La imagen de
España en el Perú
Pretender
el conocimiento de la «Imagen de España en el Perú
contemporáneo», sin un esbozo histórico que permita el
encuadre de las reacciones colectivas del pueblo peruano
y viceversa, frente a las diversas coyunturas que hemos
vivido a ambos lados del Atlántico los pueblos de habla
castellana, resultaría de suyo una tarea imposible y de
resultados totalmente desfigurados.
¿Cómo entender la reacción del pueblo peruano ante la
agresión a España en 1898? o ¿cómo explicarnos
idéntica reacción cuando la invasión napoleónica en
1807? Pasado el torbellino del siglo XX se han producido
circunstancias que han modelado, de una parte, la
identidad peruana y, de otra, la forja de una imagen
permanente de España en el ser nacional del Perú,
incluso anterior al descubrimiento de la América
Continental.
Quizá extrañe mi afirmación «desde el
descubrimiento», pues precisamente me refiero al
descubrimiento colombino de América, a fines del siglo
XV, cuando el Perú no existía ni en la imaginación del
visionario más osado.
Don Cristóbal Colón, descubre el Nuevo Mundo en octubre
de 1492, y con este acontecimiento va a empezar la Edad
Moderna y no con la caída de Constantinopla en poder de
los turcos, pues ese acontecimiento en nada contribuyó a
cambiar la historia de la humanidad. Pero resultó que al
retorno de su viaje descubridor, toca fondo en Lisboa, en
vez de ser recibido en triunfo fue detenido y, al aclarar
que es Almirante de Castilla, Juan II de Portugal
denuncia a los Reyes Católicos ante el Papa Alejandro VI
bajo anatema de excomunión por haber violado la bula
Aeternis Regis, otorgada a los Reyes de Portugal por el
Papa Sixto IV en 1481, en virtud de la cual les concedía
las rutas del mar descubiertas gracias al esfuerzo del
Infante D. Enrique, apodado «El Navegante» y que
Camoens narró en Os Lusiadas. Bula que amplió la del
Papa Nicolás V, denominada Romanus Pontifex de 1454, en
la que veintisiete años antes había concedido las rutas
del mar a los Reyes de Portugal con exclusión de
cualquier otro príncipe cristiano bajo anatema de
excomunión.
Aquí hay una denuncia que traía como consecuencia la
pérdida no sólo de lo descubierto, sino incluso por la
excomunión, la de los tronos de Castilla y Aragón a
favor de Portugal. Larga fue la negociación del asunto
ante la Santa Sede durante 1493, en la que los Reyes
Católicos donan todo lo descubierto al Papa, para que
él con su sabiduría resuelva lo mejor. Y así, va
surgiendo una serie de bulas a lo largo de las cuales se
libra a los Reyes Católicos, gracias a su esfuerzo en la
reconquista contra la Guerra Santa de los musulmanes, del
anatema de excomunión. Se otorga lo descubierto al Oeste
de las Islas de Cabo Verde de polo a polo y no en forma
de la línea equinoccial -hoy ecuatorial- como quería
Juan II: el hemisferio Norte para Castilla y el
hemisferio Sur para Portugal trazándose una línea a 300
leguas de las dichas islas. Este tema fue ratificado un
año después por el Tratado de Tordesillas del 7 de
junio de 1494, quedando así confirmada la primera
división del mundo entre Castilla y Portugal por una
línea imaginaria que cuando se descubrió la parte
continental de América del Sur fue la primera frontera
entre las posesiones portuguesas en lo que va a ser el
Brasil en el Atlántico y las castellanas en lo que va a
ser el Perú en el Pacífico. Por eso, el Perú, antes de
ser descubierto para la Historia Moderna le debe a
España su primera frontera en la Amazonía desde el
siglo XVI.
Brasil es descubierto casualmente en abril del año 1500,
por la expedición de Alvarez de Cabral, que retornaba
del Sur de Africa y, llevada por los vientos alisios del
sur, arribó a Porto Seguro, al Sur del actual Salvador
(Bahía). En realidad los portugueses no estuvieron muy
seguros de encontrarse dentro de la línea del Tratado de
Tordesillas, dadas las precarias condiciones de los
medios materiales para medir la anchura de los mares y
los continentes. Es indudable que los descubrimientos
marítimos ejercieron presión para el adelanto de las
Tablas de Navegación, la geodesia, las Tablas de
Mercator, pero hasta el siglo XVIII no se logró mayor
precisión. Así pues, los portugueses no ocuparon la
zona de Recife, sino a partir del año de 1532, en que se
inicia la verdadera colonización del Brasil por Portugal
con la llegada de los primeros colonos dirigidos por
Martín Alonso de Sousa a Pernambuco (Recife), para
dedicarse al cultivo de la caña de azúcar. Ese mismo
año al otro lado del Continente, Francisco Pizarro,
salido de Panamá, descubre el Perú.
Así pues, las Bulas de Alejandro VI y el Tratado de
Tordesillas del 7 de junio de 1494, deben mantenerse
dentro de nuestra Historia como piedra fundamental de
nuestra herencia y patria legada por España en el siglo
XV.
El Siglo XVI se inicia con los grandes viajes a partir de
la primera vuelta al mundo por la expedición de Hernando
de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, que después de
cruzar el Estrecho que lleva su nombre en 1520, navega en
el Océano que denomina Pacífico, por la quietud de sus
aguas, después de navegar por las tormentosas del
extremo Sur de América Austral, para ir a morir a las
Islas Filipinas en 1521. Si la Amazonía es la frontera
Este del Perú por descubrir, el Pacífico se va a
convertir en su frontera Oeste, tras la llegada por ese
camino de Francisco Pizarro. Pero ambas fronteras no
fueron nunca caminos de paz sino de guerra con los
«bandeirantes» portugueses por un lado, y con los
sucesivos enemigos de España por el otro.
El viernes 13 de febrero de 1579, llega al Perú la
primera amenaza europea. Se trata de la pequeña escuadra
del fundador de la Armada Inglesa, Sir Francis Drake,
quien luego de cruzar el Estrecho de Magallanes -fue el
primer marino europeo en efectuarlo después del propio
Magallanes-, remontó las costas australes y atacó el
puerto de Arica, por donde se embarcaba el mineral de
plata del Cerro Rico de Potosí. Noticiado D. Francisco
de Toledo de la amenaza de un ataque inglés al Puerto de
El Callao, y de un saqueo a Lima, y no estando preparado
el reino militarmente, para repeler un ataque de esta
naturaleza, por cuanto no se había previsto la
posibilidad de que las guerras de Europa pudieran llegar
a tan remotas tierras, recurrió al ardid de encender
candiles entre la Península de La Punta y la Boca del
río Rimac, para dar la apariencia de que la Bahía de El
Callao estaba protegida por buena artillería de tierra.
Efectivamente, el Almirante Drake, a la cuadra del cabezo
de la Isla de San Lorenzo, creyó que le esperaba una
poderosa batería y viró rumbo al norte donde asaltó
Paita en el Perú y Acapulco en Méjico. Volvió a
Plymouth en 1580, dando la segunda vuelta al mundo, vía
Filipinas, con un rico botín.
Este inesperado acontecimiento, llevó al Virrey Toledo a
fundar la «Armada del Mar del Sur», con sede en el
Puerto de El Callao, base naval en la que se nombró al
que vendría a ser el primer Almirante de América, D.
Juan de Villalobos y Figueroa, en Octubre de 1579,
procediéndose a afirmar el pabellón a la primera nave
Almirante, entregando la bandera al Capitán General D.
