Monarquía y
nacionalidad
1.
Roma. Los soldados romanos pisan España por primera vez
el año 218 a.Jc. y la Península sufre las
fragmentaciones de las guerras púnicas y de las civiles
hasta que Augusto, el año 25 a.Jc., vence las últimas
resistencias cántabras e integra Hispania, para los
siglos, en la "pax romana". Aunque
administrativamente organizada y reorganizada en
provincias, es unidad dentro del Imperio. La
romanización de la Península es la formidable empresa
de nacionalizar el atomismo tribal indígena.
El problema se agudiza cuando Diocleciano, un soldado de
fortuna, es elevado a la magistratura suprema por las
legiones. Había precedentes; pero el dálmata inaugura
el llamado Bajo Imperio con una distribución del poder.
Sucesivamente va compartiéndolo con otros soldados, el
violento Maximiano, el noble Constancio, y el rudo
Galerio. En la parcelación de jurisdicciones, España va
ya a manos de Constancio, ya de Maximiano. El Imperio se
escinde hasta que el emperador español Teodosio se
bautiza, y reconstruye temporalmente la unidad política.
Pero a su muerte se produce el reparto entre sus dos
hijos, Oriente para Arcadio y Occidente para Honorio. En
ese momento, el año 395, se rompe definitivamente la
secular unidad. La dinastía teodosiana, por rivalidades
fraternas, consolida para siempre la dualidad entre Roma
y Bizancio. España cae del lado occidental.
Augusto unificó y engrandeció, otros monarcas
dividieron y liquidaron.
2. Los germanos. Los destructores de la unidad romana se
enfrentaron entre sí y dieron origen a lo que luego
sería la pluralidad de naciones europeas. Con la caída
de la Urbe el año 476 se derrumbó lo que quedaba del
Imperio de Occidente, pero España había sido invadida
desde principios de siglo por tres pueblos -suevos,
vándalos y alanos- que se repartieron los territorios
occidentales y meridionales. Ataulfo, nuevo rey de los
visigodos, entró en España por Barcelona, e incorporó
las comarcas orientales a su reino de Tolosa. La unidad
territorial y política de España no se logra hasta que
Leovigildo derrota a vascones, suevos y bizantinos y
establece su corte en Toledo. Desde entonces la
monarquía visigoda fue nacionalizadora y unitiva hasta
que las rivalidades witizianas, la traición del llamado
don Julian y la colaboración de los judíos propiciaron
la invasión norteafricana. La descomposición de la
realeza visigoda ocasionó la pérdida de España.
Fracasó la monarquía electiva.
3. Los musulmanes. España vuelve a la condición de
provincia del califato de Damasco hasta que un príncipe
disidente y exiliado de la dinastía omeya se crea un
reino independiente en Andalucía. Pero el Islam no
logró unificar políticamente a España y, además, a la
muerte de Almanzor, el reino musulmán se fragmentó en
más de veinte miniestados o taifas. La monarquía
musulmana fracasó en la unificación y creó gravísimas
tensiones desnacionalizadoras de efectos casi milenarios
(hasta la definitiva expulsión de los moriscos en 1609).
4. Los reinos cristianos. Un grupo de visigodos
cristianos se hace fuerte en el reducto natural de
Asturias y funda una monarquía cristiana. Alfonso III el
Magno renacionaliza el territorio hasta el Duero; pero a
su muerte fracasa la dinastía: cuatro de sus hijos se
reparten Galicia, León, Asturias y Castilla. Las guerras
civiles descuartizan la España cristiana. En su primera
etapa, la institución monárquica medieval da lugar a
cuatro reinos: el asturleonés, el castellano, el
aragonés y el navarro. Carece, pues, de capacidad
unificadora
Fernando I de Castilla, por victoria militar sobre su
cuñado, el rey de León, unió ambos reinos; pero a su
muerte repartió la monarquía en tres coronas para sus
tres hijos que pronto se combatieron ferozmente. Alfonso
rehizo la unidad, se anexionó la Rioja, se tituló
Emperador de toda España y arrebató Toledo al moro.
Pero a su muerte dividió el reino entre sus dos hijos, a
uno Castilla y al otro León; y a su hija le cedió
Portugal. Otra vez la monarquía retrocedía en el
proceso unificador. La situación se agravó cuando en
1196 los leoneses y navarros se aliaron con los
musulmanes para atacar a la Castilla de Alfonso VIII, que
resistió bravamente esta traición de los otros dos
reinos a la empresa de la reconquista.
Casi fue un azar que Ramón Berenguer IV, conde de
Barcelona, por haberse casado con una hija del rey de
Aragón uniese el reino y el condado, ya para siempre.
Pero casi, al mismo tiempo, se había vuelto a
independizar Navarra.
Fernando III, en 1230, mediante negociaciones familiares,
consigue la unión definitiva de Leon y Castilla al cabo
de un turbulento y secular proceso de enfrentamientos
entre príncipes. Esta unificación hace posibles los
grandes avances de la reconquista: Córdoba, Murcia,
Jaén y Sevilla. El gran Alfonso X, que estuvo a punto de
tomar posesión del Imperio germánico, quiso desgajar
para un nieto el reino de Jaén, y pactó con el monarca
de Fez, que aprovechó la invitación para saquear
Andalucía. El hijo de Alfonso X frustró los propósitos
de su padre y mantuvo la unidad del reino.
Jaime I, el conquistador de Valencia y Mallorca, dividió
su reino entre sus dos hijos, para uno Aragón y para el
otro Mallorca y Rosellón. Más tarde intentó otra
fragmentación, la del reino de Valencia. De nuevo, los
plurales intereses familiares atomizaban España.
Finalmente, tras una guerra civil, el matrimonio de
Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón y la
conquista del último reino musulmán, el de Granada,
sentaron las bases de la unidad nacional consumada por
Carlos I.
5. Conclusión. Al Imperio romano debe Hispania su
primera unidad territorial, a la monarquía electiva
visigoda debe la unidad política, luego perdida por las
disensiones internas. Las rivalidades dinásticas
medievales y las particiones no solo mantuvieron la
fragmentación política, incluso con temporales
retrocesos, sino que hicieron posible casi ocho siglos de
ocupación africana. La experiencia histórica española
en modo alguno demuestra una necesaria capacidad unitiva
de la monarquía. Similar es la deducción a que se
llegaría en otros países.
Gonzalo
Fernández de la Mora
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