Razón Española, nº 115; La imagen de España en el Perú

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La imagen de España en el Perú

Por Juan Vicente Ugarte del Pino

Multiculturalismo y razón indice ¿Unión Europea o gran espacio?

La imagen de España en el Perú

Pretender el conocimiento de la «Imagen de España en el Perú contemporáneo», sin un esbozo histórico que permita el encuadre de las reacciones colectivas del pueblo peruano y viceversa, frente a las diversas coyunturas que hemos vivido a ambos lados del Atlántico los pueblos de habla castellana, resultaría de suyo una tarea imposible y de resultados totalmente desfigurados.

¿Cómo entender la reacción del pueblo peruano ante la agresión a España en 1898? o ¿cómo explicarnos idéntica reacción cuando la invasión napoleónica en 1807? Pasado el torbellino del siglo XX se han producido circunstancias que han modelado, de una parte, la identidad peruana y, de otra, la forja de una imagen permanente de España en el ser nacional del Perú, incluso anterior al descubrimiento de la América Continental.

Quizá extrañe mi afirmación «desde el descubrimiento», pues precisamente me refiero al descubrimiento colombino de América, a fines del siglo XV, cuando el Perú no existía ni en la imaginación del visionario más osado.

Don Cristóbal Colón, descubre el Nuevo Mundo en octubre de 1492, y con este acontecimiento va a empezar la Edad Moderna y no con la caída de Constantinopla en poder de los turcos, pues ese acontecimiento en nada contribuyó a cambiar la historia de la humanidad. Pero resultó que al retorno de su viaje descubridor, toca fondo en Lisboa, en vez de ser recibido en triunfo fue detenido y, al aclarar que es Almirante de Castilla, Juan II de Portugal denuncia a los Reyes Católicos ante el Papa Alejandro VI bajo anatema de excomunión por haber violado la bula Aeternis Regis, otorgada a los Reyes de Portugal por el Papa Sixto IV en 1481, en virtud de la cual les concedía las rutas del mar descubiertas gracias al esfuerzo del Infante D. Enrique, apodado «El Navegante» y que Camoens narró en Os Lusiadas. Bula que amplió la del Papa Nicolás V, denominada Romanus Pontifex de 1454, en la que veintisiete años antes había concedido las rutas del mar a los Reyes de Portugal con exclusión de cualquier otro príncipe cristiano bajo anatema de excomunión.

Aquí hay una denuncia que traía como consecuencia la pérdida no sólo de lo descubierto, sino incluso por la excomunión, la de los tronos de Castilla y Aragón a favor de Portugal. Larga fue la negociación del asunto ante la Santa Sede durante 1493, en la que los Reyes Católicos donan todo lo descubierto al Papa, para que él con su sabiduría resuelva lo mejor. Y así, va surgiendo una serie de bulas a lo largo de las cuales se libra a los Reyes Católicos, gracias a su esfuerzo en la reconquista contra la Guerra Santa de los musulmanes, del anatema de excomunión. Se otorga lo descubierto al Oeste de las Islas de Cabo Verde de polo a polo y no en forma de la línea equinoccial -hoy ecuatorial- como quería Juan II: el hemisferio Norte para Castilla y el hemisferio Sur para Portugal trazándose una línea a 300 leguas de las dichas islas. Este tema fue ratificado un año después por el Tratado de Tordesillas del 7 de junio de 1494, quedando así confirmada la primera división del mundo entre Castilla y Portugal por una línea imaginaria que cuando se descubrió la parte continental de América del Sur fue la primera frontera entre las posesiones portuguesas en lo que va a ser el Brasil en el Atlántico y las castellanas en lo que va a ser el Perú en el Pacífico. Por eso, el Perú, antes de ser descubierto para la Historia Moderna le debe a España su primera frontera en la Amazonía desde el siglo XVI.

Brasil es descubierto casualmente en abril del año 1500, por la expedición de Alvarez de Cabral, que retornaba del Sur de Africa y, llevada por los vientos alisios del sur, arribó a Porto Seguro, al Sur del actual Salvador (Bahía). En realidad los portugueses no estuvieron muy seguros de encontrarse dentro de la línea del Tratado de Tordesillas, dadas las precarias condiciones de los medios materiales para medir la anchura de los mares y los continentes. Es indudable que los descubrimientos marítimos ejercieron presión para el adelanto de las Tablas de Navegación, la geodesia, las Tablas de Mercator, pero hasta el siglo XVIII no se logró mayor precisión. Así pues, los portugueses no ocuparon la zona de Recife, sino a partir del año de 1532, en que se inicia la verdadera colonización del Brasil por Portugal con la llegada de los primeros colonos dirigidos por Martín Alonso de Sousa a Pernambuco (Recife), para dedicarse al cultivo de la caña de azúcar. Ese mismo año al otro lado del Continente, Francisco Pizarro, salido de Panamá, descubre el Perú.

Así pues, las Bulas de Alejandro VI y el Tratado de Tordesillas del 7 de junio de 1494, deben mantenerse dentro de nuestra Historia como piedra fundamental de nuestra herencia y patria legada por España en el siglo XV.

El Siglo XVI se inicia con los grandes viajes a partir de la primera vuelta al mundo por la expedición de Hernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, que después de cruzar el Estrecho que lleva su nombre en 1520, navega en el Océano que denomina Pacífico, por la quietud de sus aguas, después de navegar por las tormentosas del extremo Sur de América Austral, para ir a morir a las Islas Filipinas en 1521. Si la Amazonía es la frontera Este del Perú por descubrir, el Pacífico se va a convertir en su frontera Oeste, tras la llegada por ese camino de Francisco Pizarro. Pero ambas fronteras no fueron nunca caminos de paz sino de guerra con los «bandeirantes» portugueses por un lado, y con los sucesivos enemigos de España por el otro.

El viernes 13 de febrero de 1579, llega al Perú la primera amenaza europea. Se trata de la pequeña escuadra del fundador de la Armada Inglesa, Sir Francis Drake, quien luego de cruzar el Estrecho de Magallanes -fue el primer marino europeo en efectuarlo después del propio Magallanes-, remontó las costas australes y atacó el puerto de Arica, por donde se embarcaba el mineral de plata del Cerro Rico de Potosí. Noticiado D. Francisco de Toledo de la amenaza de un ataque inglés al Puerto de El Callao, y de un saqueo a Lima, y no estando preparado el reino militarmente, para repeler un ataque de esta naturaleza, por cuanto no se había previsto la posibilidad de que las guerras de Europa pudieran llegar a tan remotas tierras, recurrió al ardid de encender candiles entre la Península de La Punta y la Boca del río Rimac, para dar la apariencia de que la Bahía de El Callao estaba protegida por buena artillería de tierra.

Efectivamente, el Almirante Drake, a la cuadra del cabezo de la Isla de San Lorenzo, creyó que le esperaba una poderosa batería y viró rumbo al norte donde asaltó Paita en el Perú y Acapulco en Méjico. Volvió a Plymouth en 1580, dando la segunda vuelta al mundo, vía Filipinas, con un rico botín.

