FELICIDAD Y
VALOR INTELECTUAL
Sólo
ahora empiezo a conocer algo directamente el pensamiento
de Gonzalo Fernández de la Mora, y a través,
precisamente, de su último libro, Sobre la felicidad.
Tema éste comprometido y algo evanescente, pero de
importancia decisiva, según el autor, apoyado en una
experiencia evidente y en copiosas referencias eruditas:
«El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad,
que es el objetivo universal y omnipresente»; «Las
biografías de las personas y la Historia son el
resultado del incesante esfuerzo humano por alcanzar la
dicha»; «El deseo de felicidad es una propiedad
específica del hombre, es la voluntad racional de
vivir» Etc.. El estudio no versa sobre aquellas cosas
que podrían hacernos felices, ya que, para empezar, son
demasiado dispares e incluso antagónicas según los
individuos: lo que hace feliz a uno puede hacer
desdichado a otro. Se centra más bien en el cómo, en la
conducta que llevaría a la felicidad: «Esa constante
tensión de nuestra especie se ha manifestado desde sus
orígenes. La teoría y la práctica han oscilado entre
dos extremos: la felicidad por el deseo, el placer y la
fruición, y la felicidad por la ascesis, la virtud y la
renuncia. Entre los dos polos éticos se escalonan
posiciones intermedias o mixtas».
La del autor es intermedia, desde luego, en cierto modo
una modificación del estoicismo. No cree que la
felicidad resida en la supresión del deseo, por otra
parte imposible, al considerar el deseo como un factor
constitutivo de la misma vida humana, ni tampoco en el
mero disfrute sensorial o hedonista, ya que éste
desatiende impulsos de mayor elevación y más
propiamente humanos, y conduce a la frustración, por la
dinámica misma del deseo. La felicidad se establece como
una relación de equivalencia entre el deseo y la
posesión. Esa equivalencia supone el equilibrio capaz de
proporcionar la felicidad. El ideal está, en principio,
al alcance de todo el mundo, pero no sin esfuerzo, y con
serias limitaciones: como la capacidad de desear es
ilimitada, y la de poseer muy restringida y cambiante, el
equilibrio es inestable, no se logra con facilidad, y en
casi ningún caso, quizá en ninguno, de modo permanente,
como, por lo demás, demuestra la experiencia general.
Por consiguiente, la felicidad entraña una lucha, no es
un don, sino una conquista. La primera condición para
ella sería el autodominio, es decir, el control de los
impulsos, necesario porque «se nace bárbaro. El niño
es egoísta y cruel. Autodominarse es ordenar desde
dentro ese haz de dinamismos espontáneos y rapaces». En
segundo lugar el esfuerzo por la felicidad requiere un
cálculo acerca de las propias capacidades de posesión,
y del valor felicitario de los objetos deseados. Y,
finalmente, impone la decisión de actuar, que requiere
«información, previsión y razonamiento». De ahí que
la conquista de la felicidad sea fundamentalmente un
ejercicio de la razón, no contraria a los impulsos
emocionales, ni dedicada a erradicarlos, como en algunas
corrientes ascéticas, pero sí por encima de ellos,
capaz de dirigirlos: concepción en el fondo optimista.
Se trata de una actividad fundamentalmente interna: «En
cierto modo hay una lucha darwiniana con los otros por la
vida; pero la lucha por la felicldad es, sobre todo,
consigo mismo».
Este resumen, aunque tosco por venir de un lego, permite,
espero, entender el pensamiento de Fernández de la Mora
como un muy valioso intento de superar la devastación
intelectual y moral dejada por las corrientes marxistas,
freudianas, relativistas y utópicas, prevalecientes
durante largo tiempo, y no erradicadas pese al tremendo
coste humano de sus experimentos. La cultura resulta en
buena medida del esfuerzo felicitario, y a su vez amplía
las posibilidades de felicidad, aunque al mismo tiempo
imponga constricciones. Por tanto, el autor rechaza las
concepciones, tan corrientes hoy, de la cultura como una
simple y penosa coerción, quizá necesaria en el pasado,
pero cada vez menos, conforme la explosión de la
técnica permite, en apariencia, la satisfacción de casi
cualquier deseo. Por el contrario, el autodominio, el
cálculo y la acción, aunque exigen un «ejercicio
laborioso y tenaz», constituyen precisamente las
condiciones de la felicidad, y no obstáculos a ella.
Las ideas de Fernández de la Mora son muy discutibles,
no en el sentido de que sean poco sólidas, sino en el de
que merecen un amplio debate, y darían lugar a él en un
ambiente intelectual menos mortecino que el español
actual. Por ejemplo, no deja de resultar turbadora la
relación establecida entre felicidad y moral:
«Felicidad y virtud no son intercambiables, ni siquiera
paralelas; al contrario, pueden mostrar rotundas
divergencias teóricas y empíricas. Ni el feliz es
siempre bueno, ni el bueno es siempre feliz», y «se dan
actos viciosos que comportan sentimientos de dicha». La
ética encauzaría el impulso felicitario, pero no sé si
la solución resulta concluyente.
El libro termina con un epílogo para jóvenes, crítica
clarificadora al comportamiento hedonista hoy tan
difundido, y a su vaciedad. Sería interesante que el
mayor número de jóvenes lo leyeran y reflexionaran
sobre él, pero me temo que eso apenas va a ocurrir, y
que libros como éste tendrán muy escasa circulación.
Es otro aspecto del panorama intelectual español,
dominado en medida excesiva por la atracción del
embuste, esa fuerza tan determinante, en opinión de J.
F. Revel.
Casi todo el mundo coincide, incluso la izquierda algo
ilustrada -la española, por desgracia, siempre lo ha
sido muy poco, pese a reivindicar a voz en grito los
valores de la Ilustración... pasados por el jacobinismo-
en apreciar la calidad de Fernández de la Mora como
intelectual, al margen de coincidencias o desacuerdos de
opinión con él. Pero esta impresión apenas se traduce
en hechos, que en este caso serían la creación de un
ambiente de discusión e investigación en torno a sus
trabajos y razones. Como otras varias figuras importantes
del pensamiento, aquél se ve obsequiado con el silencio,
y, en el plano popular, con cuatro estereotipos
descalificadores. Todo lo que se haga por salir de esta
situación sería poco.
Por Pío Moa
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