Razón Española, nº 115; Razonalismo y política

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Razonalismo y política

Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva

¿Unión Europea o gran espacio? indice Monarquía y nacionalidad

Razonalismo y política

Gonzalo Fernández de la Mora forjó,desde muy joven,su carácter en la inquietud religiosa, la apasionada dedicación a la lectura y al estudio y a la soledad intimista que nos descubre a nosotros mismos. Su norte espiritual fue la disciplina moral que nos hace ser dueños de uno mismo y no esclavos de las pasiones; en definitiva, aprendió y practicó un estoicismo basado en los perfumes embriagadores del amor. Hizo suya y aplicó -sobre todo en momentos duros- la moral de aguante de los estoicos: sus tine et abstine, llegando a estimar la ataraxía o serenidad sobre todas las cosas.

Su formación heleno-germánica le ha confortado y le dotó de un poso fundamentador y metodológico, para sus posteriores y múltiples exploraciones especulativas por los más diversos campos del saber. A la hora de escribir, siempre tuvo presente -casi de forma indeleble- la máxima aristotélica de que sólo hay verdad dentro de un sistema, preocupándole la posible contradicción entre theoria y praxis, siendo muy meticuloso con el decoro en sus conductas y evitando posibles discordancias entre lo pensado y lo ejecutado, consiguiendo así la deseada unión entre pensa- miento y vida.

Su extensa obra está vertebrada por tres líneas de pensamiento difícilmente conciliables y que son las causantes de las apreciables aporías de las que arduamente ha podido salir el autor:
a) filosofía clásica, impregnada por un pesimismo estoico-senequista que le ha llevado a una concepción antropológica de signo negativo (el hombre en desazón, incapaz de trascenderse a sí mismo); b) filosofía y método positivos, de influencia comteana, apoyada en el empirismo mecanicista; que c) empalma o enlaza con el duro y frío pragmatismo norteamericano. Partiendo de apriorismos idealistas, GFM evolucionó hasta un racionalismo empírico, quedando este racionalismo positivo envuelto por un relativismo realista amor ruibalesco y marcado por un fuerte tinte axiológico; esta mixis desembocó en un nuevo movimiento filosófico hispánico: el razonalismo.

El pensador razonalista nunca ambicionó el puro y expreso poder político, que siempre consideró, en su estado puro, como un ente de razón, estimando que el servicio público es una tarea ardua que requiere cantidades ingentes de razón, conocimiento y voluntad moral. Partiendo de estas premisas, su paso por la actividad política fue siempre ejemplar, vertebrando su faceta de hombre público en torno a dos postulados: el primero, reducir toda la política a pura técnica, y el segundo, reconocer la existencia de dos dogmas políticos solamente, el ético, vertebrado a través de la justicia, y el pragmático, estructurado a través de la eficacia. El resultado práctico fue la despolitización total de su gestión técnica, acorde con su tesis del Estado de obras, y marcándose como metas: a) la eficacia -como dogma político pragmático-, b) la razonalización de la política -como dogma político teórico-,y c) la consecución del bien común -como dogma político ético.

Una obra tan amplia como la de Gonzalo Fernández de la Mora no nació de apreciaciones ocasionales o de ocurrencias fugaces. A pesar de las naturales diferencias que cabe apreciar con el paso del tiempo, permanecieron invariables muchos aspectos de su pensamiento -casi todos-, los cuales muy bien po-dríamos denominar «principios gobernantes» de toda su obra especulativa.

De tales principios el que adquiere un rango singular es el aprecio que a la razón concedió. La razón y sus ilativos son palabra, concepto, referente, basamento y linde que aparecen continuamente en las obras de GFM, y de modo bien particular en los últimos años: la razón, lo razonable, lo racional, racional, racionalismo, razonalismo, razonalidad, razonalización, razonar, constituyen facultad, fundamentación o sistema que impregna e infiltra todos los productos que han salido de su pluma.