Este inesperado acontecimiento, llevó al Virrey Toledo a fundar la «Armada del Mar del Sur», con sede en el Puerto de El Callao, base naval en la que se nombró al que vendría a ser el primer Almirante de América, D. Juan de Villalobos y Figueroa, en Octubre de 1579, procediéndose a afirmar el pabellón a la primera nave Almirante, entregando la bandera al Capitán General D. Pedro Sarmiento de Gamboa. Esta ceremonia quizá desconocida por los peruanos, es el antecedente más remoto de la actual Armada del Perú, cuya base principal continua siendo el puerto de El Callao (1).

En los tiempos de los emperadores Carlos V y Felipe II, Méjico en el Pacífico Norte y el Perú en el Pacífico Sur, rivalizaron en la conquista y defensa de la frontera marítima que por turno nos disputaban holandeses, franceses y permanentemente hasta la independencia, los ingleses. Ya el almirante Coligny en 1555, pretendió establecer en el Brasil una colonia protestante francesa denominada Francia Antártica, y los holandeses al producirse la unidad ibérica, perdieron su fructuoso comercio con las Indias y pretendieron establecerse en el Brasil, pero los desanimó la presencia de la escuadra española al mando de Alvaro de Bazán, conservándose como testimonio de sus acechanzas las Guayanas francesa, holandesa e inglesa. Pero por otros rumbos el holandés Enrique Hudson, por orden de la VOC (Compañía de las Indias Orientales de Amsterdam) zarpó con la consigna de buscar una nueva ruta para llegar a la China, y en lugar de ello exploró lo que podía ser un nuevo pase al Pacífico en 1609, que resultó ser un río de boca amplia y caudalosa, que lleva su nombre, y en sus orillas fundó Nueva Amsterdam, en la hasta entonces desconocida isla de Manhattan.

Las relaciones entre el Perú y España a fines del Siglo XVI, quedan reflejadas en una carta manuscrita del Rey Felipe II, fechada en el Real sitio de El Escorial, el 25 de septiembre de 1591, en la que agradece a D. García Hurtado de Mendoza, cuarto Marqués de Cañete y a la virreyna Doña Teresa de Castro y de la Cueva y a sus vasallos del Perú, especialmente a los de Arequipa, el inmenso donativo ascendente a un millón quinientos cincuenta y cuatro mil novecientos cincuenta ducados, para ayudar a la reconstrucción de la Armada Invencible.

La llegada del siglo XVII encontró al Perú con dos fronteras peligrosa, la Amazonía y Chile. La primera por las frecuentes incursiones de los «Bandeirantes» o «Paulistas» y la segunda por las rebeliones o «malones» de los Araucanos. Desde 1603 por Real Cédula, el más poderoso presidio o guarnición bajo el mando del Virrey del Perú fue el de Chile. El Siglo anterior y para prevenir futuras incursiones en el Pacífico de los ingleses, el Virrey Toledo había tomado posesión del Estrecho de Magallanes y de la Isla de Chiloé, fortificándolos al igual que el Callao. El Estrecho y Chiloé permanecieron bajo el gobierno de Lima hasta la Independencia, cuando en tiempo de Bolívar, se instruyó al Almirante Blanco Encalada, que tomara posesión de esa zona.

Dice Fernán Altuve (2) en su obra De la naturaleza jurídica de los reinos del Perú, «que la guarnición más antigua de la Monarquía peruana estuvo constituida por las «Compañías de Lanzas y Arcabuces», que se organizaron durante el gobierno del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza (1556-1561). Diego de Ocaña, escribe en Un viaje fascinante (1604-1605), lo siguiente: «hay en esta ciudad, en particular, dos compañías de gentiles hombres, muy honrados. La una de «Arcabuces» y la otra de «Lanzas». Agregando: «estas dos compañías son para guardar del reino y la ciudad».

El Siglo XVII es conocido entre nosotros como el Siglo religioso por la cantidad de Santos y Santas que florecieron en el Perú, como Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, San Juan Masías, San Francisco Solano y Santo Toribio de Mogrovejo, nacidos algunos en Lima, otros en el Tucumán y otros en España, pero santificados en el Peru, por una obra misionera, de caridad y de cooperación con el prójimo, precursores de la legión de cooperantes, médicos y enfermeras españolas que siglos después han venido a ayudar a nuestras comunidades indígenas, en la sierra y en la selva amazónica, en una tarea que en los siglos pasados cumplieron, como decía Samuel Fritz, el célebre jesuíta explorador de la Amazonía, los religiosos. De nada valió la alarma de los misioneros como los Franciscanos de Ocopa, muchos de los cuales fueron muertos por los portugueses. Uno de ellos, Pedro Texeira, cruzó «Mojos», y llegó hasta Quito, en tiempos del gobierno del Conde de la Monclova, ante quién presentó personalmente su denuncia el mencionado sacerdote jesuíta Samuel Fritz en defensa de la frontera de Nueva Castilla o el Perú, de acuerdo al Tratado de Tordesillas.

En lo social, no solo actuó la Iglesia, sino también la Corona. La Real Audiencia de Lima y la Real y Pontificia Universidad Mayor de San Marcos, se preocuparon de la situación de los habitantes del reino, en especial de los más necesitados, y de los indígenas que carecían de propiedades o habían sido despojados de ellas. Solórzano y Pereyra, Oidor de la Audiencia de Lima desde 1605, escribe en 1629 su Política Indiana, en la cual explica que el cargo de «Defensor de los Indios», se encontraba inspirado en el «Defensor Plebis» del derecho romano, figura que «mutatis mutando», venía a representar lo que hoy es el «Ombusman» o «Defensor del Pueblo» (3).

Mientras en Europa, Castilla, es decir España, se desangraba y se empobrecía a causa de las interminables guerras del siglo XVII, en Nueva Castilla, es decir el Perú, ante tan larga y riesgosa distancia se fue formando en Lima, en torno a la figura del representante de los Habsburgo, una tímida Corte, que, al correr de los años, va a recibir un fuerte impulso, como en el caso del Príncipe de Esquilache, que gobernó el reino del Perú entre 1614 y 1621. Poeta, escritor y amante de la cultura, se rodeó de intelectuales y gente de cultura superior. Su padre fue Embajador de España en Italia y en 1602 se había casado con Ana de Borja, Princesa de Esquilache, título con que se conoce a D. Francisco de Borja y Aragón, a quien Felipe III, en 1614, nombró Virrey del Perú.

Dadas las bélicas circunstancias, su viaje al Perú se realizó por el Estrecho de Magallanes para evitar los peligros de piratas y corsarios en el Caribe. Sin embargo casi no llega a culminar su travesía, pues su navío se encontró frente a Cerro Azul, por las costas de Cañete, con la Escuadra neerlandesa comandada por el Almirante Spielberg, que ondeaba la bandera de corsario. Atacado su barco, estuvo a punto de caer prisionero, salvándose milagrosamente. Advertido con esta aventura, y para evitar futuros ataques y saqueos, revisó las líneas de defensa trazadas por el virrey Toledo y sus sucesores y las modernizó, mejoró la flota, reforzó la artillería de costa y reorganizó el Ejército del Perú.

