Razón Española, nº 115; Monarquía y nacionalidad

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Monarquía y nacionalidad

Por Gonzalo Fernández de la Mora

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Monarquía y nacionalidad

 

1. Roma. Los soldados romanos pisan España por primera vez el año 218 a.Jc. y la Península sufre las fragmentaciones de las guerras púnicas y de las civiles hasta que Augusto, el año 25 a.Jc., vence las últimas resistencias cántabras e integra Hispania, para los siglos, en la "pax romana". Aunque administrativamente organizada y reorganizada en provincias, es unidad dentro del Imperio. La romanización de la Península es la formidable empresa de nacionalizar el atomismo tribal indígena.

El problema se agudiza cuando Diocleciano, un soldado de fortuna, es elevado a la magistratura suprema por las legiones. Había precedentes; pero el dálmata inaugura el llamado Bajo Imperio con una distribución del poder. Sucesivamente va compartiéndolo con otros soldados, el violento Maximiano, el noble Constancio, y el rudo Galerio. En la parcelación de jurisdicciones, España va ya a manos de Constancio, ya de Maximiano. El Imperio se escinde hasta que el emperador español Teodosio se bautiza, y reconstruye temporalmente la unidad política. Pero a su muerte se produce el reparto entre sus dos hijos, Oriente para Arcadio y Occidente para Honorio. En ese momento, el año 395, se rompe definitivamente la secular unidad. La dinastía teodosiana, por rivalidades fraternas, consolida para siempre la dualidad entre Roma y Bizancio. España cae del lado occidental.

Augusto unificó y engrandeció, otros monarcas dividieron y liquidaron.



2. Los germanos. Los destructores de la unidad romana se enfrentaron entre sí y dieron origen a lo que luego sería la pluralidad de naciones europeas. Con la caída de la Urbe el año 476 se derrumbó lo que quedaba del Imperio de Occidente, pero España había sido invadida desde principios de siglo por tres pueblos -suevos, vándalos y alanos- que se repartieron los territorios occidentales y meridionales. Ataulfo, nuevo rey de los visigodos, entró en España por Barcelona, e incorporó las comarcas orientales a su reino de Tolosa. La unidad territorial y política de España no se logra hasta que Leovigildo derrota a vascones, suevos y bizantinos y establece su corte en Toledo. Desde entonces la monarquía visigoda fue nacionalizadora y unitiva hasta que las rivalidades witizianas, la traición del llamado don Julian y la colaboración de los judíos propiciaron la invasión norteafricana. La descomposición de la realeza visigoda ocasionó la pérdida de España. Fracasó la monarquía electiva.



3. Los musulmanes. España vuelve a la condición de provincia del califato de Damasco hasta que un príncipe disidente y exiliado de la dinastía omeya se crea un reino independiente en Andalucía. Pero el Islam no logró unificar políticamente a España y, además, a la muerte de Almanzor, el reino musulmán se fragmentó en más de veinte miniestados o taifas. La monarquía musulmana fracasó en la unificación y creó gravísimas tensiones desnacionalizadoras de efectos casi milenarios (hasta la definitiva expulsión de los moriscos en 1609).



4. Los reinos cristianos. Un grupo de visigodos cristianos se hace fuerte en el reducto natural de Asturias y funda una monarquía cristiana. Alfonso III el Magno renacionaliza el territorio hasta el Duero; pero a su muerte fracasa la dinastía: cuatro de sus hijos se reparten Galicia, León, Asturias y Castilla. Las guerras civiles descuartizan la España cristiana. En su primera etapa, la institución monárquica medieval da lugar a cuatro reinos: el asturleonés, el castellano, el aragonés y el navarro. Carece, pues, de capacidad unificadora

Fernando I de Castilla, por victoria militar sobre su cuñado, el rey de León, unió ambos reinos; pero a su muerte repartió la monarquía en tres coronas para sus tres hijos que pronto se combatieron ferozmente. Alfonso rehizo la unidad, se anexionó la Rioja, se tituló Emperador de toda España y arrebató Toledo al moro. Pero a su muerte dividió el reino entre sus dos hijos, a uno Castilla y al otro León; y a su hija le cedió Portugal. Otra vez la monarquía retrocedía en el proceso unificador. La situación se agravó cuando en 1196 los leoneses y navarros se aliaron con los musulmanes para atacar a la Castilla de Alfonso VIII, que resistió bravamente esta traición de los otros dos reinos a la empresa de la reconquista.

Casi fue un azar que Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, por haberse casado con una hija del rey de Aragón uniese el reino y el condado, ya para siempre. Pero casi, al mismo tiempo, se había vuelto a independizar Navarra.

Fernando III, en 1230, mediante negociaciones familiares, consigue la unión definitiva de Leon y Castilla al cabo de un turbulento y secular proceso de enfrentamientos entre príncipes. Esta unificación hace posibles los grandes avances de la reconquista: Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla. El gran Alfonso X, que estuvo a punto de tomar posesión del Imperio germánico, quiso desgajar para un nieto el reino de Jaén, y pactó con el monarca de Fez, que aprovechó la invitación para saquear Andalucía. El hijo de Alfonso X frustró los propósitos de su padre y mantuvo la unidad del reino.

Jaime I, el conquistador de Valencia y Mallorca, dividió su reino entre sus dos hijos, para uno Aragón y para el otro Mallorca y Rosellón. Más tarde intentó otra fragmentación, la del reino de Valencia. De nuevo, los plurales intereses familiares atomizaban España.

Finalmente, tras una guerra civil, el matrimonio de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón y la conquista del último reino musulmán, el de Granada, sentaron las bases de la unidad nacional consumada por Carlos I.



5. Conclusión. Al Imperio romano debe Hispania su primera unidad territorial, a la monarquía electiva visigoda debe la unidad política, luego perdida por las disensiones internas. Las rivalidades dinásticas medievales y las particiones no solo mantuvieron la fragmentación política, incluso con temporales retrocesos, sino que hicieron posible casi ocho siglos de ocupación africana. La experiencia histórica española en modo alguno demuestra una necesaria capacidad unitiva de la monarquía. Similar es la deducción a que se llegaría en otros países.


Gonzalo Fernández de la Mora



 

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