Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA, FILOSOFO IN MEMORIAM

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Antonio Millán-Puelles

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GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA, FILOSOFO IN MEMORIAM

Lo que ante todo y con bien sobrado fundamento llama inevitablemente la atención en la desbordante personalidad intelectual del fundador de «Razón Española» es la excepcional amplitud y la intema riqueza del horizonte de sus intereses culturales. Gonzalo Fernández de la Mora se ha ocupado de asuntos y cuestiones pertinentes al Derecho, la Filosofía, la Literatura, la Historia, la Politología, la Economía e incluso la Biología y hasta la Físico-matemática. En la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas hay fidedignas pruebas de todo ello, así como de la concentrada y singular atención con que allí eran seguidas sus frecuentes intervenciones, tanto las ya previstas como las improvisadas a lo largo de los debates que espontáneamente fueron desarrollándose.

No han escaseado en España los polígrafos, y tal vez los más próximos al estilo y al temple de Gonzalo Fernández de la Mora hayan sido Ortega y Eugenio d'Ors, de los que él, por cierto, se ocupó expresamente en diversos escritos, a los que puedo sumar lo que le oí en algunas conversaciones que acerca de ellos mantuvimos y que no fueron pocas ni mucho menos, breves. Gonzalo Fernández de la Mora era un óptimo conversador, tan sugerente como inagotable. Con él se podían pasar horas enteras sin el menor asomo de impaciencia ni de cansancio.

Pero lo más relevante en la polivalencia de su pensamiento no consiste precisamente en su extremada abundancia -superior, sin ninguna duda, a la de la mayoría de los polígrafos españoles y no españoles-, sino en la básica y substancial unidad latente bajo tan diversas inflexiones. En el pensamiento de Gonzalo Fernández de la Mora las distintas modalidades del saber no se limitan a yuxtaponerse, antes bien, todas ellas responden a una misma esencial finalidad y tienen un mismo origen (histórico y epistemológico a la vez). Justamente por ello, en otro escrito de homenaje he podido escribir: «Sin ser exclusivamente filosófico en todas las ocasiones, el pensamiento de Gonzalo Fernández de la Mora sólo podrá entenderlo en su pleno significado quien perciba que la filosofia es el subsuelo donde hunden sus raíces más profundas todas sus preocupaciones e inquietudes. O lo que es lo mismo: aunque no siempre hable de filosofía, Gonzalo Fernández de la Mora piensa desde ella siempre, incluso en las ocasiones que menos parecen propiciarlo».

¿Cuál es la razón en cuyo ejercicio radical consiste la filosofía? La respuesta de nuestro pensador a esta pregunta se puede formular muy brevemente, pero su adecuada comprensión exige varias puntualizaciones. La razón de la que él propiamente habla cuando la nombra de una manera explícita no es otra cosa que el entendimiento humano: la facultad de conocer qué hay en el hombre más allá, o por encima, de sus capacidades sensoriales. Pero esta facultad trans-sensorial no tiene nada que ver con la razón de los «racionalistas», y de ahí la necesidad del término «razonalismo» como contradistinto del «racionalismo» que menosprecia e incluso descalifica esencialmente lo que nuestras aptitudes sensoriales nos ponen de manifiesto a su modo y manera.

La superioridad y trascendencia que, en su concepción razonalista viene a atribuirse a la razón es compatible, dentro de esa misma forma de entenderla, con lo que Gonzalo Fernández de la Mora llamaba la «humildad de la razón». Con ella resumía su tesis de la necesidad que el entendimiento humano tiene -para no moverse en el vacío- de contar con los datos sensoriales en el ejercicio de sus propias funciones. De esta suerte, el razonalismo se mantiene en la línea de la tradición aristotélica, sin limitarse a expresar su conformidad con ella, porque ha añadido a las argumentaciones habituales la consideración -ejemplificada en múltiples ocasiones- del modo según el cual el logos humano ha procedido en sus conquistas científicas de superior calado y envergadura.

Y, sin embargo, la «humildad de la razón» es enteramente irreductible a toda idea puramente utilitarista del valor del logos humano. Por dos razones: en primer lugar, porque el logos humano no es un mero instrumento al servicio de las necesidades vegetativas y sensitivas que nuestra especie comparte, bien que de un modo sui generis, con otras especies de vivientes corpóreos; y, en segundo lugar, porque tampoco la función esencial del entendimiento humano es la de un medio al servicio de nuestros sentimientos y pasiones.

Para Gonzalo Fernández de la Mora el logos humano es intrínsecamente vida. No necesita hacerse «razón vital» porque ya es vida en sí mismo. Ciertamente, el vivir del hombre no es un puro pensar, pero éste es parte eminente del específico modo humano de vivir. La «subordinación existencial de la razón a la biología humana», que el razonalismo admite, no significa en él una auténtica subordinación esencial. Sin duda, quiere decir que, en cuanto hombres, no podemos dar satisfacción a nuestras pulsiones biológicas más elementales sin poner al servicio de ellas nuestra propia razón; pero esto no demuestra en modo alguno que en la prestación de ese servicio se agote todo el poder de nuestro logos, ni que tal prestación sea el cometido más alto de la razón humana.

Finalmente, la dualidad del pathos y del logos no consiste, para Gonzalo Fernández de la Mora, en nada que se parezca a un insuperable antagonismo. El logos encauza y rige los sentimientos y las pasiones del hombre cuando éste se comporta de tal modo que permanece en su más alto nivel, al contrario de lo que acontece, por ejemplo, en el ámbito propio de la política cuando en ella deciden las ideologías. Pues no son éstas unas ideas directrices científicamente elaboradas, sino unos subproductos resultantes de pasiones y sentimientos -entre ellos, el de la «envidia igualitaria»- insumisos a la razón.

Quienes no acertaron a percatarse de la substancial diferencia entre las ideologías y las ideas vieron en el autor de El crepúsculo de las
ideologías una especie de aséptico tecnócrata sin ningún sentido ético y social. He aquí una de las respuestas -elegida por mí entre otras muchas igualmente inequívocas- que les da el acusado: «Más que de aprender a manejar un ordenador, el bienestar colectivo y la supervivencia de la especie dependen de que se respete a la naturaleza y a los más experimentados, de que no se mienta, no se ejerza violencia ilegítima sobre el prójimo, y no se haga a los demás lo que no se desea para uno mismo; en fin, depende de que quienes puedan no cesen de reformar éticamente a la imperfecta especie humana» (Editorial del número 65 de «Razón Española»).

Quiera Dios que sepamos asimilar todo el legado ontológico, ético y político de Gonzalo Fernández de la Mora. Que acertemos a aprovechar las enseñanzas de quien ha sido -y a través de su obra sigue siendo- una de las inteligencias españolas más lúcidas, responsables y fecundas.

Por Antonio Millán-Puelles



 

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