En lo social se preocupó de la política salarial e inició un fuerte control sobre los corregidores para impedir el malestar de los indígenas. En el Palacio de Lima, le dió carácter a la Corte, estableciendo permanentemente las «Tertulias literarias», los lunes de cada semana. Entre sus publicaciones se cuentan La pasión de Nuestro Señor Jesucristo en tercetos, 1621, y sus poesías, bajo el título de Obras en Verso, y Nápoles recuperada por el Rey Don Alonso.

El Príncipe de Esquilache murió en Madrid. Pero su corazón fue traido a Lima y colocado al lado izquierdo del altar de la Capilla de San Francisco de Borja, su pariente, en la Iglesia de San Pedro, de los Padres Jesuítas. Cosa curiosa, el primer Virrey Catalán del Perú, el Marqués de Castelldosrius, murió en Lima y, fue enterrado en la Iglesia de San Francisco, pero su corazón fue llevado a España, a Barcelona. Un simbolismo entrañable, que habla de la unión existente entre ambos países.

Los últimos e importantes gobernantes del siglo XVIII fueron D. Pedro de Toledo, Marqués de Mancera, teniente General de las Galeras del Rey y Gobernador de Galicia, quien continuó la política de fortificación del Perú y de la Armada del llamado «Oceanus Peruvianus» por el Pacífico. Le siguió Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos. Su abuelo llegó a Presidente del Consejo de Indias en 1606, y fue destacado mecenas y protector de figuras como Lope de Vega, Góngora, los Argensola, Mira de Amezcua, Espinel y Cervantes. D. Pedro Fernández de Castro fue el gestor de la venida a Lima del gran jurista y precursor de la moderna politología. D. Juan de Solórzano y Pereyra.

Durante su gobierno, llegó a Lima la imagen de la Virgen de los Desamparados, traída por la hermandad de abogados de Lima, y para su traslado desde ella, a la Iglesia de San José, donde se colocó en una capilla al costado del altar mayor, se pavimentaron las calles de Lima en ese tramo, atrio de la catedral, calle de La Pescadería (costado del Palacio Pizarro), rastro de San Francisco (hoy jardines del Palacio) a Iglesia de San José (junto al Puente de Piedra) con adoquines de plata fina. Lo que demostraba el apogeo de la industria minera del Perú que había hecho exclamar a Arias Montano en Amberes: «No hay América sin Huancavelica». Efectivamente el Perú, ya exportaba a Méjico en tiempos del virrey Marqués de Villa Manrique un promedio de 200 quintales de azogue, aparte de aguardiente de uva (Pisco) y aceite de oliva.

El último gobernante del Perú en el siglo XVII, fue D. Melchor de Navarra y Rocafull, duque de la Palata, en cuyo gobierno empezó el enfrentamiento entre la Iglesia y la Corona. Fue un eficaz regalista, en medio de las polémicas sobre el patronato indiano.

El último de los Habsburgo -españoles- Carlos II, dejó un legado inolvidable a Hispanoamérica al poner fin a un trabajo iniciado por Juan de Ovando en tiempos de Felipe II y culminado en su época: La Gran Recopilación de Leyes Indias conocida por el año de su vigencia de 1680.

Y así llegamos al final de los Austrias y la llegada con el siglo XVIII, de una nueva etapa en las relaciones entre España y el Perú.

En una estampa de época, conservada en la Biblioteca Nacional de París, aparece sentado a la cabecera de la mesa Luis XIV en el momento de aceptar el testamento del último Habsburgo español y proclamar como rey de España a su nieto el Duque Felipe de Anjou, que aparece frente a él, con la mano al pecho.

Lo importante para la Historia del Perú y para la de España es que en dicha estampa del 16 de noviembre de 1700, aparece detrás de Felipe de Anjou, el embajador de España en Francia, vestido con la etiqueta de los Austrias, de negro, pero ataviado con una peluca a la moda real francesa. Se trata de D. Manuel de Oms de Santa Pau y Sentmenat a quien Carlos II confirió en 1690 el título de Marqués de Castelldosrius, que tuvo destacada actuación diplomática ante Luis XIV entre 1698 y 1701. Hay quienes sostienen, entre ellos Ferrán de Soldevila, que la frase «Ya no hay Pirineos», fue del Embajador de España y no de Luis XIV como dice la tradición. Lo cierto del caso es que Felipe de Anjou, ya convertido en Felipe V, otorgó el mismo año de 1701, el título de Grande de España y nombró, por especial recomendación de Luis XIV, Virrey del Perú a Castelldosrius, cargo que desempeñó hasta el año de su muerte en Lima.

Con Castelldosrius, terminan los Príncipes, Duques y Condes Castellanos y Aragoneses como gobernantes del Perú, y se inicia un siglo de Virreyes catalanes, franceses, italianos y hasta irlandeses. Sus nombres son D. Manuel de Amat y Junyet, D. Nicolai Carmine Caracciolo príncipe de Santo Buono, seguido de un caballero francés nacido en el Castillo de Prebote, cerca de Lille, tercer hijo de los Marqueses de Heuchín y sobrino de Carlos Francisco de Croix, más adelante Virrey en Méjico: su nombre Teodoro de Croix; y finalmente, un irlandés, Higgins, quien al ser nombrado Virrey del Perú, es ennoblecido con el Título de Marqués de Osorno y Barón de Ballenar, agregando desde entonces la apóstrofe por lo que será conocido como O'Higgins. Su hijo Bernardo estuvo comprometido políticamente con los movimientos liberales e independentistas de Chile.

El siglo XVIII, fue también el siglo de nuestro Pablo de Olavide, de Baquijano y Carrillo, protegido por el Virrey de Croix, en el asunto de su rica librería traida de Europa, que incluía libros prohibidos, por lo que la Inquisición quiso procesarlo. El Virrey le defendió sosteniendo que Baquijano, Profesor de San Marcos, los había adquirido en Europa antes de la prohibición y que una parte era suya. Fue también el siglo del Conde de Superunda y de Manuel Guirior, marino navarro que se vió sumamente atareado por el auge del contrabando que había sido fácil controlar antiguamente, por no existir más que un Puerto de entrada y salida, pero a partir de la Pragmática del 12 de octubre de 1778 se autorizó a trece puertos españoles a comerciar con todos los de América. El impacto se puede seguir revisando en los periódicos de la época, desde La Gaceta de Lima al Mercurio Peruano, donde ya se informa del comercio legal con Buenos Aires y otros puertos americanos. En nuestras costas aparecieron balleneros hamburgueses, daneses, noruegos, ingleses y hasta «bostonianos». El contrabando fue tan grande que hasta D. Antonio de Ulloa, el de las Noticias Secretas de América, dejó su cargo de Embajador de España en Londres, para venir a vivir a Huancavelica a controlar la producción y comercialización del azogue, que denotaba una sospechosa baja de producción y cuya causa interesaba averiguar a la Real Hacienda.

Ya Campomanes, fiscal y luego Presidente del Consejo de Castilla, reconoce la necesidad de intensificar la producción tanto en España como en Indias. En «La Balanza del Comercio de España con los dominios de S.M. en América», en 1792, se establece que España ha exportado al Perú por un valor de 35.158.004 pesos de los cuales corresponden 25.507.155 a productos y manufacturas españolas y el resto a extranjeras, por los puertos de Sevilla, Cádiz y Santander. Y que las exportaciones del Perú a España fueron del orden de 69.983.177 de pesos en productos mineros, frutas y manufacturas diversas por un valor de 21.209.829 pesos oro. En las Memorias del Prior del Consulado de Lima, se encuentra valiosa información sobre el intenso movimiento comercial de la época, pese a la situación de guerra permanente.

