Discurso
pronunciado por el Ministro de Obras Públicas, Sr.
Fernández de la Mora, desde el balcón de la Diputación
Provincial de Vizcaya en el aniversario de la liberación
de Bilbao
Bilbainos:
El aniversario que hoy reune al pueblo y a su Ejército
es un requerimiento que la Historia nos hace para
reconsiderar, con rigor y con pasión, nuestra
experiencia y nuestro destino.
¿ De donde arrancamos? De la España de 1936. A la
mayoría de vosotros os cabe la inmensa ventura de no
haberla vivido. Pocas veces se podría pagar tan alto
precio como ahora por el olvido de la lección del
pasado. En 1936 el nuestro era uno de los pueblos más
pobres y desahuciados no ya de Europa, sino de Occidente.
Estábamos incluso muy por debajo de nuestras antiguas
provincias americanas. Eramos el farol rojo del viejo
mundo. Entre 1931 y 1936, los años de la Segunda
Republica, mientras el resto de Europa daba uno de los
saltos económicos mas brillantes, España no avanzó ni
un milímetro: estaba detenida en su postración. Y las
distancias relativas crecían sin tregua.
La causa de tal hundimiento eran las divisiones internas.
La lucha de clases yugulaba la industrialización y el
desarrollo económico. El pluralismo atomizaba la clase
política, y conducía a la ingobernabilidad. Los
separatismos amenazaban la existencia misma de la Patria.
Nuestras energías se agotaban con ceguera fratricida.
Fué la division interior la que nos deshizo, la que
frustró los episódicos empeños de recuperación.
A finales de 1936 España era una nación hundida y casi
sin esperanza. Ese es nuestro punto de partida. Fué de
las humillaciones y de la desesperación de donde
brotaron esas últimas fuerzas que permitieron la
fundación del Estado del 18 de Julio. El Ejército,
depositario de las más nobles virtudes nacionales, fué
el catalizador de la gesta, auténticamente inverosímil.
Al espíritu de reconstrucción de aquella hora, a la
unidad entonces constituida, y a las instituciones que
han ido cristalizando, debemos la espléndida realidad de
hoy. Hemos recuperado la primera posición en el mundo
hispánico; y también en la cuenca mediterránea, a una
distancia que no cesa de acortarse con Italia. A lo largo
del último decenio, España ha crecido casi el 50 por
100 más que la media de los paises de la Europa
Occidental. No se trata sólo de no perder el tren del
progreso; es que no cesamos de ganar posiciones en la
carrera de las naciones. Y por eso los capitales
internacionales, tan avizores, apuestan a España.
Todo lo conseguido es el fruto de la unidad, clave de la
paz interior y del trabajo fértil. Hemos superado los
regionalismos suicidas. Nuestro sindicalismo está
haciendo imposible la lucha de clases. Gobiernos
coherentes han encauzado el esfuerzo común con eficaz
continuidad. No nos dejemos arrebatar nada de esto.
Desechemos con escandalizada energía las tentaciones de
caer en los errores del pasado. Desoigamos las voces de
los insensatos o de los resentidos. No a los
desunificadores. Aferrémonos a la unidad como a la vida
.
Y ¿hacia donde vamos? Ahora podemos fijarnos un objetivo
que hace un tercio de siglo habría parecido fantástico
hasta la utopía. Ahora podemos recuperar nuestra antigua
posición de vanguardia en la Historia. Ya falta muy poco
para que en cualquier latitud podamos alzar con orgullo
nuestra frente de españoles. Basta con que continuemos
en el esfuerzo. Hay más de un centenar de paises que nos
miran como a una meta; pero todavía hay casi dos decenas
que nos preceden en el desarrollo. Recobremos nuestro
tradicional lugar de pariguales entre las naciones que
figuran a la vanguardia de la civilización. Podemos
hacerlo, y extirpar los complejos de inferioridad y de
impotencia que nos fué creando una centuria de desunión
y decadencia. Esta es la gran empresa: la de la nueva,
humanista, pacífica y próspera gloria. Es casi un
sarcasmo que algunos nostálgicos de las fórmulas que
nos condujeron a la parálisis, acusen de inmovilismo al
Estado y a los gobernantes que protagonizan la máxima
aceleración de la historia contemporánea de España. No
confundamos a quienes nos invitan a avanzar hacia el
precipicio con quienes nos están conduciendo a la
grandeza. Nuestro Estado representa la apertura, el
movimiento y el progreso hacía lo mejor. Sus enemigos,
solapados o expresos, propugnan el deslizamiento, la
agitación y el retorno hacia lo peor.
Adelante, españoles del Señorío de Vizcaya que habeis
sido avanzados de la industrialización de la Patría.
Adelante todos, con energía, con tesón y con esperanza.
Nunca en la edad contemporánea se nos habían ofrecido
unas posibilidades tan espléndidas; no escuchemos a
quienes nos invitan a malogarlas. Como en los años
fecundos que nos separan de la liberación de esta noble
urbe, fieles al Estado del 18 de Julio y a su Capitán,
continuemos la magnífica aventura de llevar a España
hacia arriba.
Bilbao, 19 de junio de 1972
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