Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

pag. principal Razón Española

Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Enrique Zuleta Alvarez

Homenaje de José Zafra Valverde indice Bibliografía

GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

En la mañana del domingo 10 de febrero murió en su casa de Puerta de Hierro, Madrid, Gonzalo Fernández de la Mora, una de las figuras más relevantes del pensamiento español de nuestro tiempo. Tenía 77 años y aunque se hallaba retirado de los compromisos públicos, mantenía su actividad a través de libros, artículos, cursos, conferencias y una revista bimensual -«Razón Española»- que lleva más de 110 números como representante principal del pensamiento hispánico de derecha.

Luego de una adolescencia en Galicia -su madre era gallega- se radicó en Madrid, donde se graduó en Derecho y Filosofía e ingresó en la carrera diplomática, pero su vocación más honda y permanente fue la de intelectual, que cumplió enriqueciéndola con una suma de conocimientos filosóficos, históricos y literarios, el estudio y el dominio de las lenguas que correspondían a su humanismo clásico, y a la vez moderno.

Por herencia y convicción adhirió, desde su juventud, al monarquismo que pugnaba por retornar a España para heredar al gobierno de Franco, pero su militancia correspondió al plano de las ideas y la carrera diplomática lo llevó a diversos destinos europeos donde se familiarizó con actitudes y tendencias que acendraron su visión europeísta y ecuménica.

Radicado en España, donde llegó a dirigir la Escuela Diplomática, la actividad de Fernández de la Mora se intensificó en la década de 1960, en ocasión del enfrentamiento de los ex-Falangistas (Laín Entralgo Tovar, Ridruejo y otros) que, con la dirección de Joaquín Ruiz Gimenez -Ministro de Franco pero objetor del Gobierno con inspiración en la Democracia Cristiana- intentaron abrirse al Liberalismo democrático y los partidarios de la tendencia tradicional. Con la base en revistas como «Arbor», «Atlántida» y la editorial Rialp próximas al «Opus Dei», -del cual sin embargo no fue miembro Fernández de la Mora- éste se alineó junto a figuras como Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez Embid, Vicente Marrero, Vicente Rodríguez Casado y Antonio Millán Puelles.

Cuando se planteó un debate en torno a Ortega y Gasset, cuya herencia intelectual era reclamada por los disidentes liberales, terció Fernández de la Mora con su libro «Ortega y el 98» (1961) una de sus obras más logradas que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de ese año. Su enfoque intentó despojar al orteguismo de interpretaciones que, según Fernández de la Mora, desnaturalizaban una filosofía basada en la excelencia de las élites contra el democratismo de las masas. De esa época data su proximidad al filósofo Xavier Zubiri, cuyos cursos siguió con admiración.

Vinculado al diario «ABC» y a su director de entonces, Torcuato Luca de Tena, Fernández de la Mora llevó a cabo una prolongada labor de editorialista y crítico de todo lo que se publicó en España entre 1963 y 1969. De allí provendrán los siete tomos de su «Pensamiento español», en los cuales se consideran los temas y las obras más variadas, a través de una crítica original, al margen de prejuicios y convencionalismos, como cuadraba a su talento de crítico sólo comprometido con la verdad de lo que leía.

Fernández de la Mora había madurado una concepción propia de la inteligencia en función política. Perteneció a esa «generación de 1955» -como la ha llamado Mario Hernández Sánchez-Barba-, que colaboró con el progreso de España sobre la base de obras concretas que hicieran eficaz su modernización, al margen de las luchas estériles por cambiar la legitimidad de un régimen que, como decía Fernández de la Mora, se «legitimaba por el ejercicio».

Aunque integró el Consejo Privado de Don Juan de Borbón -en el exilio-, se apartó de éste por su inclinación al democratismo que lo alejaba de toda posiblilidad de participación en la España de Franco. En 1969, como cuadraba a su carrera, Subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores; en 1970 fue designado por Franco como Ministro de Obras Públicas, hasta el asesinato de Carrero Blanco. También fue nombrado Consejero Nacional del Movimiento y Procurador en Cortes. GFM, hombre de libros e ideas, cumplió con su deber administrador y se aplicó a resolver problemas y realizar obras concretas que lo enorgullecían como prueba de que el buen gobierno no consistía en declaraciones ideológicas sino en la realización de lo que él llamó El Estado de obras (1976). También profundizó en su teoría de la supremacía de la razón como método de conocimiento y acción, en lo que llamó su «razonalismo».

Consecuente con su responsabilidad en la vida española, participó en las agrupaciones que formó la derecha después de la muerte de Franco. No era un nostálgico que preconizara restauraciones imposibles y discutió las propuestas de la Transición, pero no aceptó las bases e instituciones de la nueva democracia, no por prejuicios ideológicos o religiosos sino porque consideró que no eran razonables ni apropiados a la realidad española. Ocupó una banca en el parlamento pero se alejó definitivamente de la política cuando se convenció de la imposibilidad de sus esfuerzos.

Fue incorporado a la Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde desarrolló una actividad intensa, reorganizó y dirigió su biblioteca a la cual donó su vasta y valiosa colección de libros y documentos.