En tiempo de Carlos III, llega al Perú la Expedición científica enviada por la Academia de Ciencias de París, al frente de la cual vino Jean Marie de la Condamine, para iniciar la búsqueda del cuadrante del meridiano terrestre que le permitiera ubicar con precisión la línea del Ecuador, lo que lograron cerca de la ciudad de Quito, al norte del Perú. Igualmente llegó el sabio alemán Baron Alejandro Von Humbolt, que ubicó la contra corriente que viene del Sur, como un río caudaloso que enfría la costa peruana permanentemente, salvo los meses en que a partir del 25 de diciembre ingresa la corriente cálida del Pacífico Central llamada por eso Corriente del Niño. Igualmente llegaron Godín, Ruiz y Pavón, Malaspina, Jorge Juan y Antonio de Ulloa y el Barón de Northenflicht, quien permaneció diez años en el Perú a partir de 1788 contratado por el Tribunal de Minería. En contrapartida aparecieron en el Perú, sabios como Cosme Bueno, el Padre Gonzales Laguna, el Obispo Jaime Martínez de Compañón y D. Hipólito Unanue que realizó el primer estudio serio sobre el clima y el tiempo en el Perú, con estadísticas y secuencias incluso de los ciclos de terremotos producidos hasta sus días. No queremos dejar de mencionar al marino limeño D. Francisco de la Bodega-Cuadra y Mollinedo, quién representó el auténtico espíritu reformista e ilustrado de la época de Carlos III, no sólo en el Perú sino también en Nueva España, desde donde partió al descubrimiento de las costas de Alaska, descubriendo islas, bahías y ensenadas. Fue el fundador de la actual Seattle, capital del Estado de Washington, luego de atravesar el Estrecho de Juan de Fuca. En alguno de sus viajes coincidió con George Vancouver y en sus Memorias, señala la presencia de rusos en Alaska.

Y así llegamos al final del siglo XVIII. Decía al iniciar mi Historia de las Constituciones del Perú que «pretender un conocimiento a fondo de la historia del constitucionalismo americano y en especial del peruano, prescindiendo del estudio de la primera Constitución que rigió en América española, es como comprender una obra de teatro ingresando al final del segundo acto o entender un libro leído a medias». Los acontecimientos ocurridos al iniciarse el siglo XIX, van a tener una repercusión vigente hasta ahora en España y América española, incluso hasta en la denominación de este Continente.

El Convenio de Aranjuez del 13 de febrero de 1801, puso la armada española al servicio de Napoleón en la guerra contra Inglaterra. El juego de la política internacional se mantuvo muy activo durante esos años iniciales del siglo XIX. Mientras España invadía Portugal en una guerra de quince días -la guerra de las naranjas (30 de mayo-16 de junio de 1801)-, Napoleón al término de la misma, por no quedar satisfecho con el Tratado de Paz ajustado por su hermano Luciano Bonaparte, estuvo a punto de romper relaciones con España, en tanto que Godoy afirmaba que un nuevo envío de tropas francesas a la península sería considerado una declaración de guerra. La paz de Amiens entre Francia e Inglaterra del 25 de mayo de 1802, fue muy efímera y al Embajador Luciano Bonaparte no le quedó otro camino que contemplar el estallido de una nueva guerra entre las dos naciones, en la que España trató inútilmente de permanecer neutral, pues los actos de piratería ingleses contra los barcos que venían de América, la llevaron a declarar la guerra a Inglaterra, el 14 de diciembre de 1804. La política de hostigamiento a España desatada por Inglaterra, venía no sólo del «Plan Pophan-Melville», que consistía en asestar dos grandes golpes, uno al sur sobre el Río de la Plata y Chile; y otro al norte en Méjico. El Perú no sería tocado en la primera fase. El Estrecho de Magallanes y la ruta por el Cabo Hornos los tenían controlados desde la captura de las Islas Malvinas, que ellos denominaron Falkland, y el Golfo de Méjico lo tenían igualmente bloqueado prácticamente desde 1739, en que el Rey Jorge II, dio órdenes al Almirante Edward Vernon de operar en el Caribe. Con esta política de control de las rutas marinas, Inglaterra, con la excusa de que Holanda se había aliado con Francia en 1805, envió una expedición al Sur de Africa para apoderarse por la fuerza de la colonia holandesa del Cabo de Buena Esperanza, cerrando las rutas hacia la India. Por esa misma época el 71 Regimiento de Highlanders y seis mil hombres de Infantería ligera, trataron de conquistar Buenos Aires el 25 de junio de 1806. Lo sorprendente fue que los habitantes de Buenos Aires no recibieron a los Ingleses como libertadores, sino como enemigos de la nación española, y, sin ninguna experiencia bélica, los derrotaron haciendo prisionero al General Sir William Carr Beresford, quien capituló ante los criollos. Hubo un segundo intento de apoderarse de Buenos Aires, que también fracasó, cancelándose el Plan Pophan.

Mientras tanto en la península los acontecimientos se agolpaban. Tanto la nobleza como el pueblo estallan, y se produce el Motín de Aranjuez de repudio a Godoy y la política de Carlos IV, lo que conduce a la abdicación al Rey Carlos IV, y a la decisión de Napoleón de colocar a un miembro de su familia en el Trono de España. El elegido va a ser su hermano mayor D. José Bonaparte Ramolino, abogado y dedicado al comercio. La carrera de su hermano lo había conducido a la Diplomacia. Pero el pueblo de Madrid aclama a Fernando VII. Sin embargo en el Perú se reciben Cédulas de Carlos IV, disponiendo que se reconociera como Regente del Reino al Príncipe Murat, Gran Duque de Berg, quien había entrado en Madrid en medio de sus tropas. Poco tiempo después, el Príncipe Fernando viaja rumbo a Bayona donde prácticamente es hecho prisionero. Igualmente llegan a Bayona Carlos IV y María Luisa. El resto de la historia no es del caso relatarla. Me bastará resumirla con la frase de despedida del Infante D. Antonio a la Junta de Gobierno dejada en Madrid: «Adiós, señores, hasta el valle de Josafat». Yasí se fueron hacia Valençay, palacio del Ministro Talleyrand.

