Multiculturalismo
y razón
La más
genérica de las controversias de nuestros días acaso
sea la que se libra entre globalizadores y
multiculturalistas, es decir, entre unificación
planetaria y tipismos locales. Esta polémica, que afecta
a ámbitos tanto teóricos como prácticos, ¿entraña
una genuina antítesis?
Hay cultura allí donde un ser racional ha incorporado
valores a la naturaleza. Esos valores pueden ser
imperativos u optativos. Esta distinción es esencial, y
su desconocimiento induce a múltiples malentendidos y a
pseudocontradicciones. Por ejemplo, ser veraz no es una
cuestión de talante o de vecindad, sino que es una
exigencia de la racionalidad: la verdad no es un valor
local y circunstancial, sino universal y permanente. En
cambio, es discreccional usar el turbante o la boina, el
idioma chino o el inglés porque la vestimenta y la
lengua concretas son valores optativos. No hay antítesis
entre la unificación planetaria del núcleo duro de la
cultura (los saberes), y el pluralismo de los gustos y de
las prácticas. El logos no impone la erradicación del
folklore, sino que aconseja su conservación en beneficio
de la variedad y de la riqueza. Es falsa la supuesta
contradicción entre la razón y las peculiaridades
históricas. El oriental Japón ha adoptado las ciencias
occidentales sin perder la particular identidad nipona.
Es cierto que caben aritméticas no decimales,
geometrías no euclidianas y lenguajes diferentes; pero
la realidad que trata de desentrañar el conocimiento
humano es siempre la misma: la materia, la vida y el
espíritu. Y las tesis de la cosmología, la física, la
biología o la lógica aunque perfeccionables, aspiran a
una validez objetiva, independiente del folklore. Lo que
se ha averiguado sobre las partículas elementales o
sobre el genoma o sobre las órbitas planetarias no
varía porque se piense en Tokio o en Nueva York. Los
juicios de hecho sobre la realidad no pueden ser
contradictorios porque, en tal caso, al menos uno de
ellos sería falso. En este campo de lo científicamente
categórico no hay pluralismo que valga. Por muy exótico
que sea su domicilio, un biólogo no puede negar la
carioquinesis sin ser descalificado por ignorancia
supina. Nadie sensato sostiene que la termodinámica o la
química varían según el meridiano en que se encuentra
el estudioso. La globalización del lenguaje científico
y la unificación de las ciencias son imperativos
lógicos. Problematizar este punto es sofístico.
Otra cosa muy distinta es intentar comprender el
comportamiento de los individuos y de los grupos en su
contexto. No sería justo condenar a un primitivo porque
confiara su salud a los ensalmos de un hechicero, o a un
precopernicano por aceptar el geocentrismo cósmico. Pero
sería aberrante equiparar la hechicería a la medicina y
la astrología a la astronomía.
En los juicios de valor estético interviene algo tan
subjetivo como el gusto. Cabe formar la sensibilidad y
educar el gusto según cánones en parte racionales y en
parte dominantes; pero, en último término, sentir
agrado ante un poema o una escultura es tan personal que
la última e inapelable palabra compete al observador. Y
lo que a unos encandila a otros repele. Es imposible
homogeneizar los gustos artísticos. En este terreno, la
estable globalización es una quimera. Las
contradicciones estéticas no desembocan en un nihilismo,
sino en tensiones creadoras de las que surgen el
esperpento, pero también innovaciones geniales. Aquí se
impone no el particularismo, sino casi un individualismo.
Por mucho que se unifique la oferta en un mercado
planetario nunca podrán eliminarse las dispares
preferencias. Por eso florecen e hibernan los estilos.
Respecto a los juicios morales, el dilema es o
relativismo o absolutismo. Si lo justo fuese lo que
promulga el legislador, y lo bueno el criterio de una
comunidad en un momento dado, nada ético sería objeto
de unificación planetaria. Pero esto es indefendible.
Haciendo un gran esfuerzo hermenéutico se puede
comprender que Aristóteles aprobara la esclavitud y que
un ulema autorice la ablación del clítoris; pero en
Occidente desde el nivel actual de racionalización,
ambas instituciones son inadmisibles. Hay normas y usos
inmorales porque hay imperativos metajurídicos y
metahistóricos. En torno a esos imperativos cabe una
homogeneización ético-planetaria, como la que existe
sobre el Decálogo o la que se está forjando sobre los
llamados derechos humanos. Si el multiculturalismo
significa que no se debe inculturar a tribus que
practican el canibalismo, la esclavitud o los sacrificios
humanos habría que ser universalista y proclamar que las
tablas mosaicas rigen para el género humano y no sólo
para los judíos de la edad del bronce.
Universalización planetaria de las ciencias y de la
moral, particularismo del folklore, individualismo de los
sentimientos estéticos.
Del respeto a lo íntimo y local, y de la tolerancia
hacia las conductas personales no se deduce el
relativismo ético que algunos multiculturalistas pasan
de contrabando.
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