Razón Española, nº 115; HOMBRE DE FIDELIDADES

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Fernando Vizcaíno Casas

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HOMBRE DE FIDELIDADES

La personalidad de Gonzalo Fernández de la Mora, múltiple, diversificada en tantas y tan variadas áreas de la cultura, hace difícil, casi imposible resumirla en unas pocas páginas. Un libro y un libro extenso haría falta para analizar su aportación a la filosofía, a la literatura, a la diplomacia, al periodismo, al derecho público, a la Política (así, en mayúsculas) y en definitiva a la vida intelectual española en el siglo XX. Pues eso fue por encima de todo, un intelectual auténtico, riguroso, profundamente cristiano, lúcido de ideas y dueño de una amplia y compleja erudición.

Conviene precisar el auténtico concepto del intelectual, tan malbaratado últimamente, al quedar secuestrado por la izquierda marxista, que lo distribuye a voleo entre sus servidores medianamente ilustrados. Vale la definición de la Real Academia espiritual, incorporal, dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y de las letras. Y vale perfectamente para Gonzalo, espíritu sutil, volcado en el estudio de las ciencias sociales, amante y sabedor de arte como pocos.

Personalmente, la cualidad humana que mas destacaría en Fernández de la Mora es la de su fidelidad. Especialmente digna de ser resaltada en estos tiempos tan proclives a virajes ideológicos, funambulismo político, amnesias mezquinas y clamorosos perjurios.

Monárquico por formación y por convicción, no dudó en alejarse de los grupos que, por ignorancia, por estolidez o por egolatría planteaban el retorno de la Corona con olvido de los orígenes indiscutibles que hicieron posible la que él siempre llamó segunda restauración. Con esa misma honestidad, eludió sumarse al coro oportunista de aduladores que mixtificaron la verdadera naturaleza de la Institución.

Jamás renunció a su pasado franquista, como tantísimos otros. Más aún; pienso que con el tiempo fue acrecentando su admiración fervorosa hacia el Caudillo como reacción ejemplar frente a las calumnias y las falacias que se vertían, se siguen vertiendo, sobre la figura, por tantos motivos admirable, de quien ahora suele ser llamado con escaso aprecio el anterior Jefe del Estado, en uno de cuyos gobiernos desempeñó, con sorprendente brillantez, el ministerio de Obras Públicas. Uso a conciencia el adjetivo, pues en principio, nada parecía vincular al intelectual, estudioso, ensayista, historiador, filósofo, diplomático, con una cartera fundamentalmente pragmática, como su propio nombre indica. Sin embargo, su fidelidad consigo mismo le llevó a imbuirse tan concienzudamente de aquellas inéditas responsabilidades, que ha quedado en la historia como uno de los más eficaces y activos ministros del ramo.

Se anticipó al futuro preconizando el crepúsculo de las ideologías, realidad que estamos viviendo en esta sociedad de consumo huera de ideales, entregada al hedonismo, sin otras aspiraciones que el desarrollo material, obsesionada con la economía tanto como ajena a cualquier vibración espiritual, sin resortes ideales. Nadando contra la corriente, Gonzalo mantuvo siempre los suyos, y el ocaso de los sentimientos y las creencias que anunció no le afectaron. Fue fiel a sus convicciones, sin la menor vacilación.

Sin duda por eso, en su muerte graznaron las cornejas y alborotaron los enanos. Se despachó su densa, ubérrima biografía con unas cuantas frases tópicas y mal intencionadas alusiones a su pasado político. Cuando ese pasado constituye el mejor título de Gonzalo Fernández de la Mora, antes que nada y por encima de sus innumerables méritos académicos, literarios, filosóficos, científicos, un hombre absolutamente fiel a sí mismo. Y a sus creencias.


Por Fernando Vizcaíno Casas



 

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