Debatió con las ideas de la restauración democrática en Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica (1985), fustigó las nuevas soluciones en Los errores del cambio (1986) y denunció el espíritu negativo de muchas actitudes sociales en La envidia igualitaria (1984). También emprendió la colección de sus ensayos en volúmenes como Filósofos españoles del siglo XX (1987) y publicó su Río arriba. Memorias (1995). En esta labor acendró su estilo, rico y elegante en los recursos de la prosa pero cada vez más ajustado y riguroso en un conceptismo que buscaba la exactitud de la idea.

Su mayor empresa fue la fundación de la revista «Razón Española», a la cual consagró sus esfuerzos y donde publicó muchos de sus escritos hasta su muerte. Lo acompañó un grupo de amigos como Angel Maestro, Dalmacio Negro Pavón, Juan Velarde, Antonio Millán Puelles, José Comellas, Luis Suárez, Ricardo de la Cierva, Franciso Puy y Esteban Pujals. Lleva ya publicados 40 tomos con más de 110 números y reune a lo más valioso del pensamiento que podría calificarse de derechas -con toda la imprecisión del término- de España, Hispanoamérica, Europa y Estados Unidos.

Fernández de la Mora colaboró en la revista con un artículo, con el prólogo de cada número y con innumerables comentarios bibliográficos, tanto bajo su nombre como con seudónimos. La historia de las ideas de nuestro tiempo no podrá describirse sin consultarla tanto por la calidad de los trabajos como por su actualidad y variedad.

Fiel a su espíritu de justicia, Fernández de la Mora fue implacable en la denuncia de las desfiguraciones, omisiones y silencios de la historia con respecto a los largos años del franquismo. Su intervención en los debates orales o escritos y la acerada penetración de su ironía fueron famosos en España. Por la marginación que le dispensó la izquierda, tan poderosa en los medios, intervino las veces que lo consideró necesario para denunciar a los democráticos apresurados, para deshacer calumnias y, sobre todo, para defender la verdad mancillada por el odio y el resentimiento.

En una España donde la izquierda silenció tantas voces, Fernández de la Mora mantuvo con heroismo la fidelidad a sus ideas y sus obras. Lo hizo desde la altura de su señorío auténtico, con la convicción de que muchos de los fracasos de la España actual se debían a la incapacidad -dolosa o ignorante- para solucionar los problemas concretos de acuerdo con la razón y la conveniencia de los intereses reales del país.

Desde «Razón Española», la Academia y los foros que solicitaban su opinión, Fernández de la Mora fue completando la parábola perfecta de una vida que había consagrado a la inteligencia. Volvió a sus grandes amores: los clásicos griegos y latinos y a la reflexión filosófica, para la cual se había preparado con las lecturas de toda su vida y que, en los últimos tiempos, había recibido el aporte de la ciencia, cuyos misterios le apasionaban. De ahí sus libros El hombre en desazón (1997) y el último: Sobre la felicidad (2001) donde definió una nueva antropología natural y una ética basada en la razón que orienta al bien de la persona y de la especie. En la búsqueda de un camino propio se entregó al diálogo con los grandes filósofos, sobre todo con Séneca, sobre el cual preparaba un libro ya que, como me lo comentó en una de mis últimas conversaciones con él coincidía en ideas y sentimientos.

Fernández de la Mora, desde la cima de un talante que desdeñaba la mediocridad convencional, recibió el homenaje de sus amigos y discípulos. Estuvieron siempre a su lado y no le regatearon su reconocimiento, como lo prueba el tomo de Razonalismo. Homenaje a Fernández de la Mora (1995) que publicamos los que lo admirábamos. Del mismo modo congregaba a foros, reuniones y tertulias donde continuaba la cálida adhesión que suscitaba su espíritu siempre entusiasta, alegre y animoso. Cabe, ahora, continuar su obra, recobrar sus inéditos y hasta quizás componer con los estudios de «Razón Española», aquella «Teoría de la razón política» a cuya preparación lo incité tantas veces y que revelará otra de sus contribuciones mayores a la filosofía política contemporánea.

Permítaseme el recuerdo personal. Fui su amigo por más de cuarenta años y conviví con sus experiencias intelectuales y políticas. Mantuvimos una amistad fraterna y sin nubes y estuvimos juntos en muchas empresas que comprometieron nuestras ideas y nuestros esfuerzos. Fueron años de una juventud esperanzada y ambos conocimos luego el ocaso de nuestras vidas e ilusiones, pero jamás olvidaré aquella España lejana que fue también la suya y que él me explicó tantas veces en una dialéctica de la inteligencia y los afectos. Todos tenemos referentes intelectuales y personales, con los cuales contamos para encontrar las respuestas y descifrar los enigmas. Para mí, uno de ellos fue Gonzalo Fernández de la Mora y con su muerte me he encontrado, otra vez, mucho más pobre y en la soledad de hallar esas respuestas por mí mismo. Con admiración despido al maestro pero lo lloro con el dolor de un viejo amigo.

Por Enrique Zuleta Alvarez



 

Homenaje de José Zafra Valverde indice Bibliografía

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.