Razón Española, nº 115; MI PRIMER Y MI ULTIMO ENCUENTRO CON GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por José Orlandis

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MI PRIMER Y MI ULTIMO ENCUENTRO CON GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

Creo que mi primer encuentro personal con Gonzalo Fernández de la Mora tuvo lugar en Pamplona, el 15 de febrero del año 1957. No ha-bían transcurrido todavía dos meses desde el desgraciado accidente en que perdió la vida Angel López-Amo Marín, catedrático y decano de la Escuela de Derecho del entonces «Estudio General de Navarra». López-Amo, pese a haber apenas cumplido los cuarenta años de edad, emergía en el horizonte intelectual de su tiempo como uno de los más importantes pensadores políticos de España. En Pamplona coincidieron para honrar su memoria Alfonso García Gallo, el maestro de los historiadores del Derecho, Ismael Sánchez Bella, primer director de la Escuela de Derecho del «Estudio General» y Gonzalo Fernández de la Mora. Correspondió a éste glosar la figura de López-Amo como pensador político, y lo hizo en una intervención magistral que constituye, quizás, el más penetrante análisis del pensamiento político del joven y malogrado profesor. La evocación de aquel acontecimiento, y en especial del discurso que le oí a Gonzalo, es el tema sobre el que deseo fijar brevemente mi atención.

Fernández de la Mora inició su intervención estableciendo una neta distinción entre la figura del pensador político y la del estadista, para identificar a López-Amo, no como estadista, que nunca llegó a serlo, sino como intelectual preocupado por los problemas del Estado, y por el magisterio de príncipes y vasallos. El modo en que abordaba los problemas políticos habría sido «más empírico que normativo, más existencial que esencial; en su obra no hay un programa de acción, ni siquiera un proyecto constitucional». La fórmula empleada por López-Amo no habría sido el imperativo «haz esto», sino la derivada de su formación de historiador de las instituciones: «tales han sido los efectos de estas causas: no las pongas, si quieres que las cosas ocurran de distinta manera».

Gonzalo Fernández de la Mora expuso a continuación las tesis mantenidas por López-Amo sobre algunos puntos esenciales de la ciencia política: la legitimidad, la libertad y la soberanía. El pensamiento político del joven profesor se hallaba expuesto en varias de sus obras, en especial en «La Monarquía de la reforma social», que Gonzalo consideraba como «uno de los ensayos más importantes que se han publicado en España en lo que va de siglo». Y hacía esas afirmaciones cuando el siglo XX estaba ya más que mediado.

La cuestión de la legitimidad del poder constituyó una de las preocupaciones fundamentales de López-Amo, y ha de reconocerse que sus puntos de vista eran de indudable originalidad. El poder, según la conocida sentencia paulina, viene de lo alto, porque non est enim potestas nisi a Deo (Rom. XIII, 1), «no hay autoridad que no venga de Dios»; pero el poder -según la fórmula acuñada por López-Amo- viene también «de antes». Y es que una convicción histórica no se improvisa, como bien entendió Napoleón cuando decía: «¡yo hubiera querido ser mi nieto!» ¿Significaba esto que resultaba indiferente optar por la legitimidad monárquica -en su sentido tradicional- o por la democrática, cuando las dos eran de antes y se hallaban generalmente aceptadas? Este interrogante daba ocasión a López Amo a formular su tesis sobre la Monarquía como mejor realizadora de la reforma social.

López-Amo era un pensador monárquico, porque -aunque admitía la posible existencia de democracias legítimas- la Monarquía era, a su juicio, el único poder legítimo capaz de hacer la reforma social. Una reforma consistente en la realización de la verdadera justicia y la moderación de la lucha de clases y que fuera capaz de superar la dramática disyuntiva: o el Estado es dueño de la sociedad, entonces hay dictadura de clase, o la sociedad es dueña del Estado, y entonces habrá lucha de clases. La conclusión de Fernández de la Mora era que López-Amo hizo una obra muy breve, «pero con peso conceptual bastante para quedar clavada como un hito, visible, desde lejos, en la historia del pensamiento político español y, concretamente, en la línea de la gran tradición nacional, clásica, pero abierta a todos los progresos de los tiempos».

El homenaje a López-Amo, en el que también yo estuve presente, fue el punto de partida de mi relación de cordial amistad con Gonzalo Fernández de la Mora. Una amistad prevalentemente epistolar, porque, aún cuando nos reunimos más de una vez, sobre todo cuando tuvo su despacho en la calle Génova, el vehículo de comunicación entre nosotros
dada mi habitual residencia fuera de Madrid- fue la correspondencia. Una relación nacida en 1957 y prolongada a lo largo de 45 años, más intensa desde que Gonzalo se retiró de la política activa y volcó su inmensa cultura y su entusiasmo en la gran aventura intelectual que ha sido hasta su muerte «Razón Española». Invitado por él colaboré en varias ocasiones en la revista, y me alegra ahora recordar que mi última colaboración obedeció a una expresa demanda suya.

En efecto, tras un seminario o simposio celebrado en el verano del año 2000, Gonzalo sacó la impresión de que era muy pobre la información existente, incluso entre personas de buen nivel cultural, sobre la historia de nuestro Continente desde la caída del Imperio romano occidental hasta la primera configuración de Europa. Se trata de un largo período, comprendido entre los siglos IV y VIII de la Era cristiana, y en el que se decidió el destino de nuestros pueblos, entendiendo por tales los de estirpe latina, germánica e incluso greco-bizantina. Una época cuyo comienzo puede hacerse coincidir con las llamadas invasiones «bárbaras» y cuyo final llegó en la primera mitad del siglo VIIII, cuando dos hechos de incalculabre trascendencia sellaron la suerte del Continente europeo: en Oriente, el fracaso del ataque musulmán contra Constantinopla, gracias a la victoriosa resistencia del emperador León IIIel Isáurico; en Occidente, la derrota por Carlos Martel en Poitiers del invasor musulmán, procedente de la Península ibérica. Estos dos acontecimiento determinaron el futuro: la
oleada islámica, irresistible hasta entonces, fue contenida. Europa pudo nacer y nació cristiana; se salvó del peligro de haberse convertido en una extensa «marca» occidental del Islam, sometida al dominio político, religioso y cultural de unos lejanos Califatos orientales.

Atendí a la demanda de Fernández de la Mora y redacté un trabajo titulado «El amanecer de Europa», que apareció publicado en el número 108 de «Razón Española», correspondiente a los meses Julio-Agosto del año 2001. Fue un estudio de síntesis, pero riguroso y al alcance de cualquier persona con cierto bagaje cultural y curiosidad por conocer la génesis de Europa: un fenómeno que resulta ser algo más que una curiosidad histórica, cuando el problema del Islam en el Continente europeo reviste renovada actualidad. Ahora, en esta dolorosa circunstancia, quisiera dedicar mi más reciente colaboración en «Razón Española» como un homenaje al ilustre y buen amigo Gonzalo Fernández de la Mora, como un último encuentro aquí en la tierra, a la espera del definitivo encuentro en la eterna morada ultraterrena, que es la Casa del Padre.

Por José Orlandis



 

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