resumir
ampliamente estos asuntos, pero sí diremos que,
propiamente, el autor deja claro que en la Edad Media se
habla de España y que este vocablo no se reduce a un
simple valor geográfico, ya que «¿cuál es
en tal caso, la extraña condición de una entidad
geográfica capaz de dar origen a un hecho tan singular
(la realidad de las expresiones "Regnum
Hispaniae" o "Reges Hispanici")?» Después
de estudiar la cuestión, Maravall viene a concluir que
la idea medieval de España hace referencia a una
comunidad de identidad histórica, religiosa y cultural,
que en un pasado (la época visigótica) había estado
unida también políticamente, pero que luego perdió
este último aspecto y no se aspira a recuperarlo de una
manera plenamente intencionada. Es decir, los distintos
reyes hispanos o españoles y sus reinos, son legítimos
y no se piensa en acabar con ellos, pero sí existe entre
ellos una solidaridad asentada sobre esa unidad
histórico-religioso-cultural que hemos señalado. Y esto
les confiere una identidad frente al Islam y dentro de la
Europa cristiana. En palabras suyas, «la
"divisio regnorum" es un sistema, si no
querido, por lo menos aceptado y que se mantiene de tal
forma que se da, a la vez, una variedad de reinos y
pluralidad de reyes con la conservación de una
conciencia de unidad del que concomitantemente se llama
"Regnum Hispaniae'" [...] Durante siglos, nadie
piensa, o tal vez muy pocos, en reunir los reinos
hispánicos, en restablecer efectivamente la
"Monarquía hispánica"; pero esta situación
de división de reinos no resulta incompatible con el
sentimiento de comunidad de los hispanos y con el
concepto de Hispania -con todo el contenido histórico y,
por consiguiente, político, que ese concepto lleva en
sí».
Así, por lo tanto, estos reyes «forman un
grupo claramente definido y fijo: los reyes de España. Y
cabe decir, incluso, que la expresión se va
estabilizando y generalizando a medida que el tiempo
avanza». Hay que señalar que Maravall no
afirma todas estas cosas a la ligera, sino que, como ya
hemos dicho, el suyo es un trabajo muy documentado y
fruto de un notable esfuerzo. De este modo, indica cómo
la expresión de la que se ocupa aparece en diplomas
reales, crónicas y textos literarios, tanto pontificios
y del extranjero, como de toda España: Castilla,
Cataluña, Navarra... y la expresión es conocida por los
mismos reyes. Y «unidad fundamental es
aquella en la que descansa la expresión "Reges vel
principes Hispaniae", no de mera circunstancia
geográfica, ni aún histórica». Muntaner
la reduce a términos de absoluto, porque no dice
siquiera que "son de una carne y de una
sangre", sino que "son una carne y una
sangre"». Exactamente, Muntaner dice en
su Crónica que «si aquest quatre reis que
ell nomena, d'Espanya, qui son una carn e una sang, se
tenguessen ensems, poc dubtaren e prearen tot l'altre
poder del mon».
Por otra parte, se debe recordar cómo al final del Poema
de Mio Cid, el matrimonio definitivo de las hijas de
Rodrigo Díaz de Vivar emparenta a éste con los linajes
regios hispanos, de tal modo que el autor afirma: «Oy
los reyes d'España sos parientes son; / a todos alcança
onrra por el que en buena ora naçio» (6).
Menéndez Pidal ya vio un «valor nacional»
en esta expresión y en todo el Poema, y no deja de tener
interés el hecho de que viene a mostrarse así al Cid
como un vínculo entre las casas reales hispanas, con lo
cual incluso podemos considerar que, de ser un héroe
castellano, pasa a convertirse en un héroe español.
En la obra editada por la Real Academia de la Historia, a
la que ya nos hemos referido, uno de sus autores resalta
cómo, «ciñéndonos a la época medieval, no
parece que pueda haber muchas dudas sobre la presencia de
España como realidad histórica, de la que sus propios
habitantes, integrados en la Europa medieval, tomaron
conciencia creciente a partir de los siglos XI al XIII, a
través de ideas que, como suele suceder, fueron
expresadas por los grupos dominantes pero que
alcanzarían amplia aceptación social» (7).
En otro trabajo, este mismo autor afirma que «el
concepto de España es, ante todo, un concepto histórico
y cultural, más allá de lo geográfico y más allá de
lo político, que son dos de sus elementos componentes,
relativamente fijo el primero, cambiante en el tiempo el
segundo.» (8)
En línea con Maravall, se refiere igualmente a la
situación de «los cinco reinos»,
a la realidad de la pluralidad de entidades políticas en
la Península, pero indicando que «no hay
motivo para ignorar o negar que existió una España
medieval», independientemente del grado de
cohesión o disgregación política que existiera en
ella. Hacia el año 1300, en el que concluye su estudio, «la
hipótesis de traducir la realidad histórica española,
que era sentida conscientemente por los dirigentes, en
una entidad política común que favoreciera la
concentración de poder en manos de una sola monarquía,
era eso: una hipótesis». También matiza la
idea de Maravall de que los «reyes de España» regían
el ámbito hispano solidariamente, pues recuerda que en
realidad fueron frecuentes los enfrentamientos entre
ellos, si bien esto no significa que no existiese ese
sentimiento de comunidad. Y, por otro lado se ocupa del
neogoticismo y de la «Reconquista» como elementos
característicos de las cuestiones tratadas. Y en este
sentido, debemos recordar cómo Sánchez Albornoz
insistió siempre en el papel de la Reconquista en la
configuración de España.
Así, pues, hacia el 1300 «existía, en fin,
un concepto ya muy elaborado sobre la existencia
histórico-cultural de España que permitiría en el
futuro, entre otras cosas, imaginar y justificar
proyectos de convergencia política».
