LA ENVIDIA
IGUALITARIA Y EL PODER CREADOR DEL RIESGO
Tuve la
suerte de convivir largamente con Gonzalo Fernández de
la Mora. Durante treinta años estuve a su lado en el
Consejo de Administración del Banco Popular Español y,
desde 1992 hasta su muerte, todos los martes, me senté
delante de él en las reuniones ordinarias de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas. En el Banco le
vi intervenir, con frecuencia y acierto, en todas las
cuestiones que afectaban a la eficiencia de la gestión y
al interés de los accionistas. En la Academia, terminada
la disertación del ponente, pedía la palabra para, con
exquisita cortesía, formular preguntas, sentar opiniones
y levantar puntos de debate, poniendo de manifiesto su
profundo conocimiento del tema, fuera el que fuera. Y es
que Gonzalo tenía, al lado de una amplísima erudición,
una singular cultura que abarcaba prácticamente todas
las ramas del saber. No en balde fue un intelectual que
brilló, con luz propia e insobornable coherencia, como
diplomatico, político, académico y escritor.
Su gran talla intelectual ha quedado reflejada en su obra
escrita, galardonada con numerosos premios, entre los que
figuran los de mayor prestigio nacional. Amén de 14
opusculos, 130 estudios, prólogos e incontables
artículos periodísticos, de la pluma de Fernández de
la Mora salieron 22 libros, el primero Paradoja publicado
cuando tenía 19 años y el último -Sobre la felicidad-
aparecido cuatro meses antes de su muerte a los 77 años.
En relación con esta ingente producción, en la que se
incluyen sus memorias -Río Arriba-, me apetece dedicar
unas pocas líneas a La envidia igualitaria (1)
recordando que esta obra me ayudó a afianzar mis ideas
sobre el poder creador del riesgo frente a los efectos
paralizantes de la seguridad.
Pensaba yo, en aquél entonces, como sigo pensando ahora,
que en la formación de la disposición favorable a
correr riesgos, con la esperanza de maximizar el
beneficio, influye decisivamente la corriente cultural
dominante en el entorno en que el individuo se mueve. Si
la sociedad valora positivamente emprender negocios,
crear empresas, ganar dinero, vivir mejor como fruto del
trabajo y del acierto, se estimula la asunción de
riesgos prometedores de beneficios que, al mismo tiempo,
son creadores de riqueza y bienestar. Si, por contra,
todo lo que acabamos de enumerar es motivo de vituperio y
vergüenza, si la decisión de emprender se equipara al
propósito de explotar a los demás, si la envidia
igualitaria corroe con su detracción los anhelos de
superación, si el que limpiamente gana dinero tiene que
disimularlo para no ser mal visto, entonces serán cada
vez menos los que se decidirán a arriesgarse para crear
riquezas, para sí y para los demás, y cada vez serán
más los que buscarán el camino del contrato para
obtener, con el menor esfuerzo posible, la mayor
seguridad de un cómodo vivir. (2)
Fernández de la Mora, en La envidia igualitaria hace
desfilar ante nosotros las opiniones de los más
destacados pensadores, desde los griegos del siglo VI
a.C. hasta nuestros contemporáneos, al objeto de
investigar la existencia de la envidia y su naturaleza,
y, concluye que «hay un amplio consenso sobre dos
puntos: la condición envidiosa de la naturaleza humana y
la radical malignidad de ese sentimiento». Por otra
parte, señala que un sentimiento tan universal como la
envidia es uno de los más inconfesados, al tiempo que
son pocos los teóricos que se ocupan del tema, revelando
que en el género humano hay una fuerte resistencia a
enfrentarse abiertamente con su generalísima tendencia a
envidiar. Y esta conclusion, es la que le lleva a
estudiar a fondo la cuestión, dando paso a la segunda
parte, sin duda la más sabrosa de su ensayo.
A grandes rasgos, cabe decir que la causa de la envidia
es la desigualdad y su perverso efecto es el propósito
de hacer a todos los hombres iguales, falso ideal que
late tras los programas del mal llamado Estado de
Bienestar que, amparándose en una espuria concepción de
la justicia social, pretende justificar el
intervencionismo estatal que destruye o por lo menos
atenúa el espíritu creador, la iniciativa personal y la
capacidad de invención.
Los hombres sólo son iguales en que todos, en el origen,
han sido creados por Dios, en que todos han sido
redimidos por Cristo y todos están llamados a la
felicidad eterna. En todo lo demas, los hombres, por
naturaleza, son genéticamente, fisiológicamente y
psicológicamente desiguales. Es absurdo, por lo tanto,
intentar corregir la acción de la naturaleza,
pretendiendo hacer iguales a los hombres o, lo que
todavía es peor, que, siendo desiguales, lleguen a los
mismos resultados. (3) Fernández de la Mora, en la
tercera parte de La envidia igualitaria, entra en el
análisis de esta desigualdad humana, deteniéndose en la
desigualdad genética, que no empece la igualdad derivada
de la ley natural, «participación de la ley eterna en
la criatura racional» (Tomás de Aquino), que «impresa
por Dios en los corazones de los hombres» (Francisco
Suárez), es la misma para toda la humanidad. El autor
dedica luego amplios párrafos a la desigualdad social,
la desigualdad vital, y, finalmente, sin merma de la
igualdad de llamamiento a la fe y a la salvacion, se
refiere a la desigualdad sobrenatural, tanto en esta vida
como en la ultraterrena.
Analizada la «desigualdad creadora», recala Fernández
de la Mora en el «ideal igualitario» para pronunciarse
a favor de aquellas igualdades -pocas- que son deseables
y censurar aquellas cuya persecución sólo puede
acarrear males. Coincidiendo prácticamente en todo lo
que él afirma, pienso que la única igualdad deseable es
la igualdad ante la ley. En todo lo demás, la igualdad,
fruto de la arbitrariedad y la coacción, es indeseable
por esterilizante, así como la desigualdad, resultado de
la libertad, es deseable porque constituye el más
formidable estímulo al poder creador del hombre. (4)
El motor del afán igualitario no es otro que la envidia.
Sentirse emulado por el éxito de otro y luchar para
superarlo es bueno y creador. Pero envidiar la situacion
de los otros, deseando poseerla, sin poner ningún
esfuerzo en ello, conduce, dice Femández de la Mora, a
la expropiatoria voluntad de hurto o al destructor deseo
de rebajar la situación del prójimo. Y con ello,
Femández de la Mora acaba su delicioso ensayo, diciendo
que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía
soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es
satisfacer transitoria y localmente la envidia
igualitaria al precio de la involución cultural y
económica. Cuanto más caiga una sociedad en la
incitación envidiosa, más frenará su marcha. La
envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario
por excelencia. Y es una irónica falsificación
semántica que se autodenominen «progresistas» las
corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la
especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta
las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica
emulación creadora escribe las de esplendor».
Por Rafael Termes
1.
Fernández de la Mora, G. La envidia igualitaria.
Planeta. Barcelona 1984.
2. Termes, R. El poder creador del riesgo. Unión
Editorial. Madrid 1986.
3. Termes, Rafael. O.C. Pág. 194.
4. Termes, Rafael. O.C. Pág. 195
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