Razón Española, nº 115; FELICIDAD Y VALOR INTELECTUAL

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Pío Moa

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FELICIDAD Y VALOR INTELECTUAL

Sólo ahora empiezo a conocer algo directamente el pensamiento de Gonzalo Fernández de la Mora, y a través, precisamente, de su último libro, Sobre la felicidad. Tema éste comprometido y algo evanescente, pero de importancia decisiva, según el autor, apoyado en una experiencia evidente y en copiosas referencias eruditas: «El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente»; «Las biografías de las personas y la Historia son el resultado del incesante esfuerzo humano por alcanzar la dicha»; «El deseo de felicidad es una propiedad específica del hombre, es la voluntad racional de vivir» Etc.. El estudio no versa sobre aquellas cosas que podrían hacernos felices, ya que, para empezar, son demasiado dispares e incluso antagónicas según los individuos: lo que hace feliz a uno puede hacer desdichado a otro. Se centra más bien en el cómo, en la conducta que llevaría a la felicidad: «Esa constante tensión de nuestra especie se ha manifestado desde sus orígenes. La teoría y la práctica han oscilado entre dos extremos: la felicidad por el deseo, el placer y la fruición, y la felicidad por la ascesis, la virtud y la renuncia. Entre los dos polos éticos se escalonan posiciones intermedias o mixtas».

La del autor es intermedia, desde luego, en cierto modo una modificación del estoicismo. No cree que la felicidad resida en la supresión del deseo, por otra parte imposible, al considerar el deseo como un factor constitutivo de la misma vida humana, ni tampoco en el mero disfrute sensorial o hedonista, ya que éste desatiende impulsos de mayor elevación y más propiamente humanos, y conduce a la frustración, por la dinámica misma del deseo. La felicidad se establece como una relación de equivalencia entre el deseo y la posesión. Esa equivalencia supone el equilibrio capaz de proporcionar la felicidad. El ideal está, en principio, al alcance de todo el mundo, pero no sin esfuerzo, y con serias limitaciones: como la capacidad de desear es ilimitada, y la de poseer muy restringida y cambiante, el equilibrio es inestable, no se logra con facilidad, y en casi ningún caso, quizá en ninguno, de modo permanente, como, por lo demás, demuestra la experiencia general.

Por consiguiente, la felicidad entraña una lucha, no es un don, sino una conquista. La primera condición para ella sería el autodominio, es decir, el control de los impulsos, necesario porque «se nace bárbaro. El niño es egoísta y cruel. Autodominarse es ordenar desde dentro ese haz de dinamismos espontáneos y rapaces». En segundo lugar el esfuerzo por la felicidad requiere un cálculo acerca de las propias capacidades de posesión, y del valor felicitario de los objetos deseados. Y, finalmente, impone la decisión de actuar, que requiere «información, previsión y razonamiento». De ahí que la conquista de la felicidad sea fundamentalmente un ejercicio de la razón, no contraria a los impulsos emocionales, ni dedicada a erradicarlos, como en algunas corrientes ascéticas, pero sí por encima de ellos, capaz de dirigirlos: concepción en el fondo optimista. Se trata de una actividad fundamentalmente interna: «En cierto modo hay una lucha darwiniana con los otros por la vida; pero la lucha por la felicldad es, sobre todo, consigo mismo».

Este resumen, aunque tosco por venir de un lego, permite, espero, entender el pensamiento de Fernández de la Mora como un muy valioso intento de superar la devastación intelectual y moral dejada por las corrientes marxistas, freudianas, relativistas y utópicas, prevalecientes durante largo tiempo, y no erradicadas pese al tremendo coste humano de sus experimentos. La cultura resulta en buena medida del esfuerzo felicitario, y a su vez amplía las posibilidades de felicidad, aunque al mismo tiempo imponga constricciones. Por tanto, el autor rechaza las concepciones, tan corrientes hoy, de la cultura como una simple y penosa coerción, quizá necesaria en el pasado, pero cada vez menos, conforme la explosión de la técnica permite, en apariencia, la satisfacción de casi cualquier deseo. Por el contrario, el autodominio, el cálculo y la acción, aunque exigen un «ejercicio laborioso y tenaz», constituyen precisamente las condiciones de la felicidad, y no obstáculos a ella.

Las ideas de Fernández de la Mora son muy discutibles, no en el sentido de que sean poco sólidas, sino en el de que merecen un amplio debate, y darían lugar a él en un ambiente intelectual menos mortecino que el español actual. Por ejemplo, no deja de resultar turbadora la relación establecida entre felicidad y moral: «Felicidad y virtud no son intercambiables, ni siquiera paralelas; al contrario, pueden mostrar rotundas divergencias teóricas y empíricas. Ni el feliz es siempre bueno, ni el bueno es siempre feliz», y «se dan actos viciosos que comportan sentimientos de dicha». La ética encauzaría el impulso felicitario, pero no sé si la solución resulta concluyente.

El libro termina con un epílogo para jóvenes, crítica clarificadora al comportamiento hedonista hoy tan difundido, y a su vaciedad. Sería interesante que el mayor número de jóvenes lo leyeran y reflexionaran sobre él, pero me temo que eso apenas va a ocurrir, y que libros como éste tendrán muy escasa circulación. Es otro aspecto del panorama intelectual español, dominado en medida excesiva por la atracción del embuste, esa fuerza tan determinante, en opinión de J. F. Revel.

Casi todo el mundo coincide, incluso la izquierda algo ilustrada -la española, por desgracia, siempre lo ha sido muy poco, pese a reivindicar a voz en grito los valores de la Ilustración... pasados por el jacobinismo- en apreciar la calidad de Fernández de la Mora como intelectual, al margen de coincidencias o desacuerdos de opinión con él. Pero esta impresión apenas se traduce en hechos, que en este caso serían la creación de un ambiente de discusión e investigación en torno a sus trabajos y razones. Como otras varias figuras importantes del pensamiento, aquél se ve obsequiado con el silencio, y, en el plano popular, con cuatro estereotipos descalificadores. Todo lo que se haga por salir de esta situación sería poco.

Por Pío Moa



 

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