Pedro Sarmiento de Gamboa. Esta ceremonia quizá
desconocida por los peruanos, es el antecedente más
remoto de la actual Armada del Perú, cuya base principal
continua siendo el puerto de El Callao (1).
En los tiempos de los emperadores Carlos V y Felipe II,
Méjico en el Pacífico Norte y el Perú en el Pacífico
Sur, rivalizaron en la conquista y defensa de la frontera
marítima que por turno nos disputaban holandeses,
franceses y permanentemente hasta la independencia, los
ingleses. Ya el almirante Coligny en 1555, pretendió
establecer en el Brasil una colonia protestante francesa
denominada Francia Antártica, y los holandeses al
producirse la unidad ibérica, perdieron su fructuoso
comercio con las Indias y pretendieron establecerse en el
Brasil, pero los desanimó la presencia de la escuadra
española al mando de Alvaro de Bazán, conservándose
como testimonio de sus acechanzas las Guayanas francesa,
holandesa e inglesa. Pero por otros rumbos el holandés
Enrique Hudson, por orden de la VOC (Compañía de las
Indias Orientales de Amsterdam) zarpó con la consigna de
buscar una nueva ruta para llegar a la China, y en lugar
de ello exploró lo que podía ser un nuevo pase al
Pacífico en 1609, que resultó ser un río de boca
amplia y caudalosa, que lleva su nombre, y en sus orillas
fundó Nueva Amsterdam, en la hasta entonces desconocida
isla de Manhattan.
Las relaciones entre el Perú y España a fines del Siglo
XVI, quedan reflejadas en una carta manuscrita del Rey
Felipe II, fechada en el Real sitio de El Escorial, el 25
de septiembre de 1591, en la que agradece a D. García
Hurtado de Mendoza, cuarto Marqués de Cañete y a la
virreyna Doña Teresa de Castro y de la Cueva y a sus
vasallos del Perú, especialmente a los de Arequipa, el
inmenso donativo ascendente a un millón quinientos
cincuenta y cuatro mil novecientos cincuenta ducados,
para ayudar a la reconstrucción de la Armada Invencible.
La llegada del siglo XVII encontró al Perú con dos
fronteras peligrosa, la Amazonía y Chile. La primera por
las frecuentes incursiones de los «Bandeirantes» o
«Paulistas» y la segunda por las rebeliones o
«malones» de los Araucanos. Desde 1603 por Real
Cédula, el más poderoso presidio o guarnición bajo el
mando del Virrey del Perú fue el de Chile. El Siglo
anterior y para prevenir futuras incursiones en el
Pacífico de los ingleses, el Virrey Toledo había tomado
posesión del Estrecho de Magallanes y de la Isla de
Chiloé, fortificándolos al igual que el Callao. El
Estrecho y Chiloé permanecieron bajo el gobierno de Lima
hasta la Independencia, cuando en tiempo de Bolívar, se
instruyó al Almirante Blanco Encalada, que tomara
posesión de esa zona.
Dice Fernán Altuve (2) en su obra De la naturaleza
jurídica de los reinos del Perú, «que la guarnición
más antigua de la Monarquía peruana estuvo constituida
por las «Compañías de Lanzas y Arcabuces», que se
organizaron durante el gobierno del Virrey Andrés
Hurtado de Mendoza (1556-1561). Diego de Ocaña, escribe
en Un viaje fascinante (1604-1605), lo siguiente: «hay
en esta ciudad, en particular, dos compañías de
gentiles hombres, muy honrados. La una de «Arcabuces» y
la otra de «Lanzas». Agregando: «estas dos compañías
son para guardar del reino y la ciudad».
El Siglo XVII es conocido entre nosotros como el Siglo
religioso por la cantidad de Santos y Santas que
florecieron en el Perú, como Santa Rosa de Lima, San
Martín de Porres, San Juan Masías, San Francisco Solano
y Santo Toribio de Mogrovejo, nacidos algunos en Lima,
otros en el Tucumán y otros en España, pero
santificados en el Peru, por una obra misionera, de
caridad y de cooperación con el prójimo, precursores de
la legión de cooperantes, médicos y enfermeras
españolas que siglos después han venido a ayudar a
nuestras comunidades indígenas, en la sierra y en la
selva amazónica, en una tarea que en los siglos pasados
cumplieron, como decía Samuel Fritz, el célebre
jesuíta explorador de la Amazonía, los religiosos. De
nada valió la alarma de los misioneros como los
Franciscanos de Ocopa, muchos de los cuales fueron
muertos por los portugueses. Uno de ellos, Pedro Texeira,
cruzó «Mojos», y llegó hasta Quito, en tiempos del
gobierno del Conde de la Monclova, ante quién presentó
personalmente su denuncia el mencionado sacerdote
jesuíta Samuel Fritz en defensa de la frontera de Nueva
Castilla o el Perú, de acuerdo al Tratado de
Tordesillas.
En lo social, no solo actuó la Iglesia, sino también la
Corona. La Real Audiencia de Lima y la Real y Pontificia
Universidad Mayor de San Marcos, se preocuparon de la
situación de los habitantes del reino, en especial de
los más necesitados, y de los indígenas que carecían
de propiedades o habían sido despojados de ellas.
Solórzano y Pereyra, Oidor de la Audiencia de Lima desde
1605, escribe en 1629 su Política Indiana, en la cual
explica que el cargo de «Defensor de los Indios», se
encontraba inspirado en el «Defensor Plebis» del
derecho romano, figura que «mutatis mutando», venía a
representar lo que hoy es el «Ombusman» o «Defensor
del Pueblo» (3).
Mientras en Europa, Castilla, es decir España, se
desangraba y se empobrecía a causa de las interminables
guerras del siglo XVII, en Nueva Castilla, es decir el
Perú, ante tan larga y riesgosa distancia se fue
formando en Lima, en torno a la figura del representante
de los Habsburgo, una tímida Corte, que, al correr de
los años, va a recibir un fuerte impulso, como en el
caso del Príncipe de Esquilache, que gobernó el reino
del Perú entre 1614 y 1621. Poeta, escritor y amante de
la cultura, se rodeó de intelectuales y gente de cultura
superior. Su padre fue Embajador de España en Italia y
en 1602 se había casado con Ana de Borja, Princesa de
Esquilache, título con que se conoce a D. Francisco de
Borja y Aragón, a quien Felipe III, en 1614, nombró
Virrey del Perú.
Dadas las bélicas circunstancias, su viaje al Perú se
realizó por el Estrecho de Magallanes para evitar los
peligros de piratas y corsarios en el Caribe. Sin embargo
casi no llega a culminar su travesía, pues su navío se
encontró frente a Cerro Azul, por las costas de Cañete,
con la Escuadra neerlandesa comandada por el Almirante
Spielberg, que ondeaba la bandera de corsario. Atacado su
barco, estuvo a punto de caer prisionero, salvándose
milagrosamente. Advertido con esta aventura, y para
evitar futuros ataques y saqueos, revisó las líneas de
defensa trazadas por el virrey Toledo y sus sucesores y
las modernizó, mejoró la flota, reforzó la artillería
de costa y reorganizó el Ejército del Perú.
En lo social se preocupó de la política salarial e
inició un fuerte control sobre los corregidores para
impedir el malestar de los indígenas. En el Palacio de
Lima, le dió carácter a la Corte, estableciendo
permanentemente las «Tertulias literarias», los lunes
de cada semana. Entre sus publicaciones se cuentan La
pasión de Nuestro Señor Jesucristo en tercetos, 1621, y
sus poesías, bajo el título de Obras en Verso, y
Nápoles recuperada por el Rey Don Alonso.
