¿Unión Europea
o gran espacio?
«Queda
por averiguar si la misión política de la, inteligencia
se va a agotar en la direccion del proceso de la
producción y en el planeamiento de la economía».
F. J. CONDE. (Misión política de la inteligencia)
1. DECADENCIA TERMINAL DE EUROPA
Se habla y se escribe, con la aquiescencia general, de
las Europas de los pueblos, de las regiones, de las
lenguas, de los negocios. Tempranamente asistimos, ya al
erigirse las democracias de Potsdam, a la Europa de los
partidos, cuya verdadera dimensión se ha vuelto a poner
de manifiesto en fechas recientes con ocasión de la
estigmatización antipolítica de la nación austriaca y
su gobierno consensualista (1). Hay también la Europa de
los políticos de vocación humanitaria y cosmopolita,
especie venática en la que se significa un mal profundo
de civilización. En este sentido, hace décadas que
Europa proclama con contundencia ante el mundo que se
arrepiente de sus errores, encarando de la peor forma
posible lo que Julien Freund denominó el fin del
Renacimiento. Los artistas entremetidos y los
intelectuales denunciantes, profesionales de la crítica,
piden perdón a los muertos y a los vivos por las
consecuencias de la fáustica misión del europeo (2): la
aceleración del tiempo histórico, el impacto de la
tecnología sobre el aluvión de la vida humana colectiva
(la Tradición). El viejo continente, así se ha
decidido, es «culpable de los servicios prestados».
Se ha contado, a pesar de todo, con una literatura de
resistencia espiritual, voz discordante que recuerda a
los europeos su constitución histórica (3). Por encima
del culto maquiavélico de los neonacionalismos a una
Europa neohelenística cuarteada en patrias minúsculas,
encerradas en el folclore tribal y linguístico, azotadas
acaso por la ignorancia de una elite resentida, existe un
horizonte que rebosa desafíos, hoy tal vez, como pocas
veces desde que en 1914 comenzara el ciclo de la guerra
civil europea. Se asiste, pues, con sorpresa al
espectáculo de una civilización que se ha transformado
en la abogada de unos principios que la niegan. En
esencia: el universalismo político, el intervencionismo
económico y el moralismo humanitario. Estos principios
dan contenido a una variante del pensamiento único, de
raiz antipolítica, que bien podría denominarse
Neorrepublicanismo y al que la mayoría se adscribe,
contando acaso con la general aquiescencia (4).
Los otrora intelectuales críticos europeos, devenidos
orgánicos en el sentido de Gramsci, defienden el llamado
pluralismo social en nombre del consensualismo (5), valor
en el que se inspira el pendant llevadero o light de las
viejas ideologías totalitarias -lo que explica, dicho
sea de pasada, que en nombre del consenso se pueda atacar
a la democracia, actitud típica del democratismo (6)-.
En este sentido, la ideología denominada de centro
constituye la forma electoral que en la política
interior de los Estados europeos adopta aquel pluralismo
social (7). Este punto de vista, llámese ideología,
mentalidad o forma del pensamiento, resulta ser
acusadamente sociologista -lo social es lo total (8)-.
Desde su óptica, la política es definida negativamente:
no-discrepancia, no-debate, etc. En última instancia,
no-política. Mas el pluralismo constituye también un
inadvertido factor polemógeno en las sociedades modernas
(«industriellen Konfliktgesellschaften»(9). Para evitar
sus efectos, especialmente el conflicto generalizado, la
temida hipótesis de la «guerra de todos contra todos»,
se debe recurrir forzosamente a la homogeneización de la
opinión pública, bien a través de la propaganda, bien
mediante el terror.
En el plano del espíritu, Europa padece hoy la
confusión de las formas del pensamiento y de los campos
pragmáticos de la acción humana. Parecen borradas, una
vez eclipsado el astro del racionalismo moderno, las
fronteras epistemológicas y praxiológicas que en otro
tiempo delimitaron con precisión la jurisdicción de las
distintas actividades humanas. Así, la política parece
haber renunciado a cumplir su finalidad específicamente
política y sus medios se consagran muchas veces a la
manipulación de la economía política -«Steuersstaat»
o Estado fiscal (10)-. Los economistas, por su parte,
juegan la baza de los poderes indirectos y se postulan
como arbitristas políticos; en el fondo, los
neoliberales economicistas (11) y, naturalmente, los
neokeynesianos (12) responden al patrón de lo que
Wilhelm Ropke llamaba «economócratas» (13). Los
hombres de fe, a su vez, devienen activistas de una
política teológica secularizadora-teologías de la
liberación-y ceden su lugar a las prédicas
supuestamente laicas de los «clercs»: el esteticismo,
el cientificismo o el moralismo. Los principios del orden
moderno parecen en trance de ser superados por un nuevo
tipo de operaciones mentales en las que se pierde de
vista el principio de realidad. Entre tanto, los
elementos basales de la cultura europea han hecho sitio a
otra cosa: la política, a la política social (14); el
Derecho, a la legislación; el cristianismo, a una
política teológica en el sentido de Comte; el Estado,
al estatismo; la ciencia y la técnica, a la tecnología
deshumanizadora.
2. DE LA NECESIDAD DE LIBERALISMO A LA NECESIDAD DE
POLITICA.
Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset y otros escritores
europeos insistían en los años 1930 y 1940 en que
Europa sería liberal o sería nada. En la ideología
decimonónica, tal vez a falta de algo mejor o por
rechazo del socialismo marxista, se vió de ese modo la
solución de los males del continente. Así pues, el
enfrentamiento entre el socialismo y el liberalismo
contemporáneos, subyacente a la construcción europea y
cuyo momento decisivo fue la publicación, en 1944, del
libro de F. A. Hayek Camino de servidumbre, constituyó,
tal vez, un episodio necesario en la evolución de la
política ideologizada (15).
Los problemas del liberalismo y del socialismo están
ligados decisivamente a la cuestión de lo político y al
problema histórico de las plurales configuraciones de la
política como «habitus» (16). En ambas ideologías
refléjase con acuidad el destino de la política
europea, abocada al utopismo, al moralismo, al
abstraccionismo, en definitiva, a la subversión de la
tradición de lo Político, que unos denominan
«realismo» y otros «liberalismo político» por
contraposición al liberalismo ideológico (17). Puede
afirmarse, por tanto, que ni el neoliberalismo de Hayek y
otros economistas, ni el socialismo postcomunista pueden
hoy responder a los verdaderos desafíos de Europa
(Cliopolítica, Geopolítica), representados a todos los
efectos por la despolitización. Por despolitización de
Europa entendemos el abandono de lo Político y no tanto
la desideologización de la política europea postulada
por Fernández de la Mora (18).
