Razón Española, nº 115; GONZALO, EL AMIGO

pag. principal Razón Española

Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Sabino Fernández Campo

artículo anterior indice siguiente artículo

GONZALO, EL AMIGO

Dios, que nos concede el privilegio de conocer a personas con las cuales llegamos a mantener una entrañable amistad, nos arrebata también en ocasiones a los amigos que queremos y admiramos.

Tenemos la sensación de que cada vez nos quedamos más solos en la primera línea de fuego. No recuerdo quien escribió que cuando hemos alcanzado una edad elevada y alarmante en la vida, nos sentimos como si estuviéramos en medio de un campo de batalla, rodeado de muertos, sobresaltados por los lamentos de los heridos, en un paisaje desolado, de ruinas y destrucciones, tragedias y desgracias, amargados por desilusiones e ingratitudes. Nos compenetramos más con los muertos que con los vivos y apetece ya dejarse vencer y entregarse mansamente, con la esperanza de unirse a los familiares desaparecidos y a los amigos que ya no están con nosotros.

Nos invade una tristeza que es más intensa cuando las personas que perdemos son más jóvenes que nosotros. Es muy doloroso a través de nuestra existencia ver morir a un hijo, porque parece una anormalidad en el órden natural de los acontecimientos. Pero también nos resulta extraño que nos abandonen los amigos más jóvenes a los que queremos, admiramos y sentimos muy próximos.

Cuando Gonzalo Fernández de la Mora me hizo el honor de encomendarme la presentación de su libro Río arriba», ganador del Premio Espejo de España, me lamentaba yo de que le había conocido demasiado tarde. Aunque sabía de su personalidad, de sus valores y de sus obras, no había tenido la fortuna de conocerle personalmente; pero desde hace algunos años me unía a él una amistad sincera y sentía que el encuentro no se hubiera producido mucho antes. Nos reuníamos frecuentemente con un grupo de amigos, pendientes siempre de España como fondo ineludible de nuestras preocupaciones.

Coincidíamos también en las sesiones de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde Gonzalo hacía siempre gala de su brillante personalidad y su extraordinaria categoría intelectual.

Pero igual que antes opinaba que había tardado en conocerle, puedo opinar ahora que le he perdido demasiado pronto.

No es fácil para mí referirme a una faceta determinada en la vida de Gonzalo Fernández de la Mora. A mi juicio, lo que caracteriza su recuerdo es la variedad y conjunción de sus conocimientos, de su cultura amplia y profunda, de su fidelidad a unas ideas, de sus sentimientos de lealtad a unos principios inmutables y a las personas merecedoras de su aprecio.

Hay quien puede destacar de manera notable en una actividad, en una rama del saber o en una idea; pero le falta la armonía necesaria para combinar esas facultades con otras necesarias en la vida. A Gonzalo yo le admiraba y le recuerdo ahora en su conjunto, como un hombre completo y cabal, como un ejemplo a seguir en múltiples aspectos, como un verdadero amigo.

Y la palabra amigo se llena de sentido cuando quien lo es reúne las cualidades de Gonzalo y nos hace sentirnos orgullosos de haber estado unidos a él por aquel admirable sentimiento. Con la fé puesta en una existencia más feliz y perfecta que este ensayo que realizamos en la Tierra, quiero hacerle patente mi admiración, mi cariño y mi agradecimiento por haber correspondido a la amistad que le profesaba.

'La muerte no está fuera de nosotros. La llevamos dentro desde el principio y va creciendo a cada instante», decía Séneca con palabras parecidas. Por eso el negocio principal del hombre es vivir y acabar de vivir de manera que la vida que tuvo y la buena memoria que deja sea su epitafio. El de Gonzalo, mi admirado amigo, no puede ser más brillante ni más completo.

En los últimos tiempos estaba obsesionado con la muerte, hablaba de la muerte y vaticinaba que muy pronto se iba a encontrar con ella. Pero lo hacía sereno y sin temor, con la sencillez y naturalidad que refleja uno de los «pájaros perdidos» de Rabindranath Tagore: «La muerte es de la vida igual que el nacer; como el andar está lo mismo en el alzar el pié que en el volverlo a posar sobre la tierra».

Con la muerte de Gonzalo Fernández de la Mora y Mon hemos perdido a un amigo. Pero no debemos llorar, porque las lágrimas nos impedirán contemplar las estrellas hacia las que él miraba siempre al avanzar río arriba.

Por Sabino Fernández Campo



 

artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.