El Príncipe de Esquilache murió en Madrid. Pero su
corazón fue traido a Lima y colocado al lado izquierdo
del altar de la Capilla de San Francisco de Borja, su
pariente, en la Iglesia de San Pedro, de los Padres
Jesuítas. Cosa curiosa, el primer Virrey Catalán del
Perú, el Marqués de Castelldosrius, murió en Lima y,
fue enterrado en la Iglesia de San Francisco, pero su
corazón fue llevado a España, a Barcelona. Un
simbolismo entrañable, que habla de la unión existente
entre ambos países.
Los últimos e importantes gobernantes del siglo XVIII
fueron D. Pedro de Toledo, Marqués de Mancera, teniente
General de las Galeras del Rey y Gobernador de Galicia,
quien continuó la política de fortificación del Perú
y de la Armada del llamado «Oceanus Peruvianus» por el
Pacífico. Le siguió Pedro Antonio Fernández de Castro,
Conde de Lemos. Su abuelo llegó a Presidente del Consejo
de Indias en 1606, y fue destacado mecenas y protector de
figuras como Lope de Vega, Góngora, los Argensola, Mira
de Amezcua, Espinel y Cervantes. D. Pedro Fernández de
Castro fue el gestor de la venida a Lima del gran jurista
y precursor de la moderna politología. D. Juan de
Solórzano y Pereyra.
Durante su gobierno, llegó a Lima la imagen de la Virgen
de los Desamparados, traída por la hermandad de abogados
de Lima, y para su traslado desde ella, a la Iglesia de
San José, donde se colocó en una capilla al costado del
altar mayor, se pavimentaron las calles de Lima en ese
tramo, atrio de la catedral, calle de La Pescadería
(costado del Palacio Pizarro), rastro de San Francisco
(hoy jardines del Palacio) a Iglesia de San José (junto
al Puente de Piedra) con adoquines de plata fina. Lo que
demostraba el apogeo de la industria minera del Perú que
había hecho exclamar a Arias Montano en Amberes: «No
hay América sin Huancavelica». Efectivamente el Perú,
ya exportaba a Méjico en tiempos del virrey Marqués de
Villa Manrique un promedio de 200 quintales de azogue,
aparte de aguardiente de uva (Pisco) y aceite de oliva.
El último gobernante del Perú en el siglo XVII, fue D.
Melchor de Navarra y Rocafull, duque de la Palata, en
cuyo gobierno empezó el enfrentamiento entre la Iglesia
y la Corona. Fue un eficaz regalista, en medio de las
polémicas sobre el patronato indiano.
El último de los Habsburgo -españoles- Carlos II, dejó
un legado inolvidable a Hispanoamérica al poner fin a un
trabajo iniciado por Juan de Ovando en tiempos de Felipe
II y culminado en su época: La Gran Recopilación de
Leyes Indias conocida por el año de su vigencia de 1680.
Y así llegamos al final de los Austrias y la llegada con
el siglo XVIII, de una nueva etapa en las relaciones
entre España y el Perú.
En una estampa de época, conservada en la Biblioteca
Nacional de París, aparece sentado a la cabecera de la
mesa Luis XIV en el momento de aceptar el testamento del
último Habsburgo español y proclamar como rey de
España a su nieto el Duque Felipe de Anjou, que aparece
frente a él, con la mano al pecho.
Lo importante para la Historia del Perú y para la de
España es que en dicha estampa del 16 de noviembre de
1700, aparece detrás de Felipe de Anjou, el embajador de
España en Francia, vestido con la etiqueta de los
Austrias, de negro, pero ataviado con una peluca a la
moda real francesa. Se trata de D. Manuel de Oms de Santa
Pau y Sentmenat a quien Carlos II confirió en 1690 el
título de Marqués de Castelldosrius, que tuvo destacada
actuación diplomática ante Luis XIV entre 1698 y 1701.
Hay quienes sostienen, entre ellos Ferrán de Soldevila,
que la frase «Ya no hay Pirineos», fue del Embajador de
España y no de Luis XIV como dice la tradición. Lo
cierto del caso es que Felipe de Anjou, ya convertido en
Felipe V, otorgó el mismo año de 1701, el título de
Grande de España y nombró, por especial recomendación
de Luis XIV, Virrey del Perú a Castelldosrius, cargo que
desempeñó hasta el año de su muerte en Lima.
Con Castelldosrius, terminan los Príncipes, Duques y
Condes Castellanos y Aragoneses como gobernantes del
Perú, y se inicia un siglo de Virreyes catalanes,
franceses, italianos y hasta irlandeses. Sus nombres son
D. Manuel de Amat y Junyet, D. Nicolai Carmine Caracciolo
príncipe de Santo Buono, seguido de un caballero
francés nacido en el Castillo de Prebote, cerca de
Lille, tercer hijo de los Marqueses de Heuchín y sobrino
de Carlos Francisco de Croix, más adelante Virrey en
Méjico: su nombre Teodoro de Croix; y finalmente, un
irlandés, Higgins, quien al ser nombrado Virrey del
Perú, es ennoblecido con el Título de Marqués de
Osorno y Barón de Ballenar, agregando desde entonces la
apóstrofe por lo que será conocido como O'Higgins. Su
hijo Bernardo estuvo comprometido políticamente con los
movimientos liberales e independentistas de Chile.
El siglo XVIII, fue también el siglo de nuestro Pablo de
Olavide, de Baquijano y Carrillo, protegido por el Virrey
de Croix, en el asunto de su rica librería traida de
Europa, que incluía libros prohibidos, por lo que la
Inquisición quiso procesarlo. El Virrey le defendió
sosteniendo que Baquijano, Profesor de San Marcos, los
había adquirido en Europa antes de la prohibición y que
una parte era suya. Fue también el siglo del Conde de
Superunda y de Manuel Guirior, marino navarro que se vió
sumamente atareado por el auge del contrabando que había
sido fácil controlar antiguamente, por no existir más
que un Puerto de entrada y salida, pero a partir de la
Pragmática del 12 de octubre de 1778 se autorizó a
trece puertos españoles a comerciar con todos los de
América. El impacto se puede seguir revisando en los
periódicos de la época, desde La Gaceta de Lima al
Mercurio Peruano, donde ya se informa del comercio legal
con Buenos Aires y otros puertos americanos. En nuestras
costas aparecieron balleneros hamburgueses, daneses,
noruegos, ingleses y hasta «bostonianos». El
contrabando fue tan grande que hasta D. Antonio de Ulloa,
el de las Noticias Secretas de América, dejó su cargo
de Embajador de España en Londres, para venir a vivir a
Huancavelica a controlar la producción y
comercialización del azogue, que denotaba una sospechosa
baja de producción y cuya causa interesaba averiguar a
la Real Hacienda.
Ya Campomanes, fiscal y luego Presidente del Consejo de
Castilla, reconoce la necesidad de intensificar la
producción tanto en España como en Indias. En «La
Balanza del Comercio de España con los dominios de S.M.
en América», en 1792, se establece que España ha
exportado al Perú por un valor de 35.158.004 pesos de
los cuales corresponden 25.507.155 a productos y
manufacturas españolas y el resto a extranjeras, por los
puertos de Sevilla, Cádiz y Santander. Y que las
exportaciones del Perú a España fueron del orden de
69.983.177 de pesos en productos mineros, frutas y
manufacturas diversas por un valor de 21.209.829 pesos
oro. En las Memorias del Prior del Consulado de Lima, se
encuentra valiosa información sobre el intenso
movimiento comercial de la época, pese a la situación
de guerra permanente.