Por eso, no debe extrañarnos que los reyes de Castilla
se acogieran a la protección del Apóstol Santiago, a
quien se referían habitualmente en los preámbulos de
los documentos que otorgaban como «el
bienaventurado Apóstol Señor Santiago, Luz e Espejo [o
Patrón] de las Españas, caudillo e guiador de los reyes
de Castilla e de León». Y cabe recordar que
el arzobispo de Toledo era el «primado de las
Españas», y «cardenal de
España» cuando se le concedía el capelo
cardenalicio.
Tampoco debe sorprendernos que en documentos elaborados
en el ámbito vasco se aludiera en muchas ocasiones a su
integración en la Corona de Castilla y a la idea de
España, como se puede observar, por ejemplo, en la
fundación del mayorazgo del solar de Muñatones, en
Somorrostro (Vizcaya), por Juana de Butrón y Múgica,
esposa de Lope García de Salazar, en 1469, en virtud de
la facultad real dada por Juan II de Castilla, y en la
que se indica que se da preeminencia a los hijos mayores
sobre los otros, «lo qual guarda y
comúnmente es guardado, y se acostumbra a guardar en
todo el mundo, y especialmente en España, y aún
singularmente en estas montañas y costa de la mar».
El mencionado Lope García se definía en 1471 como «morador
en Somorrostro, vassallo del muy alto y esclarecido
Príncipe y muy poderoso Rey y Señor nuestro, el Rey don
Enrique [IV], Rey de Castilla e de León, a quien Dios
mantenga» (9).
Y que España era algo más que un simple concepto
geográfico y se sentía muy hondo, lo reflejan frases
como la recogida en el preámbulo de la fundación de
mayorazgo que hizo Juan Ramírez de Guzmán, señor de
Teba y Ardales (Málaga), mariscal de Castilla, previa
facultad del citado rey Enrique IV, en 1460, al referirse
a «los reyes de nuestra España de gloriosa
memoria, ya los pasados y los que viben» (10).
Esto es lo que puede explicar también que los
embajadores del rey Alfonso V de Aragón, Juan de Hijar y
mosén Berenguer Mercader, exhorten a Juan II de Castilla
a trabajar por la unidad de la Iglesia, esfuerzo para el
que deben llegar a un acuerdo entre ambos monarcas y,
asimismo, con los de Navarra y Portugal, para que
«axi unida tota Spanya o pur la major part»,
otros príncipes cristianos se adhieran y les sigan, y de
esta concordia obtendrán «gran merit davant
Deu, gran gloria en tot lo mon, e sería gran honor de
tota la naçió de Spanya» (11). Ya en el
concilio de Constanza de 1414, los cuatro reinos habían
actuado con un voto único como «nación»:
entonces, este término se entendía básicamente como
lugar de nacimiento, pero ha-bían tenido la conciencia
de ser una entidad que, en su comunidad, era distinta de
las otras cuatro «naciones» con
voto, a saber, Italia, Alemania, Francia e Inglaterra. Y,
más aún, Italia y España eran las que habían
mantenido el nombre romano, mientras que las otras
habían adoptado el de los pueblos «bárbaros»
que se habían asentando en ellas (12).
Por lo tanto, habiendo visto brevemente que en el Medievo
hispano se emplean con frecuencia las expresiones
referentes a España y a los reyes de España, y
habiéndonos acercado a la manera en que se conciben,
pasemos ahora a tratar el punto tocante a la
denominación de «Reyes de España» que varios autores
de la época de los Reyes Católicos dieron a éstos.
2. LOS AUTORES DE LA EPOCA DE LOS REYES CATOLICOS.
Uno de los autores que más emplea el término es el
franciscano Fray Ambrosio Montesino, perteneciente al
círculo de Cisneros y poeta y predicador de los Reyes
Católicos, que cuenta en su obra poética con dos piezas
dedicadas a San Juan Evangelista, compuestas a petición
de la Reina Isabel la Católica, quien, como sabemos, era
muy devota de este Apóstol. Incluso el escudo de los
Reyes Católicos, como también es de sobra conocido, nos
muestra el águila de San Juan acogiendo y protegiendo
bajo sus alas las armas de todos los territorios
englobados en la unión dinástica. En las Coplas
escritas hacia 1485 ya encontramos uno de los más
antiguos poemas del fraile franciscano: las coplas In
honore Sancti Johannis Evangelista (13), realizadas «por
mandado de la reyna de españa nuestra señora».
Y en ellas, las últimas cuatro estrofas adquieren un
interés especial. En la primera de estas cuatro dice el
autor:
«Todo el çielo te acompaña
y te honora,
y la reina te es despaña
servidora [. . . ]»
Fray Ambrosio denomina a Isabel «Reina de España» y en
los siguientes versos alude a la construcción en Toledo
del magnífico monasterio franciscano de San Juan de los
Reyes, levantado por los monarcas para conmemorar la
batalla de Toro y el triunfo en la Guerra de Sucesión de
Castilla, y a la vez para impulsar la reforma observante.
No hay que olvidar que en este edificio, asimismo, se
plasma de forma constante la simbología política de
Isabel y Fernando. La siguiente estrofa es una «Suplicación
a sant Juan por la reina nuestra señora», y
lo que pide especialmente es la asistencia en la Guerra
de Granada. Por fin, las dos últimas estrofas se dirigen
a la propia Reina Católica, de la que hace varios
elogios y dice creer ser su capitán «vuestro dulçe
evangelista / que es sant Juan». Y en las otras Coplas
de San Juan Evangelista, igualmente compuestas «por
mandado de la cristianísima reina doñaÊIsabel»,
también denomina a ésta «reina de las Españas», en
el sexto verso.
