GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA
En la
mañana del domingo 10 de febrero murió en su casa de
Puerta de Hierro, Madrid, Gonzalo Fernández de la Mora,
una de las figuras más relevantes del pensamiento
español de nuestro tiempo. Tenía 77 años y aunque se
hallaba retirado de los compromisos públicos, mantenía
su actividad a través de libros, artículos, cursos,
conferencias y una revista bimensual -«Razón
Española»- que lleva más de 110 números como
representante principal del pensamiento hispánico de
derecha.
Luego de una adolescencia en Galicia -su madre era
gallega- se radicó en Madrid, donde se graduó en
Derecho y Filosofía e ingresó en la carrera
diplomática, pero su vocación más honda y permanente
fue la de intelectual, que cumplió enriqueciéndola con
una suma de conocimientos filosóficos, históricos y
literarios, el estudio y el dominio de las lenguas que
correspondían a su humanismo clásico, y a la vez
moderno.
Por herencia y convicción adhirió, desde su juventud,
al monarquismo que pugnaba por retornar a España para
heredar al gobierno de Franco, pero su militancia
correspondió al plano de las ideas y la carrera
diplomática lo llevó a diversos destinos europeos donde
se familiarizó con actitudes y tendencias que acendraron
su visión europeísta y ecuménica.
Radicado en España, donde llegó a dirigir la Escuela
Diplomática, la actividad de Fernández de la Mora se
intensificó en la década de 1960, en ocasión del
enfrentamiento de los ex-Falangistas (Laín Entralgo
Tovar, Ridruejo y otros) que, con la dirección de
Joaquín Ruiz Gimenez -Ministro de Franco pero objetor
del Gobierno con inspiración en la Democracia Cristiana-
intentaron abrirse al Liberalismo democrático y los
partidarios de la tendencia tradicional. Con la base en
revistas como «Arbor», «Atlántida» y la editorial
Rialp próximas al «Opus Dei», -del cual sin embargo no
fue miembro Fernández de la Mora- éste se alineó junto
a figuras como Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez
Embid, Vicente Marrero, Vicente Rodríguez Casado y
Antonio Millán Puelles.
Cuando se planteó un debate en torno a Ortega y Gasset,
cuya herencia intelectual era reclamada por los
disidentes liberales, terció Fernández de la Mora con
su libro «Ortega y el 98» (1961) una de sus obras más
logradas que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de
ese año. Su enfoque intentó despojar al orteguismo de
interpretaciones que, según Fernández de la Mora,
desnaturalizaban una filosofía basada en la excelencia
de las élites contra el democratismo de las masas. De
esa época data su proximidad al filósofo Xavier Zubiri,
cuyos cursos siguió con admiración.
Vinculado al diario «ABC» y a su director de entonces,
Torcuato Luca de Tena, Fernández de la Mora llevó a
cabo una prolongada labor de editorialista y crítico de
todo lo que se publicó en España entre 1963 y 1969. De
allí provendrán los siete tomos de su «Pensamiento
español», en los cuales se consideran los temas y las
obras más variadas, a través de una crítica original,
al margen de prejuicios y convencionalismos, como
cuadraba a su talento de crítico sólo comprometido con
la verdad de lo que leía.
Fernández de la Mora había madurado una concepción
propia de la inteligencia en función política.
Perteneció a esa «generación de 1955» -como la ha
llamado Mario Hernández Sánchez-Barba-, que colaboró
con el progreso de España sobre la base de obras
concretas que hicieran eficaz su modernización, al
margen de las luchas estériles por cambiar la
legitimidad de un régimen que, como decía Fernández de
la Mora, se «legitimaba por el ejercicio».
Aunque integró el Consejo Privado de Don Juan de Borbón
-en el exilio-, se apartó de éste por su inclinación
al democratismo que lo alejaba de toda posiblilidad de
participación en la España de Franco. En 1969, como
cuadraba a su carrera, Subsecretario del Ministerio de
Asuntos Exteriores; en 1970 fue designado por Franco como
Ministro de Obras Públicas, hasta el asesinato de
Carrero Blanco. También fue nombrado Consejero Nacional
del Movimiento y Procurador en Cortes. GFM, hombre de
libros e ideas, cumplió con su deber administrador y se
aplicó a resolver problemas y realizar obras concretas
que lo enorgullecían como prueba de que el buen gobierno
no consistía en declaraciones ideológicas sino en la
realización de lo que él llamó El Estado de obras
(1976). También profundizó en su teoría de la
supremacía de la razón como método de conocimiento y
acción, en lo que llamó su «razonalismo».
Consecuente con su responsabilidad en la vida española,
participó en las agrupaciones que formó la derecha
después de la muerte de Franco. No era un nostálgico
que preconizara restauraciones imposibles y discutió las
propuestas de la Transición, pero no aceptó las bases e
instituciones de la nueva democracia, no por prejuicios
ideológicos o religiosos sino porque consideró que no
eran razonables ni apropiados a la realidad española.
Ocupó una banca en el parlamento pero se alejó
definitivamente de la política cuando se convenció de
la imposibilidad de sus esfuerzos.
Fue incorporado a la Academia de Ciencias Morales y
Políticas, donde desarrolló una actividad intensa,
reorganizó y dirigió su biblioteca a la cual donó su
vasta y valiosa colección de libros y documentos.
