Razón Española, nº 115; LA INSOBORNABLE INDEPENDENCIA DE UN PENSAMIENTO

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Fernando Murillo Rubiera

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LA INSOBORNABLE INDEPENDENCIA DE UN PENSAMIENTO

Desde la primera vez que nos encontramos, comprendí que era una inteligencia privilegiada, que obedecía a una facilidad dialéctica temible para los que tuvieran que contender con él, al servicio siempre de un pensamiento riguroso y de sorprendente precisión expresiva. Esto es lo que hizo de él el admirable orador que luego hemos conocido.

El escenario de aquel lejano encuentro, en la madrileña calle de Zorrilla, ha desaparecido, barrido por las reformas urbanísticas que han acabado con la nobleza antigua aledaña al palacio de las Cortes. El recuerdo en el tiempo me lo retrotrae a los lejanos años 40.

Aquella primera impresión, fue ratificada en las muchas ocasiones en que pude conocerlo y tratarlo. Con el tiempo, me fue dado contribuir, bien que modestamente, al titánico esfuerzo que emprendió de crear y sostener, de manera personalísima, esa tan difícil como necesaria empresa que es Razón Española. Primero, en la accesible calle de Génova, después, en su sede actual.

En esta segunda, en la modesta instalación de un despacho de redacción, mantuvimos muchas conversaciones, pero sobre todo he de recordar una (fue el 24-X1-89), muy dilatada, que, por la importancia de su contenido, quise transcribir inmediatamente para que no quedara confiada a la fragilidad de la memoria. El tema central, pero no único, fue Xavier Zubiri, persona y pensamiento, y suscitado por su reciente paso por El Salvador, escenario hacía muy poco, de la trágica muerte del padre Ellacuría, en un medio universitario que yo había conocido bien unos años antes. Había acudido él, invitado por el presidente de la Academia salvadoreña de la Lengua, Calderón Quijano.

Treinta años antes, ya había publicado Gonzalo un estudio admirable, ahondando en el concepto de la esencia en Zubiri. Y puso de manifiesto ahora, ante mí y en una ocasión única, llevado de su conocimiento de la ontología zubiriana, lo que yo creo fue su primera vocación, la de expresar y decir lo real en el mundo del pensamiento. Esa cualidad suya, fue una herramienta preciosa que le serviría para desempeñar, de forma tan acertada, por su equilibrio y objetividad, rigor atemperado por la comprensión, y en un tiempo tan dilatado (1964-71), el ejercicio de la crítica. Ahí están los siete volúmenes que recopilan su extensa labor, que enjuicia lo que se ha escrito en obras de pensamiento en el panorama español durante esos años.

Fue hombre de profundas lealtades regidas por adhesiones a lo que consideraba noble y recto, desde un pensamiento de recia contextura, nada hecho a fáciles concesiones. Por eso fue un independiente. Su ejemplo sirve para los que quieran usar su pluma sin hacer concesiones al halago, ni a los cálculos políticos.

Esa es la razón por la que no le conviene el calificativo de autoritario. El tenía, y fue fiel siempre a ellas, unas raíces muy claras: Menéndez y Pelayo, Vegas Latapié y Maeztu, tres figuras humanamente muy distintas, pero bien enlazadas entre sí, que respondían a concepciones diferentes, pero vinculadas a criterios que reconocen fundamentos muy sólidos, incompatibles y discrepantes, desde luego, con los que son vientos pasajeros, fáciles y oportunistas.

Por eso los que se inclinan a esos vientos pueden tomar por autoritario lo que únicamente es ser consecuente con aquellos principios. Pero no estuvo anclado en un pasado, lo que rechazaba tajantemente era pasar por tergiversaciones. La fidelidad que requiere serlo de una manera insobornable, sólo se refiere a lo que es básico, pero es compatible, e incluso requiere, estar muy atento para auscultar las causas de las mutaciones e interpretarlas, identificando su procedencia y sentido, y sus protagonistas. Y eso, a veces, me consta, sabía que exigía renuncias inapelables,.

Casi al final de su estudio sobre Ortega (1961) escribió esto que creo le es perfectamente aplicable: «fue una de esas mentes privilegiadas y fecundas, que aparecen muy de tarde en tarde y que se consagran con independencia y constancia al estudio y a la creación».

Una nota negativa observa, sin embargo, que nos sirve de contraste con lo que fue él mismo, con respecto al filósofo que admiró desde su juventud: falta de firmeza y rotundidad en sus convicciones. Esa nota acompaña a los que no llegan a identificarse con la solidez de los fundamentos en que descansa lo que construye su pensamiento..

Esto, y no otra cosa, es lo que señala a cuanto pensó e hizo Gonzalo Fernández de la Mora. Lo que explica el hombre que fue.

Por Fernando Murillo Rubiera



 

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