HOMILIA EN EL
FUNERAL POR EL ETERNO DESCANSO DE GONZALO FERNANDEZ DE LA
MORA
«Y yo
le resucitaré en el último día». Así lo hemos leído
en el Evangelio, y esta es nuestra esperanza. Es palabra
de Dios, y sabemos que antes pasarán el cielo y la
tierra que deje de cumplirse lo que Dios ha dicho.
Viviremos para siempre si creemos, con todas sus
consecuencias, que Jesús es el Hijo de Dios.
Me parece oportuno subrayar esta promesa del Señor
porque ahora estamos reunidos aquí los amigos de Gonzalo
Fernández de la Mora, para acompañar a su familia y
compartir con ella el dolor de su pérdida; pero
también, y sobre todo, para rezar por el eterno descanso
de su alma ofreciendo a Dios la Santa Misa, sacrificio
actualizado de la Cruz en la que el mismo Cristo se
ofrece por nuestros pecados, perpetuando su acción
redentora sobre todos los hombres. A la Santísima
Trinidad le suplicamos que acoja el alma de Gonzalo en su
seno, pues fue un buen cristiano, un buen hijo de la
Iglesia que nunca tuvo reparo en confesar públicamente
su fe, y que murió en la paz de Dios.
Hermanos: todos, creyentes o no, practicantes o no, hemos
de pasar más tarde o más temprano por lo que Santa
Teresa llamó «el amargo trago de la muerte». Amargo,
pues el temor a la muerte es un sentimiento natural, ya
que es la sepración del alma y del cuerpo que Dios hizo
para que, juntos, constituyeran la persona.
Pero no ha sido Dios el autor de la muerte. Lo dice el
Libro de la Sabiduría: «El creó todas las cosas para
la existencia, e hizo saludables a todas sus criaturas, y
no hay en ellas principio de muerte» (Sap. 1,13-14).
Así es: «creó al hombre para la inmortalidad, y lo
hizo a imagen de su naturaleza» (Sap. 2,23). Es al
hombre a quien se debe la muerte, como recuerda San
Pablo: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y
por el pecado, la muerte; y así la muerte pasó a todos
los hombres por cuanto todos habían pecado» (Rom.
5.12). Con razón pues se puede hablar de la necesidad de
morir.
La creación del hombre para la Vida, con mayúscula, es
decir para la vida eterna, no es, pues, una
consideración piadosa ni, simplemente, el fruto de un
deseo de supervivencia: es un hecho. Dios nos destinó a
ser felices, a una felicidad tal que nos dice San Pablo.
«Ni ojo humano vio, ni oído oyó, ni hay entendimiento
capaz de concebir lo que Dios tiene preparado para los
que le aman» (I Cor. 2,9), y este destino sobrenatural,
que el hombre puede ignorar o puede negar, pero que no
puede evitar porque es anterior y superior a él, este
destino a la felicidad puede el hombre malograrlo, pues
es el don del amor de Dios a los hombres, y un don puede
rechazarse. Lo dijo muy claramente San Agustín: «Dios,
que te creó sin ti, no te salvará sin ti».
Dios no nos obliga a aceptar su amor -la gracia-, ni lo
que tiene preparado para los que le aman -la gloria-. No
obliga al hombre a quererle a la fuerza. Nos ha hecho
libres, y respeta nuestra libertad hasta el extremo de no
impedir que le ofendamos con nuestros pecados, o de
sufrir sin una queja nuestra indiferencia; y no porque no
le importemos: muy al contrario, nada es capaz de impedir
que, a pesar de lo que le hagamos, nos siga amando
infinitamente y nos esté dando continuamente mil
ocasiones de rectificar. Quizá, al cabo, podamos
encontrar el sentido de la vida en esta libertad de
aceptar o no el destino a la felicidad para el que nos
creó, porque entonces, esta vida mortal se convierte en
la oportunidad (en la única oportunidad, porque no la
podemos repetir) de elegir libremente dónde queremos
pasar la eternidad: con Dios o sin Él.