Fue John Stuart Mill quien dio el golpe de gracia a la
tradición realista europea de la política de la
libertad, inventándose, como se sabe, un liberalismo
social (19) de largas consecuencias. La terminología
adoptada por Stuart Mill permitió al socialismo
presentarse como el heredero del liberalismo (20),
mixtificación que hoy sirve también para legitimar el
Estado social en Europa. Sin embargo, el problema del
socialismo tomó muy pronto otro cariz. En rigor, el
pensamiento socialista no es propiamente político.
Existe una «cratología» socialista, comprensiva de la
táctica para conseguir y mantener el poder: técnicas
del golpe de Estado, de la lucha revolucionaria, de la
guerra de guerrillas, de la dictadura, etc., epónimo de
la cual fue Mao Zedong; así mismo, puede hablarse de una
«escatología» socialista-plenitud del hombre
histórico, conquista de la historia-, cifrada en un G.
Luckács (21), mas no hay constancia de una «política»
socialista. Ni siquiera puede hablarse propiamente de una
política «socialdemócrata», pues se trata, más bien,
del oportunismo político tantas veces denunciado por el
más cínico de los hombres de acción, Lenin.
Si bien los problemas venían de muy atrás, el dilema
europeo del período de entreguerras todavía podía
presentarse en los años 1930 como un supuesto típico de
la política ideológica del siglo XIX, al menos hasta
que la querella entre liberales y socialistas fue
sustituida, sobre todo después de la II guerra mundial,
por la dicotomía derechas-izquierdas, por cierto, muy
poco liberal. La contraposición de derechas e izquierdas
llegó a ser la quintaesencia de las democracias de
postguerra altamente politizadas, o, visto desde otra
perspectiva, la formulación ideológica y electoralmente
aceptable del conflicto permanente que legitima a las
partitocracias europeas. La crisis de la conciencia
europea coincide, pues, en buena medida, con la
polarización derecha-izquierda, cara y cruz de la
ideología estatista (22). En este sentido, los males de
Europa no podrían ya conjurarse en los términos de las
viejas ideologías liberal y socialista, las cuales
responden, por lo demás, a un tiempo concluido.
El problema y su solución se han radicalizado
extraordinariamente, hasta el punto de que Europa o es
política o será nada. El desafío histórico parece
enfrentar nuevamente al europeo con su destino, que pasa
por los condicionamientos de lo Político, pues, en
última instancia, todo cambio histórico es un cambio en
lo Político.
Gunter Maschke, que pertenece a la familia espiritual
europea de los escritores políticos realistas, se ha
ocupado en varias ocasiones de uno de los problemas
europeos por excelencia, el de la unificación; y lo ha
hecho con un punto de vista político y, al mismo tiempo,
teológico político. Enemigo de la «fraseología
aburrida y molesta» de la propaganda europeista, Maschke
ha trasladado los problemas del continente al plano
superior de lo Político, para afirmar que la cuestión
de la unidad europea, en el fondo, hace tiempo que ha
dejado de ser una materia opinable: el Gran Espacio
constituye, tal vez, el único medio para afrontar con
posibilidades de éxito las mutaciones del tiempo
histórico y poder mantenerse «a nivel». Con un
lenguaje que tal vez sorprenda a muchos, sobre todo
teniendo en cuenta la desorientación política de los
intelectuales y la ignorancia de la tradición europea
del saber político, Maschke se refiere al Kat-echon o
dique político, cuya tarea consiste en «detener la
aceleración de la historia, bloquear el tiempo
desencadenado en el camino hacia una unidad mundial sin
Adán y sin Jesucristo, retardar el tiempo a través del
espacio que conserva la sustancia histórica propia de
los pueblos» (23). En su opinión, deudora de la
crítica al universalismo político de Carl Schmitt, la
forma de lo Político emergente, el Grossraum (24),
representa el nuevo Kat-echon, pero el sesgo que están
tomando los acontecimientos en Europa hace pensar, más
bien, que «la Comunidad Europea constituye una máquina
de la velocidad final, para usar las palabras de
Kierkegaard, una aceleración hacia la muerte» (25).
3. UN LIBRO DE POLITICA EUROPEA.
Los problemas del europeo, destacados aquí, no son los
únicos; tampoco son nuevos. Es muy probable, sin
embargo, que entre ellos se cuenten los que con más
urgencia reclaman el examen de la inteligencia política.
Desde que se produjo la retirada europea del
mundo-proceso denominado descolonización- una vez
recuperada la salud material del continente al final de
la Guerra civil europea, ha tenido lugar, en palabras de
Díez del Corral, la aceleración del rapto o
expropiación europea. Las mentes más lúcidas de Europa
no han ahorrado esfuerzos para remediar esta situación
y, en la medida de lo posible y de sus fuerzas,
revertirla. Las soluciones argüidas, como nadie ignora,
pasan casi todas por la realización de la unidad
europea, concebida ésta, no obstante, desde muy diversas
ópticas: el «federalismo integral» de Alexandre Marc y
su escuela (26); la «política de civilización» de
Rougemont, Madariaga y los demás europeístas del
Congreso de La Haya de 1948; las «Comunidades europeas»
de Jean Monet. En relación con estas últimas suscita un
interés especial la Europa del «principio de
supranacionalidad», no por su novedad como instrumento
ejecutivo de una política de unificación europea, sino
porque su examen conduce al corazón de lo Político:
¿cuál es el verdadero principio político federativo?
El predominio en la Europa actual de ciertos prejuicios
economicistas, de los que se hace depender ahora la
Unión, justifica sobradamente la relectura de un libro
de Francis Rosenstiel (27), en el que se aboga, bajo
inspiración en parte schmittiana, por una Europa
verdaderamente política o, lo que resulta equivalente,
por una Europa que trascienda el normativismo de los
juristas, el automatismo de los mercados y el mito
tecnocrático, mentalidades amparadas, según la opinión
del autor, por el pseudo principio político de la
supranacionalidad.