Son, por el contrario, la sinrazón, lo irracional, el mito, el pathos, los sinónimos de emotividad, de pasión, de irreflexión, de oscuridad, de retroceso, de antítesis del pensamiento de GFM, aun cuando éste prestara notable atención a la conceptualización y estudio de tales términos. Sin embargo, a lo largo de toda su obra, resulta constatable su incansable y reiterada utilización de forma equívoca de los mismos, y ello debido a la eclosión de un doble desarrollo irracionalista: por un lado, el surgimiento de filosofías banalizadoras de la razón -quizá inconscientemente en esa misma banalización también haya incurrido nuestro autor-; y por otro, la manifestación esforzada para ampliar nuevos campos y racionalizarlos.

No parece prudente, para Gonzalo Fernández de la Mora, hablar de irracionalidad absoluta, ya que es posible que un mejor conocimiento y desarrollo de la inteligencia y la razón posibiliten un desplazamiento de los límites de la cognoscibilidad. Nuestro autor ha entendido que la razón es una capacidad que deduce conclusiones a partir de premisas e induce probabilidades constantes a partir de hechos. Es una capacidad que nos permite penetrar en lo ignorado y cribar lo conocido; y es, también, un movimiento consciente en permanente autorrevisión que establece un orden sistemático asimilable a la realidad y que nos permite conocer nuestro entorno adaptándolo a nuestras necesidades.

Fernández de la Mora considera que lo objetivamente irracional son los entes reales incognoscibles y los entes ideales impensables. Lo subjetivamente irracional afectaría tanto a la forma del conocimiento como al criterio de acción, es decir, habría una irracionalidad teórica y otra práctica.

Lo irracional caracteriza la conducta de las masas, siendo la racionalidad de una élite la que ha colocado a la Humanidad en su nivel actual de progreso, conocimiento y bienestar. Así pues, de las dosis inmensas de irracionalidad existentes en el comportamiento humano arranca precisamente el razonalismo, movimiento encauzador de los dinamismos inferiores y errados del hombre: instintos, sentimientos y caprichos.

La razón como investigadora de la verdad, del ser, del bien o del deber, determina lo bueno y lo malo para la especie humana, deduciendo criterios morales. La razón no funciona de forma anaxiológica, no funciona sin razones morales, ya que el hombre siempre se mueve en el campo del Sollen o del deber ser. Al ser tarea existencial fundamental el conmoverse razonablemente, la razón deviene en utillaje imprescindible para la vida y para la felicidad.

El pensamiento de Gonzalo Fernández de la Mora camina entre la primacía de la razón y el libre juego de las ideas. Es inteligible si entendemos que la filosofía es el humus donde hunden sus raíces sus preocupaciones e inquietudes especulativas. Su diversidad de saberes es unitaria al tener sus elementos un factor común: el supremo poder de la razón como origen y vínculo de las más nobles manifestaciones de la existencia humana.

El esquema reflexivo de GFM, aún siendo la razón todo su eje vertebrador, no podemos calificarlo de racionalista, propugnador de fórmulas absolutas, ni de realista, sino de razonalista, es decir, de admisor de lo razonable, de lo viable en determinadas circunstancias de lugar y tiempo. Es un razonalismo contrapuesto al patetismo y al voluntarismo, donde la razón se enfrenta a la pasión y a la arbitrariedad, no a la fe o a la experimentación. Precisamente esta es la clave, en perspectiva filosófica, de su no realismo, con las connotaciones que este no-realismo va a tener en toda su teoría política,y más concretamente en la teoría del Estado, generando aporías: la confusión instrumentos-medios con instrumentos-fines; orden del hacer (poiésis) con orden del obrar (praxis), Estado-artificio con aspiraciones teleológicas trascendentes; bienes compatibles con bienes compartibles; etc.

