Una defensa de
principios premodernos a fines del siglo XX. Los aspectos
positivos de la aristocracia tradicional
La
eliminación de instituciones, normas y concepciones
premodernas fue considerada por marxistas y liberales,
tecnócratas y empresarios como imprescindible y, por
ende, como altamente positiva y promisoria para acelerar
la evolución histórica de todas las sociedades y
alcanzar aceleradamente el anhelado objetivo del progreso
material. La tradicionalidad, en cuanto noción global
opuesta a la modernidad, ha sido desde entonces percibida
como algo fundamentalmente negativo o, de modo más
benevolente, como algo anacrónico y digno de desaparecer
lo más pronto posible. Este proceso, celebrado por los
padres del marxismo y los apologistas del capitalismo,
engloba, sin embargo, factores destructivos, que ahora
empiezan a ser percibidos en toda su magnitud e
intensidad. Numerosos aspectos de la tradicionalidad, por
el mero hecho de pertenecer al mundo premoderno y
pre-industrial, no pueden ser calificados de
retrógrados, perniciosos e inhumanos, sobre todo a la
vista de la profunda desilusión que ha causado la
modernidad en varios campos.
Como se sabe, las exhaustivas incursiones de la razón
meramente instrumental en la praxis cotidiana del Hombre
y la expansión de mecanismos burocráticos en las
relaciones sociales han conllevado el empobrecimiento de
las estructuras de comunicación inter-humanas y el
aumento de los fenómenos clásicos de alienación hasta
alturas insospechadas para los clásicos del pensamiento
social progresista. Y esta patología social puede ser
analizada adecuadamente si se toman en consideración
puntos de vista comparativos, por ejemplo los que brinda
la confrontación con los elementos positivos que
también ha poseido el orden premoderno y preburgués.
Los progresos de las ciencias modernas y los triunfos de
la tecnología han producido un mundo donde el Hombre
experimenta un desamparo existencial, profundo e
inescapable que no sintió en las comunidades premodernas
que le brindaban, a pesar de todos sus innumerables
inconvenientes, la solidaridad inmediata de la familia
extendida y del círculo de allegados, un sentimiento
generalizado de pertenencia a un hogar y una experiencia
de consuelo y comprensión, es decir: algo que daba
sentido a su vida. En la segunda mitad del siglo XX esta
situación se agrava a causa de un sistema civilizatorio
centrado en el crecimiento y el desarrollo materiales a
ultranza, sistema que, por un lado, fomenta la soledad
del individuo en medio de una actividad frenética, y,
por otro, tiende a diluir las diferencias entre lo
privado y lo público, entre el saber objetivo y la
convicción pasajera, entre el arte genuino y la
impostura de moda, entre al amor verdadero y el
libertinaje hedonista. No es de extrañar que surjan cada
vez más frecuentemente dilatados fenómenos de anomia
desintegradora en estas sociedades de impecable
desenvolvimiento tecnológico: se incrementa notoriamente
el número de personas y grupos autistas, que ya no
pueden distinguir entre agresión a otros y
autodestrucción (y que carecen de justificación para
cometerlas).
La modernidad y el orden burgués-capitalista han
conllevado, sin duda alguna, el triunfo del
individualismo y del racionalismo, pero, al mismo tiempo,
han minado por dentro al individuo y la razón. Cuanto
más racionalmente funciona la sociedad, cuanto más
justicia social brinda a sus miembros, tanto más
reemplazable resulta cada individuo y tanto menos es
éste diferenciable de sus congéneres. La lógica de la
evolución histórica conlleva la disolución de las
odiosas formas exteriores de las jerar-
quías y diferencias sociales, pero también significa la
nivelización de los individuos por obra de los grandes
colectivos y las necesidades tecnológicas del presente.
Parece que la dialéctica entre libertad e igualdad puede
llevar a una antítesis insalvable entre ambas. El
endiosamiento de la evolución técnica ha conducido a
que la máquina pueda prescindir del maquinista. El
perfeccionamiento de los instrumentos técnicos hace
superflua la reflexión en torno a las metas para las
cuales fueron creados: los medios desplazan a los fines.
