Razonalismo y
política
Gonzalo
Fernández de la Mora forjó,desde muy joven,su carácter
en la inquietud religiosa, la apasionada dedicación a la
lectura y al estudio y a la soledad intimista que nos
descubre a nosotros mismos. Su norte espiritual fue la
disciplina moral que nos hace ser dueños de uno mismo y
no esclavos de las pasiones; en definitiva, aprendió y
practicó un estoicismo basado en los perfumes
embriagadores del amor. Hizo suya y aplicó -sobre todo
en momentos duros- la moral de aguante de los estoicos:
sus tine et abstine, llegando a estimar la ataraxía o
serenidad sobre todas las cosas.
Su formación heleno-germánica le ha confortado y le
dotó de un poso fundamentador y metodológico, para sus
posteriores y múltiples exploraciones especulativas por
los más diversos campos del saber. A la hora de
escribir, siempre tuvo presente -casi de forma indeleble-
la máxima aristotélica de que sólo hay verdad dentro
de un sistema, preocupándole la posible contradicción
entre theoria y praxis, siendo muy meticuloso con el
decoro en sus conductas y evitando posibles discordancias
entre lo pensado y lo ejecutado, consiguiendo así la
deseada unión entre pensa- miento y vida.
Su extensa obra está vertebrada por tres líneas de
pensamiento difícilmente conciliables y que son las
causantes de las apreciables aporías de las que
arduamente ha podido salir el autor:
a) filosofía clásica, impregnada por un pesimismo
estoico-senequista que le ha llevado a una concepción
antropológica de signo negativo (el hombre en desazón,
incapaz de trascenderse a sí mismo); b) filosofía y
método positivos, de influencia comteana, apoyada en el
empirismo mecanicista; que c) empalma o enlaza con el
duro y frío pragmatismo norteamericano. Partiendo de
apriorismos idealistas, GFM evolucionó hasta un
racionalismo empírico, quedando este racionalismo
positivo envuelto por un relativismo realista amor
ruibalesco y marcado por un fuerte tinte axiológico;
esta mixis desembocó en un nuevo movimiento filosófico
hispánico: el razonalismo.
El pensador razonalista nunca ambicionó el puro y
expreso poder político, que siempre consideró, en su
estado puro, como un ente de razón, estimando que el
servicio público es una tarea ardua que requiere
cantidades ingentes de razón, conocimiento y voluntad
moral. Partiendo de estas premisas, su paso por la
actividad política fue siempre ejemplar, vertebrando su
faceta de hombre público en torno a dos postulados: el
primero, reducir toda la política a pura técnica, y el
segundo, reconocer la existencia de dos dogmas políticos
solamente, el ético, vertebrado a través de la
justicia, y el pragmático, estructurado a través de la
eficacia. El resultado práctico fue la despolitización
total de su gestión técnica, acorde con su tesis del
Estado de obras, y marcándose como metas: a) la eficacia
-como dogma político pragmático-, b) la razonalización
de la política -como dogma político teórico-,y c) la
consecución del bien común -como dogma político
ético.
Una obra tan amplia como la de Gonzalo Fernández de la
Mora no nació de apreciaciones ocasionales o de
ocurrencias fugaces. A pesar de las naturales diferencias
que cabe apreciar con el paso del tiempo, permanecieron
invariables muchos aspectos de su pensamiento -casi
todos-, los cuales muy bien po-dríamos denominar
«principios gobernantes» de toda su obra especulativa.
De tales principios el que adquiere un rango singular es
el aprecio que a la razón concedió. La razón y sus
ilativos son palabra, concepto, referente, basamento y
linde que aparecen continuamente en las obras de GFM, y
de modo bien particular en los últimos años: la razón,
lo razonable, lo racional, racional, racionalismo,
razonalismo, razonalidad, razonalización, razonar,
constituyen facultad, fundamentación o sistema que
impregna e infiltra todos los productos que han salido de
su pluma.
