GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA, FILOSOFO IN MEMORIAM
Lo que
ante todo y con bien sobrado fundamento llama
inevitablemente la atención en la desbordante
personalidad intelectual del fundador de «Razón
Española» es la excepcional amplitud y la intema
riqueza del horizonte de sus intereses culturales.
Gonzalo Fernández de la Mora se ha ocupado de asuntos y
cuestiones pertinentes al Derecho, la Filosofía, la
Literatura, la Historia, la Politología, la Economía e
incluso la Biología y hasta la Físico-matemática. En
la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas hay
fidedignas pruebas de todo ello, así como de la
concentrada y singular atención con que allí eran
seguidas sus frecuentes intervenciones, tanto las ya
previstas como las improvisadas a lo largo de los debates
que espontáneamente fueron desarrollándose.
No han escaseado en España los polígrafos, y tal vez
los más próximos al estilo y al temple de Gonzalo
Fernández de la Mora hayan sido Ortega y Eugenio d'Ors,
de los que él, por cierto, se ocupó expresamente en
diversos escritos, a los que puedo sumar lo que le oí en
algunas conversaciones que acerca de ellos mantuvimos y
que no fueron pocas ni mucho menos, breves. Gonzalo
Fernández de la Mora era un óptimo conversador, tan
sugerente como inagotable. Con él se podían pasar horas
enteras sin el menor asomo de impaciencia ni de
cansancio.
Pero lo más relevante en la polivalencia de su
pensamiento no consiste precisamente en su extremada
abundancia -superior, sin ninguna duda, a la de la
mayoría de los polígrafos españoles y no españoles-,
sino en la básica y substancial unidad latente bajo tan
diversas inflexiones. En el pensamiento de Gonzalo
Fernández de la Mora las distintas modalidades del saber
no se limitan a yuxtaponerse, antes bien, todas ellas
responden a una misma esencial finalidad y tienen un
mismo origen (histórico y epistemológico a la vez).
Justamente por ello, en otro escrito de homenaje he
podido escribir: «Sin ser exclusivamente filosófico en
todas las ocasiones, el pensamiento de Gonzalo Fernández
de la Mora sólo podrá entenderlo en su pleno
significado quien perciba que la filosofia es el subsuelo
donde hunden sus raíces más profundas todas sus
preocupaciones e inquietudes. O lo que es lo mismo:
aunque no siempre hable de filosofía, Gonzalo Fernández
de la Mora piensa desde ella siempre, incluso en las
ocasiones que menos parecen propiciarlo».
¿Cuál es la razón en cuyo ejercicio radical consiste
la filosofía? La respuesta de nuestro pensador a esta
pregunta se puede formular muy brevemente, pero su
adecuada comprensión exige varias puntualizaciones. La
razón de la que él propiamente habla cuando la nombra
de una manera explícita no es otra cosa que el
entendimiento humano: la facultad de conocer qué hay en
el hombre más allá, o por encima, de sus capacidades
sensoriales. Pero esta facultad trans-sensorial no tiene
nada que ver con la razón de los «racionalistas», y de
ahí la necesidad del término «razonalismo» como
contradistinto del «racionalismo» que menosprecia e
incluso descalifica esencialmente lo que nuestras
aptitudes sensoriales nos ponen de manifiesto a su modo y
manera.
La superioridad y trascendencia que, en su concepción
razonalista viene a atribuirse a la razón es compatible,
dentro de esa misma forma de entenderla, con lo que
Gonzalo Fernández de la Mora llamaba la «humildad de la
razón». Con ella resumía su tesis de la necesidad que
el entendimiento humano tiene -para no moverse en el
vacío- de contar con los datos sensoriales en el
ejercicio de sus propias funciones. De esta suerte, el
razonalismo se mantiene en la línea de la tradición
aristotélica, sin limitarse a expresar su conformidad
con ella, porque ha añadido a las argumentaciones
habituales la consideración -ejemplificada en múltiples
ocasiones- del modo según el cual el logos humano ha
procedido en sus conquistas científicas de superior
calado y envergadura.
Y, sin embargo, la «humildad de la razón» es
enteramente irreductible a toda idea puramente
utilitarista del valor del logos humano. Por dos razones:
en primer lugar, porque el logos humano no es un mero
instrumento al servicio de las necesidades vegetativas y
sensitivas que nuestra especie comparte, bien que de un
modo sui generis, con otras especies de vivientes
corpóreos; y, en segundo lugar, porque tampoco la
función esencial del entendimiento humano es la de un
medio al servicio de nuestros sentimientos y pasiones.
Para Gonzalo Fernández de la Mora el logos humano es
intrínsecamente vida. No necesita hacerse «razón
vital» porque ya es vida en sí mismo. Ciertamente, el
vivir del hombre no es un puro pensar, pero éste es
parte eminente del específico modo humano de vivir. La
«subordinación existencial de la razón a la biología
humana», que el razonalismo admite, no significa en él
una auténtica subordinación esencial. Sin duda, quiere
decir que, en cuanto hombres, no podemos dar
satisfacción a nuestras pulsiones biológicas más
elementales sin poner al servicio de ellas nuestra propia
razón; pero esto no demuestra en modo alguno que en la
prestación de ese servicio se agote todo el poder de
nuestro logos, ni que tal prestación sea el cometido
más alto de la razón humana.
Finalmente, la dualidad del pathos y del logos no
consiste, para Gonzalo Fernández de la Mora, en nada que
se parezca a un insuperable antagonismo. El logos encauza
y rige los sentimientos y las pasiones del hombre cuando
éste se comporta de tal modo que permanece en su más
alto nivel, al contrario de lo que acontece, por ejemplo,
en el ámbito propio de la política cuando en ella
deciden las ideologías. Pues no son éstas unas ideas
directrices científicamente elaboradas, sino unos
subproductos resultantes de pasiones y sentimientos
-entre ellos, el de la «envidia igualitaria»- insumisos
a la razón.
Quienes no acertaron a percatarse de la substancial
diferencia entre las ideologías y las ideas vieron en el
autor de El crepúsculo de las
ideologías una especie de aséptico tecnócrata sin
ningún sentido ético y social. He aquí una de las
respuestas -elegida por mí entre otras muchas igualmente
inequívocas- que les da el acusado: «Más que de
aprender a manejar un ordenador, el bienestar colectivo y
la supervivencia de la especie dependen de que se respete
a la naturaleza y a los más experimentados, de que no se
mienta, no se ejerza violencia ilegítima sobre el
prójimo, y no se haga a los demás lo que no se desea
para uno mismo; en fin, depende de que quienes puedan no
cesen de reformar éticamente a la imperfecta especie
humana» (Editorial del número 65 de «Razón
Española»).
Quiera Dios que sepamos asimilar todo el legado
ontológico, ético y político de Gonzalo Fernández de
la Mora. Que acertemos a aprovechar las enseñanzas de
quien ha sido -y a través de su obra sigue siendo- una
de las inteligencias españolas más lúcidas,
responsables y fecundas.
Por Antonio Millán-Puelles
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