Napoleón, por su parte, decide dotar en Bayona a España y América española de una Constitución y de un nuevo nombre para América española. No podía ser América Francesa, pero sí América Latina y así empezó a llamarla. Para ello reunió unas Cortes en Bayona a fin de que procedieran a aprobar una Constitución Política de la nueva monarquía. Al Perú llegaron las citaciones, y dadas las circunstancias de guerra en Europa, y el bloqueo de las rutas marinas por Inglaterra a que nos hemos referido, se procedió a nombrar a D. Tadeo Bravo del Rivero, Procurador del Cabildo de Lima, ante el Rey y avecindado por razón de sus funciones en la Corte de Madrid. Carlos A. Villanueva, en su trabajo «Napoleón y los Diputados de América en las Cortes españolas de Bayona (4)», manifiesta que los diputados americanos pasaron a rendir homenaje a José Bonaparte al llegar éste a Bayona y que el representante por Guatemala, Francisco Antonio Zea, habló en nombre de los Diputados americanos, manifestando su simpatía «por un gobierno que comenzaba por reconocer sus derechos»… Las Cortes de Bayona trataron en su tercera sesión del Título Noveno de su Proyecto de Constitución, redactado en francés por Napoleón I según algunos autores, y que otorgaba a cada reino y a cada provincia un gobierno propio y dos Diputados, que serían nombrados por las Municipalidades. Al Perú se le asignaron en el primer debate dos Diputados, igual que a Méjico, pero en la décima sesión, recordando acontecimientos ocurridos en la turbulenta Nueva Granada (actual Colombia) y en el Cuzco, al Perú se le asignó un tercer Diputado. El Título sobre América en la Constitución de Bayona quedó en definitiva como el Décimo y en él se obtuvieron una serie de liberaciones comerciales e industriales.

Pero el pueblo español no aceptó la Constitución de Bayona. El 2 de mayo de 1808, se sublevó en nombre de Fernando VII, y se creó una Junta Central de gobierno y de resistencia al invasor francés. La gran lealtad monárquica de Fernando de Abascal supo neutralizar la intención de los maestros de San Marcos y San Fernando de instalar una Junta de gobierno de una parte, mientras de otra, producida la invasión napoleónica a Portugal y trasladados sus Reyes a Brasil, desde este país, la Princesa Carlota Joaquina inició una ofensiva diplomática sobre los diversos reinos de América para obtener el reconocimiento como emperatriz de América. Llegadas sus notas al Perú, Abascal se excusó por no tener facultades para hacerlo. En el Río de la Plata desconfiaron de los portugueses por el asunto de la Colonia del Sacramento y el porvenir les daría la razón más adelante. Mientras tanto en Madrid un peruano, limeño de nacimiento, D. José Miguel de Carvajal y Vargas Manrique de Lara, duque de San Carlos y grande de España, según narra el jesuíta Vargas Ugarte (5), se jugaba la vida atravesando las líneas francesas con los nombres de Monsieur Ducós o el de José Carvajal, llevando y trayendo informes del Príncipe a la Junta y viceversa.

La Junta Suprema Central consideró necesario convocar a unas Cortes que examinasen la situación de la nación y por Decreto de 22 de mayo de 1809, comunicó que las Américas tendrían representantes en el seno de la Junta Central y Diputados a las Cortes. El 29 de enero de 1810, se expidió el Decreto de convocatoria a Cortes en España y América por el Consejo de Regencia que reemplazó definitivamente a la Junta Suprema Central. Las Cortes se instalaron el 24 de septiembre de 1810 en la Isla de León, frente a Cádiz, trasladándose al Puerto de esta ciudad el 24 de febrero de 1811. El Perú llegó a tener nueve Diputados, que lograron destacar en este único e irrepetible gran Congreso Hispanoamericano hasta nuestros días. A lo largo de sus debates se consagraron principios de igualdad de derechos entre peninsulares y americanos, una única nacionalidad, la libertad de pensamiento y de expresión, la soberanía del pueblo en reemplazo de la soberanía como atributo del Rey, aclarando que la Constitución se elaboró sin la participación del Rey, pero no contra el Rey en cuyo nombre luchaban, se otorgó el sufragio a los analfabetos y se concedió la nacionalidad a los españoles pardos, los negros, a quienes se había marginado. Ello constituyó un triunfo del Diputado peruano Dionisio Inca Yupanqui, quien en defensa de los negros mencionó el caso de dos españoles pardos residentes en el Perú que se habían doctorado en Medicina. Uno era D. José Manuel Dávalos y el otro D. José Manuel Valdez. El primero estudió Medicina en San Fernando tras examinarse de cirujano latino en este Real Proto-Medicato, viajó a realizar estudios de Post-Grado a la Universidad de Montpellier (Francia) graduándose de doctor con un ensayo latino que versó sobre las enfermedades y endemias frecuentes en Lima. Vicente Morales Duárez, llegó a ser Presidente de las Cortes, cargo en el que falleció; José Navarrete, fue secretario de las Cortes y D. Blas Ostolaza, que moriría fusilado en España, en medio de las contiendas civiles, se destacó por su fogosa oratoria, recordada por Benito Pérez Galdós.

La Constitución de Cádiz, jurada el 19 de marzo, el día de San José de 1812, ha sido la primera Constitución de América, discutida con la participación de cuarenta y nueve diputados americanos, artículo por artículo, jurada en Lima los días 2 y 4 de octubre de 1812, durante el gobierno del Marqués de la Concordia, D. JosE Fernando de Abascal y Sousa. En Huancayo existe la Plaza de la Constitución que recuerda este juramento y en nuestra sierra central quedó el recuerdo de aquella indígena que donó toda su fortuna, para rescatar al Príncipe Fernando de la prisión de los franceses. Todo ello parecía recordar aquella frase del romancero medieval: «Qué buen vasallo si hubiera un buen señor». Y así este pueblo, como el español, tan poco absolutista, tan celoso de su libertad, amó a sus reyes como ninguno y les guardó una fidelidad que en no pocas ocasiones era digna de mejor causa.

Así llegó la guerra de la Independencia.

A lo largo de mi exposición he mantenido como hilo conductor desde el siglo XVI al XIX, la permanente presencia inglesa sobre América y en especial, sobre nuestras cosas, fundamentalmente desde que Enrique VIII eliminara a la reina, su esposa, Catalina de Aragón, y se separara de la Iglesia católica, lo que unido a la revolución protestante en Europa, convirtió a España en «la luz de Trento y el martillo de la herejía», y al Perú, en América Austral, en el baluarte contra los luteranos ingleses y holandeses. Al Perú le tocó pagar por todo ello, y así la guerra de la Independencia, se ha de transformar en una guerra anti peruana, logrando los agentes ingleses descuartizar el Perú por el Norte y por el Sur, arrebatándonos el Estrecho de Magallanes y Chiloé, creando por Decreto Supremo, la separación del Alto y Bajo Perú, y arrebatándonos el Imperio del Brasil, la Selva Acre y Tabatinga. Por todas esas circunstancias, el Perú es el único país de las Américas, que en el lapso de cincuenta y cinco años, entre 1824, batalla de Ayacucho y 1879, ha tenido que hacer frente a ocho guerras internacionales, cosa que no han tenido ni Canadá, ni los Estados Unidos, ni Méjico en América del Norte y ninguno de los países de América Central ni del Sur.

Pasados esos azarosos años quedó de manifiesto que sólo la fuerza de una identidad nacional, forjada a lo largo de los trescientos años de vida e historia en común, logró un mestizaje no salido de una prehistoria analfabeta que no podía legarnos ni religión, ni un relato de la vida cotidiana, alegrías y tristezas, de quienes vivieron antes en esta vieja morada de vida que es el Perú. Así como ni Italia ni Roma, son ni han sido el país de los Etruscos, ni Francia el país de los Galos, ni España el país de los Iberos, el Perú, es producto de su vida común escrita, es decir, histórica, que es la conciencia de lo realizado y de la que tendrá que dar cuenta algún día al Creador.