En relación con la situación que vive el Estado, en el umbral del siglo XXI, cobra especial relevancia la concepción razonalista del mismo, nada convencional -por cierto- según los diversos usos de la teoría del Estado, lo que ha conducido a que pase relativamente inadvertida. Fernández de la Mora no ha sucumbido a la tesis ontologizadora del Estado, sino que, por el contrario, le ha venido en considerar como un mero instrumento de poder, ha venido a darle una interpretación instrumentalista.El Estado es una de las posibles formas de lo Político, no una forma política universal, eterna, perfecta y sustancialmente invariable.

El Estado ideal es una quimera, una ilusión, en todo caso, sería el producto de una ideología en cuanto no es otra cosa que el contenedor del ideal de vida feliz. La experiencia demuestra empero -según Gonzalo Fernández de la Mora- la equivocidad del ideal de la «vida feliz», ya que la historia del pensamiento político constata la no-existencia de un Estado ideal. Ello deriva del hecho de que el Estado ideal se refiere a «algo», de lo que depende: el dogma revelado (teocracia), diversos proyectos racionalistas (Estado laico moderno) o filosofías que justifican apriorísticamente el Sollen expresado por el Estado (Estado ético).

La aceptación de cualquier Estado ideal comporta, para Gonzalo Fernández de la Mora, una serie de consecuencias: a) el universalismo (el imperativo moral es propio de la Humanidad);
b) el despotismo (el imperativo moral no se puede discutir);
c) el finalismo como razón de Estado (el fin justifica los medios); d) la destecnificación (la política es fidelidad a un principio);
e) el absolutismo (la Constitución es el único valor absoluto);y
f) el quietismo (el idealismo político es antihistoricismo).

El Estado ideal es la antítesis del Estado instrumental. Para Gonzalo Fernández de la Mora, el primero implica un mundo sin contingencias y sin tiempo, es decir, una quimera; el segundo se «concreta»: «es un ente experimentable, tangible y realísimo». El Estado no es natural, es el producto de la inteligencia humana; es un artificio real caracterizado por el hecho de ser instrumento para el hombre: desempeña una función ancilar.

El artificio estatal tiene una finalidad que lo trasciende: el bien común, consistiendo éste, para Gonzalo Fernández de la Mora, en la transformación de «la anarquía de los egoísmos en un orden de intereses compatibilizados». Así pues, el Estado artificio sería un instrumento de convivencia, con rasgos peculiares. Fernández de la Mora desmitologizará el Estado a través de una disección de la utopía de la ciudad perfecta, mediante un método fenomenológico, que describa objetivamente y analice racionalmente, libre de apriorismos confundentes. Su propuesta es reemplazar la teoría clásica, idealista y estática por una teoría empírica y cinética del Estado.

El criterio de medida de bondad del Estado sería su eficacia, que se relaciona con intereses concretos. Si éstos son los de la sociedad, entonces el Estado realiza el bien común. Sin embargo, como a simple vista pudiera pensarse, no existe una identidad cualitativa entre intereses concretos e intereses de la sociedad; sólo hay una relación funcional. Según Gonzalo Fernández de la Mora, los hombres dan vida al Estado para otener el orden y ser liberados de una radical inquietud y una constante inseguridad. Mas este orden no puede ser cualquiera, sino que debe ser lo más justo posible; no puede ser arbitrario.

El razonalismo de Gonzalo Fernández de la Mora, en el plano político, culmina en un positivismo empirista que propugna un Estado de eficacia «que no se justifica por la fe al modo luterano; sino por sus obras al modo romano».

La evidencia de la oligarquía como forma trascendental de gobierno emana muy posiblemente de los conceptos de «desigualdad», «jerarquía» y «organicidad», los cuales conforman el pensamiento «aristocrático» de GFM, entendiendo éste en su sentido platónico de «quienes son a propósito para gobernar a los demás». A la conjunción de estos tres factores de lo político, se llega por la razón, de manera que, a medida que se comprenden, uno lleva hasta el otro. El recurso intelectual necesario para gobernar armónicamente una realidad desigual, jerárquica y orgánica ha de venir de la mano de un pensamiento altamente cualificado. Así pues, nace tácitamente una verdadera aristocracia de la razón, y con ella, explícitamente, su correlato político, el Estado de razón; el cual ha de ser valorado por su capacidad para mantener un orden más justo y más próspero.