Asimismo, este autor llama «Reyes de España» a los
Reyes Católicos en el romance heroico sobre la muerte
del príncipe don Alfonso de Portugal en 1491, hecho a
petición de la infanta viuda doña Isabel, y que
alcanzó una divulgación muy amplia, incluso en Francia.
Cuando llega el caballero con la fatídica noticia, se le
pregunta así: «decid, ¿qué nuevas son
estas / de tan triste lamentar?, / los grandes reyes
d'España / son vivos o váles mal?, / que tienen cerco
en Granada / con triunfo imperial».
En cuanto a las traducciones hechas por él, la
«Epístola Prohemial» de la revisión del libro de las
Epistolas y Evangelios (1512) la dedica «al
Rey de España don Fernando nuestro Señor»,
y ahí dice ser «su mas leal y antiguo
predicador y siervo» (14).
De un modo singular destaca el «Prohemio epistolar» de
Montesino a la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, «el
Cartujano» (Alcalá de Henares, 1502-03) (15). La
traducción de esta extensa obra al castellano fue un
encargo de los Reyes Católicos e interesó de manera
especial también a Cisneros, pues veía en ella un
elemento importante para la reforma de los seglares, sin
por eso dejar de suponerlo igualmente para la de los
religiosos y eclesiásticos en general. El proemio está «endereçado
a los christianissimos e muy poderosos principes el rey
don Fernando e la reyna doña Isabel, reyes de España e
de Sicilia, etc., inuictissimos e muy excelentes, por
cuyo mandamiento lo interpreto (la Vita Christi)».
Y lo comienza así Fray Ambrosio: «Cristianissimos
principes rey e reyna, reyes clementissimos de España,
rey don Fernando e reyna doña Isabel muy poderosos; fray
Ambrosio Montesino, el menor de los frayles menores de
observancia, e el mas desseoso del servicio de vuestras
altezas, implora e suplica a Dios por la salud e prospero
estado de vuestra celsitud muy esclarescida, en lugar de
la reverencial e acostumbrada salutacion que a la
magestad real se debe.»
El proemio se puede dividir en tres partes. La primera es
una digresión teológico política sobre el gobierno y
los reyes, y en la cual Fray Ambrosio se convierte en un
exponente del «máximo religioso».
La segunda es un elogio de toda la labor desarrollada por
los Reyes Católicos. Y la tercera trata del profundo
valor de la obra traducida. En cierta manera, la
división entre las partes segunda y tercera no resulta
del todo clara, ya que el franciscano considera el
mandato de traducir la Vita Christi del
Cartujano como una más de las grandes tareas emprendidas
por Isabel y Fernando. La verdad es que este proemio no
tiene desperdicio alguno, y para el asunto que estamos
tratando es de gran interés su segunda parte. Dentro de
la primera, destacan las siguientes palabras:
«Ansi que serenissimos principes: en este prohemio
epistolar, no entiendo explicar por extenso la
particularidad de vuestros excelentes e muy esclarescidos
hechos, porque assaz basta ver por experiencia, que son
de tal calidad e tantos, que ponen en olvido las
victoriales hazañas de los reyes passados, e dan
admiracion e espanto a los presentes, e son imagen de
bivo original para los tiempos advenideros, en que miren
vuestros successores, e aun los reyes de toda la
cristiandad, para no errar en las costumbres de sus
personas, e para ser siempre notables e diestros en las
administraciones de sus reynos». Aún hace
alguna alabanza más a continuación, en esta primera
parte.
Pero es realmente en la segunda parte del proemio donde
Fray Ambrosio realiza un gran elogio de Isabel y Fernando
y de su obra.
Digamos sólamente que un poco más tarde, Fray Ambrosio
Montesino se declara ser «su pobrezillo e muy
leal seruidor» (de los monarcas), y que la
portada de los volúmenes de la edición alcalaína nos
muestra un dibujo en el cual Fray Ambrosio, arrodillado,
está entregando un volumen a los Reyes Católicos,
quienes se hallan sentados en el trono. A la izquierda
aparece otro fraile franciscano, que tal vez pudiera ser
Cisneros, como me ha sugerido la investigadora
estadounidense Bethany Aram. Debajo del dibujo aparece el
escudo de armas de Isabel y Fernando, evidentemente ya
con la granada, y una leyenda que dice: «Vita
christi cartuxano romançado por fray Ambrosio».
La edición de Alcalá de Henares de 1502-03 es sin duda
una auténtica joya tipográfica, igual que lo son las
ediciones portuguesa y valenciana de la misma obra.
Ciertamente, la segunda parte del proemio tiene un alto
contenido de propaganda política, como buena parte de
los elogios de la época a la labor y las personas de los
Reyes Católicos. Pero ello no quiere decir que no haya
sinceridad de sentimiento en el autor, ni tampoco
significa que no sea verdad lo que dice, pues el
conocimiento de la Historia nos hace ver que todo lo que
se ensalza fue verídico. Y es lógico que los
contemporáneos alabasen una época de tantos éxitos
reunidos y a aquéllos que los habían hecho posibles.
Cabe pensar en el modo en que este texto pudo calar en
los lectores, y no sólo en los del momento, sino
también en los posteriores. Habría que considerar
incluso el efecto que pudo tener en quienes lo leyeron no
muchos años después de salir a la luz, cuando a España
volvieron unos tiempos más dificiles, como dificiles
habían sido los precedentes al gobierno de los Reyes
Católicos. Así, por ejemplo, el propio San Ignacio
cuenta en su Autobiografía que leyó la obra durante su
convalecencia en la casa-torre de Loyola en 1521, cuando
se recuperaba de la herida sufrida en el asedio de
Pamplona (16). Y el P. Leturia, buen conocedor del vasco
Iñigo de Loyola, dice que, al encontrarse con el
panegírico que Fray Ambrosio Montesino hace de los Reyes
Católicos, «había de leerlo el enfermo con
gusto, pues le llevaba a recordar sucesos por él mismo
vividos en su pubertad, y que ofrecían afilado contraste
con los disturbios y marejadas que habían seguido en
todos los órdenes desde la muerte de la Reina
Católica» (17).