En tiempo de Carlos III, llega al Perú la Expedición
científica enviada por la Academia de Ciencias de
París, al frente de la cual vino Jean Marie de la
Condamine, para iniciar la búsqueda del cuadrante del
meridiano terrestre que le permitiera ubicar con
precisión la línea del Ecuador, lo que lograron cerca
de la ciudad de Quito, al norte del Perú. Igualmente
llegó el sabio alemán Baron Alejandro Von Humbolt, que
ubicó la contra corriente que viene del Sur, como un
río caudaloso que enfría la costa peruana
permanentemente, salvo los meses en que a partir del 25
de diciembre ingresa la corriente cálida del Pacífico
Central llamada por eso Corriente del Niño. Igualmente
llegaron Godín, Ruiz y Pavón, Malaspina, Jorge Juan y
Antonio de Ulloa y el Barón de Northenflicht, quien
permaneció diez años en el Perú a partir de 1788
contratado por el Tribunal de Minería. En contrapartida
aparecieron en el Perú, sabios como Cosme Bueno, el
Padre Gonzales Laguna, el Obispo Jaime Martínez de
Compañón y D. Hipólito Unanue que realizó el primer
estudio serio sobre el clima y el tiempo en el Perú, con
estadísticas y secuencias incluso de los ciclos de
terremotos producidos hasta sus días. No queremos dejar
de mencionar al marino limeño D. Francisco de la
Bodega-Cuadra y Mollinedo, quién representó el
auténtico espíritu reformista e ilustrado de la época
de Carlos III, no sólo en el Perú sino también en
Nueva España, desde donde partió al descubrimiento de
las costas de Alaska, descubriendo islas, bahías y
ensenadas. Fue el fundador de la actual Seattle, capital
del Estado de Washington, luego de atravesar el Estrecho
de Juan de Fuca. En alguno de sus viajes coincidió con
George Vancouver y en sus Memorias, señala la presencia
de rusos en Alaska.
Y así llegamos al final del siglo XVIII. Decía al
iniciar mi Historia de las Constituciones del Perú que
«pretender un conocimiento a fondo de la historia del
constitucionalismo americano y en especial del peruano,
prescindiendo del estudio de la primera Constitución que
rigió en América española, es como comprender una obra
de teatro ingresando al final del segundo acto o entender
un libro leído a medias». Los acontecimientos ocurridos
al iniciarse el siglo XIX, van a tener una repercusión
vigente hasta ahora en España y América española,
incluso hasta en la denominación de este Continente.
El Convenio de Aranjuez del 13 de febrero de 1801, puso
la armada española al servicio de Napoleón en la guerra
contra Inglaterra. El juego de la política internacional
se mantuvo muy activo durante esos años iniciales del
siglo XIX. Mientras España invadía Portugal en una
guerra de quince días -la guerra de las naranjas (30 de
mayo-16 de junio de 1801)-, Napoleón al término de la
misma, por no quedar satisfecho con el Tratado de Paz
ajustado por su hermano Luciano Bonaparte, estuvo a punto
de romper relaciones con España, en tanto que Godoy
afirmaba que un nuevo envío de tropas francesas a la
península sería considerado una declaración de guerra.
La paz de Amiens entre Francia e Inglaterra del 25 de
mayo de 1802, fue muy efímera y al Embajador Luciano
Bonaparte no le quedó otro camino que contemplar el
estallido de una nueva guerra entre las dos naciones, en
la que España trató inútilmente de permanecer neutral,
pues los actos de piratería ingleses contra los barcos
que venían de América, la llevaron a declarar la guerra
a Inglaterra, el 14 de diciembre de 1804. La política de
hostigamiento a España desatada por Inglaterra, venía
no sólo del «Plan Pophan-Melville», que consistía en
asestar dos grandes golpes, uno al sur sobre el Río de
la Plata y Chile; y otro al norte en Méjico. El Perú no
sería tocado en la primera fase. El Estrecho de
Magallanes y la ruta por el Cabo Hornos los tenían
controlados desde la captura de las Islas Malvinas, que
ellos denominaron Falkland, y el Golfo de Méjico lo
tenían igualmente bloqueado prácticamente desde 1739,
en que el Rey Jorge II, dio órdenes al Almirante Edward
Vernon de operar en el Caribe. Con esta política de
control de las rutas marinas, Inglaterra, con la excusa
de que Holanda se había aliado con Francia en 1805,
envió una expedición al Sur de Africa para apoderarse
por la fuerza de la colonia holandesa del Cabo de Buena
Esperanza, cerrando las rutas hacia la India. Por esa
misma época el 71 Regimiento de Highlanders y seis mil
hombres de Infantería ligera, trataron de conquistar
Buenos Aires el 25 de junio de 1806. Lo sorprendente fue
que los habitantes de Buenos Aires no recibieron a los
Ingleses como libertadores, sino como enemigos de la
nación española, y, sin ninguna experiencia bélica,
los derrotaron haciendo prisionero al General Sir William
Carr Beresford, quien capituló ante los criollos. Hubo
un segundo intento de apoderarse de Buenos Aires, que
también fracasó, cancelándose el Plan Pophan.
Mientras tanto en la península los acontecimientos se
agolpaban. Tanto la nobleza como el pueblo estallan, y se
produce el Motín de Aranjuez de repudio a Godoy y la
política de Carlos IV, lo que conduce a la abdicación
al Rey Carlos IV, y a la decisión de Napoleón de
colocar a un miembro de su familia en el Trono de
España. El elegido va a ser su hermano mayor D. José
Bonaparte Ramolino, abogado y dedicado al comercio. La
carrera de su hermano lo había conducido a la
Diplomacia. Pero el pueblo de Madrid aclama a Fernando
VII. Sin embargo en el Perú se reciben Cédulas de
Carlos IV, disponiendo que se reconociera como Regente
del Reino al Príncipe Murat, Gran Duque de Berg, quien
había entrado en Madrid en medio de sus tropas. Poco
tiempo después, el Príncipe Fernando viaja rumbo a
Bayona donde prácticamente es hecho prisionero.
Igualmente llegan a Bayona Carlos IV y María Luisa. El
resto de la historia no es del caso relatarla. Me
bastará resumirla con la frase de despedida del Infante
D. Antonio a la Junta de Gobierno dejada en Madrid:
«Adiós, señores, hasta el valle de Josafat». Yasí se
fueron hacia Valençay, palacio del Ministro Talleyrand.
