GONZALO
FERNANDEZ DE LA MORA
La
fuerza de los hechos y de la realidad inherente a los
mismos aún constituyendo evidencias innegables,
axiomáticas, no siempre reviste la lógica aceptación
plena e indiscutible por el peso plúmbeo del tópico. Se
dice ante la ausencia de una figura señera en cualquier
campo del saber, del arte, de la política, etc: es una
pérdida irreparable. La verdad intrínseca en tal
afirmación inevitablemente se devalúa con el recurso al
lugar común.
Pues bien, con rotundidez total, absoluta, la pérdida de
Gonzalo Fernández de la Mora sí es irreparable. Resulta
de dificultad extrema la reunión en una sola persona de
tantas facetas distintas, cada una de las cuales
analizadas de por sí y separadamente, ya daría lugar a
un puesto destacado en la historiografía de cada una de
ellas. Figura ciclópea del pensamiento, filósofo
profundo, dialéctico apabullante, de enorme erudición;
su paso por la política fue revelador de una eficacia
irrefutable, y en un tema tan material como la
realización de grandes obras, no suntuosas sino de
utilidad y practicidad indiscutibles. Ello puede parecer
antitético con la labor creadora y especulativa de un
intelectual, pero el éxito en dos funciones
aparentemente antagónicas, su conjunción armónica pone
de manifiesto, siquiera en estos aspectos únicamente
-hay muchos más- una personalidad bifronte.
El razonalismo ha sido una constante de su vida y de su
obra, piedra angular de su pensamiento, defendiendo el
logos frente al pathos. Para Fernández de la Mora el
riesgo máximo de la mente humana era dar por cierto o
bueno lo que deseamos. Operar racionalmente permite
avanzar en el conocimiento mientras que hacerlo
irracionalmente suele ser regresivo, él quería ser
clasificado como «razonalista». En su pensamiento,
expuesto con claridad prístina, el verdadero progresista
era el racionalista, siendo el irracionalismo la
manifestación suprema del atraso y el oscurantismo,
porque permite permanecer en el error y aún en el
absurdo apoyado en una declaración voluntarista; por
ello, obviando sentimientos humanos, era radicalmente
anti marxista. El marxismo leninismo, marginando su atroz
barbarie práctica, no permitió avanzar ni un milímetro
en el conocimiento humano.
Fernández de la Mora escribía en un castellano pulido,
preciso, exacto, cincelado primorosamente. En esto era
exigente a ultranza, y como colaborador suyo muy cercano
a él, puedo dar testimonio de cuántas veces corregía
estudios, notas bibliográficas, artículos, siempre de
forma razonada y razonable, aunque a los autores no
siempre nos gustase, pero la evidencia de su buen hacer
basada en su dominio del idioma se imponía. En sus
memorias, Río Arriba, escritas primorosamente, asoma de
forma abrumadora su personalidad no bifronte, sino
difícilmente mensurable por su riqueza intelectual,
memorias no escritas para defenderse de acusación
alguna, ni para vengarse de nadie, y menos para eludir
culpas. Leal a su pasado, defensor a ultranza del Estado
de las Leyes Fundamentales y de la obra de Franco,
considerando que nunca se debía destruir un bien
existente hasta que pudiese sustituirse por otro mejor.
Nunca se plegó a consignas, modos y consensos, ni
rehusó la contracorriente; era conservador pero no en el
sentido material y programático, sino en el sentido
metodológico, sentía aversión ante la irracionalidad
revolucionaria, por ser antitética con su pensamiento
razonalista. Pensaba que al Estado había que juzgarlo
por su efectiva capacidad para mantener un orden
progresivamente justo y próspero a la altura de su
tiempo, y no por su parecido con una construcción ideal
apriorística como la de Locke o Marx.
Completamente agnóstico por tanto respecto a las formas
de gobierno, como nítidamente afirmaba, sería
monárquico en la España de los Reyes Católicos, y
republicano en los Estados Unidos. Conociéndole bastante
íntimamente en su pensamiento, como le conocí a lo
largo de nuestro trato casi semanal en «Razón
Española» durante bastantes años, puedo afirmar que la
monarquía española hoy y su representante, el actual
jefe del Estado, no le satisfacían.
En sus memorias asoma en numerosas ocasiones su profundo
sustrato religioso, sembrado en su niñez por el ejemplo
de sus padres y por su formación con los padres
jesuitas, jesuitas de antaño tan radicalmente distintos
a los postconciliares.
Afrontando toda su existencia no con la pasión sino con
la razón, por encima de trivialidades la justificación
del razonalismo era la quintaesencia de su vida y su
obra. Pero a esa concepción filosófica, a su erudición
gigantesca, unía algo muy dificil de aunar con la
genialidad, unía una profunda humanidad. En las
conversaciones fuera de disquisiciones filosóficas e
intelectuales mostraba una característica para mí
esencial de su personalidad, cual era la ironía
profunda, y tantas veces jocosa. Al presentarle en unas
comidas que celebrábamos habitualmente, aunque sin
periodicidad fijada alguna, a amigos, jóvenes
intelectuales, promesas algunas y otras ya realidades, la
ironía asomaba con tal fuerza al analizar situaciones
actuales, que el auditorio estallaba abiertamente no en
sonrisas sino en carcajadas. Qué difícil simbiosis
entre la especulación filosófica, doctrinal,
académica, con la espontaneidad más abierta, y la risa
franca e incontenible. Esa misma ironía en debates de
altura era un arma de eficacia terrible, lo que unido a
la rapidez de su cerebro en articular respuestas o
argumentaciones hacía de Fernández de la Mora, como
hemos podido ver en debates televisivos, alguno con
Alfonso Guerra, un adversario temible para el oponente.
Sufría también como defensor de la lógica y de la
razón, ante las aberraciones del mundo actual, ante la
degradación creciente de la España de hoy, de la
almoneda del rico tesoro cultural, del olvido de la
religión y de la moral, del olvido de la lealtad y de la
gratitud, de la renuncia a la tradición, del desprecio
por la ética, en fin de la apología de la
irracionalidad. Su enorme obra de pensamiento,
filosófica, política, literaria es forzosa para que
quienquiera que haya de analizar el pensamiento
contemporáneo la tenga como referencia. Con Gonzalo
Fernández de la Mora ha muerto no sólo un pensador sino
la figura representativa del pensamiento español
contemporáneo. Dios acoja en su seno al maestro y amigo.
Por Angel Maestro
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