GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA, EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS
MORALESY POLITICAS
Desde
que ingresé en la Real Academia de Ciencias Morales y
Políticas, comprendí que uno de los privilegios de los
que pasaba a gozar, era la convivencia con Gonzalo
Fernández de la Mora. Porque nuestro llorado amigo era,
muy por encima de mil otras cosas, un académico.
Se ha señalado cómo la Academia es algo diferente de
cualquier otra institución. Reúne en su seno a un grupo
señero de personalidades que conversan intensamente
entre sí, en forma de debate permanente y cordial, de
las cuestiones más arduas del mundo intelectual en un
ámbito interdisciplinar de cierta concreción. En el
caso de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
estos temas son muy amplios e importantes.
En toda Academia existen personas que se toman muy a
pecho el pertenecer a ella, y que, por lo tanto, asumen
gozosos sus obligaciones de publicar y asistir a sus
sesiones, y aquellos que buscan su pertenencia a la
institución en el capítulo de los «honores y
condecoraciones», publicando poco y espaciando
muchísimo su asistencia. Gonzalo Fernández de la Mora
publicó muchísimo y fue un académico muy asiduo. Lo
prueba el censo. Ingresó en la Corporación el 29 de
febrero de 1972. Tenía la medalla n° 35, vacante por la
muerte de José Ibáñez Martín. Había sido propuesto
por Alfonso García Valdecasas -que escribiría la
contestación a su discurso de ingreso-, Juan Zaragüeta
y Luis Jordana de Pozas. Triunfó ante otra brillante
candidatura, la de Antonio Truyol, firmada por Luis Díez
del Corral, Angel González Alvarez y José Castañeda
Chornet.
A partir de ahí su actividad fue extraordinaria. El
discurso de ingreso se tituló Del Estado ideal al Estado
de razón. La contestación de García Valdecasas, muy
larga e inteligente -ocupa de la pág. 99 a la 122 del
volumen publicado- es un imprescindible análisis de la
vida y de la obra de Fernández de la Mora. De ella son
estos párrafos esenciales: «En 1950... oye en la
Universidad de Bonn a Curtius, Behn y a Rothacker, y
explora la cultura alemana, sobre todo, la filosofía,
todavia dominada por Heidegger. Sin embargo, sus estudios
más sistemáticos se centran en Kant, que lee y relee en
la edición de Cassirer, localizada, adquirida y cuidada
como un tesoro... De regreso a Madrid, asiste
ininterrumpidamente a los cursos privados de Xavier
Zubiri. Este impacto intelectual es decisivo, porque le
inclina fuertemente hacia la filosofía de la ciencia y
hacia el ala empírica y racionalista de ese
aristotelismo en que se ha formado. Estudia a Comte.
Descubre a Marx, a Mach, a los teóricos de la nueva
física. Se aleja cada vez más de los apriorismos
idealistas y de la especulación ex conceptis. Gonzalo
Fernández de la Mora vive y reúne durante casi diez
años un itinerario de racionalización progresiva que le
acerca cada vez más a los métodos empíricos y que le
hace preferir la sociología al doctrinarismo y la
cosmología a la metafísica. El hallazgo de Amor Ruibal
marca con un relativismo realista al racionalismo
positivo que ha ido desarrollándose. Los dos trabajos de
Gonzalo Fernández de la Mora sobre Zubiri y Amor Ruibal
son un lúcido reflejo de este proceso».
Todo eso, y su experiencia política, y su agudeza de
viajero, y su cordialidad de colega y de amigo, fue
desgranándose a partir de ahí en la Academia en un
conjunto de treinta trabajos, más las contestaciones a
los discursos de ingreso de Dalmacio Negro Pavón y
Rodrigo Fernández-Carvajal, que se abren con una
intervención signiflcativa por la fecha (1975), titulada
Cambio político e ideología y que se cierra con su
trabajo acerca de su antepasado Alejandro Mon, dentro de
la conmemoración del segundo centenario de su
nacimiento, Mon en su siglo, en el que ofrece un singular
retrato del gran político moderado. Recuerdo como
intervenciones especialmente brillantes cuatro. La
primera, El problema histórico de la envidia, anticipo
de su brillante ensayo La envidia igualitaria, (Planeta,
Barcelona, 1984), -cuyo valor a mi juicio iguala a la de
El crepúsculo de las ideologías (Rialp, Madrid, 1965) y
a la de El Estado de obras (Doncel, Madrid, 1976)-. La
segunda intervención fue la titulada Neocorporativismo y
representación Política, del año 1986. Lo que entonces
se planteó -y mucho lo discutimos Gonzalo Fernández de
la Mora y yo en un inolvidable viaje a Chile- es si eso
de la representación corporativa ha periclitado para
siempre, empujada por el restablecimiento de un fervor
universal por la democracia liberal y por el triunfo de
la ortodoxia económica, o no. El tercero, fabuloso en
erudición y magnifico en mordacidad, fue su Krause en
español, leído en 1988, anticipo de La recepción
krausista de Swedenborg. Finalmente, la cuarta
intervención que me impresionó profundamente fue El
proceso del Padre Mariana, leído en el año 1993. Como
economista he vuelto una y otra vez a este texto con
fruto notable. Y como una especie de escolio, que me
sirve para explicar también la trascendencia política
de todo esto, creo que debo referirme a su intervención
de 1998, Por qué voté negativamente la Constitución de
1978, que completa un aspecto muy importante de su Río
arriba: Memorias (Planeta, Barcelona, 1995) que mereció
estando yo en el jurado -lo que será para mi siempre un
orgullo- el Premio Espejo de España de ese año.
Añadamos a todo esto sus agudas intervenciones, sus
comentarios en los pasillos y sus propuestas incansables
para mejorar la vida de la Corporación. Todo ello
culminado con la entrega de su valiosísima biblioteca.
En el acta de la sesión del martes 9 de octubre de 2001,
como una especie de testamento generoso, se lee que ha
entregado «casi catorce mil... libros y opúsculos... a
(lo que) hay que añadir series de revistas académicas,
nacionales y extranjeras que totalizan otro millar de
volúmenes», aparte de donar para el despacho de
bibliotecario un «cenicero de cristal de Bohemia, un
cubo de porcelana china para lápices y una lámpara de
bronce de sobremesa, estilo Renacimiento». Parecía que
su postrer mensaje y consejo para la Real Academia de
Ciencias Morales y Políticas era un texto de Valentín
de Foronda escrito en sus Cartas sobre los asuntos más
exquisitos de la economía política y sobre las leyes
criminales (1821): «La lectura de los libros politicos
me ha hecho desnudar de algunos de los muchos errores de
que tenía revestida mi cabeza. Deseo estirpar los que me
quedan, y espero conseguirlo a favor de las luces que me
prestaron la lectura y la meditación».
Por Juan Velarde Fuertes
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