En junio de 1961 tuvo lugar en la Facultad de Derecho de
Estrasburgo la defensa de la tesis del doctorando F.
Rosenstiel. La tesis fue publicada al año siguiente con
el título Le principe de supranationalité. Essai sur
les rapports de la politique et du droit (28). La obra no
despertó el interés que merecía, pero poco después
fue preparada la traducción al alemán. En ella tuvo
Carl Schmitt una participación puntual y preciosa. El
gran jurista había conocido el trabajo de Rosenstiel en
una copia que, por mediación de un amigo común, Julien
Freund, había recibido a principios de 1961. La
impresión que le causó fue honda, hasta el punto de
haber considerado la oportunidad de que un prólogo suyo
acompañase la edición francesa, aparecida, a la sazón,
cuando los alemanes, en palabras del propio Schmitt,
temerosos de cualquier decisión en el terreno de la
unificación europea, habían hecho de la no decisión
una moral: «su opción por la Europa comunitaria
constituye una opción a favor del ideal de la no
decisión» (29). Aunque Schmitt, finalmente, rehusó
escribir el prólogo, la edición alemana conservó, por
deseo expreso de Rosenstiel, el subtítulo «fascinante»
sugerido por aquel: Supranationalität. Eine Politik des
Unpolitischen (30), es decir, La supranacionalidad. Una
política de lo impolítico.
La traducción española fue impresa en 1967 por el
Instituto de Estudios Políticos, a cuya dirección se
acababa de incorporar el jurista y escritor de temas
políticos Jesús Fueyo Alvarez. La colección que
incluyó el volumen, titulado en español El principio de
la supranacionalidad. Ensayo sobre las relaciones de la
política y el derecho, estaba dirigida por el gran
internacionalista Camilo Barcia Trelles.
4. VIDA COMO ADAPTACION: LA UNION EUROPEA Y EL PRINCIPIO
DE SUPRANACIONALIDAD.
El libro de Rosenstiel tiene dos partes en cierto modo
desiguales. En la primera, que recoge los tres primeros
capítulos, el autor desarrolló propiamente su tesis, a
saber: la supranacionalidad no es ni un concepto
jurídico ni un principio político. En realidad, es una
especie de categoría mixta que encubre la confusión
entre lo Político y lo Jurídico, entre la normatividad
de la política y la mera normalidad del derecho. Según
sus propias palabras, la supranacionalidad consiste en
una «técnica de integración» que presupone la
alteración de las relaciones entre la política y el
derecho (31). A esta conclusión llega una vez que la
«esencia política de la soberanía» y las relaciones
entre soberanía, supranacionalidad y federalismo han
sido estudiadas.
En la segunda parte se examinaron con detalle algunas de
las consecuencias políticas de la supranacionalidad. Sus
dos capítulos quieren presentar, aunque no de manera
sistemática, las relaciones concretas entre la política
y el derecho, la economía y la política, la técnica y
la política y lo Político y lo militar en el marco de
las instituciones europeas.
El punto de partida del estudio es la situación
histórica del Estado-nación europeo, caracterizada por
el «conflicto de soberanías declinantes» (32). En ese
contexto, la ilusión del jurista consiste en creer que
sus nociones pueden sujetar a la soberanía, es decir, a
la facultad de decidir sobre la situación de excepción
(«Über den Ausnahmezustand entscheiden» (33).
Rosenstiel, que recoge el concepto de soberanía de
Schmitt, no admite el prejuicio jurídico según el cual
la crisis de las soberanías europeas dará lugar,
gradual o automáticamente, a otra cosa, canalizado el
proceso por las instituciones correspondientes. En su
opinión, «el jurista, si bien no se adapta a los rodeos
de lo Político, no puede resistir el deseo de integrar
cualquier individualidad jurídicamente sospechosa en una
u otra categoría jurídica preexistente» (34).
Contra la opinión dominante desde entonces, que atribuye
al principio de supranacionalidad unas virtudes
políticas extraordinarias (la coordinación de
soberanías, la misteriosa y automática cancelación de
la guerra civil europea sin necesidad de un Tratado de
paz, la misión pedagógica federalista, la integración
funcional de las naciones), el autor tuvo el valor
intelectual de espetar un silete iurisconsultus in munere
aliene!: la técnica de la supranacionalidad no puede
franquear el escollo de lo Político, pues «es un hecho
que no se podrá contradecir que lo jurídico no puede
conducir más que a lo jurídico» (35). Curiosamente, el
principio que cultivan los abogados del espontaneísmo de
las instituciones jurídicas comunitarias es el mismo que
pregonan los neonacionalismos periféricos europeos: la
soberanía se aniquilará a sí misma y de esta donación
generosa emanará una nueva forma de lo Político... Mas
a un poder sólo puede sucederle otro poder. Lo dijo
Vilfredo Pareto e insiste en ello Rosenstiel. En materia
política, creer en «tomas de conciencia y lentas
maduraciones equivale a erigir la providencia al rango de
institución» (36). El autor es aquí, tal vez,
demasiado comedido, pues al no existir en política el
vacío de poder, se trata de que la parcela que una
élite abandona se la apropia otra: bien la «New class»
cosmopolita de los tecnócratas de Bruselas, bien los
cuadros de los partidos neonacionalistas que quieren
jugar a la gran política.
Rosenstiel desengañó a los bellos espíritus de la
política europea, pues nada permite pensar que la
soberanía estatal pueda autolimitarse o, como dicen en
nuestros días los maquiavelistas, compartirse: en la
soberanía sólo cabe la sucesión (37). Al estar por
encima de la legislación, la soberanía puede crear
excepcionalmente las situaciones jurídicas. La
afirmación inversa le da la vuelta a la primacía
existencial de lo Político sobre lo Jurídico. El
derecho no puede ser, en este sentido, soberano. Tampoco,
por cierto, la Constitución, como sabiamente advertía
Guglielmo Ferrero al acuñar la noción de
cuasi-legitimidad (38).La llamada integración funcional
de la supranacionalidad no podrá nunca, ciertamente,
realizar el milagro que de ella se espera. Sus resultados
tienen que ver, más bien, como hoy se aprecia, con la
tendencia al superestatismo. Este peligro fue denunciado
casi en soledad durante algunos años por el economista
Wilhelm Ropke. «Si el mercado común, decía en la
década de 1950, se transforma en saint-simonismo, es
decir, en un dominio del aparato europeo, en un dirigismo
europeo de gran estilo, no será mejor sino mucho peor
que un dirigismo nacional, por no tener cortapisas y por
ser más ineludible y más amplio» (39). ¿Qué ha
devenido la Unión Europea aparte de una
«Verwaltungsgemeinschaft», de una colección de
reglamentaciones jurídicas -creadoras de nuevas
situaciones jurídicas, de un cuerpo de Derecho público
administrativo como el descrito por Rosenstiel? Esta
interrogante y otras análogas no tienen respuestas
esperanzadoras desde un punto de vista político. En esta
línea, el gran logro de la política exterior europea
(PESC), según se puso de manifiesto en la Guerra de
Yugoslavia, consiste en haber consagrado la práctica de
facultar incluso a una Rusia decadente para que
intervenga en el Gran Espacio europeo (40).
