LIBROS: Amalur.
Del átomo a la mente
Martínez
Ignacio, Arsuaga, Juan Luis. Amalur. Del átomo a la
mente. Temas de Hoy, Madrid, 2002, 373 págs.
Una de las características de la época en que vivimos
es el imperialismo de la ciencia. Creo que fue en un
artículo de ABC en el que leí por primera vez esta
expresión a Ignacio Sánchez Cámara, precisamente
motivada por las ridículas declaraciones de uno de los
autores de éste libro: según Juan Luis Arsuaga, la
filosofía «había fracasado» por desconocer la teoría
de la evolución.
El libro Amalur tiene la característica esencial de un
tratado evolucionista, pero en el sentido del progresismo
del siglo XIX: optimismo feliz y fe en el progreso
científico. A juzgar por los autores, la ciencia es la
última palabra en todo, y como según el dogma del
célebre genetista Teodosius Dobzhansky «en biología
nada tiene sentido si no es a través de la evolución»,
los autores concluyen que la evolución es el prisma con
el que hay que interpretar toda la vida en su sentido
más amplio. Martínez y Arsuaga añaden otro factor muy
peligroso y absolutamente indemostrado: la evolución
disteleológica, es decir, la evolución sin causa final,
la idea de que el puro azar genera las especies de manera
que el panorama de la vida que vemos hoy podría ser
cualquier otro. Podía haber en vez de humanos, lagartos
pensantes. Esta última idea es mucho más manifiesta en
otra de sus obras, «La especie elegida», pero también
está presente en este libro. Los autores no hacen con
esto sino recoger las ideas de otros científicos de
renombre mundial como Richard Dawkins, Carl Sagan o el
recientemente fallecido Stephen Jay Gould.
Por todo eso, si lo que el lector busca es un relato de
biología evolucionista de carácter divulgativo, pocos
libros habrá mejores que éste. Martínez y Arsuaga han
perfeccionado enormemente su técnica de divulgación de
ideas que en tratados especializados ocupan decenas de
páginas. Por el contrario, llama la atención la
alegría y frivolidad con la que despachan ciertos
problemas que ellos sin duda ignoran. Pretender que la
historia del pensamiento puede encerrarse entre las
paredes de la biología es de una pretenciosidad enorme.
Ni siguiera conciben la idea de que la ciencia tenga que
dar cuentas de ella misma o la imposibilidad de que la
ciencia sea en sí un sistema cerrado, como demostró
Kurt Gödel con su «teorema de incompletitud». Los
autores pasan de largo ante dificultades terribles no por
mala fe sino por optimismo inconsciente. El enorme
problema que supone para la evolución el salto en el
registro fósil desde las primeras formas de vida
unicelulares hasta los organismos altamente avanzados de
Burgess Shale o Ediacara Hills queda sin tocar en el
libro. También queda obviada la terrible cuestión del
origen de la vida, que pese a lo que se diga, hoy se
mueve en el campo de la más absoluta especulación, una
vez pasada la euforia de los experimentos de Stanley L.
Miller. Por supuesto, los mismísimos problemas que
enfrenta hoy la teoría de la evolución son totalmente
desconocidos por los autores: la teoría del «diseño
inteligente» estructurada por el matemático
norteamericano William B. Demski en su libro «The design
inference» (Cambridge University Press), pone en serios
apuros la evolución disteleológica, tan de moda en la
ciencia moderna, y que llevó al genetista y materialista
Richard Dawkins a afirmar que la evolución hoy permite
ser «un ateo intelectualmente satisfecho». Pero esto
son sólo algunos apuntes críticos. Una lectura más
atenta llegaría mucho más lejos.
Los autores, especialmente Arsuaga, se han dejado llevar
en muchas de sus declaraciones y escritos por el peso de
una fama que le ha sido dada en su mayor parte gracias al
yacimiento de Atapuerca, un hecho al cabo fortuito. Eso
no da pié para opinar de todo. Sin minusvalorar las
evidentes cualidades intelectuales y científicas de
ambos autores, sería necesario para ambos una reflexión
autocrítica acompañada de una apertura de miras y, en
definitiva, una mayor formación que supiera avanzar por
caminos hasta ahora no hollados. En cuanto al libro, es
de lectura amena y recomendable pero, eso sí: en lo que
concierne a las afirmaciones más radicales no se lo
crean mucho.
Eduardo Arroyo
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