Por otra parte, podemos resaltar el interés de los Reyes
Católicos por ésta y otras vidas de Cristo difundidas
por toda España y que tanto éxito tenían en esa época
aquí y en toda Europa. Así, por ejemplo, fijándonos en
Valencia, cabe señalar que Fernando el Católico
escribió en marzo de 1496 al batlle general de aquel
Reino, Diego de Torres, solicitándole la edición de la
traducción de la misma Vita Christi del Cartujano, que
Joan Roís de Corella hizo al catalán valenciano y que
fue publicándose entre 1495 y 1500 (18). Por otro lado,
la Reina Isabel pidió una copia de la Vita Christi que
había escrito en un precioso catalán valenciano Sor
Isabel de Villena, abadesa del monasterio de clarisas de
la Trinidad de Valencia. Y gracias a esta petición, la
obra fue enviada a la imprenta, ya que la sucesora de Sor
Isabel en el cargo, Sor Aldonca de Montsoriu consideró
que así cumpliría mejor el encargo de la Reina, y a
ella, a la «molt alta, molt poderosa,
christianissima Reyna e Senyora», le dedicó
la obra en el prólogo que le puso y que firma como su «humil
serventa e oradora Sor Aldonça de Montsoriu, indigna
abbadessa del monestir de la Sancta Trinitat»
(19).
Pero también otras personas e instituciones del momento
hablaron de España y de los Reyes Católicos como Reyes
de España con total naturalidad, como varios
historiadores han observado. Así, los predicadores se
dirigían a los monarcas en sus sermones como al «Rey
y Reina de las Españas» o de «España»,
y un poeta valenciano les reconocía como «Reys
d'Espanya», mientras que en 1493 el gobierno
municipal de Barcelona se refirió a don Fernando como el
«rey de Spanya, nostre senyor» y
en 1511 el concejo de Murcia le indicó que «toda
la nación [de] España» le rogaba que no se
arriesgase personalmente en una expedición a Africa
(20). Cabría añadir algunos ejemplos más, como son los
que se recogen en la pluma de Diego de Valera y en la de
Pedro Mártir de Anglería, entre otros (21), o por
supuesto, el caso de Antonio de Nebrija, del que más
adelante recogeremos una cita de gran valor, pero del que
ahora podemos recordar que en su Historia de la guerra de
Navarra, escrita en lengua latina, habla del
enfrentamiento entre «hispani»
(españoles, bien es cierto que a veces los identifica en
especial con los castellanos, pero no sólo) y «galli»
(galos, franceses) y presenta a Isabel la Católica como
«Regina Hispaniarum» y a su hijo
el príncipe don Juan como «Princeps
Hispaniarum», a la vez que exalta toda la
labor de Fernando el Católico y del duque de Alba en la
incorporación del Reino y expone que éste era parte de
España: «At Navariam, quis aequus rerum
aestimator iudicet, ab Hispania posse disiungi?»
(22)
Incluso el propio Fernando el Católico, satisfecho y
orgulloso de su labor, decía en 1514 que «Ha
mas de setecientos años que nunca la Corona de España
estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora, asi en
Poniente como en Levante, y todo, despues de Dios, por mi
obra y trabajo.» (23)
Sin duda alguna adquieren una relevancia destacable los
textos referidos al hijo mayor y heredero de los Reyes
Católicos, el príncipe don Juan, y en especial los que
lamentan la muerte de aquella joven «esperanza
de España» (24).
Luis Ramírez de Lucena dedicó su Arte del ajedrez
(Salamanca, 1494-95) al «sereníssimo e muy
sclarescido don Johan el tercero, Príncipe de las
Spañas», y lo mismo hizo Juan del Encina
con su Arte de poesía castellana (Salamanca, 1496), en
cuyo proemio aludía a la labor del «dottísimo
maestro Antonio de Lebrixa [o Nebrija], aquel que
desterró de nuestra España los barbarismos que en la
lengua latina se avían criado»; y también
le dedicó su traducción de las Bucólicas de Virgilio
(Salamanca, 1496), saludándole en el prólogo como
«¡O bienaventurado príncipe, esperança de las
Españas, espejo y claridad de tantos reinos, y de muchos
más merecedor!» Por su parte, de un modo
semejante a como denominaba Fray Ambrosio Montesino a
Isabel y Fernando, Lucio Marineo Sículo llamó en latín
«Princeps Hispaniae et Siciliae»
a don Juan.
Ahora bien, según hemos indicado, la muerte de este
personaje suscitó un tremendo dolor no sólo en sus
padres, los monarcas, sino en toda España, pues se
había puesto en él toda la esperanza de la
continuación de la época de paz y esplendor de Isabel y
Fernando y la definitiva consolidación de la unión de
Coronas y Reinos bajo un mismo cetro. Así la lloró el
mismo Juan del Encina, en un poema A la dolorosa muerte
del príncipe don Juan, de gloriosa memoria, hijo de los
muy católicos Reyes de España, donde recuerda cómo
éstos habían logrado restaurar el orden en la Corona de
Castilla: «dionos Dios reyes de tal
perfeción / que fueron remedio de mal tan entero [dicho
desorden], / dioles Dios hijo varón, heredero, juntando
a Castilla, Sicilia, Aragón. / ¡O, quántos plazeres
España sintió / en todos lugares haziendo alegrías, /
fiestas las noches y fiestas los días / quando el gran
Príncipe ya nos nació! / [...] Él era de España la
flor y esperança», y en su boda con
«la gran Margarita, la flor de Alemaña, / juntónosla
Dios con la flor de España / [...] ¿Quién dirá el
gozo que España mostró, / sintiendo gran gloria destos
casamientos?» El mismo poeta, en un romance, comienza
lamentándose así: «Triste España sin ventura, / todos
te deven llorar, / despoblada de alegría / [. . . ] /
pierdes Príncipe tan alto, / hijo de reyes sin par.»