Son, por el contrario, la sinrazón, lo irracional, el
mito, el pathos, los sinónimos de emotividad, de
pasión, de irreflexión, de oscuridad, de retroceso, de
antítesis del pensamiento de GFM, aun cuando éste
prestara notable atención a la conceptualización y
estudio de tales términos. Sin embargo, a lo largo de
toda su obra, resulta constatable su incansable y
reiterada utilización de forma equívoca de los mismos,
y ello debido a la eclosión de un doble desarrollo
irracionalista: por un lado, el surgimiento de
filosofías banalizadoras de la razón -quizá
inconscientemente en esa misma banalización también
haya incurrido nuestro autor-; y por otro, la
manifestación esforzada para ampliar nuevos campos y
racionalizarlos.
No parece prudente, para Gonzalo Fernández de la Mora,
hablar de irracionalidad absoluta, ya que es posible que
un mejor conocimiento y desarrollo de la inteligencia y
la razón posibiliten un desplazamiento de los límites
de la cognoscibilidad. Nuestro autor ha entendido que la
razón es una capacidad que deduce conclusiones a partir
de premisas e induce probabilidades constantes a partir
de hechos. Es una capacidad que nos permite penetrar en
lo ignorado y cribar lo conocido; y es, también, un
movimiento consciente en permanente autorrevisión que
establece un orden sistemático asimilable a la realidad
y que nos permite conocer nuestro entorno adaptándolo a
nuestras necesidades.
Fernández de la Mora considera que lo objetivamente
irracional son los entes reales incognoscibles y los
entes ideales impensables. Lo subjetivamente irracional
afectaría tanto a la forma del conocimiento como al
criterio de acción, es decir, habría una irracionalidad
teórica y otra práctica.
Lo irracional caracteriza la conducta de las masas,
siendo la racionalidad de una élite la que ha colocado a
la Humanidad en su nivel actual de progreso, conocimiento
y bienestar. Así pues, de las dosis inmensas de
irracionalidad existentes en el comportamiento humano
arranca precisamente el razonalismo, movimiento
encauzador de los dinamismos inferiores y errados del
hombre: instintos, sentimientos y caprichos.
La razón como investigadora de la verdad, del ser, del
bien o del deber, determina lo bueno y lo malo para la
especie humana, deduciendo criterios morales. La razón
no funciona de forma anaxiológica, no funciona sin
razones morales, ya que el hombre siempre se mueve en el
campo del Sollen o del deber ser. Al ser tarea
existencial fundamental el conmoverse razonablemente, la
razón deviene en utillaje imprescindible para la vida y
para la felicidad.
El pensamiento de Gonzalo Fernández de la Mora camina
entre la primacía de la razón y el libre juego de las
ideas. Es inteligible si entendemos que la filosofía es
el humus donde hunden sus raíces sus preocupaciones e
inquietudes especulativas. Su diversidad de saberes es
unitaria al tener sus elementos un factor común: el
supremo poder de la razón como origen y vínculo de las
más nobles manifestaciones de la existencia humana.
El esquema reflexivo de GFM, aún siendo la razón todo
su eje vertebrador, no podemos calificarlo de
racionalista, propugnador de fórmulas absolutas, ni de
realista, sino de razonalista, es decir, de admisor de lo
razonable, de lo viable en determinadas circunstancias de
lugar y tiempo. Es un razonalismo contrapuesto al
patetismo y al voluntarismo, donde la razón se enfrenta
a la pasión y a la arbitrariedad, no a la fe o a la
experimentación. Precisamente esta es la clave, en
perspectiva filosófica, de su no realismo, con las
connotaciones que este no-realismo va a tener en toda su
teoría política,y más concretamente en la teoría del
Estado, generando aporías: la confusión
instrumentos-medios con instrumentos-fines; orden del
hacer (poiésis) con orden del obrar (praxis),
Estado-artificio con aspiraciones teleológicas
trascendentes; bienes compatibles con bienes
compartibles; etc.
En relación con la situación que vive el Estado, en el
umbral del siglo XXI, cobra especial relevancia la
concepción razonalista del mismo, nada convencional -por
cierto- según los diversos usos de la teoría del
Estado, lo que ha conducido a que pase relativamente
inadvertida. Fernández de la Mora no ha sucumbido a la
tesis ontologizadora del Estado, sino que, por el
contrario, le ha venido en considerar como un mero
instrumento de poder, ha venido a darle una
interpretación instrumentalista.El Estado es una de las
posibles formas de lo Político, no una forma política
universal, eterna, perfecta y sustancialmente invariable.
