Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA, EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALESY POLITICAS

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Juan Velarde Fuertes

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GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA, EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALESY POLITICAS

Desde que ingresé en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, comprendí que uno de los privilegios de los que pasaba a gozar, era la convivencia con Gonzalo Fernández de la Mora. Porque nuestro llorado amigo era, muy por encima de mil otras cosas, un académico.

Se ha señalado cómo la Academia es algo diferente de cualquier otra institución. Reúne en su seno a un grupo señero de personalidades que conversan intensamente entre sí, en forma de debate permanente y cordial, de las cuestiones más arduas del mundo intelectual en un ámbito interdisciplinar de cierta concreción. En el caso de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas estos temas son muy amplios e importantes.

En toda Academia existen personas que se toman muy a pecho el pertenecer a ella, y que, por lo tanto, asumen gozosos sus obligaciones de publicar y asistir a sus sesiones, y aquellos que buscan su pertenencia a la institución en el capítulo de los «honores y condecoraciones», publicando poco y espaciando muchísimo su asistencia. Gonzalo Fernández de la Mora publicó muchísimo y fue un académico muy asiduo. Lo prueba el censo. Ingresó en la Corporación el 29 de febrero de 1972. Tenía la medalla n° 35, vacante por la muerte de José Ibáñez Martín. Había sido propuesto por Alfonso García Valdecasas -que escribiría la contestación a su discurso de ingreso-, Juan Zaragüeta y Luis Jordana de Pozas. Triunfó ante otra brillante candidatura, la de Antonio Truyol, firmada por Luis Díez del Corral, Angel González Alvarez y José Castañeda Chornet.

A partir de ahí su actividad fue extraordinaria. El discurso de ingreso se tituló Del Estado ideal al Estado de razón. La contestación de García Valdecasas, muy larga e inteligente -ocupa de la pág. 99 a la 122 del volumen publicado- es un imprescindible análisis de la vida y de la obra de Fernández de la Mora. De ella son estos párrafos esenciales: «En 1950... oye en la Universidad de Bonn a Curtius, Behn y a Rothacker, y explora la cultura alemana, sobre todo, la filosofía, todavia dominada por Heidegger. Sin embargo, sus estudios más sistemáticos se centran en Kant, que lee y relee en la edición de Cassirer, localizada, adquirida y cuidada como un tesoro... De regreso a Madrid, asiste ininterrumpidamente a los cursos privados de Xavier Zubiri. Este impacto intelectual es decisivo, porque le inclina fuertemente hacia la filosofía de la ciencia y hacia el ala empírica y racionalista de ese aristotelismo en que se ha formado. Estudia a Comte. Descubre a Marx, a Mach, a los teóricos de la nueva física. Se aleja cada vez más de los apriorismos idealistas y de la especulación ex conceptis. Gonzalo Fernández de la Mora vive y reúne durante casi diez años un itinerario de racionalización progresiva que le acerca cada vez más a los métodos empíricos y que le hace preferir la sociología al doctrinarismo y la cosmología a la metafísica. El hallazgo de Amor Ruibal marca con un relativismo realista al racionalismo positivo que ha ido desarrollándose. Los dos trabajos de Gonzalo Fernández de la Mora sobre Zubiri y Amor Ruibal son un lúcido reflejo de este proceso».

Todo eso, y su experiencia política, y su agudeza de viajero, y su cordialidad de colega y de amigo, fue desgranándose a partir de ahí en la Academia en un conjunto de treinta trabajos, más las contestaciones a los discursos de ingreso de Dalmacio Negro Pavón y Rodrigo Fernández-Carvajal, que se abren con una intervención signiflcativa por la fecha (1975), titulada Cambio político e ideología y que se cierra con su trabajo acerca de su antepasado Alejandro Mon, dentro de la conmemoración del segundo centenario de su nacimiento, Mon en su siglo, en el que ofrece un singular retrato del gran político moderado. Recuerdo como intervenciones especialmente brillantes cuatro. La primera, El problema histórico de la envidia, anticipo de su brillante ensayo La envidia igualitaria, (Planeta, Barcelona, 1984), -cuyo valor a mi juicio iguala a la de El crepúsculo de las ideologías (Rialp, Madrid, 1965) y a la de El Estado de obras (Doncel, Madrid, 1976)-. La segunda intervención fue la titulada Neocorporativismo y representación Política, del año 1986. Lo que entonces se planteó -y mucho lo discutimos Gonzalo Fernández de la Mora y yo en un inolvidable viaje a Chile- es si eso de la representación corporativa ha periclitado para siempre, empujada por el restablecimiento de un fervor universal por la democracia liberal y por el triunfo de la ortodoxia económica, o no. El tercero, fabuloso en erudición y magnifico en mordacidad, fue su Krause en español, leído en 1988, anticipo de La recepción krausista de Swedenborg. Finalmente, la cuarta intervención que me impresionó profundamente fue El proceso del Padre Mariana, leído en el año 1993. Como economista he vuelto una y otra vez a este texto con fruto notable. Y como una especie de escolio, que me sirve para explicar también la trascendencia política de todo esto, creo que debo referirme a su intervención de 1998, Por qué voté negativamente la Constitución de 1978, que completa un aspecto muy importante de su Río arriba: Memorias (Planeta, Barcelona, 1995) que mereció estando yo en el jurado -lo que será para mi siempre un orgullo- el Premio Espejo de España de ese año.

Añadamos a todo esto sus agudas intervenciones, sus comentarios en los pasillos y sus propuestas incansables para mejorar la vida de la Corporación. Todo ello culminado con la entrega de su valiosísima biblioteca. En el acta de la sesión del martes 9 de octubre de 2001, como una especie de testamento generoso, se lee que ha entregado «casi catorce mil... libros y opúsculos... a (lo que) hay que añadir series de revistas académicas, nacionales y extranjeras que totalizan otro millar de volúmenes», aparte de donar para el despacho de bibliotecario un «cenicero de cristal de Bohemia, un cubo de porcelana china para lápices y una lámpara de bronce de sobremesa, estilo Renacimiento». Parecía que su postrer mensaje y consejo para la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas era un texto de Valentín de Foronda escrito en sus Cartas sobre los asuntos más exquisitos de la economía política y sobre las leyes criminales (1821): «La lectura de los libros politicos me ha hecho desnudar de algunos de los muchos errores de que tenía revestida mi cabeza. Deseo estirpar los que me quedan, y espero conseguirlo a favor de las luces que me prestaron la lectura y la meditación».

Por Juan Velarde Fuertes



 

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