El Siglo XIX se despide en 1898 con la declaración de guerra de los Estados Unidos a España, a causa de la explosión en el acorazado «Maine», -voladura fortuita o autovoladura según se sostiene ahora-, en febrero de 1898, que la prensa sensacionalista norteamericana no dudó en atribuir al lanzamiento de un torpedo submarino español. La declaración formal de guerra se produjo el 25 de abril de ese año, con la manifiesta finalidad de expulsar a España de Cuba y del Caribe en general.

Ese fue el elemento más importante de este pretexto. Sacar a España del Caribe, que era el último bastión que le quedaba del continente que un día descubrió. La actitud internacional era hostil a su presencia en el Caribe, donde ingleses, holandeses y franceses tenían posesiones y los Estados Unidos deseaban tener presencia estratégica.

Según dice en su trabajo sobre las operaciones militares de la Guerra de Cuba y Filipinas, Miguel Alonso Baquer (6), la hipótesis de una intervención militar norteamericana en la isla había sido tomada en consideración por la Escuela de guerra de la Armada en 1894, y existía una Junta de Guerra Naval desde marzo de 1898. El objetivo norteamericano era bloquear la Isla de Cuba y conquistar un puerto de mar desde el cual proporcionar ayuda a los rebeldes cubanos. El animador de la propuesta era el propio subsecretario Theodore Roosevelt, que logró ver aprobado su plan en la temprana fecha del 4 de abril.

Los rebeldes cubanos a que se refería Theodore Roosevelt, eran capitaneados por Calixto García, el célebre personaje de una historia, que leímos y vimos en el cine, en nuestra infancia, llamada Un Mensaje a García, como ejemplo de tenacidad en el cumplimiento de un encargo. Calixto García permaneció en armas, a pesar de la pacificación lograda por el General Martínez Campos luego del Pacto de Zanjon, en 1878. Pero los norteamericanos se encargaron de generar nuevas dificultades, incluso aduaneras, para mantener el clima propicio para una intervención militar, lo que lograron con el «Manifiesto de Montecristi», en 1895, estallando la guerra de la Independencia capitaneada por Máximo Gómez, José Martí, Antonio Maceo y Calixto García.

Como consecuencia de la guerra de la Independencia de Cuba, Estados Unidos se quedó con la Bahía de Guantánamo hasta el día de hoy, y tomó igualmente posesión de la Isla de Puerto Rico.

Al igual que en 1808, cuando Napoleón invadió España y en América se produce el movimiento fidelista a España, la agresión norteamericana y el «Destino Manifiesto» de Roosevelt, sobre la América española van a tener similar respulsa. Teodoro Roosevelt, nacido en Nueva York en 1858, era descendiente de ricos colonos neerlandeses llegados a los Estados Unidos en el siglo XVII. Se inició como político ganando una diputación del partido republicano por el estado de Nueva York entre 1882 y 1884 y rápidamente fue ganado por el grupo imperialista del Senador Lodge, reclamando bases navales en el exterior para Estados Unidos. Chimbote fue una de ellas. Al estallar la guerra de Cuba era Secretario de Guerra, activó la construcción de la Flota de guerra y organizó un regimiento de voluntarios de caballería (Rough riders) que intervino en la batalla de San Juan. Terminada la guerra fue elegido Gobernador del Estado de Nueva York en 1898 y dos años después vice-presidente de los Estados Unidos. A la muerte del Presidente McKinley en septiembre de 1901, accedió a la presidencia. En 1902, reglamentó el futuro Estatuto jurídico de las Islas Filipinas y al año siguiente propició la formación del Estado de Panamá, para asegurarse el control del futuro Canal transoceánico. Continuó con su política de reforzamiento de la flota y obligó a la marina alemana a alejarse del litoral de Venezuela y en 1903, resolvió a favor de Estados Unidos la delimitación de la frontera entre Canadá y Alaska. Reelegido en 1904, pronunció ante el Congreso de los Estados Unidos un Mensaje conocido como «El Corolario» o «El Destino Manifiesto», en el que reafirmó la doctrina Monroe haciéndola extensiva a todas las Américas, territorios muy ricos poblados por indígenas y mestizos incapaces de lograr su desarrollo, reservándose el derecho de mantener el orden en el hemisferio occidental. Con el pretexto de controlar las finanzas de la República de Santo Domingo y de Cuba dio la orden de intervenir militarmente en ellas, respectivamente entre 1905 y 1906. Esta política fue conocida igualmente como la política del Big Stick (gran garrote). Fue premio Nobel de la Paz en 1906.

De esa época es el famoso poema a Roosevelt, de Rubén Darío, el poeta nicaragüense, que se iniciaba con los siguientes versos:

«Es con voz de la Biblia, o verso del Walt
Whitmann, que habría que llegar hasta tí
Oh Profesor de energía como dicen los
locos de hoy.

Eres los Estados Unidos,
Eres el futuro invasor de esta América
ingenua de alma indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en
español»…

Fue como una clarinada en toda América hispana. Es la época de José Enrique Rodó en el Uruguay, con su obra «Ariel»; nuestro Sáenz Peña, el de Tarapacá y Arica, con su revista «Sudamérica» en Buenos Aires; Indalecio Gómez, Manuel Ugarte, en la Argentina; Vasconcelos en Méjico; Haya de la Torre en el Perú con su anti-imperialismo. Era el 98 hispanoamericano. Eran los tiempos de la revolución izquierdista en Méjico, que hacía exclamar «Ay Méjico, Méjico querido, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos».

Pero el siglo XX, ante tan preocupante panorama, comenzó pronto como una respuesta al intervencionismo yanqui. Nuestros países vuelven sus ojos a España, y es con ocasión del conflicto con el Ecuador, cuando se reactualiza este tema, pues ya en 1887, el Perú y Ecuador habían acordado someter su diferendo fronterizo a su árbitro natural, el rey de España, luego que ese año intentara el Ecuador ceder nuevamente territorios amazónicos peruanos a sus acreedores ingleses. El Perú se encontraba desgarrado por el desastre que había significado la guerra del Pacífico de 1879 a 1883. Tras varios incidentes fronterizos provocados por Ecuador (Angoteros y Torres Causana) y diversos acuerdos diplomáticos para evitar conflictos armados en 1904-1905, ambos países reactualizaron, la fórmula del arbitraje del Rey de España.

La defensa peruana estuvo a cargo de Felipe de Osma y de Mariano H. Cornejo, quienes hicieron un trabajo notable al reunir en diez volúmenes la prueba documental del Perú, con extraordinario acopio de documentos históricos y geográficos, así como dictámenes jurídicos emitidos por los principales jurisconsultos de la época.

Para la emisión del Laudo Arbitral, su Majestad D. Alfonso XIII, solicitó la opinión de una Comisión técnica designada para estudiar los alegatos y las pruebas presentadas por las partes, así como la opinión del Consejo de Estado de España, que igualmente emitió un dictamen sobre la controversia.

