SU LEALTAD Y
FIDELIDAD
«Nada
hay comparable a un amigo fiel. Su precio es
incalculable». Palabras de la Sagrada Escritura (Ecl.,
5, 1), que traigo como pórtico a una glosa de esas
virtudes del amigo fiel «cuya vida fue servicio, pero
siempre con lealtad enteriza, sin condiciones» (1) tanto
en su pensar como en su actuar.
Virtud relacionada con la veracidad es la lealtad, la
cual no es otra cosa sino la veracidad en la conducta, el
mantenimiento de la palabra dada: juramentos, promesas,
pactos.
Las personas con las que convivimos y nos relacionamos
-más los amigos- han de conocernos como hombres y
mujeres leales. A la lealtad a un compromiso estricto con
Dios o ante Él, se le reconoce también como virtud: la
fidelidad. Lo contrario, la infidelidad es siempre un
engaño, mientras que la fidelidad es una virtud
indispensable en la vida personal y social. Sobre ella
descansan, por ejemplo, el matrimonio, el cumplimiento de
los contratos o las actuaciones de los gobernantes. (2)
En el mundo de hoy, en esta época nuestra, por todos los
aires, por todas las esquinas (Radios, TV, otros medios
informativos, prensa, etc.), se atropellan palabras e
imágenes, polémicas y argumentos que tienen, salvo
excepciones contadísimas, de todo menos sinceridad,
razón y veracidad. Seguramente por eso Juan Pablo II
desde los comienzos de su Pontificado no cesa de loar la
virtud, humana y sobrenatural, de la fidelidad. La
fundamenta no sólo en razones jurídicas, de bien
posible o de mal menor, o sociológicas, de moralidad o
de ética, sino desde la radical dignidad del hombre,
como valor último en todas las libres determinaciones
humanas. Y, en este aspecto, la fidelidad se determina
por la coherencia de vivir de acuerdo con lo que se cree,
para ajustar la vida al objeto de la propia adhesión,
aceptando, en su caso, incomprensiones, burlas, silencios
y calumnias, antes que permitir rupturas entre lo que se
piensa y se cree y lo que se vive. Tal es el núcleo más
íntimo de la fidelidad.
Mas, aún tiene la fidelidad otra dimensión: la
duración, la permanencia. Esta es la prueba de toda
fidelidad, pues si es fácil ser coherente en la
exaltación, no lo es serlo en la tribulación. «Solo
puede llamarse fidelidad a una coherencia de toda la
vida, y ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que
se aceptó en público». (3) Así define el Papa aquella
virtud y a quien la práctica; es decir, como un valor
tan alto que -como lo expresó Hello- constituye «el
honor de las relaciones» (4). Por eso no hay que tener
miedo a una fidelidad hasta la muerte.
Reconocer ese modo de pensar y de actuar, fiel, leal,
heroico en ocasiones, es la mejor manera, incluso aunque
no parezca producir ventaja material alguna, de
comprender que el sentido humano de apreciación puede
elevarse sobre el nivel de sus propias obras; que, aunque
seamos humanos, hay algo por encima de nosotros que
responde a esa manera de pensar y de actuar; algo -¡ya
lo creo!- que nos hace admirar esa fidelidad y
encendernos por esa actitud generosa; pues todo alto
ideal llevado a la práctica encuentra siempre seguidores
y se potencia para el futuro.
Gonzalo Fernández de la Mora fue leal y fiel a sus
convicciones, y actuó conforme a ellas toda su vida,
hasta su súbita muerte. Como él mismo escribió: «Un
hombre es, en gran parte, su historia. Somos lo que hemos
sido: nuestra definición se encuentra en nuestro pasado
o curriculum vitae». (5) Y, en otro de sus libros:
«Vengo de un pasado que ha sido el más renovador de
nuestra historia contemporánea y sigo dando testimonios
de lealtad a lo permanente y de mi consecuencia
política» (6).
En las circunstancias actuales de España y de los
españoles las «razones» del pensar y del obrar se
suelen infravalorar, manipular y falsear, o, más
frecuentemente, ocultar y silenciar; un silencio, como
subraya un prestigioso historiador y colaborador de esta
Revista, que «está hecho de complicidades, alimentado
de claudicaciones, repleto de pequeñas (o quizá
grandes) cobardías» (7). Por eso mismo, creo que
cuantos admiramos y quisimos a Gonzalo como amigo fiel,
hemos de tomar ejemplo de su lealtad sencilla y fuerte,
constante. Aunque seamos pocos, tal vez poquísimos, los
que continuemos llevando en alto, como llevó aquél, esa
fidelidad a los principios -una fidelidad siempre
«razonada» y apasionada-, virtud que a Gonzalo nunca le
faltó. Esperanza en el ser de una España leal a sus
tradicionales principios y fiel a sí misma.
En los comienzos de esta Revista dediqué un soneto (8) a
su fundador y director. Pretendí en él resumir unos
valores -mejor virtudes- a los que Gonzalo sirvió toda
su vida. Hoy lo traigo aquí en homenaje a su memoria.
Un pensamiento y una razón clara,
un logos que apoya al pensamiento,
y dicción que al pensamiento aclara
e infunde su razón al sentimiento.
Coraje que parece que brotara
de un corazón en el que yo presiento
cómo aquélla su razón preclara
arde ya a su fuego, cual sarmiento.
Sarmiento ardiente y razón de fuego,
Clara mente en la cresta de la llama
defendiendo el ser y la razón de España.
El discurso de Gonzalo, pensé luego,
es la verdad desnuda que proclama
la RAZON ESPAÑOLA en pura entraña.
Por J. Javier Nagore Yárnoz
Notas
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