UNA LUZ SIN
OCASO
Tres
días antes de su muerte hablé por última vez por
teléfono con Gonzalo Femández de la Mora. Lo hacía con
frecuencia porque siempre constituye un consuelo el saber
que existe alguien a nuestro lado dispuesto a defender la
misma causa y a comulgar con análogos principios en un
común universo moral. Sentía el estímulo de su
solidaridad y la entrañable compañía de su
sentimiento. Ambos compartíamos desasosiegos, alarmas y
angustias, ante el absoluto predominio del artificio y la
falsedad sobre lo verdadero y auténtico.
Al preguntarle cómo se encontraba me contestó
repitiendo lo que otras veces me había dicho: «estoy
dando pases a la muerte». Le respondí, utilizando una
expresión taurina, que le quedaban muchas «grandes
faenas» por realizar. Me replicó, «ya pocas». Creo
que en los últimos tiempos, aunque no había modificado
sus costumbres, tenía la serena intuición de una muerte
no demasiado lejana. Pero vivía sin abatimiento, su
mirada seguía siendo despierta y penetrante, no conoció
el deterioro de la vejez y nunca padeció la desdicha de
sentir su corazón derrotado.
Habíamos concertado una cena con un prestigioso amigo
suyo. El me incitaba a acudir a ella y le respondí que
finalizado el mes posiblemente cumpliría mi compromiso.
No pensé entonces que estábamos en una edad en la que
desgraciadamente no se pueden hacer proyectos ni siquiera
a corto plazo. Aquella cita ya no podrá llevarse a cabo
y empiezo a sentirme como Quevedo «en conversación con
los difuntos y escuchando con mis ojos a los muertos».
Cercano a las vísperas de la primavera, Gonzalo se ha
quedado sin palabras. Las muchas que tuvo en sus labios
durante toda su intensa vida, se han quedado rotas,
pálidas y heladas, y su voz con el temple partido, son
ya un eco de lo que fue una existencia llena de plenitud,
asombrosa en su fecundidad, imponente en su sabiduría,
deslumbrante en su capacidad intelectual y sobre todo
ejemplar en el ejercicio de una lealtad gallarda y
solitaria. Su entereza era el resultado de la reflexión
y le separaba una enorme distancia de cualquier género
de inconsciente visceralismo.
Conocí a Gonzalo Fernández de la Mora a través de sus
libros. Confieso que fui primero su lector apasionado.
Recuerdo que en cierta ocasión le hablé de mis dudas
sobre la verdad y el acierto de su libro «El crepúsculo
de las ideologías». Era yo por entonces demasiado joven
y mi idealismo tenía un cálido relumbre vital. Tenía
muy alta la temperatura de mis venas. Más tarde,
después de haber meditado largo tiempo y en silencio el
contenido de aquél importante ensayo, e inmerso en la
agitación y en la vorágine de la vida política, tuve
al menos en parte que darle la razón. Posteriormente la
Historia ha confirmado sus pronósticos.
Luego habría de intimar aún más con él, cuando
coincidimos en el Consejo de Ministros presidido por el
almirante Carrero. Nunca podré olvidar su fascinante
capacidad dialéctica, ni desterrar de mi memoria el eco
y el sonido de su aguda palabra, incisiva y penetrante,
exacta y original y generalmente despojada de cualquier
innecesaria ornamentación retórica. Exponía con suma
brillantez los temas que afectaban a su ministerio y que
habrían de ser objeto de la consideración general de
los miembros del Consejo. Pero donde brillaba con valores
aún mucho más altos su capacidad discursiva, era en los
temas estrictamente políticos, que él abordaba con
valor y viril energía y donde se ponía de manifiesto la
brillantez de su ingenio, la variedad de su erudición,
la sorprendente lucidez de sus intuiciones y sobre todo
la rapidez imaginativa de que hacía gala cuando
señalaba sus temores sobre un futuro, que
desgraciadamente, se han cumplido en una sociedad que
vive el drama histórico de confundir la paz con el
desmayo, la libertad con el desenfreno, y el progreso con
la zafiedad.
A partir de aquella época, nos unió una sólida
amistad. Pienso que no hay nada más grato para el alma
humana que sentir el gozo de la admiración por otra
persona. Yo la sentí por Gonzalo y la manifesté siempre
públicamente. Mi alta consideración por sus valores fue
siempre entusiasmada y la proclamé inequívocamente con
la íntima satisfacción del que se siente invadido por
la ventura de haber conocido a un ser excepcional, a un
intelectual de raza con la mirada abierta a la realidad
al que no podía confundirse jamás con esa especie
siniestra de solitarios sin cordialidad, incapaces de
recibir en sus pobres almas vacias la brisa fecundante de
la primavera. Era jovial y alegre y nunca le vi perdido
en la tristeza de la nostalgia. Sabía que el hombre para
sentirse como tal habría de saber siempre que nunca se
mueren los caminos. Era sincerísimo en la intimidad y
descubría el pecho a sus amigos. Se indignaba ante la
irrefrenable inclinación de la sociedad española,
afectada por la apariencia y la mentira y secuestrada por
la apoteosis de la vulgaridad.
