Razón Española, nº 115; UNA LUZ SIN OCASO

pag. principal Razón Española

Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por José Utrera Molina

artículo anterior indice siguiente artículo

UNA LUZ SIN OCASO

Tres días antes de su muerte hablé por última vez por teléfono con Gonzalo Femández de la Mora. Lo hacía con frecuencia porque siempre constituye un consuelo el saber que existe alguien a nuestro lado dispuesto a defender la misma causa y a comulgar con análogos principios en un común universo moral. Sentía el estímulo de su solidaridad y la entrañable compañía de su sentimiento. Ambos compartíamos desasosiegos, alarmas y angustias, ante el absoluto predominio del artificio y la falsedad sobre lo verdadero y auténtico.

Al preguntarle cómo se encontraba me contestó repitiendo lo que otras veces me había dicho: «estoy dando pases a la muerte». Le respondí, utilizando una expresión taurina, que le quedaban muchas «grandes faenas» por realizar. Me replicó, «ya pocas». Creo que en los últimos tiempos, aunque no había modificado sus costumbres, tenía la serena intuición de una muerte no demasiado lejana. Pero vivía sin abatimiento, su mirada seguía siendo despierta y penetrante, no conoció el deterioro de la vejez y nunca padeció la desdicha de sentir su corazón derrotado.

Habíamos concertado una cena con un prestigioso amigo suyo. El me incitaba a acudir a ella y le respondí que finalizado el mes posiblemente cumpliría mi compromiso. No pensé entonces que estábamos en una edad en la que desgraciadamente no se pueden hacer proyectos ni siquiera a corto plazo. Aquella cita ya no podrá llevarse a cabo y empiezo a sentirme como Quevedo «en conversación con los difuntos y escuchando con mis ojos a los muertos».

Cercano a las vísperas de la primavera, Gonzalo se ha quedado sin palabras. Las muchas que tuvo en sus labios durante toda su intensa vida, se han quedado rotas, pálidas y heladas, y su voz con el temple partido, son ya un eco de lo que fue una existencia llena de plenitud, asombrosa en su fecundidad, imponente en su sabiduría, deslumbrante en su capacidad intelectual y sobre todo ejemplar en el ejercicio de una lealtad gallarda y solitaria. Su entereza era el resultado de la reflexión y le separaba una enorme distancia de cualquier género de inconsciente visceralismo.

Conocí a Gonzalo Fernández de la Mora a través de sus libros. Confieso que fui primero su lector apasionado. Recuerdo que en cierta ocasión le hablé de mis dudas sobre la verdad y el acierto de su libro «El crepúsculo de las ideologías». Era yo por entonces demasiado joven y mi idealismo tenía un cálido relumbre vital. Tenía muy alta la temperatura de mis venas. Más tarde, después de haber meditado largo tiempo y en silencio el contenido de aquél importante ensayo, e inmerso en la agitación y en la vorágine de la vida política, tuve al menos en parte que darle la razón. Posteriormente la Historia ha confirmado sus pronósticos.

Luego habría de intimar aún más con él, cuando coincidimos en el Consejo de Ministros presidido por el almirante Carrero. Nunca podré olvidar su fascinante capacidad dialéctica, ni desterrar de mi memoria el eco y el sonido de su aguda palabra, incisiva y penetrante, exacta y original y generalmente despojada de cualquier innecesaria ornamentación retórica. Exponía con suma brillantez los temas que afectaban a su ministerio y que habrían de ser objeto de la consideración general de los miembros del Consejo. Pero donde brillaba con valores aún mucho más altos su capacidad discursiva, era en los temas estrictamente políticos, que él abordaba con valor y viril energía y donde se ponía de manifiesto la brillantez de su ingenio, la variedad de su erudición, la sorprendente lucidez de sus intuiciones y sobre todo la rapidez imaginativa de que hacía gala cuando señalaba sus temores sobre un futuro, que desgraciadamente, se han cumplido en una sociedad que vive el drama histórico de confundir la paz con el desmayo, la libertad con el desenfreno, y el progreso con la zafiedad.

A partir de aquella época, nos unió una sólida amistad. Pienso que no hay nada más grato para el alma humana que sentir el gozo de la admiración por otra persona. Yo la sentí por Gonzalo y la manifesté siempre públicamente. Mi alta consideración por sus valores fue siempre entusiasmada y la proclamé inequívocamente con la íntima satisfacción del que se siente invadido por la ventura de haber conocido a un ser excepcional, a un intelectual de raza con la mirada abierta a la realidad al que no podía confundirse jamás con esa especie siniestra de solitarios sin cordialidad, incapaces de recibir en sus pobres almas vacias la brisa fecundante de la primavera. Era jovial y alegre y nunca le vi perdido en la tristeza de la nostalgia. Sabía que el hombre para sentirse como tal habría de saber siempre que nunca se mueren los caminos. Era sincerísimo en la intimidad y descubría el pecho a sus amigos. Se indignaba ante la irrefrenable inclinación de la sociedad española, afectada por la apariencia y la mentira y secuestrada por la apoteosis de la vulgaridad.