Comportamientos basados en la solidaridad y la
espontaneidad, la capacidad de reflexión crítica y los
elementos lúdicos asociados a la fantasía creativa han
sido reemplazados paulatinamente por otras destrezas que
gobiernan el mundo actual; las pericias técnicas, la
capacidad de adaptación al entorno, la mimetización con
la mayoría de turno y la astucia en las cosas pequeñas
de la vida constituyen las virtudes indispensables de
nuestra era.
Por otra parte, muchas de las normativas y las pautas de
compor tamiento tradicionales, precisamente algunas de
las más difundidas, no merecen francamente ser
rescatadas. Los elementos populares de la tradicionalidad
han sido los más ligados al irracionalismo y al
colectivismo, los más próximos a las supersticiones y a
los cultos groseros, política y culturalmente los más
proclives al servilismo y, ante todo, los que estaban
más atados al espíritu de su época; en una palabra:
los ingredientes populares de la tradicionalidad resultan
ser los más anacrónicos y obsoletos, los más
representativos de una cultura plebeya de mal gusto y
propensa a caer bajo los dictados de modas efímeras de
consumo masivo y alienante. Los principios premodernos de
carácter aristocrático se manifiestan, por lo
contrario, como dignos de ser preservados hoy en día. Su
religiosidad es notablemente más intelectual y, por
consiguiente, menos extrovertida, santurrona y farisaica.
Su estética es más depurada y sensual, menos mojigata y
atada a asuntos circunstanciales, y, por lo tanto, menos
pasajera y transitoria. Su distancia frente a los gustos
e inclinaciones del momento confiere a los principios
aristocráticos una relevancia cosmopolita y de largo
aliento, favorable, por ejemplo, a planteamientos
ecológicos y conservacionistas y, por ende, son
propicias a una ética de la responsabilidad.
Desde Tucídides conocemos los excesos y las necedades a
las que puede llegar un régimen democrático y un
gobierno electo legalmente. Los peligros de la
oclocracia, así como la estulticia de la democracia de
masas y los riesgos inherentes a los modelos
plutocráticos actuales -legitimados por elecciones de
participación ampliamente popular- motivan reflexiones
sobre los mecanismos para refrenarlos. La monarquía y la
aristocracia hereditarias pueden aportar elementos para
una convivencia razonable, sin que esto sea
necesariamente interpretado como un retorno al pasado. La
discusión acerca de la aristocracia hereditaria no es
tan extravagante y abstrusa como parece a primera vista.
Todas las sociedades han conocido jerarquías sociales,
grupos altamente privilegiados y desigualdades en los
ingresos, la educación y el acceso al poder. Estas
diferencias y prerrogativas se han dado de modo
particularmente agudo en aquellos experimentos sociales
que han propugnado la abolición de los privilegios como
uno de los elementos centrales de su identidad y
programa. Desde los anabaptistas de Munster en 1548 hasta
los regímenes del siglo XX inspirados en el marxismo,
todos ellos han producido élites alejadas del pueblo
llano, estratos sociales diferenciables y jerarquas
difíciles de escalar. De modo realista hay que analizar
pues, qué clases altas son mejores que otras.
En contra de prejuicios muy extendidos, sobre todo en el
estrato intelectual, hay que recordar el papel histórico
progresista que le cupo jugar a la aristocracia
hereditaria. En la era de su máximo esplendor, la mal
llamada época feudal, aparecieron los cimientos de la
moderna democracia representativa. En la denigrada Edad
Media de Europa Occidental se dio el fenómeno, casi
único a escala mundial, de la existencia continuada e
institucionalmente afianzada de estamentos más o menos
autónomos con respecto al poder real; relevante fue
también la concepción de la inmunidad de determinadas
personas frente a un poder despótico o, por lo menos,
arbitrario, configurando órganos casi independientes y
duraderos de representación de sus intereses
corporativos. La nobleza fue el más importante de estos
estratos, precisamente a causa de su carácter
hereditario, su riqueza y sus privilegios sólidamente
reconocidos. Sólo en Europa Occidental se dio un cierto
equilibrio entre el poder real y una representación casi
parlamentaria de los intereses corporativos de la
nobleza; luego, a lo largo de siglos, sus privilegios e
inmunidades fueron traspasados paulatina pero seguramente
a otros grupos y estamentos sociales más ámplios. Este
parlamentarismo incipiente, la institución del llamado
pacto feudal entre señores y siervos (con derechos y
deberes claramente establecidos), la idea de inmunidades
frente a los máximos órganos estatales y el derecho de
resistencia frente a malos gobiernos, constituyen la base
del moderno Estado de Derecho y la democracia
parlamentaria.
