VERDAD Y
POLITICA
Comienzo
con una anécdota: se celebró un homenaje en la Casa de
Aragón de Madrid, a Mariano Navarro Rubio, a quien
Gonzalo -en mi última conversación telefónica con él-
calificó como «gran patriota». Al final, tras mi
exposición, se invitó a algún familiar a completar la
misma. Una de las hijas, entre otras cosas, afirmó:
«poco antes de que mi padre cayera en postración
física, fue a visitarle un joven que, al parecer, tenía
preocupaciones sobre su vocación política. Y le pidió
un consejo profundo, contestando mi padre rápidamente:
servir siempre a la verdad»
Fernández de la Mora, en esa apoyatura
instrumental-humana de la razón, como directriz no sólo
de acciones humano-personales, sino en su trayectoria
hacia los demás (la felicidad, etc.) veía cada vez más
claro el fundamento de los comportamientos en la verdad.
El editorial de «Razón Española», octubre 2001, pocos
meses antes de su fallecimiento el día 10-2-2002, lo
dedica a «Verdad y Razón». Aquí hay diferencia con
otros editoriales, que empiezan por «Razón...»,
«Razón y emoción», etc. Ahora empieza por «Verdad».
Claro indicio, quizá instintivo, quizá formal, sobre la
prevalencia de «verdad» sobre razón. Y llama la
atención también que esta cuestión de la verdad,
aparezca tardíamente, en tantos y tantos editoriales,
como reflexiones entrelazadas, teórico-prácticas,
acerca del papel, naturaleza y sentido de la razón. «El
hombre -decía en Carta al Director, rev. citada, núm.
107- es por naturaleza racional, pero habitualmente
sentimental...Por eso mismo, hay que desentrañar o
deslindar, lo que pudiera haber de engañoso, de
artificial, o aún de corrupto»
Ese es el gran tema, especialmente para el político, y
para aquellos que han elegido o alcanzado el arte de
gobernar. Y para el cómo gobernar. Fernández de la
Mora, por su propia reflexión, por su formación, y por
su experiencia, era un hombre de Estado, en donde la
razón le había servido incluso para la rectificación o
viraje, saliendo de donde creía podía no estar la
verdad política, para encontrarse con la Verdad. Hay en
el texto antes mencionado, toda una síntesis, y no sé
si el verdadero prólogo, a cuanto venimos advirtiendo.
El lector es invitado a releer el texto completo porque
para mí resulta uno de los más lúcidos y precisos. En
el subrayado sintético transcribiré algunos párrafos:
«Para los realistas..., la verdad es la concordancia, no
la identidad entre el pensamiento y las cosas. Los
sentidos, como en el caso de los espejismos, pueden ser
engañosos, y para averiguar si suministran información
verdadera, hay que repetir experiencias desde supuestos
diversos... Para evitar la corrupción cognoscitiva se
imponen la autocrítica y la permanente referencia a
datos. La verdad no se manifiesta espontáneamente a
través de los sentidos, sino que es el resultado de
complejas y laboriosas operaciones de la razón».
Hasta aquí, Fernández de la Mora señala una
metodología mínima para «acercarnos a la verdad», en
cuyo papel juegan desde la propuesta de hipótesis
explicativas, al contraste de lo mental con lo real. Pero
a continuación, apunta a fenómenos más concretos:
«Lo contrario de lo verdadero es lo falso, que coincide
con lo parcial o lo irracional. La manifestación
socialmente más habitual de la falsedad es la mentira, o
discordancia entre lo que se piensa y lo que se afirma.
El engaño suele ser una forma de explotación del
engañado. Se le miente para utilizarle, para moverle a
determinados comportamientos que el mentiroso considera
que le benefician. Aparece la mentira en las relaciones
afectivas, en las comerciales, y sobre todo en las
políticas. Esto último es tan reiterado en los
regímenes de opinión pública que ha llegado a
identificarse la veracidad con lo impolítico».
A continuación, Gonzalo, consecuentemente, hace una
aplicación concreta de su tesis al mundo de las
relaciones afectivas y al de las comerciales, y sostiene
la mayor rentabilidad -aunque no sea inmediata- de la
verdad, frente a la mentira:
«La mentira es de muy breve eficacia y no es
generalizable. Al estafado se le suele engañar sólo una
vez. En cambio, la palabra verdadera y mantenida suele
ser rentable El fundamento más firme y eficaz del
mercado es la veracidad... La verdad es progresiva porque
permite avanzar en el conocimiento y en la utilización
del mundo ...y disminuye la explotación engañosa.... La
verdad es útil y es moral. En cambio, la ignorancia y el
error son reaccionarios porque alejan de la realidad...y
facilitan la manipulación del otro. En la mentira hay
iniquidad.».
Finalmente, después de esas reflexiones que tienen un
eco que me recuerda, con aire moderno, a nuestros
tomistas del siglo XVI, de Gracián e incluso la flrmeza
de Miguel Servet, se refiere en los siguientes términos
al mundo de la política:
«Toda actitud pasional es gravemente sospechosa de
falsedad. Una de sus manifestaciones más frecuentes en
las sociedades actuales es la politización, o sea, la
adopción de posiciones en función del interés
partidista o del sentimiento. Así la historia se
convierte en propaganda, el testimonio en alegato, la
resolución en negocio, la sentencia en clientelismo, la
adhesión en inversión, la función en cacicato, en
suma, la parcialidad se impone por doquier, el
voluntarismo ahoga la razón. En medio de tal
parcialidad, ¿se puede esperar que el hombre de la calle
disponga del tiempo, de la preparación y de la capacidad
suficientes para someter a crítica, como en un
laboratorio, las informaciones falsas o trucadas que
recibe? En el actual nivel de desarrollo occidental no es
previsible que el ciudadano deje de ser víctima de la
mentira... Como acontece en los países europeos del
socialismo real, la gran mentira, al final, se autoanula.
La razón, y no la pasión, hace libre al hombre, aporta
progreso... Véase a qué abismo llevaron los
progresistas a Rusia».
El párrafo final de este editorial, de los últimos
salidos de la pluma de Fernández de la Mora, es
luminoso, y se le podría apostillar, diciendo que tenía
la sabia claridad que Ortega reclama a todo fllósofo:
«Cuanto más realista y veraz es una sociedad, mayor es
su progreso. Cuanto más fabuladora y mendaz, más
regresiva. No al prejuicio y a la pasión que engaña.
Sí al logos que va revelando verdades y libera».
Un eco espiritual y cristiano -que siempre lo fue- corona
el párrafo final, convencido Gonzalo Fernández de la
Mora de la esencia del «soy el Camino, la Verdad y la
Vida», de la que eternamente gozará por haber luchado,
y sido fiel hasta llegar a la meta. Como San Pablo
presentía, tras haber recorrido el camino. Quizá, por
eso, aunque en un sentido más expansivo, su último
editorial publicado llevase por título «Razón de la
tradición», cuyo sujeto es el hombre, que trasciende y
que transmite valores, incluso los religiosos. («Razón
Española», núm. 111, febrero de 2002).
Por Jesús López Medel
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