Cuando Alexander Hamilton, James Madison y John Jay
escribieron los artículos recogidos en The Federalist
Papers algunos de los más serios obstáculos para el
modelo de Federación postulado pasaban por «el interés
patente de la élite política de los Estados en una
resistencia a cualquier cambio que pudiese implicar una
disminución de su poder o emolumentos» (41). En Europa
sucede lo contrario, aunque el problema de fondo es el
mismo: el mayor número de adictos a la Unión Europea o,
al menos sus partidarios más activistas, pertenecen a
las élites partitocráticas o burocráticas, que
intentan adaptarse a los cambios en lo Político
ampliando el radio de acción del estatismo (42). ¿De
qué otra manera es posible interpretar la obsesión por
la homogeneización de la fiscalidad del ahorro,
política que impide una sana «competencia fiscal» de
los Estados y a la que apenas si se aludió en la
reunión de los Ministros de Economía y Finanzas de la
Unión Europea, celebrada en Santa María de Feira en
junio de 2000? (43). Si la consecuencia a corto plazo del
principio de supranacionalidad es el dualismo de una
«soberanía en suspenso» (44), lo que a largo plazo
está en juego es, efectivamente, la posibilidad de
despojar a la anti-ideología estatista de su disfraz
racionalista, moralista y metafísico que, en opinión de
Rosenstiel, «enmascara el rostro permanente de lo
Político» (45).
En el «orden de las soberanías normativamente
subordinadas» (supranacionalidad) no halló el autor un
verdadero principio federativo. Este se encuentra en un
terreno muy distinto de la realidad política: en el
«orden de las soberanías integradas», lo que se conoce
como «potencia pública federal». Así, mientras que la
«supranacionalidad de las comunidades es una afirmación
de intención, la supranacionalidad de la federación es
una afirmación de poder» (46). Para el autor, el
principio federalista constituye un verdadero principio
político federativo. En él cifra la posibilidad de una
unión verdadera de los Estados europeos, dado que su
situación geopolítica sería similar a la de los
Estados de América del Norte en vísperas de la
Constitución de 1787 (47). Entendido como «técnica
jurídica de la democracia», el federalismo es un
instrumento político que «se convierte en un modo de
vinculación de las soberanías, apto para darles una
única convergencia en función de una situación dada»
(48). El problema, empero, es la deficiente recepción
del ideal federalista, entendido como una doctrina
universalista (en el sentido de Proudhon o en el de los
partidarios del federalismo integral, por ejemplo), pues
eso constituye la antítesis de lo Político. La
Federación mundial no tiene más sentido que el Estado
mundial. El ecumenismo cataláctico, moralista y
religioso tiene su antítesis en el carácter partitivo
de lo Político. Dicho de otra manera: para que las
actividades económica o religiosa unan, lo Político
tiene que separar. En el fondo, el autor ha diagnosticado
muy bien la disyuntiva europea: o una supranacionalidad
incapaz de adaptarse a las mutaciones en lo Político, o
un federalismo funcional o parcial, meramente técnico.
Cualquier cosa antes que el federalismo político. A esta
especie de indefinición (49) tal vez pueda imputarse el
alejamiento de lo Político de la Unión Europea, a pesar
de que sus instituciones quieran consagrarse a la defensa
de un régimen político concreto -el mismo Rosenstiel,
confundiendo la democracia moral y la política, entiende
que el federalismo es un «humanismo al servicio de la
democracia» (50)-.
En la práctica, la Unión Europea parece reproducir los
hábitos morales, los defectos de la virtud cívica y las
relaciones de poder que han despolitizado al Estado. El
superestatismo de la Unión Europea, exhibido por las
reglamentaciones del trato entre particulares, la
burocratización de las actividades económicas, la
tendencia creciente de la presión fiscal y la nula
representatividad de los tecnócratas que, sugestionados
por la economía de los mercados mundiales, simulan
decisiones políticas, recuerda a lo que Ortega y Gasset
decía en su ensayo Del Impeno Romano: «hay épocas en
que, por causas múltiples, desaparece para (los) pueblos
la posibilidad de preferir unas instituciones a otras;
antes bien, sobrevienen ineluctablemente, sin margen para
la opción, impuestas por una necesidad mecánica e
inexorable. Nadie las quiere propiamente, si por querer
se entiende algo que implique el preferir (...) Esto y no
otra cosa es vida como adaptación» (51).
5. DIALECTICA EUROPEA DE LO POLITICO Y LO JURIDICO.
«Tanto desde el punto de vista jurídico como desde el
político, la "supranacionalidad" constituye
una máquina sin motor» (52). Con esta categórica
afirmación el autor pone principio al examen de algunas
referencias doctrinales y jurisprudenciales para mejor
ilustrar su tesis. No buscó Rosenstiel, en ningún caso,
la exhaustividad, pues no es el suyo un tratado de
exégesis jurídica. Esto permite, sin violentar la
estructura del libro, destacar las contraposiciones que
se manejan a lo largo de la obra, pero especialmente en
la segunda parte, sobre todo, la dialéctica entre lo
Político y lo Jurídico, asunto que justifica su
análisis. No obstante, Rosentiel dejaba aflorar sus
opiniones acerca de las relaciones entre lo político y
lo técnico, lo político y lo económico y también,
naturalmente, las de lo Político con lo Militar.