El Estado ideal es una quimera, una ilusión, en todo
caso, sería el producto de una ideología en cuanto no
es otra cosa que el contenedor del ideal de vida feliz.
La experiencia demuestra empero -según Gonzalo
Fernández de la Mora- la equivocidad del ideal de la
«vida feliz», ya que la historia del pensamiento
político constata la no-existencia de un Estado ideal.
Ello deriva del hecho de que el Estado ideal se refiere a
«algo», de lo que depende: el dogma revelado
(teocracia), diversos proyectos racionalistas (Estado
laico moderno) o filosofías que justifican
apriorísticamente el Sollen expresado por el Estado
(Estado ético).
La aceptación de cualquier Estado ideal comporta, para
Gonzalo Fernández de la Mora, una serie de
consecuencias: a) el universalismo (el imperativo moral
es propio de la Humanidad);
b) el despotismo (el imperativo moral no se puede
discutir);
c) el finalismo como razón de Estado (el fin justifica
los medios); d) la destecnificación (la política es
fidelidad a un principio);
e) el absolutismo (la Constitución es el único valor
absoluto);y
f) el quietismo (el idealismo político es
antihistoricismo).
El Estado ideal es la antítesis del Estado instrumental.
Para Gonzalo Fernández de la Mora, el primero implica un
mundo sin contingencias y sin tiempo, es decir, una
quimera; el segundo se «concreta»: «es un ente
experimentable, tangible y realísimo». El Estado no es
natural, es el producto de la inteligencia humana; es un
artificio real caracterizado por el hecho de ser
instrumento para el hombre: desempeña una función
ancilar.
El artificio estatal tiene una finalidad que lo
trasciende: el bien común, consistiendo éste, para
Gonzalo Fernández de la Mora, en la transformación de
«la anarquía de los egoísmos en un orden de intereses
compatibilizados». Así pues, el Estado artificio sería
un instrumento de convivencia, con rasgos peculiares.
Fernández de la Mora desmitologizará el Estado a
través de una disección de la utopía de la ciudad
perfecta, mediante un método fenomenológico, que
describa objetivamente y analice racionalmente, libre de
apriorismos confundentes. Su propuesta es reemplazar la
teoría clásica, idealista y estática por una teoría
empírica y cinética del Estado.
El criterio de medida de bondad del Estado sería su
eficacia, que se relaciona con intereses concretos. Si
éstos son los de la sociedad, entonces el Estado realiza
el bien común. Sin embargo, como a simple vista pudiera
pensarse, no existe una identidad cualitativa entre
intereses concretos e intereses de la sociedad; sólo hay
una relación funcional. Según Gonzalo Fernández de la
Mora, los hombres dan vida al Estado para otener el orden
y ser liberados de una radical inquietud y una constante
inseguridad. Mas este orden no puede ser cualquiera, sino
que debe ser lo más justo posible; no puede ser
arbitrario.
El razonalismo de Gonzalo Fernández de la Mora, en el
plano político, culmina en un positivismo empirista que
propugna un Estado de eficacia «que no se justifica por
la fe al modo luterano; sino por sus obras al modo
romano».
La evidencia de la oligarquía como forma trascendental
de gobierno emana muy posiblemente de los conceptos de
«desigualdad», «jerarquía» y «organicidad», los
cuales conforman el pensamiento «aristocrático» de
GFM, entendiendo éste en su sentido platónico de
«quienes son a propósito para gobernar a los demás».
A la conjunción de estos tres factores de lo político,
se llega por la razón, de manera que, a medida que se
comprenden, uno lleva hasta el otro. El recurso
intelectual necesario para gobernar armónicamente una
realidad desigual, jerárquica y orgánica ha de venir de
la mano de un pensamiento altamente cualificado. Así
pues, nace tácitamente una verdadera aristocracia de la
razón, y con ella, explícitamente, su correlato
político, el Estado de razón; el cual ha de ser
valorado por su capacidad para mantener un orden más
justo y más próspero.