Hacia 1498, el comendador Román, criado de los Reyes
Católicos, publicó unas Coplas sobre el fallecimiento
del hijo de éstos, en las cuales aparece en cierto
momento «una señora, la qual dezía ser
España, haziendo grandísimo planto por el Príncipe»,
afirmando que «Yo soy la que más perdió /
en este Príncipe santo / que la muerte nos llevó»,
pues había puesto en él gran esperanza de que fuera la
garantía de continuidad del buen gobierno de sus padres.
Y también Garci Sánchez de Badajoz compuso unas Coplas
con el mismo tema, donde decía: «Y cantemos
sobre Spaña, / con triste voz y sonido / de ronco pecho
salido, / la desventura tamaña / que a todos nos ha
venido»; en este mismo poema denomina a
Isabel «Reina de los afligidos, / leona brava
de Spaña» y refiere que el dolor por la
muerte del Príncipe «por toda Spaña
puebla».
De manera semejante, Pedro Mártir de Anglería elaboró
un poema en latín titulado De obitu catholici
Principis hispaniarum, y Diego Ramírez de
Villaesclusa se refirió a Fernando el Católico,
también en la lengua de los romanos, como rey de las
Españas y de Sicilia. En castellano, Alfonso Ortiz
redactó un Tratado del fallecimiento del
príncipe don Juan, a quien designa
igualmente como «príncipe de las Españas»,
«don Juan de las Españas» y «heredero
primogénito de las Españas». A todo esto
cabe añadir unos romances populares que recogen
similares ideas y sentimientos, como el que comienza «Nueva
triste, nueva triste que sona por toda España».
Por lo tanto, el príncipe don Juan fue ampliamente
considerado «príncipe de las Españas»
y futuro continuador de la época de paz, esplendor y
unión hispánica lograda por sus padres, y su muerte
supuso un tremendo dolor que afectó, y esto está
documentado, a todas las capas de la sociedad y en todos
los reinos, como lo reflejaron los funerales celebrados
por su alma y el sentimiento de tristeza general que se
observó en todos los lugares.
3. LOS REYES CATOLICOS, ¿REYES DE ESPANA O NO?
Hemos visto con claridad que en la Edad Media hispana se
habla de España y que ésta no se concibe como una
entidad meramente geográfica, sino como una comunidad
histórica y religioso-cultural, que confiere a sus
miembros unos vínculos de solidaridad y de identidad. En
principio, aunque se recuerda y en cierta manera se
añora la antigua unidad política habida en la época
visigótica y rota con la invasión islámica (es la idea
de la «pérdida de España»
desarrollada ya en la Crónica mozárabe del 754), no se
aspira a recuperarla de un modo plenamente intencionado,
al menos hasta fechas bastante tardías, pues se afirma
la legitimidad jurídica de los distintos reinos y
entidades políticas de la España medieval. Eso sí,
éstos se ven interrelacionados entre sí por ese
sentimiento realmente existente de comunidad hispánica y
que les proporciona una identidad especial ante el Islam
y en el seno de la Europa cristiana. Para la época de
los Reyes Católicos, sin embargo, sí nos encontramos
con unos deseos, en ocasiones muy marcados, de anhelo y
búsqueda de la unión política, y las directrices del
gobierno de los monarcas apuntan a ese fin. Esto, sin
embargo, no procede de la nada, sino que se ha ido
fraguando a lo largo de siglos, en especial desde el
XIII. Según hemos indicado ya, en la propia centuria del
1400 toda una serie de textos fue preparando el terreno
para la realización de la unidad hispánica bajo una
sola Corona (25).
Por otro lado, los contemporáneos extranjeros e hispanos
denominaron con cierta frecuencia «Reyes de
España» a los Reyes Católicos, y además
usaban el término con naturalidad. Sin embargo, es
cierto que los monarcas nunca emplearon tal designación
en su intitulación, sino que conservaron la larga lista
de títulos que ya conocemos y que estaba abierta a
añadir otros nuevos; y, efectivamente, ellos la
agrandaron de forma sobresaliente.
Respecto de esta segunda cuestión, Fernando del Pulgar,
en su Crónica de los Reyes Católicos refiere que en el
Consejo Real se debatió qué intitulación debían
emplear, y que, a pesar de que los votos de algunos
consejeros se inclinaron porque se denominasen «reyes
e señores de España, pues subçediendo en aquellos
reynos del rey de Aragón eran señores de toda la mayor
parte della, pero determinaron de no lo hacer e
yntitularonse en todas sus cartas en esta manera» (es
decir, la de la lista de reinos y señoríos).
Por lo tanto, hubo una negación por parte de Isabel y
Fernando a la idea de autodenominarse de forma oficial «Reyes
de España». Y, sin embargo, es evidente que
no sólo les llamaron así numerosas personas e
instituciones, sino que los monarcas no pusieron
impedimento alguno a que lo siguieran haciendo. Más
aún, lo permitieron e incluso ordenaron que se
imprimieran libros en los que aparecía tal término. El
caso del propio Fray Ambrosio Montesino es bien claro y
significativo: se dirige a Isabel como «Reina
de España», al menos ya desde las coplas
que por encargo suyo compone hacia 1485; a ella y a
Fernando les denomina «Reyes de España»
en la Vita Christi en 1502; y finalmente dedica al
segundo, como «Rey de España»,
las Epistolas y Evangelios en 1512.
