Razón Española, nº 115; Titulo

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Homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora, nº114

Por Jesús López Medel

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VERDAD Y POLITICA

Comienzo con una anécdota: se celebró un homenaje en la Casa de Aragón de Madrid, a Mariano Navarro Rubio, a quien Gonzalo -en mi última conversación telefónica con él- calificó como «gran patriota». Al final, tras mi exposición, se invitó a algún familiar a completar la misma. Una de las hijas, entre otras cosas, afirmó: «poco antes de que mi padre cayera en postración física, fue a visitarle un joven que, al parecer, tenía preocupaciones sobre su vocación política. Y le pidió un consejo profundo, contestando mi padre rápidamente: servir siempre a la verdad»

Fernández de la Mora, en esa apoyatura instrumental-humana de la razón, como directriz no sólo de acciones humano-personales, sino en su trayectoria hacia los demás (la felicidad, etc.) veía cada vez más claro el fundamento de los comportamientos en la verdad. El editorial de «Razón Española», octubre 2001, pocos meses antes de su fallecimiento el día 10-2-2002, lo dedica a «Verdad y Razón». Aquí hay diferencia con otros editoriales, que empiezan por «Razón...», «Razón y emoción», etc. Ahora empieza por «Verdad». Claro indicio, quizá instintivo, quizá formal, sobre la prevalencia de «verdad» sobre razón. Y llama la atención también que esta cuestión de la verdad, aparezca tardíamente, en tantos y tantos editoriales, como reflexiones entrelazadas, teórico-prácticas, acerca del papel, naturaleza y sentido de la razón. «El hombre -decía en Carta al Director, rev. citada, núm. 107- es por naturaleza racional, pero habitualmente sentimental...Por eso mismo, hay que desentrañar o deslindar, lo que pudiera haber de engañoso, de artificial, o aún de corrupto»

Ese es el gran tema, especialmente para el político, y para aquellos que han elegido o alcanzado el arte de gobernar. Y para el cómo gobernar. Fernández de la Mora, por su propia reflexión, por su formación, y por su experiencia, era un hombre de Estado, en donde la razón le había servido incluso para la rectificación o viraje, saliendo de donde creía podía no estar la verdad política, para encontrarse con la Verdad. Hay en el texto antes mencionado, toda una síntesis, y no sé si el verdadero prólogo, a cuanto venimos advirtiendo. El lector es invitado a releer el texto completo porque para mí resulta uno de los más lúcidos y precisos. En el subrayado sintético transcribiré algunos párrafos:



«Para los realistas..., la verdad es la concordancia, no la identidad entre el pensamiento y las cosas. Los sentidos, como en el caso de los espejismos, pueden ser engañosos, y para averiguar si suministran información verdadera, hay que repetir experiencias desde supuestos diversos... Para evitar la corrupción cognoscitiva se imponen la autocrítica y la permanente referencia a datos. La verdad no se manifiesta espontáneamente a través de los sentidos, sino que es el resultado de complejas y laboriosas operaciones de la razón».



Hasta aquí, Fernández de la Mora señala una metodología mínima para «acercarnos a la verdad», en cuyo papel juegan desde la propuesta de hipótesis explicativas, al contraste de lo mental con lo real. Pero a continuación, apunta a fenómenos más concretos:



«Lo contrario de lo verdadero es lo falso, que coincide con lo parcial o lo irracional. La manifestación socialmente más habitual de la falsedad es la mentira, o discordancia entre lo que se piensa y lo que se afirma. El engaño suele ser una forma de explotación del engañado. Se le miente para utilizarle, para moverle a determinados comportamientos que el mentiroso considera que le benefician. Aparece la mentira en las relaciones afectivas, en las comerciales, y sobre todo en las políticas. Esto último es tan reiterado en los regímenes de opinión pública que ha llegado a identificarse la veracidad con lo impolítico».



A continuación, Gonzalo, consecuentemente, hace una aplicación concreta de su tesis al mundo de las relaciones afectivas y al de las comerciales, y sostiene la mayor rentabilidad -aunque no sea inmediata- de la verdad, frente a la mentira:



«La mentira es de muy breve eficacia y no es generalizable. Al estafado se le suele engañar sólo una vez. En cambio, la palabra verdadera y mantenida suele ser rentable El fundamento más firme y eficaz del mercado es la veracidad... La verdad es progresiva porque permite avanzar en el conocimiento y en la utilización del mundo ...y disminuye la explotación engañosa.... La verdad es útil y es moral. En cambio, la ignorancia y el error son reaccionarios porque alejan de la realidad...y facilitan la manipulación del otro. En la mentira hay iniquidad.».



Finalmente, después de esas reflexiones que tienen un eco que me recuerda, con aire moderno, a nuestros tomistas del siglo XVI, de Gracián e incluso la flrmeza de Miguel Servet, se refiere en los siguientes términos al mundo de la política:



«Toda actitud pasional es gravemente sospechosa de falsedad. Una de sus manifestaciones más frecuentes en las sociedades actuales es la politización, o sea, la adopción de posiciones en función del interés partidista o del sentimiento. Así la historia se convierte en propaganda, el testimonio en alegato, la resolución en negocio, la sentencia en clientelismo, la adhesión en inversión, la función en cacicato, en suma, la parcialidad se impone por doquier, el voluntarismo ahoga la razón. En medio de tal parcialidad, ¿se puede esperar que el hombre de la calle disponga del tiempo, de la preparación y de la capacidad suficientes para someter a crítica, como en un laboratorio, las informaciones falsas o trucadas que recibe? En el actual nivel de desarrollo occidental no es previsible que el ciudadano deje de ser víctima de la mentira... Como acontece en los países europeos del socialismo real, la gran mentira, al final, se autoanula. La razón, y no la pasión, hace libre al hombre, aporta progreso... Véase a qué abismo llevaron los progresistas a Rusia».



El párrafo final de este editorial, de los últimos salidos de la pluma de Fernández de la Mora, es luminoso, y se le podría apostillar, diciendo que tenía la sabia claridad que Ortega reclama a todo fllósofo:



«Cuanto más realista y veraz es una sociedad, mayor es su progreso. Cuanto más fabuladora y mendaz, más regresiva. No al prejuicio y a la pasión que engaña. Sí al logos que va revelando verdades y libera».



Un eco espiritual y cristiano -que siempre lo fue- corona el párrafo final, convencido Gonzalo Fernández de la Mora de la esencia del «soy el Camino, la Verdad y la Vida», de la que eternamente gozará por haber luchado, y sido fiel hasta llegar a la meta. Como San Pablo presentía, tras haber recorrido el camino. Quizá, por eso, aunque en un sentido más expansivo, su último editorial publicado llevase por título «Razón de la tradición», cuyo sujeto es el hombre, que trasciende y que transmite valores, incluso los religiosos. («Razón Española», núm. 111, febrero de 2002).


Por Jesús López Medel



 

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