Razón Española, nº 115; SU LEALTAD Y FIDELIDAD

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por J. Javier Nagore Yárnoz

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SU LEALTAD Y FIDELIDAD

«Nada hay comparable a un amigo fiel. Su precio es incalculable». Palabras de la Sagrada Escritura (Ecl., 5, 1), que traigo como pórtico a una glosa de esas virtudes del amigo fiel «cuya vida fue servicio, pero siempre con lealtad enteriza, sin condiciones» (1) tanto en su pensar como en su actuar.

Virtud relacionada con la veracidad es la lealtad, la cual no es otra cosa sino la veracidad en la conducta, el mantenimiento de la palabra dada: juramentos, promesas, pactos.

Las personas con las que convivimos y nos relacionamos -más los amigos- han de conocernos como hombres y mujeres leales. A la lealtad a un compromiso estricto con Dios o ante Él, se le reconoce también como virtud: la fidelidad. Lo contrario, la infidelidad es siempre un engaño, mientras que la fidelidad es una virtud indispensable en la vida personal y social. Sobre ella descansan, por ejemplo, el matrimonio, el cumplimiento de los contratos o las actuaciones de los gobernantes. (2)

En el mundo de hoy, en esta época nuestra, por todos los aires, por todas las esquinas (Radios, TV, otros medios informativos, prensa, etc.), se atropellan palabras e imágenes, polémicas y argumentos que tienen, salvo excepciones contadísimas, de todo menos sinceridad, razón y veracidad. Seguramente por eso Juan Pablo II desde los comienzos de su Pontificado no cesa de loar la virtud, humana y sobrenatural, de la fidelidad. La fundamenta no sólo en razones jurídicas, de bien posible o de mal menor, o sociológicas, de moralidad o de ética, sino desde la radical dignidad del hombre, como valor último en todas las libres determinaciones humanas. Y, en este aspecto, la fidelidad se determina por la coherencia de vivir de acuerdo con lo que se cree, para ajustar la vida al objeto de la propia adhesión, aceptando, en su caso, incomprensiones, burlas, silencios y calumnias, antes que permitir rupturas entre lo que se piensa y se cree y lo que se vive. Tal es el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Mas, aún tiene la fidelidad otra dimensión: la duración, la permanencia. Esta es la prueba de toda fidelidad, pues si es fácil ser coherente en la exaltación, no lo es serlo en la tribulación. «Solo puede llamarse fidelidad a una coherencia de toda la vida, y ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público». (3) Así define el Papa aquella virtud y a quien la práctica; es decir, como un valor tan alto que -como lo expresó Hello- constituye «el honor de las relaciones» (4). Por eso no hay que tener miedo a una fidelidad hasta la muerte.

Reconocer ese modo de pensar y de actuar, fiel, leal, heroico en ocasiones, es la mejor manera, incluso aunque no parezca producir ventaja material alguna, de comprender que el sentido humano de apreciación puede elevarse sobre el nivel de sus propias obras; que, aunque seamos humanos, hay algo por encima de nosotros que responde a esa manera de pensar y de actuar; algo -¡ya lo creo!- que nos hace admirar esa fidelidad y encendernos por esa actitud generosa; pues todo alto ideal llevado a la práctica encuentra siempre seguidores y se potencia para el futuro.

Gonzalo Fernández de la Mora fue leal y fiel a sus convicciones, y actuó conforme a ellas toda su vida, hasta su súbita muerte. Como él mismo escribió: «Un hombre es, en gran parte, su historia. Somos lo que hemos sido: nuestra definición se encuentra en nuestro pasado o curriculum vitae». (5) Y, en otro de sus libros: «Vengo de un pasado que ha sido el más renovador de nuestra historia contemporánea y sigo dando testimonios de lealtad a lo permanente y de mi consecuencia política» (6).

En las circunstancias actuales de España y de los españoles las «razones» del pensar y del obrar se suelen infravalorar, manipular y falsear, o, más frecuentemente, ocultar y silenciar; un silencio, como subraya un prestigioso historiador y colaborador de esta Revista, que «está hecho de complicidades, alimentado de claudicaciones, repleto de pequeñas (o quizá grandes) cobardías» (7). Por eso mismo, creo que cuantos admiramos y quisimos a Gonzalo como amigo fiel, hemos de tomar ejemplo de su lealtad sencilla y fuerte, constante. Aunque seamos pocos, tal vez poquísimos, los que continuemos llevando en alto, como llevó aquél, esa fidelidad a los principios -una fidelidad siempre «razonada» y apasionada-, virtud que a Gonzalo nunca le faltó. Esperanza en el ser de una España leal a sus tradicionales principios y fiel a sí misma.

En los comienzos de esta Revista dediqué un soneto (8) a su fundador y director. Pretendí en él resumir unos valores -mejor virtudes- a los que Gonzalo sirvió toda su vida. Hoy lo traigo aquí en homenaje a su memoria.



Un pensamiento y una razón clara,
un logos que apoya al pensamiento,
y dicción que al pensamiento aclara
e infunde su razón al sentimiento.



Coraje que parece que brotara
de un corazón en el que yo presiento
cómo aquélla su razón preclara
arde ya a su fuego, cual sarmiento.



Sarmiento ardiente y razón de fuego,
Clara mente en la cresta de la llama
defendiendo el ser y la razón de España.



El discurso de Gonzalo, pensé luego,
es la verdad desnuda que proclama
la RAZON ESPAÑOLA en pura entraña.

Por J. Javier Nagore Yárnoz

Notas

 



 

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