Esto último lleva a reflexionar sobre otro aspecto: el
calificativo se aplica tanto a Isabel sola, como
únicamente a Fernando, y a los dos juntos. Es decir,
cabe afirmar que hay una conciencia clara de que los dos
son los Reyes de España, y que el «Tanto
monta» funciona al menos en la teoría.
Así pues, ¿podemos considerar y llamar «Reyes de
España» a los Reyes Católicos?
En primer lugar, queda fuera de duda que España es una
realidad en la Edad Media y que existe un concepto de
ella que no se limita a mera geografía, sino que, si
bien ésta puede ser y es la base, hay bastante más: hay
una conciencia de identidad y de comunidad. Por lo tanto,
en caso de considerar a Isabel y Fernando «Reyes
de España», lo serán de algo que no se
restringe a lo geográfico.
En segundo lugar, ya se ha visto cómo se habla con
frecuencia de los «Reyes de España»
en el Medievo hispánico, así que tampoco es del todo
novedoso que se aplique el término a Isabel y Fernando,
sino que tiene una larga tradición. Pero lo que sí es
novedoso es que se les considera como reyes de la unión
recuperada de España, gracias a su matrimonio y a toda
su labor, en la que cuentan como elementos muy
importantes la incorporación de Granada, Canarias,
Navarra... La expansión norteafricana, el descubrimiento
de América... y, desde luego, la política matrimonial
de los monarcas. Todo esto, sin olvidar lo que
desarrollan en lo que toca a la hacienda y la moneda, la
justicia, el ejército, la reforma y unidad religiosas,
etc.
En tercer lugar, no sólo otras personas e instituciones
denominan a Isabel y Fernando «Reyes de
España», sino que ellos mismos tienen
conciencia de serlo, aun cuando no quieran usar de manera
oficial esta designación. Si no fuera así, no se
comprendería que permitieran que se les llamase de este
modo una y otra vez a lo largo de todo su reinado, y
tanto por separado como en conjunto.
¿Por qué entonces no aceptaron el uso oficial del
título «Reyes de España»? Como apunta Suárez (26),
se pueden encontrar varias posibles respuestas a tal
cuestión.
La primera de ellas puede ser la tradición: a lo largo
de la Edad Media, los monarcas hicieron uso de un sistema
de titulación plural, que fue plenamente heredado por
los Reyes Católicos. Este factor ya lo señala Maravall
(27), y hay que recordar que Isabel y Fernando eran
tenidos, y ellos a sí mismos se tenían, más como
«restauradores» que como «fundadores"
(28).
La segunda razón es que pudo deberse a que la unión
política de España aún no estaba acabada del todo: no
eran todavía reyes de toda España, sino de una parte,
aunque fuera la mayor, lo que creaba en ellos el deber de
completarla (29).
En relación con esto hay que poner la cuestión de
Portugal: ya sabemos que, a través de su política
matrimonial, uno de los fines de los Reyes Católicos era
la armonización política con este reino. Pero el uso
del título »Reyes de España» de forma oficial podía
molestar al vecino lusitano, que también se consideraba
parte de España. Maravall ya indica este aspecto, y
realiza un comentario acerca de que el rey don Manuel de
Portugal hizo una reclamación a Fernando el Católico
porque éste se hacía llamar «rey de España» (30). De
todas formas, el hecho de que, en cambio, Isabel y
Fernando aceptaran que personas e instituciones les
denominasen así, podía constituir un elemento de
propaganda de cara también a Portugal.
Y, hablando de propaganda, una cuarta razón la podemos
ver en la fuerza que podía tener una larga
intitulación, la cual, además, estaba abierta a nuevos
añadidos. Ladero matiza que la efectividad y la fuerza
de cada título era diversa: los había honoríficos
(Atenas y Neopatria, por ejemplo), reivindicativos
(Rosellón y Cerdaña hasta 1493) y efectivos (31). Como
decimos, la lista podía ir aumentándose mediante la
incorporación de nuevos reinos o señoríos y esto
confería un evidente prestigio al monarca o monarcas
(32). Y, como igualmente hemos dicho, los Reyes
Católicos hicieron crecer en su época el número de
títulos de forma considerable.
En fin, la última razón es quizá la más importante:
la unidad estaba construida sobre la base de la
diversidad territorial. Suárez también opina que éste
fue el motivo principal de la cuestión y concretamente
recalca que la unión se estaba edificando según el
modelo de la Corona de Aragón (33). Ladero, por su
parte, da importancia igualmente a la realidad de que la
monarquía tenía dominios y componentes variados (34). Y
Hillgarth, recordando que en la intitulación de los
Reyes Católicos los reinos de la Corona de Castilla y
los de la de Aragón se enumeran uno tras otro en
rigurosa alternancia, cita a Gómez Mampaso en la idea de
que esto parece reflejar «la concepción
pluralista del Estado, yuxtaponiendo los reinos sin
fundirlos» (35). Sin duda alguna, el
corporativismo u organicismo cristiano medieval pudo
jugar un papel muy destacado en la configuración de la
unión dinástica. Cepeda Adán tiene en cuenta este
factor al referirse a la concepción del reino, del
Estado, en los Reyes Católicos (36). Son muy
esclarecedoras, por otra parte, estas palabras de Antonio
de Nebrija en el prólogo que dedica a Isabel la
Católica, «Reina i señora natural de
españa e las islas de nuestro mar», en su
Gramatica de la lengua castellana de 1492: «I
assi crecio [la lengua castellana] hasta la monarchia e
paz de que gozamos, primeramente por la bondad e
prouidencia diuina, despues por la industria e trabajo e
diligencia de vuestra real majestad. En la fortuna e
buena dicha de la cual los miembros e pedaços de España
que estauan por muchas partes derramados, se reduxeron e
aiuntaron en un cuerpo e unidad de reino. La forma e
travazon del cual assi esta ordenada que muchos siglos,
iniuria e tiempos no la podran romper ni desatar.»