A principios de 1910, el Rey tenía listo el Laudo para emitirlo. Pero Ecuador -que tuvo conocimiento del texto- anunció anticipadamente que no lo aceptaría, y acto seguido fue atacada nuestra Legación en Quito y se incendió en Guayaquil un barco peruano surto en dicho puerto. Ante un nuevo «casus beli», Su Majestad se inhibió de emitir su fallo. Desde la perspectiva de la Historia Diplomática de este Continente, fue un grave error de los políticos ecuatorianos, pues este acto contribuyó a restarle seriedad a su gestión al vulnerar compromisos internacionales contraídos. Y así se derivó el asunto a Washington y al Arbitraje del Presidente de los Estados Unidos en un manejo diplomático errabundo entre 1924 y 1936 en que se suscribió el Acta de Lima entre el Canciller peruano Alberto Ulloa Sotomayor y el plenipotenciario ecuatoriano Homero Titeri Lafronte. Ecuador cruzó el Río Zarumilla en 1941 y se inició un nuevo y gran conflicto en el que por primera vez en América se usaron paracaidistas peruanos que tomaron Puerto Bolívar, camino de Guayaquil. Todo ello llevó al Protocolo de Río de Janeiro de 1942, y su larga ejecución.

En 1921, el Perú celebró el primer Centenario de la Independencia Nacional, jurada el 28 de julio de 1821 durante la misión del Generalísimo D. José de SanMartín. La efeméride fue, sin embargo, como podría suponerse, dadas las tendencias políticas de los años veinte a la fecha, influenciada por un indigenismo manipulado por protestantes y marxistas. España es normalmente nuestro Chivo Expiatorio. Pero como toda ola produce resaca, frente a este seudo indigenismo negativo, surgió un hispanismo de nuevo cuño, que defendió lo mestizo, el cruce del español y lo indígena cuyo mejor simbolismo fue el de Garcilaso e Isabel Chumpi Oello, los padres del Inca, del Inca Garcilaso de la Vega. De estas efemérides, y como consecuencia de la gran influencia de Rubén Darío, surgió en el Perú un gran poeta D. José Santos Chocano, épico al cantar lleno de emoción histórica a nuestros héroes de la epopeya del Morro de Arica, al Hombre Sol o el Canto a la Victoria de Ayacucho, a los Conquistadores o a los revolucionarios mejicanos.

Para D. Miguel de Unamuno, Chocano fue «El Emperador del verso», el prosador íntimo. Para Raúl Porras era además descriptivo y dominador de las percepciones.

En una revolución en Guatemala, durante la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, Chocano fue detenido y por segunda vez en su vida está a punto de ser fusilado, pero gracias a la intervención del Papa y del Rey de España, salvó la vida.

En la infinidad de sus poesías, recordamos «Los Caballos de los Conquistadores», «La tristeza del Inca» y «Blasón» donde se autotitula: «Soy el cantor de América, autóctono y salvaje; mi lira tiene un alma, mi canto un ideal» y termina: «Mi fantasía viene de un abolengo moro; los Andes son de plata, pero el León de oro; y las dos castas fundo con épico fulgor». «La sangre es española e incaico es el latido; y de no ser poeta, quizás yo hubiese sido un blanco Aventurero o un indio Emperador!»

No quiero dejar de recordar que Rubén Darío, le dedicó su poema «Preludio», aquel que se inicia:

«Hay un tropel de potros sobre la pampa inmensa… «…Va como don Quijote, en ideal de campaña, vive de amor de América y de pasión de España; y envuelto en armonía, y melodía y canto, tiene rasgos de héroe y actitudes de santo.

¿Me permites Chocano, que como amigo fiel, te ponga en ojal esta hoja de laurel?»

Rubén Darío

Al final de los años veinte el mundo entero entró en una aguda crisis económica. El 22 de agosto de 1930, un pronunciamiento militar en Arequipa puso fin al Gobierno del Presidente Leguía. El manifiesto lo redactó un gran jurista, D. José Luis Bustamante y Rivero, y el martes 14 de abril de 1931, tras las elecciones municipales, los periodistas le preguntan en Madrid al Almirante Aznar, Jefe del Gobierno: ¿Hay alguna novedad Señor Presidente? Y él les responde: «¿Les parece a Vds. poca novedad la de un país que se acuesta monárquico y se despierta republicano?». Se iniciaba la Segunda república española. En el Perú el Jefe de la revolución militar, el Comandante Luis M. Sánchez Cerro, renuncia a la Presidencia de la Junta de Gobierno y se nombra un Gobierno provincial presidido por el Dr. David Samanez Ocampo, quien convoca a un Congreso Constituyente y nombra a un selecto grupo de ciudadanos para que redacten el proyecto de Constitución. Entre ellos Manuel Vicente Villarán, que presidió la Comisión, D. Víctor Andrés Belaúnde, D. Jorge Basadre, D. Diómedes Arias Schreiber, José León Barandiarán, Ricardo Palma, Toribio Alayza y Paz Soldán, Emilio Romero, Luis E. Valcarcel, César Antonio Ugarte.

Mientras tanto en España, D. Niceto Alcalá Zamora, monárquico liberal, en su juventud, hace confesión de fe republicana en un discurso que pronuncia en Valencia que tuvo gran resonancia. Más adelante, participó en el Pacto de San Sebastián, y al proclamarse la República ocupó el cargo de Presidente Provisional, hasta la aprobación de la Constitución republicana de cuya redacción se encargó al autor de «El Alma de la Toga», D. Angel Ossorio y Gallardo, que fue nombrado por el Gobierno para que presidiera la antigua Comisión de Códigos, a la que se le cambió de nombre por el de Comisión Jurídica Asesora. La obra de la Comisión, dentro de lo diáfanamente republicano y de avance social, pareció demasiado moderada y no fue tomada en cuenta por el Congreso, que prefirió el proyecto elaborado por la Comisión Parlamentaria de la Constitución que presidía D. Luis Jiménez de Asúa, el conocido penalista, y que se reputó más adelantada y de izquierda. Ahí comenzaron los problemas de D. Niceto Alcalá Zamora al iniciarse el debate de las relaciones entre el Estado y la Iglesia. El primer disturbio se produjo contra el Círculo Monárquico y el Edificio del diario «ABC» y la quema de los kioscos donde se vendía «El Debate», periódico católico. Luego se pegó fuego a la Iglesia de San Luis y la residencia de los jesuítas, que quedaban en la Gran Vía. Cuando terminó el debate constitucional D. Niceto Alcalá Zamora fue elegido Presidente Constitucional de España para el período legal de 1932 a 1938, que no pudo terminar, por cuanto el Congreso Constituyente manejado por una izquierda irracional, lo destituyó, alegando que se había excedido en sus funciones al disolver el Parlamento dos veces en un mismo período de gobierno. Lo cual no era sino una argucia para sacarlo del cargo y elegir a D. Manuel Azaña, al que también le obligaron a dimitir en 1933, entregándose el poder al Sr. Lerroux y luego a Diego Martínez Barrio que disolvió la Constituyente y convocó nuevas elecciones.