Debatió con las ideas de la restauración democrática
en Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica
(1985), fustigó las nuevas soluciones en Los errores del
cambio (1986) y denunció el espíritu negativo de muchas
actitudes sociales en La envidia igualitaria (1984).
También emprendió la colección de sus ensayos en
volúmenes como Filósofos españoles del siglo XX (1987)
y publicó su Río arriba. Memorias (1995). En esta labor
acendró su estilo, rico y elegante en los recursos de la
prosa pero cada vez más ajustado y riguroso en un
conceptismo que buscaba la exactitud de la idea.
Su mayor empresa fue la fundación de la revista «Razón
Española», a la cual consagró sus esfuerzos y donde
publicó muchos de sus escritos hasta su muerte. Lo
acompañó un grupo de amigos como Angel Maestro,
Dalmacio Negro Pavón, Juan Velarde, Antonio Millán
Puelles, José Comellas, Luis Suárez, Ricardo de la
Cierva, Franciso Puy y Esteban Pujals. Lleva ya
publicados 40 tomos con más de 110 números y reune a lo
más valioso del pensamiento que podría calificarse de
derechas -con toda la imprecisión del término- de
España, Hispanoamérica, Europa y Estados Unidos.
Fernández de la Mora colaboró en la revista con un
artículo, con el prólogo de cada número y con
innumerables comentarios bibliográficos, tanto bajo su
nombre como con seudónimos. La historia de las ideas de
nuestro tiempo no podrá describirse sin consultarla
tanto por la calidad de los trabajos como por su
actualidad y variedad.
Fiel a su espíritu de justicia, Fernández de la Mora
fue implacable en la denuncia de las desfiguraciones,
omisiones y silencios de la historia con respecto a los
largos años del franquismo. Su intervención en los
debates orales o escritos y la acerada penetración de su
ironía fueron famosos en España. Por la marginación
que le dispensó la izquierda, tan poderosa en los
medios, intervino las veces que lo consideró necesario
para denunciar a los democráticos apresurados, para
deshacer calumnias y, sobre todo, para defender la verdad
mancillada por el odio y el resentimiento.
En una España donde la izquierda silenció tantas voces,
Fernández de la Mora mantuvo con heroismo la fidelidad a
sus ideas y sus obras. Lo hizo desde la altura de su
señorío auténtico, con la convicción de que muchos de
los fracasos de la España actual se debían a la
incapacidad -dolosa o ignorante- para solucionar los
problemas concretos de acuerdo con la razón y la
conveniencia de los intereses reales del país.
Desde «Razón Española», la Academia y los foros que
solicitaban su opinión, Fernández de la Mora fue
completando la parábola perfecta de una vida que había
consagrado a la inteligencia. Volvió a sus grandes
amores: los clásicos griegos y latinos y a la reflexión
filosófica, para la cual se había preparado con las
lecturas de toda su vida y que, en los últimos tiempos,
había recibido el aporte de la ciencia, cuyos misterios
le apasionaban. De ahí sus libros El hombre en desazón
(1997) y el último: Sobre la felicidad (2001) donde
definió una nueva antropología natural y una ética
basada en la razón que orienta al bien de la persona y
de la especie. En la búsqueda de un camino propio se
entregó al diálogo con los grandes filósofos, sobre
todo con Séneca, sobre el cual preparaba un libro ya
que, como me lo comentó en una de mis últimas
conversaciones con él coincidía en ideas y
sentimientos.
Fernández de la Mora, desde la cima de un talante que
desdeñaba la mediocridad convencional, recibió el
homenaje de sus amigos y discípulos. Estuvieron siempre
a su lado y no le regatearon su reconocimiento, como lo
prueba el tomo de Razonalismo. Homenaje a Fernández de
la Mora (1995) que publicamos los que lo admirábamos.
Del mismo modo congregaba a foros, reuniones y tertulias
donde continuaba la cálida adhesión que suscitaba su
espíritu siempre entusiasta, alegre y animoso. Cabe,
ahora, continuar su obra, recobrar sus inéditos y hasta
quizás componer con los estudios de «Razón
Española», aquella «Teoría de la razón política» a
cuya preparación lo incité tantas veces y que revelará
otra de sus contribuciones mayores a la filosofía
política contemporánea.
Permítaseme el recuerdo personal. Fui su amigo por más
de cuarenta años y conviví con sus experiencias
intelectuales y políticas. Mantuvimos una amistad
fraterna y sin nubes y estuvimos juntos en muchas
empresas que comprometieron nuestras ideas y nuestros
esfuerzos. Fueron años de una juventud esperanzada y
ambos conocimos luego el ocaso de nuestras vidas e
ilusiones, pero jamás olvidaré aquella España lejana
que fue también la suya y que él me explicó tantas
veces en una dialéctica de la inteligencia y los
afectos. Todos tenemos referentes intelectuales y
personales, con los cuales contamos para encontrar las
respuestas y descifrar los enigmas. Para mí, uno de
ellos fue Gonzalo Fernández de la Mora y con su muerte
me he encontrado, otra vez, mucho más pobre y en la
soledad de hallar esas respuestas por mí mismo. Con
admiración despido al maestro pero lo lloro con el dolor
de un viejo amigo.
Por Enrique Zuleta Alvarez
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