La Monarquía nacional como forma política de los Estados modernos, debido a la paulatina pérdida de su soberanía, a la permeabilización de fronteras, a la imparable mundialización, al debilitamiento de los antiguos arcana imperii, a la transnacionalización empresarial, a la creación de ordenamientos jurídicos supranacionales, etc., está agotada y su recambio viene dado por nuevas formas políticas, como la república presidencialista o el desarrollo máximo de la realidad política de la Unión Europea.

En la teoría del Estado y de las formas de gobierno, cobra una inusitada relevancia el tema de la envidia. La parte sistemática de su obra, La envidia igualitaria, encuentra su fundamento en la propia praxis política de Gonzalo Fernández de la Mora y se refleja y aplica en toda su construcción teórico-política.

La envidia, tal como se da en el hombre, es un documento de la índole espiritual y corpórea del ser en cuyo logos se genera y que en esta misma facultad tiene igualmente la capacidad de superarla. La envidia en sí misma -siguiendo a Millán-Puelles- es un sentimiento al que podemos calificar -en términos husserlianos- de interpersonal o intersubjetiva. La intersubjetividad de la envidia, aunque sea incompatible con toda especie o forma de solipsismo, puede, sin embargo, mantenerse en el plano de lo privado como contrapuesto a lo público.

Gonzalo Fernández de la Mora trata sistemáticamente la dimensión pública de la envidia y su incidencia o proyección sobre la esfera de la política. En el ámbito político, la envidia es un medio para incitar a la discordia, creando la división y, en su vertiente colectiva, el más eficaz de los sentimientos utilizados para enfrentar a las masas con las élites. La emulación une de forma positiva a todos los competidores, animándoles a superarse, mientras que la envidia divide las sociedades en inferiores y superiores, excitando al enfrentamiento.La envidia establece alianzas estratégicas entre los envidiosos para la subversión, la calumnia, la difamación, la marginación, la desinformación, el desprestigio, la agresión, en definitiva, para el acoso moral al envidiado o envidiados. En consecuencia, la envidia colectiva es la causa de las crisis de las élites y frena los impulsos de perfeccionamiento intelectual y moral de los selectos, desmotivados por la envidia igualitaria azuzada contra ellos.

La representación política se sitúa en el centro de los problemas políticos, siendo un modo de resolver la cuestión de la legitimidad del poder y un modo de organizar el asentimiento del pueblo y la responsabilidad política. La representación política es la virtualización de una realidad, que por sí misma carece de presencia; es hacer visible, la invisible unidad política del pueblo.

Para Gonzalo Fernández de la Mora, la representación política puede ser inorgánica u orgánica, según que los representantes se articulen como simples ciudadanos del Estado o lo hagan como miembros de un cuerpo social intermedio. La representación inorgánica no es privativamente un reflejo de la sociedad civil, sino un reconocimiento tácito de la indigencia ciudadana, es decir, de la incapacidad manifiesta de los grandes grupos para autogobernarse. Lo esencial de la representación política no es la transferencia de la voluntad expresa a otra persona, sino la simplificación de los sujetos legitimados para actuar. La representación inorgánica es aquella técnica electoral según la cual el individuo vota en cuanto simple ciudadano de una comunidad para designar a los gobernantes de la misma.

En la representación orgánica, el individuo vota en cuanto miembro de un cuerpo social intermedio para, directa o indirectamente, designar a los gobernantes estatales. Para Gonzalo Fernández de la Mora, el organicismo social reconoce que la sociedad es una realidad «dada», en la que algunos hombres excelentes pueden introducir algunas innovaciones progresivas. Para el pensador razonalista, la sociedad es, como realidad demográfica, jurídica y cultural «algo dado y no el fruto de un pacto que sus miembros han negociado libremente». La sociedad, un todo constituído, es un organismo, entendiendo éste como un todo constituído por una serie de partes diferenciadas entre sí según sus respectivas funciones, pero a la vez conexas por un único principio animador. Para Gonzalo Fernández de la Mora, el organicismo social es «una teoría racional con fundamento en los datos empíricos y más válida y realista que el contractualismo individualista».

