HOMBRE DE
FIDELIDADES
La
personalidad de Gonzalo Fernández de la Mora, múltiple,
diversificada en tantas y tan variadas áreas de la
cultura, hace difícil, casi imposible resumirla en unas
pocas páginas. Un libro y un libro extenso haría falta
para analizar su aportación a la filosofía, a la
literatura, a la diplomacia, al periodismo, al derecho
público, a la Política (así, en mayúsculas) y en
definitiva a la vida intelectual española en el siglo
XX. Pues eso fue por encima de todo, un intelectual
auténtico, riguroso, profundamente cristiano, lúcido de
ideas y dueño de una amplia y compleja erudición.
Conviene precisar el auténtico concepto del intelectual,
tan malbaratado últimamente, al quedar secuestrado por
la izquierda marxista, que lo distribuye a voleo entre
sus servidores medianamente ilustrados. Vale la
definición de la Real Academia espiritual, incorporal,
dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y de
las letras. Y vale perfectamente para Gonzalo, espíritu
sutil, volcado en el estudio de las ciencias sociales,
amante y sabedor de arte como pocos.
Personalmente, la cualidad humana que mas destacaría en
Fernández de la Mora es la de su fidelidad.
Especialmente digna de ser resaltada en estos tiempos tan
proclives a virajes ideológicos, funambulismo político,
amnesias mezquinas y clamorosos perjurios.
Monárquico por formación y por convicción, no dudó en
alejarse de los grupos que, por ignorancia, por estolidez
o por egolatría planteaban el retorno de la Corona con
olvido de los orígenes indiscutibles que hicieron
posible la que él siempre llamó segunda restauración.
Con esa misma honestidad, eludió sumarse al coro
oportunista de aduladores que mixtificaron la verdadera
naturaleza de la Institución.
Jamás renunció a su pasado franquista, como tantísimos
otros. Más aún; pienso que con el tiempo fue
acrecentando su admiración fervorosa hacia el Caudillo
como reacción ejemplar frente a las calumnias y las
falacias que se vertían, se siguen vertiendo, sobre la
figura, por tantos motivos admirable, de quien ahora
suele ser llamado con escaso aprecio el anterior Jefe del
Estado, en uno de cuyos gobiernos desempeñó, con
sorprendente brillantez, el ministerio de Obras
Públicas. Uso a conciencia el adjetivo, pues en
principio, nada parecía vincular al intelectual,
estudioso, ensayista, historiador, filósofo,
diplomático, con una cartera fundamentalmente
pragmática, como su propio nombre indica. Sin embargo,
su fidelidad consigo mismo le llevó a imbuirse tan
concienzudamente de aquellas inéditas responsabilidades,
que ha quedado en la historia como uno de los más
eficaces y activos ministros del ramo.
Se anticipó al futuro preconizando el crepúsculo de las
ideologías, realidad que estamos viviendo en esta
sociedad de consumo huera de ideales, entregada al
hedonismo, sin otras aspiraciones que el desarrollo
material, obsesionada con la economía tanto como ajena a
cualquier vibración espiritual, sin resortes ideales.
Nadando contra la corriente, Gonzalo mantuvo siempre los
suyos, y el ocaso de los sentimientos y las creencias que
anunció no le afectaron. Fue fiel a sus convicciones,
sin la menor vacilación.
Sin duda por eso, en su muerte graznaron las cornejas y
alborotaron los enanos. Se despachó su densa, ubérrima
biografía con unas cuantas frases tópicas y mal
intencionadas alusiones a su pasado político. Cuando ese
pasado constituye el mejor título de Gonzalo Fernández
de la Mora, antes que nada y por encima de sus
innumerables méritos académicos, literarios,
filosóficos, científicos, un hombre absolutamente fiel
a sí mismo. Y a sus creencias.
Por Fernando Vizcaíno Casas
|