«Todo es extraño, escribía Rosenstiel, cuando se
considera con ojos de novicio las relaciones entre la
política y el derecho» (53). Siendo todo derecho
«Situationsrecht» o derecho de la situación concreta,
la responsabilidad sobre su eficacia y validez afecta de
lleno a la acción política. Sin embargo, se pretende
que el cuerpo que forman los Tratados constitutivos, los
reglamentos, directivas y demás normativa
jurídico-administrativa de la Unión Europea (el Derecho
originario y el derivado) sea autosuficiente desde la
óptica política, como si no hubiese solución de
continuidad entre la decisión política constituyente y
las prescripciones jurídicas constituidas. La soberanía
política del Derecho, en contra de la opinión
dominante, constituye la utopía vergonzante del
normativismo jurídico. Ahora bien, como dicha mentalidad
jurídica no puede existir en estado puro, la neutralidad
de sus mecanismos deviene necesariamente positivista (54),
lo que explica el sesgo reglamentista del ordenamiento
jurídico de la Unión Europea. Excluida del mismo la
decisión política, casi todos los problemas europeos
parecen reducirse a una cuestión de ingeniería
jurídica (55). El desarrollo del derecho de
reglamentación-creador de situaciones jurídicas, en
perjuicio del derecho de regulación -mero ordenador de
relaciones sociales-, además de constituir la
manifestación más evidente de la confusión entre lo
Político y lo Jurídico, está sirviendo para hacer de
la Unión un complejo artificio legislativo, ajeno cuando
no contrario a los intereses de las naciones europeas.
La apelación al derecho comunitario viene eclipsando
desde hace tiempo el problema del sujeto activo de la
unificación de los Estados europeos. Resulta improbable
que los Estados soberanos devengan algún día los
artífices de su propia desaparición histórica. Lo
mismo puede decirse de los movimientos espontáneos de la
opinión pública continental. Descartado, en cualquier
caso, una suerte de decisionismo político, que a todos
parece incomodar, sólo queda hacer responsables de la
unificación o a la fatalidad, mezclada, no obstante, con
ciertas dosis de ignorancia geopolítica y cliopolítica,
o a las partidocracias, que necesitan, como dirían sus
críticos, ampliar el «spoil system» estatista, o,
finalmente, a las elites burocráticas.
Con respecto a estas últimas planteó Rosenstiel la
dialéctica entre lo Político y lo Técnico o lo
tecnoburocrático. Para el autor, la relevancia y la
autoridad de los tecnócratas europeos es algo consagrado
por el «entumecimiento de lo Político» (56). En rigor,
el principio de supranacionalidad no es más que una
forma de Administración sui generis, «una visión nueva
y horizontal de la administración» (57). Tiene razón
Rosenstiel, por tanto, al afirmar que la
supranacionalidad sólo existe realmente en el plano de
los tecnócratas. A su tesis cabría objetar, no
obstante, que su presuposición de la identidad entre
Administración y Tecnoburocracia carece de fundamento,
al menos desde el punto de vista político. En efecto, la
Administración, a pesar de las críticas que hoy suscita
de parte del economicismo neoliberal, a pesar, incluso,
de que sus principios políticos han sido minados por la
ideología de la gestión privada, continúa siendo uno
de los últimos reductos de la sana Razón de Estado. Por
el contrario, la Tecnoburocracia constituye uno de los
poderes indirectos contemporáneos. Mientras que la
Administración se ordena a los fines de lo Político, la
Tecnoburocracia pretende someterlo. Algo parecido sucede,
según el autor, con las relaciones entre lo Político y
lo Económico, pues la opinión dominante insiste en la
preeminencia de esto último. Tanto es así que una de
las pocas decisiones políticas que se han adoptado
recientemente -a saber: la creación del Euro o moneda
única-se suele presentar normalmente como una medida de
índole económica, justificada no por la «necessitta»
política sino por la evolución natural de los mercados
internacionales ¿Por qué tantos esfuerzos para
enmascarar la expropiación de la pluralidad de
monopolios estatales de acuñación, atributo que Bodino
atribuía a la soberanía? (58)
Tocante a la politicidad de la Unión Europea, resulta
obligado referirse, aunque sea en último lugar, a uno de
sus aspectos decisivos: el militar. El fracaso de la
Comunidad Europea de Defensa (C. E. D.), que podría
haber sido el verdadero germen político de la Unión, se
debió probablemente a que anunciaba efectos
irreversibles en lo Político (59). La C.E.D., en
opinión de Rosenstiel, fue rechazada «tanto por los
mecanismos que comprendía, como por los efectos de
aceleración política que implicaba en breve plazo» (60).
En ese momento se frustró y retrasó sine die la
posibilidad de una verdadera política exterior europea
-tal vez de una doctrina Monroe para el Viejo continente,
cada vez más lejana-: «a las sirenas demasiado
comprometedoras de la C. E. D. y de la Comunidad Europea
se debía preferir la Unión de la Europa Occidental (U.
E. O.), instituida por los acuerdos de París de 23 de
octubre de 1954» (61). Dicho de otra forma, la C. E. D.
chocó con la «lucidez política de los nacionalismos»
(62). Las cosas, probablemente, no han cambiado mucho
desde que la Asamblea Nacional Francesa rechazase la
ratificación de los Protocolos de la Comunidad Europea
de Defensa el 30 de agosto de 1954, propuesta por el
gobierno de Mendès France.
Quiérase o no, en lo militar reside el verdadero
principio político federativo. El polemólogo francés
Julien Freund lo expresó con claridad meridiana: el
verdadero problema de Europa es que la «verdadera
integración se realice a través de lo militar, pues
sólo lo militar plantea la cuestión de vida o muerte
(«seul le militaire pose la question de vie et de
mort»). ¿Está usted dispuesto a morir por alguna
causa? ¿Por la causa europea, por ejemplo? Me gustaría
preguntar a los franceses y a los alemanes: ¿Están
ustedes dispuestos a morir por Europa? No es seguro que
la respuesta fuese positiva» (63).
6. EL GRAN ESPACIO O LA VIDA COMO LIBERTAD.
La Unión Europea parece concentrada exclusivamente en su
misión burocrática e intervencionista. En ella han
encontrado refugio y justificación los adalides del
«social constructivismo», los mismos que rechazan la
dimensión militar de lo Político, cuando no lo
Político mismo. El economicismo y el moralismo, por su
parte, quieren hacer las veces del pensamiento político.