La Monarquía nacional como forma política de los
Estados modernos, debido a la paulatina pérdida de su
soberanía, a la permeabilización de fronteras, a la
imparable mundialización, al debilitamiento de los
antiguos arcana imperii, a la transnacionalización
empresarial, a la creación de ordenamientos jurídicos
supranacionales, etc., está agotada y su recambio viene
dado por nuevas formas políticas, como la república
presidencialista o el desarrollo máximo de la realidad
política de la Unión Europea.
En la teoría del Estado y de las formas de gobierno,
cobra una inusitada relevancia el tema de la envidia. La
parte sistemática de su obra, La envidia igualitaria,
encuentra su fundamento en la propia praxis política de
Gonzalo Fernández de la Mora y se refleja y aplica en
toda su construcción teórico-política.
La envidia, tal como se da en el hombre, es un documento
de la índole espiritual y corpórea del ser en cuyo
logos se genera y que en esta misma facultad tiene
igualmente la capacidad de superarla. La envidia en sí
misma -siguiendo a Millán-Puelles- es un sentimiento al
que podemos calificar -en términos husserlianos- de
interpersonal o intersubjetiva. La intersubjetividad de
la envidia, aunque sea incompatible con toda especie o
forma de solipsismo, puede, sin embargo, mantenerse en el
plano de lo privado como contrapuesto a lo público.
Gonzalo Fernández de la Mora trata sistemáticamente la
dimensión pública de la envidia y su incidencia o
proyección sobre la esfera de la política. En el
ámbito político, la envidia es un medio para incitar a
la discordia, creando la división y, en su vertiente
colectiva, el más eficaz de los sentimientos utilizados
para enfrentar a las masas con las élites. La emulación
une de forma positiva a todos los competidores,
animándoles a superarse, mientras que la envidia divide
las sociedades en inferiores y superiores, excitando al
enfrentamiento.La envidia establece alianzas
estratégicas entre los envidiosos para la subversión,
la calumnia, la difamación, la marginación, la
desinformación, el desprestigio, la agresión, en
definitiva, para el acoso moral al envidiado o
envidiados. En consecuencia, la envidia colectiva es la
causa de las crisis de las élites y frena los impulsos
de perfeccionamiento intelectual y moral de los selectos,
desmotivados por la envidia igualitaria azuzada contra
ellos.
La representación política se sitúa en el centro de
los problemas políticos, siendo un modo de resolver la
cuestión de la legitimidad del poder y un modo de
organizar el asentimiento del pueblo y la responsabilidad
política. La representación política es la
virtualización de una realidad, que por sí misma carece
de presencia; es hacer visible, la invisible unidad
política del pueblo.
Para Gonzalo Fernández de la Mora, la representación
política puede ser inorgánica u orgánica, según que
los representantes se articulen como simples ciudadanos
del Estado o lo hagan como miembros de un cuerpo social
intermedio. La representación inorgánica no es
privativamente un reflejo de la sociedad civil, sino un
reconocimiento tácito de la indigencia ciudadana, es
decir, de la incapacidad manifiesta de los grandes grupos
para autogobernarse. Lo esencial de la representación
política no es la transferencia de la voluntad expresa a
otra persona, sino la simplificación de los sujetos
legitimados para actuar. La representación inorgánica
es aquella técnica electoral según la cual el individuo
vota en cuanto simple ciudadano de una comunidad para
designar a los gobernantes de la misma.
En la representación orgánica, el individuo vota en
cuanto miembro de un cuerpo social intermedio para,
directa o indirectamente, designar a los gobernantes
estatales. Para Gonzalo Fernández de la Mora, el
organicismo social reconoce que la sociedad es una
realidad «dada», en la que algunos hombres excelentes
pueden introducir algunas innovaciones progresivas. Para
el pensador razonalista, la sociedad es, como realidad
demográfica, jurídica y cultural «algo dado y no el
fruto de un pacto que sus miembros han negociado
libremente». La sociedad, un todo constituído, es un
organismo, entendiendo éste como un todo constituído
por una serie de partes diferenciadas entre sí según
sus respectivas funciones, pero a la vez conexas por un
único principio animador. Para Gonzalo Fernández de la
Mora, el organicismo social es «una teoría racional con
fundamento en los datos empíricos y más válida y
realista que el contractualismo individualista».
