LA FELICIDAD EN
G. FERNANDEZ DE LA MORA Y MON
En
1953, en «El Pueblo Gallego» (diario regional donde
empezaron Assía, Cunqueiro, etc) apareció titulado un
artículo «Rumores de escándalo» promotor de una
algarabía política. Se agotó, se pagó el sobreprecio,
se envió a Madrid, a «ABC», a la oposición y a los
adictos a Franco. El grupo ABC invitó al autor, la
cohorte de Girón no le «cortó la cabeza» gracias a
Ruiz Jiménez. Torcuato, GFM, Amezúa, J. María Ruiz
Gallardón, etc. con sus damas dieron una cena deliciosa.
Gonzalo, advertido por J.M. Castroviejo, del «talento y
el futuro del autor» le escribió congratulándose de
que hubiese quienes en provincias pretendían lavar la
«costra de mediocridad».
Al día siguiente, tras cita en Santa Cruz, donde me
presentó a J.L.V. Dodero (menos Dodero y Amezúa todos
estaban en la veintena, 27 años GMF y 24 el autor).
Después presentó a GMF electoralmente en Galicia. Lo
visitó en Poio. Con el artículo «Buenos camiños y
malos consejos» le enfadó por apoyar a Manuel Fraga. En
gabinete, tras el despacho de ministros, hablaron de
ventajas y desventajas para el futuro. Creo que las
discrepancias, cuando dos han captado los atisbos y los
resplandores recíprocos, nunca se evaporan o envenenan
la cordialidad y la admiración.
Entre los hombres más sabios y cultos del XX y XXI está
Gonzalo Fernández de la Mora en esa Tertulia del Más
Allá misterioso. Maeztu, Ortega, Zubiri, Laín,
Benavente, M. Pidal, M. Pelayo, Cajal, Cela, Miguel
Hernández, J. Guillén,
Aquí, Julián Marías, M.
Fraga y otros esperan cita. Los epónimos sobreviven en
sus creaciones. No «creía» Gonzalo que los vencidos
perdonasen. Ha finalizado, apenas, el tiempo nefasto, los
años horribles. Díez del Corral en «El Rapto» piensa
en la conciliación de Toynbee y Jaspers: La prosperidad
es para el montaje del Juicio Final. Este siglo ha sido
pródigo en santos, mártires, héroes, artistas y sabios
entre los cuales está «quien no tenía virtud» para
unirse a Rodó, a L. Amo y semejantes. Era acogimiento,
aguijón, simpatía, gentileza, ingenio, fascinación y
sensibilidad hacia la lacería de la guerra. Sus libros
traducidos y reeditados en los idiomas cultos son un
palacio interior de ideas: «el Estado ideal era casi tan
contradictorio como el círculo cuadrado». Describió,
analítico, los crepúsculos de las ideologías, se
preocupó por la relación del azaroso genoma y la
felicidad.
En Ortega y el 98 tomó la creación de «una obra de
gran calibre». Ante la caótica historia de las formas
políticas creyó, como F. Silva, que su test de ellas
está en la eficacia. Como Ortega consideró a Maeztu
como «el hombre más culto de su tiempo», y restaurador
como su maestro Menéndez Pelayo. Gonzalo era íntimo de
P. Embid. El homenaje a él rendido en 1995, 60 de las
mejores firmas le ofrecieron creatividades prácticas y
bergsonianas. Desde S. Verdaguer, Wilhelmsen, Molnar,
hasta Robles Piquer, D. Negro y Buela (el estudioso del
postmodernismo) redondearon, con estilo, el homenaje.
En el 2000 me admitió en público que la racionalidad
debe contar como dato, lo «fáctico, lo que es» aunque
no debiera ser. La ciencia y el saber son reduccionistas.
Leí su «Quiebra de la razón de Estado», a la que hay
que sustituir por la «razón de humanidad», mítica
hoy, posible mañana. El patriotismo no nace del rencor,
como acuidad de Max Scheller, mana del amor a la patria,
sus paisajes, sus valores, y se «subsume y sublima en el
amor a los hombres».
Los libros penúltimos -el último «El buho de Minerva»
está inédito- «El hombre en desazón» (el hombre no
es una síntesis de perfecciones), ¿el deber ser está
en el ser? ¿La sed óntica crea ansias de divinidad?
Sobre la felicidad analiza tres sabios orientales, ocho
griegos, doce romanos, ocho patrísticos, veintiuno
modernos -y talla una joya sobre la aflicción y la
dicha. Cierto que el genoma es clave (no determina), las
predisposiciones, el cociente intelectual. Creo que una
inteligencia corriente se dilata y crece con un esfuerzo
fuera de lo común, en un entorno adecuado.
Gonzalo deja 23 libros reeditados, 160 estudios y 26
opúsculos y prólogos, reeditados y en versiones lusas,
inglesas y francesas.
¡Ah!, yo, el culpable de aquel artículo que nos unió,
me vería honrradísimo si en este volumen se publicasen
las 14 páginas del Epílogo sobre la felicidad para
Jóvenes del libro «Sobre la felicidad». Gonzalo, como
éste su minúsculo amigo, estaba preocupado por nuestros
sucesores de 18 a 30 años. ¿Qué esconde el mundo
postmoderno a nuestros hijos y nietos?, ¿El rapto de
Europa fue fecundo?, ¿Europa, en valores, es Europa?,
¿Puede el pensamiento débil al socialismo de las luces?
¿El rechazo total de la modernidad (Fernández de la
Mora, Steukers, Tarchi
) está fundado?, ¿Qué
grado de alegría y felicidad hemos alcanzado?
Ni la zubiriana fatiga del Absoluto, ni la
impenetrabilidad orteguiana del alma humana, ni la
«ceguera estimativa» probada de la palabra
«progreso»; ni la pugnacidad kantiana y real por los
valores son un anticipo de lo indispensable, excitante e
inventor. Los jóvenes, si no ponen en juego «sus
dones» para «otros», si no asumen la realidad para ser
ellos mismos, si no inspiran afectos y admiraciones, si
carecen de «otros significativos» (acogedores aunque
fallen), están desarmados. El relativismo, la
infracción de los preceptos de la Ley Natural, el
vértigo inductor de exultación
; si no cuidan el
espíritu que lleva al éxtasis, la alegría y la
creatividad; si caen en la trampa de olvidar el
autodominio, la metanoia, la catársis (cambio radical,
pureza). Malo, poco bueno puede destilarse de Epicuro y
el hedonismo cirenaico. El estímulo permanente que para
mí es Gonzalo, no implica que respecto a España sea
más ortodoxo que él. Es una observación escrupulosa
sobre la cual sobrenada el cariño y la limpia amistad
que nos unió en vida y, después, nos unirá.
Por J.M. González Páramo
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