En innumerables sociedades del mundo entero han existido
grupos sociales altamente privilegiados, munidos de
riquezas quiméricas, pero no supieron constituir ni un
estamento hereditario a lo largo de generaciones, ni una
clase alta independiente en el campo económico,
político y hasta cultural. Durante siglos sólo la
nobleza europea occidental ha conformado un estrato
señorial organizado jurídicamente como instancia de
derecho propio, con una ética y una estética diferentes
del resto de la sociedad. Sin duda, los privilegios de la
nobleza nos parecen ahora odiosos, pero eran
manifiestamente visibles; la transparencia ha sido una de
las ventajas más serias del orden premoderno, tan
alejada de la falsa igualdad que hoy encubre
discretamente las prerrogativas de las élites
contemporáneas. La nobleza fue el fundamento de los
llamados poderes intermediarios tan apreciados por
Montesquieu y Tocqueville, cuya relevancia fue esencial
para evitar las amenazas de un gobierno absolutista. La
aristocracia hereditaria debe ser distinguida claramente
de una mera élite del poder, que depende de los favores
y las dádivas del soberano o del gobierno de turno y,
por ello, no puede desarrollar continuidad institucional,
una ética propia y una estética diferenciable. Esta
élite del poder y las plutocracias contemporáneas son
las fuentes actuales de un mal gusto digno de toda
crítica, por un lado, y de inclinaciones autoritarias,
por otro. Tres peculiaridades de la antigua élite del
poder han mantenido y acentuado la alta burocracia y la
plutocracia en los países del Tercer Mundo: el saqueo
del tesoro público como fuente de su bienestar y
opulencia, la estulticia en el manejo de los asuntos de
Estado y la carencia de preocupaciones por el destino de
la sociedad en el largo plazo, incluida la suerte de sus
propios descendientes.
Uno de los factores del éxito y perdurabilidad del
régimen aristocrático en Gran Bretaña no ha sido sólo
la sabia combinación de monarquía, aristocracia y
democracia-como postularon Aristóteles, Polibio y
Cicerón-, sino también la flexibilidad operativa,
aunada a la firmeza de principios, que ha exhibido su
nobleza durante largos siglos. El gran estadista
conservador Benjamin Disraeli, Earl of Beaconsfield
(1804-1881), un intruso dentro de su estrato social y su
partido, logró una coalición entre el pueblo llano y la
clase alta conservadora contra las capas medias
ascendentes, utilitarias, groseras y materialistas,
enemigas de la verdadera distinción y del buen gusto.
Esta burguesía exitosa no era partidaria de suprimir
jerarquías sociales y menos aún de mejorar la suerte de
proletarios y campesinos, aunque usara una dilatada
retórica populista, sin embargo, era muy hábil en urdir
estrategias y fraguar intrigas de cierta complejidad.
Disraeli, enemigo de la mediocridad y la falsa igualdad,
gozó durante bastante tiempo de una notable preeminencia
política porque se percató de que los valores
tradicionales, la intuición y la fantasía podían ser
superiores en determinadas circunstancias, a la razón
instrumental.
Una de las curiosas ventajas de la nobleza en Europa
Central y Occidental consistió en elaborar estrategias
para mantener la posición y la fortuna incólumnes
durante siglos. Las primogenituras, los fideicomisos, los
mayorazgos y otros mecanismos conllevaban sacrificios
para las líneas laterales, pero han permitido un destino
bastante diferente al de las grandes fortunas en el
Tercer Mundo y al de los nuevos ricos burgueses, fortunas
que tienden a evaporarse después de dos generaciones. En
contra de prejuicios muy difundidos, las grandes
propiedades nobiliarias han sido administradas con
notable eficiencia y con un amplio sentido social. Pensar
en largos periodos temporales es el arquetipo del
principio de responsabilidad: es la obligación más
relevante y digna, puesto que esta concepción de
totalidad, que abraza la dimensión del futuro, está
dirigida hacia la naturaleza y nuestros descendientes.