Lo curioso es que Dios tiene más interés que nosotros
mismos en nuestra salvación. Después de todo, antes de
que naciéramos, y por tanto, antes de que pudiéramos
pecar, el Señor conoció todos nuestros pecados y pagó
por todos y cada uno de ellos muriendo en la Cruz. A
veces, o quizá habitualmente, se nos hace difícil
hacernos idea de lo que Dios nos quiere, a pesar de que
su gracia está cayendo como la lluvia, aunque sólo
alcanza a quien no se pone a cubierto. Y es ahora, todos
los años durante la Cuaresma, cuando se palpa el anhelo
de Dios por nuestra salvación «Donde yo estoy, allí
quiero también que estéis vosotros» (J. IV, 3), dijo
Jesús a sus discípulos; y nosotros somos sus
discípulos según la definición del viejo catecismo
cuando a la pregunta: ¿qué cosa es ser cristiano?
respondía; «ser cristiano es ser discípulo de
Cristo».
Claro que si lo pensamos un poco, todo esto es de sentido
común; pues si Dios es nuestro Padre, ¿cómo no va a
querer que nosotros, sus hijos, estemos con Él para
siempre? Así se explica su continuo llamamiento al
perdón, a que dejemos el culto a los ídolos -que hoy se
llaman Dinero, Sexo y Poder- y le devolvamos ese culto
que sólo a Él le corresponde; así se explica también
la insistencia con que nos pide que no le tengamos miedo,
pues nunca nos rechazará si nos volvemos a Él: «Aunque
vuestros pecados fueran como la grana -dice Isaías
(1,18)- vendrían a ser blancos como la nieve; aunque
fueran rojos como la púrpura, vendrían a ser como la
lana blancos», y más aún: «Puede la mujer olvidarse
del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus
entrañas? Pues mira, aunque ella se olvidara, yo no me
olvidaría de tí (Is. 49, 14-15).
No es ahora el lugar y el momento de recordar las
cualidades con que Dios dotó a Gonzalo, que fueron
muchas y muy por encima de lo corriente, y la generosidad
con que él las hizo rendir. Aunque nuestra amistad era
antigua, nuestro trato fue frecuente desde que fundó
Razón Española. Tuvo un gravísimo infarto en 1988, del
que supe estando en Roma; a mi regreso fui a verle,
cuando aún convalecía y comenzaba a dar breves paseos.
A partir de entonces observé en él un cambio quizá
sutil y no muy aparente, algo que podría expresarse como
presencia diaria de la muerte. Le preguntaba ¿Cómo
estás? Y respondía siempre que se podía morir en
cualquier momento. Tenía conciencia clarísima de que
Dios le había concedido un plus de vida y de que en todo
momento estaba en sus manos, y saber que se está en
manos de nuestro Padre Dios es muy buena señal. Y junto
con esto, y sin perder interés por la vida, un cierto
distanciamiento de acontecimientos que no le afectaban
directamente, un modo de verlos como si percibiera que no
son realmente importantes. Y no se equivocaba, porque los
veía con la perspectiva que da la visión sobrenatural.
A mí me gustaría que más que pensar en lo que hemos
perdido con su muerte, pensáramos en lo que él ha
ganado, pues tener la seguridad moral de que ha alcanzado
felizmente la meta es más motivo de alegría que de
aflicción; al fin y al cabo, esto es lo único que
verdaderamente tiene que ser el objetivo de nuestra vida,
porque «¿de qué le sirve a un hombre ganar todo el
mundo si pierde su alma? (Mt. 16,25). De nada: lo ha
perdido todo y se ha perdido a si mismo.
Y si realmente fuimos sus amigos, amigos de verdad y no
sólo de nombre, rezaremos por él para que, una vez
purificado de sus faltas, goce con Dios de la felicidad
de los justos para siempre.
Quiera nuestra madre la Virgen María interceder por
todos nosotros para que sepamos con nuestra vida confesar
a su Hijo delante de los hombres, para que Él, a su vez,
nos confiese delante de su Padre celestial. Así sea.
Por Federico Suárez
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