Razón Española, nº 115; LA ENVIDIA IGUALITARIA Y EL PODER CREADOR DEL RIESGO

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Rafael Termes

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LA ENVIDIA IGUALITARIA Y EL PODER CREADOR DEL RIESGO

Tuve la suerte de convivir largamente con Gonzalo Fernández de la Mora. Durante treinta años estuve a su lado en el Consejo de Administración del Banco Popular Español y, desde 1992 hasta su muerte, todos los martes, me senté delante de él en las reuniones ordinarias de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. En el Banco le vi intervenir, con frecuencia y acierto, en todas las cuestiones que afectaban a la eficiencia de la gestión y al interés de los accionistas. En la Academia, terminada la disertación del ponente, pedía la palabra para, con exquisita cortesía, formular preguntas, sentar opiniones y levantar puntos de debate, poniendo de manifiesto su profundo conocimiento del tema, fuera el que fuera. Y es que Gonzalo tenía, al lado de una amplísima erudición, una singular cultura que abarcaba prácticamente todas las ramas del saber. No en balde fue un intelectual que brilló, con luz propia e insobornable coherencia, como diplomatico, político, académico y escritor.

Su gran talla intelectual ha quedado reflejada en su obra escrita, galardonada con numerosos premios, entre los que figuran los de mayor prestigio nacional. Amén de 14 opusculos, 130 estudios, prólogos e incontables artículos periodísticos, de la pluma de Fernández de la Mora salieron 22 libros, el primero Paradoja publicado cuando tenía 19 años y el último -Sobre la felicidad- aparecido cuatro meses antes de su muerte a los 77 años. En relación con esta ingente producción, en la que se incluyen sus memorias -Río Arriba-, me apetece dedicar unas pocas líneas a La envidia igualitaria (1) recordando que esta obra me ayudó a afianzar mis ideas sobre el poder creador del riesgo frente a los efectos paralizantes de la seguridad.

Pensaba yo, en aquél entonces, como sigo pensando ahora, que en la formación de la disposición favorable a correr riesgos, con la esperanza de maximizar el beneficio, influye decisivamente la corriente cultural dominante en el entorno en que el individuo se mueve. Si la sociedad valora positivamente emprender negocios, crear empresas, ganar dinero, vivir mejor como fruto del trabajo y del acierto, se estimula la asunción de riesgos prometedores de beneficios que, al mismo tiempo, son creadores de riqueza y bienestar. Si, por contra, todo lo que acabamos de enumerar es motivo de vituperio y vergüenza, si la decisión de emprender se equipara al propósito de explotar a los demás, si la envidia igualitaria corroe con su detracción los anhelos de superación, si el que limpiamente gana dinero tiene que disimularlo para no ser mal visto, entonces serán cada vez menos los que se decidirán a arriesgarse para crear riquezas, para sí y para los demás, y cada vez serán más los que buscarán el camino del contrato para obtener, con el menor esfuerzo posible, la mayor seguridad de un cómodo vivir. (2)

Fernández de la Mora, en La envidia igualitaria hace desfilar ante nosotros las opiniones de los más destacados pensadores, desde los griegos del siglo VI a.C. hasta nuestros contemporáneos, al objeto de investigar la existencia de la envidia y su naturaleza, y, concluye que «hay un amplio consenso sobre dos puntos: la condición envidiosa de la naturaleza humana y la radical malignidad de ese sentimiento». Por otra parte, señala que un sentimiento tan universal como la envidia es uno de los más inconfesados, al tiempo que son pocos los teóricos que se ocupan del tema, revelando que en el género humano hay una fuerte resistencia a enfrentarse abiertamente con su generalísima tendencia a envidiar. Y esta conclusion, es la que le lleva a estudiar a fondo la cuestión, dando paso a la segunda parte, sin duda la más sabrosa de su ensayo.

A grandes rasgos, cabe decir que la causa de la envidia es la desigualdad y su perverso efecto es el propósito de hacer a todos los hombres iguales, falso ideal que late tras los programas del mal llamado Estado de Bienestar que, amparándose en una espuria concepción de la justicia social, pretende justificar el intervencionismo estatal que destruye o por lo menos atenúa el espíritu creador, la iniciativa personal y la capacidad de invención.

Los hombres sólo son iguales en que todos, en el origen, han sido creados por Dios, en que todos han sido redimidos por Cristo y todos están llamados a la felicidad eterna. En todo lo demas, los hombres, por naturaleza, son genéticamente, fisiológicamente y psicológicamente desiguales. Es absurdo, por lo tanto, intentar corregir la acción de la naturaleza, pretendiendo hacer iguales a los hombres o, lo que todavía es peor, que, siendo desiguales, lleguen a los mismos resultados. (3) Fernández de la Mora, en la tercera parte de La envidia igualitaria, entra en el análisis de esta desigualdad humana, deteniéndose en la desigualdad genética, que no empece la igualdad derivada de la ley natural, «participación de la ley eterna en la criatura racional» (Tomás de Aquino), que «impresa por Dios en los corazones de los hombres» (Francisco Suárez), es la misma para toda la humanidad. El autor dedica luego amplios párrafos a la desigualdad social, la desigualdad vital, y, finalmente, sin merma de la igualdad de llamamiento a la fe y a la salvacion, se refiere a la desigualdad sobrenatural, tanto en esta vida como en la ultraterrena.

Analizada la «desigualdad creadora», recala Fernández de la Mora en el «ideal igualitario» para pronunciarse a favor de aquellas igualdades -pocas- que son deseables y censurar aquellas cuya persecución sólo puede acarrear males. Coincidiendo prácticamente en todo lo que él afirma, pienso que la única igualdad deseable es la igualdad ante la ley. En todo lo demás, la igualdad, fruto de la arbitrariedad y la coacción, es indeseable por esterilizante, así como la desigualdad, resultado de la libertad, es deseable porque constituye el más formidable estímulo al poder creador del hombre. (4)

El motor del afán igualitario no es otro que la envidia. Sentirse emulado por el éxito de otro y luchar para superarlo es bueno y creador. Pero envidiar la situacion de los otros, deseando poseerla, sin poner ningún esfuerzo en ello, conduce, dice Femández de la Mora, a la expropiatoria voluntad de hurto o al destructor deseo de rebajar la situación del prójimo. Y con ello, Femández de la Mora acaba su delicioso ensayo, diciendo que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Por Rafael Termes

1. Fernández de la Mora, G. La envidia igualitaria. Planeta. Barcelona 1984.
2. Termes, R. El poder creador del riesgo. Unión Editorial. Madrid 1986.
3. Termes, Rafael. O.C. Pág. 194.
4. Termes, Rafael. O.C. Pág. 195



 

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