Precisamente la sociedad moderna que tiende a
especializar cada actividad laboral hasta límites
insospechados-y, por ende, a enfatizar los fenómenos de
alienación-requiere de aspectos razonables opuestos a la
mera razón instrumental, aspectos prefigurados
paradójicamente por los modelos aristocráticos
premodernos, que daban preferencia a ocupaciones que
fueran inmediatamente gratificantes, un fin en sí mismas
y no meros instrumentos para otros medios: el culto del
ocio (que no debe ser confundido con la holgazanería),
que se consagra a la autodeterminación de cada uno en el
marco de una actividad no lucrativa, y que generalmente
combina la política con el culto religioso y los
placeres estéticos, lúdicos y eróticos. Max Weber
reconoció que el juego, una de las actividades centrales
de la aristocracia feudal, representa el polo opuesto de
la racionalidad formal técnica y, simultáneamente, una
barrera para evitar los excesos de ésta, así como el
lujo ostentoso es una de las mejores impugnaciones del
utilitarismo plebeyo. El juego aristocrático tendría
como meta la perfección individual y estaría
estrechamente ligado al sentimiento caballeresco de la
dignidad. Por otra parte y según Max Weber, el
"ser"-gracia y dignidad-constituiría el alma
del código caballeresco, así como la
"función" lo es del burocrático: el
aristócrata que se dedica a la política vive para ella
y no de ella. De ahí se deriva manifiestamente una
defensa de la auténtica aristocracia, contrapuesta a la
mera élite del poder. Además, como afirmaron Max
Horkheimer y Theodor W. Adorno, el brillante despliegue
de la cultura en Europa Occidental hasta el siglo XIX
tuvo también que ver con la protección que los
príncipes y los señores feudales concedieron al arte y
la literatura, protección que significó libertad
creativa para los artistas y los preservó de las
coerciones del mercado y del "control
democrático" ejercido por clases medias y bajas,
control funesto para la genuina creación artística.
Por otra parte, la exigencia de una igualdad fundamental
entre los mortales es una ideología justificatoria que
trata de disimular y compensar un profundo y fuerte
sentimiento de envidia. La mayoría de los afectos y las
teorías anti-aristocráticas se nutre de esa experiencia
de envidia, que es una de las características más
profundas y duraderas de la psique humana. Se puede
afirmar que la envidia es algo más vigoroso y resistente
que el anhelo de libertad y resulta, bajo el ropaje de la
igualdad, mucho más peligrosa para una sociedad
razonable que jerarquías basadas en principios
hereditarios. En el fondo, los igualitaristas desarrollan
un apetito incontrolable por diversiones baratas e
indignas, por honores circunstanciales y, sobre todo, por
bienes materiales; estos designios culminan en el
régimen menos igualitario que uno puede imaginarse; en
la plutocracia. Su peligrosidad se deriva de su carácter
engañoso y larvado: el millonario que ve los mismos
programas de televisión que sus empleados o el primer
secretario del partido comunista que se viste como el
obrero modesto disimulan la inmensa concentración de
poder que tienen en sus manos y encunbren la colosal
distancia que existe entre élite y masa. Por otra parte,
la genuina aristocracia, cuyo paradigma es la nobleza
hereditaria, representa un contrapeso al mundo gris de la
tecnoburocracia, demasiado uniformado y racionalizado (en
sentido instrumental), precisamente debido a la
característica contingente de ser miembro de la misma, a
sus ritos curiosos y a sus costumbres anacrónicas: un
contrapeso adecuado tiene que proceder de un principio
constituyente distinto y alternativo.
Finalmente hay que recordar que las aristocracias
tradicionales resultaron más humanas y menos peligrosas
para el destino del mundo que las nuevas élites que han
emergido por "esfuerzo propio" en la segunda
mitad del siglo XX: los nuevos ricos en América Hispana
y Africa, las mafias en Rusia, las direcciones
partidarias en países socialistas y las élites
funcionales en las democracias occidentales. La
existencia de una aristocracia hereditaria ocuparía el
primer lugar del prestigio social histórico y del
reconocimiento público, y así se podrían mitigar,
aunque sea parcialmente, las ansias de prestigio de estos
grupos y desviar su energía realmente asombrosa
(incluida su capacidad de corromper a la sociedad y sus
inclinaciones autoritarias) hacia metas más inofensivas.
H.C.P. Mansilla
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