Napoleón, por su parte, decide dotar en Bayona a España
y América española de una Constitución y de un nuevo
nombre para América española. No podía ser América
Francesa, pero sí América Latina y así empezó a
llamarla. Para ello reunió unas Cortes en Bayona a fin
de que procedieran a aprobar una Constitución Política
de la nueva monarquía. Al Perú llegaron las citaciones,
y dadas las circunstancias de guerra en Europa, y el
bloqueo de las rutas marinas por Inglaterra a que nos
hemos referido, se procedió a nombrar a D. Tadeo Bravo
del Rivero, Procurador del Cabildo de Lima, ante el Rey y
avecindado por razón de sus funciones en la Corte de
Madrid. Carlos A. Villanueva, en su trabajo «Napoleón y
los Diputados de América en las Cortes españolas de
Bayona (4)», manifiesta que los diputados americanos
pasaron a rendir homenaje a José Bonaparte al llegar
éste a Bayona y que el representante por Guatemala,
Francisco Antonio Zea, habló en nombre de los Diputados
americanos, manifestando su simpatía «por un gobierno
que comenzaba por reconocer sus derechos»
Las
Cortes de Bayona trataron en su tercera sesión del
Título Noveno de su Proyecto de Constitución, redactado
en francés por Napoleón I según algunos autores, y que
otorgaba a cada reino y a cada provincia un gobierno
propio y dos Diputados, que serían nombrados por las
Municipalidades. Al Perú se le asignaron en el primer
debate dos Diputados, igual que a Méjico, pero en la
décima sesión, recordando acontecimientos ocurridos en
la turbulenta Nueva Granada (actual Colombia) y en el
Cuzco, al Perú se le asignó un tercer Diputado. El
Título sobre América en la Constitución de Bayona
quedó en definitiva como el Décimo y en él se
obtuvieron una serie de liberaciones comerciales e
industriales.
Pero el pueblo español no aceptó la Constitución de
Bayona. El 2 de mayo de 1808, se sublevó en nombre de
Fernando VII, y se creó una Junta Central de gobierno y
de resistencia al invasor francés. La gran lealtad
monárquica de Fernando de Abascal supo neutralizar la
intención de los maestros de San Marcos y San Fernando
de instalar una Junta de gobierno de una parte, mientras
de otra, producida la invasión napoleónica a Portugal y
trasladados sus Reyes a Brasil, desde este país, la
Princesa Carlota Joaquina inició una ofensiva
diplomática sobre los diversos reinos de América para
obtener el reconocimiento como emperatriz de América.
Llegadas sus notas al Perú, Abascal se excusó por no
tener facultades para hacerlo. En el Río de la Plata
desconfiaron de los portugueses por el asunto de la
Colonia del Sacramento y el porvenir les daría la razón
más adelante. Mientras tanto en Madrid un peruano,
limeño de nacimiento, D. José Miguel de Carvajal y
Vargas Manrique de Lara, duque de San Carlos y grande de
España, según narra el jesuíta Vargas Ugarte (5), se
jugaba la vida atravesando las líneas francesas con los
nombres de Monsieur Ducós o el de José Carvajal,
llevando y trayendo informes del Príncipe a la Junta y
viceversa.
La Junta Suprema Central consideró necesario convocar a
unas Cortes que examinasen la situación de la nación y
por Decreto de 22 de mayo de 1809, comunicó que las
Américas tendrían representantes en el seno de la Junta
Central y Diputados a las Cortes. El 29 de enero de 1810,
se expidió el Decreto de convocatoria a Cortes en
España y América por el Consejo de Regencia que
reemplazó definitivamente a la Junta Suprema Central.
Las Cortes se instalaron el 24 de septiembre de 1810 en
la Isla de León, frente a Cádiz, trasladándose al
Puerto de esta ciudad el 24 de febrero de 1811. El Perú
llegó a tener nueve Diputados, que lograron destacar en
este único e irrepetible gran Congreso Hispanoamericano
hasta nuestros días. A lo largo de sus debates se
consagraron principios de igualdad de derechos entre
peninsulares y americanos, una única nacionalidad, la
libertad de pensamiento y de expresión, la soberanía
del pueblo en reemplazo de la soberanía como atributo
del Rey, aclarando que la Constitución se elaboró sin
la participación del Rey, pero no contra el Rey en cuyo
nombre luchaban, se otorgó el sufragio a los analfabetos
y se concedió la nacionalidad a los españoles pardos,
los negros, a quienes se había marginado. Ello
constituyó un triunfo del Diputado peruano Dionisio Inca
Yupanqui, quien en defensa de los negros mencionó el
caso de dos españoles pardos residentes en el Perú que
se habían doctorado en Medicina. Uno era D. José Manuel
Dávalos y el otro D. José Manuel Valdez. El primero
estudió Medicina en San Fernando tras examinarse de
cirujano latino en este Real Proto-Medicato, viajó a
realizar estudios de Post-Grado a la Universidad de
Montpellier (Francia) graduándose de doctor con un
ensayo latino que versó sobre las enfermedades y
endemias frecuentes en Lima. Vicente Morales Duárez,
llegó a ser Presidente de las Cortes, cargo en el que
falleció; José Navarrete, fue secretario de las Cortes
y D. Blas Ostolaza, que moriría fusilado en España, en
medio de las contiendas civiles, se destacó por su
fogosa oratoria, recordada por Benito Pérez Galdós.
La Constitución de Cádiz, jurada el 19 de marzo, el
día de San José de 1812, ha sido la primera
Constitución de América, discutida con la
participación de cuarenta y nueve diputados americanos,
artículo por artículo, jurada en Lima los días 2 y 4
de octubre de 1812, durante el gobierno del Marqués de
la Concordia, D. JosE Fernando de Abascal y Sousa. En
Huancayo existe la Plaza de la Constitución que recuerda
este juramento y en nuestra sierra central quedó el
recuerdo de aquella indígena que donó toda su fortuna,
para rescatar al Príncipe Fernando de la prisión de los
franceses. Todo ello parecía recordar aquella frase del
romancero medieval: «Qué buen vasallo si hubiera un
buen señor». Y así este pueblo, como el español, tan
poco absolutista, tan celoso de su libertad, amó a sus
reyes como ninguno y les guardó una fidelidad que en no
pocas ocasiones era digna de mejor causa.
Así llegó la guerra de la Independencia.
A lo largo de mi exposición he mantenido como hilo
conductor desde el siglo XVI al XIX, la permanente
presencia inglesa sobre América y en especial, sobre
nuestras cosas, fundamentalmente desde que Enrique VIII
eliminara a la reina, su esposa, Catalina de Aragón, y
se separara de la Iglesia católica, lo que unido a la
revolución protestante en Europa, convirtió a España
en «la luz de Trento y el martillo de la herejía», y
al Perú, en América Austral, en el baluarte contra los
luteranos ingleses y holandeses. Al Perú le tocó pagar
por todo ello, y así la guerra de la Independencia, se
ha de transformar en una guerra anti peruana, logrando
los agentes ingleses descuartizar el Perú por el Norte y
por el Sur, arrebatándonos el Estrecho de Magallanes y
Chiloé, creando por Decreto Supremo, la separación del
Alto y Bajo Perú, y arrebatándonos el Imperio del
Brasil, la Selva Acre y Tabatinga. Por todas esas
circunstancias, el Perú es el único país de las
Américas, que en el lapso de cincuenta y cinco años,
entre 1824, batalla de Ayacucho y 1879, ha tenido que
hacer frente a ocho guerras internacionales, cosa que no
han tenido ni Canadá, ni los Estados Unidos, ni Méjico
en América del Norte y ninguno de los países de
América Central ni del Sur.
Pasados esos azarosos años quedó de manifiesto que
sólo la fuerza de una identidad nacional, forjada a lo
largo de los trescientos años de vida e historia en
común, logró un mestizaje no salido de una prehistoria
analfabeta que no podía legarnos ni religión, ni un
relato de la vida cotidiana, alegrías y tristezas, de
quienes vivieron antes en esta vieja morada de vida que
es el Perú. Así como ni Italia ni Roma, son ni han sido
el país de los Etruscos, ni Francia el país de los
Galos, ni España el país de los Iberos, el Perú, es
producto de su vida común escrita, es decir, histórica,
que es la conciencia de lo realizado y de la que tendrá
que dar cuenta algún día al Creador.
