Razón Española, nº 115; HOMILIA EN EL FUNERAL POR EL ETERNO DESCANSO DE GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Federico Suárez

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HOMILIA EN EL FUNERAL POR EL ETERNO DESCANSO DE GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

«Y yo le resucitaré en el último día». Así lo hemos leído en el Evangelio, y esta es nuestra esperanza. Es palabra de Dios, y sabemos que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse lo que Dios ha dicho. Viviremos para siempre si creemos, con todas sus consecuencias, que Jesús es el Hijo de Dios.

Me parece oportuno subrayar esta promesa del Señor porque ahora estamos reunidos aquí los amigos de Gonzalo Fernández de la Mora, para acompañar a su familia y compartir con ella el dolor de su pérdida; pero también, y sobre todo, para rezar por el eterno descanso de su alma ofreciendo a Dios la Santa Misa, sacrificio actualizado de la Cruz en la que el mismo Cristo se ofrece por nuestros pecados, perpetuando su acción redentora sobre todos los hombres. A la Santísima Trinidad le suplicamos que acoja el alma de Gonzalo en su seno, pues fue un buen cristiano, un buen hijo de la Iglesia que nunca tuvo reparo en confesar públicamente su fe, y que murió en la paz de Dios.

Hermanos: todos, creyentes o no, practicantes o no, hemos de pasar más tarde o más temprano por lo que Santa Teresa llamó «el amargo trago de la muerte». Amargo, pues el temor a la muerte es un sentimiento natural, ya que es la sepración del alma y del cuerpo que Dios hizo para que, juntos, constituyeran la persona.

Pero no ha sido Dios el autor de la muerte. Lo dice el Libro de la Sabiduría: «El creó todas las cosas para la existencia, e hizo saludables a todas sus criaturas, y no hay en ellas principio de muerte» (Sap. 1,13-14). Así es: «creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su naturaleza» (Sap. 2,23). Es al hombre a quien se debe la muerte, como recuerda San Pablo: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos habían pecado» (Rom. 5.12). Con razón pues se puede hablar de la necesidad de morir.

La creación del hombre para la Vida, con mayúscula, es decir para la vida eterna, no es, pues, una consideración piadosa ni, simplemente, el fruto de un deseo de supervivencia: es un hecho. Dios nos destinó a ser felices, a una felicidad tal que nos dice San Pablo. «Ni ojo humano vio, ni oído oyó, ni hay entendimiento capaz de concebir lo que Dios tiene preparado para los que le aman» (I Cor. 2,9), y este destino sobrenatural, que el hombre puede ignorar o puede negar, pero que no puede evitar porque es anterior y superior a él, este destino a la felicidad puede el hombre malograrlo, pues es el don del amor de Dios a los hombres, y un don puede rechazarse. Lo dijo muy claramente San Agustín: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti».

Dios no nos obliga a aceptar su amor -la gracia-, ni lo que tiene preparado para los que le aman -la gloria-. No obliga al hombre a quererle a la fuerza. Nos ha hecho libres, y respeta nuestra libertad hasta el extremo de no impedir que le ofendamos con nuestros pecados, o de sufrir sin una queja nuestra indiferencia; y no porque no le importemos: muy al contrario, nada es capaz de impedir que, a pesar de lo que le hagamos, nos siga amando infinitamente y nos esté dando continuamente mil ocasiones de rectificar. Quizá, al cabo, podamos encontrar el sentido de la vida en esta libertad de aceptar o no el destino a la felicidad para el que nos creó, porque entonces, esta vida mortal se convierte en la oportunidad (en la única oportunidad, porque no la podemos repetir) de elegir libremente dónde queremos pasar la eternidad: con Dios o sin Él.

Lo curioso es que Dios tiene más interés que nosotros mismos en nuestra salvación. Después de todo, antes de que naciéramos, y por tanto, antes de que pudiéramos pecar, el Señor conoció todos nuestros pecados y pagó por todos y cada uno de ellos muriendo en la Cruz. A veces, o quizá habitualmente, se nos hace difícil hacernos idea de lo que Dios nos quiere, a pesar de que su gracia está cayendo como la lluvia, aunque sólo alcanza a quien no se pone a cubierto. Y es ahora, todos los años durante la Cuaresma, cuando se palpa el anhelo de Dios por nuestra salvación «Donde yo estoy, allí quiero también que estéis vosotros» (J. IV, 3), dijo Jesús a sus discípulos; y nosotros somos sus discípulos según la definición del viejo catecismo cuando a la pregunta: ¿qué cosa es ser cristiano? respondía; «ser cristiano es ser discípulo de Cristo».

Claro que si lo pensamos un poco, todo esto es de sentido común; pues si Dios es nuestro Padre, ¿cómo no va a querer que nosotros, sus hijos, estemos con Él para siempre? Así se explica su continuo llamamiento al perdón, a que dejemos el culto a los ídolos -que hoy se llaman Dinero, Sexo y Poder- y le devolvamos ese culto que sólo a Él le corresponde; así se explica también la insistencia con que nos pide que no le tengamos miedo, pues nunca nos rechazará si nos volvemos a Él: «Aunque vuestros pecados fueran como la grana -dice Isaías (1,18)- vendrían a ser blancos como la nieve; aunque fueran rojos como la púrpura, vendrían a ser como la lana blancos», y más aún: «Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues mira, aunque ella se olvidara, yo no me olvidaría de tí (Is. 49, 14-15).

No es ahora el lugar y el momento de recordar las cualidades con que Dios dotó a Gonzalo, que fueron muchas y muy por encima de lo corriente, y la generosidad con que él las hizo rendir. Aunque nuestra amistad era antigua, nuestro trato fue frecuente desde que fundó Razón Española. Tuvo un gravísimo infarto en 1988, del que supe estando en Roma; a mi regreso fui a verle, cuando aún convalecía y comenzaba a dar breves paseos. A partir de entonces observé en él un cambio quizá sutil y no muy aparente, algo que podría expresarse como presencia diaria de la muerte. Le preguntaba ¿Cómo estás? Y respondía siempre que se podía morir en cualquier momento. Tenía conciencia clarísima de que Dios le había concedido un plus de vida y de que en todo momento estaba en sus manos, y saber que se está en manos de nuestro Padre Dios es muy buena señal. Y junto con esto, y sin perder interés por la vida, un cierto distanciamiento de acontecimientos que no le afectaban directamente, un modo de verlos como si percibiera que no son realmente importantes. Y no se equivocaba, porque los veía con la perspectiva que da la visión sobrenatural.

A mí me gustaría que más que pensar en lo que hemos perdido con su muerte, pensáramos en lo que él ha ganado, pues tener la seguridad moral de que ha alcanzado felizmente la meta es más motivo de alegría que de aflicción; al fin y al cabo, esto es lo único que verdaderamente tiene que ser el objetivo de nuestra vida, porque «¿de qué le sirve a un hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt. 16,25). De nada: lo ha perdido todo y se ha perdido a si mismo.

Y si realmente fuimos sus amigos, amigos de verdad y no sólo de nombre, rezaremos por él para que, una vez purificado de sus faltas, goce con Dios de la felicidad de los justos para siempre.

Quiera nuestra madre la Virgen María interceder por todos nosotros para que sepamos con nuestra vida confesar a su Hijo delante de los hombres, para que Él, a su vez, nos confiese delante de su Padre celestial. Así sea.

Por Federico Suárez



 

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