Razón Española, nº 115; Multiculturalismo y razón

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Multiculturalismo y razón

Por Editorial

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Multiculturalismo y razón

La más genérica de las controversias de nuestros días acaso sea la que se libra entre globalizadores y multiculturalistas, es decir, entre unificación planetaria y tipismos locales. Esta polémica, que afecta a ámbitos tanto teóricos como prácticos, ¿entraña una genuina antítesis?

Hay cultura allí donde un ser racional ha incorporado valores a la naturaleza. Esos valores pueden ser imperativos u optativos. Esta distinción es esencial, y su desconocimiento induce a múltiples malentendidos y a pseudocontradicciones. Por ejemplo, ser veraz no es una cuestión de talante o de vecindad, sino que es una exigencia de la racionalidad: la verdad no es un valor local y circunstancial, sino universal y permanente. En cambio, es discreccional usar el turbante o la boina, el idioma chino o el inglés porque la vestimenta y la lengua concretas son valores optativos. No hay antítesis entre la unificación planetaria del núcleo duro de la cultura (los saberes), y el pluralismo de los gustos y de las prácticas. El logos no impone la erradicación del folklore, sino que aconseja su conservación en beneficio de la variedad y de la riqueza. Es falsa la supuesta contradicción entre la razón y las peculiaridades históricas. El oriental Japón ha adoptado las ciencias occidentales sin perder la particular identidad nipona.

Es cierto que caben aritméticas no decimales, geometrías no euclidianas y lenguajes diferentes; pero la realidad que trata de desentrañar el conocimiento humano es siempre la misma: la materia, la vida y el espíritu. Y las tesis de la cosmología, la física, la biología o la lógica aunque perfeccionables, aspiran a una validez objetiva, independiente del folklore. Lo que se ha averiguado sobre las partículas elementales o sobre el genoma o sobre las órbitas planetarias no varía porque se piense en Tokio o en Nueva York. Los juicios de hecho sobre la realidad no pueden ser contradictorios porque, en tal caso, al menos uno de ellos sería falso. En este campo de lo científicamente categórico no hay pluralismo que valga. Por muy exótico que sea su domicilio, un biólogo no puede negar la carioquinesis sin ser descalificado por ignorancia supina. Nadie sensato sostiene que la termodinámica o la química varían según el meridiano en que se encuentra el estudioso. La globalización del lenguaje científico y la unificación de las ciencias son imperativos lógicos. Problematizar este punto es sofístico.

Otra cosa muy distinta es intentar comprender el comportamiento de los individuos y de los grupos en su contexto. No sería justo condenar a un primitivo porque confiara su salud a los ensalmos de un hechicero, o a un precopernicano por aceptar el geocentrismo cósmico. Pero sería aberrante equiparar la hechicería a la medicina y la astrología a la astronomía.

En los juicios de valor estético interviene algo tan subjetivo como el gusto. Cabe formar la sensibilidad y educar el gusto según cánones en parte racionales y en parte dominantes; pero, en último término, sentir agrado ante un poema o una escultura es tan personal que la última e inapelable palabra compete al observador. Y lo que a unos encandila a otros repele. Es imposible homogeneizar los gustos artísticos. En este terreno, la estable globalización es una quimera. Las contradicciones estéticas no desembocan en un nihilismo, sino en tensiones creadoras de las que surgen el esperpento, pero también innovaciones geniales. Aquí se impone no el particularismo, sino casi un individualismo. Por mucho que se unifique la oferta en un mercado planetario nunca podrán eliminarse las dispares preferencias. Por eso florecen e hibernan los estilos.

Respecto a los juicios morales, el dilema es o relativismo o absolutismo. Si lo justo fuese lo que promulga el legislador, y lo bueno el criterio de una comunidad en un momento dado, nada ético sería objeto de unificación planetaria. Pero esto es indefendible. Haciendo un gran esfuerzo hermenéutico se puede comprender que Aristóteles aprobara la esclavitud y que un ulema autorice la ablación del clítoris; pero en Occidente desde el nivel actual de racionalización, ambas instituciones son inadmisibles. Hay normas y usos inmorales porque hay imperativos metajurídicos y metahistóricos. En torno a esos imperativos cabe una homogeneización ético-planetaria, como la que existe sobre el Decálogo o la que se está forjando sobre los llamados derechos humanos. Si el multiculturalismo significa que no se debe inculturar a tribus que practican el canibalismo, la esclavitud o los sacrificios humanos habría que ser universalista y proclamar que las tablas mosaicas rigen para el género humano y no sólo para los judíos de la edad del bronce.

Universalización planetaria de las ciencias y de la moral, particularismo del folklore, individualismo de los sentimientos estéticos.

Del respeto a lo íntimo y local, y de la tolerancia hacia las conductas personales no se deduce el relativismo ético que algunos multiculturalistas pasan de contrabando.



 

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