Razón Española, nº 115; GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

pag. principal Razón Española

Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Angel Maestro

artículo anterior indice siguiente artículo

GONZALO FERNANDEZ DE LA MORA

La fuerza de los hechos y de la realidad inherente a los mismos aún constituyendo evidencias innegables, axiomáticas, no siempre reviste la lógica aceptación plena e indiscutible por el peso plúmbeo del tópico. Se dice ante la ausencia de una figura señera en cualquier campo del saber, del arte, de la política, etc: es una pérdida irreparable. La verdad intrínseca en tal afirmación inevitablemente se devalúa con el recurso al lugar común.

Pues bien, con rotundidez total, absoluta, la pérdida de Gonzalo Fernández de la Mora sí es irreparable. Resulta de dificultad extrema la reunión en una sola persona de tantas facetas distintas, cada una de las cuales analizadas de por sí y separadamente, ya daría lugar a un puesto destacado en la historiografía de cada una de ellas. Figura ciclópea del pensamiento, filósofo profundo, dialéctico apabullante, de enorme erudición; su paso por la política fue revelador de una eficacia irrefutable, y en un tema tan material como la realización de grandes obras, no suntuosas sino de utilidad y practicidad indiscutibles. Ello puede parecer antitético con la labor creadora y especulativa de un intelectual, pero el éxito en dos funciones aparentemente antagónicas, su conjunción armónica pone de manifiesto, siquiera en estos aspectos únicamente -hay muchos más- una personalidad bifronte.

El razonalismo ha sido una constante de su vida y de su obra, piedra angular de su pensamiento, defendiendo el logos frente al pathos. Para Fernández de la Mora el riesgo máximo de la mente humana era dar por cierto o bueno lo que deseamos. Operar racionalmente permite avanzar en el conocimiento mientras que hacerlo irracionalmente suele ser regresivo, él quería ser clasificado como «razonalista». En su pensamiento, expuesto con claridad prístina, el verdadero progresista era el racionalista, siendo el irracionalismo la manifestación suprema del atraso y el oscurantismo, porque permite permanecer en el error y aún en el absurdo apoyado en una declaración voluntarista; por ello, obviando sentimientos humanos, era radicalmente anti marxista. El marxismo leninismo, marginando su atroz barbarie práctica, no permitió avanzar ni un milímetro en el conocimiento humano.

Fernández de la Mora escribía en un castellano pulido, preciso, exacto, cincelado primorosamente. En esto era exigente a ultranza, y como colaborador suyo muy cercano a él, puedo dar testimonio de cuántas veces corregía estudios, notas bibliográficas, artículos, siempre de forma razonada y razonable, aunque a los autores no siempre nos gustase, pero la evidencia de su buen hacer basada en su dominio del idioma se imponía. En sus memorias, Río Arriba, escritas primorosamente, asoma de forma abrumadora su personalidad no bifronte, sino difícilmente mensurable por su riqueza intelectual, memorias no escritas para defenderse de acusación alguna, ni para vengarse de nadie, y menos para eludir culpas. Leal a su pasado, defensor a ultranza del Estado de las Leyes Fundamentales y de la obra de Franco, considerando que nunca se debía destruir un bien existente hasta que pudiese sustituirse por otro mejor. Nunca se plegó a consignas, modos y consensos, ni rehusó la contracorriente; era conservador pero no en el sentido material y programático, sino en el sentido metodológico, sentía aversión ante la irracionalidad revolucionaria, por ser antitética con su pensamiento razonalista. Pensaba que al Estado había que juzgarlo por su efectiva capacidad para mantener un orden progresivamente justo y próspero a la altura de su tiempo, y no por su parecido con una construcción ideal apriorística como la de Locke o Marx.

Completamente agnóstico por tanto respecto a las formas de gobierno, como nítidamente afirmaba, sería monárquico en la España de los Reyes Católicos, y republicano en los Estados Unidos. Conociéndole bastante íntimamente en su pensamiento, como le conocí a lo largo de nuestro trato casi semanal en «Razón Española» durante bastantes años, puedo afirmar que la monarquía española hoy y su representante, el actual jefe del Estado, no le satisfacían.

En sus memorias asoma en numerosas ocasiones su profundo sustrato religioso, sembrado en su niñez por el ejemplo de sus padres y por su formación con los padres jesuitas, jesuitas de antaño tan radicalmente distintos a los postconciliares.

Afrontando toda su existencia no con la pasión sino con la razón, por encima de trivialidades la justificación del razonalismo era la quintaesencia de su vida y su obra. Pero a esa concepción filosófica, a su erudición gigantesca, unía algo muy dificil de aunar con la genialidad, unía una profunda humanidad. En las conversaciones fuera de disquisiciones filosóficas e intelectuales mostraba una característica para mí esencial de su personalidad, cual era la ironía profunda, y tantas veces jocosa. Al presentarle en unas comidas que celebrábamos habitualmente, aunque sin periodicidad fijada alguna, a amigos, jóvenes intelectuales, promesas algunas y otras ya realidades, la ironía asomaba con tal fuerza al analizar situaciones actuales, que el auditorio estallaba abiertamente no en sonrisas sino en carcajadas. Qué difícil simbiosis entre la especulación filosófica, doctrinal, académica, con la espontaneidad más abierta, y la risa franca e incontenible. Esa misma ironía en debates de altura era un arma de eficacia terrible, lo que unido a la rapidez de su cerebro en articular respuestas o argumentaciones hacía de Fernández de la Mora, como hemos podido ver en debates televisivos, alguno con Alfonso Guerra, un adversario temible para el oponente.

Sufría también como defensor de la lógica y de la razón, ante las aberraciones del mundo actual, ante la degradación creciente de la España de hoy, de la almoneda del rico tesoro cultural, del olvido de la religión y de la moral, del olvido de la lealtad y de la gratitud, de la renuncia a la tradición, del desprecio por la ética, en fin de la apología de la irracionalidad. Su enorme obra de pensamiento, filosófica, política, literaria es forzosa para que quienquiera que haya de analizar el pensamiento contemporáneo la tenga como referencia. Con Gonzalo Fernández de la Mora ha muerto no sólo un pensador sino la figura representativa del pensamiento español contemporáneo. Dios acoja en su seno al maestro y amigo.

Por Angel Maestro



 

artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.