Si se tiene en cuenta el cambio del horizonte de
posibilidades históricas, el problema de los europeos no
consiste únicamente en que «no hay en las comunidades
supranacionales más que una base de intuición política
clarividente, pero encerrada en un argolla jurídica
estrecha e inadaptada» (64). Rosenstiel se acercó a la
cuestión de fondo al advertir, con la terminología de
la época, que «después de dos guerras mundiales, el
ámbito de la democracia, de una parte, y el de la
eficacia política, de otra, se han desplazado del Estado
nacional, sea unitario o federal, a los conjuntos
estatales multinacionales y continentales» (65). En esta
emigración de lo Político hacia nuevas bases pudo
cifrar Carl Schmitt la emergencia de los Grandes espacios
(66). Paradójicamente, según es notorio, la
construcción de la Unión Europea le ha dado la espalda
a esa nueva ordenación de lo Político. Ajena a la
mutación del Nomos, Europa consume sus mermadas fuerzas
en la búsqueda de formas políticas compensatorias (67).
«El hombre, decía Ortega y Gasset, no es libre para
eludir la coacción permanente de la colectividad sobre
su persona que designamos con el inexpresivo nombre de
"Estado", pero ciertos pueblos, en ciertas
épocas, han dado libremente a esa coacción la figura
institucional que preferían -han adaptado el Estado a
sus preferencias vitales, le han impuesto el gálibo que
les proponía su albedrío-. Eso y no otra cosa es vida
como libertad»68. ¿Cómo se conducirá el europeo en
las circunstancias actuales? ¿Podrá cambiar su
perspectiva histórica? ¿Se liberará del superestatismo
de la Unión Europea? ¿Sabrá, en suma, ser fiel a la
tradición europea de lo Político y descubrir en el
Grossraum la vida como libertad? La obra de Rosenstiel
sigue suministrando, en este sentido, buenos argumentos
para la reflexión política sobre el futuro de Europa.
J. Molina
Notas
1
Véase La diplomacia, en «Razon Española» num. 101,
2000. Además, Negro PavÓn, D., El consenso se sulfura,
en «La Razón», 8 de febrero de 2000.
2 Tratada magistralmente por DIEZ DEL CORRAL, L., El
rapto de Europa. Alianza. Madrid, 1974.
3 Sobre lo infundado de tantos mea culpa puede verse DE
ROUGEMONT, D., Europa como posibilidad. Taurus. Madrid,
1946, pp. 103-111. Imprescindible en el macuto de
campaña ARON, R., Plaidoyer pour l'Europe décadente.
Robert Laffont. Paris, 1977.
4 El realismo politico constituye la linea de resistencia
frente al neorrepublicanismo, definido por quien es a la
sazón uno de sus más acreditados representantes
franceses, no sin cierta ambiguedad, como una forma
abstracta de pensar las exigencias de la politica sin
tener en cuenta los «ámbitos de civilización». TENZER
N., La pomica y la filosofia politica: ensayo de
definición conjunta, en DEL AGUILA, R. et al, «La
politica ensayos de definición». Sequitur. Madrid,
2000, p. 73 En el prólogo a un texto ocasionalista, como
lo son todas las piezas del verdadero pensamiento
politicose quiera o no, la verdad politica es
polemogena y beligerante,se referia Femandez de la
Mora a que el «pensamiento politico occidental es
platonizante porque arranca de la hipótesis de que
existe el Estado ideal, o sea, una formula constitucional
perfecta válida para cualquier tiempo y lugar». El
Estado de obras. Doncel. Madrid, 1976 p 7 En ei
neorrepublicanismo ha retoñado, sin duda, el modo de
pensar «platonizante». Ello explica el equivoco
prestigio politico de filósofos sociales como Isaiah
Berlin.
5 Para esto vease NEGRO PAVON, D., «EI liberalismo, la
izquierda del siglo X». En SANABRIA, F. y DE DIEGO, E.,
ed., Elpensamiento liberal en elfin de siglo. Fundacion
Cánovas del Castillo. Madrid, 1997
6 Vease MOLINA CANO, J., Elproblema de la democracia
moral y la teoria de lasformas de gobierno en Julien
Freund, en «Hespendes», núm. 20, 2000.
7 Sobre el Estado moderno como «centro» véase NEGRO
PAVON, D., Ontologia de la Derecha y la izquierda. Un
posible capítulo de reologia pomica, en «Anales de la
Real Academia de Ciencias Morales y Politicas», ano Ll,
num. 76
8 Puede consultarse MANENT, P., La cité de l'homme.
Fayard. Paris, 1994. También ARENDT, H., La condición
humana. Paidós. Barcelona, 1996 DONZELOT, J.,
L'invention du social. Essai sur le déclin des
passionspolitiQues. Seuil. Paris, 1994
9 Véase FREUND, J., Die industrielle
Konfliktgesellschaft, en «Der Staat», vol. 16 num. 2,
1977
10 Véase SCHUMPETER, J. A., La crisis del Estadofiscal,
en «Hacienda Publica Española», num. 2, 1970.
11 Es el caso, entre otros, de FRIEDMAN, M., Libertad de
elegir. Planeta-D'Agostini. Barcelona, 1993.
12 Vease el sugestivo libro de FUNES ROBERT, M., La lucha
de clases en el siglo XXI. Vision política de las crisis
económicas de nuestro tiempo. ESIC. Madrid, 1997.
13 Vease Más allá de la oferta y la demanda. Valencia.
Fomento de cultura, 1960, pp. 198, 206, 255, 323. En
terminos equivalentes, pero con menos recato, se expresa
ROTHBARD, M. N., Economistes et charlatans. Les Belles
Lettres. Paris, 1991.
14 Sobre esto, MOLINA, J., La politica social en la
historia. Diego Marin Librero. Murcia, 2000.
15 Al menos hasta la publicacion en 1965 del libro de
FERNANDEZ DE LA MORA, G., El crepúsculo de las
ideologfas, debelador del modo de pensar ideológico. Se
cita casi siempre el volumen miscelaneo de Daniel Bell,
The End of Ideologies (1960), como una referencia
fundamental de la literatura antiideologica curiosamente,
sus páginas postulan la antitesis de una politica sana y
desideologizada. En opinión dei sociologo
norteamericano, acuñador de buenos lemas, el fin de las
ideologias se resume en «un acuerdo general respecto de
cuestiones politicas como la aceptación del Estado
social, el deseo de un poder descentralizado, el sistema
de economia mixta y el pluralismo politico». Vease BELL,
D., El fn de las ideologías. Ministerio de Trabajo.