El Siglo XIX se despide en 1898 con la declaración de
guerra de los Estados Unidos a España, a causa de la
explosión en el acorazado «Maine», -voladura fortuita
o autovoladura según se sostiene ahora-, en febrero de
1898, que la prensa sensacionalista norteamericana no
dudó en atribuir al lanzamiento de un torpedo submarino
español. La declaración formal de guerra se produjo el
25 de abril de ese año, con la manifiesta finalidad de
expulsar a España de Cuba y del Caribe en general.
Ese fue el elemento más importante de este pretexto.
Sacar a España del Caribe, que era el último bastión
que le quedaba del continente que un día descubrió. La
actitud internacional era hostil a su presencia en el
Caribe, donde ingleses, holandeses y franceses tenían
posesiones y los Estados Unidos deseaban tener presencia
estratégica.
Según dice en su trabajo sobre las operaciones militares
de la Guerra de Cuba y Filipinas, Miguel Alonso Baquer (6),
la hipótesis de una intervención militar norteamericana
en la isla había sido tomada en consideración por la
Escuela de guerra de la Armada en 1894, y existía una
Junta de Guerra Naval desde marzo de 1898. El objetivo
norteamericano era bloquear la Isla de Cuba y conquistar
un puerto de mar desde el cual proporcionar ayuda a los
rebeldes cubanos. El animador de la propuesta era el
propio subsecretario Theodore Roosevelt, que logró ver
aprobado su plan en la temprana fecha del 4 de abril.
Los rebeldes cubanos a que se refería Theodore
Roosevelt, eran capitaneados por Calixto García, el
célebre personaje de una historia, que leímos y vimos
en el cine, en nuestra infancia, llamada Un Mensaje a
García, como ejemplo de tenacidad en el cumplimiento de
un encargo. Calixto García permaneció en armas, a pesar
de la pacificación lograda por el General Martínez
Campos luego del Pacto de Zanjon, en 1878. Pero los
norteamericanos se encargaron de generar nuevas
dificultades, incluso aduaneras, para mantener el clima
propicio para una intervención militar, lo que lograron
con el «Manifiesto de Montecristi», en 1895, estallando
la guerra de la Independencia capitaneada por Máximo
Gómez, José Martí, Antonio Maceo y Calixto García.
Como consecuencia de la guerra de la Independencia de
Cuba, Estados Unidos se quedó con la Bahía de
Guantánamo hasta el día de hoy, y tomó igualmente
posesión de la Isla de Puerto Rico.
Al igual que en 1808, cuando Napoleón invadió España y
en América se produce el movimiento fidelista a España,
la agresión norteamericana y el «Destino Manifiesto»
de Roosevelt, sobre la América española van a tener
similar respulsa. Teodoro Roosevelt, nacido en Nueva York
en 1858, era descendiente de ricos colonos neerlandeses
llegados a los Estados Unidos en el siglo XVII. Se
inició como político ganando una diputación del
partido republicano por el estado de Nueva York entre
1882 y 1884 y rápidamente fue ganado por el grupo
imperialista del Senador Lodge, reclamando bases navales
en el exterior para Estados Unidos. Chimbote fue una de
ellas. Al estallar la guerra de Cuba era Secretario de
Guerra, activó la construcción de la Flota de guerra y
organizó un regimiento de voluntarios de caballería
(Rough riders) que intervino en la batalla de San Juan.
Terminada la guerra fue elegido Gobernador del Estado de
Nueva York en 1898 y dos años después vice-presidente
de los Estados Unidos. A la muerte del Presidente
McKinley en septiembre de 1901, accedió a la
presidencia. En 1902, reglamentó el futuro Estatuto
jurídico de las Islas Filipinas y al año siguiente
propició la formación del Estado de Panamá, para
asegurarse el control del futuro Canal transoceánico.
Continuó con su política de reforzamiento de la flota y
obligó a la marina alemana a alejarse del litoral de
Venezuela y en 1903, resolvió a favor de Estados Unidos
la delimitación de la frontera entre Canadá y Alaska.
Reelegido en 1904, pronunció ante el Congreso de los
Estados Unidos un Mensaje conocido como «El Corolario»
o «El Destino Manifiesto», en el que reafirmó la
doctrina Monroe haciéndola extensiva a todas las
Américas, territorios muy ricos poblados por indígenas
y mestizos incapaces de lograr su desarrollo,
reservándose el derecho de mantener el orden en el
hemisferio occidental. Con el pretexto de controlar las
finanzas de la República de Santo Domingo y de Cuba dio
la orden de intervenir militarmente en ellas,
respectivamente entre 1905 y 1906. Esta política fue
conocida igualmente como la política del Big Stick (gran
garrote). Fue premio Nobel de la Paz en 1906.
De esa época es el famoso poema a Roosevelt, de Rubén
Darío, el poeta nicaragüense, que se iniciaba con los
siguientes versos:
«Es con voz de la Biblia, o verso del Walt
Whitmann, que habría que llegar hasta tí
Oh Profesor de energía como dicen los
locos de hoy.
Eres los Estados Unidos,
Eres el futuro invasor de esta América
ingenua de alma indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en
español»
Fue como una clarinada en toda América hispana. Es la
época de José Enrique Rodó en el Uruguay, con su obra
«Ariel»; nuestro Sáenz Peña, el de Tarapacá y Arica,
con su revista «Sudamérica» en Buenos Aires; Indalecio
Gómez, Manuel Ugarte, en la Argentina; Vasconcelos en
Méjico; Haya de la Torre en el Perú con su
anti-imperialismo. Era el 98 hispanoamericano. Eran los
tiempos de la revolución izquierdista en Méjico, que
hacía exclamar «Ay Méjico, Méjico querido, tan lejos
de Dios y tan cerca de Estados Unidos».
Pero el siglo XX, ante tan preocupante panorama, comenzó
pronto como una respuesta al intervencionismo yanqui.
Nuestros países vuelven sus ojos a España, y es con
ocasión del conflicto con el Ecuador, cuando se
reactualiza este tema, pues ya en 1887, el Perú y
Ecuador habían acordado someter su diferendo fronterizo
a su árbitro natural, el rey de España, luego que ese
año intentara el Ecuador ceder nuevamente territorios
amazónicos peruanos a sus acreedores ingleses. El Perú
se encontraba desgarrado por el desastre que había
significado la guerra del Pacífico de 1879 a 1883. Tras
varios incidentes fronterizos provocados por Ecuador
(Angoteros y Torres Causana) y diversos acuerdos
diplomáticos para evitar conflictos armados en
1904-1905, ambos países reactualizaron, la fórmula del
arbitraje del Rey de España.
La defensa peruana estuvo a cargo de Felipe de Osma y de
Mariano H. Cornejo, quienes hicieron un trabajo notable
al reunir en diez volúmenes la prueba documental del
Perú, con extraordinario acopio de documentos
históricos y geográficos, así como dictámenes
jurídicos emitidos por los principales jurisconsultos de
la época.
Para la emisión del Laudo Arbitral, su Majestad D.
Alfonso XIII, solicitó la opinión de una Comisión
técnica designada para estudiar los alegatos y las
pruebas presentadas por las partes, así como la opinión
del Consejo de Estado de España, que igualmente emitió
un dictamen sobre la controversia.