Gonzalo padecía un mal incurable. Le dolía España a la que amaba y a la que había servido con toda su formidable capacidad, con todo su fervor, con toda su voluntad inteligente. Su patriotismo no descansaba en la nostálgica contemplación de glorias pretéritas, sino en la acción renovadora, en el impulso eficiente en suma: en lo que él denominaba «Estado de Obras» y al que consideraba como única y eficaz apoyatura del ejercicio de las libertades.

Era de verdad un lujo, que sus detractores, cobijados en la mediocridad, se resistían a admitir. Su ejercicio crítico era inapelable pero a la vez indulgente con las debilidades humanas pero sobre todo generoso al valorar los esfuerzos y la conducta de los que tuvimos el honor de contarnos entre sus amigos. Su respeto y consideración al adversario fue una de sus normas irrenunciables y una elegante razón de estilo. El llevaba la vida en la palma de la mano y los valores tradicionales no se hallaban petrificados en su mente sino renovados y desvelados en un horizonte de modernidad. Era todo lo contrario a un reaccionario y estaba alejado de cualquier género de fundamentalismo, tenía una mente abierta y razonadora. Su sensibilidad política le proyectaba siempre hacia un mañana que vertebrado por la justicia fuese el asiento de una convivencia civilizada. Nunca se dejaba vencer por las impaciencias ni tentar por los juicios apresurados, la impunidad verbal, la libre circulación de la mentira, la profanación de la palabra, que eran para él los signos de una época de evidente decadencia moral. Su desencanto ante la presencia de tantas traiciones, de tantas versatilidades sin medida era profundo y le situaba con perplejidad frente a una sociedad manipulada por una devastadora e imparable ofensiva mediática.

Su lealtad a Francisco Franco, fue un testimonio de valor en un panorama lleno de deserciones y de interesados desvíos. Para él, el Régimen acaudillado por Franco, era un atrayente proyecto histórico y consideró a su conductor como el mejor estadista español después de Felipe II.

En su último libro: «Sobre la felicidad» refiriéndose a Séneca, comentaba el acierto en la definición que este filósofo había plasmado en la antigüedad y en la que se afirmaba que «el sumo bien para el hombre era la felicidad armónica del alma». Creí siempre en la mágica y ajustada ecuación del alma de Gonzalo Fernández de la Mora. Su estilo no conoció la erosión de la vejez y lamentaba siempre la pérdida de la melodía secuestrada en la actualidad por el volumen y el ritmo escandaloso. Su pensamiento traducido en sus libros fue marcando progresivamente los jalones de su existencia. La razón le permitió siempre disminuir las vivencias desgraciadas y aumentar las felices. Se resistió siempre a la evasión deshumanizadora. Para él, que vivió en plenitud y sintió la vida como un don gratificante siempre le quedaba algo por hacer, carecía de tiempo para sufrir aburrimiento. Nunca se encontró acongojado. El afirmaba: «que sentirse desgraciado era una vulgaridad que no justificaba ninguna rebelión del ánimo» y últimamente soñaba con un viaje que tenía ya prácticamente preparado a muy corto plazo, pero el destino le ha obligado a emprender otro mucho más largo e infinito, aquél que nos conduce a todos hacia la eternidad.

Gonzalo había escrito en uno de sus libros más recientes unas frases que a mi me produjeron cierta sorpresa e incluso mayor inquietud, él decía que: «frente a las ultimidades su razón era infeliz». Pensé que aquella expresión podía ser objeto de interpretaciones inadecuadas. Hablamos sobre ello en cierta ocasión. El me respondió con rigor, señalando nuestra común perplejidad ante el misterio y haciendo una sutil distinción entre razón y fe y yo no tuve después dudas de su creencia en un mundo más alto y perdurable, proyectado en la esperanza de la vida venidera.

Puedo asegurar que pocas muertes me han causado tanto dolor y tanta pena. El la esperaba deseando que no fuese penosa y dolorida. Y así fue rápida y sin queja. Estuve velando su cadáver unas horas y al .contemplar su rostro tranquilo y sereno aún no marcado por la palidez, sentí cercano su espíritu caliente y amigo y supe que Gonzalo había cumplido un grato destino de luz sobre la tierra, que el resplandor de su figura no se extinguiría fácilmente y que más allá de los recintos de la niebla, rompiendo el velo de las cenizas de la muerte, aún revuelto en tierra y en polvo, su imagen y su palabra escrita tardarían mucho tiempo en desvanecerse y que nada podrían contra él los que practicaban como oficio el rencor y la envidia.

Finalmente, vinieron a mi memoria golpeando mi corazón, los versos que Antonio Machado dedicó al entierro de un amigo y que suscitaron en mi ánimo, una palpitación emocionada:



«Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos...

Definitivamente, duerme un sueño tranquilo y verdadero».

Estoy seguro que Dios, hecho resplandor entre los cielos, habrá prolongado hacia el infinito la esperanza que vivió en el mundo entre nosotros Gonzalo Fernández de la Mora.

Por José Utrera Molina



 

artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.