El corporativismo es, para Gonzalo Fernández de la Mora,
una técnica de representación en la que los gobernados
no votan como simples individuos aislados, sino agrupados
según la función social que desempeñan. El
corporativismo social está adquiriendo una fuerza
imparable, produciéndose una vinculación intrínseca de
este corporativismo no estatal a un capitalismo
democrático de vanguardia y de futuro. El corporativismo
social es un modelo político-económico del Estado
demoliberal avanzado con capitalismo progresista y de
porvenir.
La nota esencial que distingue a la partitocracia es,
para Gonzalo Fernández de la Mora, que «las decisiones
ya no las toman los parlamentarios, sino los dirigentes
de los partidos». La partitocracia es -para nuestro
autor- una especie de oligarquía arbitrada por los
gobernados en que los aparatos de los partidos
monopolizan la elaboración de las candidaturas y asumen
la soberanía efectiva. La partitocracia encierra
múltiples contradicciones: oligarquización;
profesionalización de la clase política; crisis de
independencia; depauperación de la clase política;
eclipse del decoro político; expoliación del
electorado; degradación ética de la sociedad;
reduccionismo ético; instrumentalización del
parlamentario; la paradoja del transfuguismo;
devaluación intelectual, política, fiscalizadora y
legislativa de las cámaras; irresponsabilidad del
gobierno; politización de la Administración; y fusión
de los poderes.
La partitocracia es «la desembocadura lógica del Estado
demoliberal de partidos, es el espontáneo producto final
del sufragio universal inorgánico». La democracia de
partidos supone «una confrontación entre organizaciones
oligárquicas que no son internamente democráticas, pero
que acuerdan resolver su antagonismo acudiendo al
sufragio universal, sin violencia física, aunque
haciendo uso amplio y sistemático de la violencia mental
en forma de propaganda, silencio, equívocos, falsas
promesas, improperios y aún la calumnia».
El sistema de representación exclusiva a través de los
partidos es insuficiente y generadora de excesos y
corrupciones. Los Gobiernos no pueden contar tan sólo
con los partidos, sino que se han de apoyar también en
las fuerzas sociales: organizaciones empresariales y
profesionales, sindicatos, etc. De aquí que, concluya
Gonzalo Fernández de la Mora, el actual renacimiento del
corporativismo constituya un trascendental punto de
inflexión en la evolución del Estado demoliberal hacia
la convergencia entre la legalidad y la realidad. De esta
forma, el orden del Estado que nace como artificio creado
por el hombre, trasciende su propia realidad pragmática
para hacer efectivos fines trascendentes: justicia y bien
común.
En su aspecto más rabiosamente peyorativo, ideología es
el sistema de ideas que se niega y se resiste a
mantenerse en constante alerta y dispuesto a plegarse a
las exigencias internas de lo real, para adoptar una
actividad rígida y crispada que sólo puede conducir a
gestos de violencia. Por el contrario, la creencia se
caracteriza por su esencial apertura al horizonte siempre
diáfano de la realidad inagotable, por su voluntad de
fidelidad a la profundidad de los seres que se
autoexpresan claramente sin concesiones a los métodos
racional-objetivistas al uso.
Las ideologías contienen, predominantemente, directrices
de comportamiento y principios de acción, naciendo
«para uso de los estratos más bajos del género
humano» por carecer de la tensión sinóptica que exige
el conocimiento de lo real en toda su trama de
implicaciones. Ello convierte a la ideología en «una
filosofía política simplificada y vulgarizada» que
carece de la complejidad y finura de análisis que exige
la fidelidad a lo real en toda su riqueza. La complejidad
de las realidades relevantes necesita de un proceso
previo de banalización para adaptarse a los
procedimientos demagógicos, los cuales, mediante la
manipulación de conceptos banalizados, ejercen
políticas intelectuales de violencia de drástica
eficacia.