Madrid, 1992, p. 449. Bell no advirtió que ese
«consenso general» ha sido una de las causas de la
despolitizadora del continente europeo.
16 Imprescindible CONDE, J., «El hombre, animal
politico», en Escritos y fragmentospolíticos. Instituto
de Estudios Politicos. Madrid, 1974, vol. ll, pp. 21 sq.
17 Véanse CAMPI, A., Schmztt, Freund, Miglio. Figure e
temi del realismo politico europeo. Akropolis. Florencia,
1996. MOLINA, J., Julien Freund, lo politico y la
polítca. Sequitur. Madrid, 2000, pp. 59 sq. Sobre la
tradición liberal de lo Politico, imprescindible NEGRO
PAVON, D., La tradiczón liberal y el Estado. Union
Editorial. Madrid, 1995. También MOLINA, J., «La
supuesta apoliticidad del liberalismo», en SANABRIA, F.
y DE DIEGO, E., op. cit. Sobre las raices politicas o
«realistas» del liberalismo, MANENT, P., L'histoire
intellectuelle du libéralisme. Calmann-Lévy. Paris,
1987.
18 Vease ¿Despolitizacion de Europa?, en «Razón
Española», núm. 81, 1997.
19 Véase NEGRO PAVON, D., Liberalismo y socialismo. La
encrucijada intelectual de Stuart Mill. 1. E. P. Madrid,
1975.
20 El topico fue legalizado más tarde por el
revisionista aleman Eduard Bemstein en folletos como
¿Qué es el socialismo? Véase en BERNSTEIN, E.,
Socialismo democrático. Tecnos. Madrid, 1990. Esta
opinión, que tenia no obstante algo de verdad, se
combinó peligrosamente con el socialismo alemán de tipo
prusiano promovido por la socialdemocracia de Ferdinand
Lasalle, responsable historico de la estatizacion del
pensamiento socialista, cuya gran obsesión personal fue
la destruccion del movimiento cooperativista aleman,
insusceptible de ideologizacion. Vease LASALLE, F.,
Manifiesto obrero y otros escritos políticos. Centro de
Estudios Constitucionales. Madrid, 1989.
21 Vease LUCKACS, G., Historia y conciencia de clase.
Grijalbo. Barcelona, 1975.
22 Sobre el estatismo hay sugestivas acotaciones en GAGO
GUERRERO, P. F., Acerca del surgimiento de las
ideologías, en «Cuenta y Razon», num. 103, 1997. Con
una óptica distinta, HUERTA DE SOTO, J., «Estatismo y
corrupción ética», en SANABRIA, F. y DE DIEGO, E., op.
cit.
23 La unificación europea y la teoria del Gran espacio,
en «Disenso», núm. 16, 1998, p. 52. Existe una version
ampliada: La unificaci6n de Europa y la teoria del Gran
espacio en «Carl Schmitt-Studien», 1/2000.
24 Puede consultarse SCHMITT, C., Escritos de politica
mundiaL Heracles. Buenos Aires, 1995. Especialmente los
textos: «EI concepto de Imperio en el Derecho
Internacional», «La lucha por los Grandes espacios y la
ilusion Norteamericana» y «La unidad del mundo».
25 MASCHKE, G., loc. cit., p. 57.
26 Origenes, balance y perspectiva de este movimiento en
DIAZ CARRERA, C. (ed.), Elfederalismo global. Union
Editorial. Union Editorial, 1989.
27 El alsaciano Francis Rosenstiel, a la sazón alto
funcionario del Consejo de Europa, cuya jefatura de
Relaciones exteriores desempeño, ha sido profesor de
Relaciones intemacionales y Derecho internacional
economico en la Universidad de Ciencias Juridicas y
Politicas de Estrasburgo (ahora Universidad Robert
Schuman o Estrasburgo III). Su obra no es muy extensa,
destacando los trabajos que ha dedicado a la cuestión
judía. Asi, en colaboracion con Sholomo Giora Shoham,
edito Der Sige des Opfers. Klett & Cotta. Stuttgart,
1980. Asi mismo, Big Brother, un inconnufamilier:
Contributions au Colloque George OrvJell 1984 mythes et
réalités. L'Age de l~omme. Paris, 1986. Tolede et
Jerusalem: tentative de symbiose entre les cultures
espagnole et judatque. LAge de l'homme. Paris,
1992. Una de sus últimas publicaciones es Les dents du
destin: Vichy et suites. Transition. Paris, 1997.
28 Burdeos. Ed. A. Pedone, 1962.
29 Véase FREUND, J., La mia correspondenza con Carl
Schmitt, en «Studi Perugini», num. 1, 1996, p. 208.
30 Kiepenheuer & Witsch. Colonia y Berlin, 1964.
31 ROSENSTIEL, F., Elprincipio de la supranacionalidad,
p. 33.
32 Op. cit., p- 25
33 SCHMITT, C., Théologiepolitique. Gauimard. Paris,
1988, p. 15.
34 ROSENSTIEL, F., op. cit., p. 27. Aunque después se
volverá a insistir en ello, una de las ultimas
aportaciones de este juridicismo ayuno de saber politico
la constituye la pintoresca teoria de la «soberania
compartida» patrocinada en Espana por algunas
partidocracias regionales.
35 Op. cit., p. 190. Decía Freund, dandole la vuelta a
la afirmacion, que la única alternativa a la politica es
la misma politica. En L'Essence du Politique. Sirey.
Paris, 1986, p. 618.
36 Op. cit., p. 41.
37 Op. cit., p. 171. La soberanía es indivisible y en
consecuencia no puede compartirse. Op. cit., p. 51. Así
pues, desde el punto de vista de la politica interior, la
«poliarquía» o «pluralismo social» en el sentido de
Schmitt, no pasa de ser una enfermedad de la politica y
de la decision que se manifiesta al final de un ciclo
politico. Vease MIGL10, G. Monocracia, en
«Hespérides», num. 20, 2000. SCHMITT, C., El concepto
de lo político. Alianza. Madrid, 1992, pp. 70 sq.
