LA INSOBORNABLE
INDEPENDENCIA DE UN PENSAMIENTO
Desde
la primera vez que nos encontramos, comprendí que era
una inteligencia privilegiada, que obedecía a una
facilidad dialéctica temible para los que tuvieran que
contender con él, al servicio siempre de un pensamiento
riguroso y de sorprendente precisión expresiva. Esto es
lo que hizo de él el admirable orador que luego hemos
conocido.
El escenario de aquel lejano encuentro, en la madrileña
calle de Zorrilla, ha desaparecido, barrido por las
reformas urbanísticas que han acabado con la nobleza
antigua aledaña al palacio de las Cortes. El recuerdo en
el tiempo me lo retrotrae a los lejanos años 40.
Aquella primera impresión, fue ratificada en las muchas
ocasiones en que pude conocerlo y tratarlo. Con el
tiempo, me fue dado contribuir, bien que modestamente, al
titánico esfuerzo que emprendió de crear y sostener, de
manera personalísima, esa tan difícil como necesaria
empresa que es Razón Española. Primero, en la accesible
calle de Génova, después, en su sede actual.
En esta segunda, en la modesta instalación de un
despacho de redacción, mantuvimos muchas conversaciones,
pero sobre todo he de recordar una (fue el 24-X1-89), muy
dilatada, que, por la importancia de su contenido, quise
transcribir inmediatamente para que no quedara confiada a
la fragilidad de la memoria. El tema central, pero no
único, fue Xavier Zubiri, persona y pensamiento, y
suscitado por su reciente paso por El Salvador, escenario
hacía muy poco, de la trágica muerte del padre
Ellacuría, en un medio universitario que yo había
conocido bien unos años antes. Había acudido él,
invitado por el presidente de la Academia salvadoreña de
la Lengua, Calderón Quijano.
Treinta años antes, ya había publicado Gonzalo un
estudio admirable, ahondando en el concepto de la esencia
en Zubiri. Y puso de manifiesto ahora, ante mí y en una
ocasión única, llevado de su conocimiento de la
ontología zubiriana, lo que yo creo fue su primera
vocación, la de expresar y decir lo real en el mundo del
pensamiento. Esa cualidad suya, fue una herramienta
preciosa que le serviría para desempeñar, de forma tan
acertada, por su equilibrio y objetividad, rigor
atemperado por la comprensión, y en un tiempo tan
dilatado (1964-71), el ejercicio de la crítica. Ahí
están los siete volúmenes que recopilan su extensa
labor, que enjuicia lo que se ha escrito en obras de
pensamiento en el panorama español durante esos años.
Fue hombre de profundas lealtades regidas por adhesiones
a lo que consideraba noble y recto, desde un pensamiento
de recia contextura, nada hecho a fáciles concesiones.
Por eso fue un independiente. Su ejemplo sirve para los
que quieran usar su pluma sin hacer concesiones al
halago, ni a los cálculos políticos.
Esa es la razón por la que no le conviene el
calificativo de autoritario. El tenía, y fue fiel
siempre a ellas, unas raíces muy claras: Menéndez y
Pelayo, Vegas Latapié y Maeztu, tres figuras humanamente
muy distintas, pero bien enlazadas entre sí, que
respondían a concepciones diferentes, pero vinculadas a
criterios que reconocen fundamentos muy sólidos,
incompatibles y discrepantes, desde luego, con los que
son vientos pasajeros, fáciles y oportunistas.
Por eso los que se inclinan a esos vientos pueden tomar
por autoritario lo que únicamente es ser consecuente con
aquellos principios. Pero no estuvo anclado en un pasado,
lo que rechazaba tajantemente era pasar por
tergiversaciones. La fidelidad que requiere serlo de una
manera insobornable, sólo se refiere a lo que es
básico, pero es compatible, e incluso requiere, estar
muy atento para auscultar las causas de las mutaciones e
interpretarlas, identificando su procedencia y sentido, y
sus protagonistas. Y eso, a veces, me consta, sabía que
exigía renuncias inapelables,.
Casi al final de su estudio sobre Ortega (1961) escribió
esto que creo le es perfectamente aplicable: «fue una de
esas mentes privilegiadas y fecundas, que aparecen muy de
tarde en tarde y que se consagran con independencia y
constancia al estudio y a la creación».
Una nota negativa observa, sin embargo, que nos sirve de
contraste con lo que fue él mismo, con respecto al
filósofo que admiró desde su juventud: falta de firmeza
y rotundidad en sus convicciones. Esa nota acompaña a
los que no llegan a identificarse con la solidez de los
fundamentos en que descansa lo que construye su
pensamiento..
Esto, y no otra cosa, es lo que señala a cuanto pensó e
hizo Gonzalo Fernández de la Mora. Lo que explica el
hombre que fue.
Por Fernando Murillo Rubiera
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