(37)
Nebrija ve con claridad que se ha alcanzado la unidad que
llevaba esperando siglos y que ya es irrompible. Pero,
además de esto, habla de «miembros»
y «cuerpo», y cualquier
entendido en textos políticos medievales sabe que no son
palabras dichas al azar o sin significado. El reino se
concibe orgánicamente en lo social y en lo territorial,
y los territorios que lo componen son los miembros que
forman el cuerpo del reino. Este no puede existir sin
aquéllos, y aquéllos, a su vez, no tienen sentido y
finalidad fuera del reino. Y, sin duda alguna, ésta era
la visión de los Reyes Católicos. Ellos fundamentaron
la unidad sobre la diversidad, bebiendo doctrinalmente
para ello en buena medida del pensamiento corporativo del
Medievo cristiano, que se fue perpetuando y renovando
posteriormente y que en España tiene una de sus
expresiones más recientes y bastante fiel heredera de
él en el tradicionalismo carlista; en Portugal podemos
verlo en el miguelismo y el integralismo. El foralismo
carlista se explica bien desde esa perspectiva y trata de
conjugar la unidad nacional con la diversidad regional,
de una manera no muy lejana al modelo de los Reyes
Católicos. Los cuales, aunque sin duda dieron muchos y
muy importantes pasos en la construcción del «Estado
moderno», seguían vinculados a las
doctrinas de la Edad Media cristiana.
Otro reflejo claro de tal concepción es el escudo de
armas de Isabel y Fernando, en el cual se integran los
distintos territorios y la personalidad de cada uno de
ellos queda tan patente como la unidad alcanzada, al
mismo tiempo que todo queda consagrado y protegido por el
águila de San Juan Evangelista, por la fe católica
(38).
Y esta diversidad en la unidad es la que también explica
que muchas veces se hable de España en plural: «las
Españas». También Felipe II utilizó,
además de la larga lista de territorios en su
intitulación, esa otra de «Philippus
Hispaniarum Princeps» o «Philippus,
Dei gratia Rex Hispaniarum...». Y esto ya lo
había hecho su padre Carlos I, como se observa en varios
sellos (39). Es decir, que después de los Reyes
Católicos y antes de Carlos III, también otros monarcas
fueron denominados (en los casos de Carlos I y Felipe II
que aquí se refieren, se autodenominaron) «Reyes
de España» o «de las Españas».
Los historiadores de la Edad Moderna, acogiéndose a
veces a textos de autores de los siglos XVI y XVII, por
ejemplo del P. Mariana, han propuesto, quizá como
términos menos conflictivos, los de «Monarquía
Católica» y «Monarquía
Hispánica», para hablar de los reyes que
gobernaron España desde Isabel y Fernando hasta la
centuria del 1700. En realidad, son términos ciertamente
bastante adecuados y que hacen referencia sobre todo a
dos aspectos: la fe sobre la que se asienta la Monarquía
y la universalidad. Porque, en realidad, tanto
catolicidad como Hispanidad son conceptos que expresan
universalidad, y la España de la Epoca Moderna muestra
sin duda esta vertiente. Pero ello no quita el que,
después de haber tratado toda esta cuestión, podamos
sin temor hablar también de «Reyes de España» antes
de Carlos III y que podamos aplicar tal calificativo
igualmente sin miedo a los Reyes Católicos. Del mismo
modo, no hay por qué evitar hablar de España antes del
siglo XVIII, ni hay razones verdaderas para afirmar que
España no existe ni ha existido en la Historia. Como
bien dice el profesor Eloy Benito Ruano: «¿Negación
actual de España? Síntoma de incultura histórica.»
(40)
Santiago Cantera Montenegro
1
Resumen de la conferencia pronunciada en la Universidad
San Pablo-CEU de Madrid el 4 de mayo de 2001, dentro de
las Jornadas sobre La creación del Estado moderno
español: una transición política a finales del siglo
XV. En buena medida, habíamos abordado el tema en el
artículo "Fray Ambrosio Montesino y los Reyes
Católicos como Reyes de España", en Fundación,
revista de la Fundación para la Historia de España
(Argentina), II (1999-2000), pp. 261-282.
2 Tanto la edición francesa (París) como la española
(Madrid, Nerea), son de 1988. La cita, p. 9.
3 Maravall Casesnoves, J. A.: El concepto de España en
la Edad Media. Manejamos la 4a edicio~ilMadrid, Centro de
Estudios Constitucionales, 1997); la la es de 1954.
4 Espana. Reflexiones sobre el ser de Espana. Madrid,
Real Acadernia de la Historia, 1997.
5 Op. cit., 2a parte. A continuación, recogemos algunas
citas de las pp. 342, 345, 388-390 y 398.
6 Versos 3724-3725. Manejamos la 4a edición de Ramón
Menéndez Pidal (Madrid, Espasa-Calpe, 1940, p. 298) y la
de Colin Smith (Madrid, Cátedra, lg9l, p. 267).
7 Ladero Quesada, M. A.: ~España: Reinos y señoríos
medievales (Siglos XI a XIV)", en España.
ReJlexiones sobre..., pp. 95-129; p. 95.
8 Ladero Quesada, M. A.: "Ideas e imágenes sobre
España en la Edad Media", en Sobre la realidad de
España. Madrid, Universidad Carlos III de Madrid -
Boletín Oficial del Estado, 1994, pp. 35-53; p, 38.