Del caos político que fueron esos años es rescatable la influencia que ejerció el movimiento constitucionalista español en el debate constitucional peruano, que en paralelo, como hemos visto, se producía igualmente entre 1931 y 1933 con la aprobación de nuestra gran Carta de ese año. Pero añadiré que nuestros constituyentes, igualmente, recogieron la influencia del pensamiento de D. Miguel Primo de Rivera, quien intentó en su momento en España en la década de los años veinte, implantar una representación funcional, en la llamada Asamblea Nacional. Idea que en elPerú postuló D. Víctor Andrés Belaúnde, al defender el sistema bicameral y dentro de él la existencia de un Senado que representase a la clase trabajadora, a la productora y a los elementos de la cultura, considerándolo indispensable para la restauración de la democracia. Este Senado salvará al Perú, dijo.

En el debate, se aprobó el artículo 94 de nuestra Constitución de 1933, que decía literalmente: «El Senado es elegido por un período de seis años y se renueva íntegramente al terminar su mandato, mientras se organiza el Senado funcional».

Esta necesidad de reformar la democracia formal venía desde el siglo XIX, cuando Bartolomé Herrera -insospechable de fascismo en 1860-, planteó este problema, por cuanto ya se palpaba el fracaso de dos Cámaras políticas paralelas, buscándose que una de ellas fuera más técnica, para evitar lo que Emilio Castelar dijo para España -de la primera república-: «Cada elección es una desgracia, cada campaña un mercado, cada elector un esclavo, cada Ministro un Sultán, cada candidato un fomentador de la inmoralidad pública, y cada resultado un modelo de ignominia».

Volviendo a la influencia en la Constitución del 33, mencionaré que en el Título I, sobre «El Estado, el Territorio y la Nacionalidad», en el Artículo Quinto, segundo acápite, se disponía: «No pierden su nacionalidad de origen los nacidos en territorio español que se nacionalicen peruanos, previos los trámites y requisitos que fije la ley y de conformidad con lo que se establezca en el tratado que, sobre la base de la reciprocidad, se celebre con la república española».

Deplorablemente en el Perú, tampoco la política se movía en aguas tranquilas. Como hemos expuesto, el Presidente D. Luis Miguel Sánchez Cerro dimitió y se marchó a Francia, después de encargar el mando supremo a una Junta de Gobierno presidida por D. David Samanez Ocampo, que convocó la Constituyente; aprobada la misma, se convocaron elecciones generales, para las que se lanzó su candidatura frente a la del líder aprista Víctor Raúl Haya de la Torre, en una ardorosa contienda electoral, en la que triunfó. Los perdedores alegaron un supuesto fraude electoral lo que fue la clarinada de una sucesión de acciones subversivas, como el motín de los marineros en el Callao, la casi guerra civil en el Norte en Cajamarca y Trujillo con la toma del Cuartel O'Donovan y centenares de asesinatos y muertes en enfrentamientos armados. En medio de esa agitación político-social, se produjo el incidente de Leticia, que casi conduce al Perú a una guerra con Colombia, que sólo el asesinato del Presidente Sánchez Cerro en 1933, pudo detener, iniciándose la dictadura del general Benavides hasta 1941.

Mientras esto ocurría en el Perú, en España, desde 1923, año en que fue nombrado Presidente del Gobierno el Capitán General de Cataluña D. Miguel Primo de Rivera, quienes con tanto afán fueron construyendo la república, en el lustro comprendido entre 1931 y 1936, hicieron todo lo posible por destruirla y la destruyeron, provocando el Alzamiento del 18 de julio, que tras una guerra de tres años, concluyó el 1º de abril de 1939. Seis meses más tarde, el 3 de septiembre de ese año, Inglaterra, tomando como excusa que Alemania había recuperado el llamado corredor de Dantzig, inicia la Segunda Conflagración Mundial, entre 1939 y 1945. Poco le duró, pues, a España, la posible ayuda que las potencias anticomunistas le hubieran podido prestar para la recuperación material y económica, dado que la destrucción causada por los tres años de guerra, unida a la parálisis económica y la extracción del oro del Banco de España, la colocaban en una muy difícil situación. Sin embargo aquel abril de 1939, fue un mes como nunca habrá otro. Un amigo mío escribió: «Quizá en nuestro júbilo de aquella primavera del 39 estábamos celebrando, sin darnos cuenta, la larga, la fecunda paz que a nuestros hijos les iba a tocar vivir. Los que la hicieron posible, con su sacrificio, sean por siempre benditos de Dios».

El 30 de agosto de 1998, el economista Juan Velarde Fuertes, en un artículo publicado en el ABC, de Madrid, bajo el título de «El otro 98, España vuelve a América» dice: «En 1898, tras el Tratado -en realidad diktat- de París, cuando se arría el pabellón español en el Arsenal de la Puntilla, en San Juan de Puerto Rico, parecía que España se despedía definitivamente de la América que había descubierto». Los lazos que unieron España con América comenzaron a debilitarse, salvo las excepciones que hemos señalado como el caso de arbitraje. No hubo inversiones económicas, y excepto las corrientes migratorias y el singular intento de Cambó de crear la Compañía Hispano-Americana de Electricidad (CHADE) en Argentina, no hubo ningún otro intento. Los estudios económicos hasta la década de los 70, se referían a la época Virreynal.

De pronto todo ha cambiado. Hay que recordar a Ullastres. Tras el ingreso de España a la CEE en 1985, la peseta se integra en el Sistema Monetario Europeo en 1989. El 2 de mayo de 1998, España pasa a ser miembro de la Unión Monetaria y desde entonces España vuelve la mirada a Iberoamérica, cuyos valores son ahora cotizados en la Bolsa de Madrid, siendo España el mayor inversor en el Mercosur y en la Comunidad Andina. De pronto, como dice Velarde Fuertes, lo que el desastre deshizo un siglo antes en 1898, ha sido más que restablecido un siglo después. España se creía desterrada de América, en la que ingleses, holandeses y franceses, continuaban en Honduras Británica, en Jamaica, en Puerto España, en Aruba, en las Guayanas, en Martinica o en Guadalupe, con sus banderas al tope. «No, España, no podía considerar suyo ni el más pequeño peñasco del Continente que un día descubrió». Pero creo que no lo necesitaba, porque siempre estuvo presente con ese cordón umbilical del idioma, y en el corazón de todos.



Javier Vicente Ugarte del Pino

Notas

1 Historia Marítima del Perú. Tomo III. Vol. II. Siglo XVI. Callao. 1973. Edit. Ausoni.

2 Altuve Febres-Lores, Fernán: De la Naturaleza jurídica de los reinos del Perú. Lima 1993.2 Cfs. Velarde Fuertes, J. El modelo energético del artocarpo o la tragedia de la Bounty, en Ya, 9 agosto 1984, recensión del libro de Angelo Solmi, La Bounty.

3 RuigÓmez GÓmez, Carmen: Una Política Indigenista de los Habsburgo. Edic. Cultura Hispánica. Madrid, 1988.

4 Villanueva, Carlos A. Napoleón y los Diputados de América en las Cortes españolas de Bayona. En Anuario de la Academia de la Historia. Tomo LXXI. Madrid.

5 Vargas Ugarte, Rubén. «Historia General del Perú». Milla Batres. Barcelona, 1966.

6 Alonso Baquer, Miguel: Las Operaciones Militares en la Guerra de Cuba y Filipinas, en «España en 1898» de Pedro Laín Entralgo y Carlos Seco Serrano. Editores. Barcelona. 1998.



 

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