Gonzalo padecía un mal incurable. Le dolía España a la
que amaba y a la que había servido con toda su
formidable capacidad, con todo su fervor, con toda su
voluntad inteligente. Su patriotismo no descansaba en la
nostálgica contemplación de glorias pretéritas, sino
en la acción renovadora, en el impulso eficiente en
suma: en lo que él denominaba «Estado de Obras» y al
que consideraba como única y eficaz apoyatura del
ejercicio de las libertades.
Era de verdad un lujo, que sus detractores, cobijados en
la mediocridad, se resistían a admitir. Su ejercicio
crítico era inapelable pero a la vez indulgente con las
debilidades humanas pero sobre todo generoso al valorar
los esfuerzos y la conducta de los que tuvimos el honor
de contarnos entre sus amigos. Su respeto y
consideración al adversario fue una de sus normas
irrenunciables y una elegante razón de estilo. El
llevaba la vida en la palma de la mano y los valores
tradicionales no se hallaban petrificados en su mente
sino renovados y desvelados en un horizonte de
modernidad. Era todo lo contrario a un reaccionario y
estaba alejado de cualquier género de fundamentalismo,
tenía una mente abierta y razonadora. Su sensibilidad
política le proyectaba siempre hacia un mañana que
vertebrado por la justicia fuese el asiento de una
convivencia civilizada. Nunca se dejaba vencer por las
impaciencias ni tentar por los juicios apresurados, la
impunidad verbal, la libre circulación de la mentira, la
profanación de la palabra, que eran para él los signos
de una época de evidente decadencia moral. Su desencanto
ante la presencia de tantas traiciones, de tantas
versatilidades sin medida era profundo y le situaba con
perplejidad frente a una sociedad manipulada por una
devastadora e imparable ofensiva mediática.
Su lealtad a Francisco Franco, fue un testimonio de valor
en un panorama lleno de deserciones y de interesados
desvíos. Para él, el Régimen acaudillado por Franco,
era un atrayente proyecto histórico y consideró a su
conductor como el mejor estadista español después de
Felipe II.
En su último libro: «Sobre la felicidad» refiriéndose
a Séneca, comentaba el acierto en la definición que
este filósofo había plasmado en la antigüedad y en la
que se afirmaba que «el sumo bien para el hombre era la
felicidad armónica del alma». Creí siempre en la
mágica y ajustada ecuación del alma de Gonzalo
Fernández de la Mora. Su estilo no conoció la erosión
de la vejez y lamentaba siempre la pérdida de la
melodía secuestrada en la actualidad por el volumen y el
ritmo escandaloso. Su pensamiento traducido en sus libros
fue marcando progresivamente los jalones de su
existencia. La razón le permitió siempre disminuir las
vivencias desgraciadas y aumentar las felices. Se
resistió siempre a la evasión deshumanizadora. Para
él, que vivió en plenitud y sintió la vida como un don
gratificante siempre le quedaba algo por hacer, carecía
de tiempo para sufrir aburrimiento. Nunca se encontró
acongojado. El afirmaba: «que sentirse desgraciado era
una vulgaridad que no justificaba ninguna rebelión del
ánimo» y últimamente soñaba con un viaje que tenía
ya prácticamente preparado a muy corto plazo, pero el
destino le ha obligado a emprender otro mucho más largo
e infinito, aquél que nos conduce a todos hacia la
eternidad.
Gonzalo había escrito en uno de sus libros más
recientes unas frases que a mi me produjeron cierta
sorpresa e incluso mayor inquietud, él decía que:
«frente a las ultimidades su razón era infeliz».
Pensé que aquella expresión podía ser objeto de
interpretaciones inadecuadas. Hablamos sobre ello en
cierta ocasión. El me respondió con rigor, señalando
nuestra común perplejidad ante el misterio y haciendo
una sutil distinción entre razón y fe y yo no tuve
después dudas de su creencia en un mundo más alto y
perdurable, proyectado en la esperanza de la vida
venidera.
Puedo asegurar que pocas muertes me han causado tanto
dolor y tanta pena. El la esperaba deseando que no fuese
penosa y dolorida. Y así fue rápida y sin queja. Estuve
velando su cadáver unas horas y al .contemplar su rostro
tranquilo y sereno aún no marcado por la palidez, sentí
cercano su espíritu caliente y amigo y supe que Gonzalo
había cumplido un grato destino de luz sobre la tierra,
que el resplandor de su figura no se extinguiría
fácilmente y que más allá de los recintos de la
niebla, rompiendo el velo de las cenizas de la muerte,
aún revuelto en tierra y en polvo, su imagen y su
palabra escrita tardarían mucho tiempo en desvanecerse y
que nada podrían contra él los que practicaban como
oficio el rencor y la envidia.
Finalmente, vinieron a mi memoria golpeando mi corazón,
los versos que Antonio Machado dedicó al entierro de un
amigo y que suscitaron en mi ánimo, una palpitación
emocionada:
«Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos...
Definitivamente, duerme un sueño tranquilo y
verdadero».
Estoy seguro que Dios, hecho resplandor entre los cielos,
habrá prolongado hacia el infinito la esperanza que
vivió en el mundo entre nosotros Gonzalo Fernández de
la Mora.
Por José Utrera Molina
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