38 Vease Elpoder. Los genios invisibles de la ciudad.
Tecnos. Madrid, 1991. Pp. 212 sq. A la «soberanía de la
Constitución» únicamente apela quien no cree en los
titulos y facultades del poder legitimo y en su mision
configuradora de un orden politico sano.
39 Organizacion e integracion económica intemacional.
Fomento de Cultura. Valencia, 1959, p. 359.
40 Naturalmente, ningún europeo es capaz de concebir una
intervención de la Unión en el conflicto de Chechema.
El liderazgo indiscutido en Europa de los Estados Unidos
de América ni siquiera merece ya un comentario. En 1939
Carl Schmitt defmio muy bien este tipo de situaciones, al
definir el Impero o Gran espacio como «aquellas
potencias rectoras y propulsoras cuya idea politica
irradia en un espacio determinado y que excluyen por
principio la intervención de otras potencias extrañas
al mismo». Vease «El concepto de Imperio en el Derecho
intemacional» (traduccion de Javier Conde), en Escritos
de política mundial El moralismo internacionalista y la
retórica de la 0. N. U. apenas si logran maquillar la
degradacion geopolitica del viejo continente.
41 TheFederalistsPapers. Mentor. NuevaYork, 1961 p 83
42 Muy pocos se han opuesto a la emigracion de la
ideologia estatista hacia Bruselas y Estrasburgo. Durante
los años 1980 lo intentaron casi en solitario los
intelectuales del rnstitute of Economic Affairs,
consejeros áulicos de Margaret Thatcher, y unos pocos
neoliberales del continente. En los 90, con menos exito,
se han sumado a las voces criticas las de los escritores
de la Nouvelle Droite francesa, las de los
neofederalistas lombardos en Italia y algunas otras.
Vease MIGL10, G., Ex uno plures, en «Limes-, num. 4 1993
También del mismo: Laprospettiua teorica del
nuovofederalismo (intervista a cura di Marco Bassani~, en
«Federalismo & Societa», núm. 2 1994. Finalmente:
HUERTA DE SOTO, J., «Teoria del nacionalismo liberal» y
«Por una Europa libre», en Estudios de Economia
Política. Unión Editorial. Madrid, 1994 El supuesto
europeísmo de los ciudadanos europeos, que en algunos
casos puede incluso ser puro y no un producto de la
propaganda oficial, tiene más que ver con la
destrucción del espiritu de las grandes naciones
europeas. Véase MASCHKE, G., La unificación de Europa y
la teoría del Gran espacio, loc. cit., p. 31
43 La máxima contradiccion se produce cuando se postula
oficialmente un régimen de maxima transparencia de las
inversiones, como sucede por ejemplo con el levantamiento
del secreto bancario en algunos paises. Este tipo de
aspiraciones, por definicion, carecen de sentido en un
entorno en el que, teoricamente al menos, se ha librado a
los flujos de capital de la vigilancia administrativa.
Identica paradoja se observa en la ofensiva de la 0. C.
D. E. contra los paraisos fiscales de la tierra. En plena
revolucion digital no parece que tenga mucho sentido de
la realidad actuar los resortes de la vieja policia
fiscal.
44 Para Rosenstiel, «habiendo sido defmida la soberania
en su fase inicial, como la coincidencia de lo juridico y
de lo politico, el hecho de que haya hoy, de una parte,
una soberania juridica sin efectividad politica y, de
otra, una soberania juridica sin efectividad juridica, da
toda la medida de lo que hemos llamado una soberania en
suspenso». Op. cit., p. 72.
45 Op. Ctt., p. 67.
46 ROSENSTIEL, F., op. cit., p. 95.
47 Op. cit., pp. 109-110. Aunque, tal vez, la situación
cliopolitica no sea tan favorable y no resulte
conveniente llevar tan lejos la analogía.
48 Op. cit., p. 107.
49 A la que habria que añadir, probablemente, la
confusión introducida en paises como España, Italia o
el Canadá, cuyas elites regionales, en algunos casos,
han patrocinado una interpretación del federalismo que
hace de dicho principio un instrumento para desbastar
Estados.
50 Op. at., p. 113.
51 Las Atlántidas y Del Imperlo romano. Alianza. Madrid,
1985 pp 176 177.
52 ROSENSTIEL, F., op. cit., p. 139
53 Op. cit., p. 207
54 Vease SCHMITT, C., Sobre los tres modos depensar la
ciencia jurídica. Tecnos. Madrid, 1996.
55 De ahi que no tenga mayor importancia la alocución
del Presidente de la República Francesa en el Reichstag,
proponiendo la fantasmagoria de una Constitución
europea. Después de todo, lo que Fernandez de la Mora
llamó «mania constitutoria» no es unicamente un mal
hispanico. Véase FERNANDEZ DE LA MORA, G., El Estado de
obras. P. 23-27
56 Op. cit., p. 141 Mas adelante asegura que la creencia
de la aceleracion de lo Politico por la administracion no
es más que un mito. P. 194.
57 Op. cit., p. 139
58 La ruinosa botadura del Euro se parece mucho a la
imposición de una «moneda de ocupación» emitida por
los burócratas de Bruselas. Sobre la dimension politica
de los monopolios monetarios estatales véase HAYEK, F.
A., La desnacionalización del dinero. Unión Editorial.
Madrid, 1983 pp. 25-38 102-109 128-130. HUERTA DE SOTO,
J., «La teoría del Banco central y de la Banca libre»,
en Estudios de Economiapomica.
59 La politica exterior y de seguridad común europea
constituye realmente una caricatura de la idea original.
La pregunta decisiva ni siquiera se formula: ¿quién es
el enemigo de Europa?
60 Op, cit., p. 163.6l 0p.cit.,p 184.62 op. cit., p.
165.63 Vease L'aventure dupolitique. Criterion. Paris,
1991, p. 160.64 ROSENSTIEL, F., op. cit., p. 93. 65
Op.cit.,p.115. 66 Véanse SCHMITT, C., Escritos de
Politica Mundial MASCHKE, G., «La unificación de Europa
y la teoria del Gran espacio», en loc. cit. Tarnbien
D'ORS, A., Laposesión del espacio. Civitas. Madrid,
1998, pp. 56-60.67 Véase ROSENSTIEL, F., op. cit, p.
204. 68 Op, cit., p. 176.s
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