La opacidad ideológica provocada por su sujeción a lo
superficial la coloca en estrecha dependencia respecto a
los fenómenos de masificación. Las ideas, en la medida
que se masifican y disuelven, pierden autenticidad y se
degradan. El pensamiento ideológico no es «honestamente
realista», no es fiel a la flexibilidad indómita de lo
real y, por tanto, no logra despertar vida
personal-comunitaria, sino tan sólo vida individual
colectiva.
Con la experiencia y madurez que confiere una historia
vivida a gran ritmo y tensión, el hombre occidental
está advirtiendo con claridad que la realidad se rige
por unas leyes propias que se han de acatar. De ahí que,
en la actualidad, las posiciones políticas extremistas
deban hacer, lenta y tácitamente, concesiones que limen
sus aristas y las aproximen entre sí. La consolidación
democrática, la convergencia ideológica, el descrédito
de las utopías (generadoras de tiranías), el bienestar
económico general y un cierto hastío o apatía
ciudadana han producido el declinar del debate político
y la atonía de las ideologías.
La experiencia del siglo veinte nos advierte que el
cultivo de las ideologías arrastra a la Humanidad al
caos, es decir, al estrépito intelectual primero y a la
conmoción bélica después.Y, sin embargo, un análisis
de la situación actual nos permite afirmar que el
fenómeno del declive de las ideologías constituye para
el ciudadano de hoy una clara invitación a la esperanza.
El hombre contemporáneo, duramente aleccionado por las
experiencias del pasado, se apresta a relegar prejuicios
y a reivindicar en el quehacer cognoscitivo todas las
facultades humanas. El ocaso ideológico quizá nos
muestre que estamos efectivamente en marcha hacia una
nueva época, hacia una era del pensamiento más
esforzada, más lúcida y más plena que la Modernidad.
Como colofón, quizá haya que destacar que la gran
aportación de Gonzalo Fernández de la Mora a las
doctrinas conservadoras españolas contemporáneas sea su
abandono de la perspectiva contrarrevolucionaria
tradicional, basada en arbitrarias hipótesis
metafísicas y en legendarias tradiciones, que ya no
resultaba socialmente operativa, en pos de un
conservatismo liberal y renovado, centrado en criterios
objetivos verificables de base empírica, falsables -en
términos de Popper- y en objetivos de desarrollo
económico y perfeccionamiento técnico.
El conservatismo razonalista se convierte para Gonzalo
Fernández de la Mora en un método de resolución de los
problemas políticos consistente en «perfeccionar la
circunstancia humana sin destruir nada valioso»; se
trata de «progresar sin demoler». Su razonalismo
político descansa en la razón, como dominadora de las
pasiones y las veleidades, en la que se incardina la
prudencia como virtud que determina los medios que han de
emplearse para lograr el bien moral.
El razonalismo político va a permitir el análisis de la
coyuntura vital contemporánea, en todos sus extremos,
desde unos principios asentados tanto por la propia
tradición recibida como por el estudio riguroso de las
constantes de la convivencia humana (orden, hábitos o
herencia e integración no violenta). Ello nos
conducirá, mediante el ejercicio de un realismo
político, a constatar cómo la realidad coincide con
nuestra tradición política histórica y con una
perspectiva «institucionalista» y «organicista». El
razonalismo político de Gonzalo Fernández de la Mora
implica una óptica que aúna la observación científica
realista (aún cuando a veces sea no-realista), el
respeto a la tradición intelectual heredada y la
constatación de que no puede haber política sin orden y
sin organización de la sociedad.
En definitiva, lo que permanece es el ejemplo de Gonzalo
Fernández de la Mora, quién demostró, contra viento y
marea, independencia de espíritu, fidelidad lúcida a
ultranza a principios y normas, lealtades incombustibles
y voluntad de rigor intelectual y búsqueda de la verdad,
por encima de acomodos vergonzantes, autocensuras
denigrantes o «correcciones políticas» estériles y
bochornosas.
Luis Sánchez de Movellán de la Riva
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