EL HOMBRE COMO
DECEPCION
«Dios
se arrepintió de haber hecho al hombre». Gen. VI, 6
Con esta cita desasosegante abre GFM al lector su libro
«El hombre en desazón». En cubierta, la obra de Miguel
Angel Buonarroti Muchacho meditando. No es una imagen
efectista como El Pensador de Rodin, que semeja la figura
de un actor: un mimo que teatraliza el gesto de hombre
pensativo. Nadie adopta esa postura para pensar; sí,
para posar, para conseguir esa fotografía en la que una
mano sirve de apoyo al mentón o acompaña a la mejilla
levemente inclinada y con ello se sugiere que él es un
sujeto que piensa mucho.
En el muchacho de Miguel Angel no hay serenidad ni
armonía; se aplasta sobre sí mismo; medita como
abrumado, como preguntándose qué pasa y por qué pasa
lo que pasa: un personaje desazonado. Desazonado estaba
GFM cuando lo escribió. Pero él sabía por qué; no es
un libro de preguntas sino de respuestas. Y lo sabía
cuando decidió que, al abrirlo, nos golpease con esa
tremenda cita del Génesis: «Dios se arrepintió».
¿Cabe el arrepentimiento en Dios? Dios es perfecto, la
Suma Sabiduría. Pero el Génesis es un libro revelado y
el pensador entiende que a Dios le descontenta el
comportamiento de su criatura, del ser concebido para
reinar en esta parte minúscula de la Creación que es el
planeta Tierra y todo lo que en él habita. Y sucede que
él mismo, GFM, está descontento del hombre, asombrado y
con frecuencia irritado ante lo que, desde sus atalayas
de universitario, jurista, estudioso de la Filosofía,
pensador, diplomático y formador de diplomáticos,
académico, crítico literario, periodista, ministro,
gobernante en un momento desaliñado de la historia de
España, la trampa de la Transición, en contacto siempre
con ejemplares humanos influyentes, poderosos, fuertes,
débiles, bienintencionados, desleales por naturaleza;
también con gente modesta, con creyentes modestos y
ateos sin pretensiones, con falsos profetas y mediocres
ambiciosos: con el hombre, desdichado ser nunca
satisfecho. Así se confirma la verdad del proyecto de
Dios; decidió crear al hombre a su imagen y semejanza; y
no le gustaba. Sucede que el hombre está en desazón
porque no se gusta a sí mismo; que el hombre es mal para
el hombre; que nunca llega a la satisfacción plena.
Esta es, en 1998, la desazón que analiza GFM, la que
contempla en derredor años después de manifestar su
propia desazón, y su ira contenida: en 1986 («Los
errores del Cambio») y en 1995 (sus Memorias, «Río
arriba»). Testimonios esclarecedores; palabras que
iluminan fenómenos tan, en apariencia, inexplicables,
como el que una ciudad caribeña pueda ser arrasada por
el huracán y la riada nacidos de un aleteo de mariposa
en el Mar de la China. O como la Transición.
En «Los errores del Cambio» da la fórmula fría y
cartesiana del aparente piloto del desastre que tiene a
España amenazada de desaparición. Pregunta Fernández
de la Mora a Torcuato Fernández Miranda cómo ha
maniobrado con tanto empeño para poder decir a los
periodistas «Le llevo al Rey lo que me ha pedido» (una
terna en la que se incluye el nombre de Adolfo Suárez,
quien realizaría el trabajo oscuro, el papel de villano
en la operación «de la ley a la ley»). El mismo
Fernández Miranda le había confiado que Suárez «le
inspiraba escasa confianza gestora y ninguna estima
académica» (1). Y así era. Pero Su Majestad sentía
mucha simpatía por aquel político joven y atractivo; lo
conoció en la sierra segoviana a la que acudía
frecuentemente en sus años de príncipe, cuando Suárez
era gobemador civil de la provincia. A F. Miranda le
pareció un excelente candidato precisamente por su falta
de preparación política y académica:
- Este hará lo que yo le mande -concluyó.
El plan de acción -la fórmula fría y cartesiana-, se
lo comunicó posteriormente, tras una cena, en casa de un
amigo común: Fue más que confidencia; más que
política; habló «con solemnidad de profeta»: «A la
derecha no hace falta darle nada y aún se le puede
quitar la parcela de poder que tiene; al centro se le da
inmediatamente todo el poder; y a la izquierda se le
ofrece la posibilidad próxima de gobernar». La
ingeniería maquiavélica se basaba en simple lógica
binaria de ordenador: «La derecha no puede hacerse
republicana; y a las otras dos se les exige que renuncien
al republicanismo y acaten al Rey a pesar de que lo
nombró Franco. En suma, el cambio político a cambio de
la aceptación de la Monarquía» (2).
Desde «Los Errores del cambio», GFM llega -y nos lleva-
al análisis de la desazón del hombre, el ser a quien
mejor conocemos: «el primitivo podrá dudar acerca de la
identidad de un mineral o de una planta, pero jamás de
un hombre, incluso podrá determinar inmediatamente su
raza y su tribu». Y nos entrega esa larga meditación
serena y luminosa con la figura de un muchacho en el que
el talento de Miguel Angel ha prescindido de la belleza
fisica del David o de la grandeza imponente del Moisés,
para reflejar el desasosiego del hombre: nuestro
desasosiego.
No nos faltan motivos: fueron colaboradores de Adolfo
Suárez el cardenal Tarancón en el control de la
jerarquía eclesiástica, y el general Gutiérrez Mellado
en el de las Fuerzas Armadas. Ninguno de los dos bien
vistos por los suyos. «En suma, el general Gutiérrez
Mellado y el cardenal Tarancón, con sus correspondientes
equipos, hubiesen sido las candidaturas menos votadas por
los militares y los católicos españoles.» Pagaron con
sus propios desasosiegos: «hicieron mutis por el foro
una vez que representaron sus respectivos papeles»3 Sus
biografías tuvieron crepúsculos melancólicos, finales
desafortunados.
Por Angel Palomino
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