GONZALO, EL
AMIGO
Dios,
que nos concede el privilegio de conocer a personas con
las cuales llegamos a mantener una entrañable amistad,
nos arrebata también en ocasiones a los amigos que
queremos y admiramos.
Tenemos la sensación de que cada vez nos quedamos más
solos en la primera línea de fuego. No recuerdo quien
escribió que cuando hemos alcanzado una edad elevada y
alarmante en la vida, nos sentimos como si estuviéramos
en medio de un campo de batalla, rodeado de muertos,
sobresaltados por los lamentos de los heridos, en un
paisaje desolado, de ruinas y destrucciones, tragedias y
desgracias, amargados por desilusiones e ingratitudes.
Nos compenetramos más con los muertos que con los vivos
y apetece ya dejarse vencer y entregarse mansamente, con
la esperanza de unirse a los familiares desaparecidos y a
los amigos que ya no están con nosotros.
Nos invade una tristeza que es más intensa cuando las
personas que perdemos son más jóvenes que nosotros. Es
muy doloroso a través de nuestra existencia ver morir a
un hijo, porque parece una anormalidad en el órden
natural de los acontecimientos. Pero también nos resulta
extraño que nos abandonen los amigos más jóvenes a los
que queremos, admiramos y sentimos muy próximos.
Cuando Gonzalo Fernández de la Mora me hizo el honor de
encomendarme la presentación de su libro Río arriba»,
ganador del Premio Espejo de España, me lamentaba yo de
que le había conocido demasiado tarde. Aunque sabía de
su personalidad, de sus valores y de sus obras, no había
tenido la fortuna de conocerle personalmente; pero desde
hace algunos años me unía a él una amistad sincera y
sentía que el encuentro no se hubiera producido mucho
antes. Nos reuníamos frecuentemente con un grupo de
amigos, pendientes siempre de España como fondo
ineludible de nuestras preocupaciones.
Coincidíamos también en las sesiones de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde Gonzalo
hacía siempre gala de su brillante personalidad y su
extraordinaria categoría intelectual.
Pero igual que antes opinaba que había tardado en
conocerle, puedo opinar ahora que le he perdido demasiado
pronto.
No es fácil para mí referirme a una faceta determinada
en la vida de Gonzalo Fernández de la Mora. A mi juicio,
lo que caracteriza su recuerdo es la variedad y
conjunción de sus conocimientos, de su cultura amplia y
profunda, de su fidelidad a unas ideas, de sus
sentimientos de lealtad a unos principios inmutables y a
las personas merecedoras de su aprecio.
Hay quien puede destacar de manera notable en una
actividad, en una rama del saber o en una idea; pero le
falta la armonía necesaria para combinar esas facultades
con otras necesarias en la vida. A Gonzalo yo le admiraba
y le recuerdo ahora en su conjunto, como un hombre
completo y cabal, como un ejemplo a seguir en múltiples
aspectos, como un verdadero amigo.
Y la palabra amigo se llena de sentido cuando quien lo es
reúne las cualidades de Gonzalo y nos hace sentirnos
orgullosos de haber estado unidos a él por aquel
admirable sentimiento. Con la fé puesta en una
existencia más feliz y perfecta que este ensayo que
realizamos en la Tierra, quiero hacerle patente mi
admiración, mi cariño y mi agradecimiento por haber
correspondido a la amistad que le profesaba.
'La muerte no está fuera de nosotros. La llevamos dentro
desde el principio y va creciendo a cada instante»,
decía Séneca con palabras parecidas. Por eso el negocio
principal del hombre es vivir y acabar de vivir de manera
que la vida que tuvo y la buena memoria que deja sea su
epitafio. El de Gonzalo, mi admirado amigo, no puede ser
más brillante ni más completo.
En los últimos tiempos estaba obsesionado con la muerte,
hablaba de la muerte y vaticinaba que muy pronto se iba a
encontrar con ella. Pero lo hacía sereno y sin temor,
con la sencillez y naturalidad que refleja uno de los
«pájaros perdidos» de Rabindranath Tagore: «La muerte
es de la vida igual que el nacer; como el andar está lo
mismo en el alzar el pié que en el volverlo a posar
sobre la tierra».
Con la muerte de Gonzalo Fernández de la Mora y Mon
hemos perdido a un amigo. Pero no debemos llorar, porque
las lágrimas nos impedirán contemplar las estrellas
hacia las que él miraba siempre al avanzar río arriba.
Por Sabino Fernández Campo
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