A principios de 1910, el Rey tenía listo el Laudo para
emitirlo. Pero Ecuador -que tuvo conocimiento del texto-
anunció anticipadamente que no lo aceptaría, y acto
seguido fue atacada nuestra Legación en Quito y se
incendió en Guayaquil un barco peruano surto en dicho
puerto. Ante un nuevo «casus beli», Su Majestad se
inhibió de emitir su fallo. Desde la perspectiva de la
Historia Diplomática de este Continente, fue un grave
error de los políticos ecuatorianos, pues este acto
contribuyó a restarle seriedad a su gestión al vulnerar
compromisos internacionales contraídos. Y así se
derivó el asunto a Washington y al Arbitraje del
Presidente de los Estados Unidos en un manejo
diplomático errabundo entre 1924 y 1936 en que se
suscribió el Acta de Lima entre el Canciller peruano
Alberto Ulloa Sotomayor y el plenipotenciario ecuatoriano
Homero Titeri Lafronte. Ecuador cruzó el Río Zarumilla
en 1941 y se inició un nuevo y gran conflicto en el que
por primera vez en América se usaron paracaidistas
peruanos que tomaron Puerto Bolívar, camino de
Guayaquil. Todo ello llevó al Protocolo de Río de
Janeiro de 1942, y su larga ejecución.
En 1921, el Perú celebró el primer Centenario de la
Independencia Nacional, jurada el 28 de julio de 1821
durante la misión del Generalísimo D. José de
SanMartín. La efeméride fue, sin embargo, como podría
suponerse, dadas las tendencias políticas de los años
veinte a la fecha, influenciada por un indigenismo
manipulado por protestantes y marxistas. España es
normalmente nuestro Chivo Expiatorio. Pero como toda ola
produce resaca, frente a este seudo indigenismo negativo,
surgió un hispanismo de nuevo cuño, que defendió lo
mestizo, el cruce del español y lo indígena cuyo mejor
simbolismo fue el de Garcilaso e Isabel Chumpi Oello, los
padres del Inca, del Inca Garcilaso de la Vega. De estas
efemérides, y como consecuencia de la gran influencia de
Rubén Darío, surgió en el Perú un gran poeta D. José
Santos Chocano, épico al cantar lleno de emoción
histórica a nuestros héroes de la epopeya del Morro de
Arica, al Hombre Sol o el Canto a la Victoria de
Ayacucho, a los Conquistadores o a los revolucionarios
mejicanos.
Para D. Miguel de Unamuno, Chocano fue «El Emperador del
verso», el prosador íntimo. Para Raúl Porras era
además descriptivo y dominador de las percepciones.
En una revolución en Guatemala, durante la dictadura de
Manuel Estrada Cabrera, Chocano fue detenido y por
segunda vez en su vida está a punto de ser fusilado,
pero gracias a la intervención del Papa y del Rey de
España, salvó la vida.
En la infinidad de sus poesías, recordamos «Los
Caballos de los Conquistadores», «La tristeza del
Inca» y «Blasón» donde se autotitula: «Soy el cantor
de América, autóctono y salvaje; mi lira tiene un alma,
mi canto un ideal» y termina: «Mi fantasía viene de un
abolengo moro; los Andes son de plata, pero el León de
oro; y las dos castas fundo con épico fulgor». «La
sangre es española e incaico es el latido; y de no ser
poeta, quizás yo hubiese sido un blanco Aventurero o un
indio Emperador!»
No quiero dejar de recordar que Rubén Darío, le dedicó
su poema «Preludio», aquel que se inicia:
«Hay un tropel de potros sobre la pampa inmensa
«
Va como don Quijote, en ideal de campaña, vive
de amor de América y de pasión de España; y envuelto
en armonía, y melodía y canto, tiene rasgos de héroe y
actitudes de santo.
¿Me permites Chocano, que como amigo fiel, te ponga en
ojal esta hoja de laurel?»
Rubén Darío
Al final de los años veinte el mundo entero entró en
una aguda crisis económica. El 22 de agosto de 1930, un
pronunciamiento militar en Arequipa puso fin al Gobierno
del Presidente Leguía. El manifiesto lo redactó un gran
jurista, D. José Luis Bustamante y Rivero, y el martes
14 de abril de 1931, tras las elecciones municipales, los
periodistas le preguntan en Madrid al Almirante Aznar,
Jefe del Gobierno: ¿Hay alguna novedad Señor
Presidente? Y él les responde: «¿Les parece a Vds.
poca novedad la de un país que se acuesta monárquico y
se despierta republicano?». Se iniciaba la Segunda
república española. En el Perú el Jefe de la
revolución militar, el Comandante Luis M. Sánchez
Cerro, renuncia a la Presidencia de la Junta de Gobierno
y se nombra un Gobierno provincial presidido por el Dr.
David Samanez Ocampo, quien convoca a un Congreso
Constituyente y nombra a un selecto grupo de ciudadanos
para que redacten el proyecto de Constitución. Entre
ellos Manuel Vicente Villarán, que presidió la
Comisión, D. Víctor Andrés Belaúnde, D. Jorge
Basadre, D. Diómedes Arias Schreiber, José León
Barandiarán, Ricardo Palma, Toribio Alayza y Paz
Soldán, Emilio Romero, Luis E. Valcarcel, César Antonio
Ugarte.
Mientras tanto en España, D. Niceto Alcalá Zamora,
monárquico liberal, en su juventud, hace confesión de
fe republicana en un discurso que pronuncia en Valencia
que tuvo gran resonancia. Más adelante, participó en el
Pacto de San Sebastián, y al proclamarse la República
ocupó el cargo de Presidente Provisional, hasta la
aprobación de la Constitución republicana de cuya
redacción se encargó al autor de «El Alma de la
Toga», D. Angel Ossorio y Gallardo, que fue nombrado por
el Gobierno para que presidiera la antigua Comisión de
Códigos, a la que se le cambió de nombre por el de
Comisión Jurídica Asesora. La obra de la Comisión,
dentro de lo diáfanamente republicano y de avance
social, pareció demasiado moderada y no fue tomada en
cuenta por el Congreso, que prefirió el proyecto
elaborado por la Comisión Parlamentaria de la
Constitución que presidía D. Luis Jiménez de Asúa, el
conocido penalista, y que se reputó más adelantada y de
izquierda. Ahí comenzaron los problemas de D. Niceto
Alcalá Zamora al iniciarse el debate de las relaciones
entre el Estado y la Iglesia. El primer disturbio se
produjo contra el Círculo Monárquico y el Edificio del
diario «ABC» y la quema de los kioscos donde se vendía
«El Debate», periódico católico. Luego se pegó fuego
a la Iglesia de San Luis y la residencia de los
jesuítas, que quedaban en la Gran Vía. Cuando terminó
el debate constitucional D. Niceto Alcalá Zamora fue
elegido Presidente Constitucional de España para el
período legal de 1932 a 1938, que no pudo terminar, por
cuanto el Congreso Constituyente manejado por una
izquierda irracional, lo destituyó, alegando que se
había excedido en sus funciones al disolver el
Parlamento dos veces en un mismo período de gobierno. Lo
cual no era sino una argucia para sacarlo del cargo y
elegir a D. Manuel Azaña, al que también le obligaron a
dimitir en 1933, entregándose el poder al Sr. Lerroux y
luego a Diego Martínez Barrio que disolvió la
Constituyente y convocó nuevas elecciones.