El corporativismo es, para Gonzalo Fernández de la Mora, una técnica de representación en la que los gobernados no votan como simples individuos aislados, sino agrupados según la función social que desempeñan. El corporativismo social está adquiriendo una fuerza imparable, produciéndose una vinculación intrínseca de este corporativismo no estatal a un capitalismo democrático de vanguardia y de futuro. El corporativismo social es un modelo político-económico del Estado demoliberal avanzado con capitalismo progresista y de porvenir.

La nota esencial que distingue a la partitocracia es, para Gonzalo Fernández de la Mora, que «las decisiones ya no las toman los parlamentarios, sino los dirigentes de los partidos». La partitocracia es -para nuestro autor- una especie de oligarquía arbitrada por los gobernados en que los aparatos de los partidos monopolizan la elaboración de las candidaturas y asumen la soberanía efectiva. La partitocracia encierra múltiples contradicciones: oligarquización; profesionalización de la clase política; crisis de independencia; depauperación de la clase política; eclipse del decoro político; expoliación del electorado; degradación ética de la sociedad; reduccionismo ético; instrumentalización del parlamentario; la paradoja del transfuguismo; devaluación intelectual, política, fiscalizadora y legislativa de las cámaras; irresponsabilidad del gobierno; politización de la Administración; y fusión de los poderes.

La partitocracia es «la desembocadura lógica del Estado demoliberal de partidos, es el espontáneo producto final del sufragio universal inorgánico». La democracia de partidos supone «una confrontación entre organizaciones oligárquicas que no son internamente democráticas, pero que acuerdan resolver su antagonismo acudiendo al sufragio universal, sin violencia física, aunque haciendo uso amplio y sistemático de la violencia mental en forma de propaganda, silencio, equívocos, falsas promesas, improperios y aún la calumnia».

El sistema de representación exclusiva a través de los partidos es insuficiente y generadora de excesos y corrupciones. Los Gobiernos no pueden contar tan sólo con los partidos, sino que se han de apoyar también en las fuerzas sociales: organizaciones empresariales y profesionales, sindicatos, etc. De aquí que, concluya Gonzalo Fernández de la Mora, el actual renacimiento del corporativismo constituya un trascendental punto de inflexión en la evolución del Estado demoliberal hacia la convergencia entre la legalidad y la realidad. De esta forma, el orden del Estado que nace como artificio creado por el hombre, trasciende su propia realidad pragmática para hacer efectivos fines trascendentes: justicia y bien común.

En su aspecto más rabiosamente peyorativo, ideología es el sistema de ideas que se niega y se resiste a mantenerse en constante alerta y dispuesto a plegarse a las exigencias internas de lo real, para adoptar una actividad rígida y crispada que sólo puede conducir a gestos de violencia. Por el contrario, la creencia se caracteriza por su esencial apertura al horizonte siempre diáfano de la realidad inagotable, por su voluntad de fidelidad a la profundidad de los seres que se autoexpresan claramente sin concesiones a los métodos racional-objetivistas al uso.

Las ideologías contienen, predominantemente, directrices de comportamiento y principios de acción, naciendo «para uso de los estratos más bajos del género humano» por carecer de la tensión sinóptica que exige el conocimiento de lo real en toda su trama de implicaciones. Ello convierte a la ideología en «una filosofía política simplificada y vulgarizada» que carece de la complejidad y finura de análisis que exige la fidelidad a lo real en toda su riqueza. La complejidad de las realidades relevantes necesita de un proceso previo de banalización para adaptarse a los procedimientos demagógicos, los cuales, mediante la manipulación de conceptos banalizados, ejercen políticas intelectuales de violencia de drástica eficacia.