Recogemos a continuación algunas citas de este trabajo y
del mencionado antes.
9 Real Academia de la Historia (RAH), Col. Salazar y
Castro, 9/356 (antiguo E-18), fols. 119 r. - 122 v.
10 RAH, Col. Salazar y Castro, 9/832 (antiguo M-25),
fols. 180 r. - 188 r.
11 RAH, Col. Salazar y Castro, 9/706, (antiguo K-81),
fols. 21 r. - 22 r.
12 En esta idea incide habitualmente el profesor Luis
Suárez.
13 Para este autor, usamos principalmente la edición de
la BAE (Biblioteca de Autores Españoles), vol. 35
(Madrid, Rivadeneyra, 1855), pp. 401-466; aquí, pp.
441-444. Y Rodríguez Puértolas, Cancionero de Fray
Ambrosio Montesino, Cuenca, Diputación Provincial, 1987;
pp. 253-260 y 260-268.
14 De la primera edición de Toledo, 1512, solo se conoce
un ejemplar en el British Museum.
15 Por ejemplo, en la Biblioteca Nacional de Madrid (BN),
R-4 a R-7. El proemio, en vol. I, fols. II-IV.
16 San Ignacio de Loyola: Obras Completas, Madrid,
Biblioteca de Autores Cristianos (E3AC), 1977 (3a ed.
revisada); p. 94.
17 Leturia, P. de S.I.: El gentilhombre íñigo López de
Loyola en su Patria y en su siglo, Barcelona, Labor
(Colección "Pro Ecclesia et Patria"), 1949 (2a
ed. corregida); p. 152.
18 Riquer, M. de; Comas, A.; Molas, J.: Historia de la
Literatura Catalana, vol. IV (Part Antiga, per Martí de
Riquer. Barcelona, Ariel. 1985, 4a ed.); p. 117.
19 Existe ed. crítica reciente de la obra completa,
realizada por Josep Almiñana i Vallés, 2 vols.
Valencia, Ajuntament de Valencia, Regidoría d'Acció
Cultural, 1992. El prólogo en vol. I, p. 204.
20 Hillgarth, J. N.: Los Reyes Católicos. 1474-]516,
Barcelona, Grijalbo, 1984; p. 282.
21 Maravall, op. cit., p. 467. LADERO, "Ideas e
imágenes...", pp. 46-48.
22 Nebrija, E. A.: Historia de la guerra de Navarra,
Madrid, 1953.
23 Ladero, "Ideas e imágenes...", p. 48.
24 Para esta cuestión, es interesante Pérez Priego, M.
A.: El Príncipe Don Juan, heredero de los Reyes
Católicos, y la literatura de Stl época, Madrid, UNED,
1997; antología de textos literarios en pp. 55-101.
25 Ladero Quesada, M. A.: Los Reyes C~atólicos: la
Corona y la Unidad de España Valencla, Asociación
Francisco López de Gomara, 1989; pp. 88-90.
26 Suárez Fernández, L.: Los Reyes Católicos.
Fundamentos de la monarquía, Madrid, Rialp, 1989, p. 14.
27 Maravall, op. cit., pp. 352-353.
28 Suárez, Los Reyes (~atólicos. Fundamentos...,
capítulo I, 1 (pp. 9-14). De este autor, cabe recordar
también "España. Primera forma de Estado", en
España. Rellexiones sobre..., pp. 131-150.
29 Esta razón la apuntan también los profesores
Maravall, Suárez (quien no cree que sea la más
importante) y Ladero.
30 Maravall, op. cit., p. 470.
31 Ladero, Los Reyes Católicos ., p. 94.
32 Así lo veía Maravall, op. cit., p. 353.
33 Aparte de trabajos mencionados, es de gran interés el
primer capítulo de su obra Claves históricas en el
reinado de Fernando e Isabel, Madrid, Real Academia de la
Historia, 1998.
34 Ladero, Los Reyes Católicos , pp. 93-94. En su obra
España en 1492, Madrid, Hernando, 1978, p. 112, señala:
"La Inonarqllía de ambos esposos es a la vez unión
dinástica y ejercicio unido del poder en su cúspide. No
supone un cambio en la constitución interna de los
reinos y, tal vez por eso, Isabel y Fernando no se
titularon oficialmente reyes de España, aunque como
tales se considerasen, sino que mantuvieron las
titulaciones tradicionales, incluso las honoríficas,
unificadas en una larga relación donde cada reino
-castellano o aragonés- tiene su puesto y a la que se
incorporan las conquistas y anexiones efectuadas por
ellos. Los monarcas de la Casa de Austria conservarían
este procedimiento de titulación: [. ]".
35 Hillgarth, op. cit., p. 283.
36 Cepeda Adán, J.: En torno al concepto de Estado en
los Reyes Católicos. Madrid, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, Escuela de Historia
Moderna. 1956; pp. 74-75.
37 Nebnrija, A. de: Gramatica de la lengua castellana,
Salamanca, 1492. Hay edición facsímil de Valencia,
Librerías París-Valencia, 1992. La cita, pp. 5-6.
38 Es muy interesante el estudio de Menéndez Pidal de
Navascués, F.: "Los emblemas de España", en
Espaiia. Reflexiones sobre .., pp. 429-473.
39 Por ejemplo, en un sello de 1526 aparece la fórmula
"Carolus Dei Gracia Rex Hispaniarum" (Archivo
Histórico Nacional de Madrid [AHN],
Sigilografía-Sellos, Caja 17, n° 63). Y en otro de
1541, "loana, Carlos su hiio, Reis de Spanna"
(AHN, Sigilograffa-Sellos, Caja 47, n° 19).
40 Benito Ruano, E.¨"Reflexiones sobre el ser de
España", en España. Reflexiones sobre..., pp.
583-587; p. 587.
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