Del caos político que fueron esos años es rescatable la
influencia que ejerció el movimiento constitucionalista
español en el debate constitucional peruano, que en
paralelo, como hemos visto, se producía igualmente entre
1931 y 1933 con la aprobación de nuestra gran Carta de
ese año. Pero añadiré que nuestros constituyentes,
igualmente, recogieron la influencia del pensamiento de
D. Miguel Primo de Rivera, quien intentó en su momento
en España en la década de los años veinte, implantar
una representación funcional, en la llamada Asamblea
Nacional. Idea que en elPerú postuló D. Víctor Andrés
Belaúnde, al defender el sistema bicameral y dentro de
él la existencia de un Senado que representase a la
clase trabajadora, a la productora y a los elementos de
la cultura, considerándolo indispensable para la
restauración de la democracia. Este Senado salvará al
Perú, dijo.
En el debate, se aprobó el artículo 94 de nuestra
Constitución de 1933, que decía literalmente: «El
Senado es elegido por un período de seis años y se
renueva íntegramente al terminar su mandato, mientras se
organiza el Senado funcional».
Esta necesidad de reformar la democracia formal venía
desde el siglo XIX, cuando Bartolomé Herrera
-insospechable de fascismo en 1860-, planteó este
problema, por cuanto ya se palpaba el fracaso de dos
Cámaras políticas paralelas, buscándose que una de
ellas fuera más técnica, para evitar lo que Emilio
Castelar dijo para España -de la primera república-:
«Cada elección es una desgracia, cada campaña un
mercado, cada elector un esclavo, cada Ministro un
Sultán, cada candidato un fomentador de la inmoralidad
pública, y cada resultado un modelo de ignominia».
Volviendo a la influencia en la Constitución del 33,
mencionaré que en el Título I, sobre «El Estado, el
Territorio y la Nacionalidad», en el Artículo Quinto,
segundo acápite, se disponía: «No pierden su
nacionalidad de origen los nacidos en territorio español
que se nacionalicen peruanos, previos los trámites y
requisitos que fije la ley y de conformidad con lo que se
establezca en el tratado que, sobre la base de la
reciprocidad, se celebre con la república española».
Deplorablemente en el Perú, tampoco la política se
movía en aguas tranquilas. Como hemos expuesto, el
Presidente D. Luis Miguel Sánchez Cerro dimitió y se
marchó a Francia, después de encargar el mando supremo
a una Junta de Gobierno presidida por D. David Samanez
Ocampo, que convocó la Constituyente; aprobada la misma,
se convocaron elecciones generales, para las que se
lanzó su candidatura frente a la del líder aprista
Víctor Raúl Haya de la Torre, en una ardorosa contienda
electoral, en la que triunfó. Los perdedores alegaron un
supuesto fraude electoral lo que fue la clarinada de una
sucesión de acciones subversivas, como el motín de los
marineros en el Callao, la casi guerra civil en el Norte
en Cajamarca y Trujillo con la toma del Cuartel O'Donovan
y centenares de asesinatos y muertes en enfrentamientos
armados. En medio de esa agitación político-social, se
produjo el incidente de Leticia, que casi conduce al
Perú a una guerra con Colombia, que sólo el asesinato
del Presidente Sánchez Cerro en 1933, pudo detener,
iniciándose la dictadura del general Benavides hasta
1941.
Mientras esto ocurría en el Perú, en España, desde
1923, año en que fue nombrado Presidente del Gobierno el
Capitán General de Cataluña D. Miguel Primo de Rivera,
quienes con tanto afán fueron construyendo la
república, en el lustro comprendido entre 1931 y 1936,
hicieron todo lo posible por destruirla y la destruyeron,
provocando el Alzamiento del 18 de julio, que tras una
guerra de tres años, concluyó el 1º de abril de 1939.
Seis meses más tarde, el 3 de septiembre de ese año,
Inglaterra, tomando como excusa que Alemania había
recuperado el llamado corredor de Dantzig, inicia la
Segunda Conflagración Mundial, entre 1939 y 1945. Poco
le duró, pues, a España, la posible ayuda que las
potencias anticomunistas le hubieran podido prestar para
la recuperación material y económica, dado que la
destrucción causada por los tres años de guerra, unida
a la parálisis económica y la extracción del oro del
Banco de España, la colocaban en una muy difícil
situación. Sin embargo aquel abril de 1939, fue un mes
como nunca habrá otro. Un amigo mío escribió: «Quizá
en nuestro júbilo de aquella primavera del 39 estábamos
celebrando, sin darnos cuenta, la larga, la fecunda paz
que a nuestros hijos les iba a tocar vivir. Los que la
hicieron posible, con su sacrificio, sean por siempre
benditos de Dios».
El 30 de agosto de 1998, el economista Juan Velarde
Fuertes, en un artículo publicado en el ABC, de Madrid,
bajo el título de «El otro 98, España vuelve a
América» dice: «En 1898, tras el Tratado -en realidad
diktat- de París, cuando se arría el pabellón español
en el Arsenal de la Puntilla, en San Juan de Puerto Rico,
parecía que España se despedía definitivamente de la
América que había descubierto». Los lazos que unieron
España con América comenzaron a debilitarse, salvo las
excepciones que hemos señalado como el caso de
arbitraje. No hubo inversiones económicas, y excepto las
corrientes migratorias y el singular intento de Cambó de
crear la Compañía Hispano-Americana de Electricidad
(CHADE) en Argentina, no hubo ningún otro intento. Los
estudios económicos hasta la década de los 70, se
referían a la época Virreynal.
De pronto todo ha cambiado. Hay que recordar a Ullastres.
Tras el ingreso de España a la CEE en 1985, la peseta se
integra en el Sistema Monetario Europeo en 1989. El 2 de
mayo de 1998, España pasa a ser miembro de la Unión
Monetaria y desde entonces España vuelve la mirada a
Iberoamérica, cuyos valores son ahora cotizados en la
Bolsa de Madrid, siendo España el mayor inversor en el
Mercosur y en la Comunidad Andina. De pronto, como dice
Velarde Fuertes, lo que el desastre deshizo un siglo
antes en 1898, ha sido más que restablecido un siglo
después. España se creía desterrada de América, en la
que ingleses, holandeses y franceses, continuaban en
Honduras Británica, en Jamaica, en Puerto España, en
Aruba, en las Guayanas, en Martinica o en Guadalupe, con
sus banderas al tope. «No, España, no podía considerar
suyo ni el más pequeño peñasco del Continente que un
día descubrió». Pero creo que no lo necesitaba, porque
siempre estuvo presente con ese cordón umbilical del
idioma, y en el corazón de todos.
Javier Vicente Ugarte del Pino
Notas
1 Historia Marítima del Perú. Tomo III. Vol. II. Siglo
XVI. Callao. 1973. Edit. Ausoni.
2 Altuve Febres-Lores, Fernán: De la Naturaleza
jurídica de los reinos del Perú. Lima 1993.2 Cfs.
Velarde Fuertes, J. El modelo energético del artocarpo o
la tragedia de la Bounty, en Ya, 9 agosto 1984,
recensión del libro de Angelo Solmi, La Bounty.
3 RuigÓmez GÓmez, Carmen: Una Política Indigenista de
los Habsburgo. Edic. Cultura Hispánica. Madrid, 1988.
4 Villanueva, Carlos A. Napoleón y los Diputados de
América en las Cortes españolas de Bayona. En Anuario
de la Academia de la Historia. Tomo LXXI. Madrid.
5 Vargas Ugarte, Rubén. «Historia General del Perú».
Milla Batres. Barcelona, 1966.
6 Alonso Baquer, Miguel: Las Operaciones Militares en la
Guerra de Cuba y Filipinas, en «España en 1898» de
Pedro Laín Entralgo y Carlos Seco Serrano. Editores.
Barcelona. 1998.
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