La opacidad ideológica provocada por su sujeción a lo superficial la coloca en estrecha dependencia respecto a los fenómenos de masificación. Las ideas, en la medida que se masifican y disuelven, pierden autenticidad y se degradan. El pensamiento ideológico no es «honestamente realista», no es fiel a la flexibilidad indómita de lo real y, por tanto, no logra despertar vida personal-comunitaria, sino tan sólo vida individual colectiva.

Con la experiencia y madurez que confiere una historia vivida a gran ritmo y tensión, el hombre occidental está advirtiendo con claridad que la realidad se rige por unas leyes propias que se han de acatar. De ahí que, en la actualidad, las posiciones políticas extremistas deban hacer, lenta y tácitamente, concesiones que limen sus aristas y las aproximen entre sí. La consolidación democrática, la convergencia ideológica, el descrédito de las utopías (generadoras de tiranías), el bienestar económico general y un cierto hastío o apatía ciudadana han producido el declinar del debate político y la atonía de las ideologías.

La experiencia del siglo veinte nos advierte que el cultivo de las ideologías arrastra a la Humanidad al caos, es decir, al estrépito intelectual primero y a la conmoción bélica después.Y, sin embargo, un análisis de la situación actual nos permite afirmar que el fenómeno del declive de las ideologías constituye para el ciudadano de hoy una clara invitación a la esperanza.

El hombre contemporáneo, duramente aleccionado por las experiencias del pasado, se apresta a relegar prejuicios y a reivindicar en el quehacer cognoscitivo todas las facultades humanas. El ocaso ideológico quizá nos muestre que estamos efectivamente en marcha hacia una nueva época, hacia una era del pensamiento más esforzada, más lúcida y más plena que la Modernidad.

Como colofón, quizá haya que destacar que la gran aportación de Gonzalo Fernández de la Mora a las doctrinas conservadoras españolas contemporáneas sea su abandono de la perspectiva contrarrevolucionaria tradicional, basada en arbitrarias hipótesis metafísicas y en legendarias tradiciones, que ya no resultaba socialmente operativa, en pos de un conservatismo liberal y renovado, centrado en criterios objetivos verificables de base empírica, falsables -en términos de Popper- y en objetivos de desarrollo económico y perfeccionamiento técnico.

El conservatismo razonalista se convierte para Gonzalo Fernández de la Mora en un método de resolución de los problemas políticos consistente en «perfeccionar la circunstancia humana sin destruir nada valioso»; se trata de «progresar sin demoler». Su razonalismo político descansa en la razón, como dominadora de las pasiones y las veleidades, en la que se incardina la prudencia como virtud que determina los medios que han de emplearse para lograr el bien moral.

El razonalismo político va a permitir el análisis de la coyuntura vital contemporánea, en todos sus extremos, desde unos principios asentados tanto por la propia tradición recibida como por el estudio riguroso de las constantes de la convivencia humana (orden, hábitos o herencia e integración no violenta). Ello nos conducirá, mediante el ejercicio de un realismo político, a constatar cómo la realidad coincide con nuestra tradición política histórica y con una perspectiva «institucionalista» y «organicista». El razonalismo político de Gonzalo Fernández de la Mora implica una óptica que aúna la observación científica realista (aún cuando a veces sea no-realista), el respeto a la tradición intelectual heredada y la constatación de que no puede haber política sin orden y sin organización de la sociedad.

En definitiva, lo que permanece es el ejemplo de Gonzalo Fernández de la Mora, quién demostró, contra viento y marea, independencia de espíritu, fidelidad lúcida a ultranza a principios y normas, lealtades incombustibles y voluntad de rigor intelectual y búsqueda de la verdad, por encima de acomodos vergonzantes, autocensuras denigrantes o «correcciones políticas» estériles y bochornosas.



Luis Sánchez de Movellán de la Riva



 

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